Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.

Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?

.

¿Qué es la felicidad?

.

Capítulo beteado por Isa :)

.

Capítulo 35: El padre y el abogado

"La gente habla de la mayoría de edad. Eso no existe. Cuando uno tiene un hijo, está condenado a ser padre durante toda la vida. Son los hijos los que se apartan de uno. Pero los padres no podemos apartarnos de ellos."

Graham Greene

BPOV

—¡¿Qué?! —exclamé atónitamente. ¿Esto era verdad?

Volví a leer el papel que sostenía en mis manos. Definitivamente, se me hacía muy difícil poder creerlo.

—Tampoco puedo creerlo, pero es un hecho, Isabella —volvió a repetirme Amun con un semblante tranquilo, aunque en sus ojos todavía se podía leer la sorpresa—. Emmett ha aceptado toda la culpabilidad y ahora eres completa y plenamente libre.

¡Vaya! Si me lo contaban, no lo creería.

El fax, nota, aviso, noticia o como se llame, llegó hacía poco menos de dos horas; apenas Amun supo de él, me llamó y vine hacia aquí prácticamente corriendo.

En ese papel detallaba que Emmett había aceptado todos los cargos y estaba dispuesto a aceptar su castigo sin rechistar. A todos nosotros, la noticia nos había tomado por sorpresa, jamás hubiésemos imaginado que haría algo así. Mucho menos tan rápido y sin aparecerse antes para volver a atacarnos con sus palabras frías y calculadoras.

—Pero… —balbuceé sin encontrar palabras—. ¿Y ahora?

—Según lo que me dijo Guido, Emmett se presentó esta mañana solo —dijo con el ceño ligeramente fruncido—. Ha confesado y hasta aceptó el año de pena que tiene el delito que cometió. —Abrí los ojos grandemente—. Aunque el juez, al ver que él mismo se hacía cargo de todo, decidió que con sólo pagar la fianza y realizar trabajo comunitario por unos meses era suficiente… siempre y cuando se mantenga alejado de ti y firme el correspondiente papel que afirme que tu matrimonio con él queda absolutamente anulado.

Me recliné en mi asiento sin poder salir de la sorpresa.

—Si tú quieres… podemos hacer lo posible para que esté tras las rejas.

Negué rápidamente.

—No me interesa la venganza, Amun —dije firmemente—. Yo sólo luchaba por lo tengo en mis manos —añadí mirando el papel, otra vez.

Finalmente lo había logrado. Era una persona totalmente libre, ya no existía Emmett, Patrick ni ningún otro, estaba libre de cualquier McCarty. De repente, sentí como mis pulmones se llenaban de aire y podía respirar tranquilamente, ya sin el peso de saber que todavía era una mujer atada a un hombre que aborrecía y que había hecho mi vida un infierno por los últimos nueve años.

—Tal parece que el hijo del diablo se está reivindicando —susurró Amun.

A pesar de todo lo que habíamos vivido los últimos años, me alegraba por Emmett y por la nueva oportunidad que se estaba dando. Después de todo, él era una víctima de Patrick; aunque ni eso justificaba su comportamiento.

—¿Qué pasará con Rosalie? —Esa era una duda que rondaba por mi cabeza.

—Emmett se aseguró que quede libre de cualquier acusación —volvió a decir Amun, sin salir de su estupor—. Dijo que, en ese tiempo, era muy joven y que estaba muy aturdida como para rechazar su oferta de matrimonio; aunque ninguno de los dos ha comenzado el pedido de divorcio… el juez supone que no lo harán.

Justo lo que creí. Emmett no era de esas personas que elegía a cualquier muchacha para comenzar una relación seria y, mucho menos —imaginaba— cuando tenía veintitrés años de edad. Rosalie era mucho más importante de lo que imaginé y, estaba segura, de lo que él algún día imaginó. No eligió casarse al azar, él habría sentido algo muy especial por ella desde el primer momento y hasta, quizás, desde que eran unos niños.

—En tu cuenta bancaria se ha depositado una importante suma de dinero.

Lo miré con las cejas alzadas.

—¿De qué hablas?

—Aunque tu matrimonio ha sido anulado, te corresponde gran parte de la riqueza del que, en sentido figurado, fue tu esposo por más de nueve años. La justicia así lo decreta, tú has estado engañada todo este tiempo y, de alguna forma, es la parte que te corresponde.

—Yo no quiero su dinero, jamás lo he querido.

Amun se encogió de hombros.

—Puedes hacer de él lo que te plazca, ahora es todo tuyo.

No respondí nada, ya vería luego qué era lo que haría con ese dinero sucio.

—Entonces… ¿ya no habrá juicio?

Negó con la cabeza y suspiró de alivio.

—Por suerte no lo habrá, ya conoces del tema y sabes que se pasa mucho estrés allí… en tu estado no es conveniente que pases por ese proceso. Ya no debes preocuparte por nada, eres completamente libre… ya no estás atada a nada.

Allí estaban nuevamente las palabras, era completamente libre. ¡Puta madre! ¡Era libre!

Intenté serenarme aunque estaba segura que esta alegría no se me iría nunca. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando este momento? Al final, tanto sufrimiento había valido completamente la pena. Siempre decían que lo mejor viene al final y ahora no tenía dudas de aquello.

—Hay algo que me gustaría preguntarte… —El tono vacilante de Amun me desconcertó.

—Dime —respondí, enderezando mi postura en la silla.

—Sé que jamás has ejercido como abogada, pese a las insistencias de tu padre. —Asentí, algo contrariada—. Déjame decirte que he visto el trabajo meticuloso que hicieron junto a Jane para poder obtener tu divorcio si es que esta verdad no salía a la luz, y fue maravillosamente sorprendente el excelente trabajo que han hecho. Estoy seguro que podrían haber ganado cualquier juicio y dejado con la boca abierta a más de uno.

Me quedé callada esperando a que vaya al punto que pretendía.

—También sé que no has elegido estudiar leyes, pero sé que tienes un gran talento para ello, confiaría plenamente en ti y estoy consciente que no soy el único que piensa de la misma manera —hizo una pausa y clavó sus oscuros ojos en los míos—. ¿Has pensado alguna vez la posibilidad de trabajar de esto?

—Había pensado jamás hacerlo con mi padre y mucho menos trabajar para su estudio de abogados —respondí, sin saber a dónde quería llegar—. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque me gustaría trabajar contigo.

—¿Cómo dices? —pregunté parpadeando sorprendida.

Amun sonrió.

—Hablé con Jane y ella me contó que estás residiendo en Londres, ¿eso es cierto?

Asentí.

—Nos mudamos hace poco tiempo y, cuando todo esto termine, debemos volver —respondí.

—Tengo un estudio en Londres, en el mismo que ha trabajado Jane hace unos meses —afirmé con la cabeza, ya sabía eso—. Sin embargo, el que estaba a cargo de ese estudio ha decidido armarse uno propio, por lo que ese puesto está libre. Había pensado en mi hijo, pero no sé si está preparado para viajar a tantos kilómetros de aquí y su madre no estará muy de acuerdo en separarse de su chiquito —sonrió con los ojos brillantes—. Y eso, me remite a ti.

Me quedé muda; sin duda no esperaba esto.

—No serás mi empleada, sino mi socia —sonrió con los ojos expectantes—. ¿Qué dices?

Si bien jamás pensé en trabajar junto a mi padre, la idea de ejercer mi profesión comenzó a agradarme cuando nos pusimos a trabajar con Jane. Era verdad que yo no hubiese elegido estudiar leyes, pero le había encontrado un lado bueno a la función de un abogado. No debía tomar el mismo camino de los que conocía y de los que me había rodeado los últimos años, sino el camino que tomó Amun; el de ayudar verdaderamente a las personas, no el ser cómplice para esconder trabajos turbios.

—Me tomas por sorpresa, Amun —pude decir.

—Ojalá puedas considerar esta oferta, me sentiría muy halagado si podemos contar contigo —volvió a sonreír—. Además, al ser la cabeza del estudio, manejarás tus horarios —añadió mirando mi vientre abultado—, jamás me perdonaría que pierdas tiempo de disfrute de tu embarazo y estoy seguro que tu novio no me lo permitiría tampoco.

Pensé en Edward y sonreí.

Ahora que me ponía a pensar detalladamente la oferta de Amun, no se veía tan mal aceptar. Es decir, él me estaba dando el privilegio de contar conmigo como una socia, puesto en el cual yo misma elegía los casos que llevar adelante y cuáles no. Me permitía poder arreglar mis horarios y poder ausentarme cuando mi bebé decidiera que ya estaba listo para conocer el mundo exterior.

También pensé en mi futuro, aquel en el que estábamos Edward, yo y la familia que estábamos creando. Su solo trabajo no alcanzaba para todo lo que necesitábamos, pues debíamos mudarnos de antes de que el bebé naciera, ya que la idea de criarlo en un departamento no me agradaba en absoluto. Si bien en mi cuenta bancaria tenía grandes sumas de dinero, no pensaba tocar nada de él; esa plata estaba sucia y quería conseguir las cosas por mis propios medios.

—Acepto —dije sin vacilar.

Amun me miró sorprendido aunque no pudo esconder su sorpresa por mi rápida respuesta. Me vi sonriendo también, mientras posaba mis manos en mi vientre.

—¡Qué gran honor, Bella! —exclamó, aunque luego carraspeó—. ¿Puedo llamarte así, verdad?

—Por supuesto —respondí, sonriendo—. Yo debo agradecerte, Amun, me has ayudado mucho y no sé qué hubiese hecho sin ti.

—¡Tonterías! —le restó importancia haciendo un gesto con la mano—. Te mereces todo lo que pasó, Bella. Y ahora, prométeme que sólo harás lo que tú quieras.

—Es lo que planeo hacer —respondí, con una suave sonrisa.

Él se levantó e, inmediatamente, lo copié. Me sonrió y esperé a que me estrechara la mano, pero me sorprendí cuando sus brazos me rodearon y me abrazó de una manera paternal.

—Cuenta conmigo para lo que sea, Bella —susurró—, no lo dudes ni un solo segundo.

Me aparté un poco de él.

—Gracias, Amun —respondí con sinceridad.

—Ahora ve con tu novio, debe estar dejando un hoyo afuera —sonrió y no pude evitar reír—. Nos veremos pronto, socia —guiñó su ojo.

—Hasta pronto, socio —dije con burla y salí de allí, con el papel blanco entre mis manos.

Apenas traspasé la puerta, me quedé mirando mi reflejo en un vidrio frente a mí. Si me ponía a analizar la situación y me comparaba a mí misma respecto a varios meses atrás, jamás hubiese pensado que estaría volviendo a ver mi antiguo yo.

Ya no había rastros de aquella mujer triste que estuvo instalada en mí durante tanto tiempo, aquella que no sonreía, que no mantenía esperanza y que se sentía perdida en sus propios recuerdos tristes que no la dejaban mirar hacia adelante e intentar volver a empezar. No, ahora ella se había ido para dejar que volviera en sí consigo misma, se quedó atrás permitiendo que, de a poco, me fuera sanando y pudiera recuperarme del todo.

Mi sonrisa permanecía todo el día, y mis mejillas volvían a sonrosarse haciendo que tuviera un aspecto más vivo y joven. Toqué mi vientre con mucha emoción y, por fin, me sentí completamente recuperada.

—Tu mami volvió, puntito —le dije a mi vientre—. Y te prometo, por tu hermanita que nos mira desde el cielo, que jamás volveré a irme.

Una lágrima de emoción brotó de mis ojos y sonreí de plena dicha y felicidad. Había esperado este momento desde hacía mucho tiempo y no sólo lo decía por haber obtenido mi divorcio, sino que extrañaba poder verme en un reflejo y sentirme bien conmigo misma. Mi terapeuta me había dicho que una vez que alejara los fantasmas de mi pasado sería completamente capaz de volver a ser esa adolescente vital y feliz que fui, porque por fin me habría perdonado.

Ahora lo sentía así; por primera vez luego de mi trágico pasado, sentía que me perdonaba por lo que había ocurrido.

—¿Bella? —preguntó una voz llegando hacia el pasillo.

Me sequé las lágrimas con la manga de mi camiseta y me giré. Allí, al principio del pasillo, se encontraba el hombre que me ayudó en este duro y obstaculizado camino. Sonreí plenamente y comencé a caminar rápido —ya que no podía correr— y, al llegar a él, me lancé a sus brazos y lo besé apasionadamente. Lo sentí sonreír contra mis labios y alzarme unos centímetros del suelo, abrazándome y estrechándome a él todo lo que mi vientre abultado le permitió.

Todavía no podía terminar de agradecerle que hubiese viajado miles de kilómetros para apoyarnos. Aunque no se lo había querido admitir por teléfono para que no se preocupara, lo había necesitado conmigo todos los días desde que había vuelto. Sentir sus brazos protectores a mi alrededor o sus palabras de aliento, me hacían recobrar todas las fuerzas y sentirme como nueva. Ahora, lo tenía conmigo nuevamente y no había explicaciones para describir mi alegría por volver a estar junto a él; el único lugar al que pertenecía.

—Te amo, te amo, te amo —canturreé besando cada porción de piel que estuvo a mi alcance.

El pasillo se llenó de su hermosa risa.

—Yo también te amo, Pequeña —besó mi nariz, luego mi frente y me abrazó haciendo que ocultara mi cabeza en su fuerte pecho—. ¿Hay nuevas noticias?

Lo miré a los ojos, perdiéndome en esas profundidades verdes y, sin dudarlo, le entregué el papel blanco que aún sostenía en mis manos.

—Correo a domicilio —murmuré con burla entregándoselo.

Esta mañana cuando ambos despertamos y yo comprendí mejor que realmente había viajado para estar junto a nosotros, le había contado todo lo que sucedió en su ausencia. Edward se mostró muy sorprendido por todo, aunque no pudo evitar disimular su felicidad al conocer la bigamia de Emmett. Sus palabras habían sido: «Yo sabía que el Gorila dos algo bueno tendría que haber hecho». No tuvimos mucho tiempo para poder disfrutar de estar los dos solos en la cama, pues Amun me había llamado y corrimos hacia el estudio, con los nervios a flor de piel porque imaginaba que algo bueno se avecinaba, y así lo fue.

—Bella… —murmuró con los ojos bien abiertos—. Esto… esto… ¿es lo que yo creo que es?

Acaricié su mejilla.

—Soy completamente libre, mi amor —dije con la voz llena de emoción—. Todo ha terminado.

—¡Oh, por Dios! —exclamó y dobló el papel para guardarlo en su bolsillo trasero.

Me reí de la impresión cuando volvió a tomarme en brazos e hizo que rodeara su cuello con mis manos, al alzarme nuevamente unos centímetros lejos del suelo. No dejó que hablara, pues se aseguró de mantener mi boca bien ocupada cubriendo sus labios contra los míos.

La tranquilidad y la felicidad estaban en el ambiente. Creía que por fin ambos éramos capaces de darnos cuenta que ya no habían más trabas que eclipsaran nuestro largo camino. Ahora, las cosas eran muy diferentes que al principio, porque no solamente habíamos logrado volver a reconstruir todo lo que creíamos perdido sino que, al fin, podíamos solamente preocuparnos por nosotros y por ese futuro prometedor que teníamos por delante.

—¿Te dije que te amo? —susurró manteniendo nuestras cabezas juntas—. Te amo, Pequeña.

—Te amo —repetí, jugando con los cabellos de su nuca—. ¿Estás contento? —le pregunté, viéndome reflejada en sus hermosos ojos.

—¿Contento? —repitió con una hermosa sonrisa—. ¡Diablos, Bella! Esa palabra se queda corta. Estoy feliz, muy feliz… ¿sabes cuánto tiempo llevaba esperando este momento? —Besó la punta de mi nariz—. No podía soportar el hecho de que estuvieses atada a otro hombre que no sea yo. Sinceramente, odio la sola idea de imaginarte con otro.

—Ya eso acabó —respondí—. Sólo seremos nosotros dos y este pequeñín que viene en camino.

—Nuestra pequeña familia —murmuró con los ojos brillantes.

Parpadeé varias veces luchando para contener las lágrimas de emoción.

—Sí, Edward —asentí frenéticamente, sintiendo las palabras muy dentro de mi pecho—. Nuestra pequeña y perfecta familia.

Él secó mis lágrimas y volvimos a fundirnos en un beso cargado de amor y de mucha esperanza para el futuro. Las cosas malas ya habían pasado y, ahora, le dejaba el espacio para las buenas que estaban viniendo.

La vida nos comenzaba a sonreír, otra vez.

.

.

El imponente edificio se extendía delante de nosotros. Hacía mucho tiempo que no estaba aquí; demasiado, en realidad. Había dudado mucho en venir, pero sentía que ya era hora de terminar esto de una buena vez para dejar todo atrás; necesitaba poder cerrar definitivamente esta etapa para volver a vivir plenamente.

—¿Estás lista? —preguntó Edward dándole un apretón a mi mano entrelazada con la suya.

—Contigo a mi lado es imposible no estarlo —respondí y él me sonrió.

Atravesamos la entrada y los guardias de seguridad, al reconocerme, nos entregaron los gafetes con el «visitante» inscriptos en ellos. Había notado que una de las rubias de la mesa de entrada miró con curiosidad a Edward, como si fuera que lo notaba conocido de algún lado. No dejé que le echara una mirada más, ya que lo arrastré hacia el ascensor, protegiéndolo de las arpías.

—Celosita —susurró Edward mientras las puertas del elevador se cerraban. Sólo respondí girando mis ojos.

Al llegar al piso correspondiente mis manos comenzaron a sudar y sentí que comenzaba a ponerme nerviosa. Inspiré hondo para calmarme y eso funcionó; no quería preocupar a Edward y mucho menos quería pasarle mi nerviosismo al bebé.

—Bella… si…

—Estoy bien —aseguré con una sonrisa—. Sólo será un momento, quiero escuchar qué tiene para decirme.

—Estaré esperándote aquí. —Me abrazó por la cintura para acercarme a su cuerpo—. Sólo chíflame e iré, ¿de acuerdo?

—Entendido, mi general. —Besé sus labios castamente y lo volví a mirar, él parecía más nervioso que yo—. Volveré más pronto de lo que piensas, Edward, y nos llevarás a esa heladería que hay en la esquina apenas salga, ¿okay? —Le guiñé un ojo.

—Déjame adivinar —dijo fingiendo que pensaba—. Helado de vainilla.

—Parece que conoces bien a tu hijo.

El sonrió y volvió a besarme.

—Ya se me hace agua en la boca —respondió colocando sus manos sobre mi vientre para acariciarlo.

Rodé los ojos y me alejé de él, no sin antes llevarme mi beso de la buena suerte. Vi que se sentó en algunos sillones que había por allí —había dicho que quería darme mi espacio y que sólo actuaría si hiciera falta, ya que este tema debía resolverlo por mi cuenta; al menos eso fue lo que le había pedido, sólo necesitaba sentir que él me acompañaba y que me esperaba cerca—. Me revoleó un beso por el aire; escuché unas risitas y suspiros de unas empleadas que pasaron por ahí y no pude evitar enamorarme un poco más de ese perfecto hombre.

Me acerqué hasta el escritorio de la secretaria. Me sorprendí al no ver la melena rojiza de la habitual empleada sino que, esta vez, había una muchacha más menuda y con una larga cabellera castaña; se encontraba de espaldas a mí.

Carraspeé para llamar su atención y la muchacha se giró.

Casi me caigo de espaldas al reconocerla, sus ojos pardos se abrieron con sorpresa aunque me sonrió de manera dulce al verme allí y pude notar su alegría sincera por volvernos a encontrar.

—¿Bree? —le pregunté, sin poder salir de mi asombro.

—Hola, Bella —saludó alegremente—. Cuanto tiempo sin vernos, ¿cierto?

No estaba segura, pero creo que asentí. Ella rodeó su escritorio y se acercó a mí para abrazarme con fuerza; sin disimular mi sorpresa, pude rodearla en mis brazos. Bree había sido la única amiga que tuve en mis peores momentos, le tenía un cariño totalmente especial.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Creo que olvidé decirte que en mis ratos libre trabajo como secretaria —rió y miró mi vientre—. ¡Oh, Bella! Te felicito, mira lo hermosa que estás.

—Gracias… pero…

Hizo un gesto con la mano sin dejarme hablar.

—Ya habrá tiempo para las explicaciones —volvió a sonreír—. Voy a anunciarte —añadió dirigiéndose a su puesto—. Lleva esperándote todos los días, viene muy temprano y se va muy tarde. Jamás lo habíamos visto hacer eso.

No dije nada, sólo vi como levantaba el teléfono y murmuraba mi nombre con alegría. Me volteé hacia Edward y le sonreí al notar su mirada puesta en mí, su semblante cambió y me sonrió devuelta con ternura.

—Bella… —me llamó Bree, la miré al instante—. Puedes pasar.

Asentí y me acerqué hasta la puerta, pero no llegué a tocarla, ya que del otro lado la abrieron por mí.

El hombre de traje negro y corbata gris, abrió sus ojos con desconcierto aunque en sus labios se dibujaba una tímida sonrisa. Miré sus ojos oscuros y los vi brillar, hacía tiempo que no lo observaba tan tranquilo y podía descifrar sus emociones tan fácilmente.

Hoy, parecía, que dejaría su máscara inexpresiva atrás para permitir salir al exterior al padre que había dentro del intimidante abogado.

—Hija —murmuró Charlie, mirándome como si no estuviese convencido que estaba allí.

—Hola —respondí sin saber qué decir.

Nos quedamos en silencio hasta que él se hizo a un lado e indicó que ingresara al interior de su oficina. Así lo hice, totalmente en calma y dispuesta a escuchar aquello que quería decirme.

—Creí que ibas a hacerme esperar más tiempo —dijo sentándose en un sillón—. Siéntate, por favor —agregó, señalando el asiento que estaba frente a él.

—No tenía ganas de hacer esperar lo inevitable, Charlie —me encogí de hombros y me senté frente a él—. La verdad es que vine para escucharte, pero no cuento con mucho tiempo… Edward me espera afuera y no quiero hacerlo esperar.

—Entiendo —respondió mirándome con detenimiento—. Estás hermosa, Bella.

Hice silencio. No era fácil para mí estar aquí y mucho menos luego de todo lo que había pasado. Sin embargo, pensé que era lo mejor que pude haber hecho; venir aquí y escuchar a mi padre.

—¿Puedo ofrecerte algo? —preguntó.

Iba a responder, pero la puerta fue tocada. Charlie me miró como pidiendo disculpas, pero yo me encogí de hombros avisándole que la interrupción no me importaba. Más tranquilo por mi respuesta, dio el permiso para que ingresara quien sea que estuviese del otro lado de la puerta.

—Lamento no anunciarme antes, señor Swan —dijo una voz que ya conocía—. Pero Bree no estaba en su puesto y me atreví a tocar.

Sorprendida, me volteé hacia la dirección de esa profunda y conocida voz y, estaba segura, que las moscas podían haber entrado en mi boca por la cantidad de tiempo que no pude cerrarla.

—Aquí están los papeles que debe firmar, están ordenados y revisados.

El sujeto se percató de mi presencia y esbozó una sonrisa sincera.

—Señora Isabella, qué gusto volver a verla.

Después de no haber sabido noticias nuevas de él, estaba frente al que fue mi guardaespaldas por mucho tiempo, el Gorila uno le había puesto Edward como sobrenombre.

—Tyler —susurré su nombre con incredibilidad.

Miré a mi padre y él sólo se encogió de hombros, levantándose de su lugar para ir junto a Tyler.

—Gracias, Tyler —le dijo tomando los documentos—. ¿Crees que puedes llamar a Bree? Supongo que mi hija debe estar bastante confundida.

Los miré reiteradas veces. Por la manera en que se trataban, era fácil afirmar que se conocían desde hacía bastante tiempo. Ambos estaban muy familiarizados con el otro, como si trabajar juntos era ya algo natural para ellos.

—Enseguida señor, ¿vuelvo con ella? —Mi padre asintió—. Con permiso —añadió y desapareció del despacho.

Los ojos de mi padre se posaron en mí.

—Supongo que empezaremos a hablar por ese lado —dijo respirando hondo—. No es fácil encontrar un punto de inicio.

—¿Por qué tanto suspenso? —le pregunté.

Charlie suspiró y bajó la mirada.

—Además de abogado soy padre, Isabella —murmuró con la voz apagada—. Aunque jamás me comporté como uno.

Nadie dijo nada más y, en ese preciso momento, sonaron unos golpes en la puerta. De inmediato, Charlie los hizo pasar. Tyler y Bree ingresaron al despacho, ambos traían el semblante tranquilo. Me hizo gracia que ambos mantuvieran la misma postura, se parecían mucho cuando hacían eso. Desvié mi vista hasta mi amiga y pude divisar que sus ojos me miraban con mucha ternura y alegría.

—Sé que te estarás preguntando qué hacen ellos dos aquí, ¿cierto?

De hecho, era en lo único que pensaba. Había perdido todo rastro de ellos desde que comencé mi nueva vida en Londres, claro que antes de que eso pasara me había encargado de poder encontrarles un nuevo lugar para trabajar —ya que por mi culpa se habían quedado desempleados—, y seguía ayudando a Bree todos los meses con su estudio.

Todos se miraron y sentí que me estaba perdiendo de algo.

—¿Trabajan para ti? —pregunté.

—Ingresaron a la empresa un poco después de que dejaran de trabajar en tu antiguo departamento —respondió Charlie—. Aunque Tyler lo viene haciendo desde hace años.

Mis ojos se abrieron de la sorpresa. ¿Charlie conocía desde antes al que fue mi guardaespaldas?

—¿Pensabas que dejaría que te marcharas sin tener ninguna noticia de cómo estabas? —volvió a preguntar—. Siempre has sido una de las dos personas más importantes que tengo, Bella… jamás me hubiese perdonado abandonarte en la etapa más triste de tu vida.

Mis pies se quedaron pegados al suelo y tuve que taparme la boca para evitar emitir que un jadeo de sorpresa saliera por ella. Sentí los brazos de Bree rodearme y, cuando volteé en su dirección, vi como me sonreía y me brindaba su apoyo.

—¿Quieres algo? —preguntó con voz dulce, apretando amistosamente mi antebrazo.

—No —sacudí la cabeza—. ¿Tú contrataste a Tyler? —Charlie asintió—. ¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque era muy orgulloso y no quería que se enteraran que Tyler era mi amigo —respondió—. Quizás era algo insignificante, pero necesitaba que nadie lo supiera para poder enterarme de todo lo que te pasaba.

—¿Desde hace cuánto se conocen?

Charlie miró a Tyler.

—Fuimos compañeros de empleo en una cafetería de medio tiempo, señora Isabella —dijo mi exguardaespaldas con su característica voz profesional—. Yo estaba de baja en el ejército y ayudaba a un tío con su cafetería. Nos hicimos amigos desde un principio.

—Cuando tú debías marcharte, él fue en el primero que pensé para que te acompañara —agregó mi padre—. No dejaría que estuvieras sola con Emmett. Podría haber sido el hijo de mi jefe, pero tú eres mi hija y me preocupaba por ti.

Ahora todo encajaba.

Mi padre se había asegurado que Tyler nos siguiera para todos lados: lo hizo cuando me mudé a Massachusetts para estudiar en la Universidad, lo hizo cuando nos trasladamos a Seattle… siempre estuvo allí.

Si me ponía a analizar las cosas, el comportamiento de Tyler siempre fue un enigma para mí. Los primeros años había actuado de una manera extraña, pues siempre estaba serio, guardando las apariencias y persiguiéndome por todos lados. Cuando notaba que el ambiente estaba algo nervioso, no me dejaba ni a sol ni a sombra y, mucho menos, en compañía de Emmett.

Cuando los años fueron pasando, sobre todo el último tiempo que trabajó junto a mí, me había sorprendido el cambio que había tenido nuestra relación profesional. Él se había mostrado como un amigo, un protector y alguien en quién confiar. Me ayudó mucho y estaría en deuda con él porque me influyó en que abriera mis ojos y luchara por mi bienestar.

Y ahora me enteraba que detrás de todo eso, estuvo Charlie.

Mi padre se preocupó por mí, no se alejó completamente. Él había estado presente en todos lados, sólo que lo hizo tácitamente. No me había abandonado y tampoco dejó que estuviese sola, aunque yo había pensado lo contrario.

—¿Emmett no sabía nada de todo esto? —mi voz salió en un tono muy bajo, todavía estaba asimilando el nuevo descubrimiento.

—Sólo era cosa de Tyler, Bree y yo.

Fruncí el ceño mirando a Bree. Ella se levantó de mi lado y me pidió que hiciera lo mismo para reunirnos con los demás; vi como Tyler miraba mi vientre abultado y sonreía de la manera más sincera que existía. Le devolví la sonrisa agradeciéndole el gesto, pues estaba segura que él también pensó que jamás podría embarazarme, ya que conocía y sabía de las visitas de la doctora Anderson, aquella que mes a mes fue al departamento a continuar con mi tratamiento anticonceptivo.

—Señora Isabella —me llamó Tyler mirándome con el semblante tranquilo—. Creo que no le he presentado a mi hija como corresponde.

Arrugué el ceño. ¿Judith? Él me había dicho en una oportunidad que tenía una hija de casi diez años y que la veía reflejada en mí, eso fue lo que dijo para ayudarme en cuanto más lo necesité.

—¿La pequeña Judith? —le pregunté.

Bree rodó los ojos.

—¡Por supuesto! —exclamó con gracia—. Si la tía Carla se entera que has usado el nombre de su hija, estoy segura que te matará y no le intimidará que hayas pertenecido al ejército.

No tuve que pensar mucho tiempo más, me había dado cuenta de todo.

—Eres la hija de Tyler —afirmé, mirando a mi amiga.

—Aunque yo no salí tan seria como él —rió.

Miré a Tyler.

—Lamento haberle mentido, señora Isabella —se disculpó—, odio hacerlo… pero fue necesario.

¡Vaya! Había estado viviendo con padre e hija todo este tiempo y jamás me di cuenta de nada.

—¿Leila tampoco existe? —les pregunté.

—Ella es mi hija mayor, y sí estudia en la Universidad de Canadá —volvió a explicar—. Gracias a usted nos hemos podido reunir todos juntos en mi último cumpleaños.

—Entiendo… —murmuré abrumada.

—Cuando viniste a Seattle, sabía que te sentirías muy sola —comenzó mi padre—. Por eso le pedí a Tyler que me ayudara a contratar a su hija menor. Me pareció una buena idea hacer que te acercaras a Bree, necesitabas una amiga y sabía que si no estaba en el mismo departamento, no había otra forma que conocieras a nadie.

—Porque me han mantenido encerrada.

Charlie suspiró.

—Otro error a la lista interminable —murmuró cabizbajo.

—Sin embargo… —añadí—, me alegra que lo hayan hecho. Bree ha sido una amiga excelente y me ha ayudado mucho… al igual que tú, Tyler. Ahora comprendo de dónde viene tanta generosidad.

—Se hace el serio, pero por dentro en un turrón de azúcar —dijo Bree palmeando el pecho de su padre.

—Bree… —rezongó el aludido.

Me reí y me fijé mejor en ellos dos. Ahora que sabía la verdad, era muy fácil poder verlos como padre e hija; se parecían en mucho y, al parecer, tenían una relación muy estrecha. Habían mantenido oculto su parentesco demasiado bien, jamás sospeché de nada.

—Creo que es mejor que vuelvan al trabajo —dijo mi padre.

Ambos asintieron, y Bree fue la primera que se acercó a mí.

—Prométeme que te cuidarás y cuidarás a ese hermoso bebé que se está formando. —Le sonreí—. Veré la manera de llevarte un pequeño regalito antes de que te marches. Estaré agradecida toda mi vida por lo que haces y sigues haciendo por mí.

—Eres mi amiga, Bree —respondí—. Y yo estoy y estaré agradecida contigo, has sido la única que ha estado a mi lado en mi peor etapa.

—Es bueno que ya te hayas recuperado —me abrazó—. Ya he hablado con Edward y él me prometió que los cuidará… Sé no que no hay hombre mejor que él, es increíble todo lo que se aman.

—Gracias Bree, aprendí a quererte mucho.

—Yo también —aseguró y, tras un último abrazo, se separó de mí.

Tyler se mantuvo en su sitio, sin acercarse más de la cuenta. Rodé los ojos y me acerqué a él para darle un fuerte abrazo. Luego de que la sorpresa por mi gesto se le pasó, me rodeó tímidamente.

—Gracias Tyler, has sido mi ángel guardián por mucho tiempo.

Él carraspeó un poco, alejándose unos pasos de mí. Sonreí al ver sus mejillas ligeramente rosadas.

—Tyler Tanner siempre para servirla, señora. —Hizo una reverencia con la cabeza, pronunciando su apellido por primera vez desde que lo conocía—. Y, por cierto, enhorabuena por el bebé… su novio debe estar muy feliz.

Los dos me echaron el último vistazo y salieron del despacho, dejándome sola con mi padre.

—Te preocupabas por mí —susurré, dejándome caer en el sillón.

—Aunque no parezca, siempre lo he hecho —me sonrió, haciendo que las arrugas de sus ojos se notaran más—. ¿Quieres algo? ¿Té, café… galletas de vainilla?

Ante la mención de la última palabra se me hizo agua en la boca.

Charlie al ver mi rostro, me sonrió y se acercó a la pequeña mesita, tomó el paquete de galletas y me preparó un té, dejando ambas cosas sobre la mesa en medio de los dos sillones.

—Parece que en este embarazo también eres adicta a la vainilla —dijo, al verme comer las galletas con anhelo—. ¿Puedo preguntarte como ha estado mi nie… tu hijo? —Me di cuenta que corrigió la palabra antes de decirla.

—Muy bien —respondí, limpiándome la boca—. De hecho, si no es porque tengo más apetito que lo normal, mi vientre crece cada día más y me hice vainilla dependiente, no hubiese notado que estoy embarazada. No he tenido ningún síntoma, todos los ha tenido Edward.

—Recuerdo que con tu embarazo de Carlie, te has sentido muy mal… te levantabas todas la noches para vomitar.

Me sorprendió que recordara esos detalles, aunque aún más que haya nombrado a mi pequeñita en voz alta.

—Me he equivocado mucho con ustedes desde el primer momento —suspiró pesado—. Sé que ni siquiera tengo derecho de tenerte aquí, pero sin embargo me estás regalando esto y quiero agradecerte.

Se me hacía extraño verlo tan abatido, tan triste. Siempre había mantenido sus sentimientos bien ocultos, no demostraba nada y se guardaba todo detrás de su máscara inexpresiva e intimidante.

Hoy no estaba viendo al abogado Swan, sino que me estaba permitiendo ver a mi padre Charlie.

—Creo que estoy devolviéndote el favor, en todo caso —dije, con voz calma—. Tú has sido el que me ha abierto los ojos para ir en busca de mi felicidad.

—Me alegra que lo hayas hecho —sonrió—. Ahora realmente estás aquí, tú eres la Bella que recordaba, aunque ahora eres mucho más madura y sabia.

—Me costó llegar aquí, pero lo logré —curvé mis hombros.

—Siempre has sido muy fuerte y valiente, por supuesto que podías lograrlo —me sonrió de manera tímida.

Nos mantuvimos en silencio unos momentos, ambos perdidos en nuestros propios pensamientos. Charlie era la última etapa que necesitaba cerrar y conocer, todo lo demás lo había dejado atrás y cada vez estaba más cerca de poder liberarme por completo de mi horrible pasado.

—Hablé con Jasper ayer —afirmó, y lo miré enseguida—. No fue fácil acercarme a él, pero me permitió hacerlo. Claro que debo darle todo el crédito a su esposa, resultó ser una muchacha estupenda. Quedamos en hablar mañana, en un bar.

—Me alegra saber que van a hablar. ¿Cómo supones que tomará la noticia?

—Supongo que con mucha sorpresa —curvó sus hombros—. Jamás me hubiese gustado mentirle, pero lo hice por su bien. ¿Sabes, Bella? Jamás he estado tan arrepentido de todo lo que hice como ahora.

—Creo que nunca es tarde, es bueno que te hayas dado cuenta de todo.

—Yo sí lo veo tarde —murmuró—. Me he perdido cosas tan simples, y todo eso por cegarme y querer más y más, cuando todo lo que necesitaba estaba junto a mí. —Alzó la cabeza y me miró—. Aunque hubo algo que hice bien: jamás separé a Jasper y tú…, la relación que han construido es hermosa. Ojalá hubiese sido lo suficientemente inteligente como para evitar perderme eso también.

—¿Por qué nunca le dijiste de su verdadera madre?

—Porque ella murió al dar a luz —dijo con voz rota—. Nina, la verdadera madre de tu hermano, falleció sin poder conocerlo, dejándonos solos a muy temprana edad. —Paseó sus manos por sus cabellos una y otra vez—. No tuve el corazón para decírselo, no pude hacerlo.

Me quedé en silencio, no esperaba algo así; aunque tampoco me sorprendía.

—¿Ella fue tu primer novia? —pregunté.

—Lo fue —asintió—. Nina fue una mujer estupenda y especial, desde el primer momento en que la vi, supe que cambiaría mi vida. Nos conocimos en la playa, ella también era de Forks pero pertenecía a la Reserva. Nos enamoramos muy rápidamente, pero yo no supe cuidarla.

Hizo una mueca.

—Tampoco supe cuidar a Renée, yo fui el culpable de que ella se transformara en la persona fría que es hoy —bajo su tono de voz y me miró—. Lo siento Bella, no supe poder armar una familia, no supe poder cuidarte a ti y a Jasper, no supe demostrarles todo el amor que sentía y siento por ustedes.

Cubrió su rostro con ambas manos, y lo escuché respirar entrecortadamente. No pude evitarlo, ante todo él era mi padre y me daba mucha cosa verlo así, tan… humano. Me acerqué a él y coloqué mi mano sobre su brazo. Levantó su cabeza y me vio con sus ojos anegados de lágrimas que luchaban por no ser derramadas.

—No te atormentes más —le susurré para intentar calmarlo—. ¿Sabes? Las cosas que pasaron, ya pasaron, y nada puede hacerse para cambiarlas. Tú estás arrepentido de lo has hecho, de otra manera no nos hubieses buscado para hablar y aclarar las cosas con nosotros. Te has equivocado, sí… pero ahora estás intentando solucionar esas cosas que te hacen daño. No todo será igual que antes, pero quedaremos en paz con nosotros mismos. ¿No crees que eso es lo mejor?

—Eres tan buena, mi niña linda —acarició mi mano—. ¿Cómo pude haber dejado que todo esto pasara? ¿En qué demonios estaba pensando?

Sentí mis ojos picar por sus dulces palabras, pero no quería llorar.

—Sufrí mucho, Charlie —susurré—. Yo los necesitaba conmigo, necesitaba algún tipo de contención… saber que alguien me acompañaba. Pero estuve sola, me dejaron hundirme en mi miseria y, lo peor de todo, es que no tuve las fuerzas para reaccionar como debía.

—No sé qué hacer para mitigar ese dolor. Sé que no puedo hacer nada porque he sido un completo imbécil en dejarme embaucar por el poder y el dinero. Me perdí en el camino sólo por unos miles de dólares, pero dejé de lado a la mujer más importante que tengo: tú. —Volvió a acariciar mi mano y se la llevó a su boca para besarla—. Firmé ese estúpido contrato para obligar a casarte con el hijo de mi jefe, te obligué a estudiar leyes, a separarte de tu hermano y dejé que el hombre que más te amaba se fuera.

Una solitaria lágrima bajó por su ojo. Jamás lo había visto en este estado, jamás se había abierto de esta manera conmigo. Y eso me hacía entender que me hablaba con el corazón abierto, dispuesto a decirme todas aquellas cosas que calló durante tanto tiempo.

—Empecé todo mal desde el principio —clavó sus ojos en un cuadro de la pared, dejando que las palabras fluyeran con naturalidad—. A mis veinte años tenía un bebé recién nacido, la crianza de un padre soltero no es nada fácil… aunque conté con la suerte del apoyo de mis padres y de mi hermana, sin ellos no hubiese podido salir adelante —sonrió con melancolía—. Tus abuelos fueron unos seres maravillosos, vivíamos en una pequeña casita. Mi madre era costurera y mi padre pesquero, Charlotte era mucho más chica que yo, pero teníamos una muy buena relación… éramos muy felices, pero yo odiaba verlos tan cansados por sus sacrificados trabajos.

»Ellos habían insistido mucho en que acabara mis estudios pese a que yo había decidido ayudar a mi padre con su empleo, para que él no tuviera que hacer todo solo —volteó sus brillantes ojos hacia mí—. Recuerdo que mi padre me dijo que yo no sería un pesquero como él, sino que llegaría lejos y que él me ayudaría a hacerlo.

—El abuelo deseaba que estudiaras en la Universidad, ¿cierto?

Asintió con una sonrisa melancólica en sus labios.

—Mamá y papá tenían algo parecido a una botella, donde allí guardaban sus ahorros para nuestros estudios, ellos querían que fuésemos profesionales y que tuviéramos una mejor vida que la que llevábamos con ellos. Habíamos hablado mucho de ese tema, yo había decidido que me gustaban las leyes y que deseaba ser un abogado de buena fe. Mamá me confesó que mi padre soñó con convertirse en uno pero nunca pudo estudiar, no era fácil en su época; al saber aquello, mis deseos cobraron mayor entusiasmo.

»Trabajé duro con él para juntar el dinero que faltaba para mudarme a Seattle y, cuando estuve cerca de conseguirlo, apreció Nina y me enamoré. —Hizo una pausa—. Salimos varios meses y ella quedó embarazada, recuerdo que mis padres no me dieron la espalda, sino todo lo contrario… Había accedido a abandonar mi sueño de ir a la Universidad para dedicarme a mi novia y al hijo que íbamos a tener.

Volvió a acariciar mi mano y sonrió.

—Nina tenía una enfermedad cardíaca que jamás fue diagnosticada, no pudo soportar el esfuerzo del parto y, sin poder conocer a nuestro pequeño Jasper, nos abandonó… dejándonos solos.

—Lo siento.

Curvó sus labios, aunque no llegó a ser una sonrisa.

—Los padres de Nina estuvieron junto a nosotros, pero no soportaron el hecho de haber perdido a su hija, por eso decidieron mudarse a Canadá… fue lo último que supe de ellos. —Curvó sus hombros—. A Jasper le dieron el alta tres días después de haber nacido. Se veía hermoso y muy saludable; había heredado los ojos azules de su mamá. Caí enamorado de él al instante.

»Los primeros años de vida de mi pequeño Jasper fueron pasando y cada día estaba más hermoso que el anterior. En casa estábamos todos locos con él. Su primera palabra fue «papá», jamás olvidaré ese día, fue tan especial —dijo con los ojos brillantes—. Una tarde, días después de que Jasper comenzara a caminar, decidí tomarme un descanso y lo llevé al parque para disfrutar de uno de los pocos días soleados de Forks.

—Fue cuando conociste a Renée —afirmé.

—Sí —respondió—. Cuando la vi sonriendo con una amiga, me quedé atontado. Me di cuenta que era mucho más chica que yo y que aún asistía al instituto. Sin embargo, quería saber de ella, necesitaba hacerlo. Yo no había estado con ninguna otra mujer luego de que Nina murió y no había tenido la necesidad de volver a entrar en una relación, pues Jasper mantenía ocupado todo mi tiempo libre.

»No fue fácil acercarme a tu madre, tuve que perseguirla por todos lados —rió un poco—. Pero me había enamorado de ella; su belleza, sus gestos, su ternura… no pude evitarlo. —Negó con la cabeza y me miró—. Le mentí desde un principio diciéndole que Jasper era mi sobrino, todo para que ella no se sintiera abrumada y me dejara; me sentí horrible por haberlo hecho y moría de la vergüenza.

Eso lo sabía, me lo había dicho Renée la última vez que la había visto.

—Comenzamos a salir y otra vez fallé, la dejé embarazada con sólo diecisiete años —murmuró apenado—. Todos sus planes se vinieron abajo. Cuando sus padres se enteraron pegaron el grito al cielo y la echaron de su hogar. Todos en el pueblo la señalaban con el dedo, no podían creer que una adolescente estuviese embaraza de un hombre mayor a ella.

»Se fue a vivir a mi hogar. Todos la recibieron más que bien, aunque Renée ya no era la misma de siempre; era lógico, después de todo sus padres la habían botado de su lado a sangre fría —tragó pesado—. No pude sostener más la mentira respecto a Jasper y le conté que era mi hijo, ella me miró decepcionada y no me habló durante días. En ese momento, nuestra relación comenzó a flaquear, pero yo no iba a permitir que se alejara de mí.

Suspiró y volvió a clavar su vista en un punto fijo.

—Cuando tú naciste, aprendimos a comportarnos como una familia de verdad —añadió—. Renée trataba a Jasper como a un hijo y aprendimos a solucionar nuestras diferencias, aunque yo la notaba triste y no sabía qué hacer para ayudarla.

»Los años fueron pasando y tú comenzabas a transformarte en una niña preciosa, tan parecida a la abuela Marie. Estaba completamente enamorado de mis hijos y fue eso lo que hizo que decidiera retomar la idea de estudiar para poder sacar adelante a mi familia.

—Eso lo recuerdo —murmuré—. Fue difícil decirte adiós y no tenerte junto a nosotros. Creo que gasté mis manos por todos los dibujos que había hecho para enviártelos.

Me sonrió con ternura.

—Dibujos que tengo guardados, cada uno de ellos.

Volvió a suspirar y me miró con una gran intensidad.

—Aunque me he comportado como un asno todos estos años, jamás he dejado de pensar ni un minuto en ustedes. —Tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas—. Cada día me arrepiento de todo lo que hice, de lo que les hice. ¿Crees que algún día podrás perdonarme?

Respiré hondo y, con cuidado, separé mi mano de su toque. Charlie siguió mis movimientos con cautela y vi como su mirada se entristecía; no era fácil borrar todo el sufrimiento y seguir adelante como él pretendía que hiciera.

—A mí también me gustaría recuperar a mi papá, Charlie —dije—. Pero han pasado muchos años, muchas cosas, no es fácil para mí estar aquí y hacer de cuenta que nada pasó. ¿Me entiendes?

—Lo mismo me dijo tu hermano —murmuró.

—¿Por qué lo echaste de la casa? ¿Por qué no apoyaste su decisión?

—Porque me sentí decepcionado, actué mal y fui muy orgulloso como para reconocer mi error.

—¿Decepcionado?

Bajó la mirada hasta el suelo.

—Yo sólo quería lo mejor para ustedes, quería que todo lo que teníamos continuara en la familia. Supongo que siempre pensé que ambos querrían seguir mis pasos, aunque no quise ver que los estaba obligando a hacerlo.

—Jasper y tú han tenido siempre el mismo carácter.

—Por eso peleamos tanto —respondió—. Hasta el día de hoy tengo grabada la imagen de la mirada sombría y hostil que me dedicó mi propio hijo. Sé que jamás podré borrarla de mi mente y, ¿sabes?, tampoco quiero hacerlo porque eso me demuestra lo mal que me comporté con él. ¿Por qué me costó tanto entender que él quería ser médico? Si sólo hubiese sabido de lo feliz que sería con mi apoyo...

»Aunque estoy feliz por él, se convirtió en un cardiólogo reconocido. Se graduó con honores y fue uno de los mejores de su clase. Yo siempre supe que él tenía un gran potencial para ello, aunque las primeras épocas fueron difíciles para él, yo sabía que podría seguir adelante. Lo único malo que tuvo que hacer, fue haber trabajado en ese bar de mala muerte, cuando él sólo debía preocuparse por estudiar.

Un momento… ¿Cómo sabía Charlie de eso? Jasper no había hablado con él aún, mañana lo harían, para sacarse las caretas y hablar con nada más que la verdad. Era imposible que se hubiera enterado de los primeros años de mi hermano en Seattle, él mismo se había encargado de perder todo tipo de contacto con él y, la única vez que habían hablado en profundidad, aquella tarde junto a Edward, no le había dicho nada de eso.

—¿Cómo sabes eso?

Charlie abrió sus ojos sorprendido.

—¿Qué cosa?

—Que Jasper tuvo que trabajar en un bar porque el dinero no le alcanzaba para alquilar un cuarto. Él no pudo habértelo dicho, es tan orgulloso como tú para contar esa clase de cosas.

Charlie se mantuvo en silencio en una posición rígida, yo aguardé a que comenzara a hablar. Estaba segura que algo escondía… pero, ¿qué era?

—Charlie… —pedí.

—¿Recuerdas la beca que recibió a última hora? —Asentí, sin entender lo que quería decirme—. Fui yo, yo inventé todo eso para que él pudiese estudiar en la Universidad. También fui yo el que dejó las llaves del departamento de Seattle para que tú se las dieras, no iba a permitir que mi hijo anduviera vagabundeando por una ciudad tan grande.

¡Vaya! Otra cosa que jamás hubiese imaginado. ¿Quién iba a creer que Charlie hubiese estado pendiente de nosotros aunque él aparentara lo contrario? Nunca le fuimos indiferentes, siquiera con Jasper aunque lo echó de la casa a sangre fría.

—¿Piensas decírselo? —le pregunté, aún aturdida.

—¿Tiene sentido? —preguntó de vuelta—. Jasper me odia, jamás me creería algo así y, pienso, que hay temas más difíciles y profundos que tratar con él.

—Debes decírselo —insistí—. Charlie, hemos pensado que nunca te importamos, que sólo éramos una carga para ti y... ahora, vienes y me dices todo esto. Has estado pendiente de nosotros todos estos años, ayudándonos aunque sin decir ni una sola palabra.

—¿Cambia esto las cosas? —Lo miré fijamente, pero no respondí—. No lo hace, Bella. Nada hará cambiar mis errores. Pero hoy estoy en paz contigo porque sé que te he dicho todo.

—¿Puedo hacerte sólo una pregunta más?

Asintió.

—¿Sabías que Renée me mintió sobre mi esterilidad?

—No —aseguró y le creí—. Y esa noticia fue la que colmó el vaso, por eso he decidido divorciarme de ella. No tiene sentido querer solucionar algo que viene roto desde el principio. —Me miró con una suave sonrisa—.Yo la amé, pero no a esa mujer en la que se transformó. Te pido disculpas en su nombre, no puedo creer que haya hecho algo así.

—Yo tampoco puedo hacerlo.

—Serás una madre excelente, hija —volvió a tomar mi mano.

—Gracias —respondí.

—¿Puedo decirte sólo una cosa más?

Asentí.

—Fuiste muy valiente en enfrentar a Emmett, me he enterado de todo el circo que armó. —En sus ojos vi orgullo—. Te pido perdón otra vez por haberte obligado a casarte con ese maldito impostor, te prometo que jamás ningún McCarty volverá a molestarte.

No dije nada más y me puse de pie.

—Ya es hora de que me vaya —susurré.

—Comprendo —respondió poniéndose de pie—. Gracias por permitirme acercarme un poco a ti. ¿Puedo pedirte la última cosa?

—Sí —respondí.

—¿Le das un abrazo a este viejo?

Vacilé y Charlie aprovechó mi momento de duda para acercarse hacia mí y rodearme con sus brazos. No me resistí y, por un momento, dejé que mis barreras se echaran hacia abajo. Imaginé que nada pasó en estos años, imaginé que mi padre jamás se transformó en esa persona hostil e inexpresiva, que sólo le importaba el poder y el dinero.

—Te amo, hija —susurró en mi oído, mientras acariciaba mi cabello—. Nunca dejé de hacerlo y nunca lo haré. —Lo miré y negó con su cabeza—. No debes decirme nada, con el solo hecho de tenerte aquí… ya nada hace falta.

Respiré hondo y me separé de él.

—Antes de que te vayas tengo algo para ti…

Lo miré confundida y vi como se acercaba a su escritorio para hurgar algo entre los cajones. Al encontrar lo que buscaba, se volvió a acercar a mí y me dio un pequeño paquete.

Miré el paquete plateado con desconfianza.

—Puedes abrirlo, no muerde —avisó mi padre, y pude ver una sincera sonrisa en sus labios.

Con mi ceño fruncido abrí el paquete y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver el contenido del interior.

—Como no sé qué será, elegí un conjuntito verde. Apenas lo vi, imaginé a mi nie… a tu hijo allí dentro.

Quité las pequeñas prendas del interior y mi corazón se encogió de ternura. El conjunto consistía en un pantaloncito verde con algunos detalles en blanco y una pequeña batita blanca con los bolsillitos en color verde —iguales a la del pantalón—, en el extremo derecho de la prenda tenía un conejito tierno dibujado en él.

—Es la primer ropita que me regalan para el bebé —dije mirando embelesada las diminutas prendas; ya imaginaba a mi puntillo allí dentro—. Gracias, papá… es hermosa.

—Me alegro que te guste —respondió—. Ahora ve, seguramente el papá de esa criaturita debe estar esperándote.

Volví a guardar las ropitas en el paquete y miré a mi padre. Me quedé con aquella imagen: él sonriéndome con sus ojos brillantes y esa mirada tierna y paternal, igual a la que me brindaba cuando sólo era una pequeña niña.

—Sé feliz, hija —me susurró cuando pasé a su lado.

Le sonreí y me acerqué a él, me elevé de puntitas y dejé un casto beso en su mejilla. Él me miró sorprendido, pero no dejó de sonreír en ningún momento.

—Fue bueno volver a ver a mi padre, a mi padre de verdad —murmuré con los ojos llorosos, con la mano en el picaporte.

—Este viejo ya no se irá —respondió—. Cuida a mi nietito, será un niño con mucha suerte, porque tendrá a la mejor mamá que pueda existir.

Acaricié mi vientre y abrí la puerta.

—Deja que el tiempo haga perdonar, papá.

Sus ojos marrones, aquellos que yo había heredado, me miraron con un profundo amor y salí de ese despacho, sin volver mi vista atrás.

Ya todo estaba terminado, por fin podía volver a comenzar completamente limpia de mi pasado.

No tuve que esperar mucho tiempo para que el hombre que me hacía suspirar me estrechara en sus brazos y me hiciera sentir completa nuevamente. Tomé su rostro con mis manos y estampé mi boca sobre la suya. No me importó el lugar, ni que el piso estuviese lleno de empleados de mi padre; sólo quería sentir la libertad que fluía por mis venas, quería asegurarme que todo lo que estaba pasando era una hermosa realidad.

—Supongo que eso quiere decir que todo salió como esperabas. —Besó mi mejilla y miró con el ceño fruncido el paquete que sostenía en mis manos.

—Mucho mejor que eso —le respondí—. ¿Vamos?

Entrelazó nuestras manos y salimos rumbo al elevador. Antes de que las puertas se cerraran pude ver la sonrisa de mi padre, observando cómo nos marchábamos. Miré a Edward y él me estrechó con fuerza, bajando un poco su cabeza para besar mi frente.

—Parece que el corazón congelado de tu padre, por fin comienza a derretirse.

No creía que Charlie tuviese una roca como corazón, sólo había sido muy orgulloso como para asimilar los errores que había cometido.

Salimos del imponente edificio y la suave brisa del exterior chocó contra mi rostro. Miré el rostro de Edward a la luz del sol y volví a agradecer en silencio que hubiese vuelto a mi vida. Ahora estaba completamente libre para entregarme a él; para poder formalizar, de una vez por todas, nuestra relación y nuestra pequeña y perfecta familia.

Una idea cruzó mi mente, aún había algo que teníamos pendiente.

—Creo que antes de ir a la casa de tus padres, tenemos que hacer una parada. ¿Qué dices?

Él me miró con confusión pero, unos instantes después, entendió lo que pretendía hacer. Sus ojos me miraron con una infinita ternura y vi como se aguaron un poco. Acarició mi vientre y besó mis labios suavemente.

—¿Qué estamos esperando? —me preguntó, impaciente—. Andando.

Entrelazamos nuestros dedos y, en sentido figurado, volamos hacia el coche para poder ir en busca de una pieza especial que faltaba para que nuestro rompecabezas, por fin, estuviese completo.

.

.

.


¡Hola a todos! :D

Finalmente, la charla de padre a hija. Sé que Charlie se mandó muchas macanas pero, en mi opinión, rescato que lo más importante es que se arrepiente de cada cosa que hizo, sin embargo no es fácil olvidarse y hacer de cuenta que nada pasó. Por otro lado, ¿se esperaban eso de Tyler y Bree? Personalmente siempre amé a Tyler, no sé, fue divertido escribir de él.

Cada vez nos queda menos de esta historia, ya estoy comenzando a sentirme melancólica jajjajaja. Gracias a todos los que me acompañan en el camino, dejando sus comentarios o agregando a favoritos o alertas, o por el sólo hecho de pasar y leer, y dedicarle un tiempo a la historia.

Isa, como siempre, gracias por hacer tu magia, eres increíble. (L)

Si desean, pueden encontrar el link del grupo en Facebook. ¡Son todos bienvenidos!

Nos leemos en el próximo capítulo, muchooooos besos :*

Alie~