Insólito
Olía a sangre.
-¡No!- grité sofocada y abrí lo jos de golpe, exaltada. Parecía que nunca iba a lograr librarme de aquella horrorosa pesadilla. No podía creer que a pesar de que la había tenido una y otra vez, y era consciente de lo que iba a ocurrir, siguiera causando la misma sensación de terror en mí. Estaba fuera de mi control.
Un rápido examen a mi alrededor me indicó que no me encontraba en mi cuarto, aunque sí estaba bastante oscuro. La cama era diferente..., era otra textura, otro tamaño, otro aroma.
-¿David?- le llamé, incorporándome en cuanto recordé que me hallaba aún en su cuarto. La habitación estaba a oscuras, y la única iluminación procedía del corredor, por la puerta entre abierta. Me costó creer que ya hubiera oscurecido casi del todo, y que me hubiera pasado tanto tiempo durmiendo. Pero sobre todas las cosas, lo que más me inquietó, fue que David no estuviera por ningún lado.
Lo último que recordaba era que me aferré a su brazo, pues él estaba junto a mí. Me deshice de la manta y puse los pies en el suelo, afirmándome la cabeza. Me restregué los ojos, y de esa forma conseguí ver con más nitidez. Cuando estuve segura de que era capaz de mantenerme en pie, me encaminé hacía el baño. Tanteé con la mano a ciegas hasta encontrar el interruptor. La luz se encendió..., no había nadie dentro.
Me dirigí hacia el corredor. Al empujar la puerta, se produjo un ruido agudo a causa del roce, que destacaba por el dominante silencio. El pasillo estaba vacío, pero el resto de las luces estaban apagadas, como si se tratara de un túnel iluminado, con la boca oscura.
-¿Dave?- volví a llamar. Era extraño sentirme sola en aquel lugar desconocido..., sin él. Pasé por la última puerta, y luego frente a las otras dos, pero no me atreví a llamar y mucho menos a abrirlas. Contaba con que quizá hubiera ido a la cocina a tomar un refrigerio, o algo similar. Ya casi había llegado al final del corredor, cuando de pronto una figura apareció ante mí, doblando de una esquina.
Dí un respingo y me llevé una mano al pecho. Se trataba de un hombre, un muchacho en realidad. En cuanto la luz le dio en el rostro, caí en la cuenta de que me era familiar..., yo lo conocía. Entonces, como si fuera un repelente, me alejé de él, trastabillándome.
El recuerdo de mi primer dia de instituto destelló en mi mente. Yo estaba sola, desorientada, intentado planear una forma de averiguar dónde estaban los baños. Entonces, detuve a una chica morena, a Nathaly y ella me había ayudado. Pero en ese intentando otra cosa había sucedido. Un muchacho rubio me había golpeado de lleno en el hombro, como si lo hiciera apropósito. Luego lo había hecho otra vez, después del receso. Nathaly le había llamado Tom.
-¿Qué haces aquí?- espeté y para mi sorpresa mi voz era dominada por el miedo.
-Vaya si eres rápida...que increíble, rehuyes de mí, pero no de David- dijo poniendo los ojos en blanco, pero lleno de desdén. Nunca había escuchado su voz antes y me estremecí. Me intimidaba, al igual que su actitud. Tenía una lata de refresco en una de las blancas manos.
Tom dio otro paso en mi dirección y volví a apartarme, esta vez de forma deliberada.
-No has respondido a mi pregunta- señalé. La voz me tembló.
-Yo vivo aquí- contestó, como si fuera algo sumamente evidente. A pesar del sarcasmo, se traslucía un profundo desprecio en su entonación. –¿Qué? ¿Es que David no te dijo?
Tom se estaba burlando de mí. Me hablaba como un adulto hablara a un bebé.
-Aléjate de mí- le advertí, aunque sonó más a suplica que a amenaza. Había algo en la presencia de ese muchacho que me hacía no sentirme cómoda, como si lo único que pudiera hacer fuera desconfiar de él y de sus palabras.
-¿Por qué? ¿la pequeña tiene miedo?- continuó, burlándose, haciendo todo lo contrario a lo que le pedí. Juro que en ese momento hubiera gritado, de no ser porque David apareció tras las figura de Tom.
-¿Qué crees que estás haciendo? – preguntó con voz grave..., tan distinta a la que usaba conmigo. Tom se envaró y miró hacia atrás, encontrándose con la expresión severa de David. En un intento por apartarme de Tom, corrí hasta situarme junto a Dave. Posó una mano firme sobre mi hombro, pero el temor no desapareció. Tom se volteó del todo y se quedó mirándonos, con una mueca de burla. Fue cuando acercó su rostro al mío, inclinándose.
-¡Boo!- me dijo en la cara, pero sin emitir sonido, echándome el aliento en la cara. Un aroma de tabaco entremezclado con alcohol impregnó el aire. Eso bastó para que me sobresaltara, y David se adelantó, sin dejar de sujetarme por le hombro.
-Ya basta, Thomas- ordenó con voz autoritaria y Tom retrocedió con desdén.
-Claro- dijo con un mueca de burla.
-Vete a tu cuarto- respondió David. Parecía bastante molesto, como cuando algunos muchachos insistían en cotillear en mitad de la clase. Tom obedeció, aunque no parecía nada contento con la idea. Me dedicó una mirada fulminante..., amenazante.
-Ya veremos- dijo por lo bajo y se metió en la segunda puerta, cerrándola de un portazo. El cuadro en la pared del corredor se remeció.
-¿Estás bien?- me preguntó David mirándome fijamente
-Sí, claro- respondí. No veía cómo consideraba algo tan preocupante lo que había ocurrido con Tom.
-¿Te dijo alguna cosa?
-No.., sólo me lo encontré en el pasillo- le expliqué- desperté y no estabas..., ¿qué hace Tom aquí?
-Vive aquí- respondió David como quien no quiere la cosa. Comenzó a guiar mis pasos hacia el salón.
-¿Es todo lo que tienes que decir?- espeté, con cierta nota de incredulidad en la voz.
-No sé de que manera excusarme...- respondió él, encogiéndose de hombros.- está a cargo mío.
David giró por el correo junto al comedor, que daba a una única puerta, más ancha que las demás. Era la cocina. Entró tras de mí y me condujo hasta un asiento de la pequeña mesa, una mesa de comedor diario. Sólo contaba con dos asientos, fijados al piso de cerámica. David se acercó a uno de los numerosos muebles que habían en la parte alta, de donde sacó un vaso que luego llenó de agua. Lo puso en la mesa, frente a mí, y tomó lugar en el asiento de enfrente. La luz blanquecina y fluorescente de la cocina, hacían ver la piel de él aún más nívea..., irreal.
-Creí que tu familia estaba muerta- comenté, con la vista fija en las diminutas burbujas de aire que se formaban dentro del vaso.
-Mis padres están muertos- aclaró David- es por eso que me corresponde cuidar de mi hermano.
Exhalé de forma sonora. No terminaba de asimilar lo que David acababa de decirme.
-Tom es tu hermano- musité con la vista perdida- ..., tienes un hermano.
-Sé que debería habértelo mencionado antes.- se disculpó él.
-Pero, eso no tiene sentido..., nunca te vi con él. Ni siquiera en las tardes. ¿Cómo es posible?
-Es simple.- explicó David- creo que te habrás dado cuenta que la relación entre nosotros no es de las mejores.
Asentí. Lo cierto es que Tom parecía desafiar la autoridad de su hermano mayor.
-Ya no sé que más hacer con él- continuó Dave- cada día que pasa se comporta de manera más rebelde. Lo intentado de todas las formas, de todas las maneras posibles, pero no hay respuesta de su parte. Es una gracia que no lo hayan expulsado del instituto.
-Supongo que has tenido que ver con eso- apunté.
-Sí- reconoció- aunque también creo que no hago más que hacerle daño con eso. Tal vez debería dejar que las consecuencias de sus actos repercutan de verdad.
-Es tu hermano..., no puedes sólo ver cómo se arruina la vida.- repliqué, como si con eso le diera la razón a su actuar.
-Sí, lo sé. Esto me ha servido sólo para darme cuenta de me ineptitud como tutor. Y eso que alardeo de tener pedagogía.
Reí ante su comentario. Di gran sorbo al vaso y luego lo dejé sobre la mesa, provocando un sonido estrepitoso. David parecía no haber sentido nada.
-Los demás te obedecen- le consolé, refiriéndome a mis compañeros de clase.
-Sí, es cierto. Deberías ver la conducta de Tom en mis clases..., y lo peor es que el resto de los alumnos tienden a seguirle la corriente- dijo, con algo más de entusiasmo en la voz, como si intentara verle el lado entretenido al asunto.
-Es de suponer- concordé. Entonces, un ruido procedente del interior de la casa pobló la habitación. Era un sonido estruendoso, molesto..., como si fueran aullidos salidos del mismísimo séptimo círculo del infierno.
-¿Qué demonios es eso?- exclamé, mientras me llevaba las manos a los oídos. David hizo de igual forma, poniéndose de pie. Articuló algo con lo labios, pero no entendí el mensaje. Fue cuando David me hizo señas para que saliera de la cocina. En cuanto nos acercamos al pasillo, el sonido de percusión y..., lo que fuera que provocara aquellos ruidos, aumentó. Seguí a Dave hasta la puerta, donde descolgó los abrigos y salió. Una vez fuera, el ruido se atenuó un poco, y pude entender lo que quiso decirme.
-Es Tom- me explicó- tiene un gusto bastante particular por la música.
-¿Música?- repetí, estupefacta. ¡Aquello no podía llamarse música!
-Te dije que era particular- me recordó- Vamos. Si intento hacer que apague eso se armará una discusión, y no quiero que tengas que presenciar eso.
Me cogió de la mano y me llevó hasta las escaleras. El edificio en el que vivía David era bastante pequeño y contaba con tan sólo cuatro pisos. A lo mejor, la ventaja de eso era que cada apartamento contaba con el doble del espacio que uno normal. Las luces de los pasillos, como la de la recepción se mantenían apagadas. Allí, me ayudó con el abrigo y se puso su cazadora.
También, mantuvo la puerta de la entrada abierta hasta que yo pasara. Con esos pequeños gestos, siempre acompañados de una sonrisa, y poco a poco, volvía a constituirse la atmósfera agradable sobre nosotros. Afuera hacia frío, pero eso no era novedad. El cielo, azulado e increíblemente oscuro, estaba cubierto csi en su mayoría por espesas capas de nubes, que parecían no tener fin. Ni siquiera la luna conseguía verse.
David me cogió de la mano, y me guió fuera del camino, por el cesped, que se encontraba cubierto por ocasionales motoncillos de nieve. Bordeamos el edificio, pero él no despegó los labios. Me atreví a mirarle por el rabillo del ojo repetidas veces, para ver si la expresión de su rostro lograba decirme lo que lo tenía tan absorto. Con la actitud tan distante que estaba adoptando ahora, parecía que todo cuanto había ocurrido antes de que me quedara dormida no había pasado en realidad. ¿Lo habría soñado también?..., imposible. No me tomaría de la mano en ese caso.
El patio trasero era bastante más grande que el delantero, pero la mayoría no era más que metros y metros de césped, a excepción de una piscina de hormigón, con forma de riñón, que ocupaba varios metros del lugar. El agua sobre ella lucía calma, y apenas se movía a causa del motor de la bomba del filtro. El motor vibraba.
-¿Qué estás pensando?- me atreví a preguntar por fin. Parecía que el único sonido existente en ese espacio era mi voz, y muy pronto la de él, que sonaba mil veces mejor que la mía.
-En ti- respondió, sin una gota de inseguridad. Me hizo sonreír.
-Estoy aquí- objeté.
-¿Y?
-¿Y no se supone que una persona piensa en otra cuando..., bueno, cuando esa persona no está?
-¿Por qué siempre te crees conocedora de la verdad absoluta?- preguntó interrumpiendo el avance.
-No entendí- repliqué.
-Pues todo el tiempo crees saber que es lo que se debe o no hacer, lo apopiado y lo impropio, lo correcto y lo incorrecto. Nadie puede determinar tajantemente ninguna de esas cosas.
-No eres el primero que se queja de eso- comenté, recordando mi lejana conversación con Bella Swan, en su cuarto la noche que me escapase de la mansión Cullen.
-Con mayor razón entonces- continuó él.
-Bueno, está bien..., supongamos que tienes razón.
-No estoy diciendo que la tenga. De eso estamos hablando- rió él y comprendí a qué se refería.
-Está bien, no tengo remedio- dije, dándome por vencida- cambiemos de tema.
-Bien, ¿de qué quieres hablar?
-Quiero saber más de ti.- le pedí- por ejemplo..., tus pasatiempos.
-Estar contigo- fue todo lo que David contestó. Habíamos reanudado la marcha, y vi que David se acercaba deliberada mente a la enorme alberca.
-Hablo de tus hobbies..., lo que te gusta hacer- aclaré.
-Estar contigo- reiteró, con tono simpático y gracioso, pero para nada vacilante.
-Vamos, debe haber algo que te guste además de estar conmigo- insistí. Comencé a pensar que David intentaba desviarme del tema, evadir la pregunta.
-Déjame ver...-dijo con gesto pensativo, orientando la mirada hacia el firmamento- hablar contigo, caminar contigo, estar contigo..., tomarte de la mano.
David me había apretado sutilmente la mano en cuanto dijo eso último, recordándome nuestra unión.
-Hablemos enserio- le dije, sin encontrarle gracia al comentario.
-Hablo enserio- me aseguró él- ¿es que acaso no me crees?
-No.
-¿Por qué no?
-Porque..., sencillamente no logró concebirlo en mi mente.. admití, con un gesto que me pareció ajeno a mí.
-¿Y eso que tiene que ver?
-Es demasiado bueno- lo dije apenas llegué a esa conclusión- es difícil de creer.
-Difícil de creer- musitó él y disimulo una carcajada. Ya nos encontrábamos a menos de un metro del borde la piscina. Las siluetas de las nubes se reflejaban en la superficie inmaculada del agua con total claridad, al igual que las pocas luces que estaban encendidas en el edificio tras nosotros. Desde mi pocisión, el agua no era más que una masa, un espejo oscuro, lo que delataba su baja temperatura.
-¿Confías en mí?- preguntó de pronto David.
-Ni que lo digas- respondí al vuelo.
-Entonces debes creerme cuando te digo que lo que más me gusta es pasar mi tiempo contigo.
-Pero, ¿qué pasa si yo soy la que afirma eso? ¿Lo creerías? – le desafié, entornando los ojos.
-No, probablemente no- reconoció. Me agradaba comprobar que siempre se mostrara sincero conmigo.
-¿Ves? No estás siendo consecuente.
-No es lo mismo- se apresuró a decir- vives de manera distinta a la mía. No sé bien cómo explicarlo, pero creo que me entiendes.
-Creo que sí- lo que él en verdad quería decir, era que no podía comprar su aburrida vida de adulto con la mía. Si no era eso, era algo muy parecido. David ladeó la cabeza y enredó un dedo en uno de los mechones de mi pelo. Lo recorrió hasta la punta.
-¿No has pensado en cortarte el cabello?- sugirió, de pronto.
-¿No te gusta mi cabello?- la sola idea me hizo sentirme avergonzada.
-No, al contrario. Por eso la pregunta.- respondió esbozando una sonrisa.
-Esto es tan extraño- declaré después de un rato.
-¿Cómo extraño?
-Eres la última persona que..., bueno, jamás pensé que serías tú- dije. No sabía bien de qué manera expresarme. No quería ofenderle, pero tampoco quería que no dimensionara lo que intentaba decirle.
-¿Qué sería quién?
-La persona de la cual me enamoraría- solté, para no dejar lugar a ambigüedades. Estaba haciendo una confesión bastante grande, puesto que arriesgaba bastante con decir eso. Como si pretendiera traer a la vida mi peor temor, David se quedó mudo, sin inmutarse en su posición.
-¿Por qué te quedas callado? – pregunté cuando estimé que había transcurrido un tiempo razonable.
-Has dicho que..,me amas- contestó y pude ver cómo fruncía el ceño, como si no comprendiera el origen o el significado de mi oración. En realidad, ni siquiera estaba segura de eso. David había adoptado una actitud de lo más extraña.
-Pues sí, como es lógico.- repliqué, como si intentase hacerle ver que su actitud no era la adecuada- jamás hubiera hecho las cosas que hice o dicho todo lo que dije si no fuera así.
-Me amas- repitió con voz queda, y juraría que afligida. ¿Es que había algo malo en eso? Había imaginado mil reacciones que podrían producirse en él, pero nunca esperé lo que estaba sucediendo en ese momento.
-Sí. Se supone que tu tendrías que decirme lo mismo. ¿o es que acaso no es así?
-No puedo...- susurró con el semblante compungido. Intentó tocarme la mejilla, pero aparte su mano de inmediato, sin importarme la fuerza que empleara. Pero él no se impresionó. Ni siquiera parecía darse cuenta.
-¿Qué demonios te sucede?- dije apretando los puños y mirándo fijamente a los ojos. Resultaba que de un momento a otro, comenzaba a actuar como si estuviera agonizando o qué sé yo. Sus ojos se perdieron más allá de mi hombro, en la espesura de los árboles que rodeaban el patio, por detrás de la reja.
-¿Qué miras?- dije volteándome, mas no logré divisar nada más que los árboles, los arbustos y la reja. Quietos, a excepción de que se mecían a causa de la casi imperceptible brisa gélida- ¡David, responde!
-No te muevas- fue todo lo que consiguió articular. Me fije que algo relucía en su rostro, en medio de la oscuridad. Junto a uno de sus ojos, había una lágrima luchando por salir. Me aferró con fuera por los hombros, como si intentara mantenerme los pies fijos en el suelo.
-¿Qué estás haciendo?- exclamé e intenté resistirme, mas no pude. Él era más fuerte que yo..., algo que me resultaba completamente imposible, dados los últimos hechos en los que había constatado que poseía una fuera y una velocidad superior a la que poseyera cualquier humano. ¿O es que acaso estaba perdiendo mi fuerza?
Vi cómo David intentaba modelar su expresión, ocultar lo que le estaba afligiendo. No daba resultado, y la voz le temblaba.
-Sólo quédate quieta- dijo en un volumen apenas audible. Intenté zafarme inútilmente.
-¿Por qué? ¿qué sucede?- pregunté exaltada. Una sensación se había ido apoderando poco a poco de mí, pero no fue hasta que David me miró a los ojos que la asimilé del todo, y un terrible miedo m invadió. Sentí exactamente lo mismo que cuando había visto a Tom, y la necesidad absurda de apartarme lo más posible del hombre que tenía en frente dominaba cada célula de mi cuerpo.
-No te muevas- insitió David, aplicando más fuerza para retenerme quieta. Fuera lo que fuera lo que iba a suceder no era nada bueno. Pror fin, las lágrimas comenzaron a desbordarse por su rostro.
-Perdóname- susurró de pronto. Nunca le había imaginado tan destrozado..., y lo peor es que no tenía ni idea de lo que estaba causando aquella angustia en él. Tuve lo que la gente suele llamar "sentimientos encontrados". Quería mitigar el dolor de David, pero al mismo tiempo, quería huir de él. Tanta tensión comenzó a aturdirme.
-¿Perdonarte? ¿por qué habría de perdonarte, David? Eso no tiene sentido- mi voz sonaba más aguda y atropellada que de costumbre. Estaba agitada y nerviosa.
Las manos de David sobre mis hombros comenzaron a temblar, al igual que su mandíbula. Intentó apretarla pero ni eso pudo hacer. Tenía la cabeza gacha, con los ojos clavados en el suelo, si es que los tenía abiertos.
Todo había ocurrido tan rápido, desde que pasáramos de nuestro corriente coloquio, hasta lo que estaba sucediendo ahora. Apenas eran un par de minutos...
Tan repentino, tan rápido, que ni siquiera me di cuenta de cuando mi cuerpo fue rodeado por una masa más fría y espesa que el mismo aire invernal. Una corriente me recorrió la espina dorsal en cuanto tuve contacto con el nuevo medio. Un alarido desgarrador flotaba sobre mi cabeza, y cada vez se hacía más distante, a medida que mi cuerpo iba descendiendo..., cayendo.
Me estaba hundiendo en la más absoluta de las oscuridades, pero de una manera placentera..., sin dolor. Podía sentir mi cuerpo sin peso, mis manos yaciendo inertes, al igual que mis piernas, y el cabello resistiéndose a seguirme hasta las profundidades del abismo. Todos los sonidos habían desaparecido, a excepción de una que desconocía, constante y suave. El aire se me escapaba de los pulmones, rozándome la cara, las pestañas...
Hasta que ya no hubo más aire, y la desesperación invadió mi flácido cuerpo. Abría los ojos de golpe, encontrándome sobre un fondo azulino, intenso e infinito. Era un ambiente diferente, que hizo sentir cosquilleos en la retina. Iba a abrir la boca para respirar, pero entonces me di cuenta de que no necesitaba aire. Podía mantenerme de la misma forma que estuviera respirando constante e inconscientemente, pero sólo que sin hacerlo. El descubrimiento me hacía sentir dura e indestructible. Entonces, tomé nuevamente el control de mis extremidades y las obligué a moverse.
El descenso se detuvo, quien sabe después de cuanto tiempo, y fije mis ojos en el objetivo; hacia arriba. La bóveda que me cubría era aún más oscura, pero tenía ocasionales destellos de luz, y un fulgor suave, plateado, pero contante. Tampoco era fija; ondeaba. Una gran mancha blanca y difusa se disolvía continuamente, justo sobre mí. Continué subiendo, hasta que mis manos fueron capaces de tocar los resquicios de la estela blanca, los cuales se deshicieron ante el contacto.
Fue cuando sentí el cambio de ambiente. El aire, cálido en comparación con el agua, me golpeó en la cara, pero aún así, no sentí la necesidad de inhalarlo. Bastante metros más arriba, pendía el cielo nebuloso. Bajé los ojos y enfoqué la vista al frente. Veía una parte del muro de la enorme piscina de hormigón, y sobre ella, el patio cubierto de pasto. Me acerqué a la orilla de la piscina, y no pude evitar quedarme estupefacta.
Yo no sabía nadar. Nunca había aprendido, y no era eso un problema para mí, pero ahora había nadado. Y no sólo eso, había recorrido una distancia de varios metros en apenas segundos. Me aferré con las manos al borde con la cubierta gravillada, y me impulsé ligeramente hacia arriba. No había rastro de David.
-¡Dave!- le llamé, lo suficientemente alto para que una persona se asomara por una de las ventanas del edificio. No hizo más que eso. ¿Acaso no era la ventana de su piso? Ejerciendo presión sobre las manos, logré poner una rodilla arriba y salir del agua resultó más que sencillo. El cabello me pesaba tres veces más de lo normal, y se me pegaba al cuerpo, al igual que la ropa. Me quité las botas llenas de agua y me tumbé sobre un espacio despejado en el césped.
Miraba a todos lados en busca en David, o de quien fuera. No podía haber ido demasiado lejos en tan poco tiempo. Hallarme sola en medio de la noche no me agradaba en lo absoluto. Un ruido lejano llegó hasta mis oídos, como si millones de cristales rotor se desplomaran sobre una superficie dura. Sobresaltada, giré la cabeza hacia el edifico. Nada.
Me puse de pie y me quité trabajosamente el abrigo, todo empapado. Cayó pesadamente sobre el suelo, y sentí inmediatamente el alivio. Lo cogí con la mano derecha, y con la otra agarré el par de botas. Comencé mi retorno hacia el edificio a paso lento, cansado y confuso, envitando las zonas en las que se esparcía la nieve. No podía creer que no estuviera padeciendo de hipotermia o algo similar.
Empujé la puerta de la entrada y reduje el paso aún más por miedo a no resbalar.
Las luces del vestíbulo así como las de los demás pasillos estaban ahora encendidas, bañándome con su resplandor amarillo. Subí por las escaleras, dejando a mi paso varios charcos de agua. Agradecí que el edificio no tuviera portero. De otro modo, me hubiera llenado de preguntas, y no hubiera dejado entrar así como iba. Sólo debía preocuparme de que a ningún vecino se le ocurriera salir y me viera en esas condiciones. Sería humillante.
Cuando al fin llegué al cuarto piso, me quedé a tres escalones. La puerta del apartamento de David estaba abierta. Había manchones de barro en el piso, y la maceta que había junto a la puerta yacían rota en el suelo, con la planta agonizando sobre el frío suelo concreto. Apresuré el paso y entré por la puerta.
-¿Qué?- musité de forma impulsiva al ver las condiciones del lugar. Estaba hecho un caos, por lo que no me importó que mis pies mojados dejaran unas feas manchas sobre la alfombra. Parecía que un tornado había pasado por la sala de estar. Los sillones, tanto como el sofá estaban fuera de lugar, e incluso uno estaba patas arriba, en dirección a la ventana. La barra con las cortinas, tanto como su soporte, habían sido desprendidos, y reposaban tirados en el piso.
La mesa de centro estaba volteada y el montón de papeles esparcidos por todo el piso, sobre los sillones, en el pasillo...., y no sólo los papeles. Toda clase de objetos, desde adornos, como el florero de la mesa, hasta libros. El pantalla plana estaba hecho añicos.
Un cuadro estaba chueco, mientras que otro había caído de plano sobre el piso. Comencé a preocuparme, y me giré inmediatamente. El comedor tampoco se había salvado. Todas las patas de las sillas indicaban una dirección diferente, e incluso una estaba hecha pedazos, quedando la madera descolorida a la vista, por debajo de la capa de pintura oscura.
Sobre la mesa, habían cientos de cristales esparcidos, centelleando ante la luz y sólo entonces me fijé en que el marco del espejo estaba casi totalmente vacío, y un tanto descuadrado. También había un charco de agua .La lámpara del salón había sido arrancada en uno de sus extremos, pero aún iluminaba lo suficiente. Sólo entonces, me percaté de que mis pies se hallaban sobre algo. Una de las calas estaba tirada bajo mi pies, pereciendo.
Entonces, recordé a Tom, y me precipité hacia la segunda puerta del pasillo, que también estab abierta del todo. La habitación estaba desordenada, pero era de esperarse tratándose de un adolescente de diecisiete años. Por lo demás, no había rastro de Tom. Cuando volví al salón para asomarme por el pasillo, me fije que la cerradura de la puerta principal había sido forzada.
Estaba achatada, y tenía una abolladura en la parte superior. Prácticamente, la técnica había sido deshacerse de ella, no forzarla. Alguien había entrado a la fuerza. Pero, ¿para qué?. No podía ser un robo..., no sabían llevado nada; al contrario, la intención había sido destruirlo todo. Además ningún ladrón provoca tanto escándalo. En realidad, era bastante extraño que ninguno de los vecinos hubiera salido, considerando los ruidos que debía de haber provocado lo que había dejado el apartamento en aquel estado.
-¿Estás bien?- casi di un grito cuando sentí la voz entrecortada de David tras de mí. La única reacción que tuve, fue retroceder, aunque los pies se me enredaran. David estaba parado en la puerta, con los hombros caídos y la voz cansada. Respiraba de manera irregular, como si hubiera sido preso de una profunda agitación. Ya no llevaba las gafas puestas, tampoco la chaqueta. En cambio, llevaba la camisa arremangada hasta los codos y el cabello desordenado.
-¿Qué diablos está sucediendo?- pregunté con voz dura, pero sin querer, desesperada. No iba a quedarme sin respuestas.
-¿Te golpeaste? ¿Alguien te hizo alguna cosa?- me interrogó, ignorando mi pregunta e insistiendo en su afán por acercarse. Una vez más, lo evité con cautela.
-Por supuesto que no, ¿por qué alguien habría de hacerme algo?- chillé, harta de sus rodeos.
-Hay más razones de las que eres capaz de ver- respondió con tono amargo, entremezclado con una risa carente de alegría.
-¿Qué razones? ¿Las mismas razones por las cuáles me arrojaste a la piscina?
-Lo lamento Elizabeth, yo...- David intentó acercarse a mí una vez más, pero yo no iba a caer en su juego. Ya me había arriesgado demasiado. Una vez más, la vida me ponían por delante más de lo que era capaz de soportar. Entonces, me di cuenta de que me encontraba cerca del teléfono, que se encontraba tirado en el suelo, descolgado. Lo cogí de un tirón, sin dar tiempo a David para que me frenara. Comencé a discar los números.
-¿Qué estás haciendo? –preguntó David, de pronto preocupado.
-¿No es obvio? Llamo a la policía.
-¿La policía? Elizabeth, no es necesario ¡no lo hagas!- él intentó convencerme de manera desesperada, como si lo peor que pudiera hacer en ese momento, fuera llamar a la policía. Puso ambas manos extendidas hacia mi, negándome con ellas y con la cabeza. Me llamó la atención en que insistiera con tanto ahínco.
-¿Por qué no?
-Elizabeth, por favor- trató por última vez, justo en el momento en el que la llamada era contestada.
-Habla Elizabeth Niles- contesté a la voz femenina que me respondiera del otro lado de la línea. No alcancé a decir más, por que David se avalanzó rápidamente sobre el cable del aparato, y lo cortó de un tirón, dejando expuesto los filamentos de cobre.
-¿Qué haces? ¿estás loco?- chillé, impresionada por lo que David acababa de hacer.
-No puedo permitir que metas a la policía en esto.
-Alguien ha entrado en tu casa a la fuerza ¿y no quieres implicar a la policía en esto?- repliqué- ¡Eso no tiene sentido! ¿Qué, ahora me dirás que tienes problemas con la ley?
David guardó silencio, confirmando mis temores. Rehuyó de mi mirada, y la clavó en el suelo. No fui capaz de hablar sino después de un largo momento., en el que estuve abriendo y cerrando los puños de las manos, para relajarme y mantener la calma.
-Entonces...- dije, sin poder creérmelo en su totalidad- tienes problemas con la policía.
Sólo cuando oí el retorno, comencé a considerarlo con seriedad.
-Es un malentendido, no es lo que tú crees- intentó excusarse él.
-¿Y qué es lo que yo creo?- me apresuré a interpelarlo y la voz me tembló.
-No hice nada incorrecto- respondió David por lo bajo, con pausas entre cada palabra- de forma deliberada.
-¿Entonces..?
-Tienes que confiar en mí.- fue todo lo que dijo, como si se tratara de algo crucial.
-Confiaba en ti..., hasta que me arrojaste al agua sin darme ninguna explicación- respondí, poniendo los ojos en blanco.
-Dijiste que me amabas- me recordó.
-Te amo- me causó una especie de irónica gracia que fuera la primera vez que se lo decía con todas sus letras...,y que fuera en esas condiciones, por lo que empecé a sollozar- pero..., no sé que pensar de toda esta locura. Quisiera creer que no tienes nada que ver con esto, que estás igual de desconcertado que yo, pero sé no es así.
-No llores- mustió él. Eso fue suficiente para que volviera a disolverme en lágrimas. No entendía cómo es que no habían llegado antes. Él se acercó a mí, y esta vez no fue capaz de evadirle; había perdido el dominio de mi cuerpo. Me limité a quedarme quita, a dejar que me envolviera en su abrazo y apoyar mi cabeza empapada en su pecho. Estaba llorando con desesperación, e incluso me ahogaba con mis propios sollozos.
Después de toda esa agitación, de pronto venía la calma. Ni me di cuanta cuando estuve sentada en el único sillón que no estaba volteado o destrozado, con David arrodillado enfrente de mí, tratando de detener mis lágrimas.
-Ya pasó- repetía una y otra vez. Cuando había transcurrido un tiempo considerable, me apartó el cabello que tenía pegado en la frente y en las mejillas, y recorrió mi piel con sus finos dedos. Comencé a recobrar la compostura, pero no podía borrar la expresión afligida que contraía mis facciones. Le miraba intensamente, intentando encontrar la respuestas que se negaba a pronunciar en las ventanas de sus ojos, pero incluso ellos estaban blindados. Cogió mi rostro entre sus manos y me besó. Esta vez fue diferente.
Era un beso elocuente, deliberado y lleno de sentimiento, de ternura y de amor. Duró exactamente lo que debía durar, y luego David se apartó. Al contrario de lo que esperaba, su semblante estaba desconsolado.
-Será más difícil de lo que creía- se lamentó.
-Sería menos difícil si me explicarás lo que sucede- señalé. Mi voz sonaba grave y pastosa, como terminaba cada vez después de un profundo llanto.- ¿por qué no confías en mí?
-No es un asunto de confianza.
-Sin embargo, me ruegas que confíe en ti. Es tu respuesta ante cualquiera de mis preguntas.
-Tu confianza y tu amor es a lo único que puedo apelar ahora. No me niegues eso.- suplicó él. Había cogido mis manos húmedas entre las suyas.
-Mi vida se resume a algo aún más raro sobre lo raro- dije, intentado sonreír- debería dejar de sorprenderme de las cosas que suceden.
