Maldición
Personaje: Stygian
[Advertencia: spoilers del final de la séptima temporada]
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El menudo unicornio despertó en aquel lugar donde el Poni de las Sombras había sido derrotado. O donde, para ser sinceros, él había sido salvado del Poni de las Sombras. Sintió un estremecimiento al reconocer las lúgubres y toscas paredes de ese templo olvidado, el Pozo que llevaba el mismo epíteto sombrío que su reciente portador de la oscuridad, ahora eterno habitante del limbo.
—No te estremezcas. Quien ha sido tocado por la Oscuridad siempre hallará buen refugio en ella.
La voz, grave, inflexible y cavernosa quebró el denso y angustiante silencio del lugar, viajando a través de la penumbra para sobresaltar al recién llegado.
—¿Ho-hola…? — musitó Stygian, encogido, y mirando a todas partes. No recordaba que estuviera esa neblina tan espesa, combinada con el ambiente sombrío y gélido, que al mismo daba una gran impresión de inmaterialidad. — ¿Quién está ahí?
—Acércate, es mejor hablar viéndose los rostros.
Stygian no sabía si obedecer o no a esa orden. Su ser racional se negaba rotundamente, mientras que otra parte, más irracional, lo alentaba a ello. La niebla, entonces, se disipó un poco, como abriéndole el camino hacia donde se hallaba el incorpóreo interlocutor. Y estaba allí, en el mismo sitio donde se abrió un portal al Limbo por última vez.
A simple vista, era un unicornio alto, quizá de mayor tamaño que Starswirl, de aspecto completamente cadavérico. Ojos hundidos, inexpresivos y carentes de todo brillo de vida, ojeras pronunciadas debajo de éstos, párpados caídos y arrugados. Cascos anchos en patas flacas, unidos a un torso largo, con las costillas asomando a los costados, semi cubierto por una túnica raída y gris. Una incipiente calva alrededor de la base del cuerno, y la crin, rala y blancuzca, cubría con su maraña el cuello. Del mentón prominente y prognato, colgaba una flácida barba que había visto tiempos mejores. Las orejas peludas daban cuenta de que quizá aquel unicornio era de una raza muy antigua, perdida ya en el devenir de los siglos. Todo en él traía marca de extranjero, pero parecía extrañamente apacible, y esa serenidad inquietaba de alguna forma a Stygian.
—¿Qué hago aquí? Recuerdo que cuando me dormí, estaba en el sur de Equestria, con mis amigos. — dijo Stygian mientras daba unos pasos al frente, pero manteniendo una cautelosa distancia — ¿Quién eres tú? — le preguntó, mirando valiente y directamente a la cara de muerto del unicornio, pese al pavor que le producía esa mirada inexpresiva.
—Un mago tan poderoso y renombrado como aquél que conjuró con otros para separarte del mundo de los inocentes, a riesgo de quedar él también atrapado. Pero yo vengo de otras orillas, de una nación lejana por tierra aunque cercana por sangre, en este presente.
—¿Eso qué quiere decir?
—Alguna vez crucé el mar, y ya no se me ocurrió volver. — continuó el unicornio — Por eso en mi recorrido vine a parar aquí, y entonces fue que vi cómo eras separado de tu propia sombra.
Parpadeando asombrado, el poni intentó comprender las palabras del mentado "mago". No correspondía a ninguno del que Stygian hubiera oído hablar, ni en el pasado ni en el presente.
—No es la primera vez que presencio tal proceso. Hace tiempo asistí a una purificación muy parecida a esta, sólo que en vez de doce contra uno eran seis contra una, en las ruinas de un castillo que conoció viejas glorias años atrás. No deja de sorprenderme el poder que aquí tiene la piedad.
—Bueno… gracias a la piedad pude recuperar mi vida y a mis amigos, las Leyendas de Equestria.
—Y tú mismo eres una leyenda. Leyenda viviente al igual que yo. Con caminos diferentes, aunque guiados por la oscuridad, puestos del lado de la sombra.
Al oír eso, Stygian se alarmó. Lo observado hasta ese momento parecía cuadrar en su cabeza: ¿este unicornio que tenía enfrente podía tratarse de un poderoso mago oscuro, un hechicero que lo había contactado allí con intenciones malévolas? Si era así, entonces Starswirl y los demás debían estar buscándolo en ese momento.
—P-pero yo ya no estoy de ese lado. — negó Stygian — He vuelto a ser yo mismo, y el problema que tuve con Starswirl y los demás… ya fue resuelto. Todo gracias a que alguien tuvo una visión distinta, comprendió mis sentimientos, y logró convencerlos de que volver a encerrarme no era el modo… — la voz del unicornio se fue apagando al notar que el semblante del unicornio se oscurecía de repente, al cerrar los ojos.
—Ella comprendió tus sentimientos… — repitió, casi como un susurro, pareció enajenado por un momento — No creo que eso sea verdad totalmente, pero hay algo que sí lo es. — a este punto, abrió los ojos. Sus pupilas se habían dilatado enormemente — Los sentimientos y las pasiones más intensas llevan a la manifestación de la magia más intensa. Son la base del poder y la efectividad de cualquier hechizo, si se siente con todo el ímpetu del espíritu. Incluso el más oscuro de los conjuros requiere la potencia de las emociones del conjurador. Los celos de una hermana, por dar un ejemplo, poseen una fuerza tal que es capaz de anular todas las barreras de la conciencia, y hacer emerger lo más oscuro, lo más irracional, lo más profundo del ser, motivando sentimientos antagónicos, pura fuerza. Y entonces la transforman en lo que algunos llamarían "la peor versión de sí misma", pero en realidad no es más que lo que yace aprisionado por las ataduras de la racionalidad. ¿Es racional querer implantar la noche eterna o una era de desesperanza a todo un reino, por puro egoísmo personal? No, es completamente pasional. Es un instinto primitivo, deseoso de poder, pero relegado por la evolución de las civilizaciones a un interior opresivo. Las pasiones egoístas no tienen un concepto de la otredad como totalidad. Por eso, no te importaba acabar con la esperanza y las felicidad de millones de ponis… esa otredad ajena estaba proyectada en su totalidad sobre un único individuo. Y una causa individual se convierte en colectiva.
Pese a sus esfuerzos por querer desoír ese macabro discurso, el ex poni de las sombras no podía evitar escucharlo en silencio, con una extraña admiración, mezcla de fascinación por el elaborado trasfondo de lo que el decrépito unicornio decía, y de horror por la perspectiva que éste tenía sobre lo que le había ocurrido. Además, sentía una opresión en el alma que no sabía calificar, y sentía como si le robaran las palabras. Quizá también la inquietud que le producía este personaje lo obligaba a no interrumpir su monólogo.
—Ah, es tan común en estos tiempos que haya un alma piadosa con carácter para intervenir por un pobre desgraciado, incomprendido, y abrazado por las sombras. La compasión es la base para tratar con los conflictos menores en esta rara nación. Sólo para evitar dar la muerte, prefieren prodigar a los transgresores de la ley de la armonía un letargo sin dolor, como un sueño interminable que sin embargo está al filo de quebrarse en cualquier instante. Los aíslan, los dejan solos con su dolor, arrancados del mundo que respira. Y únicamente les permiten volver al mundo de las luces si aceptan doblegarse, negando el surgimiento de su yo irracional, aceptando que nunca podrán cambiar aquello contra lo que se rebelaron… es como vivir a la sombra, una sombra transparente, dejando en la penumbra sus deseos.
—Equestria es una nación pacífica. — defendió Stygian, incapaz de dar crédito a lo que oía — Estoy agradecido de poder ver la grandeza que ha alcanzado. ¿No es mejor vivir una nueva vida que estar siempre encerrado? ¿Seguir obsesionado con algo que sólo provoca destrucción? Sé que todo habría sido diferente si mis amigos hubieran entendido lo que yo quería hacer…
—Obtener más poder a través de medios ilícitos es uno de los más livianos crímenes. Yo vengo de una nación que ha visto horrores tales que te harían temblar de apenas pensarlos. No ha tenido a una Gran Madre capaz de disipar las locuras y los desvaríos de los más degradados de espíritu. Son tragedias mucho más duras, que atañen a lo propiamente individual.
—¿Cómo cuáles? — preguntó Stygian — ¿Qué puede ser más trágico?
—¿Qué sentido de la justicia crees que tiene Equestria?
Stygian empezaba a molestarse de que el hechicero respondiera con preguntas a sus preguntas. No lograba comprender su retórica o el punto al que quería llegar. No obstante, no era una mala pregunta, pero antes de que pudiera formular una contestación, el viejo se le adelantó.
—¿Crees que la justicia de la piedad puede aplicarse a la muerte? ¿El destierro podría limpiar la sangre de tus cascos si tomaras la vida de otro poni? ¿Habrías matado siendo el llamado "Poni de las Sombras"?
La respiración del poni comenzó a acelerarse. Aquellas palabras producían una desazón increíble, la sola idea de que hubiera o no redención para el asesinato le hacía pensar que lo que él había hecho era singularmente nimio en comparación. Toda la emoción que no expresaba ese misterioso personaje estaba contenida en el corazón de Stygian, quien entonces tuvo el inusitado valor de replicarle.
—Tú has matado, ¿no?
—Sería poco correcto decir "matar"... — el anciano hizo una pausa, y por primera vez parecía que pensaba en lo que iba a decir. Inspiró profundo, y exhaló con un sonido hueco — Algún poeta dijo "todos los corceles matan lo que aman", pero pareció no contemplar que es terrible y verdadero también que todos los corceles matan lo que otro ama. Y en ambos casos, no dejan de ser asesinos. ¿Pero soy un asesino por querer venganza? ¿Soy un asesino por devolver la puñalada al que apuñaló lo que yo más amaba? La justicia no comprende la urgente necesidad de la venganza. No comprende la urgencia del ser por saciar el vacío. Y es esa falta de comprensión lo que da lugar a más atrocidades.
"Alguna vez, mi alma fue pura y alegre. Alguna vez amé tanto como nunca amé ni volveré a amar. Es esa clase de amor que va más allá de la sentimentalidad, de lo racional o lo pasional, que no soporta la ausencia de la amada. No concibe un minuto sin ella. La noche en que hallé su cuerpo moribundo, en la que también alcancé a ver el rostro del maldito, la más grande culpa jamás escrita marcó con fuego y sangre mi espíritu. No pude hacer nada. Las autoridades no pudieron hacer nada. Nadie en quien yo realmente confiaba fue capaz de darme una respuesta, un alivio, y cada noche solitaria me atormentaba con el fantasma del recuerdo de mi amada.
"¿Para qué rayos me servían mi poder, mi abolengo, mi magia, mi respetabilidad, si aquella que me complementaba yacía en los cascos de la muerte? Perdida mi luz, ¿qué me quedaba, más allá de las sombras tristes de mi casa, la soledad de mi lecho en un cuarto cubierto de oscuridad? La angustiosa culpa entonces tomó forma, me inyectó la obsesión de poner mi magia, cualquier tipo de magia, al servicio de hallar al otro culpable (porque el primer culpable era yo por no haberla protegido), y de hacerle pagar caro por mutilar mi felicidad de manera tan horrorosa.
"He aquí la pasión obsesiva, que me guió por caminos cada vez más profundos. A partir de allí no hice diferencia en los libros que estudiaba, en los hechizos que practicaba. No crucé las puertas de la nigromancia porque entendía que traerla de la muerte era inútil. Pasé años buscando al asesino, y cuando finalmente lo hallé… no le di muerte."
Stygian había palidecido gradualmente mientras oía el trágico relato. Y el ambiente se puso cada vez más hostil, una brisa fría se volvió de repente un vendaval, las sombras se arremolinaban en este como demonios embravecidos y amorfos. Era como si todo lo exterior manifestara toda la ira, la rabia, la fuerza del relato del unicornio, quien no obstante permanecía inflexible en su voz y en su rostro, como un muerto.
—La muerte habría sido una salida fácil para él. No bastaba para mi venganza destrozar su cuerpo infame, no quería dejar que la expiación de su crimen quedara en las garras de las bestias del otro mundo. Deseaba hacerlo sufrir en vida, cada día, cada minuto, hasta que la Parca lo viniera a buscar, todo el dolor y el sufrimiento infligido a mi esposa, para que nunca más volviera a tener paz. Que su pecho sangrara y se retorciera de tal forma que no le dejase dormir.
"Y entonces fue cuando eché sobre él la maldición más poderosa jamás pensada. Una maldición que cumplió con mi objetivo, pero consumiendo los dos sentimientos más fuertes que yo tenía, el amor por la víctima y el odio al asesino, produciéndole una herida que jamás sanaría, y lo convertiría en un muerto en vida, incapaz de tomarla por sí mismo.
"No me importaba si era magia negra o no. No me importaba si era un acto casi imperdonable para la moral o los valores o toda esa mierda de la ignorante sociedad. Mi alma, finalmente, estaba libre. Y ahora, ya ni siquiera recuerdo en dónde dejé mi cuerpo".
A pesar de lo obvio, la revelación de esas palabras impactó tanto a Stygian que le cortó casi la respiración, su boca quedó completamente abierta mientras sus ojos se abrían inusitadamente. De repente, oyó un gemido detrás de él, y entonces todo cayó en la oscuridad, fundiéndose con ella.
Cuando pudo reaccionar, Stygian se dio cuenta de que estaba en una extraña dimensión, de colores agradables e inmateriales. Y no estaba solo, ya que junto a él, la princesa Luna estaba parada, inmóvil, donde segundos antes la cubría la penumbra del templo. Su semblante serio no conseguía contrarrestar lo que sentía, pues sus ojos estaban anegados de lágrimas. Ella había acudido al sueño también, y había escuchado las mismas palabras que Stygian.
Se miraron silenciosamente.
Era momento de despertar.
