DE AMOR Y TRAICIÓN
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CAPÍTULO XXXVII
Breves notas de las autoras:
Créditos financieros a los mismos de siempre.
Muchas gracias por su review's de hace quince días, fueron tan intensos como los capítulos que se subieron. Sus muestras de afecto a nuestros personajes nos han dejado con una enorme sonrisa, pues los sentimos queridos y nosotras halagadas. Agradecemos mucho sus comentarios, a quienes nos leen, a quienes apenas se sumaron en esta larga aventura y a los que nos recomiendan con otros lectores :3
Nuevamente estos capítulos son dobles. Los dos en el mismo día pues porque así avanzamos más rápido (cuando dije que serían ocho capítulos hasta el final, y considerando que esto sería la mitad… pues bien, espero que no me hayan creído porque siempre acaban saliendo más). El próximo sábado 19 (ya saben que no habrá capítulo) pero queríamos comentarles que estaremos en el WTC, en La Mole, ya saben, por si gustan saludarnos. Seremos las locas con una bebé disfrazada de Capitán América o Thor (aún no nos decidimos).
Sin más, a lo nuestro.
ADVERTENCIAS: AU, guerra, angst, elfos, seidh.
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DRAMATIS PERSONAE
Aesir:
Thor: Este es su fandom, por lo tanto todas lo conocemos.
Sif y Hogun: Generales.
Svana y Bileygr: Capitanes.
Fandral: Capitán de Thor.
Karnilla: Reina norn, mejor amiga de Svad y de Loki. Hermana de Hagen.
Ertan: Fiel de Loki, amante de Ari; actual prisionero.
Heimdall: Guardián del Bifrost.
Vanir:
Hjörtur y Hrafn: Los reyes gemelos.
Lord Tarkil: General de los ejércitos vanir.
Haraldur y Celtigar: Capitanes.
Elfos de luz:
Eyriander: Actual reina de Svartálfheim.
Eyvindur: Prisionero de Bölthorn, rey.
Eydís: Antes era el secretario de Eyvindur, ahora es el consejero de Eyriander.
Elemmíre: Hijo del fallecido Wose del Sur. Actualmente es el general de los elfos de luz.
Los istyar: Belfrast (vivo), Maika (amada de Belfrast, muerta), Níriel (se suicidó), Lómelinde (asesinada por el dragón). Aldor (en paradero desconocido).
Lady Nienor: Señora del Oeste, hija de Nenar (consejera de los gemelos vanir).
Belegaer: Amigo de Hagen, prisionero.
Artamir: Capital del señorío del norte.
Celebrant: Capital del señorío del oeste.
Elfos oscuros:
Hrimthurs: Rebelde, tratando de conquistar el oeste.
Bjarni: Madre de Svadilfari.
Svadilfari: Llamado Meletyalda, título real de Malekith.
Vanima: Aranmaitë, consejera del príncipe Svadilfari.
Dema: Encargada de cuidar a Loki.
Los elfos de Bain: Aerandir (líder y sanador). Amarië (amigo de Vanima).
Mercenarios:
Segsmündr: capitán de la compañía de la tormenta, asesino de Holme.
Los Bölthornianos:
Bölthorn: Dueño del observatorio.
Loki: Su esclavo.
Brun: General de las dísir.
Radu: Sanador y líder de los mercenarios norn.
Capítulo XXXVII:
Thor se había acostumbrado a contar con la visión de Heimdall. Sus ojos dorados eran una bendición para el reino. Pero Heimdall no podía ver Svartálfheim, ni a ninguno de sus seres queridos en ese sitio. Así se sintió Thor andando por el camino de Vanaheim a Svartálfheim. A ciegas.
Habían surgido en el reino del norte, atravesando otro arco de piedra, otro portal como el de Vanaheim. Los recibió la vista de una torre de guardia, unos vigías que se alegraron al verlos llegar y un pájaro mensajero enviado con presteza.
Thor había movilizado un ejército de seis mil soldados, entre los ulfhednar que comandaría personalmente, la caballería de Hogun y la infantería ligera bajo el mando de Sif. Los vanir aportaron tres mil jinetes incluyendo a sus reyes gemelos, su general Lord Tarkil, sus capitanes Haraldur y Celtigar; y su consejera elfa Lady Nenar.
El norte del reino no era un enclave entre bosques. Los aesir pronto se hallaron a sí mismos marchando sobre una calzada de adoquines rojizos, entre campos de cultivo. Un río, el Elivagar, fluía caudalosamente cerca de ellos.
Los mensajeros los escoltaron rumbo a la capital del Norte, Artamir. Se trataba de una ciudad amurallada. Hubo toques de cuernos que pronto fueron respondidos. Las puertas de la ciudad les fueron abiertas de par en par. Thor se halló junto con sus generales bajo un pórtico que conducía, no al interior de la ciudad sino a una segunda puerta. Artamir era inexpugnable. Difícil de conquistar aun para un dragón. Se decía que bajo tierra tenía túneles por los que un ejército podía pasar y salir en puntos estratégicos para rodear al enemigo. Un rumor atemorizante que era de dominio popular.
La segunda puerta de batientes gigantescos se abrió empujada por una cincuentena de elfos. El interior de Artamir bullía en actividad, pero el hermoso pueblo pronto dejó de lado todo para detenerse a observar al rey de los aesir que llegaba trayéndoles esperanzas. Anduvieron sin desmontar por la ciudad que tenía forma de ovalo, en su parte más alejada estaba su castillo que más bien era una torre blanca, a la cual le debía su nombre.
Las puertas de esta igual fueron abiertas.
–Alteza Thor. –Un elfo había salido a recibirlos. Se inclinó cortésmente ante él. Se trataba de Eydís, el secretario de Eyvindur. –Bienvenido seas, bienvenidos sean todos.
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Thor fue conducido al salón del trono de Torre Blanca. Era un lugar sencillo y amplio para celebrar asambleas. Cuando entraron se encontraron con que los elfos estaban poniendo una mesa rectangular y sillas para acomodarlos a todos. Había un escalón más elevado sobre el cual había una silla de madera. Tras esta se encontraba el estandarte de Lord Teros, una espada élfica envuelta entre hojas.
Eydís apresuró a los siervos y luego les ofreció bebida. Thor se sentó en uno de los extremos de la mesa, pues era quien ostentaba el rango más alto. A su diestra se sentó Sif, a su izquierda Hogun. Luego de sus generales estaban Karnilla, Hjörtur, Hrafn, y Lord Tarkil. Nenar también estaba ahí, a intentaba mantener su expresión serena aunque Thor sabía que estaba ansiosa por saber noticias sobre su hija: Lady Nienor, del Oeste.
Eydís servía a Eyvindur, y era a él a quien Thor más deseaba ver, pero al final quien traspuso el umbral y fue anunciada como reina de Svartálfheim, fue Eyriander. La reina iba ataviada de blanco, sin ningún adorno. Thor la recordaba alegre al lado de Frigga, una elfa benévola y dulce. Quien se presentó frente a él parecía resignada.
–Thor, mellon nin –lo saludó y ocupó su lugar frente a él.
La acompañaba Elemmíre, el cual se sentó junto a la reina en vez de permanecer de pie tras ella, no era por tanto su guardián sino su general. Eydís ocupó el sitio a la izquierda.
La elfa puso sus manos sobre su regazo como solía hacer su hijo y comenzó a relatarles una terrible historia. De cómo el dragón negro había destruido Vilwarin, de cómo Enya fue abandonada a su suerte para salvarse cuando los acechaban mercenarios, enanos y el mismo dragón. De cómo había perdido a su familia en medio de todos esos horrores. Eyvindur había atraído al dragón negro hacia él mientras la guardia y los ases luchaban contra sus enemigos. Ninguno de los que se quedó atrás había logrado evadirse, pero con sus vidas habían conseguido poner a salvo a una buena parte de la ciudad moribunda, casi dos terceras partes de los elfos había escapado rumbo al oeste y al norte.
–Aldor, Lúne, Wose, Telenma, los cuatro han muerto. Ayer enterramos a Teros. He nombrado a Elemmíre general y a Eydís mi consejero. La princesa Lara está cautiva y Eyvindur… –la elfa no lloró, aunque sin duda lo había hecho. –Desconocemos su destino, está más allá de nuestra vista y de nuestros oídos. Tan sólo imploro a las nornas que si su vida ha terminado, nuestros enemigos le hayan permitido emprender el camino hacia Naira Anar, y que no haya sufrido en demasía –la voz de Eyriander se fue apagando hasta convertirse en un murmullo.
Todos callaron. Le habían guardado un gran cariño a ambos, a Hagen y a Eyvindur; además de que siempre habían admirado a Teros por su fuerza, y a otros muchos de los elfos caídos.
–Alteza –la voz de Sif rompió el silencio. –Lamentamos profundamente tu pérdida y la de tu pueblo. Sin embargo, necesitamos saber contra qué estamos luchando.
Eydís se levantó y fue a por un mapa el cual desplego sobre la mesa. Procedió a explicarlo.
–Thyra hizo pactos con mercenarios, con elfos oscuros y con dísir, ahora sabemos que fraguó este plan largamente. Aprovechó nuestro dolor por la muerte de Larus, el levantamiento de Ausmünd y la guerra en el espacio contra los elfos oscuros para que la semilla que plantó, floreciera. Tienen Barad Eithel en el sur, el observatorio del este y Vilwarin, no existe más.
–El observatorio –dijo Hogun. –Su reliquia obstruye al Bifrost por ello arribamos por la senda entre mundos. ¿Tienen vigías en esa zona?
Elemmíre tomó la palabra.
–Mataron a los vigías que resguardan los caminos de nuestro mundo. Sin embargo, ayer puse en rumbo hacia el este un grupo de avanzada que deberá recabar noticias y hacérnoslas llegar. Por el momento no sabemos nada, excepto que aquel que controla al dragón está en esa zona.
–¿Muspell?
–Tiene forma de elfo oscuro, nadie ha visto a ningún gigante de fuego, pero si dominan al dragón es que esa raza debe estar involucrada de alguna manera –habló Eydís.
–Bölthorn –dijo Thor. –Si parece elfo oscuro pero tiene poderes de demonio debe tratarse de Bölthorn. Es un cambiaformas.
Sif lo miró interrogante pero Thor no explicó en ese momento como es que conocía la identidad de ese rival.
–Hay un ejército de cuatro mil mercenarios montados en lobos de Hel, que viene en camino. –Siguió Elemmíre.
–La compañía rosa –dijo uno de los gemelos. Elemmíre negó.
–Su blasón es el martillo de Thor.
–Segsmündr –corrigió el otro gemelo.
–Cuatro mil y lobos de Hel. Bastarán como un comienzo –dijo Sif.
Aquel breve concejo de guerra concluyó. Elemmíre les prometió recabar noticias lo antes posible. Thor siguió a Eyriander cuando ella ya se retiraba.
–Alteza –la detuvo por un hombro con gentileza. Eyriander ahogó un sollozo. –Lo siento.
–Siempre te tuvo en muy alta estima, hablaba de ti con cariño. Yo siempre fui débil, me rodeé de poderosos seres para que me protegieran, mi rey Larus, Lord Aldor, Lúne, Teros, Telenma, Wose, Hagen y Eyvindur. ¿Dónde están todos esos valientes? –Eyriander se enjugó una lágrima con delicadeza. –Pero ahora estás aquí, no deseo venganza, ni siquiera justicia, lo único que anhelo es salvación. Mi gente te seguirá.
Thor asintió.
–Fandral estaba en Vilwarin.
–Su espada protegió a los que partían rumbo al oeste, y después se unió al grupo que huía en esa dirección. Lady Nienor nos envió un ave mensajera, Fandral está vivo y a su lado. –Thor sintió alivio de saber eso, luego de las duras noticias que había recibido.
–Necesitaremos comida, oteadores y alojamientos.
–Eydís se ocupará de todo. Puedes considerar Artamir tuya.
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Aquel día diluvió toda la mañana y las nubes se despejaron por la tarde, cuando escampó. En ningún momento vieron el sol. Karnilla miraba más allá de Artamir, hacia las llanuras verdes de Svartálfheim, como si aguardara por algo; y fue ahí donde Hjörtur la encontró.
El joven rey palideció y sintió que su voz se reducía a un triste suspiro en la garganta. Se habían estado carteado mediante el hechizo que Karnilla había mencionado, burlando los ojos indiscretos que vigilaban su relación, y por ello no habían perdido el contacto, pero eso no significó que Hjörtur supiera como abordarla, por escrito, todo le resultaba más fácil. El pergamino no tenía esos ojos aterciopelados.
–Hola –la saludó con falta de originalidad.
Karnilla enderezó su cuerpo, había estado recargando parte de su peso en la muralla de la fortaleza. Ella estaba ahí, en medio de esa guerra, porque le había insistido a Thor en acompañarlo. Había hecho más que eso, había solicitado que le diera al menos una unidad del clan que tenía en Nornheim. Ese del que Stánic le hablaba en sus misivas y que estaba conformado por primos lejanos y los que fueron partidarios de Kaarina o de Gerenot en su tiempo. Thor se había negado, haciéndole ver que si sus leales salían de Nornheim posiblemente el clan de Oxater, su más acérrimo enemigo en Nornheim y al cual Karnilla ni siquiera conocía en persona; se levantaría en armas. Lo que menos querían era un problema con los norn cuando ya tenían uno en Svartálfheim. Luego procedió a explicarle que no podía ponerla en peligro porque era reina. Karnilla se enojó, tal vez fuera reina, sin embargo no se sintió como tal.
"No lo entiendes, aún sin guerreros norn, debo ir. Le juré a Eyvindur que Héroïque y yo seríamos las espadas que Hagen le aportaba". Karnilla estaba segura de que el romance de su hermano con el elfo no era un secreto para Thor. "Debo honrar mi palaba. Tú más que nadie debes entender eso, y si no es así, entonces te recuerdo que soy la mejor sanadora de la cuál puedes disponer. Me necesitas". Si Thor no entendía sus razones, ella estaba muy dispuesta a obligarlo a aceptarlas así tuviera que maldecirlo.
No hizo falta. Karnilla había llevado a quince de sus mejores doulas junto con los veinte maestres que Velaryon había enviado. Los sanadores siempre escaseaban en las batallas, si lo sabría bien ella que ya había participado en un conflicto bélico.
Hjörtur estuvo a la espera de una respuesta más larga que el asentimiento de cabeza que ella había hecho como signo de reconocimiento, así que la obligación de hablar recayó en él. Sólo que no supo qué decir con exactitud. No podía decirse que la naturalidad fuera la característica de su relación, y no le parecía que la gente en su situación, o sea comprometidos, debieran hablar del clima.
–Esto es absurdo –pensó al notar su nerviosismo. –¿Te molesta que este aquí?
–No –dijo serena ella.
–Lamento lo sucedido con Hagen. Estoy seguro de que él hubiera preferido caer en batalla que mediante la maldición de Muspellheim –dijo.
Karnilla pestañeó, pareció reaccionar de su ensimismamiento.
–Una vez me dijo que si debía morir, quería que fuese en el fragor de la batalla o asesinado por una amante despechada mientras follaban, eso sí, esperaba que en cualquiera de las dos opciones, todo pasara rápido. –Hjörtur sonrió sin poder evitarlo por qué le pareció casi escuchar a Hagen decir esas palabras. –Antes de que me contaran que había caído presa de su maldición, ya sabía que algo funesto le había sucedido. Lo sentí dentro de mí, a través del lazo que compartimos. –Se llevó una mano al pecho. –Ya no siento su presencia, y es por eso, que sé que está muerto.
Aún la vez en que lo hirieron los lobos de Hel, lo había sentido a salvo a través de su lazo, por eso no se preocupó por él. Pero ahora, Karnilla no sentía sino un halo de frialdad ahí donde debía estar su hermano.
Hjörtur meditó que si él perdiera a Hrafn, no podría estar tan entero ni demostrar la mitad de la fortaleza que ella aparentaba. Aun así, pensó que Karnilla había necesitado la confirmación de que Hagen estaba perdido.
–No puedo dejar de pensar qué en parte es mi culpa –soltó de pronto Karnilla. Hjörtur no entendió a qué iba aquello, pero negó con énfasis.
–Estoy seguro de que no… –Karnilla alzó una mano para interrumpirlo.
–Cuando estábamos en la guerra de los Cuatro Reinos –empezó a contarle –y habíamos perdido a mi tío Gerenot y el reino, Hagen estaba devastado. Yo quise animarlo y le hablé de una profecía que había tenido: Lo había visto rodeado de soldados, de los cuáles no podía ver ni sus armaduras ni sus estandartes, pero lo aclamaban coreando su nombre y bendiciéndolo. Pensé, que no podía ser otra cosa que una predicción de nuestra victoria. Se lo dije y Giselher lo escuchó. Fue él quien me dio el laitale para invocar a Surtur.
–Giselher siempre fue muy… necio –dijo por lo que recordaba y por lo que su propio padre le había dicho del difunto rey alfh.
–Mi abuela Kaarina no se encontraba con nosotros en esos momentos, se había quedado atrás atendiendo a unos heridos. Estoy segura de que ella me hubiera detenido, que no habría permitido que Giselher me convenciera de abrir un portal a los infiernos –su voz se apagó por un momento pero retomó velozmente el hilo de la historia. –Cuando apareció Umarth para hacer el trato con ellos, sentí miedo y le pedí a Hagen que no accediera pero él me dijo: ¿De qué me sirve mi alma si todo lo que me rodea ha sido destruido? Para él, estábamos viviendo el fin del mundo.
–Nunca pensé que fuera fatalista –dijo Hjörtur.
–Era más bien práctico. ¿De qué servía su alma en el fin de los tiempos? –le repitió. –A veces a los hechiceros nos engaña nuestro seidh, a veces tenemos visiones tan claras que pensamos que es el futuro mostrado por el Yggdrasil cuando en realidad son deseos nuestros; yo quería verlo a él invencible. –Una lágrima silenciosa escapó de los ojos de Karnilla, se la enjugó con su mano, no eran sus palabras las que la afectaban sino el recuerdo. –Le dije que no lo hiciera pero no me escuchó, y después no pensé en ningún alegato que lo convenciera de lo contrario, ¿qué le iba a decir? ¿Qué tuviera esperanzas de derrotar a los aesir y a los jötun sin ser dragón? ¿Qué se aferrara a un amor que no conocía? ¿Qué no lo hiciera por Kaarina, Héroïque y por mí? Debí de haberlo intentado, aunque no tuviera esperanzas, aunque jamás he creído en el amor.
–Hagen siempre me pareció un tipo muy decidido, claro en sus decisiones y que no se retractaba de lo que hacía, decía o pactaba. Seguro que hubiera encontrado la manera de invocar a Surtur aunque tú no le hubieras ayudado. –Le dijo Hjörtur sin atreverse a acercarse más, ni siquiera le tendió un pañuelo para que limpiara sus lágrimas.
–Estaba arrepentido –le reveló Karnilla. –Tal vez antes no, pero después de que el planeta de Muspellheim casi lo transformara en una bestia sin raciocinio, tenía miedo. Hace poco estábamos bebiendo en mis habitaciones en Asgard. Sólo quedábamos nosotros dos y me contó que había hablado con Lómelinde, la hechicera de los elfos de luz. Le había preguntado si alguien no nacido elfo o enano, podía ser acogido en las salas de Naira Anar. –Hjörtur asintió, interesado en la historia. –Ella le dijo que aquello podía ocurrir en ocasiones extraordinarias, en que la gracia de la diosa se concedía a alguien de otra raza; y entonces mi querido hermano se lamentó por haber vendido su alma, porque para él, al morir no habría otro camino que el yugo de Surtur mientras que Eyvindur seguiría su camino hacia su diosa. –Hjörtur volvió a asentir. No se sorprendió de que Karnilla mencionase a Eyvindur como la raíz del arrepentimiento de Hagen. Hrafn le había hecho notar que durante la boda de Sif parecían demasiado unidos; y que además casi no salían de su habitación; y por supuesto que ni Hrafn ni él creían que estuviesen jugando al hnefatalf. –Y sus temores se han hecho realidad. –Finalizó Karnilla.
Hjörtur se acercó hasta ella y la rodeó con los brazos intentando confortarla. Karnilla se lo permitió, no sin dejar de notar que él la tomaba con determinación, con la misma con la que la había cargado aquella vez en el bosque. A ella le era fácil decirle esas cosas que la carcomían, no sólo porque él no la juzgaba o intentaba confortarla con palabras vanas; sino porque lo consideraba inofensivo.
Usualmente era ella la que ofrecía consuelo y alivio. No estaba habituada a recibir ni una cosa ni la otra. Hjörtur se quedó con ella hasta que las lágrimas se le acabaron.
–Gracias –dijo ella.
–No he dicho nada de ayuda –se lamentó Hjörtur, y era verdad, se había quedado en silencio barajando frases que no fuesen muy trilladas pero no se le ocurrió como consolarla.
–Aun así, gracias por escucharme.
–Las penas son menos si las cargan dos personas –él sí sabía eso, pues toda su vida había contado con Hrafn. –Podemos hablar cuando quieras.
Karnilla se recordó que no esperaba de Hjörtur, que fuese alguien a quien pudiera contárselo todo. Con que pudieran ponerse de acuerdo le bastaba. Lo miró raro por su invitación a intimar y confiar; él se amilanó.
–Vamos, tenemos que prepararnos para la guerra. –Ella anduvo de vuelta a Artamir, dueña de sí misma otra vez.
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El reino del este era el más pequeño de los cuatro, también era el menos poblado. Su centro político era el observatorio, y alrededor había bosques y granjas que habían pertenecido a unas cientos de familias de elfos de luz, contaban con un mercado y un cuartel de guardias. Los sembradíos estaban en terrenos inundados debido a los ríos y a las lluvias. Contaban con una represa para tal efecto. En el este no había un castillo, el observatorio era el eje de la vida.
El drakar de Svadilfari atracó cerca del mercado en un espacio abierto que funcionó perfecto como enclave para aterrizar. La primera en descender fue Vanima.
Un grupo de elfos oscuros se había reunido para recibirlos. Vanima estaba al tanto de que Hrimthurs había dejado a parte de su gente en su enclave, pero no esperaba que fuesen tantos. Había unas quinientas personas a las cuáles se les iban sumando más y más. Cuando ella bajó del drakar la seguían un par de ohtar que eran sus guardias personales. Iba vestida con sencillez pues no esperaba semejante recibimiento. Los elfos la observaban con recelos y eso la descolocó.
–¡Vanima! –De pronto uno se adelantó. Tenía cabello rubio, cuidadosamente trenzado. Era joven y delgado, con rasgos andróginos y ojos azules enmarcados en largas pestañas. Fue a ella con pasos cadenciosos. En un principio no lo reconoció pues la última vez que se habían visto, los dos eran bastante diferentes.
–Amarië –dijo su nombre y recibió a cambio un abrazo. El joven llevaba puesto un mantón de tonos violetas que se ajustó sobre los hombros. Habían ejercido la prostitución como medio de vida en distintos festivales de los nueve. Invariablemente se topaban uno con el otro. Amarië era un catamita que solía vestirse como mujer para deleite de una clientela muy particular. Su nombre de hecho significaba: doncella hermosa, él lo había escogido así. Sin maquillaje, ni prendas ajustadas, ni el halo de sordidez de su antigua profesión, no lo había reconocido. –Jamás hubiese imaginado encontrarte aquí.
–Ni yo, lo último que supe fue que Telenma había derribado a Válk, pensé que habías muerto. –Le dijo con un tono de voz algo afectado.
–Yo igual me pensé y me sentí así. –Vanima observó a los elfos oscuros tras Amarië. –No esperaba esta multitud de bienvenida.
–Tenemos curiosidad, queremos ver a ese príncipe descendiente de Malekith del que tanto se ha dicho. –Vanima sonrió. Ella había sido artista itinerante y sabía hacer entradas aparatosas y llamativas, ya habían hecho una delante de Thyra y Hrimthurs pero no se suponía que tuvieran que hacerlo de nuevo para su propia raza.
"Además de que Svadilfari no es un circo itinerante" se dijo.
–¿Es ese? –Inquirió Amarië.
Svadilfari bajaba en ese momento de la nave llevando a su madre del brazo.
–Es Meletyalda Svadilfari. –Amarië pareció recordarlo, cruzarse con la flota de Hrimthurs había sido habitual en el pasado, un común denominador para la raza de los elfos oscuros. Vanima notó desencanto en su mirada.
Los ohtar venían con ellos, se habían rehusado a apartarse de su príncipe. Nulka, Tankol y todos los demás, se habían ido al oeste. Al igual que ella, Svadilfari pareció fuera de su elemento ante la fría bienvenida que la multitud le prodigaba. Aún así, Amarië se acercó a hacerle una reverencia a Bjarni y a poner el este a disposición de Svadilfari.
–Excepto por el observatorio que pertenece a nuestro poderoso Bölthorn –aclaró.
–Te agradezco –dijo Svadilfari con aplomo. –Mi madre necesita descansar.
–Síganme, los conduciré a un hogar provisional –le dijo Amarië. Y los condujo por caminos despejados rodeados de árboles que empezaban a amarillear en esa época del año.
Por el camino Amarië les fue contando algunas cosas de la región. Los elfos los saludaban y miraban a Svadilfari con abierta curiosidad. Ellos venían del puerto de Bain. Se habían negado a marchar a la guerra aunque habían seguido a Hrimthurs fuera de su ciudad cuando fue destruida por las dísir. Se habían instalado en las fincas que habían sido de los elfos de luz.
–¿Dónde están los elfos de luz? –Le preguntó Vanima mientras andaban.
–Muertos. A algunos los incineramos, a otros se los llevó la corriente del Elivagar.
–Me refiero a los que estaban en las granjas, no los que murieron en batalla.
–Huyeron hacia el sur y hacia Vilwarin pues creyeron que ya no existía esperanza –respondió Amarië.
–El sur y la hermosa Vilwarin han sido destruidos –le dijo Vanima. Amarië asintió.
–Me hubiera gustado ver Vilwarin, en Bain se hablaba mucho del rey, de cómo lucía en el jardín de los mallorn durante la festividad de la diosa Anar. Decían que no se es verdaderamente elfo a menos que lo hubieses visto en todo su esplendor, en el corazón de este reino. –Dijo Amarië y Svadilfari pareció empequeñecer avergonzado.
Vanima hubiera debido decirle algo acerca de que él no había tenido la culpa por lo acontecido, pero entonces llegaron hasta una cerca blanca de madera que rodeaba una casa de aspecto encantador.
–¿Es aquí? –Inquirió Bjarni mirando el sitio, era hermoso, tenía un jardín cuidado y la casa poseía amplias ventanas que seguramente bañaban en luz el interior.
–Era de Lady Níriel –dijo Amarië envenenando sus expectativas. –Pero no se preocupen, ella ya no la reclamará.
–Será un alojamiento temporal –se apresuró a decir Svadilfari. Amarië se encogió de hombros.
–No sientas pena príncipe, yo vivo en la que era la casa de Lord Aldor, con nuestro líder. –Vanima miró a Svadilfari elocuentemente, diciéndole sin palabras que ella se encargaría de todo. Svadilfari entró a su madre seguido de unos pocos de sus elfos.
–Yo también requiero un hogar, igual que el resto de los ohtar. ¿Estará disponible la casa de otro istyar? –Inquirió con algo de cinismo.
–Todas están tomadas, la de Níriel era la última que quedaba; pero tenemos otras si no te importa que no tengan tan elevado abolengo.
–No me importa. ¿Dónde puedo alojar a nuestros guerreros?
–Había un cuartel general de los guardias del este, creo que les vendrían bien a tus ohtar. Se pueden quedar ahí.
Vanima se tomó su tiempo instalando a los ohtar y consiguiéndoles comida antes de buscar donde alojarse ella misma.
–Dijiste que tienen un líder –mencionó ella cuando dejaron atrás el cuartel.
–Se llama Aerandir, él nos dirige aquí. Allá –señaló el domo oscuro que cubría el observatorio –manda Oromë, Hrimthurs lo dejó a cargo de los pilares, pero nunca sale de ahí.
–Por tanto no siguen a Hrimthurs.
–Perdona que te lo diga Vanima pero si he de serte franco, Hrimthurs es un hijo de puta.
–Tú eres una puta.
–Yo era una puta –la corrigió sin añadir un "igual que tú". –Me retracto, considerándolo bien, decir tal cosa es un insulto a las putas. Ven, quiero que conozcas a Aerandir y después te busco una casa.
–Si no quieren a Hrimthurs –Vanima anduvo tras él ya sin su escolta. La noche empezaba a caer y las luces en las casas se encendían de a poco. Ella fue descubriendo que todo el este estaba rebosante de elfos como si nada hubiera pasado ahí, salvo que los pobladores originales habían cedido cortésmente su sitio a unos nuevos. –Si no quieren a Hrimthurs, entonces Svadilfari no es su príncipe.
–No pedimos príncipes ni reyes a nadie. Sólo queríamos un hogar, un sitio donde estar a salvo y ya lo teníamos.
Todos los elfos oscuros de cualquier profesión solían meterse en altercados y eran apaleados al menos una vez en su vida. Por la ocupación y el aspecto de Amarië el atraía el triple de problemas. Su nombre se asociaba a un incidente en el que Amarië había castrado a un comerciante as que trató de propasarse con él. Los compañeros de tripulación del afectado se le habían echado encima para lincharlo, los elfos lo sacaron medio muerto de la trifulca y luego cuando los ases reclamaron venganza lo abandonaron. Nadie sabía cómo le había hecho para escaparse de los ases y había quien dudaba de que aún fuese un hombre completo. No había sitio para él, a veces ni entre su propia raza. Pero ahora afirmaba que tuvo un hogar y que lo había perdido. Seguro tenía una historia interesante que contar, Vanima quería escucharla pero aún no era el momento.
–Svadilfari nos proporcionará un hogar, como hizo en Asgard. –Afirmó Vanima.
–¿Eras feliz en Asgard?
–Sí, en pequeño Alfheim –le contó ella.
Llegaron a la anterior casa de Lord Aldor, en los escalones de la entrada estaba sentado un elfo oscuro que fumaba una pipa con tranquilidad.
–Aerandir, te traigo a Vanima Aranmaitë. –Los presentó Amarië. Lo primero que Vanima notó fue el parecido físico entre ellos. Tenían el mismo cabello rubio, los mismos ojos azules y la misma forma de la boca. No podía ser su padre pues ella sabía que Amarië no tenía uno.
–Te agradezco sobrino –dijo el elfo haciendo aros con el humo de su pipa y confirmando su parentesco. –Hermosa consejera, te invito a cenar con nosotros. –Ella aceptó con un asentimiento.
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La cena la preparó Amarië y consistió en sopa de cebada y papas asadas acompañadas de unas cervezas que debían ser de Asgard por su sabor. Durante la cena Amarië y Aerandir le contaron sobre la caída de Bain.
–Empezó con Kyara, nuestra bruja local, corriendo despavorida gritando que estábamos rodeados. Tuvo razón, por supuesto, pero era tarde para evadirnos. Bölthorn rompió la barrera que nos ocultaba y creó una propia. Sus dísir bloquearon todas las salidas. Lord Herryk de los enanos y Hrimthurs iban con él. Nos ofrecieron albergarnos en su paz si jurábamos lealtad a su causa; y muerte si nos negábamos. Nos dieron sólo una hora para decidirnos –fue diciendo Amarië mientras su tío masticaba con parsimonia su comida. –Obviamente juramos lo que querían. Hubo quien trató de luchar, quien trató de negociar. Kyara ofreció sus servicios como bruja a cambio de que perdonasen a su hijo pequeño pero Bölthorn fue implacable, sólo indultó a elfos oscuros y enanos. A nadie más.
–Lamento mucho lo que perdieron. –Hubo silencio antes de que ella se aviniera a preguntar. –¿Saben que fue de Lord Aldor?
–Está muerto –respondió Amarië. –Las dísir incendiaron el pueblo, él hizo lo que pudo con su magia pero fue insuficiente. Pobre viejito, era de mi agrado.
–No hablemos más de Bain –interrumpió Aerandir. –Cuéntanos lo que pasó en Vilwarin.
Vanima así lo hizo, relatándoles su llegada, la destrucción de la ciudad, el cautiverio de los elfos de luz y también les habló del suplicio de Eyvindur. Los dos la escucharon con seriedad, reprobaban la crueldad de Thyra y de Hrimthurs.
–Las nornas los maldigan a ambos. Seremos enemigos entre razas para siempre. –Dijo Aerandir.
–Thyra está muerta, Hrimthurs no hizo nada.
–¿No? –Protestó Aerandir. –Porque lo hiciste sonar como que estaba junto a Thyra mientras torturaban al rey.
–No tenemos que ser enemigos por siempre, Svadilfari no quiere muertes ni destrucción.
–Pero igual se trajo un ejército, gran manera de probar su punto, apoyando la conquista de su padre.
–Él salvó a Eyvindur. Intervino, lo protegió, le dijo a Thyra "revoco tu sentencia" y así lo hizo. Se mostró estoico aun cuando ella amenazó con echarnos encima su ejército el cual nos superaba en número. El rey elfo y él eran amigos –dijo Vanima con tristeza. –Él sólo quiere paz.
–¿Tienes dónde vivir mi lady consejera? –Preguntó Aerandir –tenemos habitaciones de sobra.
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La mañana los saludó con el rumor de pies que se arrastraban por el camino. Los elfos del este acudieron prontamente. Los prisioneros de Vilwarin arribaban por fin. No sólo había elfos de luz sino también ases. Marchaban forzadamente y trastabillaban cuando las dísir los empujaban para que recuperaran un paso homogéneo. Habían sido despojados de armaduras, armas y cualquier joya o ropa de valor, pero de todos modos no se les notaría pues la suciedad de la caminata, parecía aumentar a cada paso que daban. Sus expresiones eran atormentadas. Casi todos eran hombres, salvo algunas mujeres mayores que se habían salvado del apetito de los mercenarios. Algunos miraban al suelo para evitar los ojos de la gente a su alrededor, otros observaban suplicantes a los que habían ido a contemplar el preludio de sus muertes.
Las dísir desfilaban a su lado, ordenándoles que se apresuraran y dejaran de lamentarse. Había un pequeño grupo de norn que los seguían. Svadilfari no se apersonó pero Vanima sí lo hizo. Un par de norn llevaban una estera donde iba alguien tendido, cubierto por una sábana como si hubiera fenecido. Vanima sabía que sólo un elfo era lo bastante valioso como para que lo llevasen herido en lugar de permitirle sucumbir a la muerte. No podía ser otro que Eyvindur.
Amarië y Aerandir estaban con ella. Amarië se adelantó pasando entre las dísir rumbo a ese prisionero, lo descubrió revelando al rey, tan destrozado como lo habían dejado en Vilwarin. Los elfos se agitaron murmurando. Vanima los vio empuñar espadas.
Brun, la capitán de las dísir agarró a Amarië de un hombro y lo arrojó a un lado de un empellón. Volvió a cubrir al rey elfo y miró a los presentes desafiante como retándolos a acercarse.
–No las provoquen –les advirtió Vanima. Los ohtar se acercaron con determinación esperando una orden de su parte. –Son prisioneros de Bölthorn.
Buscó la mirada de Aerandir pidiéndole apoyo. No necesitaban una trifulca con las dísir con tal de apoderarse del rey elfo.
–Ya la oyeron, dispérsense –dijo el viejo elfo y todos así lo hicieron. La comitiva de prisioneros siguió avanzando. –Haznos un favor Vanima, y pregúntate con que mentalidad tú príncipe y tú están aquí.
–Estoy cansada de ser una paria pero aun así no quería una guerra, lo único que deseo es un hogar, un pedazo de Svartálfheim que nos pertenece por derecho. Quiero paz…
–Si tal es el caso debes aprender a mirar la realidad con la voluntad de hacer un cambio, y si es verdad lo que dices, exígele a tu príncipe que cree puentes de alianza entre los elfos. Porque después de lo que acabamos de contemplar, no puedo creer en la paz que pregonas. –Vanima se quedó sin alegatos. –Yo aprendí a mirar desde el otro lado, desde el bando contrario, y tú tendrías que hacer lo mismo porque ostentas un rango de poder. Hritmhurs no parece ser consciente, ni compasivo, con quien es su igual. Yo pensé que Svadilfari era diferente a él.
–Svadilfari es diferente –lo defendió Vanima de inmediato.
–Demuéstralo –la retó el elfo. La dejó atrás, sintiéndose muy frustrada.
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Ertan conocía las prisiones, no en balde él había manejado las de Valaskialf. Así que cuando las dísir los hicieron descender por unas escaleras en el interior del observatorio, Ertan reconoció de inmediato que se trataba de alguna bodega acondicionada para serlo. Aquel espacio había sido dividido con barrotes, para generar celdas reducidas. Le pareció una forma muy arcaica de encerrarlos. Lo separaron de sus compañeros aesir pero lo confinaron junto con dos elfos de luz, uno de ellos era Belegaer. Les quitaron las cadenas y les arrojaron una paca de heno, proveniente seguramente de las caballerizas y que tendría que ablandar el frío suelo.
A Eyvindur no le dejaron compañía, lo depositaron inconsciente en la celda contigua. Los prisioneros se quedaron silenciosos o al menos hasta que estuvieron seguros de que las dísir se habían marchado y no volverían. Ante la visión del encierro, se desvanecieron las vanas ilusiones que algunos todavía concebían. Ertan aún quería creer que Thor y los aesir llegarían antes de que las dísir los devoraran. Se recostó contra la pared de la bodega, aún le dolían las costillas pero eso pasó a segundo plano, cuando empezó a pensar en Ari y en la casa que habían comprado, su siguiente pensamiento fue más bien casi tangible. Tenía hambre. Les habían dado de comer un mendrugo de pan hacia dos días, y no parecía que los fueran a alimentar mucho más. Claro, las dísir devoraban almas, no necesitaban que el cuerpo que las contenía fuese robusto y carnoso.
Ertan observó a Belegaer estirándose, tratando de alcanzar a su soberano a través de los barrotes, pero no lo consiguió. El aesir cerró los ojos, exhausto de la marcha a la que los habían sometido, y se quedó dormido. Ni siquiera recordó la paca de heno, se quedó sentado en el suelo.
Cuando despertó, le pareció incomprensible que se hubiera quedado dormido en semejante situación. Pero no había sido el único, el otro elfo había hecho lo mismo, haciéndose ovillo cerca de la puerta. Al aesir no le preocupó demasiado hasta que varias horas después, descubrió que éste no se movía en lo absoluto. Que de hecho, estaba muerto.
–¿Cómo? –Preguntó Ertan, sintiendo terror de pronto por la idea de que las dísir los hubieran diezmado y mientras, él hubiera estado dormido.
–Ambartanen –respondió Belegaer –es un hechizo, si tienes seidh este se repliega a tu interior y te mata silenciosamente. –Así pues su compañero de celda se había suicidado. Ertan comprendió que con lo desesperado de la situación, era fácil que por la cabeza rondara la idea de la muerte.
–¿Tú tienes seidh?
–No –le respondió –pero si quiero terminar con mi vida puedo hacerlo, sólo debo abandonarme a la desesperanza.
–No lo hagas –le pidió Ertan. Lo que menos querría, era quedarse solo en esa celda, aunque alrededor aún hubiera varios ases y otros elfos de luz. Vio a Belegaer encogerse un poco sobre sí mismo pero no le respondió.
La puerta de la prisión se abrió y entraron, no las dísir, sino los norn. Soltaron maldiciones al notar los cadáveres en las celdas, el compañero de encierro de Ertan y Belegaer no había sido el único en cortar su vida antes de que las dísir lo hicieran por ellos. Los norn, fueron abriendo las celdas una por una, amenazando a sus ocupantes con espadas para que no se acercaran. Sacaron los cuerpos sin muchas contemplaciones. El de presencia más imponente entró solo a la celda del rey, llevaba consigo una caja, instrumental médico sin duda. Se le quedó mirando al rey un instante y después se agachó a revisarlo.
–Este elfo es una mierda –gruñó en la lengua común. Le hizo una seña a otro de los norn para que se acercara y le hizo un encargo.
–¿Quién eres? ¿Eres sanador? –Preguntó Belegaer. –Debes ayudarlo, no permitas que sucumba.
–Soy Radu –se presentó. –Y tú te callas la boca.
Esperó a su ayudante hasta que éste volvió con una cubeta de agua y un fardo de ropa. Mientras Radu le limpiaba la cabeza y las manos a Eyvindur, su ayudante deshacía el heno para hacer un lecho y colocó una piel encima para hacerlo mullido. Era el único prisionero con tal privilegio.
–Radu, por tus dioses y los míos, dime cómo se encuentra mi rey –le pidió casi desesperado Belegaer; pero fue ignorado, al menos al principio.
El norn le estaba aplicando un emplasto pegajoso en los dedos a Eyvindur.
–No quiero que estas fracturas se infecten, si lo hicieran, tendría que amputarle las manos y no quiero hacer eso.
–¿Puedes sanar sus manos?
–¿Es qué no me haz oído? Le quedaran inservibles pero vivirá. –Y es que tenía fracturas expuestas que hacían de sus manos un horrendo espectáculo. Radu dejó que el cataplasma que le había aplicado reposara un poco antes de empezar a vendar. Obligó a los dedos a mantenerse rectos a pesar de la hinchazón mientras hacía su labor. Eyvindur no emitió ninguna queja.
Los norn le quitaron las cadenas de gelgja a Eyvindur para poder vestirlo con ropa limpia sobre la cual volvieron a ponerle el abrigo con que llegó cubierto. Todo ello ante la atenta mirada de Belegaer, su preocupación superaba su sentido del pudor.
–Está muy frío –masculló Radu, más para sí que para alguien más.
–Es un síntoma funesto –volvió a hablar Belegaer, quien no paraba de entrometerse por mucho que Radu fuese hosco con él. –Indica que su cuerpo está cediendo a la muerte.
–Estos malditos elfos y su manía de quebrarse. Un buen norn ya estaría buscando una espada, aún con dedos rotos, para matar al descastado que le hiciera esto.
–¿Podrás ayudarlo? –Le preguntó Belegaer. –Ciertamente no eres un istyar.
–Pareces su preocupada madre –le espetó Radu. –No puedo combatir su maldito seidh para que no se muera, y no debe morirse porque entonces Bölthorn como mínimo me entrega a las dísir; si se pone frío para palmarla, lo haré entrar en calor. –Rebuscó entre sus cosas y sacó una botella. Con ayuda del otro norn, enderezó a Eyvindur. Radu tenía seidh, como todo buen sanador norn, murmuró algo que medio espabiló a Eyvindur, lo suficiente para quejarse adolorido y para que lo obligasen a tragar la pócima. –Le dará fiebre pero estará sedado. –Los sueños en su cabeza serían mejor que la realidad en la que estaban viviendo.
–Necesita despertarse para hallar voluntad para continuar viviendo. Sedado simplemente seguirá su viaje a los salones de Naira Anar, aunque tu fiebre inducida lo demore –replicó Belegaer, no conforme con aquel tratamiento.
Radu se lo pensó un momento. Sacó unas hierbas que machacó entre sus manos y luego las agregó a otra botella de alguna poción más.
–Quimeras dulces –anunció Radu. –Soñará cosas preciosas que le levantarán el ánimo. Eso le dará voluntad de seguir viviendo.
Radu volvió a encadenarlo y dio por terminado su trabajo. Dejó que su ayudante acomodara al rey sobre la piel. Le habían improvisado su lecho lo suficientemente cerca de la celda contigua para que Belegaer pudiera alcanzarlo.
–Te agradezco esto que has hecho –dijo Belegaer. –Hantale. –Le dio las gracias.
–Hantale –dijeron otras voces. Eran los otros elfos de luz, que no habían perdido ni un detalle de lo que Radu hacía con su rey.
El rudo sanador norn pareció algo abochornado.
–Ya, no fue nada.
–Mi amigo tiene lesionadas las costillas –siguió Belegaer.
–Bölthorn no me ordeno curar a nadie más, sólo cuidar del rey –le dijo pero aun así, añadió: –Que se quede sentado para que pueda respirar mejor. Véndalo, haz una almohadilla con la ropa que te voy a dar en la zona de su lesión. Ah y que se recueste de ese lado para que comprima sus costillas –le tendió algunas de las vendas y ropa que le habían sobrado. A pesar de lo que dijo de no ayudar a nadie, revisó desde fuera a los prisioneros, aconsejándoles a sus compañeros una cosa u otra.
Ertan dejó que Belegaer lo vendara tal como Radu había dicho, pero se negó a tomar todas, dejando algunas para él, pues tenía las muñecas laceradas. Había sido de los elfos que se habían tironeado intentando salvar a su rey de la tortura de Thyra.
Cuando salió el sanador entraron otros norn, que les pasaron más pan y un cuenco de sopa aguada, aunque alguno masculló que no comprendía porqué debían de darle de comer a la comida.
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–Son más que nuestros ohtar –le explicó Vanima a Svadilfari en la salita de su nueva casa pero él no parecía estar escuchándola. –Aerandir no desea tu presencia aquí, me ha dejado en claro que piensan que tu padre es culpable de la destrucción del puerto de Bain que para todos los efectos era su hogar. Llevaban años viviendo ahí, echando raíces y… –Svadilfari le hizo ademán de que guardase silencio. Aquí llegaba Bjarni.
Svadilfari la saludó cortésmente y le preguntó si deseaba almorzar algo. Un día más con más preocupaciones. Ella se detuvo a mirar por la ventana.
–Hijo mira, niños, hay pequeños elfos en esta ciudad –comentó. Vanima ya los había visto. Había chiquillos que correteaban entre los campos ajenos a la guerra que se cernía sobre ellos. –Me recuerda nuestro pequeño Alfheim.
Svadilfari parecía muy preocupado.
–¿Y Bölthorn? ¿No te dejó la poción que solía darle? –inquirió Vanima por lo bajo.
–No.
–¿Cuándo volverá?
–No lo sé, no me dijo nada antes de separarnos –le susurró. –Yo también ansío su retorno, sin él no puedo entrar en el observatorio.
–¿Para qué quieres ir a ese sitio? –Svadilfari no le respondió.
–Hijo, hay una tropa de enanos entrando por el camino –dijo Bjarni.
Svadilfari y Vanima corrieron al exterior.
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Aerandir había acudido rodeado de elfos armados, los ohtar siguieron a su príncipe y se unieron a ellos. La tropa de enanos andaba como si estuviese en pleno paseo dominical. Llevaba algunos carromatos con herramientas. Su capitán se adelantó y habló en la lengua común con Aerandir.
–Pedimos paso por estas tierras. Nuestras razas no son enemigas.
–¿Van al observatorio? –Inquirió Aerandir.
–Sí. Bölthorn nos ha traicionado. –Aerandir asintió y a una señal suya sus guerreros se dispersaron. Los ohtar miraron a Svadilfari quien igual consintió.
Vanima se acercó a ambos.
–¿No haremos nada?
–Esto no es problema nuestro –respondió Aerandir. –Que el buen Bölthorn, escoria sanguinaria, se ocupe de sus problemas.
–Es de los nuestros.
–No es un elfo, quítate la venda de los ojos, si algo es debe ser un demonio –le dijo Aerandir, tanto Vanima como Svadilfari aceptaron tal revelación sin sorprenderse. –No piensen que están desamparando a uno de nuestra raza.
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Loki vivía en un mundo oscuro. El domo que cubría el observatorio lo tenía sumido en una noche eterna. Bölthorn lo había dejado recluido en una de las austeras habitaciones del antiguo hogar de los istyar, incomunicado con el exterior, aguardando. De hecho estaba en la habitación de Lord Aldor. Las dísir franqueaban su puerta y no le permitían salir. De cualquier modo, y Loki se sobó el hombro izquierdo, el heitstrenging lo obligaría a volver a Bölthorn, siempre sucedería así hasta que cumpliera su palabra.
–Mi palabra. –Loki carecía de honor y sin embargo sus propias palabras lo encadenaban. –Un hechicero tiene mucho cuidado con lo que dice, pues cuando las palabras dejan su boca, ya no las puede controlar –se recordó a sí mismo. Una de las enseñanzas del hombre cuya habitación ocupaba.
Siempre le había gustado la noche. Y, forzado a vivir en ellas, había terminado apreciando las sombras. Aquí, las tinieblas se sentían asfixiantes como una prisión. No podía intuir el paso del tiempo, y le parecía que las sombras se estiraban amenazantes a cada instante. Se encontró extrañando la claridad del sol.
–Anarinya –susurró en la rivera de la soledad impuesta. Sin magia no podía caminar en sus sueños, en la distancia no podía leerle la mente.
No distinguía el paso del tiempo. Se sentía sucio, no había podido darse un baño en todo ese tiempo. Dormía interrumpidamente en lapsos imprecisos. Comía lo que Dema le llevaba, nada generoso, ni fresco.
Encendió las velas en la habitación. Buscó con que distraer sus pensamientos, para no rememorar la muerte de Maika que se había ido mientras él le sostenía una mano. Tampoco quería pensar en Belfrast con sus miembros rotos, ni en el dragón negro surcando los cielos nuevamente. Lamentaba el triste destino de los istyar. De todos los elfos de luz, eran a los que más hubiera querido salvar. Sus queridos maestros.
Lord Aldor había sido muy prolífico. Loki ya había hallado tres libros nuevos en los que su maestro había estado trabajando, era una pena que se hubieran quedado inconclusos. Una vez le había propuesto a Loki que escribiese sobre los foreldrar. ¿Quién mejor que él para abordar el tema? El único que dio a luz un hijo y sobrevivió. Excepto que no era así. Siempre le temió a su magia foreldrar, la aborreció pues lo hacía sentir como un monstruo antinatura. Nunca pudo aceptarla, menos aún se planteó estudiarla.
Se llevó una mano al abdomen liso.
–¿Estás aquí? –Preguntó.
Tomó pergamino y pluma, había en abundancia en ese sitio. Combinó sus conocimientos en runas cuneiformes jötun, con su dominio de antiguo aesir y de norn. Empezó a escribir en código todo cuanto recordaba acerca de su embarazo de Hërin. Lo hacía así pues necesitaba sacar lo que llevaba en su mente pero los secretos eran su defensa en la situación en la que se encontraba. No podía permitir que Bölthorn siquiera sospechase lo que había descubierto y lo que había hecho.
Temía que el mornië hubiese bloqueado su magia foreldrar antes de que alcanzara a crear nueva vida. Se había unido a Thor, y pocas horas después Bölthorn le había puesto aquel artefacto en el cuello.
La visión del pájaro Vesta igualmente lo mortificaba, porque si no tenía un hijo de Thor, si concebía un hijo de otra persona…
–No –se dijo emborronando sus últimas palabras escritas. –Mi magia es poderosa y Thor tiene más fuerza vital que nadie, juntos somos muy fértiles –volvió a pasarse una mano por el vientre.
Pero si lo había conseguido, si portaba vida… sabía que esta se nutría de su magia, eso le habían explicado; de su magia, no de la energía de su cuerpo. Se podría decir que la llevaba en el cuerpo espiritual. Si el mornië nulificaba su magia, quizás estaría en peligro, quizás no sobreviviría, quizás lo dañaría.
Recordó a Karnilla creando una esfera rojiza y poniéndola sobre su vientre hinchado, allá en Hel cuando se conocieron. Y la magia norn se había vuelto volutas que ella interpretó como quien lee un libro. "Es un varón, se encuentra bien", le había anunciado con tanta precisión como un lector de almas. Y claro, en su desprecio y necedad no se había tomado la molestia de aprender una magia tan rudimentaria y prosaica. Si lo hubiera hecho…
–De todos modos no podría usarla –se reprendió a sí mismo.
Sólo podía esperar.
–Eres descuidado –eso solía decirle Lord Aldor. –Y los descuidos tienen un costo elevado –reflexionó. Continuó escribiendo, ocupando su mente para no desesperar.
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Dema lo interrumpió cuando llevaba horas en esa tarea. Ella entró cerrando la puerta tras de sí, dejando atrás a las dísir. Era visible que no le gustaban. Llevaba en las manos una bandeja con comida. Unas galletas medio endurecidas, un cuenco de té y algo de carne en salazón. Cuando se conocieron Loki la había alimentado y había cuidado de ella. Ahora las cosas se invertían. La pequeña elfa era tan prisionera como él. No sabía nada del exterior. Además de Dema, Hrimthurs había dejado atrás un centenar oscuros, setenta de ellos estaban fuera del domo y los otros treinta, se ocupaban de supervisar el funcionamiento de los pilares. Estaban bajo el mando de un tal Oromë. Pero Loki nunca los veía, a ninguno. Como si en ese mundo oscuro sólo existieran las dísir que lo vigilaban, Dema y él.
Ese día, un día irreconocible que podría ser el número cinco, el número veinticinco o el cincuenta en ese encierro; Dema le llevaba nuevas.
–Bölthorn acaba de arribar. –Loki le prestó toda su atención. –Se materializó en la entrada con esa reliquia suya. Está abajo hablando con las dísir, quiere saber sobre Belfrast. –Dema tenía orejas muy agudas, era lista y precavida. A Loki, la personalidad de la elfa le recordaba a Ari. –Igual me ordenó alimentar a ese pobre istyar, quien no deja de preguntarme por Maika.
–¿Qué le dijiste?
–Nada, ¿qué puedo decirle? ¿Quién es Maika? –Claro, las dísir, a diferencia de Dema, no eran muy conversadoras.
Loki no le dio satisfacción a su curiosidad pues Bölthorn hizo su entrada. Sonrió como si le diera una enorme alegría ver a Loki. Casi se diría que iba a darle un abrazo.
–Tengo un trato que proponerte –habló el elfo oscuro. –Dema, tráeme algo de comer, estoy famélico. –La chiquilla salió con sus pasos inaudibles.
–Ya tenemos un trato, no necesito otro.
–Aja. –Bölthorn se despatarró en el sillón más mullido de la estancia, uno cercano a la ventana. Loki había visto a Lord Aldor varias veces sentado ahí mismo, con su mente genial enfocada en temas inefables. Sintió ganas de quitar a Bölthorn de ahí a patadas. –No debes rechazar un trato sin escucharlo antes. Loki, tienes una gran curiosidad y un alma ávida. Te propongo lo siguiente: te quedarás aquí, a solas, encadenado, alimentado por las dísir, pues pienso llevarme a Dema; hasta que sea el momento de ir por Jörmundgander, o, puedo concederte alojarte en otro hogar más acogedor, fuera del domo, con cierta libertad para moverte y bajo el cuidado de alguien que no desea devorarte… quiero decir, devorar tu alma.
–¿A cambio de qué?
–A cambio de que le hagas compañía a un querido amigo mío.
–¿Qué clase de compañía? –Bölthorn sonrió de nuevo.
–Pides detalles, estás aprendiendo. Pues bien, eso depende enteramente de ti. Es bien parecido y muy agradable.
–Dime su nombre. –Bölthorn se negó. –¿Quieres que él sea mi amo?
–Compartiríamos tu custodia, sí. Pero te aseguro que él no tiene apetitos malignos, si eso te preocupa. No te haría daño jamás, tal es la naturaleza de su alma. Sólo tendrías que entretenerlo con tu presencia y ser gentil.
–¿Es un demonio?
–No.
–¿Un elfo oscuro? –Bölthorn volvió a sonreír.
–Sí.
Svadilfari. No podía tratarse de otro. Loki recordó que en su visión Svadilfari le decía que tenían un hijo juntos. Sintió repulsión y odio.
–Prefiero esta oscuridad y a las dísir. –Su respuesta fue tajante.
Dema volvió con la comida. Dejó una bandeja con salchicha cocida y una taza de vino endulzado mezclado con el jugo de un limón. Bölthorn no encontró aquello muy apetitosos, se lo comió a regañadientes.
–Pensé que eras más osado.
–No caeré en cada tentación que me muestres.
–Discrepo. Sé que me odias pues lo leo en tu mirada, sin embargo te aseguro que haces mal en ello… –Bölthorn se vio interrumpido, una de las dísir entró sin anunciarse o llamar antes, como cabría esperar de ellas.
–Uno de los pilares acaba de venirse abajo. Estamos bajo ataque.
El cambiaformas se levantó raudamente y fue tras la dísir. Loki se asomó a la ventana, el domo se disolvía y podía ver el cielo, pero era de noche. Aun así contemplar la luna le fue suficiente. Volteó hacia Dema.
–Veré que averiguo –dijo la elfa y se fue tras los pasos de Bölthorn.
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Dema vio a los hombres de Oromë reuniéndose. Maldecían en la variante de élfico que su raza empleaba.
–¡Se trata de enanos! –gritó Oromë.
Habían excavado un túnel sin que los notaran y habían derribado el pilar desde el interior del domo. Dema vio a los enanos dirigiéndose hacia el siguiente. Sin el domo como defensa, el observatorio era vulnerable. Brun ya estaba dirigiendo a sus dísir para expulsarlos.
–Levántenlo de nuevo –les pidió Bölthorn. Se veía muy molesto.
Los elfos oscuros llegaron hasta el pilar mientras los enanos y las dísir se enzarzaban en la contienda a pocos metros de ellos. Unieron su seidh para levantarlo. No se había quebrado, tan sólo lo habían hecho caer. Dema se dispuso a ayudar. Lo izaron de regreso a su sitio y Oromë le puso las manos encima para afianzarlo, empezó a recitar el laitale que lo reactivaría. Dema había visto a Hrimthurs hacer eso cuando tomaron el observatorio, había seguido al gran arquitecto concentrada en su labor para intentar apartar su mirada de la masacre que las dísir hicieron ese día.
–Lo estás pronunciando mal –corrigió a Oromë, –es hína, no hina.
Oromë aceptó la sugerencia. El pilar fulguró reactivándose.
Dema sintió un súbito dolor que le corrió por la espalda atravesándola. Se miró el pecho donde la punta de una saeta asomaba. El mundo se convirtió en negrura y sabor a sangre en la boca. Escuchó que los demás gritaban, no por ella, sino por sí mismos. Los enanos volvían contra ellos para matarlos.
–No quiero morir –pensó Dema, pero igual expiró.
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Bölthorn miró el caos a su alrededor. Sus diligentes elfos oscuros ya habían levantado el pilar. Sus dísir luchaban con los enanos que trataban de recuperar el observatorio para su raza. La batalla fue breve y brutal. Una serie de explosiones le indicó que habían empleado letal sahya. Si se inmolaban es que se sabían perdidos, su incursión no lograría nada.
Brun se acercó llevando uno de los enanos a la rastra. Le faltaba un brazo y se sostenía el muñón dando de alaridos.
–Este perro dice que los envió Tryggvi, querían abrir brecha para quitarte el observatorio a Bölthorn, querían facilitar a los aesir descender en este reino.
–¿Hay sobrevivientes?
–Enanos sí. Mataron a todos los elfos.
Bölthorn acudió donde el pilar había sido derribado. Vio el reducido grupo de elfos, las dísir ni siquiera se les habían acercado no les interesaban los muertos.
–Quemen los cadáveres –les ordenó Bölthorn. –Y apaguen el incendio.
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Las dísir apilaron leña y prendieron una antorcha. Iban a lanzarla sobre los elfos oscuros cuando uno de ellos se incorporó. Era Oromë. Se sacó una flecha de la garganta y otra del pecho. Las heridas se le cerraron en el acto y el corazón volvió a latirle. Las dísir se quedaron quietas, cuando Oromë las miró y percibieron su seidh, las valkirias malditas huyeron.
Oromë entró en el observatorio con parsimonia. Se dirigió hacia Bölthorn. Podía intuirlo en una de las habitaciones que debía ser la suya. Se sorprendió al verlo entrar. Oromë cerró la puerta tras de sí y se acercó.
–Saludos Bölthorn –dijo Oromë en nevirio.
–Mi señora –Bölthorn reconoció a Hela, diosa del inframundo, cuyo voluntad había revivido a Oromë para usarlo como mensajero. –Que placer, me temo que no tengo una bienvenida adecuada que darte. Me honra profundamente que hayas salido de tu reino, al menos en esta forma extra corpórea. –La diosa no podía abandonar Hel, sino hasta el Ragnarok. Sin duda había aprovechado que la barrera había sido derribada momentáneamente por los enanos, para poder manifestarse en el observatorio.
–No me des palabras vacías. He venido para pedirte que vuelvas a nuestro reino. –Bölthorn la reverenció pero se negó.
–Mi señor Surtur me desollaría vivo si dejo a medias lo que hemos iniciado. Mi señora, ¿acaso no te satisfacen las poderosas almas que te he enviado?
–¿De qué almas me hablas? Las dísir devoran sin freno a los que se rinden y a los indefensos, Brunhilda reclama a los que caen en batalla. Pocas almas han llegado hasta mí –el tono de Oromë fue de disgusto. –Sin embargo, no es por la glotonería de las dísir que me he visto forzada a acudir. Es por ti. Quiero que vuelvas y que traigas contigo a mis valkirias.
–¿Por qué? Me apoyaste con los lobos, con la caja de Droma, con Fenrir… a cambio te di el alma de Larus, y tendrás muchas más. No es mi culpa que las dísir hayan desertado.
Oromë levantó una mano.
–Silencio. –Bölthorn se calló. –No pretendas que no fue por tu obra que las dísir se emanciparon de mi dominio. En cuanto a tus otras mentiras. Prometiste que Fenrir regresaría al caos, en cambio ahora, está en Asgard, bajo las narices de Odín.
–Odín duerme.
–No será por siempre.
–Pero cuando despierte, Jörmundgander estará…
–¡No te daré a Jörmundgander! –Bölthorn se encogió sobre sí mismo, agachó la cabeza. –Volverás…
–Lo siento tanto señora mía, pero los dos sabemos que hay algo que nuestra magia no puede hacer, y eso es anular el libre albedrío. No volveré y no puedes obligarme. No tienes suficiente fuerza en esta encarnación que escogiste.
–Si eliges desobedecer y continuar por este sendero que te prohíbo, entonces, te desconoceré como mi heredero.
Oromë señaló un espacio vacío entre ambos y un agujero negro surgió de la nada. Un portal hacia Hel.
–Si no hago lo que mi señora me ordena, no seré digno de ocupar su trono algún día. Pero mi señora, estás olvidando que no hay ningún otro candidato. Tienes por elección, tener un heredero alevoso y con gran iniciativa que a veces te lleva la contraria; o en cambio, no tener a nadie.
–Me quedan los foreldrar, ellos resisten mi magia.
–Los foreldrar son un experimento fallido. Además, no queda ninguno con vida, salvo Loki y… –Bölthorn hizo aparecer un pergamino en el aire y lo desenrolló ante Oromë. Era una copia, el contrato original lo llevaba Loki en la forma del mornië. –Me encargué de corromperlo.
La diosa leyó aquel documento. Lo prendió en llamas de tonos verdes. Estaba furiosa. Maldijo a Bölthorn pero el cambiaformas invocó su magia más poderosa para hacerse invisible y ponerse fuera de su alcance.
Oromë salió de la biblioteca. Fue hacia el salón de la reliquia. Entró en la confluencia de los ríos con paso majestuoso y fue a por la joven elfa que permanecía encadenada al centro del observatorio. La misma cuya magia combinada con la energía de la reliquia, bloqueaba el Bifrost.
La elfa miró al intruso. No reconoció a Hela bajo esa encarnación. No dijo nada cuando Oromë le sujetó el rostro.
–Muere –susurró casi como si la arrullara. La elfa cerró los ojos de a poco, como quedándose dormida y su vida se apagó.
–¡NO! ¡NO! –Aquel asesinato hizo acudir a Bölthorn. Entró rodeado por las dísir las cuales se veían renuentes a acercarse a su anterior ama. –La necesitábamos.
Era difícil deducir quien estaba más airado. Si el cambiaformas o la diosa. Bölthorn le arrojó fuego a Oromë. Las heridas se cerraban con rapidez, así que, incendiarse no le impedía avanzar. Las dísir enarbolaron sus espadas en alto.
Oromë cayó desmembrado. La energía de Hela dejó de sentirse en la habitación.
–Vayan donde los cuerpos, pártanlos en pedazos y luego quémenlos. Deben ser absolutamente inútiles para que ella los reviva. –Les ordenó a las dísir.
Él debía ir donde la siguiente víctima. Hela querría tomar otro avatar para matar a Belfrast. Estaba seguro de ello.
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–¿Quieres vivir? –Le preguntó una voz de mujer a Dema. Una voz grave y amable.
–Sí.
–Préstame tu cuerpo y vivirás de nuevo.
–¿Quién eres?
–La diosa de la vida. ¿Me ayudarás?
El cuerpo de Dema se enderezó antes de que las dísir llegasen. Se sacó la flecha con cuidado y la herida se le cerró. Su corazón volvió a latir y ella echó a andar. No entró por la puerta principal como Oromë había hecho, se fue por un costado de la construcción. Las dísir la ignoraron cuando pasaron velozmente a destruir los cuerpos de los caídos. Bölthorn la conocía, conocía su magia y sus limitaciones. Querría frenarla de matar al istyar que quedaba. Pero ella no había revivido a Dema para matar a Belfrast. Había visto el contrato. Jörmundgander no debía venir a este mundo. Hela sabía todo lo que Dema sabía. Así pues, se encaminó a la habitación donde Bölthorn había encerrado a Loki.
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Loki observaba el incendio desde su ventana. El domo había sido restaurado, había guardado esperanzas de que los enanos se salieran con la suya. La puerta se abrió y Dema entró.
–Laufeyson –lo llamó y cerró la puerta tras de sí. Le puso una mano encima a la madera y Loki vio aparecer una barrera que selló la habitación.
–Tú no eres Dema –se puso de pie. No tenía nada con que defenderse. No podía percibir el seidh que emanaba de la pequeña elfa. –¿Quién eres?
–Saludos Loki. ¿Cómo es que cada vez que nos encontramos estás en un predicamento? En Hel, en Gladsheim y ahora aquí. Tres veces nos hemos visto, pocos son tan afortunados.
Loki la miró desconcertado pero pronto recobró la compostura. La había identificado.
–Mi diosa –le hizo una reverencia. –No puedo imaginar a qué se debe que hayas dejado el trono del reino de los muertos para acudir hasta aquí.
–Estoy en tu habitación, por tanto es claro que deseaba verte.
–Dudo ser digno de tus atenciones. –Hela fue a sentarse y miró a Loki de soslayo.
–Vine por tu vida Laufeyson. –Loki igual se sentó, ella estaba observando fijamente el mornië en su cuello.
–Cómo verás me encuentro algo disminuido como para hacerte frente, no estoy armado y mucho me temo que en esta ocasión Thor no se nos unirá. Puedo inquirir el porqué de tu resolución, como una petición de un condenado.
–Debido a que pactaste con Bölthorn para liberar a Jörmundgander. ¿Sabes lo que ello implica? –Loki hizo como que se lo pensaba. Iba a hablar cuando una línea de costuras se dejó ver. El cerró los ojos dolorido. Dema sonrió triunfante. –El Ragnarok, así es.
El tongwa se disolvió dejando a Loki intacto.
–Bölthorn me piensa retrasado, cree que no sé nada de su plan magistral. Quiere a los dos –no intentó decir a quiénes. Fenrir estaba en Asgard y Jörmundgander nacería por su magia foreldrar. –Con ambos podrá destruirlo todo.
–Te faltó Surtur. Bölthorn usará este observatorio para traerlo desde Muspellheim.
–Para impedir ese escenario, ¿vas a matarme? Pensé que estabas con ellos, con Surtur y Bölthorn. Después de todo, tú le diste la caja de Droma. –De eso sí podía hablar.
–Le enseñé a forjarla como mi discípulo que era. Teníamos un acuerdo.
–¿Y te engañó? –Loki parecía algo ofendido de que Bölthorn hubiera burlado a Hela. Cómo si él nunca lo hubiese hecho.
–Jugar conmigo tiene un precio muy alto. –A Loki casi lo había enloquecido con pesadillas. –Bölthorn pronto va a enterarse de ello. Piensa que está por encima de mí, que es invulnerable a mi furia. Tenía prohibido intentar la invocación de Jörmundgander y mira lo que ha hecho. Te ha maniatado aprovechándose de que eres foreldrar –Dema se levantó y fue hacía él. –No debía meterse con los foreldrar.
–Hay otra manera. Si me quitas el mornië, si anulas el contrato no tendrías que matarme, no sé para qué quieres a los foreldrar pero podría a cambio de ello servirte a ti.
–No puedo anularlo. Lo que te hiciste, esta condena que gustosamente aceptaste, es inquebrantable. –Dema le sujetó el rostro.
–Si me matas, Thor se vengará de ti.
–Me gusta que sientas tanto miedo que inclusive me amenaces con la furia de Thor. Ahora cierra los ojos. No te dolerá. –Hela se concentró en tomar la vida de Loki. La sintió en sus manos, y tan sólo tenía que aplastarlo; pero no fue lo único que percibió. Eran dos. Tenía dos vidas ante ella, no una. Lo soltó. –Estás gestando un hijo.
Loki se apoyó contra la mesa por el shock de la noticia.
Hela lo observaba calculando y ponderando los alcances de esa magia. Los foreldrar la habían decepcionado tanto. Habían renegado de ella y se habían apartado de la senda que deseaba. Se había desentendido de ellos. Pero ahora, estaba ocurriendo algo que despertó su interés por ellos nuevamente.
–Entonces lo conseguí. Temía, temía que… –Loki estaba sonriendo con alivio. Tenía un plan. Sabía más de lo que ella esperaba. –Ahora lo entiendo. Si tú inventaste la caja de droma, si la caja de droma y un foreldrar son la misma cosa, entonces, tú los creaste también.
–Sí –le confió Hela. –Yo le di esa magia a Hoster, el primero de todos. Hicimos un trato. Cada hijo suyo sería más fuerte que su dam y su sire. –Loki escuchó esas palabras extrañado. –Quien lo lleva en su vientre y quien ayuda a engendrarlo respectivamente. El precio por esta fuerza es la vida del dam. Aunque tú hallaste la manera de eludir esa última cláusula.
–Los creaste con un propósito. ¿Cuál?
–¿Y te voy a confiar mis secretos así como así? Acabo de perdonarte la vida. No seas codicioso. –Hubo un estruendo. Era Bölthorn que gritaba órdenes a las dísir, de echar la puerta abajo. –Se ha percatado de que no quiero a Belfrast. Te observaré desde el borde del mundo. Aún hay esperanzas para ti.
–¡Espera! Si mi hijo necesita de mi magia para vivir, el mornië, ¿puede dañarlo?
Dema sonrió con la sonrisa de Hela. Se puso a desabotonarle la camisa que llevaba puesta y Loki no se resistió. Cuando abrió la prenda le apoyó los dedos en el vientre y luego hundió su mano en él. Loki respingó y apretó los ojos pero no se apartó dejándola hurgar con su magia dentro de él, buscando una respuesta a la pregunta que había hecho. Hela había creado a los foreldrar para servirla y podía manipular los efectos de su magia a su antojo. Loki aún podría serle útil, ser un instrumento para ella, no para ese traidor Bölthorn. Le cedió un poco de su magia manipulando a ese hijo que ni siquiera tenía forma aún y lo hizo sin que Loki se enterase.
–Está a salvo –le dijo y notó regocijo en su semblante. –Aún no tiene forma física, es apenas energía fluyendo dentro de ti –soltó a Loki. –Tu hijo está hecho de magia, ninguna podrá dañarlo. El mornië restringe tu seidh pero no te lo arrebata, disminuirá el ritmo al que se desarrolla pero no le causará más nada. No permitas que Bölthorn se entere, es sólo una chispa de vida, una que él apagará.
–Entonces funcionará, mi hijo será mi salvador.
–Tu plan nunca se ha llevado a cabo, nadie puede predecir lo que ocurrirá ni siquiera yo. Si fracasas, me ocuparé de reparar tus errores, tomando tu vida y la de tu progenie.
La puerta se abrió de golpe.
–No hagas que maten a Dema.
Hela se apresuró a tomarlo del cuello y estamparlo contra la pared pretendiendo que deseaba aniquilarlo. Lo dejó inconsciente antes de girarse a encarar a las dísir.
–Ustedes me juraron lealtad, desleales hipócritas. Si me tocan desaparecerán. –Las dísir retrocedieron, no así Bölthorn.
–Esta niña es el último avatar disponible, no te dejaré matar a Loki, todo ha terminado.
Hela soltó una risotada y su energía se dispersó. Dema volvió a ser ella. Se quedó de pie aturdida y muy confundida.
–¿La matamos? –Inquirió una de las dísir.
Dema no les hizo caso, se apresuró a ayudar a Loki el cual estaba recobrando el aliento entre toses. Bölthorn los observaba con desconfianza.
–Sáquenla de aquí –ordenó.
Las dísir agarraron a Dema, la elfa se aferró de Loki.
–Lambëingolmo –lo llamó por su nombre élfico. –No se los permitas, no quiero morir de nuevo.
Las valkirias malditas sacaron a la chiquilla de ahí a la rastra.
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Bölthorn tomó a Loki de un brazo para instarlo a sentarse.
–¿Qué te dijo nuestra querida Hela? ¿Por qué tienes la ropa abierta?
–Intentó matarme, ya puedes decirme tú el porqué, aparentemente tenía que ver contigo, no conmigo. –Bölthorn lo observó con suspicacia. Loki se creía que era un gran mentiroso pero Bölthorn se percató en el acto de que estaba ocultándole algo. Ya se lo sacaría, ahora había algo más apremiante.
–Necesito de tu magia.
–¿Ya no me quieres seduciendo a Svadilfari? Porque con esto puesto –se tocó el collar, –la única magia que tengo es mi atractivo.
Bölthorn estaba impaciente. Aun así no se precipitó. Empezaba a arrepentirse de haberle jurado a Svadilfari que no lastimaría a Loki, aunque claro, el aesir desconocía que estaba protegido por el contrato pactado entre Bölthorn y el príncipe de los elfos oscuros.
–Tu magia de cambiaformas.
–¿A cambio de qué? –Loki en verdad era pésimo fingiendo. Cuando Bölthorn había llegado para proponerle abrazar a Svadilfari o abrazar las tinieblas, lo había notado preocupado y nervioso. Ahora había en él cierta insolencia que debía provenir de una seguridad que la diosa le había dado.
–Estás aprendiendo. –Bölthorn sabía que las personas demasiado pagadas de sí mismas como Loki, cometían errores garrafales cuando pensaban que su contendiente era un imbécil. Y pretender que era un imbécil era uno de los talentos de Bölthorn, uno al que constantemente le sacaba provecho. –A cambio de no arrojarte a las dísir para que se entretengan contigo. –Le siguió el juego.
Loki se regodeó.
–Esas amenazas empiezan a aburrirme. Me necesitas para liberar a… –una costura apareció en la boca de Loki. –¿En serio? ¿No puedo hablarlo ni siquiera contigo? Cómo sea, te soy indispensable así que intenta con otra cosa.
Bölthorn miró en derredor.
–¿Está no era la habitación de tu maestro venerado Lord Aldor? –Le inquirió. En verdad tenía prisa, cada momento que pasara sin convencer a Belfrast de reactivar la reliquia, era tiempo sin bloquear el Bifrost, era tiempo que los aesir podían aprovechar. Bölthorn incendió la estancia.
La cara que Loki puso al ponerse de pie, aterrado de pensar que aquellos libros y pergaminos se perderían, fue un poema.
–Bien, acepto lo que sea pero detente. –Bölthorn hizo un ademán de hendir el aire con su mano y el fuego se extinguió tan abruptamente como había surgido. –Me darás todo lo que hay en este recinto. Mejor aún, no puedo demeritar la labor de Belfrast y los demás, quiero que me entregues todo el trabajo de los istyar. –Loki estaba en posición de exigir.
–Sí, sí, de prisa, sígueme. –Lo arreó.
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Bölthorn debía darle crédito a Loki. Había liberado su magia de cambiaformas y el aesir había adoptado la de Maika. Bölthorn podía mudar en un limitado número de apariencias. No podía de hecho convertirse en una fémina. Pero su esclavo no tenía esa traba.
Maika, la amada de Belfrast. A Bölthorn a veces aún le sorprendía lo que la gente era capaz de hacer en nombre del amor. Su falsa Maika convenció a Belfrast de reactivar la reliquia cubriendo Svartálfheim con su energía. Cegando a Heimdall e impidiendo que el Bifrost funcionase en su dirección. Maika–Loki lo hizo sin amenazas; en cambio usó caricias, palabras de consuelo y promesas de salvación. Todo en alto élfico. El dominio de Loki de ese idioma igual fue una grata sorpresa. Cuando Belfrast ocupó el lugar de su fenecida alumna, las dísir tomaron a la falsa Maika para llevársela. Aún entonces su esclavo dio un toque magistral a su interpretación, resistiéndose, sin excederse, alcanzando las manos de Belfrast una última vez y apretándoselas en signo de su afecto.
Cuando salieron de ahí y las puertas del recinto se cerraron, Loki recuperó su verdadero aspecto. Estaba cambiado, mudo de espanto por lo que acababa de hacer.
–Thor igual vendrá –le advirtió a Bölthorn. –No lo conoces si piensas que un obstáculo como este puede detenerlo. –Sus bravatas encantaban a Bölthorn.
La crisis causada por los enanos y por Hela, por fin había sido resuelta.
–Si me disculpas tengo asuntos que atender para mañana poder cenar con Svadilfari y su encantadora madre. Nos veremos en unos días. Tal vez.
–Aguarda –lo detuvo Loki. –Cambié de parecer. Escojo a Svadilfari, quiero alejarme de aquí. –Bölthorn se detuvo. Otro síntoma de que Hela le había dicho algo a Loki. Algo importante.
–Júralo. Jura que compartiremos tu custodia, jura que lo aceptarás a tu lado. –No quería que volviese a cambiar de parecer. Loki asintió, eso era suficiente. –Igual interpretarás a Maika cuando así te lo requiera o prenderé en llamas…
–Ya me quedó claro. Eres un terrible villano plagado de maldad y destruirás el legado de mi maestro y los demás istyar si me rehúso a suplantar a Maika. En verdad debes ensayar tus amenazas. –Bölthorn sonrió como si Loki lo estuviese halagando. –Iré donde ese inepto amigo tuyo, haz que las dísir embalen mis nuevos libros, los pergaminos, los mapas, todo y los traigan conmigo.
Bölthorn lo tomó por el collar y lo acercó a él violentamente.
–No te propases, esclavo. Tendré que darte una lección de modales.
–Me necesitas.
–Sé bien cuanto de ti necesito. Ciertamente no requiero tu orgullo. Te arrendé a Svadilfari a cambio de un ejército. Mañana estará gozando de ti y me aseguraré de que no le des problemas. Y luego veremos cuanto puedes disfrutar de los libros de tus istyar, cuando hayas sido reducido a ser una ramera usada largamente. –Loki le lanzó una de sus miradas llenas de odio pero esta vez mantuvo la boca cerrada.
Hizo un gesto con una mano y las dísir se llevaron a Loki de ahí. Había sido un día arduo e infructuoso. Se merecía relajarse un poco.
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CONTINUARÁ…
