37. Notas

Al día siguiente, visitamos todo lo que nos quedaba por ver: Madison Square, Queens, Brooklyn, Broadway y la isla Ellis. Todo Nueva York fue fantástico de visitar, y procuré seguir el consejo de mi padre: disfrutar de la compañía, que es excelente. Ésas habían sido sus palabras. Volvería a hacer este viaje con los ojos cerrados y un buen fagote de dinero.

Volvimos pronto al hotel, ya que la visita nos había durado sólo la mañana. Sí, fuimos muy rápidos. Unas cuantas fotos para el álbum, unas cuantas visitas breves a locales y salir de allí. Así que decidimos comer en el hotel, para pasar la tarde allí. Jake se acabó pronto la comida, y como quería dormir, yo me quedé comiendo mientras él subía a la habitación, y cuando acabé, decidí que le dejaría tranquilidad y salí del hotel para, aunque fuera, dar la vuelta al edificio. Entré en las tiendas de ropa y de recuerdos. No compré nada porque ya lo habíamos comprado en un momento de descanso del día anterior. Lo que sí que me compré fue una Starbucks. Me hacía gracia pasear por Nueva York con ésa bebida, era lo típico, lo que se veía en las películas. Cuando me la acabé, volví al hotel.

Entré en la habitación con el gorro, el abrigo, la bufanda y los guantes puestos, ya que en la calle hacía un frío que pelaba. Cerré la puerta tras de mí y saludé en voz alta.

No recibí contestación.

Mientras me quitaba los guantes y el gorro de lana, volví a saludar.

Seguía sin recibir contestación.

Qué raro.

Me quité la bufanda y el abrigo y los dejé colgados en el perchero.

—¿Jake? –volví a preguntar, muy extrañada. –Jake, en serio, sabes que no me gustan los sustos. –dije, sospechando que se escondía para asustarme.

No oí ningún indicio de movimiento.

—Jacob… Jacob, en serio, ¿dónde estás? –dije, entrando en el baño.

Salí de él con el ceño fruncido y las manos metidas en los bolsillos traseros del tejano. Dirigí mi mirada al balcón, cubierto por la cortina. Fui hacia allí y corrí la cortina con una mano. Tampoco estaba en el balcón… Me giré hacia la cama, y es cuando vi su ropa desparramada por ella. No… No es posible que…

Fui hacia la maleta y busqué en ella los pantalones cortos que se había traído para por si acaso pasaba algo, una urgencia, para poder ir cómodo.

Estaba nerviosa, agitada, desesperada.

No encontré los pantalones.

Fui hacia el armario y busqué entre nuestra ropa, desesperada. No estaban. Abrí la maleta de nuevo, todos los cajones, miré en el baño, debajo de la cama, en el perchero, detrás de la puerta…

—¡No! –grité, desesperada y enredando mis dedos entre mi pelo.

Tenía que haber algún indicio que me dijera dónde había ido, un mensaje en el contestador, una llamada, una nota…

Volví a buscar en el lavabo, en los cajones, en el armario, por todos los rincones de la habitación y en nuestra maleta, cuando encontré algo. Un trozo de papel de libreta, donde se podía leer:

Nunca te librarás de mí. Eres mi imprimación, eres mía, de nadie más. Te seguiré hasta el fin del mundo si es lo que deseas.

Te amo, Khevin.

Un calor me empezó a recorrer todo el cuerpo, extendiendo así mi temor, mi miedo, mi rabia, mi furia, mi odio, mi muerte.

Khevin sólo se pudo haber comunicado con Jacob a través del teléfono.

Corrí desesperada y patosa hacia el teléfono, y busqué alguna nota que me pudiera dar una pista. En el suelo, estaba la libreta del hotel. La cogí con manos temblorosas y la giré.

Times Square, edificio 33, terraza.

La ventaja de esto es que él aprieta muy fuerte el bolígrafo cuando está nervioso, de manera que lo que había escrito en la hoja de antes se había grabado en la siguiente.

Salí corriendo de la habitación en cuanto leí las marcas en el papel, sin coger el abrigo ni nada con lo que pudiera abrigarme. Estaba desesperada. No podía pasarle nada, a él no. Ya lo había perdido una vez, o más de una, y no lo iba a perder de nuevo.

Me dirigí al ascensor, que estaba abierto en el piso, pero iba lleno. No iba a esperar. Bajé las escaleras lo más rápido que pude. Corría bajando las malditas escaleras recién fregadas, y por poco me mato en varias ocasiones. Conseguí coger el ascensor en uno de los pisos, cosa que agradecí. Salí al exterior, aliviada de no tener que bajar escaleras. Sin pararme siquiera, seguí corriendo directa a Times Square, que no estaba lejos.

Había un montón de gente en la calle. Me habría paso a empujones, apartándome de los Starbucks, chocando contra los que iban con prisa, también. La gente se quejaba, me chillaba, pero yo seguía corriendo.

Jake…

Él era la esperanza más creciente. La que me mantenía corriendo sin cansancio, la que me daba el aire que me faltaba al correr tanto.

Edificio treinta y tres, edificio treinta y tres… Terraza. ¿En la terraza? ¿No sería más fácil por la noche, en Central Park?

Vale, he visto demasiadas películas.

—¡Eh, ten cuidado! –se quejó alguien a quien vi de refilón e hizo que me detuviera en seco.

Me giré hacia el chico que había hablado, sin podérmelo creer. Fui hacia él y le miré a los ojos. No eran dorados.

Imposible…

Le cogí de los brazos para confirmar que era cierto, y no una alucinación.

—¡Eh! ¡Ya, déjame! ¡Si quieres un autógrafo lo pides, no seas así!

—Tttú eeres… —empecé yo, verdaderamente flipando.

—Sí. Soy Robert Pattinson, ¿y qué?

—Tttú no puedes estar a-aquí…

—Sí, ya sé que debería estar en mi país. ¿Algo más?

—Nnnno… Tú…

—No hables tanto y ve a por Jacob.

—¡Jake! –exclamé y empecé a correr otra vez, evitando a la gente, empujando.

Aminoré el paso cuando me pregunté algo obvio: ¿Había dicho Robert Pattinson que fuera a por Jacob?

Nada tiene sentido…

¿Y si había vuelto? ¿Y si ahora estaba en mi mundo? ¿Mi realidad?

No, eso es imposible… No he soñado que caía ni nada parecido… Ni siquiera he dormido…

Y Robert… Él me ha dicho que vaya a por Jacob, pero… ¿A lo mejor es una expresión nueva? ¿Podría ser?

¿Y si todo esto ha sido producto de mi imaginación? ¿Todo lo vivido? Pero entonces… ¿qué hacía aquí, en Nueva York?

Esto… no… no puedo haber vuelto… no puede ser… No hay posibilidad… ¿O sí?

Oh, Dios mío…

¿Y si todo esto sólo era un paréntesis? ¿Y si realmente Jacob estaba en peligro? ¿Y si no me había ido?

—¡Ay, Jake!

Y aceleré el paso de nuevo, pensando sólo en mi luz de emergencia.

Llegué a base de empujones, allí, a Times Square. Y ahora… ¿dónde está el maldito edificio treinta y tres?

—¡Perdón, perdón! ¡Oiga! ¿Me puede ayudar, por favor? –pregunté, poniéndome delante del camino de una mujer de cabello castaño, largo hasta media espalda.

—Sí, claro. ¿Qué busca?

—El edificio treinta y tres. –pedí a la carrera.

—Sí. Es por allí, a la derecha de la calle. El número del edificio lo pone al lado de la puerta.

—Vale, ¡gracias! –le agradecí, empezando ya a correr cuando la mujer me dijo en qué dirección estaba.

Corrí, de nuevo evitando y empujando a la gente, además de esquivar a los coches. Estuvieron a punto de atropellarme dos veces, pero sólo consiguieron que la respiración se me acelerara. Al llegar a la calle correcta, empecé a fijarme en los números de las puertas, hasta que vi el número que me interesaba.

Por desgracia, era un edificio comunitario, no público. Apreté el botón de uno de los pisos para que me abrieran.

—¿Hola? –se oyó por el interfono.

—Hola, soy la sobrina de su vecina, pero no me acuerdo qué piso es. ¿Me podría abrir? –pedí, casi sin aliento.

Esperaba que éste truco funcionara mejor que el del cartero.

—Sí, claro. –contestaron.

Empujé la puerta y ésta se abrió. Corriendo, fui directa al ascensor. Tuve que esperar un minuto que se me hizo eterno. Quería subir por las escaleras, pero si era en la terraza, tardaría demasiado.

La puerta del ascensor se abrió con un pitido, y de él salieron tres personas adultas y un niño. Entré y apreté el último piso. La puerta se cerró y el ascensor empezó a ascender. Claro, es lo que suelen hacer los ascensores, ascender… Por eso se llaman así.

Uf, Alba, tranquilízate. Estás diciendo cosas sin sentido, relájate.

¡Como me voy a tranquilizar! ¡Jacob está en peligro!

Daba vueltas en el ascensor, poniéndome la mano en la frente, enredando las dos manos en mi pelo, cruzando los brazos en mi pecho…

Cuando por fin, sentí que el ascensor se detenía. Sonó de nuevo el pitido y las puertas se abrieron.

Salí dispuesta a correr cuando me paré de golpe. ¿Y la terraza? Genial. El ascensor no llegaba arriba del todo…

Busqué con la cabeza las escaleras, y las vi a mi derecha. Me puse en marcha de nuevo, corriendo y tropezando por las malditas escaleras. Como las odio…

—¿Adónde va? –preguntó un hombre, interponiéndose en mi camino.

—¡Oh, por favor! ¡Tengo prisa!

—Le he preguntado algo. –insistió el hombre, moreno, sin mucho músculo, pero exigente.

—Y yo le he dicho que tengo prisa. Mucha prisa.

—No va a pasar de aquí. No la había visto nunca por aquí, y sólo los vecinos pueden subir a la terraza.

—¡Pero necesito…

—No tiene excusa. Por favor, salga de aquí.

—¡PERO…

—Salga de aquí, ahora.

—¡VIVO AQUÍ!

—¿En qué piso? ¿En qué puerta?

—En el piso veintidós, en la puerta cinco. –dije a la carrera.

Juré acertar.

—¿Y por qué no lleva nada encima?

—¡Joder! ¡Necesito pasar AHORA! ¡Después contestaré a todas sus preguntas! ¡Me detiene si quiere! ¡Pero DÉJEME PASAR DE UNA MALDITA VEZ! –grité, ya muy desesperada.

No iba a llegar a tiempo, llegaría tarde… A saber cuánto hacía que Jake se había ido. ¿Un minuto después de irme yo? Y si no era así, ¿Khevin le habrá atacado de sorpresa, o habrá empezado con justicia?

Demasiados acontecimientos en mi contra, sumando al hombre que no me dejaba pasar, que me negaba la posibilidad de salvar a Jake…

Al amor de mi vida…

Sonará cursi, pero en este momento no sentía nada más. Él lo era todo. Si le perdía, no podría continuar… Me iría a Volterra. Sé demasiado sobre vampiros, todo apuntaba a mi favor. A mi muerte inmediata.

—¿Lo dice enserio? ¿Es capaz de dejarse detener?

—¡Si me deja subir ahí, sí! ¡Por favor, no tengo tiempo, no lo tengo…!

—Pero es que…

—¿NO ME VE QUE ESTOY DESESPERADA, DEMONIOS? ¡DÉJEME PASAR! –le grité, harta, desesperada, desesperanzada…

Todo un cúmulo de sensaciones y sentimientos se envolvieron, se mezclaron en mi cabezota.

—Sólo le pido eso. –supliqué. –Sólo es una terraza, sólo una terraza…

—Hum… Está bien, pase usted.

—¡Oh, Dios! ¡Gracias! ¡Le debo la vida! –agradecí, subiendo las escaleras a toda prisa.

Subía los escalones de dos en dos, después lo intenté de tres en tres, pero me caía, así que volví a saltarlos a pares.

Cuando llegué por fin, me dirigí a la puerta grisácea, cogí el manillar negro apagado entre mi mano derecha, lo giré y empujé hacia fuera, pero la estúpida puerta no se abrió.

Fruncí el ceño.

Con el manillar entre mi mano y girado, empecé a darle golpes a la puerta con el hombro y la mano libre.

La maldita puerta no se abría.

—¡Maldita sea! ¡Ábrete! ¿Ábrete sésamo? ¡Ábrete, ábrete! –dije, hablando con la puerta y empujándola hacia delante.

Empecé a dar golpes con todo mi cuerpo, hasta que, harta, cogí un poco de carrerilla sin soltar el manillar y di el golpe definitivo, que casi me precipitó hacia el suelo. Me sujeté en el manillar y en la pared que tenía al lado y me quedé mirando al suelo, tan cercano a mi rostro, cuando oí un gruñido. Miré al frente con todo el pelo cayendo por mi cara, cuando vi un lobo de pelaje rojizo, indefenso en el borde del muro, y a otro lobo irreconocible preparado para empujar al mío, con objetivo de derrotarlo por una ventaja de treinta pisos.

Entreabrí la boca para poder respirar mejor, pero el pulso ya se me había acelerado. El lobo negro con manchas grises gruñó como un león enfurecido y empezó a correr en dirección al lobo débil y derrotado.

Yo fui a su paso.

Empecé a correr directa a ellos. El lobo negro ya estaba, literalmente, encima del rojizo. Ninguno de los dos me vio entrar ni dirigirme a ellos, lo que me daba ventaja. Corría tanto como podían mis destrozadas piernas, y cuando estuve lo bastante cerca, grité su nombre y le empujé a un lado, desplazándolo sin problemas, para mi sorpresa. Acto seguido y con la sorpresa reflejada en mi rostro, cerré los ojos sintiendo las garras del otro lobo encima de mí.

Sentí el muro en mis rodillas, y como éstas se doblaban hacia él, haciendo que mi cuerpo se inclinara al vacío.

Un segundo más tarde, yo ya estaba cayendo a toda velocidad, por un edificio de treinta pisos, directa al precipicio, a la carretera, donde quedaría aplastada y atropellada. Una muerte cruel, pero justa.

Me alegro de haber sido yo la que está cayendo ahora, y no Jacob.

—Jake, te amo.