XXXVIII. Tan malo como te puedas imaginar.

«Ninguno puede escapar ni al amor ni a la muerte.»

Publio Siro.

Diciembre de 2024.

Yves Roux habría sonreído si aquel no hubiera sido un día espantoso desde temprano.

Henri Valjean, uno de su manada y empleado de L'Étoile, le avisó que había dejado el café por petición de unos cazadores de sombras, aprovechando el periodo de gracia por un altercado. Eso le llevó a preguntarle a qué se refería y fue como supo una historia de lo más curiosa.

Alrededor de media hora después, Henri llamó de nuevo, solicitando que si algún camarada se encontraba cerca de los jardines de Luxemburgo, echara un vistazo.

Pese a lo enredado del asunto, Yves no preguntó demasiado. Henri era de fiar, así que debía tener una buena razón para hacerles un favor a unos hijos del Ángel, con los que casi nunca tenían que tratar. Se limitó a decirle que agradecía el informe y que llamaría a alguien, por lo cual Henri agradeció a su vez y pidió que quien fuera a los jardines, se reportara a L'Étoile y preguntara por Perenelle, la mesera. Acto seguido, ambos cortaron la llamada.

Sin embargo, inesperadamente nadie de la manada podía ayudar. Solo había un par de ellos en el área en cuestión, pero se hallaban cumpliendo con sus trabajos mundanos, sin posibilidades de abandonarlos aunque fuera por un rato. Fue cuando decidió llamar a Henri para ponerlo al tanto y preguntarle exactamente qué favor le estaba haciendo a los cazadores de sombras.

Casi le gruñó a su subordinado por no mencionar a Amélie Poquelin desde el principio.

—La próxima vez, Henri, cuenta todo lo que sepas al dar un informe. Regresa a L'Étoile. Yo me encargo de esto.

—De verdad lo siento, monsieur Alfa. Hasta luego.

Sin perder tiempo, Yves avisó a su asistente que ya no trabajaría, para que pasara al día siguiente las pocas citas que tenía y cerrara el consultorio, después de lo cual se marchó a toda carrera. No estaba precisamente cerca de los jardines de Luxemburgo, pero conocía unos atajos.

Lo malo fue que en el camino, se topó con un contratiempo que se tuvo que llevar.

Un sonido desconocido lo hizo sobresaltarse, dejando de lado los recuerdos de hacía casi una hora, hasta que recordó que no venía solo.

—No sabía que tenías un celular.

—Lo compré hace poco, por necesidad, pero no creo quedármelo cuando me vaya.

Meneando la cabeza, Yves hizo una mueca mientras señalaba una esquina de los jardines.

—Anda, echemos otro vistazo antes de volver a llamar a L'Étoile.

El otro asintió, tanteando en un bolsillo de su largo abrigo marrón, seguramente para confirmar que el ruidoso teléfono celular seguía allí.

Fue hasta que estuvieron en la esquina señalada, vigilando ambos lados de la calle aledaña, que el acompañante de Yves sacó el aparato y revisó la pantalla, con las cejas arqueadas.

—No tengo registrado el número.

—Qué mal, pero piénsalo, ¿quiénes tienen tu número?

—Muy pocos. Veamos…

Yves respiró profundamente, volviendo a echar un vistazo al lado derecho de la calle, pero una especie de jadeo lo hizo regresar la vista a su compañero.

—¿Qué dices? Más despacio… ¿Dónde estás?

Yves miró al otro con las cejas arqueadas, interrogante.

—Justo estoy cerca, con Yves. En los jardines de… Ah, ¿y por qué no lo llamaste a él?

Yves arqueó una ceja. Era raro oír a su compañero hablar de esa forma, tan… normal.

—¿Qué?

La palabra salió de forma entrecortada, con su pronunciador abriendo los ojos como platos mientras apretaba el agarre sobre el celular.

—De acuerdo, ven. Pídele la nota, la traduciré enseguida. Que nadie más que ustedes dos la toque, ¿entendido? Por seguridad. Yo… ¿Puedo hablar con él?

En esa ocasión, Yves detectó algo en la voz del otro que pocas veces salía a flote. Algo que, según él, le era preciado y también el principal motivo de su complicada vida.

Sin embargo, no llegó a deducir qué causó esa inflexión sonora, pues su acompañante cambió de idioma y no entendió ni una palabra. Pudo detectar seriedad, algo de preocupación y lo de antes, pero nada más. Luego, vio que la llamada era cortada.

—¿Qué fue todo eso? —quiso saber, consciente de que quizá no recibiría respuesta.

—Lo que te había dicho alguna vez, amigo mío. Parece que mi sangre no hace más que atraer a la desgracia.

«Lo lamento», pensó Yves, pero no lo dijo.

No serviría de nada, como lo había comprobado años atrás.

Poco después, gracias a una corriente de aire fría y particularmente fuerte, descubrió el origen del rastro que seguía, moviéndose hacia ellos a toda velocidad.

Amélie Poquelin siempre le había parecido una criatura físicamente frágil, casi etérea. Sabía la edad que tenía y si le hubieran dicho que era diez años más joven, lo habría creído. De hecho, cuando se enteró de que era madre, le resultó casi imposible aceptarlo y menos cuando conoció a su hijo, una versión casi idéntica de Jérôme Montclaire, porque junto a él podía pasar por su hermana.

En ese momento, con el abrigo verde y abierto revoloteando a sus pies, sumado a la coleta castaña al viento, sintió que Amélie dejaba ver la sangre de hada que había heredado.

—Hola, Amélie. ¿Estás bien?

—Hola, monsieur Roux. Estoy mejor de lo que esperaría cualquiera. Lamento mucho esto pero ¿puedo pedirle un favor?

Yves asintió en silencio.

—Mi hermano fue golpeado en el metro cuando me trajeron hasta aquí. Intenté llamarle, pero no contesta. Temo que esté grave o…

—Llamaré a dos de mis chicos, uno es paramédico y otro es policía. Deben haber oído algo.

—Gracias. Aquí está la nota.

Amélie se dirigió al otro presente, sacando de un bolsillo lo que parecía un amarillento y delicado trozo de papel donde se distinguía algo muy similar a una escritura.

—Justo lo que pensaban. Es feérico.

—¿En serio puedes traducirlo?

—Puedo, lo aprendí hace tiempo y tengo la sangre adecuada… ¡Vaya!

—¿Qué?

—Solo a ese insensato se le ocurriría poner por escrito algo semejante... ¿La comprendieron Alphonse o tú?

—No toda, solo unas pocas palabras y así no tenía sentido. ¿Por qué?

—Porque tengo que ir.

—¡No puedes! —Amélie se vio realmente angustiada, lo cual puso en guardia a Yves: si algo hacía bien esa menuda mundana, era el controlar sus emociones—. Dijiste que… ¡la Cacería…!

—Tal vez sea hora de pagar ese precio, querida. No me importaría hacerlo por ustedes dos.

—¡Pero…!

—Además, parece que es la única manera.

—¡No! ¡Tiene que haber otra manera! ¡Acabas de volver! ¡No estás muerto!

—Lo sé, Amélie. Pero lo he jurado.

Para asombro de Yves, Amélie Poquelin se quedó congelada y luego, mostró en sus delicados rasgos una furia incontenible.

—¡Cómo pudiste! —espetó ella, apretando los puños a los costados—. Después de todo lo que ha pasado, ¿cómo te atreviste a…?

—Lo juré mucho antes de que esto comenzara, porque sentí que era lo que debía hacer. Ahora podré darle un buen uso y si no vuelvo en un tiempo…

—¡No digas eso!

—¡Amélie, por favor, escucha! Si no vuelvo en un tiempo determinado, Yves y Soleil saben qué hacer. Ahora, aunque no me lo merezca, dame un abrazo y prometo hacer todo lo posible por volver. ¿Eso está bien para ti?

No parecía estar nada bien para Amélie, a juzgar por su expresión, pero no le quedó opción. Yves contempló a esos dos compartir un fuerte abrazo, cargado de esperanza y miedo, por lo cual deseó que una promesa como esa fuera suficiente.

Sin embargo, conociendo la suerte de Alwyn, tal vez una promesa no ayudara para nada.

—&—

—¿Alphonse? ¿Pasa algo?

La pregunta vino de Perenelle, aunque el muchacho detectó una mueca de preocupación en Suzette que hacía tiempo que no le veía. Se apresuró a negar con la cabeza.

No tenía caso hablarles de una sensación que ni él mismo sabía lo que era. Había iniciado a los pocos minutos de que su madre se fuera con la enigmática nota de Thorwyn en el bolsillo. El saberla a salvo con Yves Roux y con Alwyn era lo único que impedía que se alterara.

La casa Verlac no invitaba a sentirse reconfortado, eso era seguro. Aunque muy elegante, se notaban los años en desuso cuando se pasaba delante de enormes bultos cubiertos por sábanas y pisaban una espesa capa de polvo. Suzette, con voz triste, comentó en un susurro que había querido vivir allí cuando se hizo mayor de edad, pero sus tíos siempre le ponían algún pretexto sobre el estado de la casa para no hacerlo. Ahora que creía saber la verdad tras esas excusas, la joven no se veía muy contenta.

Alphonse imaginaba lo que Suzette estaba pensando. Si aquello salía como esperaban, probablemente pedirían el peor castigo para un cazador de sombras: el ser despojado de las Marcas y que su apellido se borrara de la lista de familias nefilim existentes, antes de ser exiliado. Lo del despojo de las Marcas lo aprobaba, si se consideraba la gravedad de la falta cometida, ¿pero que ya no existiera ningún Verlac? Eso podía afectar a Suzette, ¿no? ¿cómo se llamaría? ¿O quizá también le quitarían las Marcas, por el simple hecho de ser una Verlac? Esperaba que no, habiendo dejado claro que Suzette era una de las partes ofendidas en todo ese embrollo.

A una señal de Suzette, guardaron silencio. Ella los había estado guiando por la planta baja, donde había un pequeño laberinto de pasillos con montones de habitaciones. Alphonse recordaba haber leído algo sobre esa casa Verlac en algún lado, pero sabía que no era el momento de pensar en ello.

—Deben estar en el sótano —musitó Suzette, usando su puño americano para indicar una puerta delante de ella—. Las habitaciones de arriba tienen vista a la calle, no les convendrían.

—Permite que vayamos primero —pidió Xiaolang, a quien Alphonse le vio desenfundar una espada china, un jian.

—¡Pero…!

—Por favor, Suzzy —Günther se adelantó un paso y le puso una mano en el hombro; la otra, como pudo observar Alphonse, la ocupaba aferrando el mango de lo que parecía un martillo gigante—. Si somos los primeros en ver lo que está pasando, nuestro testimonio tendrá más peso.

Tras un instante de duda, Suzette asintió y en cuanto abrió la puerta, se hizo a un lado para dejarles espacio.

El primero en bajar fue Xiaolang, colocando el jian a un costado de tal manera, que parecía listo para lanzar un golpe en caso de necesidad. Le siguió Arya, con una postura similar a la de su camarada, pero ella desenfundando con mucho cuidado un estilete que a simple vista, parecía que se partiría a la primera estocada; sin embargo, la Centurión lo sostenía con la desenvoltura que daba la práctica y la confianza en su arma. Enseguida se les unió Günther, cuidando que su martillo (un mazo, se acordó Alphonse de repente) no golpeara nada conforme avanzaba.

—Seguimos —indicó Suzette, aunque en el último segundo tragó saliva y miró a Tiberius—. ¿Le parece bien?

Alphonse dio un respingo. Sabía que a Suzette debió costarle gran parte de su orgullo hacer eso, dando a entender que respetaba la autoridad de Tiberius como director de Instituto. El aludido, por cierto, arqueó las cejas solo un segundo, antes de adelantarse.

—Iré delante de ti —indicó, para luego adoptar una expresión de concentración y mirar a los demás—. Después de Suzette, Alphonse. Enseguida Perenelle. Que sigan Rafael y Kit, retaguardia y periferia. Procuren tener armas arrojadizas a la mano.

Todos asintieron, tanteando sus cuerpos allí donde cargaban las armas, a excepción de Perenelle, quien se limitó a mover los dedos de las manos: en ambas aparecieran ballestas en miniatura, que tenían el tamaño aproximado de pistolas mundanas y parecían hechas de pura luz.

—¿Puedes apagar eso? —espetó Suzette de pronto, mirando las armas de Perenelle.

—No por completo. Un momento.

En pocos segundos, la luz en manos de Perenelle apenas era un parpadeo.

—Mejor. Gracias.

—No quieras causarme un infarto en este momento, Verlac. ¡Tú dando las gracias…!

—¡Cierra la boca, Lightwood!

—¡Lightwood–Bane!

Alphonse les dedicó miradas severas a ambos, lo que los calló justo cuando Tiberius comenzaba a bajar.

Respirando hondo, Alphonse se preparó para enfrentar lo que sea que estuviera allí abajo.

—&—

Alwyn estaba dispuesto a dar crédito a la creencia mundana de que, cuando vas a morir, toda tu vida desfila delante de tus ojos.

No podía dejar de pensar en lo que había pasado para llegar ahí y se sentía sumamente frustrado. Era una emoción que le desagradaba, sobre todo porque se originaba en actos que, en teoría, le habían evitado lo que estaba a punto de hacer.

—¿Realmente esto es mi destino?

Se lo habían dicho antes, pero se rehusó a creerlo. Decidió tener una vida, algo que él amara y protegiera, pero tuvo que abandonarla. París podía ser la Ciudad Luz para los mundanos, para los cazadores de sombras y para varios subterráneos, pero tal parecía que para él y su sangre, era una ciudad de oscuridad y dolor.

—Paz para ellos o morir en el intento.

Tras decir esas palabras, que mucho le recordaran a un juramento que hiciera tiempo atrás, Alwyn se las arregló para abrir la puerta de esa casa nefilim sin tocar nada de hierro.

Esos Verlac… Ojalá desaparecieran todos.

—&—

Suzette recordaría aquel día mientras viviera. Más porque llegó a creer que sería el último que tendría sobre la tierra.

Cuando ella iba por la mitad de la estrecha escalera, ya se oía ruido de combate adelante. Se desesperó al no ver gran cosa, aunque se recordó que esa parte de la casa no tenía iluminación eléctrica, sino…

—Disculpa… ¿Perenelle, verdad?

El llamado lo hizo tan quedo, que temió no haber sido oída.

—Dime, Verlac.

—A la derecha, en el techo, hay un candelabro con algunas velas a medias. ¿Tú podrías…?

—¿Encenderlas? Sin problema.

—Hazlo hasta llegar abajo, por favor —pidió Alphonse—. Por el factor sorpresa.

—Muy bien.

Suzette ansiaba ver lo que pasaba en el sótano, deseando que Tiberius avanzara más rápido. En realidad, sabía que no se tardaba demasiado en bajar, pero la cautela de sus compañeros y el saber que Günther ya combatía hacían mella en su sentido del tiempo.

Finalmente, vio que Tiberius no descendía, por lo cual se preparó para ir a la carga.

Un rostro fiero, más animal que humano, fue visible por un momento delante de ella, iluminado por un cuchillo serafín que pasó delante de él.

—¡Ahora, Perenelle!

A la orden de Alphonse, un par de saetas que brillaban de color azul y blanco subieron a toda velocidad al techo del sótano, dando una de ellas en el candelabro y la otra por encima, en el cable que lo sostenía. Suzette estuvo a punto de gritar de frustración cuando vio que la segunda saeta, tras el impacto, se descompuso en diminutas llamas blancas que cayeron con graciosa precisión en cada cabo de vela, dando así una fantasmagórica iluminación a la estancia.

—Qué talento, Nelly —alabó Rafael Lightwood.

Suzette, increíblemente, estuvo de acuerdo con él.

—¿Qué demonios es esto?

Con una mueca de dolor, Suzette habría dado cualquier cosa con tal de que esa voz no fuera la que creía.

—Ya se les dijo, una redada —soltó Arya, usando el estilete para contener a…

La criatura era extraña, aunque Suzette no lograba discernir qué era. Era alta, ancha de espalda, con brazos y piernas gruesos por unos músculos muy desarrollados y vestía algo que seguramente había sido una camisa de tela clara y unos jeans, aunque en ese momento las prendas estaban hechas jirones. La mayoría de su fisonomía era humana, pero el exceso de vello rubio en las extremidades, así como las orejas puntiagudas, dejaban bien claro que era cualquier cosa menos humano.

La Centurión tenía todo el respeto de Suzette ahora, pudiendo mantener a raya a esa cosa solo con su fuerza y su arma.

—En nombre de la Clave, se les arrestó por transgresiones al Convenio y a los Acuerdos.

Ese era Xiaolang, que en el otro extremo de la estancia, empuñaba su jian con ambas manos, plantado con firmeza delante de su propia amenaza: una criatura similar a la enfrentaba Arya, pero ésta más delgada y baja, sin tanto vello corporal pero sí con la cara deformada de forma tan sutil, que había que observar con atención por un rato para darse cuenta. El pelo en su cabeza y sus cejas era castaño y muy alborotado, como si tuviera vida propia, y no dejaba de amenazar con un garrote que parecía provenir de un trozo de viga del techo sobre sus cabezas.

—¿Qué? ¿Transgresiones a…? ¡Ustedes están invadiendo propiedad privada!

En esa ocasión, Suzette no sufrió, sino que miró a la persona que había dicho aquello, dispuesta a darle un buen golpe con su puño americano.

—No es invasión de propiedad si una de las denunciantes es, de hecho, dueña del inmueble en cuestión y nos ha permitido la entrada.

Tal explicación hizo que Suzette respirara con alivio, porque pudo localizar a Günther quien, dando un fuerte golpe con su mazo, dejó fuera de combate a un ser humanoide muy parecido a los que enfrentaban sus colegas, antes de correr a ayudar a Arya, que era a quien tenía más cerca.

—¿Una de las…? ¡Suzette! ¿Cómo has podido…?

—¿Cómo has podido tú, zorra despreciable?

Suzette no iba a permitir que la insultara una delincuente y mucho menos en su propia casa.

—¡Más respeto, jovencita! Es…

—¡No es nada mío, Antoine! ¡No entiendo cómo te casaste con esa arpía! Simone no es nada mío, ¡y tú tampoco! ¡A partir de ahora!

El matrimonio Verlac, con señales de lucha en su fisonomía y en los trajes de combate, parecían haber sido tomados con la guardia baja. Evidentemente, no esperaban que los atraparan y menos que entre sus captores se encontrara su sobrina.

—Tendrán que responder ante la Clave por varios cargos —indicó Tiberius, dando un paso al frente con sus armas en alto, preparado para cualquier cosa—. Los cuales incluyen agresión deliberada contra cazadores de sombras y alta traición.

—¡No traicionamos a la Clave! —espetó Antoine, indignado, apuntando a Tiberius con lo que parecía un sable.

—Ustedes no lo comprenden —aseguró Simone, cuyo tono de voz era ligeramente presuntuoso ahora, como si supiera una verdad absoluta—. ¿Por qué tenemos que seguir dependiendo únicamente de los dones del Ángel para nuestra tarea? ¡El Ángel nos abandonó! ¿Por qué no aprovecharnos de las plagas que dejó que siguieran caminando por esta tierra?

—Suenas arcaica, Simone —indicó Tiberius, sin titubear.

La aludida, con una mueca de furia, arrojó algo a la cabeza de Tiberius, pero no llegó a golpearlo cuando un objeto más pequeño desvió su trayectoria. Cuando los objetos impactaron en una pared, descubrieron que se trataban de un boomerang metálico y un shuriken de seis puntas.

—Vaya, vaya… —masculló Antoine, con tono de odio—. El fantasma de Edward ha venido.

Todos quedaron confundidos, hasta que Tiberius miró por encima de su hombro a alguien detrás de Suzette.

—Nunca he sido el fantasma de nadie. No sé por qué lo dices.

Alphonse, pensó Suzette. Antoine tenía delante a Alphonse por primera vez desde la comida en el Instituto… y no lucía muy contento.

—Edward era como tú —aseguró Antoine, de pronto sonriendo de medio lado—. Serio, dedicado, atento con los suyos, aunque muy cobarde…

—¡Cobarde! —Perenelle, a espaldas de Alphonse, sonó genuinamente indignada.

—Nunca se atrevía a llevarle la contraria a nadie, cierto —concordó Simone, enarbolando en alto otro boomerang metálico.

—¡No digan eso solo porque lo odiaban! —saltó Perenelle, apuntándoles con sus ballestas.

—¿Odiar a Edward? —Antoine lució confundido, antes de agitar la cabeza y añadirle cinismo a su sonrisa—. No, eso no es así. Él acabó odiándonos por culpa de su querido parabatai.

Algo en el tono de las últimas palabras hizo que Suzette sintiera náuseas. Sabía reconocer cuando su tío estaba por decir algo desagradable.

—Desde que regresé a París, no he dejado de oír que mi padre y su parabatai eran muy apreciados —indicó Alphonse con seriedad—. ¿Por qué habría de creerles a ustedes dos?

—¡Porque es la verdad!

—¿En serio? ¿Como todo lo que llegaron a decir que era yo? Voy a ponerlo en duda, si no les importa.

—¿Acaso es mentira que eres un bastardo?

—No. ¿Debo agradecerte eso ahora, Simone, antes de que los arresten?

—¿A mí? ¿Por qué?

—Si no saben por qué los arrestan, entonces olvídalo.

—¡Maldito seas!

El boomerang de Simone salió volando y Alphonse apenas tuvo tiempo de lanzar un shuriken con la mano izquierda mientras alzaba una espada con la derecha.

El shuriken falló, pero algo más desvió la trayectoria del arma de Simone, haciéndola rebotar en una pared. Fue algo brillante que Suzette lo tomó por una de las saetas de luz de Perenelle.

Fue así hasta que descubrió que la joven hada miraba hacia lo alto de la escalera.

—Ya es hora de que digan la verdad, hijos del Ángel. En caso contrario, lo haré yo.

—¡Prometiste no decir nada de esto, hada!

—Cierto. Pero eso va contra uno de mis juramentos ahora mismo, así que si es necesario…

Suzette fue consciente de que, delante de ella, Tiberius se movía poco a poco hacia Xiaolang, sin dejar de vigilar a los Verlac. Ella aprovechó para acabar de bajar y dar pasos hacia Günther y Arya, quienes en ese momento se libraban de la criatura que tenían delante.

—¡Traidor!

A Suzette le zumbaron los oídos con esa sola palabra, que se escuchó más como un chillido que como otra cosa. ¡Por el Ángel! ¿Cómo era posible que Simone se contuviera de gritarle así cuando era niña?

—Deja, Simone, tenemos que irnos.

—¡Pero nuestro trabajo…!

—¡Podemos empezar otra vez!

Suzette dio media vuelta. Antoine había sujetado a Simone de un brazo y se la llevaba al fondo del sótano. Maldiciendo entre dientes, se tanteó en donde llevaba cuchillos arrojadizos, lista para emplear uno, cuando vio que sus tíos pasaban entre lo que parecían varias mesas, presionando algo en ellas antes de seguir su camino.

Alphonse, con expresión fiera, les pisaba los talones. Suzette no tardó en ir tras él.

Debido al tamaño real del sótano, había una parte del mismo que no se veía bien ni con el candelabro encendido por Perenelle. Con torpeza, usó la mano izquierda para sacar su piedra de luz mágica y sostenerla en alto.

Por poco la piedra no se le cayó allí mismo.

Cinco criaturas, deformes y de raza indefinida, se estaba levantando de las presuntas mesas, una vez liberados de unas extrañas ataduras que lanzaban destellos.

En el breve instante en que notó eso, tanto sus tíos como Alphonse se perdieron de vista.

—¡Por el Ángel! —Se oyó decir, antes de alzar el puño derecho en actitud defensiva.

Si salía viva de eso, ya sabía qué haría en primer lugar.

—&—

Alphonse notó, muy vagamente, que la pelea iba de mal en peor.

Tras el altercado con Antoine y Simone, éstos se vieron tan pasmados como el resto cuando algo luminoso evitó que el boomerang lo hiriera. Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió a Alwyn tras Kit, quien les apuntaba con una mano con engañosa soltura mientras les contestaba a los Verlac algo que solo tenía sentido para ellos tres. Después de eso, Antoine y Simone se dieron a la fuga, por lo que no tardó en seguirlos.

Por una vez, al seguirlos obtendría las respuestas que quería.

Vio que cada uno tanteaba algo en lo que parecían mesas y presionaban, antes de salir corriendo. Temeroso de perderlos, Alphonse no tuvo idea de lo que quedó a sus espaldas, aunque creyó escuchar a Suzette lanzar una exclamación de asombro. Esperaba que estuviera bien.

Llegó al final del sótano, donde se topó con unos pocos muebles y con pared. Frunciendo el ceño, sacó su piedra de luz mágica y tras encenderla, la levantó por encima de su cabeza, intentando descubrir a dónde había ido el matrimonio fugitivo.

Un armario de metal, muy viejo y francamente feo, llamó su atención. Le pareció demasiado tosco y sin ninguna aplicación práctica. Siguiendo una corazonada, fue hacia él y abrió su única puerta, muy pesada.

Al otro lado solo había un hueco y se vislumbraban escalones.

Cuando iba a dar el primer paso, Alphonse se dijo que sería imprudente hacerlo solo. Había urgencia en su interior, un feroz anhelo de justicia y verdad, pero aún no se le nublaba la mente. Se estaba preguntando cómo proceder cuando un aparatoso estruendo lo hizo dar media vuelta, con la espada en ristre.

Un montón de cuerpos, muy grandes y grotescos, parecían echársele encima a Suzette… hasta que ella dio un golpe al más cercano con el puño americano, directamente en una mejilla, y a continuación le llegó un alarido de dolor y olor a carne quemada, cuando el ser cayó de espaldas sobre lo que parecía una mesa.

—¡Adelante, Lightwood! —Gritó Suzette, señalando a donde Alphonse estaba.

—¡Lightwood–Bane! —corrigió Rafael automáticamente, esquivando a un par de criaturas a punta de espada y seguido muy de cerca por Perenelle.

—¡Suzzy, yo…!

—¡Váyanse, Alphonse! Si Antoine y Simone salen de ese túnel, será difícil hallarlos. ¡Vayan y traigan a esos dos a rastras, de ser necesario!

—¿Saben qué? Verlac empieza a caerme bien —acotó Rafael, recuperando el aliento—, y créanme, eso da miedo.

—Estoy de acuerdo —dijo Perenelle, moviendo los dedos de la mano derecha para deshacer la mini ballesta en ella—. ¿En dónde acaba esto, Verlac?

Tras lograr golpear a otra criatura, Suzette los miró con el ceño fruncido y gritó.

—¡En las Catacumbas! ¡Apúrense!

—Muy bien, vamos. Yo primero.

—Alphonse, si me lo permites, iré al frente.

—¡Nelly, eso no…!

Perenelle, notó Alphonse, estaba sonriendo. Fue el mismo gesto engañoso y seductor que le dedicara a Suzette en L'Étoile horas antes, ese que indicaba una repentina ansia asesina.

—No te preocupes, Rafe —pidió ella, mirando a Rafael con firmeza y una sonrisa completamente diferente a la anterior, más pequeña y totalmente sincera—. Tengo una idea. Además, me debes un desayuno.

—¿Por fin la invitaste a salir? —Alphonse arqueó las cejas, mirando a su parabatai.

—No exactamente.

Riendo brevemente, Perenelle entró al armario, haciendo muecas y siseando algo contra el hierro mientras pasaba a los escalones. Rafael no tardó en seguirla, con expresión algo tensa. Alphonse entró al final y se alegró porque el arma de Perenelle les iluminara el camino.

—¿Para qué sacas el celular, Nelly? —quiso saber Rafael, confuso—. No debe haber señal aquí… ¿O sí?

—Solo para algunos —contestó Perenelle, deslizando con elegante maestría el pulgar por la pantalla de su aparato, antes de llevárselo a la oreja—. Al menos si vamos a las Catacumbas.

—Eso nunca lo había oído —admitió Alphonse.

—No tenías por qué. No se les dice a los cazadores de sombras, pero claro, hace años que el clan no tiene amigos entre ellos. De haber confirmado antes que eres el hijo de monsieur Jérôme, te lo habríamos comentado.

—¿Así que de eso se trata? —espetó Alphonse sin poder contenerse: la tensión acumulada en las últimas horas lo hizo reaccionar mal—. ¿Van a tenerme consideraciones solo porque soy el hijo de mi padre?

La respuesta de Perenelle fue tan inesperada como elocuente.

—Quizá. Pero yo voy a tenerte consideraciones porque eso habría deseado mi padre.