Capítulo 38:

Como Martha predijo a medida que fue ganando peso y fueron pasando los días, Sam se iba convirtiendo en un precioso bebé. Fue perdiendo el pelo tieso y negro con el que nació que fue sustituido por una espesa pelusa castaña. Había heredado los preciosos ojos azules de su padre, al que se parecía más, cada día que pasaba.

Kate estaba absolutamente enamorada de su hijo, de momento era un bebé bastante tranquilo, lloraba poco, se sentía querido y seguro, así que era un niño feliz. Los compañeros de la comisaría le habían regalado entre todos, una gran cesta con ropa y utensilios para el bebé y otras cosas, entre ellas un coche patrulla de goma, una placa de policía de chocolate, un cuento de tela llamado "Albie, el policía", y una gorra, y varias camisetas y sudaderas de la NYPD del tamaño del niño.

Así que cuando llevó a su hijo para que lo conocieran sus compañeros, encima de su pelele celeste llevaba puesta la sudadera azul marino con las siglas NYPD en amarillo. Todos le hicieron muchas fiestas y carantoñas, él se pasó la mayor parte del tiempo durmiendo en los brazos de su madre.

Llegó la Navidad, su hermana mayor que solo lo conocía por fotos o videos que le enviaba su padre llegó a Nueva York para pasar las fiestas cargada de regalos para el bebé, estaba deseando conocerlo.

Sam tenía apenas dos semanas, así que su padre pensó que al ser tan pequeño, ese año no irían a cenar a Saint Joseph, que ya llevaría él los regalos cuando pudiera, pero Kate lo convenció de lo contrario, diciendo que no iban a romper la tradición por la llegada del crío, que lo abrigaban bien y cenarían allí como otros años. Este año si pudieron asistir Alexander y Lillian, además de Jim Becket, que desde que nació su nieto pasaba gran parte de su tiempo en casa de su hija.

Aunque Rick le insistió en que podía estar de excedencia maternal el tiempo que quisiera Kate le dijo que solo estaría los tres meses que podía, él volvió a insistirle que podía permitirse estar más tiempo, pero ella en un arranque de honestidad le dijo que no quería que él la mantuviera, que tenía su trabajo y que además le gustaba, que sería una madre trabajadora como tantas otras y que se acostumbraría a ello. Su marido que la conocía bien, no le insistió, si quería volver a trabajar que lo hiciera, como él trabajaba en casa podía ocuparse del niño tal como hizo con Alexis.

Richard estaba atravesando una fructífera etapa literaria. Su novela "Entre bambalinas" iba por la 12ª edición, estuvo varios meses en los primeros puestos de la lista de los más vendidos. Había escrito y publicado una nueva novela de Nikki Heat, y tenía otra en mente. Además su novela de misterio en una bodega ya estaba terminada y sería lanzada en esa navidad.

Cuando Sam cumplió su primer mes, era ya un niño adorable. El día que le dedicó a su mamá su primera sonrisa, a esta casi se la cae la baba de la emoción. Rick presenciaba divertido la metamorfosis de la dura detective Becket en amorosa mamá.

Kate no sabía qué hacer, por una parte le apetecía muchísimo quedarse cuidando a Sam, cada día la sorprendía con una nueva monería, y solo pensar no estar allí para verlo, le daba mucha pena, por otra, su sentido del deber le decía que debía volver al trabajo a su debido tiempo, así que estaba bastante indecisa. Con Rick no podía hablarlo, porque este sencillamente le decía que se podía quedar cuidando al niño tanto tiempo como le apeteciera, así que lo consultó con Lanie.

Su amiga le dijo, que si de ella se tratase intentaría pasar el mayor tiempo posible con su hijo, que el trabajo siempre estaba ahí y luego el tiempo pasa rápido y añoraría no haberle visto crecer.

Así que sin comentarlo con Rick, una mañana se fue y solucionó todo, pidiéndose otros tres meses más de excedencia sin sueldo.

Cuando llegó a la casa, Castle estaba escribiendo totalmente absorto en su trabajo y ni los oyó entrar. Ella llegó con el niño en brazos al despacho y se quedó allí parada, hasta que él notó su presencia.

-¿Lleváis mucho tiempo ahí? – preguntó al notarlos.

-Un ratito, pero no queríamos interrumpir tu proceso creativo.

-¿Dónde habéis estado toda la mañana?, os he echado de menos.

Ella con el crío dormido en brazos se acercó y se sentó en sus rodillas.

-Tengo que decirte algo importante y muy doloroso para mi – dijo muy seria.

-¿Qué ha pasado? – preguntó preocupado – me estás asustando.

-He estado hablando con Sam y hemos decidido…

-¿Qué? – dijo impaciente.

-Que vas a tener que mantenerme otros tres meses más.

-¿Quieres decir que…?

-Si, vengo de arreglarlo todo, he solicitado otros tres meses más de excedencia, así que no tendré que volver al trabajo hasta que Sam tenga seis meses.

-Me encantará mantenerte todo el tiempo que tú quieras – le dijo sonriente mientras la besaba – sé lo duro que será para ti, pero haremos un sacrificio.

-Siempre puedo pagarte en especies – dijo ella con sonrisilla pícara, mientras se movía seductoramente encima de él.

-Inspectora – dijo escandalizado – que hay menores delante.

-El menor está profundamente dormido, si te parece lo dejo en el cochecito y te abono el primer plazo de mi manutención.

-Me parece perfecta tu idea.


El día que Kate volvió a la comisaría le costó la misma vida dejar su plácida existencia de madre y ama de casa. Jamás pensó que se sentiría tan realizada y tan llena ocupándose de su hijo y sin tener que ir a trabajar. Rick volvió a decirle que si quería podía seguir quedándose en casa, pero ella sabía que había llegado el momento de volver y establecer de nuevo una rutina. No sería ni la primera ni la última mujer policía casada y con hijos, tenía así muchas compañeras. Mientras más retrasara la vuelta, más trabajo le costaría.

Cuando llegó los compañeros la recibieron con alegría. En seguida le pusieron una montaña de papeleo por delante y ella se enfrascó en el trabajo, claro que a cada rato llamaba a ver como estaba su niño. Rick pacientemente le contestaba que igual de bien que hacía diez minutos que había llamado.

Ella misma se sonreía diciéndose que se estaba convirtiendo en una madre histérica y pesada, pero Rick no le reclamaba, él sabía que el primer día de separación iba a ser duro para los dos, porque Sam también extrañaba a su mamá.

Después de una de sus llamadas, le llegó al móvil una foto de Sam, sentado en su trona, con una cara de felicidad absoluta, una cuchara de plástico en una mano, y un plato que se suponía era de papilla delante ya que esta, estaba en todos lados menos en el plato, en su babero, en su ropa, en su cara, en su pelo, en la silla. El mensaje que acompañaba a la foto decía: "Cuando me volví a coger el teléfono para contestar a tu llamada, Sam decidió experimentar y comer solo. No ha ocurrido nada que no se solucione con un buen baño y un nuevo plato de papilla. Te queremos. Besitos de los dos".

A Kate se le instaló una gran sonrisa en la cara. Decidió que era hora de almorzar e iría a hacerle compañía a la tía Lanie, tendría que pasarla la nueva foto de Sam, Lanie tenía una carpeta con fotos de su sobrino favorito como ella le llamaba, y en realidad el único que tenía, porque la hermana de Lanie no tenía niños.

-¡Hola tía Lanie! – Kate últimamente siempre la llamaba así.

-¿Qué tal mamá?, ¿Cómo llevas este primer día sin tus hombres?, ¿Echas mucho de menos al chico escritor y al bebé?

-¡Ay Lanie!, los echo terriblemente de menos, venía a enseñarte la última proeza de Sam – dijo mientras le pasaba el móvil.

-¡Ay, que me lo como! – dijo Lanie con cara de boba – ¡está precioso, ay que ver cómo crece, y lo que se parece a su padre!

-Pues sí, cada día se parece más a Rick, menos mal, porque con lo feito que era cuando nació…

Lanie estaba al corriente de los sentimientos de Kate cuando vio a su hijo por primera vez.

-Madre desnaturalizada, que madre dice que su hijo es feo.

-Yo – dijo Kate – Sam era feo, ya luego se ha puesto precioso, pero he de ser realista.

Después de comer y hablar un rato, Kate se volvió al trabajo.

Poco a poco se fue acostumbrando a su nueva rutina, lo que si notó es que aunque seguía gustándole ser policía, y salir a investigar casos e ir a la escena del crimen, cuando había que hacer algún operativo y sacar la pistola, ya no le gustaba tanto ser la que lo dirigía todo e ir la primera, ahora cada vez más a menudo procuraba ir detrás, realmente cada vez le apetecía exponerse menos al peligro.

Le encantaba llegar a casa y compartir el resto de la tarde con Rick y Sam, su marido la ponía al corriente de las nuevas hazañas de su hijo, como se acercaba el verano, algunas tardes iban al parque, o a ver a los abuelos. Otras veces, ella se quedaba pendiente del niño y Rick aprovechaba para escribir.

Aquel día había muchísimo trabajo en comisaría, así que no tuvo más remedio que quedarse a hacer horas extras junto con Ryan y Esposito. La verdad es que no le apetecía, quería volver a casa, pero el capitán le pidió por favor que se quedase unas horas más. Se habían presentado varios casos y hubo que hacer interrogatorios, papeleo. Llamó a Rick para avisarle de su tardanza, este le dijo que no se preocupase, que él se hacía cargo de todo.

Cuando llegó a la casa eran casi las nueve de la noche, menos mal que era viernes, y libraría el sábado y el domingo. Entró y vio que todas las luces de abajo estaban apagadas, sabía que Sam estaría durmiendo, pero deseaba que Rick la estuviera esperando despierto, estaba agotada, pero realmente necesitaba una buena ración de mimos, solo unos besos, caricias y abrazos, porque la verdad es que no tenía cuerpo para nada más. Se quitó los zapatos y la chaqueta, hacía calor y ellos no querían abusar del aire acondicionado con un niño tan pequeño.

Subió las escaleras casi a rastras, y lo primero que hizo fue dirigirse a la habitación de su hijo, pero el bebé no estaba en su cuna, así que se dirigió a la habitación principal. Solo estaba encendida la luz de las mesillas. La imagen que vio la embargó de una gran ternura. En el centro de la cama y recostado sobre almohadones y rodeado de cojines, a modo de barrera protectora estaba Rick, vestido solo con unos calzoncillos. Boca abajo sobre su pecho desnudo estaba Sam solo con su pañal puesto. Los dos estaban profundamente dormidos. La gran mano de Rick reposaba suavemente sobre el trasero del bebé, como queriendo evitar que se pudiera caer. Los dos respiraban acompasados, y los dos emitían un ruidito a la vez que sacaban un poco el labio inferior hacia fuera, cada vez que respiraban. Se parecían cada vez más.

Kate sonrió y no pudo evitar sacar el móvil y empezar a hacerles fotos, además de un par de videos.

Después del pequeño reportaje que les sacó, se dispuso a hacer lo único que le apetecía en ese momento, se desnudó y se quedó solo con las bragas y una camiseta de tirantes. Empezó a retirar los cojines de un lado y se acostó al lado de sus dos hombres. Rick la sintió y se espabiló un poco.

-¡Hola cielo!, ¿ya llegaste?

-Si, por fin – dijo ella sofocando un bostezo – ha sido un día larguísimo.

-¿Has comido algo?, en la nevera te he dejado cena preparada. ¿Quieres que deje a Sam en la cuna y te prepare algo?

-No quiero que te muevas de ahí, ya tomé un sándwich antes de venir en la comisaría, no tengo hambre, solo quiero dormir a vuestro lado.

-Como quieras – y pasando un brazo por debajo de ella, la atrajo hacia su cuerpo – te hemos echado de menos todo el día, buenas noches amor.

-Buenas noches – dijo ya casi dormida.

Se despertó a la mañana siguiente muy descansada. Miró el reloj y vio que eran las 10:30, Rick la había dejado dormir muchísimo. Estaba sola en la cama. Se levantó y después de pasar por el baño se dirigió al cuarto del niño. Estaba despierto y tranquilo en su cuna. Cuando vio a su mamá le dedicó su mejor sonrisa desdentada y llena de babas. Kate lo cogió y lo achuchó, besándole la cabecita.

-Mi niño, te he extrañado mucho, ¿me has echado de menos?

-Agggúuu, oggs, bababab – le contestó el niño.

-Yo también, mi vida – le dijo volviéndolo a besar.

Bajó con él a la cocina. Allí estaba Rick preparando el desayuno.

-Buenos días, ¿has dormido bien? – dándole un beso en los labios, y dirigiéndose a su hijo – pero ¿tú no estabas durmiendo?

-Aaagggúuu, bababbbaba – dedicándole a su padre otra gran sonrisa.

-He ido a verlo y ya se había despertado, así que lo he bajado para que desayune con nosotros.

-No hace ni media hora que le cambié el pañal y estaba como una marmota, le voy a preparar el biberón.

Desayunaron tranquilos, estuvieron conversando y haciéndose arrumacos. Decidieron preparar comida e ir de picnic a Central Park, ya hacía bastante calor y allí se estaba más fresco. Pensaron también en invitar a los abuelos, los tres accedieron gustosos y quedaron en verse allí.

Estando en el parque sentados en una manta bajo un frondoso árbol, los adultos charlaban, mientras Sam dormía apaciblemente su siesta en su hamaca.

-Me asombra que sea un niño tan tranquilo, yo de chica era una polvorilla – comentó Kate.

-Y que lo digas – recordó su padre con una sonrisa – tu madre y yo no ganábamos para sustos contigo, eras muy inquieta.

-¿Y cómo era Rick de pequeño? – le preguntó Kate a Martha – Rick me ha contado cosas, pero necesito una opinión más fiable.

-Pues Sam se le parece mucho, no solo físicamente sino en su forma de ser – recordó Martha – antes de empezar a andar era un bebé bastante tranquilo, pero cuando dio sus primeros pasos, empezó a volverme loca.

-¿Por qué? – preguntó Kate curiosa.

-Si, mamá, ¿Por qué? – preguntó también Rick.

-En el momento que echó a andar se convirtió en el Richard que conocemos… ya sabes hija, un culo de mal asiento.

-¡Vaya, gracias por la parte que me toca! – protestó Rick.

-No te quejes – le dijo su madre pellizcándole un cachete – eras un niño adorable, pero un auténtico trasto.

-Pero, ¿Por qué?, yo no recuerdo haber sido un niño travieso.

-No hijo, eras inquieto y curioso, justo como eres ahora, tenías que experimentar con todo, así que no había cosa que no te llamase la atención y no tocases. Preguntabas por cualquier cosa, querías saberlo todo, no te puedes ni imaginar la paciencia que había que tener contigo, no es que fueras malo, solo un poco pesado. Pero había algo a tu favor, si encontrabas algo que te atrajese, eras capaz de estar quieto bastante rato. Por eso fue un alivio cuando aprendiste a leer.

Kate se reía con ganas.

-Bueno, si Sam se parece tanto a Rick, me temo que vamos a tener que armarnos de paciencia cuando empiece a andar, menos mal que ya estoy bastante entrenada contigo – dirigiéndose a su marido con una sonrisa – va a ser el doble de divertido.

-No tienes ni idea de lo que me ofendes cuando hablas así de mí, delante mía – dijo queriendo parecer molesto.

-¿Te has enfadado? – le dijo mimosa – si me encanta como eres, contigo nunca me aburro.

-Solo un poco, ya sabes que no puedo estar mucho rato enfadado contigo.

Terminaron de pasar el día. Fue una alegre jornada familiar, prefacio de las vacaciones de verano. Kate estaba deseando irse a Los Hamptons y hartarse de playa, piscina y vida familiar.

CONTINUARÁ…