37. Sordo.

Le dolía la cabeza incluso de esforzarse. Llevaba todo el día esforzándose: durante las clases, a la hora de la comida, en casa con su familia y ahora de vuelta a Forks para recoger a Bella del trabajo.

¡Y nada!

Seguía sordo. ¿O mudo era la palabra correcta? No podía pillar ningún pensamiento más al vuelo como hizo con los de Jacob Black en el aparcamiento.

Lo había comentado con Carlisle y lo único que se la había ocurrido era hacerle una radiografía por si era algo por culpa del golpe de la cabeza. Sonaba ridículo. Su padre adoptivo estaba tan perdido como él. Quizá era alguna laguna de los Volturis. O alguna manera innata de defenderse de los hombres lobo, de la misma manera que Alice no podía verles en las visiones. Quién sabe.

Y mejor eso, que olerles.

En medio de su discurso en el aparcamiento empezó a percibir un zumbidito, como cuando alguien sintoniza una radio y cuando le preguntaba que si eso era algún tipo de moda y que si el resto de su familia lucharía por su mortalidad, lo oyó a alta definición:

Lo ha hecho por Bella. Ha dejado de estar muerto por Bella. Nunca más volveré a subestimar a estas sanguijuelas. Podría haberla mordido y desatar una guerra por romper el tratado, pero no. Ha dejado de estar muerto para estar con ella.

El par de veces que se había topado con él cuando aún podía leer todo pensamiento en la faz de la Tierra – menos los de Bella – por su mente pubescente siempre pasaban esas cosas, preguntas del tipo de qué fácil cuando eres rico y guapo y todas las chicas caen rendidas a tus pies o que pena no se estrella con ese cochazo suyo tan plateado o por qué no desaparecerá para siempre. Celos por su relación con Bella, en definitiva. Eso, además de los prejuicios que su familia de quileutes le estaba inculcando le hacían una mente de lo más molesta.

¿Y ahora la podía volver a leer?

Carlisle siempre creyó que su facultad para leer mentes se debía a que como mortal seguro que había sido muy sensible a las sensaciones humanas. Puede que antes pasara esto. Pero, a escoger, preferiría cualquier mente antes que aquella.

La de Bella, por ejemplo.

O la de Alice.

¡Incluso la de Rosalie!

Menudo regalo el de los Volturis. Pesadillas y pensamientos ajenos que iban y venían. Si eso no era una broma macabra para amargarle lo que le quedaba de existencia, no sabía muy bien lo que era.

Gruñó de pura frustración, sólo, en su coche, aparcado delante de la tienda de deportes de los Newton.

La puerta se abrió a la vez que la luz del escaparate se apagaba para encender la del cártel y Bella salió seguida – como siempre – de aquel niño molesto. Iba hablando algo, con su verborrea en la que apenas paraba para tomar aire, pero ella – también como siempre – no parecía contenta con su compañía. Asentía automáticamente, seguro que para no ser descortés pero en cuanto alzó la mirada y le vio, sonrió.

Mike hizo lo mismo. Bueno, no. Dejó de mover los labios a esa velocidad y su semblante se cayó, como todos los días. Después le saludó con la cabeza y él respondió haciendo lo mismo.

-¡Hola!- exclamó Bella saltando casi dentro del coche- ¿Alguna novedad?

Él cerró los ojos y se concentró. Los volvió a abrir frunciendo el ceño. Que frustración. ¿Acaso creía que podría leer los pensamientos de Bella?

-No. No he podido oír nada más. Carlisle me hizo ir al Hospital y he tenido a Alice pegada toda la santa tarde.

-¿Dónde está?- preguntó ella mirando a los alrededores.

-Allí, con Jasper- señaló dos puntos blanquecinos en el principio del bosque- Emmett y Rosalie les darán el relevo cerca de tu casa- contestó cansado.

Ese era el plan de la supervisión vampírica en la que se veían inmersos toda la semana. Y segundo que pasara era más molesto que el anterior.

-¿Rosalie también?- preguntó ella, temerosa.

-Así Emmett no está solo. Tampoco es nada cómodo para mí, Bella- respondió frustrado.

Ni cómodo, ni agradable, ni funcional. Rosalie no había cambiado ni un ápice sus sentimientos hacia su nueva condición humana, no se había acercado a él, insistía en que debía irse a otro sitio más propio que en una casa con seis vampiros y todo lo echaba en cara a la mínima oportunidad. Si formaba parte de la supervisión vampírica era por Esme y Carlisle y porque seguro que si ella tuviera oportunidad, sería la que los atacaría.

-Pero…- dudó ella- Jacob dijo que los vampiros nómadas no están en la zona hace días, ¿no? ¿No podrían… levantarte el castigo?

Suspiró divertido. ¿Castigo? Pues sí, era un castigo. Un castigo propiamente humano por una acción humana aunque llevado a otro nivel. Casi como el castigo de Charlie Swan de no entrar en su casa por haber dejado catatónica a su hija tres meses atrás.

-Podría hablarlo con Carlisle- dijo Edward.

-¿En serio?- preguntó ella, jovial- ¿Y crees que nos dejarán hacer algo solos?

La sola palabra ya le hizo notar ese calorcillo por la espina dorsal. Con tanta oreja con súper poder a su alrededor en los últimos días apenas habían podido saludarse y despedirse con un beso porque la situación le ponía bastante nervioso, así que no se había llegado a plantear de nuevo su problema con las sensaciones humanas que Bella siempre parecía ávida de investigar, incluso cuando no eran ni humanas.

-¿Cómo qué?

-Las fiestas de Navidad están muy cerca. Podríamos ir de compras a Port Angeles. Los viernes no trabajo por la tarde, así que podíamos marcharnos mañana después de clase y quedarnos hasta la hora de cenar.

La cita que tenía planeado con Bella desde su primera noche humana, apareció por arte de magia en su imaginación: ellos en aquel restaurante pequeño con música de fondo, de mesas redondas y velas y ambos ¡cenando!

Pero esa magnífica visión se deshizo en añicos cuando alguien picó en su ventanilla.

-¡Dios Santo! ¡Alice!- exclamó.

Se quedó sonriente fuera, saludando a Bella con la mano y esperando que él, con el susto, pusiera las llaves en el contacto para bajar el cristal.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Iremos! ¡Iremos!

¿Para qué preguntar? Ella ya sabía de lo que hablaban.

-Nadie te está invitando. Si has oído toda la conversación, Bella quería que hiciéramos algo juntos y solos.

-¿En serio?- preguntó ella haciendo un mohín como si fuera a llorar.

-Siempre podemos ir otro día- contestó Bella llena de culpabilidad- ¿Crees que será posible? Te prometo que iremos a las tiendas que tú quieras y me compraré la ropa que tú quieras. ¿Por favor?

Alice se concentró cerrando los ojos y batió la cabeza resignada.

-Sí. No hay peligro en Port Angeles. Pero nos tendréis a Jazz y a mí detrás en cuanto crucéis la entrada del pueblo. Y a Emmett y a Rosalie al día siguiente cuando estéis solos en casa.

Edward miró a Bella en busca de explicación. Y dudó si pedírsela cuando la vio teñirse de rojo a púrpura en un segundo.

-Alice, déjanos solos- imploró.

Y su hermana contestó volatilizándose en un borrón que levantó aire. Edward elevó la ventanilla lentamente para después centrar su atención en Bella. Ella seguía abochornada hasta la raíz de sus cabellos.

-Había pensando que… ya que no hay peligro…- balbuceó- y como Charlie se va de pesca… decirle que tenemos que hacer ese trabajo de ciencias y pasar la tarde… ya sabes… en casa.

Dios Santo, qué habría visto Alice. Porque había mirado, le había quedado claro. Le habría visto de nuevo poseído por sus hormonas humanas descontroladas como lo estaban las chicas del aparcamiento. Sucumbiendo a Bella casi como la noche que tuvo que pasar con ella, diciéndole que quería ir poco a poco para no perderse nada y sonando igual de moralista cuando era un vampiro y no quería lastimarla.

-Aunque…- volvió a balbucear- si no quieres…

Bajó la vista y jugueteó con una de sus pulseras, regalo de su madre, que siempre llevaba, seguro que más avergonzada que antes.

-Sí, sí, sí que quiero- dijo él rápidamente- Sólo que… siento que Alice lo haya visto. Le digo que no mire en nuestro futuro y menos en cosas que nos pueden comprometer, pero así es mi hermana y su pasión voayeur. Será un fin de semana genial. Un fin de semana humano. Estoy deseando que comience.