QUEDAN DOS CAPÍTULOS MÁS Y EL EPÍLOGO QUE CONECTA CON LA SEGUNDA TEMPORADA. La verdad será revelada...
-Zelda. Zelda. Vamos, despierta. Alguien ha venido a verte.
Zelda abrió los ojos con esfuerzo y giró el rostro hacia el origen de la voz. Impa se había inclinado sobre ella y la miraba con cariño, al tiempo que le acariciaba suavemente el pelo.
-Im… Impa…
Impa amplió la sonrisa y se alejó un poco de Zelda.
-Mira, ha venido un amigo tuyo a visitarte.
Zelda rodó los ojos y vio tras la figura de Impa una cabeza con el cabello oscuro y alborotado. Suspiró y deseó no haberse despertado. No estaba de humor para aguantar las tonterías de Shad y menos aún para que la viera en pijama y metida en la cama. Se removió, incómoda, pero asintió con la cabeza.
-Te dejado algo de comer aquí por si tienes hambre-le indicó Impa señalando la mesita de noche a su lado-. Si necesitas algo, llámame, ¿vale?
-Sí…
Sin decir nada más, Impa salió de la habitación y dejó solos a Zelda y a Shad. Fue entonces cuando la princesa se dio cuenta de que estaban encendidas las luces de su cuarto y que, tras la cortina, apenas se vislumbraba ya la luz del sol. Miró el reloj y vio que eran las siete y media de la tarde.
-Has estado durmiendo todo el día-le informó Shad, captando su atención.
Zelda no respondió de inmediato, sino que se incorporó un poco en la cama y cogió el vaso de agua que descansaba junto a un plato de arroz blanco sobre la mesita de noche.
-Puedes sentarte, Shad-dijo Zelda tras beber un poco de agua para quitarse el amargor que tenía en la boca-. No voy a enfadarme por eso.
Shad sonrió un poco y cogió la silla de escritorio de Zelda. La acercó a la cama y se sentó en ella. Se inclinó un poco hacia adelante y apoyó los codos sobre las rodillas, nervioso.
-¿Te encuentras mejor?
Zelda se encogió de hombros, intentando despejarse después de la larga siesta.
-Más o menos… No entiendo qué me ha pasado. Me he resfriado otras veces y nunca me había puesto así-explicó la princesa, preocupada.
-Nos has asustado a todos-admitió Shad sin dejar de mirarla a los ojos-. ¿Te ha visto el médico del pueblo?
-Ni idea. No recuerdo siquiera el momento en que llegué a casa.
-Ah, ya veo…
Silencio. Solo se escuchaba el tic tac del reloj y el movimiento de los demás habitantes de la casa en la planta baja. Zelda se sumió en sus pensamientos ante la extraña mirada de Shad. Era cierto que no se acordaba de cuándo llegó a la casa, pero sí recordaba haber visto una figura que no conocía. Era una mujer, alta y delgada, de porte elegante y mirada feroz. Había sentido miedo y fascinación al mismo tiempo, pero sobre todo había sentido que conocía a esa mujer, a pesar de que estaba segura de no haberla visto nunca.
¿Quién era, entonces? Esa mujer estuvo en su mente todo el rato hasta que Impa la despertó. No le había hablado, solo le había sonreído y le había tendido la mano. Aquel suceso solo le hacía pensar todavía más en la voz que le había hablado el día anterior. Resultaba demasiado extraño que, justamente el día siguiente de haber hablado con esa desconocida, se desmayara en el instituto y tuviera que volver a casa. Y, más aún, que viera en sus sueños la figura de una mujer que, como poco, tenía porte de reina.
Zelda estaba convencida de que todo aquello estaba interrelacionado. La voz, el desmayo, la sensación de que su cuerpo no era el suyo, la mujer en sus sueños… Y, para colmo, tenía que lidiar también con los problemas de la vida real. Durante el tiempo que había estado hablando con Link en la enfermería no había sentido otra cosa que alivio, felicidad y tranquilidad, lo cual contrastaba claramente con su enfado, ahora olvidado. En el momento en que se separó de él, el mareo y la inconsistencia había vuelto a ella. ¿Significaba eso que Link también formaba parte de una ecuación que estaba tambaleando su vida en el último día y medio?
Zelda se llevó una mano a la cabeza, cansada. Fue ese momento en el que Shad decidió que había que hablar de algo.
-Oye-dijo Shad-. Talon nos dijo que te estaba pasando algo. Dijo que se suponía que no tenía que ocurrir ahora y que solo tú podías contárnoslo.
Zelda le observó en silencio. ¿Qué quería que le respondiese, si ni ella misma sabía lo que le estaba pasando? Shad esperó y esperó, pero no recibió respuesta alguna. Carraspeó.
-No tienes que contármelo si no quieres. Es solo que… Bueno, parecía como si tuvieras alguna enfermedad terminal o algo-intentó bromear, pero solo consiguió ensombrecer aún más la expresión de Zelda-. Es decir… Si tienes algún problema, yo…
-Vale-le interrumpió Zelda de improviso-. Te entiendo y te agradezco que te preocupes por mí, pero la verdad es que no tengo ni idea de lo que me estás hablando.
Shad se enderezó en la silla.
-¿Ah, no?
-No.
-Y si te pregunto por Link…
Zelda frunció el ceño, molesta de repente.
-¿Qué quieres preguntarme exactamente, Shad? Deja de andarte por las ramas, por favor-dijo Zelda con voz cortante.
Shad se sorprendió al instante de la dureza impresa en el tono con el que Zelda se había dirigido a él. No parecía ella misma. Se atrevería a decir que incluso el brillo en sus ojos había cambiado y que, de forma absurda, su pelo se había oscurecido un tanto. Parecía más madura, más… feroz. A pesar de eso, Shad no pensaba darse por vencido, por lo que se armó de valor y siguió hablando.
-¿Qué te traes con Link? Creía que no querías saber nada de él. ¡Te traicionó, Zelda! Te puso los cuernos delante de tus propias narices. ¿No te acuerdas?
-Me acuerdo perfectamente, Shad. Y no me traigo nada con él. Hemos llegado a un acuerdo. Él cumplirá su parte y yo cumpliré la mía. Y no es algo que te incumba, por lo que no pienso darte ni un solo detalle. Así que, ahórrate las preguntas al respecto.
Shad abrió los ojos al máximo.
-La leche… ¿Qué te pasa, Zelda? Solo te he hecho una pregunta…
-¿Que qué me pasa?-repitió Zelda, sintiendo que sus emociones se descontrolaban y que era otra persona la que manejaba su cuerpo en su lugar- Me pasa que solo estás interesado en ganarle a Link en un estúpido juego que tú mismo te has inventado. ¿Quién me dice a mí que no planeaste con Ilia aquello? ¿Quién me dice a mí que no fue un montaje, que Ilia no se tiró encima de Link justo en el momento propicio para que tú me giraras y me hicieras ver aquello?
-¿Qué? Zelda, me parece que te estás equivocando…
-¿Ah, sí? Demuéstramelo-le retó Zelda absolutamente descontrolada-. Demuéstrame que realmente soy yo la que te interesa, no quedar por encima de Link.
Shad se había quedado sin palabras. Los ojos de Zelda brillaban con tanta fuerza que dañaba a la vista. Con el pelo revuelto por la larga siesta, los ojos brillantes y la piel reluciente por las bombillas de la habitación, no parecía la misma Zelda que llegaba por las mañanas al instituto con una sonrisa. En aquel instante, aunque jamás lo reconocería en voz alta, Shad sintió miedo de Zelda. Sobre todo porque no podía demostrarle que se equivocaba ni podía convencerla de lo contrario solo con sus palabras. Zelda había dado en el clavo y no se atrevía a admitirlo delante de sus narices.
Aquel silencio fue suficiente respuesta para Zelda. La princesa echó a un lado la sábana y la colcha y se puso en pie con firmeza, ignorando la punzada de dolor que le estaba martilleando la cabeza.
-Fuera de aquí, Shad-ordenó sin vacilar, señalando la puerta de su habitación.
-Zelda… No es lo que piensas. No lo hice para ganarle a Link…
-Así que admites que lo planeaste todo-resumió Zelda, cerniéndose sobre Shad.
-¡No! Quiero decir… Sí, algo hablé con Ilia, pero no fue para que creyeras que yo…
-Lárgate de mi casa-dijo Zelda con los dientes apretados y el enfado acrecentándose por momentos-. No respondo de mis actos. Lárgate. Vete. ¡FUERA!
Shad se levantó de un salto de la silla y rodeó a Zelda para llegar a la puerta. La princesa le siguió por el pasillo y las escaleras hasta llegar a la salida. Por el camino, se encontró a Impa y a Talon, que hablaban en la cocina y que dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo para intentar parar a la tormenta en que se había convertido la princesa de Hyrule.
-Zelda, por favor…-rogaba Shad mientras andaba hacia atrás, tropezándose con paredes y muebles- Tienes que escucharme… Yo solo…
-Eres un maldito hijo de puta mentiroso-escupió Zelda, impresionando por completo a todos los presentes-. No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra. No quiero ni que te me acerques jamás en tu vida. Olvídate de mí en lo que resta de curso. Y quítate de la cabeza la absurda idea de que nosotros dos podamos tener algo especial.
-Zelda…
-¡TE HE DICHO QUE TE VAYAS, JODER!
El grito de Zelda resonó en cada una de las paredes de la casa y retumbó en los tímpanos de Impa, Talon y Shad. El muchacho salió despavorido de la casa, tropezándose y cayéndose al suelo varias veces hasta que alcanzó la esquina de la calle pija. Cuando giró, lo único que se escuchaba en la casa era la agitada respiración de Zelda y los latidos apresurados de los tres corazones. Solo cuando sintió que no había nada más que hacer allí, Zelda giró sobre sí misma y se encaminó de nuevo a su habitación. Sin embargo, a mitad de escalera cayó sobre sus rodillas bajo la atenta mirada de Impa y Talon, quienes corrieron para auxiliarla. Para cuando llegaron a su altura, Zelda había vuelto a desmayarse.
