CAPITULO 35
Sue, Kit y Jimmy estaban ante Isabella en la parte de atrás del gran salón, mirándola con ojos llenos de esperanza. La madre de Jimmy estaba al lado de su hijo. Sus ojos castaños miraban a Isabella con desconfianza. Su burdo vestido de algodón estaba sucio, y tenía los pies descalzos. No tenía intención de disimular la hostilidad que sentía hacia ella, que le quemaba los ojos.
Isabella inspeccionó el salón. En las mesas cercanas al centro, los soldados atacaban el pan que los sirvientes acababan de poner delante de ellos. Los campesinos dejaban pasar el tiempo recostados contra la pared, no lejos de ella, a la espera de su oportunidad para lanzarse sobre la comida. Todos miraban con sus caras impasibles, famélicas. Isabella notó que la madre de Jimmy miraba con angustia los alimentos. «Piensa que una vez más se quedará con hambre», se dijo Isabella antes de volverse hacia Kit.
—¿Dónde te sientas normalmente para comer? —preguntó Isabella.
—¿Sentarme? —preguntó Kit, mirando confundida a Sue—. Nos sentamos donde podamos encontrar un espacio, pero la mayoría de las veces comemos de pie.
—Así es —concordó Sue—. Resulta más práctico comer de pie.
—Un rincón oscuro es lo mejor —intervino Jimmy—. Donde nadie te pueda robar el alimento.
Isabella sintió una fuerte corriente de compasión y simpatía. Pobre niño. No era necesario vivir de esa manera. Todo el mundo debería disfrutar de una comida al día, como mínimo. No tan buena, a lo mejor, como la de los nobles, pero nutritiva y caliente, al fin y al cabo.
Isabella condujo al grupo hasta una mesa medio rota que estaba en un rincón, entre las sombras oscuras de la parte de atrás del salón.
—Aquí —dijo Isabella mientras se inclinaba para colocar sus manos en el borde de la mesa—. Ayudadme.
Sue y Kit se le acercaron, pero la madre de Jimmy se quedó quieta, con las manos sobre las caderas, mirando a Isabella.
—¿Qué estás tramando? —le preguntó—. ¿Por qué debemos trabajar para ti?
Isabella estuvo a punto de contestarle, pero Sue explotó:
—Será mejor que no le hables de esa manera.
—¿Y por qué no? —preguntó la mujer.
—Está bien, Sue —dijo Isabella después de enderezar la mesa de madera, que además de rota estaba caída, con la ayuda de Kit.
Se volvió hacia la madre de Jimmy y la estudió. Su cara estaba llena de suciedad, estaba despeinada y le faltaban dos dientes. Su vida podía ser mucho mejor.
—Porque si me ayudas —declaró Isabella—, podrás comer hasta saciarte.
—¿Y por qué debería creerte? ¿Quién eres tú?
—No tienes nada que perder —contestó Isabella, inclinándose para levantar un banco caído. Se sintió contenta al ver que Kit levantaba otro banco y se sentaba en el lado opuesto de la mesa.
—¿Que no tengo nada que perder? —replicó la mujer, pasándose una manga deshilachada por la sucia nariz—. ¡Lo que probablemente quieres es envenenarnos a todos! —añadió, y agarró el brazo de Jimmy para llevárselo con ella.
Isabella vio cómo se alejaban. Su corazón se conmovió por el muchacho. Que su madre fuera terca no debía condenarlo a pasar hambre. Oyó los comentarios de la gente alrededor del salón y miró a los hombres y mujeres sentados a la mesa, que la contemplaban mientras se llenaban la boca. Isabella levantó el mentón y les dio la espalda. No necesitaba su ayuda ni su aprobación.
—Sue, tu trabajo consiste en asegurarte de que esta mesa esté limpia antes de cada comida. Y a juzgar por esto —dijo mientras pasaba un dedo por la superficie de la mesa y le mostraba la mugre que se le había pegado a él—, tu trabajo no será del todo fácil.
—Así es —contestó Sue, comenzando a limpiar la madera con su delantal.
—Y tu trabajo, Kit, consiste en traer las comidas. Cuando sea necesario, Sue te ayudará.
Kit asintió con la cabeza.
—Habrá suficiente comida para llenar el estómago de todo el mundo, de modo que no temas pedir más. Procura que siempre haya un cuenco dispuesto. Todo el mundo es bienvenido a esta mesa —agregó mirando a Edward, que estaba sentado en su asiento de costumbre al otro extremo del salón—. Todo el mundo.
Cuando terminaron de limpiar una pequeña porción de la mesa y se sentaron, Kit llevó la comida: un cuenco de puré de guisantes para cada uno. Y cuando Kit se sentó al lado de Isabella y comenzó a comer, murmuró:
—¡Dios mío! ¡Está caliente! Nunca había probado una comida caliente. ¡Dios mío!
Kit hundió la mano en el puré e Isabella se puso lívida.
—Kit —la regañó Sue. La muchacha levantó la vista, con una mancha de puré en la nariz, Sue frunció el ceño y sacudió la cabeza antes de agarrar una cuchara y hundirla en el cuenco.
Kit levantó su cuchara y se quedó mirándola un momento.
—Dios mío —dijo, y la sumergió en el cuenco.
Isabella sonrió con orgullo, y cuando estaba a punto de empezar a comer, sintió que alguien le tiraba de la manga. Miró hacia abajo y vio que Jimmy estaba a su lado, mirando con avidez la comida.
Isabella sonrió, le señaló un cuenco que había al lado de Sue y vio cómo el muchacho corría hasta su asiento y comía, para contento de su corazón y de su estómago.
Y la gente fue llegando. Había más campesinos a la hora del almuerzo, y aún más a la hora de la cena. La comida era buena. Había pan del día con cada comida. Y como se pudo comprobar, Sue era una experta en los asuntos de la cocina. Por algo era la mayor de doce hermanos.
Dos días más tarde, ya necesitaban otra mesa.
Edward se desplomó en el asiento que había frente a la chimenea. Habiendo fracasado en su intento de ahogar la lujuria en las jarras de vino y de cerveza que no había dejado de beber desde la hora del almuerzo hasta bien entrada la noche, ahora miraba el fuego con una copa de vino en la mano… y sólo veía los ojos azules de Isabella en aquellas llamas danzarinas.
—No puedes permitir que esto continúe —dijo McFinley—. Conseguirá que tu gente se vuelva contra ti —añadió el caballero de pelo rojo mientras miraba a su señor, y como Edward no respondió, remató el comentario—: Los sirvientes me han dicho que, en realidad, no es tan mala. Les está poniendo en tu contra.
—Ayer abofeteaste a uno de ellos por decir algo parecido —anotó otro caballero.
—Y lo abofetearía de nuevo si lo volviera a decir —concluyó McFinley, golpeándose el muslo con el puño—. ¡Ella es el Ángel de la Muerte! ¿Se puede ser peor? Y ahora envenena las mentes de la servidumbre.
Edward bebió con avidez el vino que le quedaba. Después bajó la copa y continuó mirando el fuego.
—¿Me has oído, Príncipe?
Y como Edward no respondió, McFinley se desahogó con un gesto de la mano.
—Te sientas ahí y estás tan quieto como una verruga en el culo del rey.
—Te estoy oyendo —gruñó Edward amenazadoramente.
McFinley palideció. El hombre que insultaba a Edward acababa ensartado en su espada antes de que llegase el día siguiente.
—No te asustes. Sólo creo que estás equivocado —dijo Edward con calma.
McFinley se retiró rápidamente y Edward notó que los asientos que había a su alrededor estaban vacíos. Agachó la cabeza para mirar la copa vacía. Isabella estaba haciendo estragos en su hogar, en su castillo, entre su gente. Estaba enemistándolo con los campesinos, o al menos eso afirmaba McFinley. Sin embargo, aunque la había visto conversar con muchos de los sirvientes y había notado que a todos los trataba bien, ninguno de ellos había manifestado nunca un signo de rebelión contra Inglaterra o contra él.
Por lo tanto, ¿qué debía hacer? El único cambio que había visto era en el comportamiento de sus hombres, que estaban furiosos porque temían su influencia sobre Edward y sobre su gente. Pensaban que el Ángel de la Muerte, de alguna manera, se había adueñado del castillo.
Pero eso era imposible. ¿Qué podía hacer ella, sin armas, contra semejante fortaleza? No obstante… ya la había subestimado en ocasiones anteriores. ¿Sería cierto que lo estaba enemistando con los campesinos?
—Parece que has asustado a tus hombres —declaró una voz.
Sin levantar la vista, Edward supo que era Gris, que se dejó caer en uno de los asientos cercanos.
—¿Puedo ofrecerte algún consejo?
—No —replicó Edward.
Gris sonrió.
—Estás de muy mal genio, hermano, pero te lo daré de todas maneras.
Edward gruñó. Sabía que Gris le diría lo que pensaba, sin importar lo que él pudiera pensar. Gris era uno de los pocos hombres que Edward respetaba y a quien consideraba su igual. Era el único hombre al que nunca había podido derrotar en el campo de batalla, aunque su amigo tampoco lo había vencido jamás a él.
—Eres muy terco —dijo Gris—. Tu Ángel es una mujer extraña. Es inteligente, educada, para bien o para mal, y bella. Puede conquistar los corazones de sus enemigos con sólo mirarlos. Y por encima de todo, es una guerrera.
—¿Y qué? —preguntó Edward con impaciencia.
Gris se inclinó hacia delante hasta colocar los brazos encima de sus rodillas y quedar casi pegado a Edward.
—He visto cómo te mira —dijo con calma—. He visto cómo te sigue con los ojos cuando atraviesas el salón.
—Ella es mi enemiga —murmuró Edward.
—Oh, no, hermano. Es sólo tu contrincante, tu lado opuesto.
Edward miró los sabios ojos del amigo. En las arrugas de su frente se reflejaba la confusión y en sus ojos bailaba la incredulidad.
—Olvídate del rescate. Hazla tuya —le aconsejó Gris con sinceridad.
—No puedo hacerlo —contestó Edward de muy mal genio, volviendo la cabeza hacia el fuego—. No sería honorable que la llevara a la cama antes de que regrese el mensajero de Francia.
Gris lo estudió en silencio durante un largo rato.
—¿Por qué te inventas alguna excusa? Tienes que hacerlo. Estás enamorado de ella.
—No —contestó Edward con firmeza—. La deseo, sí, pero no estoy enamorado de ella.
Gris movió la cabeza con tristeza.
—Eres un hombre terco, Edward Cullen. Contéstame a esta pregunta: cuando te nieguen el rescate, ¿qué conducta te dictará el honor?
—Será mía. Podré hacer con ella lo que me plazca.
—¿La llevarás a la cama y luego la arrojarás a las mazmorras?
La imagen de Isabella encadenada en una celda oscura, al lado de traidores y asesinos, desató su furia.
—Eso no es asunto tuyo —dijo Edward, apretando los dientes.
—¿Y has considerado la posibilidad de que el rey acceda a pagar el rescate?
—Eso es imposible.
Gris sonrió tranquilamente. Ya iba a hablar de nuevo cuando vio que McCarty entraba al gran salón y se dirigía hacia ellos. McCarty miró a Edward antes de anunciar solemnemente:
—El mensajero francés ha llegado.
El día, finalmente, había llegado. Isabella sería suya.
Poco después, Edward Cullen estaba en pie en una almena de su castillo, mirando los tejados de la aldea y, más allá, los campos sembrados. Sintió que su corazón levantaba el vuelo. Quería dárselo todo a Isabella. Quería hacerla feliz. Y ahora, finalmente, sería libre para hacerlo.
Vio con satisfacción cómo el sol se levantaba. Por primera vez en su vida sabía lo que le deparaba el futuro… y le gustaba.
Le dio la espalda al paisaje que tenía delante de él y descendió las escaleras. Abrió la puerta de madera y entró al castillo.
El interior estaba calmado, más silencioso que el campo al amanecer antes de una batalla. El salón de recepciones estaba siendo acondicionado para recibir y saludar al emisario francés. Cuatro grandes columnas de soldados se alineaban en el salón vacío, cerca del pasillo central. Una gran silla de terciopelo rojo estaba siendo colocada contra una de las paredes… Era su asiento favorito. La silla de los juicios.
—Le ruego que me disculpe, señor.
Edward se dio la vuelta y encontró que la sirvienta amiga de Isabella se frotaba las manos delante de él. Su nombre era Sue, según recordaba. La mujer retorcía nerviosamente su delantal. Ninguno de los sirvientes les había dirigido la palabra nunca, ni él a ellos. Era consciente de que su presencia los intimidaba y no podía soportar sus temblores y vacilaciones. Volvió a mirar su silla favorita.
—¿Qué se te ofrece?
—Me estaba preguntando, señor, qué será de la señora Isabella cuando nieguen el rescate que se ha pedido por ella.
Edward la miró con el ceño fruncido.
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí, señor, lo sé. Pero es sólo una niña, y no puede usted arrojarla a las mazmorras ahora.
Los ojos de Edward se nublaron, como se nubla el día cuando se aproxima la tormenta, pero Sue continuó:
—No sería cristiano, señor…
Edward gruñó. No creía en Dios. Creía que el hombre debía luchar para buscarse sus propias oportunidades, pero nunca había expresado semejante opinión. La Iglesia ejercía casi tanto poder como el mismo rey, y él no podía permitirse el lujo de enemistarse con ninguno de los dos.
—Es una buena muchacha, señor. No merece que la encierren como a un vulgar ladrón.
—Tu opinión, si es que así puede llamarse, será tenida en cuenta.
—Gracias, señor —contestó Sue, haciéndole una reverencia.
Edward vio cómo se tambaleaba al alejarse. ¿Qué les había hecho Isabella a sus sirvientes? ¿Desde cuándo se atrevía Sue a intercambiar dos palabras con él, por no hablar del atrevimiento de decirle lo que verdaderamente pensaba? Edward se encogió de hombros. Su mente volvió a Isabella. ¿Qué cara pondría cuando se enterara de que el rey no pagaría el rescate? ¿Se arrodillaría delante de él para implorar clemencia?
Su boca dejó escapar una ligera sonrisa. No. Jamás haría eso su Ángel. La hermosa guerrera levantaría su pequeño mentón con arrogancia y le preguntaría qué pensaba hacer con ella.
—¿Vas a desayunar? —preguntó McCarty al entrar al salón.
Edward se sentó en su silla. Sus ojos descansaron en los de su amigo.
—No hasta que sea mía. Dile al mensajero que entre.
Minutos después, el salón estaba lleno de curiosos. Los sirvientes se escondían detrás de las puertas, esperando oír lo que el rey francés haría. Algunos de los hombres de Edward atiborraban la estancia mientras los oficiales se colocaban detrás de su señor. La Jauría de los Lobos, como siempre, vigilaba desde las sombras que el sol de la mañana proyectaba detrás de las columnas.
El mensajero permanecía solo en medio del salón.
Edward lo miró con atención. El hombre era pequeño y delgado, ciertamente poco digno de permanecer ante la figura imponente del Príncipe de las Tinieblas. Edward sentía que su espíritu volaba, lleno de ilusión, deseoso de poseer a su dama. Vio que McCarty, detrás de él, parecía cauto, pero antes de que pudiera reflexionar sobre ello, el mensajero sacó del bolsillo de su túnica un pergamino. Lo desenrolló y habló en un inglés bastante deficiente:
—El poderoso rey de Francia invita al Príncipe de las Tinieblas a liberar a su más valiosa…
—Déjate de prolegómenos —gruñó Edward—. ¿Pagará o no pagará el rescate?
El mensajero se enderezó, indignado. Sus ojos oscuros miraron a Edward mientras sus manos temblorosas enrollaban otra vez el pergamino y lo metían al bolsillo de su túnica.
—El rey de Francia no pagará el rescate.
Los murmullos se extendieron por todo el salón al difundirse la noticia.
Edward no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Se puso de pie y palmeó, muy contento, la espalda de McCarty. Era suya. Isabella de Swan tendría que ajustarse a sus deseos. Nunca se había sentido tan aliviado. Se volvió para encaminarse hacia la habitación de Isabella, a quien deseaba contarle cuanto antes el veredicto de su rey.
—El rescate lo pagará el conde Dumas —añadió el mensajero.
Las palabras lo dejaron paralizado en el lugar donde estaba. El silencio se adueñó del salón y todos los ojos se dirigieron a Edward.
Despacio, volvió su mortífera mirada hacia el mensajero.
—¿Qué has dicho?
Hubo un brillo de engreimiento en los ojos del mensajero cuando contestó:
—El prometido de Isabella de Swan, el conde Dumas, pagará el rescate que has pedido.
La ira se fue apoderando poco a poco de Edward, borrando todos los trazos de su anterior alegría. Apretó los dientes y entornó los ojos antes de retirarse como un trueno del salón de recepciones.
