Kyo descargó la mano como si el móvil pesara repentinamente. ¿Por qué? ¿Donde? Se preguntó con la creciente sensación penetrante de la angustia. Iori lo había prometido…que le hizo cambiar de opinión. ¿Estaba bien?

Empuñó el móvil con fuerza hasta que una larga grieta cruzo la pantalla. Le importaba una mierda sus razones. No tenía derecho alguno a desaparecer así. Registraría hasta el mismo infierno de ser necesario, pero lo encontraría.

Respiro pesadamente equilibrando aquel mar de incertidumbre que amenazaba con ahogarlo. Temer por la vida de Iori era algo a lo que pensó, llegaría a acostumbrarse, pero entendió que era algo imposible, insondable. No estaba bien y no podría ocultarlo de los Kusanagi, debía salir de allí esa misma noche. La cercanía de la ceremonia perdía todo sentido e importancia en ese instante.

Vistió su chaqueta y guantes, mojó su cabello sintiendo la helada sensación del agua espabilar el aturdimiento. Debía pensar como Iori, tenía que analizar que posibles lugares habría elegido para ocultarse o alejar el disturbio de otros.

"Completamente solo a merced de esos monjes" Se fugó aquel pensamiento terrible y Kyo empuño las manos sintiendo el fuego reverberar en su interior hasta generarle una leve punzada de dolor.

Cálmate y vamos por el principio, se dijo respirando profundo y abandonando la habitación. Al cruzar el corredor vacío visualizó a los guardias del exterior, no tenía idea que excusa podría sacar y no le importaba pensar en alguna, su mente solo divagaba en los posibles lugares que pudo haber visitado Iori.

Cruzó de largo y accedió al espacio donde yacía su moto, los hombres lo observaron extrañados, alertas. Kyo encendió la motocicleta y la acercó a baja velocidad hasta el portón de la mansión.

— Abran. — Fue su orden puntual. Un agente de la zona hizo una señal de espera al encargado y se acercó a Kyo.

— Señor Kusanagi, buenas noches. ¿A dónde se dirige? — Preguntó con calma dominante.

— Creo que fui claro al ordenar que abrieran la puerta. — Espetó Kyo con rabia contenida. Si no la abrían pronto, quemaría toda la fachada para acentuar su exigencia. El hombre lo observó entre sorprendido y preocupado.

— Señor, me temo que no podemos dejarlo partir así, debe disponer usted de la seguridad pertinente. — Aseveró con poca convicción el agente.

— Que abran la maldita puerta si no quieren que la haga arder. — Gruñó iracundo al encargado que, amedrentado se acercó al panel que activaba el mecanismo de seguridad—. No me sigan y es una maldita orden, no necesito a nadie en este momento. — Amenazó al agente interceptor. En sus ojos brillaba una rabia álgida, condenada. Su palabra era ley y si se atrevían a contrariarlo por voluntad propia, aprenderían de la peor manera a respetar una orden. El calor que emanaba su cuerpo elevó la temperatura exterior que lo rodeaba al punto de deformar su imagen en una ola tenue. El hombre retrocedió intimidado y observó como la motocicleta aceleraba de repente y se perdía en la oscuridad de las calles.

El agente se apresuró de regreso a la mansión. La señora Shizuka le había advertido algo asi podría suceder eventualmente y que cuando llegara el momento, debía avisarle de inmediato.


Abrió la puerta con brusquedad y esta rebotó en un golpe seco contra el muro contiguo. El apartamento estaba apagado, solo. Los daños que había generado Iori en todas las ventanas estaban organizados y el sitio había regresado casi a su forma original.

Ya estaba avanzada la noche y seguía sin obtener señal alguna de Iori. Su primera parada había sido ir donde los demás, enterarse con detalles de que había sucedido y si algo se les había pasado por alto, ver como estaban.

Mai y Benimaru continuaban inconscientes por los medicamentos aplicados por la médica antes de dejarlos al cuidado de Terry. Kaoru había sido la única que pudo explicar a ambos hombres una versión bastante confusa acerca de lo sucedido. Nadie sabía que dirección pudo haber tomado Iori y Kyo no tenía paciencia alguna para aguardar el despertar de sus dos amigos. Había dejado claro que le llamaran cuanto antes.

También se había negado a ser ayudado por Terry en la búsqueda. Solo necesitaba cubriera la seguridad de todos mientras él encontraba a Iori. La zona que rodeaba el edificio donde había sucedido la crisis era de perfil residencial, por ende, fue imposible a esas altas horas dar con alguien que hubiese visto algún extraño manchado de sangre cruzado por los alrededores.

Kyo se recostó en el espaldar de la poltrona cuadrada, Kaoru le había advertido de las sospechas de Benimaru acerca de posibles alucinaciones en Iori. También le había dicho que el pelirrojo se denotaba cada vez más agotado y que había sido el quien decidió descansar advirtiéndoles de aquellas manifestaciones de los espectros.

Kyo sabía bien lo que era padecer aquella conexión. Vincularse a un dolor insondable, tener retazos confusos en la memoria y ser dragado por un miedo ajeno. Recordar a su padre viviendo aquel ritual le trajo una tristeza no tan lejana, pero pensar en Iori accediendo voluntariamente lo enardecía. ¿Por qué? Se preguntó irritado.

Se impacientó y golpeo el borde de la poltrona sintiendo como la madera bajo el abollonado emitía un sonido ahogado de ruptura. Había perdido mucho tiempo al salir de la casona Kusanagi evadiendo cualquier rastreo de los ninjas del clan, y si continuaba dando vueltas sin rumbo podrían encontrarlo tarde o temprano. Planifico una ruta de lugares, por más improbables que fuesen y salió del apartamento rumbo a la propiedad de Iori. Aquel apartamento que había estado sitiado por la policía hacía poco probable que él buscara refugio allí, pero dadas las nulas opciones que tenía no podía descartarlo.


El corredor silencioso y vacío lo recibió al salir del ascensor. Caminó cauteloso hasta llegar a la entrada y vio la franja de seguridad de la policía bloqueando la puerta. Quemó un par de líneas delgadas que le impedían el paso y al intentar forzar la puerta esta se abrió con solo tocarla. La chapa estaba dañada y la cinta de seguridad que la sostenía al marco estaba rota.

Kyo se agacho evadiendo la única linea limitante y entró. Si los Yagami estaban con el gobierno, era posible que la misma policía hubiese registrado el lugar buscando indicios de su paradero. Que estuviera rota la seguridad de la chapa, pero bloqueada la fachada, solo le hizo pensar que algún agente gubernamental pudo haber ingresado en otro momento para cerciorarse.

Dio una mirada a la sala, en la cual se denotaban señales de batalla campal a pesar de la penumbra, con profundas marcas de disparos en los muros y todas las gavetas destrozadas. Maldijo subiendo a la segunda planta, tenía la intención de registrar las cosas de Iori y aunque estaba seguro de que él no estaba allí, cabía la posibilidad que algo de entre sus cosas le diera alguna pista de donde podría haber ido.

Cuando cruzo al interior abierto de la habitación, noto que los instrumentos ya no estaban y que en varias partes yacían recuadros amarillos que demarcaban partes específicas. El sitio estaba revuelto y medio dañado, lo que sea que buscaba Kyo ya había sido extraído.

Maldijo una vez más al ver un panorama similar en el armario y pateo una pequeña silla volcada. Se forzó a pensar que era lo que hacía Iori cuando quería desaparecer de los suyos, pero no encontró nada diferente a lo que hubiesen pensado sus enemigos. Si aquel sitio destrozado y saqueado por la investigación había sido visitado nuevamente, era posible que tuvieran vigiladas todas las zonas donde recayeran sospechas de la presencia de Yagami, y eso hacia inútil seguir el mismo rastro.

La noche avanzó con paso eterno, pesado, como la ansiedad que consumía a Kyo. Este recorrió los lugares comunes que habían frecuentado. Visitó el apartamento de King que seguía intacto desde que lo dejaron, sin señales de Iori pero lleno de instantes intensos que se hacían recuerdos casi agobiantes para el castaño. Iori parecía resonar en cada rincón que Kyo pisaba y a la vez su ausencia era tan absoluta que le llevaba a considerar que no volver a verlo era un hecho intolerable.

Recorrió las calles aledañas al hotel donde Iori atendió sus heridas tras la incursión a la mansión, pero tampoco encontró referencia alguna entre aquellos callejones solitarios de miradas desdeñosas. Su impaciencia se hizo creciente y su semblante generó un temor extraño en los delincuentes ocasionales de la zona.

Finalmente, ya contra el muro de la incertidumbre, decidió viajar al norte donde yacía la consumida y renegrida mansión de Alexander. Un sitio arriesgado, pero finalmente la única expectativa latente que le restaba.


Terry pasó a Kaoru algo de agua fría y la chica remojó en el contenedor un pañuelo pequeño. El rubio se giró en dirección a Mai que yacía en la cama contigua a la de Benimaru y pasó sus manos por el hombro de la mujer, deslizando los dedos por la herida atendida y cubierta por un parche blanco.

A pesar de que debía haber despertado desde hacía un buen rato, Mai continuaba inconsciente, presa de un sueño profundo. Uno que a Terry le parecía reparador y esperaba que continuara a lo largo de la noche. Discurrió un par de mechones húmedos de su mejilla y la acaricio con delicadeza. "Siento no haber estado aquí" Susurro resentido y se irguió del asiento ofreciendo a Kaoru preparar un poco de té caliente.

La chica accedió sin mirarlo y deslizó el pañuelo frio sobre la frente de Benimaru. Su temperatura corporal estaba por las nubes a pesar de la droga aplicada, se sentía temerosa y se cuestionó si era mejor acceder a un hospital con ellos a pesar del diagnóstico estable que había dado Kaori antes de irse.

El rubio gruñó despertando de un sueño inquieto, mirando a su alrededor como si no reconociera nada. Kaoru le sonrió con tristeza al cruzar sus febriles ojos claros y mojó un poco más el pañuelo humedeciéndole el rostro. Benimaru la observó un instante con una expresión entre inquieta y dulce.

— Hey linda…todo estará bien. Cuidare de ti. — Sonrió el rubio con firme torpeza fallando el contacto al intentar tocarla. Kaoru rio por lo bajo sintiendo una enorme aprehensión en su pecho. Paso el pañuelo por la frente húmeda de Benimaru y se inclinó sobre el joven rubio que aún convaleciente, se esforzaba por darle su lado más encantador.

Sus labios hicieron un contacto suave con los suyos percibiendo la alta temperatura de la piel del rubio. Alargó con cariño aquel momento íntimo, pensando en que era la primera vez que robaba un beso a alguien. Al alejarse sonrojada los ojos azules de Benimaru la miraron confusos mientras una sonrisa tenue se marcaba en su rostro febril.

— Descansa. — Le sonrió Kaoru con dulzura.


Cuando Kyo cruzó los límites de la propiedad de Alexander, la madrugada ya daba su paso aperezado al día. La oscuridad del cielo encapotado cedía a un gris cenizo y las cabezas blancas del invierno se discurrían ocasionalmente de la copa de los árboles. La piedra que estructuró la cabaña seguía en pie, oscura y tiznada bajo una capa impoluta de blancura en la leve penumbra del crepúsculo.

El jardín en un estado de hibernación eterno aguardaba a nadie y su estatua desquebrajada dormía bajo una densa capa blanca. Aquel sitio que parecía un recorte macabro de alguna historia épica de occidente, no había sido reclamado por nadie, posiblemente la única persona con derecho legal a aquel lugar era Iori.

Kyo recostó la espalda en la estatua ciñendo sus manos dentro de la chaqueta. Una enorme bocanada blanca se extendió tras un suspiro. Estaba cansado y no lograba mantener su temperatura alta con su propia energía sin lastimarse en el proceso.

¿Dónde demonios estas, Iori? Se preguntó una vez más observando los matices claros del cielo filtrar aquella mata densa de nubes. "Dime que estas bien" susurro con tristeza deseando tener la facilidad que poseía Iori para encontrarlo.

Largos minutos después, tras rondar algo distraído la cabaña derruida y llenarse de recuerdos terribles acerca de su padre, Sonrió tontamente ante la enorme capa nevada que cubría el salón de música de aquel hombre. Pensó en Iori tocando el piano, en una velada sencilla juntos, compartiendo el mismo techo de manera indefinida y sin preocupaciones.

Un oculto deseo imposible, pensó mientras el calor ascendía tenue a su cuello. Gruñó irritado ante su estupidez y se reprochó no tener tiempo para ese tipo de pensamientos. Abandonó el territorio con el amanecer empoderado a su espalda. Su último bastión de expectativa había caído. No tenía idea de donde más buscar.

La mañana avanzó a paso eterno mientras Kyo compraba algo en el store cercano. No deseaba comer, pero su cuerpo le exigía ser alimentado. Mientras mordía aquel rollo de cerdo y bebía de algun energizante de turno bajo la débil luz del sol, el móvil en su chaqueta vibró. Kyo abandonó la comida sobre la moto y como acto reflejo, respondió sin mirar quien había llamado.

— Hey Kyo. — Sonó la voz de Benimaru ronca y cansada.

— No te escuchas nada bien. ¿Cómo están todos? — Preguntó Kyo algo decepcionado de que la voz al otro lado de la línea no fuese la del infeliz de Yagami.

— Mucho mejor y no gracias a Yagami por cierto. — Espeto Benimaru cortante.

— Debiste llamar antes de que todo pasara. — Respondió Kyo sin intención de reñir.

— Si, demasiado tarde ya. —rio por lo bajo Benimaru—. Yagami no está bien Kyo. No lo estaba cuando llego contigo y no mejoro en los últimos días. — Agregó el rubio.

— Vaya acote esperanzador — Gruñó Kyo.

— No siendo más…—amagó colgar el movil Benimaru y rio débil ante la reacción indignada de Kyo al otro lado de la línea—. Jejeje No temas por él Kyo, el bastardo de Yagami vivirá más que nosotros a este paso. —suspiró dolorosamente evitando reír mientras Kyo insistía cortante en que no estaba para juegos—. Yagami se mantuvo en constante contacto con alguien. Parecía muy concentrado en la tarea y logre percibir ocasionalmente algunas imágenes que le llegaban. Ciertamente no era contigo con quien hablaba. — Sonrió ante la molestia del castaño.

— Saito. — Puntualizó Kyo.

— Eso mismo supuse yo. Te anexo el último número que tuve para contactarlo. No sé si sirva de algo, pero es lo único que puedo ofrecerte amigo mío. Es mejor que logres encontrar pronto a Yagami, en ese estado es un peligro tanto para sí mismo y para otros. —

— Eso hare. — Respondió Kyo dispuesto a cortar la llamada para marcar aquel número.

— Una cosa más Kyo. —la voz de Benimaru se endureció—. Contacta a los tuyos. De alguna manera tu madre logro localizarme, dice que hoy es un día importante y necesita saber dónde estás. Ella está moviendo algunos de sus agentes para rastrearte. —hizo una pausa corta—. Sabes bien lo que eso significa. Si no la tranquilizas y terminan llegando aquí, no sé qué pueda pasar con Kaoru o con los Kusanagi, porque no permitiré que la toquen. — Agregó Benimaru resuelto, casi amenazante.

— Lo sé. —puntualizó Kyo—. Cualquier novedad llámame. Y esta vez a tiempo. — Colgó.

Marcó varias veces al número de Saito pero, aunque este parecía tener tono y la llamada entraba, nadie respondía. Termino de comer y arrancó la moto de regreso a la ciudad, llamaría a su madre de algún teléfono público en el camino para evitar dejar pistas que los ninjas pudiesen seguir. Era ventajoso saber cómo funcionaba el rastreo de los suyos, pero agotador mantener ese nivel de paranoia.

Estacionó en una calle aledaña, solitaria. Se acercó a una tienda de 24 horas que tenía un teléfono en su exterior, la mañana amenazaba con nevar, pero no resolvía hacerlo. Sin preparar palabras ni excusas, sencillamente marco a su madre.

— Madre. — Fue su saludo puntual.

— Donde estas Kyo. Hoy es el día de tu ceremonia, todos esperan por ti. — Impero Shizuka con voz amable.

— Aplaza la ceremonia, no puedo regresar aún. — La voz de Kyo mantenía aquel tono frío que no daba pie a negociaciones. Shizuka suspiró algo exasperada.

— Tienes una responsabilidad primordial con el clan, conmigo y con el consejo. No sé qué este sucediendo Kyo o si está relacionado con nuestra pasada conversación. Pero esto no es discutible. Debes regresar inmediatamente y rendir cuentas ante la familia. Faltar ahora solo hará tambalear tu posición. Podrían arrebatarla Kyo, cuestionar tu legado. ¿No lo entiendes? —preguntó Shizuka evitando alzar la voz, pero con tono algo enardecido. Se calmó—. Como heredero de la casta Kusanagi, nada debe ser más importante para ti que este momento. Ni siquiera la vida de ese hombre tendría el valor suficiente para sopesar mínimamente el papel que vas a desempeñar en nuestra familia Kyo. Se sensato. — Puntualizó con fría calma su madre. Kyo enardeció con la facilidad de una chispa. Estaba agotado, sin pistas, sintiendo todo a contra tiempo. No deseaba ni soportaba una exigencia más por parte de su sangre. Controlo la rabia que evocaba la manera despectiva en que su madre desvirtuaba cualquier importancia en Iori.

— Puedes hacer lo posible para mover la fecha o tendrás que posicionar a alguien más. No pierdas tu tiempo buscándome ni molestando a mis amigos para localizarme. No regresare, no por el momento. — "no hasta encontrarlo" pensó. No esperó la respuesta de la mujer y colgó el teléfono con excesiva fuerza.

Se discurrió el cabello hacia atrás con un movimiento compulsivo. "Maldito seas Yagami" susurró con la ira revoloteando en su interior. Estaba arriesgando su posición en el clan, su legado, solo por él. Rio con amargura sin lograr comprender como Iori había logrado romper todos sus paradigmas.

¿Es esto lo que querías de mí no? Pensó regresando a la moto. Si tan solo eso pudiese asegurarle que lo encontraría a salvo, se arriesgaría mil veces por ello.

Avanzó un poco más a las laderas de la ciudad y dejo un mensaje identificándose en aquel número sin respuesta antes de separar una habitación de motel para descansar un par de horas. Lo suficiente para pensar con claridad en que otro lugar buscar.

El motel de luces opacas y olor dulzón no fue de su agrado, pero se conformó con un baño rápido y un sillón cómodo frente a la cama redonda. El número seguía sin dar respuesta alguna y las cuestiones de por qué Iori se había esfumado de esa manera, sin llamarle, dejándolo a un lado y cargando testarudamente con todo él solo, lo rondaban incansables.

Arriesgar su vida a estas alturas, después de todo lo sucedido y sin contar con él. Miró una vez más el último mensaje de texto escrito por Iori, sabiendo que su móvil yacía abandonado en el apartamento que Benimaru compartía con todos. Recostó la cabeza sobre el abollonado espaldar intentando recapitular. Confiando en que su madre intentaría postergar lo mejor posible la ceremonia. Sonrió con amargura dando poca importancia a un detalle, pero incapaz de dejar pasar el cinismo en la fecha, hoy era el día de su cumpleaños.

Ya llegado el medio día su celular vibró sobre la mesa de vidrio sacándolo de sus cavilaciones, y al contestar de nuevo sin revisar remitente, una voz joven le habló con calma de manera puntual.

— Si desea hablar con el señor Saito diríjase a la noroeste por la calle central y desvíese al callejón de la única fábrica en la zona. Allí habrá un móvil esperando por usted. Espere la llamada. — La voz se cortó sin esperar respuesta alguna. Kyo miró el celular un instante pensativo y se levantó presuroso tomando la chaqueta y saliendo en busca de su motocicleta.


Las indicaciones vagas del joven fueron suficientes para que Kyo encontrara el lugar gracias a la poca cantidad de fábricas en el sector. La zona determinada estaba completamente sola a pesar de la hora y la nieve aun retenida, el callejón era angosto y solo parecía desembocar en una dirección cerrada. Kyo estacionó la moto una cuadra atrás y caminó con cautela. Tenía presente que, dada su posición, los riesgos que corría de sufrir una emboscada eran mayores, pero solo porque el número remitente de esa llamada había sido el mismo que había intentado contactar todo ese tiempo, accedió con facilidad a las exigencias.

Avanzó por el callejón estrecho sin ver señal de móvil alguno. Después de recorrerlo a totalidad y cuando empezaba a sospechar que estaba siendo observado, un sonido apagado de melodía estándar, resonó en el callejón. Buscó guiándose por el midi hasta que lo ubicó en el borde de uno de los muros altos que cubrían la parte lateral de un edificio.

— Señor Kusanagi, es todo un placer hablar con usted. — Se desplego una voz grave y vieja.

— Saito ¿Dónde está Iori? — Preguntó Kyo sin rodeos. El hombre bufó con suavidad.

— Esperaba que usted pudiese decirme lo mismo. — Habló con calma. Kyo gruñó exasperado ante el parsimonioso desinterés en su voz.

— Se que usted sabe algo Supaida, dígame un lugar o qué demonios estaba hablando con Iori. — Espetó Kyo agresivo.

— Me temo que esa es una información confidencial del señor Yagami. —hizo una pausa tentativa en la que Kyo parecía enardecer—. Pero también me preocupo por el bienestar de nuestro señor, así que supongo podría hacer una excepción si al líder Kusanagi le parece bien manejar esto como un favor. — Acotó con la misma calma. Kyo apretó los dientes y maldijo mentalmente. Aquel hombre sabía dónde estaba Iori y solo aprovechaba la situación para manipularle.

— Delo por hecho maldito infeliz. Dígame ¿Dónde está Iori? ¿Está bien? — Preguntó Kyo con la paciencia al límite.

— Desgraciadamente no lo sé. Pero supongo que usted podría saberlo mejor que yo. —hizo otra pausa donde Kyo escucho de fondo el leve rasgueo de una hoja al moverse—. El señor Yagami solicitó información acerca de ciertos lugares que me llevaron a descubrir su relación con los Kagura. Al parecer, enterrado bajo los registros de aquella familia, había unas historias bastante particulares, mucho antes de conformarse como los protectores del sello de Orochi. Una vieja rama de los Kagura sirvió lealmente al líder principal del Japón en la época. Un poderoso sacerdote de su familia, ya poco conocido en las escrituras, fue la cabeza de la mayor atrocidad cometida por el clan Kagura. Poner la reliquia al servicio del deseo de los hombres, para localizar y eliminar a todos sus enemigos. Tras ganar posición y poder para su familia, dando un uso indebido y atroz al Yata, de sus generaciones se extendió una limitada rama de sacerdotes que usaron las artes oscuras en combinación con el espejo. Finalmente fueron eliminados en una terrible guerra interna entre los Kagura y reemplazados por nuevos miembros que purificaron la reliquia con ayuda de las sacerdotisas que eventualmente tomaron el dominio del clan. — Finalizó la narración con acentuada decencia. Kyo pensó un instante en aquella historia, pero centro su atención nuevamente en la cuestión principal.

— Qué demonios tiene que ver eso con Iori. No me estás dando nada Supaida. — Recalcó irritado.

— Veo que la paciencia tampoco es su fuerte señor Kusanagi. —agregó con calma y Kyo resopló molesto—. El señor Yagami estaba interesado en conocer cuál era la ubicación del más viejo asentamiento Kagura. Yo pertinentemente, a pesar de mis reservas causadas por lo poco estable que sonaba al contactarme, le entregue los tres asentamientos principales del clan; desconozco aun si son los más viejos, pero si los más importantes, usados anteriormente por sus líderes. —hizo una pausa corta—. Es lo único que puedo ofrecerle señor Kusanagi y espero le sea de suficiente ayuda para localizar a nuestro señor. — Agregó, y tras una breve despedida se cortó la llamada.

Un mensaje anónimo se desplegó en el pequeño movil genérico, dando las coordenadas GPS de los tres sitios. Al Kyo revisar detenidamente las locaciones supo bien a donde había ido Iori. No entendía sus intenciones, pero no necesitaba razones para seguirlo.

En la helada tarde mientras la nieve empezaba a caer con la levedad de una pluma, Kyo partió fuera de la ciudad con la seguridad de que Iori estaba al alcance.


El frío había tomado un significado diferente en Iori. Su naturaleza hiriente amenazaba con dragarlo a la muerte y el sol no era más que una cálida caricia desvanecida. Subir aquel camino oculto bajo el follaje desnudo y pálido por la nieve había sido toda una travesía agotadora. Observó empinada abajo como el templo Kagura se alzaba solitario entre la blanca capa invernal de los arboles.

Había dado demasiado de si en esto. Oculto y rezagado hasta que la bestia en su sangre calmara sus gruñidos a leves siseos, las últimas horas las había pasado presa de visiones, incapaz de diferenciar la realidad del ensueño.

La imagen del monolito bajo el hokora era cada vez más remanente. La figura fantasmal de Chizuru se materializaba en su realidad, intermitentemente. Iba y venía intentando guiar su búsqueda, compartiendo palabras que en su mayoría Iori no comprendía, pero la reincidencia de su mensaje dejaba entrever que existía un modo de enfrentar el poder de Takeshi y los Bikhsu del Tenno.

Buscando aquellas respuestas, Iori había permitido al espectro, aquella criatura que existía en la naturaleza del dolor, tomar su energía y dragarla. Parecía ser la única manera de mantener la conexión con Chizuru y las visiones reveladoras, la criatura necesitaba alimentarse y Iori era un gran contenedor de poder gracias al Magatama.

Se detuvo al lado de un árbol posando las manos en el tronco para recuperar el aliento. No sentía aquel tacto en su piel y el frío lo calaba por dentro, si no encontraba rápido lo que debía, tenía la impresión de que su final sería ser un cascaron helado y vacío a manos de aquel espectro. Jadeo conteniendo un acceso de tos, sentía un doloroso frío en sus pulmones, como si su interior estuviese escarchando a medida que la criatura se alimentaba por osmosis.

Pensó en Kyo antes de proseguir y sonrió con amargura. Era posible que el castaño acogiera su ausencia como una traición, y tal vez lo era, pero tenerlo cerca solo haría más difícil aquella tortuosa labor, entorpeciendo sus esfuerzos y tentando al disturbio con su presencia. Miró al frente intentando despejar a Kyo de su mente. En caso de que fallara aquella búsqueda. ¿Sufrirías por mi Kyo? Se preguntó con una sonrisa maliciosa y continuo el último tramo de ascenso, divisando en el último lapso de la arboleda desnuda la silueta de luz azulada que lo instaba a continuar.

Al ascender finalmente al linde de la montaña apreció como oculto bajo la nieve espesa y gruesos troncos hibernantes, yacía una hendidura muy alta y poco profunda en la piedra. Iori avanzó sintiendo el agotamiento crecer exponencialmente a la cercanía del lugar.

Su entorno inició un estado de desfragmentación al visualizar la piedra mohosa rodeada por los restos del altar, oculto, casi imperceptible entre la naturaleza muerta.

Cada paso se volvió una odisea y Iori sintió como su energía comenzaba a ser dragada por el monolito mohoso del centro. Aquella piedra estaba resonando en esencia con el espectro, fortaleciéndolo y todo su entorno desapareció mientras la voz suave y dual de Chizuru le decía.

"Resiste"


Kyo frenó en seco ya en los lindes de la carretera. Dejo la moto descuidadamente y surcó el camino de piedra bajo el follaje desnudo y blanco. Sintió como el corazón le daba un vuelco cuando percibió la esencia de Iori. Volátil y débil, pero suya. Estaba en lo cierto, Iori no había podido alejarse demasiado. Este era de las tres locaciones que Saito le había compartido, la más cercana.

Sonrió nervioso pensando que allí estaban de regreso al principio, en el mismo territorio Kagura al que habían accedido la primera vez. Pero ¿Por qué? Se lo preguntaría a Iori personalmente. El temor y la emoción se amalgamaron indiferenciadas, lo había encontrado, pero no tenía idea de en qué estado se encontraba.

Ascendió veloz los peldaños de piedra y luego las capas de nieve sin rumbo, siendo guiado solo por aquella débil y cálida señal que le indicaba que Iori estaba allí. Tras perderse varias veces en la arboleda dio con unas huellas profundas en la nieve. Su andar era torpe y los surcos en el hielo eran densos. Kyo apretó los puños y corrió siguiendo el rastro hasta llegar a lo alto de la empinada.

La energía de Iori se sentía un poco más fuerte, aunque estaba extrañamente débil y algo más palpitaba con una fuerza descomunal en ese espacio. A pesar de que la tarde se extendía con luz suficiente para aclarar los rincones, aquel espacio estaba antinaturalmente oscuro.

— ¡Iori! — Grito Kyo a la penumbra avanzando veloz hacia ella, pero al acercarse un vórtice aturdidor impacto en su cuerpo y sintió como la gravedad aumentaba repentinamente de manera descomunal. Kyo gimió resistiendo la presión y avanzó sumergiendo su cuerpo en aquella oscuridad. Podía sentirlo, el aura tenue de Iori estaba allí.

Al cruzar la capa densa del sudario, Kyo percibió un vacío ingrávido con formas estructurándose en su infinidad. Vio a Iori de pie en medio de aquel espacio y densas vetas de oscuridad reptando por su piel. Estaba acompañado por una forma intangible de luz azulada que susurraba algo incomprensible. A medida que el castaño se acercaba a ellos intentando alcanzar a Iori, todo parecía tomar una forma racional y la voz de Chizuru se escuchaba alta y clara.

La figura de Iori, casi tan traslucida como la del espectro, yacía parada frente a un hokora mediano ubicado bajo aquel mismo espacio cóncavo de la montaña. Pero todo era diferente, el cielo era una noche estrellada sin luna y la vegetación oscura que los rodeaba era fértil. De Iori se extendieron sombras que surcaron la tierra hasta acercarse al hokora y se materializaron en formas humanas. Era como si esa oscuridad proveniente de Yagami, transformara el entorno y construyera un suceso olvidado en el tiempo.

Los hombres de trajes ritual con una variación del símbolo Kagura en sus espaldas, rodearon el altar con telas anudadas y una joven de kimono blanco e impoluto avanzó hasta arrodillarse frente al hokora.

Kyo no lograba llegar a Iori a pesar de sus esfuerzos. Aunque lo llamaba este no alcanzaba a percibirlo y la visión se estaba tornando borrosa al igual que la imagen traslucida de Yagami. Algo intentaba expulsarlo, alejarlo de aquel espacio tan similar a las pesadillas de la conexión. Todo aquel ensueño extraño parecía estar conectado a Iori y el menguar de su energía se hacía drástico, llevando su aura a una levedad peligrosa.

Kyo llamó con desespero a Iori resistiéndose a ser expulsado, siendo testigo de cómo la vida de este se consumía mientras su energía era dragada a montones por la oscuridad. Grito iracundo evocando potentes las llamas carmesíes, buscando quemar toda esa oscuridad que rodeaba al pelirrojo, extendiendo su mano para alcanzarlo.

Finalmente, cuando la silueta de Iori se desvaneció ante la mirada frustrada de Kyo, este evocó al límite su energía y las llamas fluyeron con dolorosa intensidad alcanzando su objetivo. Kyo sintió el aire de sus pulmones transformarse en vapor caliente y el dolor asfixiante lo aturdió. Llamó una vez más a Iori consumiendo cada centímetro de aquella oscuridad, pero la lobreguez que lo rodeaba no ardía, solo parecía alimentarse y Kyo vio su propio poder siendo dragado por aquel hoyo negro. En contraparte la energía de Iori encontró un equilibrio, al espectro devorar las llamas carmesíes en reemplazo.

Kyo permitió que su poder fluyera al estómago de aquella presencia y la figura de Iori se redibujó nuevamente en la oscuridad. Iori giró el rostro en dirección a Kyo, sus ojos ausentes reemplazados por una pálida capa de luz lo miran con expresión expectante, temerosa. No podía percibirlo en ninguna forma, pero lo sentía; intenso, caótico y refulgente. La energía de Kyo imbuyó al espectro y generó una violenta resonancia con la de Iori.

"Kyo" susurró el pelirrojo incapaz de verlo.

"Aquí estoy" respondió Kyo sabiendo que él no podía escuchar sus palabras y extendió la mano hasta tomar la suya entrelazando sus dedos traslucidos. Ambos fuegos refulgieron alimentando la visión y los dos fueron testigos de cómo se reestructuraba la escena frente al hokora.

Esta vez no era uno, si no tres escenarios simultáneos, cada uno repitiendo el sistema del ritual casi de manera exacta a excepción de la visión mayor. En lo profundo de una cueva con acceso al cielo abierto, sobre una roca rodeada por agua, un anciano de traje negro y dorado se despojó de sus ropas frente al altar mientras los monjes a su alrededor entonaban mantras inscritos en sangre. El anciano al igual que las mujeres en los otros dos hokora de la visión múltiple, abrió los brazos, y dos espadas de luz hicieron un corte limpio en su pecho hasta sacar el corazón. Los tres cuerpos cayeron desfallecidos y en sus órganos sangrantes fue tallada una runa de luz que al instante los tiño de un negro absoluto. Tras esto, depositaron los corazones dentro de su respectivo hokora.

— …el espíritu del dolor. Un viejo Yokai que mantiene el equilibrio en el corazón de las personas. —escuchó Kyo por primera vez, la repentina claridad en las palabras del espectro azulado con la voz de Chizuru—. El sumo sacerdote se sacrificó a sí mismo y a sus dos hijas para sellar la esencia del Yokai bajo las tres lunas ocultas. Cada sello fue legado en la sangre de sus generaciones, amarrando la voluntad del espíritu a sus portadores. —hizo una pausa donde señalo el traje negro y dorado al lado del cadáver—. Solo resta una generación heredera de las tres ramas, tras la guerra purificadora del espejo Yata. Si liberan los dos sellos sin guardián, el espíritu del dolor recuperará su fuerza y podrá resistir la imponencia de su portador. — Habló para Iori, y aunque se refería a ambos, no podía percibir a Kyo.

— El Yokai desea liberarse... — Respondió Iori quedamente. El espectro de luz avanzó hasta desvanecer la visión congelada.

— No tienes como comprender la magnitud de lo que sucede en nuestros tiempos y yo no puedo decirlo sin reducir mi alma al confinamiento eterno. —agregó Chizuru con voz débil y la figura desfragmentándose—. Solo queda un sello enterrado en el olvido forzado de nuestra familia. Encuéntrenlo, enfrenten al portador y liberen al Yokai…con este, también nuestros…— Se desvaneció.

Iori ya acostumbrado al dolor palpitante en su interior observó el hokora derruido en la penumbra. Solo la cálida presencia de Kyo le imbuyo fuerzas suficientes para evocar sus llamas violetas. Ambos fuegos danzaron sincronizados y ardieron juntos reduciendo el altar y el monolito a cenizas.

El selló que rodeaba la piedra se deshizo y el corazón perecido brilló, quebrándose en una infinidad de fragmentos de luz que murieron como luciérnagas en la hoguera. De aquellas ruinas renegridas se alzó una forma esquelética sin rostro e inclinó su cabeza a modo de gratitud ante las dos energías atormentadas que liberaban parte de su ser. El espectro desapareció y tanto Kyo como Iori, percibieron el retornar débil de su poder. Ambos hombres cayeron inconscientes sobre la tierra helada de la montaña.


Benimaru gruño exasperado mientras observaba su móvil. O Kyo no había hecho nada al respecto o aquella mujer era implacable. Miró a Kaoru de soslayo, la chica revisaba las heridas de Mai mientras Terry calentaba un poco de agua para el cambio de vendas. Si se quedaba allí sin confrontar a los Kusanagi terminaría guiándolos a Kaoru.

Se acercó a la mesa central y tomo las llaves depositadas distraídamente allí. Sacudió la cabeza algo mareado, la fiebre aún era un visitante indeseado. Terry avanzaba con el recipiente caliente y freno un instante al otro lado de la mesa.

— No te ves bien, deberías acostarte. —dijo algo distraído hasta que vio las llaves empuñadas en las manos de Benimaru—. Hmm ¿Estas planeando salir en ese estado Nikaido? — Preguntó con rigidez. Benimaru le hizo una señal rápida para que hablara bajo. Terry lo miro con cara de pocos amigos.

— Espérame ahí. — Imperó. Llevo el agua a Kaoru y dio un toque casi paternal a la cabeza de Mai. La mujer le sonrió con dulzura, se notaba mucho mejor tras haber dormido tanto. Regreso con Benimaru y apartados de las chicas le indago con la mirada sin pronunciar palabra.

— Los Kusanagi buscan a Kyo. Intentare hablar con Shizuka para tranquilizarla y alejar sus hocicos de este lugar. No quiero que descubran a Kaoru. — Habló con firmeza Benimaru, aunque su palidez mesclada con el sonrojo febril, no le daba el aire que deseaba. Terry lo miro inquisidor.

— Yo iré contigo. Nada nos asegura que no puedan ponerse agresivos si no les dices lo que quieren escuchar. — Aseveró Terry. Benimaru lo miró medio escandalizado.

— Soy amigo de Kyo desde hace muchos años. Dudo que su madre permita algo así conmigo. — Espetó incrédulo.

— Nadie se esperaba una guerra abierta entre clanes, por más calma temporal que exista siempre hay riesgos. Además, no te estoy preguntando. —sonrió Terry. Benimaru miró dubitativo a las chicas—. Ya no hay ninguna amenaza que pueda lastimarlas, ellas estarán mejor aquí. Diles que iremos por algunos medicamentos nuevos, traeremos unos al regreso. — Puntualizó Terry tomando su chaqueta de cuello afelpado. Benimaru se excusó desde la mesa anunciado la propuesta de Terry. Ambas mujeres los observaron marcharse y Mai sosopechó que algo se estaba cocinando con los Kusanagi dado que Nikaido respondía todas las ultimas llamadas lejos de Kaoru.

— Auch — Se quejo Mai falsamente atrayendo la atención de la chica que miraba preocupada la puerta cerrada.

— Lo siento. — Se disculpo Kaoru suavizando la presión de la venda.

— Él estará bien. Algún farmaceuta le recomendara algo mejor. — Agregó Mai sonriente, reforzando la excusa de Nikaido.

— Si…— Dijo la chica pensativa.

Paso una hora y Mai ya caminaba con soltura. Aunque la pierna dolía en algunas posiciones y los brazos estaban cubiertos de parches bajo la camisa, se sentía perfectamente. Kaoru estaba organizando un poco el desorden terrible que había dejado Terry en la cocina.

— ¿No crees…que están demorando mucho? — Preguntó la joven a Mai que hacía algo de doloroso estiramiento.

— Son fechas especiales es posible que se hayan distraído un poco. — Instó Mai para no preocuparla. Pero tenía la misma expectativa de la chica. Deseaba que estuvieran de regreso pronto y que no hubiese ningún contratiempo con los Kusanagi. Kaoru suspiro impaciente.

— Se que no fueron por medicamentos, no soy tan despistada. Se que tiene algo que ver con los Kusanagi, con Kyo y Iori. —miró a Mai—. ¿Realmente crees que estarán bien?

— Confío en que están perfectamente, linda. Regresaran bien. — Sonrió Mai dándole seguridad a Kaoru.

La chica miro el exterior pensativa, la luz del día empezaba a menguar dando entrada a la noche. Estaba empezando a tenerle cierta aversión a los horarios nocturnos. Terminó de organizar el mesón y luego la mesa. Aquello la distraía y prefería no pensar en nada malo.

Tomo asiento con Mai en las poltronas buenas cerca al ventanal y cruzaron una conversación especulativa alrededor del paradero de Iori, mientras Kaoru explicó superficialmente que sabía de aquellas sombras y espectros.

Pasados unos minutos su teléfono sonó con una melodía suave. Kaoru buscó el móvil con más ahincó del que quería mostrar, llena de pensamientos nefastos. Lo encontró y desplego con rapidez. La voz al otro lado de la línea fue ronca y algo jadeante.

— Kaoru niña. ¿Eres tú? — Pregunto el hombre. Su voz denotaba tensión.

— Si soy yo. ¿Estás bien? — Preguntó la chica controlando los nervios.

— No.…nada está bien niña. Debemos vernos ahora mismo. No tengo mucho tiempo. Pronto saldré del país. —asevero el anciano—. Ve a la zona apartada del muelle sur, cerca de la arboleda. Hay un terreno en construcción. Entra en él y espera por mí en la primera planta del bloque central. Debo decirte varias cosas importantes y entregarte algo. No faltes Kaoru, no habrá una segunda oportunidad. — Colgó. Kaoru continuo con el celular mudo en la oreja unos segundos, el corazón le palpitaba con intensidad y mil ideas cruzaban su mente. ¿Por qué iba a salir del país? ¿Por qué tenía tanto afán y se denotaba tan asustado? ¿Qué pasaría con Aki? ¿Que era todo eso que estaba mal?

Miró a Mai sin saber cómo decirlo. Sin saber cómo explicarle que debía irse ya y no podía esperar a nadie más. La mujer la observó preocupada.

— Que pasa Kaoru. Tienes una expresión terrible. ¿Quién te llamo? — Preguntó Mai alarmada levantándose de la poltrona.


Shizuka arribó finalmente. Ambos hombres estaban rodeados de agentes Kusanagi que mantenían su posición con displicente desinterés.

Benimaru había evadido con facilidad las cuestiones del hombre que había liderado uno de los escuadrones Kusanagi en el ataque al templo. Este no tenía la más mínima apariencia de espía. Su forma maciza y esporádicas cicatrices que lograban percibirse a la altura del cuello y el mentón, dejaba clara su posición. Él había disculpado la demora de la señora Kusanagi que estaba resolviendo algo y venia en camino hacia buen rato, mientras intentaba establecer un dialogo "ameno" sobre Kyo.

Tanto Terry como Benimaru se habían mostrado joviales y colaboradores, desviando la conversación por las ramas y entregándole poco más que información inútil. Aun así, el hombre no se mostró para nada irritado o alterado, por el contrario, con una expresión bastante calmada y de porte profesional, se despidió de ellos dos ante la llegada de Shizuka. Hizo una reverencia a su señora y se llevó casi todo el personal que los rodeaba fuera del establecimiento; un restaurante elegante que estaba a puertas cerradas.

— Confió en que pueden hacerse una idea de la importancia que tiene en estos momentos la presencia de Kyo. —aventuro Shizuka sin saludar—. Hoy es la ceremonia de liderazgo y todos los representantes del clan que decidieron entregar el honor de liderar a los Kusanagi, están reunidos aguardando su llegada. —los miró a los ojos uno a uno—. Deben comprender mi extrema preocupación a causa de su repentina…partida. — Agregó con cierta tristeza. Benimaru y Terry la observaron en silencio. Había algo en ella que imponía un respeto absoluto y dada la situación apremiante no se atrevían a mentirle descaradamente.

— Entiendo que no saben dónde está mi hijo. Lo conozco bien y sé que debió encargarse de que nadie conozca de su paradero. Pero deseo su completa honestidad en una cuestión. ¿Esta él con aquel hombre? O ¿Está relacionada su desaparición con el mismo? — Pregunto con calma álgida. Ambos hombres guardaron silencio, Shizuka sabía que así era y no había razón para mentirle. La mujer asintió ante el silencio asertivo.

— Ustedes están con él en todo esto ¿No? —preguntó y ambos la miraron cautelosos—. No parece que pueda hacer mucho si Kyo me quiere lejos de sus asuntos. Pero sé que ustedes si pueden. No les pediré que lo vigilen por mí, ni que lo hagan entrar en razón. Tampoco deseo invadir su privacidad por prevención. Solo quiero que entiendan el gran riesgo que corre Kyo dada su posición actual y que confíen en mi si algo superior a sus fuerzas llega a tocarlos. Kyo dispone de todo el poder de los Kusanagi y no se atreve a usarlo por el bien de ese…hombre. Yo respeto por el momento su decisión, pero solo deseo lo mejor para él y supongo que ustedes también. Así que, por favor, permítanme proteger a mi hijo si llega a encontrarse en gran riesgo. Esa persona que él desea proteger no tiene el mismo valor que Kyo para todos nosotros. —agregó con calma afligida—. ¿Puedo confiar en ustedes? — Preguntó en tono de petición.

Terry guardó silencio dubitativo, las palabras de aquella mujer respecto Iori no le daban confianza alguna. Aunque se denotaba tranquila, podía intuir la intención refulgente de quitarlo del camino de Kyo. Y aunque sus razones eran de peso, desconocía hasta donde podría llegar buscando ese objetivo.

Benimaru se mostró más asertivo con sus palabras. No odiaba particularmente a Yagami, pero concertaba con Shizuka en que Yagami no era nada bueno para Kyo, ni para nadie. Era un hecho que todos deseaban lo mejor para el castaño, pero no resolvía confiar del todo en aquella mujer. Aun así, sus palabras eran mucho más razonables que los argumentos confusos que Kyo ofrecía respecto a Iori Yagami, y si tenerla en buenos términos alejaba a Kaoru de los sabuesos del clan, mejor.

— Me parece bien. —dijo Benimaru accediendo. Terry se guardó la inconformidad considerando mejor no provocar la situación—. Como usted lo ha dicho Kyo es bastante reservado y desconocemos tanto su paradero como el de…su amigo. Pero le hemos apoyado en todo lo posible. Si algo sale muy mal le informare inmediatamente señora Shizuka. — Puntualizó el rubio con vehemencia. La mujer lo observó un largo instante que lo hizo sudar. Sentía leves náuseas y dolor de cabeza. El corte en el abdomen le dolía también, aunque era soportable.

— Gracias por su comprensión. —dijo finalmente Shizuka para alivio de ambos hombres—. Espero ansiosa alguna noticia de Kyo. Tengan una buena noche y cuídese bien joven Nikaido, se ve algo enfermo. — Sonrió con dulzura maternal y se levantó de la mesa con dejo elegante.

Ambos hombres inclinaron la cabeza a modo de despido y abandonaron el restaurante.

Cuando estuvieron a buena distancia del lugar Terry tomó por el hombro al rubio.

— No iras a decirle nada de Yagami. ¿O planeas enemistarte con Kyo por confabular con su madre? — Preguntó Terry intrigado. Benimaru se discurrió el cabello para atrás.

— No sé qué ven ustedes en Yagami que yo no. Pero tendré presente su propuesta. No echare a nuestro psico al agua, ni revelare nada suyo…pero si es necesario acudir a ella por el bienestar de Kyo, tal vez sea lo mejor si esto se complica demasiado. —miró Benimaru a Terry tomándolo por los hombros con sobreactuada seriedad—. Confío en que guardaras este secreto por mi Bogard. — Acotó imitando el tono altivo de Shizuka. Terry gruñó sonriente apartándolo.

— Es difícil verte tomar algo en serio. Lo pensaré. Ahora vamos por las medicinas antes de regresar y aprovechemos para dar un par de vueltas. Eso de "no invadir nuestra privacidad" no me lo creo. — Agregó Terry.

— Y ahora la paranoia es nuestro estado habitual. — Habló Benimaru con desdén.

Tras comprar algunas medicinas recomendadas y despistar un poco a los persecutores imaginarios, ya rumbo al apartamento fueron contactados por Mai. Al otro lado de la línea su voz era preocupada.

— Algo sucedió, el contacto de Kaoru desea verla con urgencia en alguna parte del muelle sur. Vamos en camino con intención de buscar el sitio, no hay mucho tiempo al parecer. Apenas lleguemos te envió la ubicación GPS. Esten atentos, esto no me gusta nada.


Tras recorrer gran parte del dique sur encontraron el territorio cerca a la arboleda. Abandonaron el taxi desde antes y caminaron al lugar. El sitio rodeado por una valla divisora no mostraba brechas para ingresar y finalmente Mai ayudo a Kaoru a trepar por un segmento más oscuro de la calle aledaña. La nieve caía con helada parsimonia y ambas mujeres avanzaron entre volutas de vapor hasta el edificio central que estaba a medio construir.

— ¿Por qué demonios aquí? Esto no tiene buen aspecto, podrían estar esperándonos. — Aseveró Mai al apreciar la lóbrega estructura.

— Yo confío ciegamente en él. — Respondió la joven con absoluta seguridad y avanzó a la construcción abandonada. Mai observó el derredor con desconfianza, pero resolvió seguirla. Aquella chica testaruda no escuchaba razones.

Cuando habían pasado pocos minutos dentro de la penumbra enorme de la primera planta sin divisiones, y Mai se encargaba de dar su ubicación a Terry y Benimaru, sintieron un auto acercarse a toda velocidad, rompiendo de impacto las puertas que bloqueaban el acceso al terreno. El auto patino en el piso congelado y golpeo con su costado uno de los bloques de material apilado a un lado del edificio. Mai detuvo a Kaoru de salir sin cuidado y ambas apreciaron por las ventanas desnudas, como un hombre de particulares cabellos grises trastabillaba fuera del auto, estaba herido.

— Kioshi. — Exclamó Kaoru apartándose de Mai y corriendo a su encuentro.

La chica lo alcanzó hasta rodearle la cintura y ayudarlo a caminar al interior. En la penumbra logró divisar una enorme mancha de sangre a la altura del pecho atravesando la tela de su traje.

— Por Kamisama Kioshi ¿Qué sucedió? Estas herido. — Exclamó asustada

— Lo siento tanto, niña. —habló el hombre con voz pesada—. Los malditos traidores delegaron a esos mafiosos para cazarme. No esperaba que atacaran esta noche, pensé que tenía más tiempo. Lo siento mucho. — Insistió con voz ronca cojeando con la chica de soporte hasta que Mai les recibió y ayudó a entrarlo al edificio.

El hombre fue depositado en la parte central de la planta baja, donde algunos metales cubiertos por una tela sintética le sirvieron de apoyo. En ese instante los tres escucharon el derrapar de varios autos y el anciano jadeante les dijo que debían ser los bastardos que lo atacaron. Habían logrado seguirlo.

— Los trajiste a nosotras infeliz. —espetó Mai muy molesta—. Quédate oculta con él y llama una ambulancia. Yo me encargare de los de afuera. Terry y Benimaru vienen en camino. No salgas por nada del mundo. — Ordeno Mai a Kaoru con aire dominante y muy serio. La chica asintió nerviosa observando como la mujer salía por una de las ventanas laterales y llamó inmediatamente a urgencias. Tras dar su ubicación y solicitar ayuda el anciano arrebató su celular forzando el final de la llamada y la atrajo hacia sí. Se denotaba cada vez más débil y urgido.

— Esta es una lista de personas relacionadas a Takeshi. Allí hay miembros del gobierno, de los Kusanagi y de los nuestros. También están escritos algunos lugares que Takeshi ha frecuentado. —habló con voz agotada apretando la mano de la chica tras entregarle un pequeño cilindro de madera—. Siento muchísimo no haber protegido a tus padres mi niña... — Agregó con voz gangosa. Kaoru dejo escapar varias lágrimas y presionó la herida.

— No tienes que disculparte Kioshi, solo resiste. Podremos hablar cuando estés mejor. — Habló con miedo, incapaz de soportar la muerte de otra persona querida. El hombre sonrió con tristeza y rodeo las manos manchadas de sangre de la chica.

— Takeshi se está quedado sin tiempo para extraer el poder del Magatama del cuerpo de Iori Yagami. —jadeo de dolor y sus manos temblaron—. Hasta el momento no ha encontrado ningún otro Yagami capaz de portar el Magatama y ahora como última instancia desea crear su propio legado usando a las únicas mujeres que asegura, serán capaces de darle un heredero que sea portador. No le importa cuantos años le tome obtener el poder, ni si tenga que sacrificar en el proceso a su propia progenie. —gruñó perdiendo el aliento—. La sangre de tu familia tiene la pureza que él necesita para conseguir su cometido. Si no lo detienes…— Estertó en un acceso de sangre, encogiéndose de dolor.

— Aki… — Susurró Kaoru débilmente sin dejar de presionar la herida sangrante.

Varias detonaciones ahogadas por silenciadores llegaron a oídos de ambos. Kaoru miró angustiada la ventana vacía por la que había salido Mai. El hombre que no podía dejar de temblar extendió la mano hasta tocar la mejilla de Kaoru.

— Desconozco la verdadera razón por la cual Takeshi ha hecho todo esto, pero sé que está mintiendo a todos, mi niña. La única manera de retomar la confianza de la familia y salvar al clan de toda esta locura que ese hombre ha traído…es entregando un tributo tan valioso como lo que él hombre promete a la familia...has que Iori lleve ante el clan al heredero de los Kusanagi. Entrégales algo que les haga unificarse en contra de Takeshi. Muchos de los nuestros que se rebelaron y lograron evadir la cacería, están dispersos. Dile a Iori Yagami que está en sus manos nuestro futuro. — Insistió con voz ahogada pero palabras elocuentes mientras su cuerpo perdía paulatinamente el aplomo deslizándose por la tela.

Kaoru lo miró abnegada en lágrimas rogándole que aguantara, que pronto llegaría la ayuda. No soportaba verlo morir, temía por la seguridad de Mai en aquellos ecos ahogados del exterior y le aterraba ante todo lo que Kioshi le pedía.


Mai avanzó a paso silencioso enfocando la energía de su cuerpo para eliminar su presencia, volverse una ausencia, un objeto más del entorno. Las huellas en la nieve se hicieron superficiales, ligeras. Las técnicas ninja siempre radicaban en combates sublimes, rápidos e imperceptibles, algo que había dejado atrás por seguir a Andy a aquellos vulgares torneos de KOF.

Dejo la chaqueta roja tras la pila de materiales agradeciendo tener una camisa blanca bajo la prenda. Avanzó rodeando el auto estrellado medio tramo a campo abierto sobre la nieve. Podía ver las siluetas oscuras avanzar a contra luz frente a los faroles de los autos estacionados. Eran varios hombres y estaban armados. Dos mantuvieron la posición atrás, separándose para registrar la zona mientras los otros tres se acercaban al automóvil que humeaba solitario.

El primer hombre fue un golpe fácil. Solo, avanzando por la calzada resbaladiza hasta entrar en la capa nevada. Su sonido fue ahogado cuando la llave asfixiante lo alcanzó. El hombre pataleo sin lograr emitir sonido y su movimiento brusco reabrió un par de cortes en los brazos de la mujer. Cayó inconsciente y Mai analizó los conductores que aguardaban dentro de los dos autos.

Los tres hombres que se acercaban peligrosamente al edificio ya estaban revisando el automóvil chocado. Debía llamar su atención o terminarían por encontrar a Kaoru y al anciano herido.

Aprovechó la penumbra circundante en los costados de las farolas de los autos y se acercó al primero manteniendo una posición baja. Rasgueó la puerta atrayendo la atención del conductor, que la abrió para revisar la anomalía, y dio un golpe certero a la garganta y luego a la cien. El conductor del otro auto percibió la caída brusca de su compañero y salió empuñando el arma, preguntando de un grito si el hombre estaba bien.

Mai avanzó con paso calculado pero la herida de la pierna la traicionó al hacer el cruce extendido y quedo al rango del atacante. El hombre solo percibió la sombra agresora y detonó la pistola con silenciador. Uno, dos tiros impactaron entre la nieve muy cerca de Mai, quien se cubrió con el mismo auto que la separaba del hombre armado. Ascendió en un giro versátil al techo del auto y logró asestar un golpe directo a la cabeza mientras el hombre sorprendido fallaba otro disparo. El hombre cayó aturdido y la chica lo noqueo con facilidad. Se sentó un instante en el puesto del conductor resintiendo el dolor en la pierna y apagando las luces del vehículo.

Dos de los tres hombres que casi habían arribado al edificio regresaron alarmados por las detonaciones. Él que se había separado al otro costado también regresaba y logró ver la figura pálida de la mujer justo cuando esta se ocultaba tras la carrocería. La pierna amenazaba punzante con no funcionarle mucho y Mai calculó acorralada cuanto le tomaría llegar hasta la construcción pequeña más cercana.

Los impactos de bala estallaron sobre el metal del auto. El hombre que la había avistado no se andaba con rodeos y Mai maldijo la torpeza que le generaban sus heridas. Si lograba despistarlos no habría rastro que pudiesen seguir. Cruzó veloz en la penumbra hasta cubrirse con el siguiente auto y jadeo de dolor sintiendo un fuerte calambre que le inmovilizó la pierna. Maldijo golpeando el muslo sano mientras el espasmo pasaba. Los hombres ya estaban demasiado cerca para exponerse a sí misma en el espacio abierto sobre la nieve.

El atacante arribó primero hasta el auto apuntando su arma y revisando la última posición de la silueta agresora que había visto. Al no encontrarla allí y no percibir rastro alguno en la nieve, empezó a rodear la parte trasera sin bajar la guardia mientras sus compañeros se acercaban con la misma disposición.

Mai maldijo, a menos que se fusionara con la nieve terminarían dando con su ubicación. Tenía que arriesgarse a salir de allí y cubrirse entre la construcción pequeña que yacía a algunos metros, debía confiar en la mala precisión de sus disparos.

El movimiento fue repentino, veloz. El dolor en la pierna lacerante. Los hombres reaccionaron al instante disparando y Mai contuvo el aliento esforzando su cuerpo al límite para alcanzar la cobertura. Varias balas cruzaron silbando acompañadas aquellos ecos leves del silenciador.

Terry golpeo el suelo generando un estruendo fuerte que alerto a los hombres que disparaban. Una considerable estalactita de cemento y tierra se alzó hasta volcar el auto entre ellos, derribando uno de los agresores y haciendo que los otros retrocedieran a cubierto.

— Ve por Kaoru, yo me encargó de estos malnacidos. — Puntualizó Bogard a modo de orden. Benimaru avanzó veloz por un costado sin pensarlo dos veces. El montículo de tierra inicial se desmoronó y Terry atacó con un geiser menos poderoso al segundo auto. El vehículo se tambaleo peligrosamente obligando a los atacantes a abandonar la posición, dando oportunidad a Benimaru de correr de largo en búsqueda de Kaoru.

Terry uso el segundo pico de roca que se desmoronaba para acercarse a los hombres que comenzaron a disparar en su dirección. Rodeó por un costado y deslizándose en la nieve helada evadió los disparos hasta cubrirse con el auto. Concentro su poder en un punto y lo elevó bajo los pies de los atacantes. Uno de ellos perdió el equilibrio y voló varios metros por el impulso hasta estrellarse contra el piso congelado y quedar inconsciente a causa del impacto. El segundo que trastabillo perdiendo el arma tanteo en la oscuridad su recuperación, pero el rubio ya había avanzado por la parte lateral del auto y lo golpeo de lleno en el rostro cuando este estaba a punto de recogerla. El hombre se encogió de dolor y Terry dio una patada corta que lo noqueo. Pateo el arma al no divisar más agresores y se acercó a la silueta blanca de Mai, que cojeaba en su encuentro.


Kaoru susurró casi sin voz mientras empujaba con debilidad al anciano que ya no hablaba. ¿Cuántas más personas queridas perdería? ¿Qué más deseaba arrebatarle el destino? Se pregunto mientras reiteraba la presión inútil en el pecho muerto del anciano. "Por favor" Susurró con las manos temblorosas sin percibir los pasos de alguien que se acercaba.

El hombre armado apunto tanto a la chica como a su objetivo. Kaoru percibió su silueta amenazante demasiado tarde y se atravesó con suavidad entre aquella silueta y el cadáver de Kioshi. "No" susurró sin saber qué hacer.

Un destello azulado estallo tras el hombre, la descarga fue sutil, calibrada a la altura de la cabeza. El agresor se tensó sin siquiera detonar el arma y convulsionó al caer pesadamente sobre el suelo. Tras él, la silueta que destilaba destellos dorados se inclinó hasta la chica extendiendo su mano. Su caricia fue tibia, gentil, y eso bastó para arrancar cualquier terror.

La joven estaba arrodillada cubriendo un cadáver, mantenía sus manos en posición de reanimación. Su cuerpo tiritaba y en la lobreguez del entorno parecía un pequeño animal herido y sin fuerzas. Benimaru extendió los brazos atrayéndola hacia sí y la abrazó con fuerza, con rabia. Con ganas de arrancarla de aquel mundo, entendiendo tal vez por primera vez el actuar de Kyo frente a Iori Yagami.

Terry sostuvo a Mai de la cintura, la mujer se negó a ser cargada y avanzó a paso lento soportando su peso en el rubio. Terry no hablaba, su semblante oscuro se denotaba rígido.

— Atacaron al anciano, el contacto de Kaoru. Lo siguieron hasta aquí. Espero que ella este bien. — Habló Mai deseando salir de allí pronto.

— Benimaru fue por ella, deben estar bien. — Puntualizó el rubio con tono seco.

— Dudo que aquel hombre lo haya logrado, tenía una herida bastante seria. La policía debe venir en camino. Deberíamos irnos antes ¿No? Papa Terry. — Indagó Mai desviando la atención del dolor que le generaba caminar. Dulcificando un poco la rigidez del rubio.

Terry sonrió con cierto aire de amargura.

— Debería matarlos. — Agregó resentido.

— Vaya vaya, Terry Bogard, ese no es nuestro modo de hacer las cosas. Creo que Yagami ha sido una mala influencia para ti. — respondió Mai socarrona y el rubio rio por lo bajo.

— Supongo que no. — Dijo con mejor tono de voz, tras lo cual giró la cabeza con brusquedad. Unos instantes después Mai fue abrazada con dolorosa fuerza hasta quedar de rodillas. Terry tenía un puño clavado entre la nieve, inclinado, cubriendo a Mai. Uno de los hombres que se supone yacía inconsciente, estaba siendo atravesado por el pedazo filoso de una protuberancia de roca que rompía el piso. La sangre se desmadejó densa y negra sobre la capa blanca. Terry rio con amargura.

— Eso…fue un gran descuido. — Gruño presionándose el abdomen y apretando los dedos en la nieve. Mai percibió aterrada como la camisa clara bajo la chaqueta se teñía de un tono oscuro que se expandía. Terry no logró mantener la posición y se recostó sobre la nieve inclinado hacia un lado.

— No, no, no. Terry. — Repitió Mai buscando la herida bajo la chaqueta.

— Hey hey, tranquila. —sonrió el rubio—. No es algo grave. ¿Estás bien? — Preguntó con cierta jovialidad mientras la mujer apreciaba que la herida no estaba ubicada en el abdomen y la sangre se esparcía por la nieve de manera profusa.

— Claro que no imbécil, estas herido y no es nada superficial. — Respondió alarmada con agresividad, le temblaran las manos por el frío, las heridas y el miedo. Terry sonrió con los ojos apagados.

— Damn chica…Yagami no es una buena compañía. Solías ser amable. — Sonrío sintiendo su cuerpo reaccionar de manera terrible a la herida, sabiendo que algo estaba realmente mal. Extendió la mano hacia la cabeza sombría Mai que se tornaba en formas borrosas, deslizó los dedos con torpeza por su cabello. El dolor incapacitante se extendía y sentía su mente embotada—. Hey… ¿Por qué esa cara... — Agregó quedamente sin borrar la sonrisa tras lo cual su brazo cayó pesadamente sobre la nieve.

Los gritos que pedian ayuda de Mai se extendieron hasta sus compañeros y acompasando su urgencia, las sirenas de la ambulancia desplegaron su eco en el fondo de la calle.


El primero en abrir los ojos fue Kyo. Su cuerpo ardía internamente, solo moverse le arrancó un gemido de dolor. El aire frío supuso un alivio temporal y se irguió tanteando su entorno, acomodándose a la penumbra, percibiendo la figura alta de Iori tendida en la tierra quemada con pequeñas flamas de fuego variopinto iluminando parcialmente sus cuerpos.

Se inclinó sobre él y le sacudió con delicadeza llamando su nombre. Su piel estaba helada y la quietud que lo embargaba era absoluta. Kyo sintió la presión dolorosa en el pecho que remite al miedo de perder algo preciado y se negó a pensar en otra cosa que no fuese despertarlo. Se acercó al rostro de Iori y cerro sus manos alrededor del cuello.

— No, no me harás esto después de irte de esa manera. — Susurró enojado. Dejo fluir con paso doloroso su energía hasta imbuir a Iori con ella. Al principio parecía no surtir efecto, siendo rechazada una y otra vez. Tras varios intentos en los que Kyo luchaba contra la desesperación de sentir el cuerpo inerte de Iori sin señales de vida, comenzó a filtrarse poco a poco; mezclándose de manera sutil, penetrando en el cuerpo del pelirrojo con una densidad hiriente para ambos, pero imbuyendo calor en cada fluctuación.

Kyo percibió como la esencia de Iori aceptaba su encuentro y el mismo se vio accedido por aquella comunión energética, sintiendo a Yagami como nunca antes, lleno de matices intensos pero cambiantes. Era como si aquella energía de Iori quisiera flagelarlo, imponerse, pero a la vez tanteaba su interior con docilidad. Kyo no supo cómo interpretar aquel estado, era la primera vez que lograba un vínculo espiritual.

La piel de Iori comenzó a retomar el color y una respiración profunda infló su pecho. Gruñó aturdido y entreabrió los ojos percibiendo la figura del castaño apartarse para darle espacio. Sentía algo ajeno y agresivo fluctuar en su interior, algo agradable y doloroso. Un contraste que para él solo podía tener el nombre de Kyo.

— Kyo…— Susurró con voz ronca y sus miradas se cruzaron cargadas de un extraño anhelo mutuo. El castaño mutó su expresión aliviada a una rabia insondable y extendió los brazos con brusquedad alrededor del pelirrojo.

Iori se vio aprisionado bajo un abrazo posesivo, dolido. El rostro del Kyo se hundía silencioso al lado de su cuello. Aquel acercamiento estaba cargado de necesidad, de rabia contenida y un cariño intenso.

Kyo, siempre Kyo, pensó Iori. Como un farol ardiente en medio de la más absurda oscuridad. Una luz que lo enceguecía mientras la perseguía, aquel ser al que temía llegar a entregarle todo y exigirle aún más.

Los brazos de Iori se doblegaron y rodeo la espalda de Kyo ciñéndolo con fuerza. Enterrando a su vez, el rostro en su cuello tibio. Ambos hombres mantuvieron aquel abrazo fuerte por largo rato.

—…No te atrevas a dejarme de esa manera otra vez…— Susurró Kyo al oído de Iori y este ciño aún más sus cuerpos un instante antes de deslizar la mano sobre el cuello del castaño para apartar su cabeza hasta mirarlo directamente. Kyo aún tenía aquella expresión indignada, dolida, pero acató dócil la manipulación de sus manos. Iori con un toque suave le levantó la barbilla y lo besó con una delicadeza contrastante al abrazo. El contacto cálido entre sus lenguas se alargó con suaves movimientos y menguo con la misma sutilidad que inicio. Reposaron sus frentes un largo momento manteniendo la cercanía y el calor mutuo en una quietud que no requería palabras para expresar el alivio que los embargaba al reunirse.

—…te he dicho que no necesito que me salves Kusanagi. — Habló Iori con poca convicción y sonrisa tenue. Se apartó con una suave caricia y se puso de pie.

— A mí me pareció todo lo contrario. — Gruño Kyo divertido tras dar un respingo de dolor al intentar levantarse.

— Gracias. — Dijo Iori con honesta calma y extendió la mano para ayudarle a levantar.

— Con que si sabes dar las gracias…— Esbozó Kyo una maliciosa sonrisa, Iori lo miró con dureza detallando la tela quemada de sus brazos. La piel desnuda desde el hombro se denotaba irritada y dejaba ver algunas quemaduras sectorizadas que el castaño no parecía denotar.

— Deja de usar tu fuego descuidadamente Kusanagi. — Aseveró el pelirrojo.

— No es un descuido si lo hago por ti. —agregó Kyo con cierta coquetería. Iori gruño incómodo y el castaño sonrió satisfecho al lograr aquella expresión evasiva y casi avergonzada en el pelirrojo—. ¿Estás bien ahora? — Preguntó Kyo detallando la figura de Iori, mucho más repuesta y menos pálida.

— No lo sé con seguridad. Pero me siento mejor. — Habló el pelirrojo con honestidad escrutando en su entorno. Ambos hombres apreciaron como la nieve densa había retrocedido ante la conflagración y observaron bajo la iluminación multicolor del fuego, como el hokora y aquella roca dentro de él habían desaparecido bajo escombros renegridos.

— Se honesto conmigo Yagami. ¿Que fue eso? —indago Kyo sin quitar la mirada de aquella cavidad en la montaña, donde se desarrollaron las visiones en las que se vieron atrapados—. La maldita criatura que asesinó a mi padre y que nos estaba dando caza… ¿Pactaste con eso? — Reiteró con cierta rabia.

— Si y no. —puntualizó Iori sin rodeos—. Es un Yokai menor, uno de los espíritus que nacen en la naturaleza del dolor y el cual cumple con la función de equilibrar a las criaturas vivas. Los Kagura lo atraparon con su magia corrupta y sellaron su poder gracias al Yata. Buscaban a sus enemigos con el espejo y por medio de él usaban al Yokai para destrozar sus voluntades antes de la guerra. A pesar de que las sacerdotisas purificaron la reliquia Yata, el Yokai siguió atrapado hasta que aquel monje reencarnó el pacto una vez más... — Explicó pensativo.

— Entonces el monje que te doblegó en aquel templo… ¿Es un legado de aquellos Kagura?

— Si…y el maldito monstruo que casi nos mata ahora pide mi ayuda. —bufó con rabia—. De alguna manera al ustedes interrumpir el ritual del Bikhsu, algo de esa criatura quedo dentro de mí y ahora desea que lo libere del pacto Kagura. — Agregó Iori revolviendo parte de las cenizas restantes del hokora.

— Esa cosa asesinó a mi padre y ha estado muy cerca de hacerlo contigo hace solo un instante. ¿Por qué habríamos de ayudarle? — Espetó Kyo reticente.

— Chizuru. —respondió Iori girando en dirección a Kyo—. Demore mucho en comprender las visiones. Fue ella quien me guio hasta aquí, asegurando que el Yokai solo está siendo manipulado por los Bihksu. Usando su poder como antaño para ubicarnos. —hizo una pausa acercándose a Kyo—. Takeshi tiene un pacto con un Yokai poderoso. Todo su poder radica en aquel ser que de alguna manera está ligado a este espíritu. Si liberamos a esta criatura atormentada, ella nos ayudara a neutralizar a su congénere, y su capacidad para anular nuestro fuego. — Puntualizó Iori. Kyo apretó los puños deseando creer en ello. Matar a Takeshi era un deseo profundo que carcomía su interior.

— ¿Por qué no te dice dónde está el malnacido de Takeshi y que planean con Orochi? — Insistió Kyo mordaz. Iori observó el hokora destruido tras ellos.

— Su voluntad está atada al pacto, Kusanagi. No podrá hacer nada relacionado directamente a ellos; no podrá darnos su ubicación o informar sus intenciones. Pero si puede mostrarnos el pasado y ahora es posible que pueda indagar más en aquellas visiones sin que ellos me detecten. —dio la espalda al altar y comenzó el descenso entre la penumbrosa nieve—. Esta vez seremos nosotros los sabuesos que rastreen la presa. Reduciremos a cenizas a todos esos bastardos. — Puntualizó Iori con una determinación asesina.

Kyo observó la silueta ancha del pelirrojo esperando por él en la penumbra. El fuego menguaba moribundo adecuando su visión a la noche. Era incapaz de confiar en aquella criatura que le había quitado tanto, que le había sumergido en el más absoluto dolor y casi había arrebatado a Iori de sus manos. Había aspectos que Yagami no parecía estar considerando.

— Confía en mi Kusanagi. — Sonrió Iori desde la ladera, regresando aquella frase que Kyo había lanzado tantas veces. Su rostro sonriente en la penumbra tenía un matiz macabro.

— No es en ti en quien no confió. — Aseguró Kyo dando alcance a Iori. Percibiendo sus finos rasgos sin ese toque despiadado de un instante atrás.

Al descender la empinada segmentada en el camino de roca bajo la iluminación violeta del fuego Yagami, el movil de Kyo vibró y este reviso previamente la pantalla. Bajo la grieta el nombre de Terry se deformó parcialmente.

— Kyo. —saludo puntual el rubio—. ¿Puedes regresar con nosotros? — Preguntó con tono urgido. La voz ahogada de Benimaru espetaba al fondo que no le preguntara si podía, que sencillamente le informara.

— Ya estoy con Iori, vamos de regreso. ¿Sucedió algo? — Preguntó Kyo extrañado.

— Mai y Kaoru se reunieron de urgencia con el contacto Yagami. Al parecer hay un problema con el plan y no pudieron esperar por nosotros. —hubo un instante de silencio mientras Terry pasaba por chat la ubicación del encuentro y Iori miró a Kyo indagante. El castaño le susurró que había pasado algo malo—. Benimaru y yo vamos rumbo al sitio, ya pasé las coordenadas donde están ellas. Me alegra saber que Yagami están bien, ya hablaremos pronto cuando nos reunamos. — El castaño asintió con un sonido corto y colgó.

— Algo salió mal con el plan de contactar al Yagami. Se reunirán en esta zona cerca al puerto sur. — Informó Kyo a Iori mostrando las coordenadas en el mapa. Iori asintió parco para luego detallar la grieta en la pantalla. El castaño replegó el celular, la sonrisa coqueta de Iori generó en él un acceso de repentina vergüenza.

Algo había cambiado entre ellos, pensó Kyo al evadirse caminando adelante. Algo sin retorno, que disfrutaba y que, aunque sabía bien que era, no deseaba cuestionar. Querer a Iori era como sumergirse en un pozo de peligro e incertidumbres al que estaba dispuesto a entrar las veces necesarias, porque en la profundidad de todas aquellas dificultades había algo que solo podía ser suyo.

El pelirrojo observó a Kyo avanzar mientras accedían a la carretera. Este ya era muy consciente de sus cercanías. Sus miradas, ademanes, preocupaciones y gestos, estaban cargados de una emocionalidad que intimidaba en cierta manera a Iori. Aceptar sus emociones por Kyo había sido un proceso arduo y difícil, incluso antes de que todo estallara y el castaño fuese consciente de ello.

Desvió la mirada de la silueta firme del Kusanagi, pensativo. Solo cuando perdió el Magatama, supo sin la influencia de Orochi lo que significaba Kyo en su vida, y ahora a pesar de la sensación reiterante de las voces que exigían su sangre como tributo, diferenciaba muy bien aquel sentimiento que era solo suyo.

Pensó en Kaoru y sus planes de reestructuración del clan Yagami. Aquella chica confiaba demasiado en la familia y Iori sabia por experiencia propia hasta donde podía llegar el orgullo y el deseo de poder de su linaje. Miró al cielo preguntándose si en realidad aquel contacto de Kaoru deseaba ayudarla. Sabía que la lealtad desinteresada no era una buena arma para negociar con los suyos.

Al acercarse a la moto cuando Kyo estaba dispuesto a tomar la posición de piloto, Iori le indico detenerse y deslizó su mano por el brazo de Kyo hasta tomar las llaves de entre sus dedos. La piel se denotaba rojiza y el tacto era caliente.

— Yo manejo, debemos atender esas heridas más tarde. — Puntualizó a modo de orden. Kyo sonrió algo sorprendido.

— ¿Tan agradecido estas de que te haya salvado el trasero Yagami? — Preguntó socarrón, sin lograr acostumbrarse a la actitud casi amable de Iori.

— Solo móntate Kusanagi. — Respondió haciendo rugir el motor. Kyo rio ubicándose tras la espalda de Iori. A pesar de todo lo sucedido esa naturalidad entre ambos parecía recuperarse con facilidad.

Ambos hombres avanzaron a gran velocidad por la carretera helada, mientras la ciudad desplegaba sus reflejos sobre el encapotado cielo nocturno.


En la ciudad la nevada era un roce tenue de copos que caían en éxtasi. El tiempo que les tomo llegar al destino superaba con creces las posibilidades. Al acercarse a la zona que señalaba el GPS ambos divisaron un despliegue de luces intermitentes azules y rojas en la distancia. Iori frenó mucho antes a un costado de la calle buscando visualizar de lejos el lugar.

Kyo avanzó por un callejón aledaño buscando salida a alguna calzada que diera al mar. Hizo una señal a Iori indicando un espacio baldío con vista al puerto del sur. Ambos se ubicaron en un ángulo que les permitía ver la curva saliente del terreno. No todo el sitio yacía cubierto al público y su costado al mar, donde reposaban enormes maquinarias, estaba abierto y lleno de sombras inquietas sobre la nieve.

Las luces de la policía reposaban titilantes tiñendo todo de tonos azules. El sitio estaba cercado y rebosado con personal de seguridad. Las ultimas ambulancias partían perdiéndose tras las puertas derribadas desde donde se percibían destellos blancos de cámaras rezagadas, pertenecientes a periodistas que buscaban una primicia.