Tesoro.

Escondido en una de las esquinas más alejadas de su habitación, justo en donde la cama pegaba con pared, Juudai guardaba un pequeño secreto. No era algo así como joyas, dinero o algún objeto raro que se pudiese intercambiar por algo material, sino más bien algo que podría parecerle insignificante al más poderoso rey. Era un pañuelo azul, un poco sucio y que despedía un aroma cautivador. Él lo había encontrado hacía pocos días sobre su cama, se le había caído a Johan mientras ambos tenían un duelo de prueba, y como no lo había reclamado, él ya lo consideraba como suyo.

Aún no podía afrontar el hecho de que estaba enamorado de su mejor amigo, de alguien a quien apenas conocía, pero aún cuando no podía hacerse a la idea, buscaba cualquier manera de poder tener algo de Johan con él o de pasar más tiempo a su lado. Por eso, ese pequeño pañuelo se convirtió en un objeto de valor inconmensurable en cuanto lo vio y lo olió, llenando sus sentidos con la suave fragancia masculina que despedía su amigo, una mezcla entre algo picante -canela, quizá- y algo un poco más dulce, algo que conseguía llevarlo casi al cielo.

—Hm, ¿aniki? -Sho interrumpió sus pensamientos, que habían volado alto, mientras sostenía el pañuelo entre sus manos, en Sho podía confiar, por lo cual no había necesidad de esconderlo, de todos modos, no lo sabía- ¿Qué es eso?

—¿Esto? -una sonrisa se extendió por su rostro, al recordar el semblante de Johan con sus ojos verdes brillando y su rostro animado- Esto es mi más grande tesoro, por ahora...

FIN