La luz de la luna bañaba su hermosa figura con un destello platino, celestial. Una salvaje, pensó, pero una mujer del pueblo libre no sería nunca tan pálida, ni tan bella. El Muro resplandecía blanco bajo las estrellas, y solo la lindeza de aquella mujer lo igualaba en esplendor.

El comandante de la Guardia de la Noche corrió. No le temía a ningún terror, conocido o por conocer. Era fiero con la espada, mejor aún con la lanza, y se ceñía al cinto una daga de cristal. La quería. deseaba a aquella mujer de belleza singular y cabellera del color de la sangre recién caída. Ella huía también con agilidad, y entre los pliegues de sus vaporosos atavíos atisbó él una espada azul de puro blanca, del mismo color que sus ojos.

Cuando la alcanzó por fin, resoplando por el esfuerzo de la corrida, ella sacó su espada con un movimiento grácil, desafiante, y de sus labios blanquecinos escapó un chillido estruendoso, la lengua del frío y del invierno.

-Espera –él la miró con deseo transcrito en las pupilas. –No quiero hacerte daño. Tú... eres hermosa.

Extendió una mano para tocarle la mejilla. La extraña mujer bajó el arma y lo atrajo hacia sí con brazos gélidos como el Muro que protegía. ¿Qué importaban los juramentos si se comparaban a una mujer?