Capítulo XXXVIII: Las cartas sobre la mesa

Las cartas que se recibían en el palacio de Greenwich iban a parar inmediatamente a los aposentos privados de la reina Isabel, ella las leía encantada puesto que estas provenían desde Turquía, ése país de salvajes en el cual secuestraban chicas inocentes para luego venderlas al haren del sultán de allí pasaban a ser concubinas y si tenían la mente afilada, el intelecto agudo y la belleza fresca entonces podían considerarse favoritas del gobernante. Muchas llegaban a ser una favorita pero pocas una valide. Como la mujer que mes con mes escribía a la reina manifestando su contento por las relaciones comerciales que se forjaron entre el imperio del hijo de la valide Safiye Sultan e Isabel Tudor cuya madre, tuvo una historia similar a esa mujer.

Apenas llegó la carta la reina rompió el lacre con impaciencia de veras disfrutaba con cada lectura, esas cartas estaban llenas de tanto misticismo y fantasía que a veces la reina amenazaba con ir a visitar en persona el imperio que bajo las sombras gobernaba la sultana Safiye. Solo que lo que impedía tales viajes eran sí, sus príncipes y los asuntos de estado. Aunque tenía a Bash para ayudarla con ellos sentía que desde el nacimiento de los pequeños se volvió una holgazana, no quería que para nada se pensara que el verdadero gobernante era Sebastian para Isabel Tudor debían dejarse en claro los roles de cada uno dentro del núcleo familiar: ella por ser la hija de Enrique VIII era por consiguiente cabeza de su familia, Bash era su esposo que si bien le ayudaba con las tareas del gobierno no se permitía ni dejaba que se permitiese adquirir otras responsabilidades. También estaba Cecil quien con los últimos acontecimientos en Escocia y Francia tenía los nervios enervados.

Y no era para menos, esas cartas junto con el embajador turco llegaron en un momento de desastrosa ansiedad el indeseable embarazo de su prima María fue suficiente motivo para ponerla de los nervios si María daba a luz a un niño este reclamaría Escocia en el futuro; no importaba dónde y cómo fuese criado siempre existiría quién estuviera dispuesto a velar por los derechos del pequeño príncipe, en cambio sí era niña…Isabel estaba segura de que María no pararía por un asunto menor como ése. María demostró que hasta en los momentos de mayor penuria podía encontrar quién le diese la mano. Estaba convencida de que giraría el rostro en torno a España con el fin de buscar para su princesa un partido adecuado que pudiera proporcionar a su madre los ejércitos necesarios con el fin de seguir adelante con la lucha por su causa.

Cecil proponía ideas que le ponían los vellos de punta: pretendía meter espías en lo que quedaba de su corte en Aberdeen así como ella asistida por los De Guisa, Enrique II y España misma metieron en la corte inglesa. La idea principal era que apenas naciese el niño debían deshacerse de él cuanto antes. A fin de evitar que María siguiera buscando ayuda para defender lo que le correspondía por derecho tanto de nacimiento como de conciencia.

Isabel sabía que eran medidas drásticas y desesperadas, no obstante ya estaba harta de tanto estira y afloja por parte de Elizabeth Burson y de la misma María Estuardo ninguna de las dos estaba dispuesta a parar hasta no ver a la otra completamente derrotada.

Por otra parte Safiye le escribió en una de sus muchas cartas que en la realeza otomana existía una ley semejante a lo que Cecil quería proponer: para que un Sultán pudiera tener un sultanato tranquilo y en paz debía ejecutar a sus hermanos apenas ascendiera al trono. A sabiendas de que Allah le concedería el perdón a veces Isabel quería ser como esos sultanes otomanos; quería ahorcarle el cuello a su odiosa rival y acabar con todo. Sin embargo siempre, siempre se acordaba de España, de Felipe y del papa, de su reputación que quedaría manchada nada más ponerle las manos encima a María.

—Majestad. —Isabel aún con los ojos pegados al ventanal rodó los ojos apenas escuchó la voz de Cecil provenir desde la puerta cada que Cecil entraba a sus habitaciones era para hablar de María Estuardo. Como si no existieran otros temas de importancia en el reino. —Me temo que traigo malas noticias.

Isabel se llevó la mano al cuello tocándose el camafeo que su padre le regaló a Jane Seymour cuando la cortejaba.

—Habla.

—Se trata de María Estuardo.

La reina bufó.

—Ya sé que contigo siempre se trata de María Estuardo Robert, ¿De quién más ha de ser si no es ella?

—Majestad, María de Escocia ha dado a luz a un niño en Aberdeen.

Isabel terminó de colapsar, ¿Un niño? Por Dios santo lo que faltaba para acumular sus problemas. Ahora, ¿Qué iban a hacer?

¿Cómo debían actuar ante tales noticias tan desastrosas para los planes de todos?

(…)

Elizabeth destrozaba todo lo que se encontraba al paso, desde que Mauled entró a sus habitaciones para darle tan terrible noticia se llenó de una furia que no era capaz de contener, ¿Cómo había sido capaz María Estuardo de dar a luz a un niño? Eso ponía gravemente en peligro sus pretensiones al trono de Escocia y lo peor, era que aún no podía poner un solo pie en el maldito Aberdeen porque seguían apoyando la causa de la mujer a la que llamaban ´´La verdadera reina´´. En su consejo nadie se atrevía ni si quiera a murmurar algo.

Ni si quiera Francisco que estaba tan impresionado como ella daba muestras de querer tranquilizarla solo se mantenía sentado al otro lado de la mesa rectangular con la esperanza de que le cesara la rabieta.

—Elizabeth. —Mauled había sido quién encendió la mecha de su furia, también fue el mismo que se animó a apagarla, cuando habló con la voz un poco más subida de tono de lo normal.- —Haciendo pataletas no lograremos nada, tenemos una princesa que está comprometida con el hijo heredero de lord Gordon dejémosles soñar que serán reyes algún día. Mientras. Hay que encontrar la manera de deshacernos de ese molesto príncipe Estuardo rápido y para siempre.

Thomas O'Hara con su habitual sonrisa déspota se encontraba de acuerdo, lo mismo James McRuary.

—Debemos actuar, pero con suma cautela—acotó Francis tomando una uva del frutero que tenía delante—Estoy seguro de que María no dejará que le quitemos a su príncipe. La maternidad convierte en loba a cualquier mujer.

—¡No! —rugió Elizabeth, tenía la mirada furica pero para su fortuna consideraba que tenía el pensamiento completamente lucido. —Ya estoy harta, o he de ser coronada o he de morir en el intento. Mauled, Thomas, Francis y lord James estoy dispuesta a marchar dentro de una semana a Aberdeen con el grueso de nuestras tropas. Si María quiere pelear por el trono de Escocia entonces que se enfrente a mi en una batalla a muerte en el campo de batalla.

Aquella declaración tan precipitada a juicio de los presentes dejó mudos a los consejeros, ¿La reina perdía la razón completamente?

—Elizabeth—Mauled se precipitó hacia ella. —Escocia necesita a su reina entera mentalmente, ¿Qué sandeces son esas que dices?

—No es ninguna sandez, eso puedo asegurarlo si María quiere el trono entonces que pelee como estoy dispuesta a hacerlo yo. En Francia tuve visiones las mismas que tuvo mi madre las tuve yo, me veía en un campo de batalla mataba a mi rival y la corona rodaba hasta mis pies. Eso es una señal de que Dios quiere que sea reina pero antes. —Elizabeth se cogió los cabellos jalándoselos con fuerza—antes debo pelear con ella de frente no mandando hombres como en los últimos meses. Dime que me entiendes Mauled además soy una Burson estoy acostumbrada a pelear por lo que quiero.

Mauled se llevó las manos a la frente en gesto de desesperación, James McRuary estaba como siempre de acuerdo con la reina y Francis veía todo cómicamente.

—Como quieras—atinó a decir el viejo secretario de la reina, ganándose por ello una sonrisa por parte de Elizabeth. —Mañana comenzaré a reunir a todos los hombres marcharemos sobre Aberdeen y que sea lo que Dios nuestro señor quiera.

—Francis. —Francis elevó la mirada apenas los ojos de Elizabeth se posaron sobre él. —Es necesario que lleves a Catalina con tu madre, puede ir con ella Agnes Gordon. En caso de que yo muera no dejes que los Gordon pretendan gobernar en nombre de nuestra hija.

El rey de Francia se limitó solamente a asentir si Elizabeth moría por supuesto que no dejaría de meter sus manos en la caldera hirviente que era Escocia, velaría por los derechos de su hija pero también pensaba en casar con otra mujer. Por ejemplo con lady Lola.