Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.


Recomendación:

Radio – Lana del Rey.

Feeling Love – Paula Cole.

By your side – Sade.

.

Capítulo 36

.

"Viniste a mí; yo no te esperaba. No esperaba la felicidad. Lo había perdido todo, y todo lo encontré cuando tú me tendiste los brazos."

Teresa Wilms Montt.

.

Mi cabeza palpitó al ritmo de mi presión sanguínea, era como si me hubiesen elevado y dejado caer con demasiada rapidez. Adrenalina.

El cosquilleo en mi vientre, las piernas flaqueaban, mis manos sudaron. Me despegué de Edward con rapidez. Sentí mi corazón retumbar con fuerza, rabia; todo era un remolino de sensaciones adversas. No pude mirar más sus ojos, bajé la mirada intimidante con rapidez. Tenía claro que él no estaba aquí para algo bueno; su maldad corrosiva me helaba la sangre. Tuve unas ganas intensas de salir de mi oficina, la cual había destrozado él mismo. Damian.

Me sorprendí por un momento. No sentía nada, nada en absoluto más que sorpresa. Como si el corazón se hubiese apagado. O resignado. Todo hasta el punto más doloroso.

Pero tuve un nuevo sentimiento, como aquellos que te alteran y te llenan de valentía, estando dispuesta a hacer lo que sea… por salvarlo. Mi instinto me decía "protégelo", tú ya has sufrido bastante. Edward, eso era, quería y debía proteger a Edward, tal como dije: costase lo que costase.

Me atreví a mirar otra vez a Damian, ahogando el asco y el terror ya leve y a pasos de superarlo. Lo saludé, pude hacerlo. Él me miró como si no pasara nada, como si fuese una persona desconocida. Sin embargo, sus ojos estaban cargados de inquisición, esperando a que yo gritara y saliera corriendo de aquí. Pero… no sentía nada con respecto a mí misma.

Edward me preguntó si estaba bien, con aquella voz melosa y preocupada que tanto invadía mis sentidos. No supe qué contestarle. ¿Estoy bien? ¿Necesito salir de aquí? ¿Mi corazón se ha congelado?

James esperó pacientemente, con una sonrisa magistral. Creyó que Damian era una buena persona. ¿Cómo es que no sabe que es él? Claro, ha cambiado su nombre, ¿qué otra cosa podría ser? Solo deseé ir a mi cama, acostarme junto a mi chico de cabellos cobres y desvelarme con sus caricias en mi cabello, cuello y espalda. Ansié de él solo su apoyo, su calor y sus besos tranquilizadores.

No odio a Damian. Verlo no me produjo ni rabia, ni miedo, ni menos asco. Me dio lástima. Era triste que buscase mi cariño luego de todo lo que me hizo, siento tristeza de su obsesión por mí, porque yo estoy enamorada ya, al fin enamorada de alguien que compartía mis mismos sentimientos. Lo que sí me producía miedo, asco y rabia era su desfachatez, pensar en cómo se jactaba de él mismo luego de todo lo que me hizo, lo que la justicia no supo entender. ¡Estaba libre!

Yo, a pesar de todo, había librado mi corazón de todo aquello, porque ahora estaba lleno de amor y ansias de protección. En cambio Stefan estaba muerto, comido por gusanos y ya hecho polvo del mismo suelo; Pappo se consumía en su miseria, buscando la salida de la culpa inminente y desolada.

Dios había enviado a alguien para mí, un ser precioso que tuvo la suficiente paciencia y empatía para entender por todo lo que yo había pasado. En un pasado, mi alma estaba negra y contaminada por el rencor, solo porque me había encerrado en una compuerta de acero, que lejos de protegerme, me contenía el aire negro y obscuro. No lo había dejado salir. Edward fue mi ventilación al mundo exterior. El amor era el paisaje más bello en el que me había adentrado; sin duda, la protección y la dedicación de mí Edward, habían proyectado una cosa magistral y completamente nueva para mí. Ganas de vivir.

No obstante, me preocuparía de tener a Damian cerca de mí, de mi familia y de Edward. No iba a permitir que él hiciese lo que quisiera conmigo, nunca tendría buenas intenciones, menos ahora que me había visto feliz. A pesar de todo, todavía seguía sintiendo escalofríos en mi cuerpo y mi subconsciente no hacía nada más que enviarme las imágenes más atroces de aquel encuentro infernal entre nosotros dos.

Quería un cigarro. Un cigarro rápido que arrancara de mí el aire, el miedo y la preocupación. Solo aquel fino tabaco me haría exhalar este sentimiento reprimido, las intensas ganas de luchar me hacían sentir ansiosa, con sus ojos verdes mirándome con intensidad, buscando en mí algo más que vacío. ¿Cómo es que mi corazón no reaccionaba?

Y ahí estaba él con sus bestiales cuencas azules, intimidantes, pedantes.

Uno, dos, tres…

Siguiendo sin poder respirar con normalidad, la ansiedad me mataba. El largo trecho hacia la felicidad se alargaba, pero ahí estaba él, con su paciencia, su virtuosa personalidad que yo no me merezco. No, no me la merezco.

Pero, soy egoísta, no podría vivir sin él. Lo quiero conmigo hasta que mi corazón dé su último latido, hasta que mi piel sea solo pellejo arrugado y polvoriento. Y es por eso, por eso y tantas cosas más, que haría de mi vida una miseria, solo para mantenerlo vivo, consciente de que yo lo amo. No dejaría que nadie le hiciese daño, por lo menos no terceros. Tragué con fuerza ante aquella idea, la idea de que yo soy la única que puedo hacerlo sufrir hasta sacar sangre interna.

Me siento una mierda al fin y al cabo. ¿Qué puedo hacer contra eso? ¡Vivir! Seguir adelante sin importarme más que su propia vida; luego seguiría yo. Seré una especie de mujerzuela; o lo fui, qué más da. Pero siento, vivo, callo y observo, no fue justo vivir así, sin sentir amor, ahora lo disfrutaría mientras pueda.

Odio el semblante de Damian. Odio que James no lo hubiese sabido aunque no es su culpa. Odio ser la causante de todo esto.

Amo a Edward. Amo los momentos junto a él. Amo cada rincón, todo en él y en su conjunto.

¡Debía salir ahora mismo! ¡No importa! Solo actuaría, tenía a mi favor el vacío sentimental de la bestia.

Mis pensamientos me habían llevado a otro lado del mundo, a un lugar enterrado de mi corazón, en el cual había sacado tantas conclusiones como suspiros. Miré mí alrededor, con Damian frente a mí, Edward de mi lado y James mirándome sonriente.

En mi periodo de letargo, escuché el nombre falso de la bestia: Manadi Crepi*. Inventó una historia bastante original, como que había nacido en Austria, hijo de lugareños finlandeses; su padre fue un humilde servidor de la guerra. Mentira, todo mentira. Damian nunca había tenido oportunidad de conocer a su padre, la madre de éste nunca le permitió contacto alguno.

—Es un placer tenerlo en esta empresa, Sr. Crepi —le saludó amablemente Edward, sin despegar su vista de mí.

—El gusto es mío, Sr. Cullen —dijo él en respuesta.

Su voz, tan dura y fuerte como él mismo, tan profunda y tan arrebatadora. En un momento me había atraído tanto como ahora lo aborrecía.

Edward enredó con fuerza su brazo en mi cintura, como queriendo apartarme de Damian. Lo miré asustada, buscando algún rastro asesino en su mirada. Nada. Al parecer los dos habíamos borrado por completo los sentimientos, ya sean buenos o malos, de nuestro corazón.

—Bien, creo que debo comenzar mi trabajo. Comenzaré por ver las herramientas y las propuestas. Con permiso.

Se fue con un solo gesto de cabeza, con la formalidad necesaria y la frivolidad perfecta. O era un excelente actor o simplemente estaba aquí para verme con tranquilidad.

Me pregunté cómo haría el trabajo, Damian era un hombre muy inteligente; demasiado, en realidad. ¿Cómo había hecho papeles falsos?

Ahora estaba tan distinto. Su cabello, corto en comparación con la última vez que lo había visto, cuando debía reconocer a mis atacantes, a pesar que ya había declarado las características de ellos. Junto a mi padre, soportando mis lágrimas, justo dos días después de haber salido de la clínica, en la cual había estado internada por una semana. Su cara más adulta; ahora debía tener ya 30 años. Me sorprendió lo grande que ahora tenía el cuerpo.

Era amenazante.

Papá, quiero irme de aquí —le hice saber, tirando de su sweater con fuerza.

Es la última vez que pasarás por esto, hija. Te lo prometo —susurró, para luego besar mi coronilla.

Nos hicieron entrar en una cabina, la cual tenía luces parpadeantes en cada esquina. Parecía oscuro y terrorífico, no me daba confianza. El policía hizo entrar a 5 tipos, todos rubios y de cabello largo, con la espalda enanchada y un buen porte.

Cuando vi a Damian salí corriendo al baño, vomitando el retrete y llorando a la vez. No estaba sanada en ningún sentido, sentía el miedo recorrer mi piel, el peligro acechando. Era desquiciante, solo quería morir.

Al mes después fui a visitarlo, intentando disipar mi miedo con lindos recuerdos. No parecía importarle el estado en el que me encontraba, incluso reía de mí. Lo odié, lo odié con tantas ganas que me había olvidado de vivir, de seguir adelante a pesar de todo. Ya no sentía asco de mí misma por sus manos en mi cuerpo, solo asco por él y su miserable vida.

Ahí me cerré por completo a la vida feliz, a ser una mujer que mereciera amar. Mi sicóloga intentó ayudarme en el trauma, a despejar de mi mente los malos augurios. Lo logré solo cuando Edward apareció en mi vida, permitiéndome abrirme con él como nunca lo había hecho antes, contarle mis más oscuros secretos. Me olvidé de la vergüenza, del letargo y del somnífero sexo vacío. Todo era él…

Recordé algunas palabras de mi siquiatra; eran simples y concisas: cuando permitas ventilar tu corazón, lo harás. Solo cuando tú quieras, sanarás. Porque esto va en ti, no esperes que los demás lo hagan.

Y claro, ahí estaba la respuesta a todo. Yo permití que Edward entrase a mi vida, yo permití que se inmiscuyera pulgada tras pulgada, yo permití que mi corazón volviese a sentirse caliente y sano. Yo soy dueña de mis propias emociones, yo soy dueña de lo que seré y lo que fui. Marco mi futuro, paso a paso, buscando el mayor de mis tesoros. Ahora debía pensar por él, aunque yo fuese la persona más infeliz de este mundo.

Cuando Damian se fue junto a James, dejándonos a Edward y a mí completamente solos en mi oficina, lancé un grito de dolor por el agarre cada vez más duro que tenía mi novio en la cintura. Se despegó con rapidez por mi alarido, mirándome con los ojos arrepentidos.

—Discúlpame, Bella, no quise hacerte daño —dijo.

Lo miré extrañada, ¿qué tipo de comportamiento era ese?

—¿Por qué acabas de reaccionar así? —pregunté, temiendo que Damian fuese el culpable.

Me miró con culpabilidad, como si se sintiese avergonzado de lo que estaba pensando.

—Ese tipo… No lo sé, Bella, no me da confianza. Además, no me gustó la forma en que te miraba. ¿Lo conoces? Pareces asustada. ¿Debo preocuparme de ese tipo?

Me senté de golpe en el sofá de mi oficina, intentando recobrar el aliento. ¿A quién quería engañar? Temía demasiado, lo que no me hacía una cobarde, al contrario, lucharía contra él. Contra Damian.

Edward se sentó a mi lado y depositó su suave mano en mi rodilla, amasándola levemente con sus dedos. Mi corazón pedía constantemente su ayuda, pero mi cabeza no iba a permitirlo, ¡yo no iba a permitirlo! Edward no podía saberlo, por lo menos no todavía. Debía averiguar qué demonios estaba haciendo en la empresa, por qué parecía tan manso y frío.

Sin embargo, no me sentía capacitada para más problemas en mi cabeza, iba a explotar. Mi propio cuerpo estaba avisándome cuan estresada me encontraba. ¿Qué rayos hubiese hecho con un embarazo? Lo hubiese perdido incluso, no estaba saludable para la llegada de un nuevo ser que no se merecía la vida que podía darle.

Aunque, debía reconocer algo, un hijo junto a Edward sería un gran paso a mi vida, pero ahora no era buena idea. O quizá nunca.

Me giré hacia Edward para darle mi más tranquila sonrisa —y titubeante—, para decirle luego:

—No lo conozco, nunca lo había visto. Quizá sea un muy buen profesional —susurré, evitando demostrarle lo nerviosa que me encontraba.

—Siento que lo he visto antes, pero no sé dónde.

Puse mis manos en sus mejillas; cerró sus ojos cuando sintió mi tacto.

—No me interesa ese tal Crepi —le dije, ahora con la voz dura y sólida, sin vacilaciones—. Me interesas tú y nadie más.

Me sonrió ampliamente, lo que me tranquilizó. Su sonrisa era el tesoro más grande que me daba, porque me explicaba cuan feliz se podía encontrar conmigo. Me sentí bien conmigo misma, mientras Edward se encontrase bien, yo no era primordial.

A pesar de esto, no me sentía completamente segura de que estaba conmigo, que me protegería con solo una mirada, que él estaba a salvo de la maldad inherente. Por esto, me amarré a él en un abrazo fuerte, el cual no permití que lágrima alguna saliera de mis ojos. Me besó con pasión y dulzura, succionando todo de mí; aire, tristeza y soledad.

—Quiero más—le dije con euforia, quería sentir su cuerpo más allá.

Sus ojos se oscurecieron con una impresionante rapidez. Separó sus labios para llevarlos a mi cuello y ahí subir nuevamente por mi barbilla. Cada roce era una quemadura en mi piel, cubriendo la epidermis de llamas. Me recostó en el sofá, poniendo su peso entre mis piernas, acariciando la piel que quedaba al descubierto cuando doblé mi pierna. La falda era corta y al estar en aquella posición, subía más de lo debido. La ropa comenzaba a sobrar.

—La puerta está abierta, Edward —gemí, preocupada de que alguien pudiese entrar.

—Da igual… —susurró mientras besaba mi cuello en reiteradas ocasiones. Estaba distrayéndome y eso no era justo.

—No. No da igual —jadeé.

Puse mis manos en su pecho para quitarlo, no podía arriesgarme a aquellas cosas.

Me arreglé el cabello cuando logré pararme, alisé la falda y estiré el blazer. Edward estaba sentado con una mirada insatisfecha, con un tentador botón desabrochado y su corbata desordenada. Sus mejillas estaban teñidas de rojo y en la unión de sus piernas estaba la causa de aquel enrojecimiento.

—Tengo que ir con James, recuerda que hoy iremos a su departamento —le hice rememorar, sintiéndome algo culpable de dejarlo así.

Se encogió de hombros, algo molesto. Me mordí el labio inferior, no quería que se sintiese así. Intenté pasar por alto las ganas de volver hacia él, caminando hacia la puerta para salir.

—Pero qué…

No alcancé a abrir la puerta ni dos centímetros cuando su mano la cerró otra vez, por sobre mi cabeza. Me giró para volver a besarme, esta vez con pasión aumentada al doble. No pude resistirme, no con sus manos en mi cintura.

—¿Quiere ir con James ahora, Srta. Swan? —inquirió, sonriendo sobre mis labios.

Mordí su labio inferior en respuesta. Obvio que no me interesaba.

Me elevó con sus manos en mi trasero; envolví mis piernas alrededor de su cintura, con mis manos jalando levemente de su cabello. Sentí como cerró la puerta con llave y luego me llevaba hacia el sofá. Yo tenía los ojos cerrados, dispuesta a ser amada por Edward.

.

—Estás extraña, Bella —me susurró, enviando su aliento exquisito hacia mí, muy cerca de mi oído.

Estaba detrás de mí, con su rostro pegado a mi cuello. Sabía que debíamos volver a trabajar, pero este encuentro había sido uno de los más bellos en nuestra historia juntos, a pesar de ser escasa.

—¿Por qué he de estar extraña?

Sí, sí lo estaba y Edward lo sabía. Conocía bastante mis expresiones y comportamiento en general, tanto como yo las de él. La verdad es que había sido demasiado cuidadoso conmigo esta vez, dándome el amor profundo y único que solo esta unión podría canalizar. Mis ojos se habían llenado de lágrimas con la sola idea de perderlo, de no poder disfrutar nunca más de él. Pero me sentí una imbécil pesimista, porque no podía disfrutar mi hoy junto a él. Y mucha culpa tenía Damian, que ahora atormentaba mi serenidad con su proximidad repentina.

—Pareces triste —aclaró.

—No, no estoy triste —reí—. Estar contigo me hace feliz.

—No se nota en este momento —dijo, pasando su dedo índice por mi nariz.

A pesar de todo, sonrió, como entendiendo a qué iba tanta pasividad en mi interior. A veces temía que Edward pudiese saber más de esto y que no quería decírmelo para no preocuparme.

Me di la vuelta, puse mi cabeza en su pecho y me dediqué a escuchar los latidos de su corazón, a sentir la vida en un solo ruido. Bombeaba sangre cada segundo. Bum, bum, bum, estoy vivo, contigo.

.

Mi médico, el Dr. Joshua Stevenson, me había llamado para darme los resultados que le habían mandado de mi examen hormonal. La verdad es que estaba bastante nerviosa, Edward al instante se ofreció a acompañarme, lo que le agradecí infinitamente; no me sentía preparada para conducir.

—¿Edward no ha querido entrar? —preguntó mi médico bastante serio.

—No… Ha preferido aguardar afuera, para ahorrar molestias.

Me quedó mirando un rato, como buscando algo en mis ojos que no encontró.

—Cariño, ¿te encuentras bien?

—S… sí, Doctor, perfectamente —tartamudeé levemente.

—Pareces más estresada que ayer —dijo—. Pero bueno, te tengo buenas noticias. Tus hormonas solo están un poquito desordenadas, así que voy a recetarte unas nuevas pastillas. Y esta vez quiero que seas responsable, ya sentiste el miedo de un embarazo no planificado. —Me miró severo, como si fuese una niña pequeña.

Me dio la receta y me explicó todo lo que debía saber, incluyendo el día que debía volver para hacerme nuevamente el examen. Me extendió otro papel, el que decía exclusivamente licencia médica por un mes. Lo quedé mirando extrañada, ¿por qué una licencia médica?

—No puedes seguir trabajando así, estás alterada emocionalmente. Te conozco. —Iba a replicar, pero con su mano inhibió mis protestas—. No me obligues a decirle a tu madre y mandarte con tu sicóloga.

Acepté a regañadientes, pero luego recordé que ahora estaba Damian en la empresa y de inmediato me sentí aliviada. No lo vería, al fin no lo vería por un tiempo.

—Bella, si no te sientes bien sería bueno que hablaras con tu sicóloga…

—Estoy bien —mentí—. No hay nada de lo que pueda preocuparme.

.

Cuando salí de la consulta, Edward esperaba pacientemente con una revista en la mano: la Cosmopolitan. Se la quité de las manos y por su cara supe que no me había oído. Me preguntó cómo me había ido, mientras se paraba para poder irnos.

—Tengo una licencia médica de un mes —le conté.

Su rostro quedó petrificado por la preocupación, lo que me enterneció.

—No es nada grave, pero el médico quiere que esté tranquila un tiempo para no estresarme más de lo que podría aguantar. —Intenté no verme tan débil frente a sus ojos.

—Te acompañaré lo que más pueda ese mes, ¿sí? Además, ahora con el nuevo jefe de marketing, podremos estar más relajados con la campaña.

Lo abracé con fuerza, sin él estaría completamente sola en esto.

No pude evitar plantearme la idea de un Damian en mi empresa sin Edward presente en mi vida. Quizá no hubiese tenido la fortaleza que tenía ahora, porque sus ojos verdes me incitaban a olvidarme de la bestia, a luchar por nuestra felicidad.

.

Toqué la puerta de entrada al departamento de James, un lugar bastante bonito y familiar. Edward esperaba pacientemente atrás de mí, nervioso por lo que pudiese suceder junto a Jacob, su gran amigo.

Estaba dolido por sentirse menos, no le gustaba que le mintiesen, me lo había confesado hartas veces. Mi garganta se atascó por el nudo que estaba creciendo; yo le había mentido más de una vez.

Abrió mi mejor amigo, con una sonrisilla picara en los labios. Llevaba un delantal amarillo, manchado con lo que parecía ser salsa de tomate casera. Olí el suculento aroma del espagueti, la especialidad de James. Hace mucho que no venía a este lugar, tan limpio y ordenado, que hasta parecía que nadie había vivido ahí.

—¡Han llegado! —exclamó, supongo que llamando a Jacob.

—¿Han llegado? ¿Bella vino con alguien más? —preguntó desde la cocina.

Miré mal a James, debió haber avisado a Jacob que traería a Edward, no era justo para él recibir aquella sorpresa de golpe. Pero ya era demasiado tarde, el moreno ya estaba de frente a su mejor amigo, mirándolo tan pálido que creí que vomitaría.

—Hola Jake —saludó Edward tímidamente.

—Hola.

—James no me dijo que tú… Lo siento, Edward. No fue mi intención ocultártelo, de verdad.

Le hizo un alto al discurso con la mano, para evitar agrandar el tema. Edward iba a perdonarlo, no era rencoroso.

—¿Quieren hablar ustedes a solas? Bella y yo tenemos mucho de que hablar —dijo James, tomándome desde la muñeca para llevarme hacia su habitación.

Me senté en su cama gigante, de edredón azul oscuro y almohadas blancas. Estaba remodelado, el espacio estaba diseñado con flores vivas, y las paredes habían dejado de ser verdes para convertirlas en mosaicos fríos. Había uno que otro cuadro en la pared, la mayoría con fotos entre James y Jacob, mostrando su amor abiertamente.

—¿Te gusta como ha quedado? —inquirió, sentándose frente a mi lado.

—Es bastante marica, ni yo utilizo estos colores tan… débiles. Pero me gusta —dije en broma.

—Tú nunca cambiarás esa boca.

—Ni en tus putos sueños dejaré de ser como soy. —Sonreí.

Asintió dándome la razón.

—¿Por qué te viniste de aquel paraíso? Me dijiste que no fue por la destrucción de tu oficina.

Recordé por qué James había querido organizar esto. Claro, había muchas cosas que tenía que contarle, era la persona con mayor confianza luego de Edward, necesitaba ver su punto de vista y sus consejos.

Le conté la razón exacta: un posible embarazo. Su cara fue épica y en seguida gritó:

—¡Seré tío! —Por mi cara, dejó de lado la revolucionada reacción—. Oh… Bella, ¿en qué te has metido?

—En nada, James. Fue una falsa alarma, no hay bebé.

—Tu cara me dice que estás bastante contenta de que no haya sido.

Le narré cada uno de mis temores, el miedo que me daba y lo mal que podría hacerle a mi bebé. James asentía, oyendo detenidamente cada palabra como si fuese la última. Eso me encantaba de él, ponía el empeño exacto para que te sientas segura.

—Amiga, tú no debes ser tan pesimista, ser tan cruel contigo misma. ¿Quién sabe si en un futuro podrías ser la mejor madre del mundo? —Corrió un mechón de cabello de mi cara.

—¿Y quién sabe si tu perspectiva de la vida es demasiado optimista hasta hacerla fantasiosa? —le contradigo, irritada de que mi amigo fuese tan positivo.

Suspiró, contraído por mi terquedad. Pero no podía evitarlo, yo era así. Pesimista, terca, orgullosa y de un genio demoniaco. ¿Qué podía ofrecerle a un niño? Yo no tenía paciencia ni instinto maternal, no era muy cariñosa y de verdad no me veía sirviéndole a una bola que lance saliva y lloriquee pidiendo comida.

—No quiero que arruines tu felicidad —dijo—. Estás demasiado amargada para aceptar siquiera sonreír una sola vez sin sentirte estúpida.

—Tengo miedo de algo.

Ladeó la cabeza, buscando la razón de aquel miedo.

—Tengo miedo. Creo que si acepto ser feliz, vendrá algo que lo arruinará por completo.

Era un pensamiento tan estúpido, pero que no podía evitarlo. Así era mi forma de pensar, de ver las cosas. Quizá era demasiado racional, pero así me había comportado toda mi vida.

—¿Sabes algo? —Acortó la distancia entre nosotros—, la vida no está hecha para ser solamente feliz, también se debe sufrir sin importar la razón. Pero tampoco puedes aplacar aquella felicidad temporal que sientes solo porque tu tonta cabeza se inventa las historias que quiere. Deja que tu corazón te permita llevar la vida adelante, no tu cerebro.

Le prometí que lo intentaría, que haría el empeño para que mi vida siguiera adelante. Pero Damian volvía a avivar la horripilante vida que tuve en un momento, y que por su culpa la había dejado ser vacía y seca. Recordé lo que debía hacer. Callarme, dejar que Damian fuese comportándose, para luego mandarlo a la mierda cuando descubriese qué quería. Iba a hacerle frente, costase lo que costase.

—Quiero decirte algo —me dijo, tomando mi mano con fuerza.

—¿Algo como qué?

—Los sentimientos como el amor, son fuertes y ayudan mucho, pero si ese amor se convierte en odio, el dolor se hace casi insoportable. Mientras más importante se hace una persona, peor es la decepción.

—¿Qué intentas decirme? —inquirí, presa del pánico. Quité mi mano con fuerza de las de él.

—Intento decirte algo simple. No cometas locuras, como tampoco permitas que él las cometa también. Ahora ambos pueden hacerse un daño irreparable, porque han calado en sus corazones mutuamente. Por favor, Bella, has que esta relación sea limpia y pulcra, porque si alguno llega a hacer una locura, no quiero encargarles lo difícil que será recuperarse. Si es que lo logran.

Sentí un escalofrío por aquello. Fue una sorpresa que James me dijese eso, como si supiese o creyera que esto no duraría tanto sin que alguno de los dos la cargásemos de inmediato. ¿Tan poca fe nos podía tener? ¿Tan pobre veía una relación, sobre todo de mi parte? Tomaría su consejo, pero solo hasta un cierto punto, tampoco podía darle vueltas a un consejo extra.

.

La cena fue completamente hermosa y gustosa para mí. Edward y Jacob parecían volver a ser los amigos de antes, aquellos que pueden lanzarse una broma y no sentirse mal por ellas o enojarse. Eso hacía yo con Rose, y ahora la extrañaba.

Tenía claro que había sido muy desconsiderada con ella, pero es que a veces sentía un cierto rechazo. Yo sabía muchas cosas de ella, y que ahora compartiese algo con mi hermano DOS AÑOS menor que ella, me era rechazable. Aunque no culpaba que se sintiese mal por mi poca preocupación, sí consideraba estúpido que estuviese celosa de Alice —sí, se le notaba mucho—, yo no era de esas mujeres que se pudiese compartir, éramos adultas y ese tipo de reacciones las consideraba ridículas.

—¿Y cómo fue que decidiste vivir con James? —le pregunté a Jacob mientras comía del postre que había preparado él mismo.

Jake, ahora feliz y cómodo de que su mejor amigo y único apoyo le aceptase con normalidad, comentó todo lo que se necesita saber para comprender algo. Edward y yo pasamos por lo mismo. Ambos se amaban, aunque habían aceptado de inmediato aquella conexión omnipotente entre los dos. A diferencia de nosotros, habíamos aceptado eso era solo físico y que, ingenuamente, eso no nos haría cambiar nada de nuestra vida. Qué equivocados estábamos.

—A veces tendemos a encontrar el amor en personas que ni en nuestros sueños creíamos sentir algo—concluyó, con un brillo celestial en los ojos.

—A veces no sabemos cuándo alguien nos completará, dejando de lado cualquier otra cosa. Solo está esa persona, ese complemento interno, por muy diferentes que seamos —complementó Edward, mirándome hasta hacerme sonrojar.

La verdad era que cuando decía eso abiertamente, con personas oyendo y viéndonos, me daba vergüenza. Yo no estaba acostumbrada a demostrar mi cariño, a nadie en absoluto, y que otras personas me viesen así me hacía sentir débil y vulnerable. Aunque de todos modos, había que dar un paso adelante y aceptar que Edward era una persona que no ocultaba nunca lo que sentía, menos a las personas que él consideraba importantes para él. Yo tenía que aceptarlo, a pesar de lo rojas que se ponían mis mejillas.

Decidí que era el momento de comportarme por lo que soy y seré hasta mi entierro: una mujer enamorada. Eso a Edward le hacía feliz, que demostrara sus sentimientos hacia él frente al mundo entero. Costaría, pero la vida nunca había sido fácil.

—A veces me cuesta verlos tan… dulces a ambos —confesó con suma sinceridad mi mejor amigo.

—Créeme, Bella. Yo no tenía idea que Edward fuese un hombre romántico, hasta que escuché esas palabras de su boca. Nunca habías dicho aquello, que el amor es tu complemente interno, ¿no? —añadió Jacob.

.

Pasaron dos semanas en las que ya no iba al trabajo. Me sentía un poco más tranquila, porque Edward se tomaba menos tiempo en la empresa. Me confesó que estaba igualmente cansado de estar frente la presión de la campaña y que ahora podía tener una excusa grande para faltar algún rato.

—Debiste decirme que estabas cansado —le reprendí, su bienestar me era principal.

Se encogió de hombros, como si él no importase. Odiaba aquello, siempre me ponía primero en sus requerimientos. Aunque, yo igual hacía lo mismo. Más bien, me irritaba la situación.

—Me preocupa tu situación de estrés, no quiero que acabes con un ataque de nervios —confesó, abrazándome con fuerza.

—No acabaré con un ataque de nervios, sabes que contigo estoy tranquila.

Inhalo fuertemente el aroma que despide. Es masculino, excitante y remueve mi cuerpo por completo.

He tenido pesadillas semana por medio, en las cuales lo pierdo por culpa de Damian. La única manera de estar tranquila es aferrarme más a él, oliendo su cabello o presionando mis brazos a su alrededor. No le quise confesar aquello, no quise preocuparlo.

—Hoy tengo que ir a la casa de tus padres, Charlie me ha pedido hablar con él —informó, separándose de mí.

Fruncí el ceño, ¿qué tenía que hablar con Edward?

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Bien. Ve, yo estaré aquí viendo alguna película.

—¿No quieres venir conmigo? Estoy seguro que tu padre quiere verte, hace ya un mes que no hablan y eso le hace daño —susurró, llevando su mano a mi rostro.

Quizá tenía razón con eso, pero no iba a pisar un lugar en el que estuviese mi madre. No podía olvidar su nulo apoyo aquella vez que me enfrenté a Jane, me había dolido y mi reputación había quedado por los suelos.

—No. Prefiero quedarme aquí, si es que no te molesta.

—Claro que no me molesta, Bella.

Cuando Edward se fue del departamento, no tuve nada más que lanzarme al sofá y acariciar a Agatha. Hace mucho que no me ocupaba de ella y me sentí un poco culpable. Además, estaba algo celosa del nuevo integrante de la casa.

Me hice un café bien cargado con unas tostadas mientras veía la televisión. Los únicos sonidos eran el de la cafetera, la tostadora y los maullidos de mi gata pidiendo cariño. Hasta que sonó el timbre, lo que me pareció raro ya que todos mis amigos estaban trabajando ahora.

Al abrir la puerta, el alma se fue de mi cuerpo. Unos ojos marrones me miraban expectantes, esperando que yo hiciese algo. Era alto, de tez tan blanca como la cal y un cabello largo y cano.

—Aro Vulturi —dije en automático.

—Isabella Swan.

Su voz era dura y seca, sentí el odio que tenía hacia mí, una horrible hipocresía en comparación con la sonrisa tosca que llevaba en su boca.

—Es una sorpresa verte aquí, Aro. Hace ya unos 5 años que no te veía —exclamé, entornando los ojos.

Lanzó una risotada, como si yo fuese una estúpida.

—¿No vas a invitarme a pasar? —inquirió con la ceja levantada.

Abrí la puerta hasta el tope para que entrara, temiendo lo que pudiese ocurrir. Aro era un hombre peligroso, tanto como su hija. ¿Sería por ella que había venido? Iba a averiguarlo.

—Tienes un muy bonito departamento, Isabella —señaló.

—Gracias —dije escuetamente.

Me irritó el que haya tomado una de las fotos que tenía de Edward y yo, puesta correctamente en el mueble asimétrico. Su mirada era asesina, ridícula y burlona. No iba a permitirle eso, no podía venir a mi departamento a reírse de mí.

—¿Qué quieres?

Se giró, dejó el retrato mal puesto en el mueble y se sentó de golpe en mi sofá, con autoridad.

—Quiero hablarte de algo muy importante.

—Soy toda oídos.

—Siéntate a mi lado.

—No quiero.

Negó levemente, como si hablara con una niñita pequeña que no sabe lo que dice.

—Bueno, como veo que no andas de tan buen humor, seré breve y muy poco agradable. —Parpadeó pesadamente, moviendo sus largas y chatas pestañas—. Te has ganado un enemigo, Isabella, cariño. ¿Crees que el haber dejado a Jane en ruinas no te traería problemas?

—No sé de qué está hablando —le interrumpí, sofocada de tanto trato enigmático.

—Hablo de algo simple —su voz se tornó más dura—. Aléjate de Edward, es por tu propio bien —exclamó, con una mirada sombría.

No iba a temerle, eso era darle en el gusto. ¡¿Cómo se atrevía a intentar amenazarme?! El maldito viejo decrépito creía que yo era una mujer débil, pero yo era todo lo contrario.

—¿Alejarme de Edward? ¿Solo porque tu hija está encaprichada con mi novio? —Bufé—. Qué va. Yo no haré nada que tú me pidas, Aro, yo hago lo que quiero. Si algún día alguien nos separará a Edward y a mí, entonces seremos nosotros mismos.

Comenzó a reír estrepitosamente, pareciendo un verdadero loco de remate. Me asusté, no parecía estar con sus cinco sentidos bien puestos.

—Prepárate para revivir tus peores miedos, Isabella. Conmigo nadie juega.

Iracunda y extrañada de aquella frase, me paré de inmediato para abrirle la puerta de mi departamento y así saliera de ahí. Sonrió, mofándose de mis actitudes, se paró del sofá y salió. Al instante sentí el intenso olor a pan quemado que provenía de la cocina.

—Viejo de mierda —exclamé, mientras botaba a la basura mi comida.

Me quedé pensando en un buen rato a qué demonios se refería con eso de "prepárate para revivir tus peores miedos". Hablaría con Jane si eso fuese necesario, mientras lo ocultaría a Edward, no quería crearle problemas con aquel siniestro hombre.

Mi celular comenzó a sonar, en la pantalla decía 'Edward'. Contesté animadamente, feliz de sentir su voz, pero él parecía alterado, diciéndome palabras que no entendía.

—Edward, tranquilo. ¿De qué hablas? —le susurré livianamente, para que se fuese tranquilizando. Ahora la que estaba algo alterada era yo.

—Tu padre, Bella. Ha sufrido un infarto.

Sentí una gota fría atravesar mi frente y luego agolparse en mi corazón. Éste comenzó a palpitar tan fuerte, que hasta podía sentirlo contra mi garganta. Y dolía, dolía mucho.

—Bella, cariño, ¿estás ahí?

—¡¿Por qué?! —grité—. ¡¿Por qué ha sucedido?!

Estaba demasiado alterada, lo único que pasaba por mi cabeza era aquella agonía interna que me reprimía el pecho. El solo hecho de pensar en mi padre muerto me descolocaba.

—Tu padre discutía con tía Renée. Algo pasó anteriormente y nadie ha querido decirme. Bella, tranquila por favor…

Mi mente se fue hacia algún otro lado, en un shock instantáneo. Mi padre moriría, y yo no tuve el valor de ir a verlo antes. Todo por culpa de mi madre, todo por ella. La odié, la odié tanto que mi pecho se infló de ira.

Tomé mi bolso, mientras mi teléfono seguía sonando. No le contestaría a Edward, no quería discutir con él. Ahora el turno de mi madre, descargaría todo contra ella y me importaba una mierda que me hubiese parido en un pasado.

.

Manadi Crepi: Juego de palabras de DAMIAN PRICE. Creppi es un apellido real de Austria.


¡Gracias por leer! Y gracias a aquellas que están entendiendo a nuestra Bella, la empatía aquí es importante. UN BESO A TODAS.