36. Olor
Personaje: Aiacos de la Garuda.
Si había algo que Aiacos disfrutara, era el olor del Hades. Gustaba caminar de un lado al otro del lugar, siempre pensando, ensimismado al punto de que alguna vez Radamantis y Minos se preocuparon por él.
Aiacos gustaba del olor de las cosas a su alrededor. Del olor a moho de algunos lugares del Inframundo, del olor a licor en el aliento de Radamantis en las noches cuando departían, del olor a limpio de Minos. Le parecía algo particular el olor de Pandora, se decía al tratar de admitirlo, pero la mujer olía a una mezcla de desconfianza y cinismo que incluso, por momentos le molestaba. Y tuvo que reír al pensar que ya las emociones también tenían olor.
Pero ese día en particular el Hades olía diferente. Olía a sangre, a sudor. A apuro y a tinieblas. Y él, el juez Aiacos, se removió en su asiento expectante. Quería reconocer el olor a guerra, a muerte y destrucción. Deseaba que se convirtiera en gloria; en oscuridad.
Pero lo que llenaba sus sentidos era algo más. Había determinación en ello, un tanto de bullicio, pero por encima de todo, había miedo entre las filas más bajas del Inframundo. Sintió lástima por ellos, pues serían los primeros en caer, pero debían, en su forma de ver las cosas, de temer algo que en realidad valiera la pena temer, no a Atena y sus santos.
El hombre se levantó de su asiento, alejándose de los otros dos jueces que le miraban. Cuando el rostro de Aiacos reflejaba tal decisión. Era ahí que ellos mismo podían oler el poder que el otro exudaba. La Garuda siguió caminando hacia las filas menores del Inframundo y desplegó su cosmos para que todos se llenaran de él.
Era a él a quien debían temerle los débiles que temblaban a su paso. Y antes de irse a la batalla, fue ese olor, el olor a miedo por uno de los jueces, por él; el que disfrutó más que nada en ese día.
