Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
Capítulo dedicado a cary y a Arlette
Porque las luchas siempre serán designadas a mujeres fuertes como ustedes
Recomiendo: Say You Love Me – Jessie Ware
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Capítulo 34:
Un escudo para tus dagas
"Dime que me amas a la cara
Lo necesito más que tus abrazos
Solo dime que me quieres
Es lo único que necesito
El corazón se me desgarra por tus errores
Porque no me quiero enamorar si tú no quieres intentarlo
(…) Cariño, parece que nos estamos quedando sin palabras para decir
Y el amor está yéndose muy lejos
Solo dime que me amas, solo por hoy
(…) Quiero sentirme en llamas cuando digas mi nombre
Quiero sentir la pasión fluyendo por mis huesos
Como la sangre por mis venas
(…) ¿Quieres quedarte…?"
Me quedé de piedra procesando lo que me había dicho. Entonces pestañeé, derramando otras pocas lágrimas. De un momento a otro un choque eléctrico me llegó a los pies, subiendo de forma esporádica hasta mi cabeza. No supe qué decir ante sus palabras, era como recibir el regalo que toda mi vida había esperado.
Repetí una y otra vez la frase en mi cabeza, como si no pudiera creer que fuera real. Pero lo había dicho. Edward me amaba.
—Me amas —susurré, tocándole los labios.
Asintió, ya adormilado, pero intentando mirarme a los ojos.
Sus labios fueron a mi frente y me abrazó más, atesorándome.
—Sí, te amo, mucho, desde hace tanto tiempo.
Me quité la lágrima de la mejilla, pero mi pecho amenazaba con un sollozo.
—Edward —lo llamé, antes que fuera a quedarse dormido.
—¿Sí? —inquirió.
Tomé aire y le toqué los labios, aferrándome a las palabras que habían salido de su boca.
—Yo también te amo —solté, desatando aquellas palabras ennudecidas en mi garganta y en mi corazón.
Él frunció el ceño y luego sonrió, como si tampoco pudiera creerlo, como si… hubiera dudado de mis sentimientos, tal como yo con él.
—¿Me amas? —preguntó con la voz lenta y cálida.
Asentí y sonreí.
—Nunca había estado tan feliz —murmuró, cerrando los ojos con la nariz en mis cabellos.
Él poco a poco fue respirando de manera más acompasada, quedándose dormido con una paz inmensa en su rostro. Jamás había visto una expresión así, donde nada en absoluto le preocupara, como si se hubiera desprendido de algo dentro de su pecho, algo que lo mortificaba, quizá desde cuándo.
Así me sentía yo.
Pero entonces lo miré y decidí seguir hablándole, esperando llegar a algún lugar de su cabeza y de su corazón.
—Había querido escucharte decir eso desde hace tanto. Creo que los dos tenemos miedos, quizá tú más, lo entiendo, pero yo te amo, cariño, no importa nada, siempre lo haré. Y es que lo hago con tanta sinceridad que… te diré adiós sólo porque no quiero interferir por lo que tanto has luchado por siete largos años. Soy capaz de dejar todo lo que mi corazón clama para que seas feliz.
Pero, ¿es feliz sin ti? Tú no lo eres, ya no puedes, me dijo una voz interior.
La idea me descolocó tanto que mis lágrimas se hicieron más espesas y luego sentí mucha desesperación. Mañana era nuestro último día juntos… y hoy me había dicho que me amaba.
—Eres el amor de mi vida, Edward, ahora ¿cómo te digo adiós? No quiero que te vayas… no quiero.
—Bells… Mi Bells… —murmuraba, medio dormido.
Con el labio inferior tiritándome de emoción le besé el hombro y me refugié en su piel. Intenté sonreír, pero me costó, así que solo me mordí el labio inferior, porque tenía los brazos atados; Edward había logrado encontrar ese lado vulnerable que debí quitarle de las manos, porque ahora… ¿ahora cómo lo quitaba de mi corazón?
Él suspiró entre sueños y palpó para asegurarse de que estuviera unida a su cuerpo. Yo le volví a dar besos en su hombro y luego me escondí en su cuello, respirando su olor. Entrelazó sus dedos en mi cabello, en la zona de la nuca, y ahí nos quedamos, disfrutando de nuestra compañía.
Quería ser parte de él siempre, estar con este nuevo hombre cálido, suave y cariñoso. Parecía que pertenecía a sus brazos desde siempre. Sabía que mañana nos decíamos adiós y eso me desgarraba el corazón en mil pedazos, pero… Edward me amaba.
Tuve que sentarme un momento en la cama mientras el llanto se hacía insostenible. Miré a la ventana y me pregunté cientos de veces, una y otra vez lo mismo.
—¿Qué hago? —susurré, llevándome una mano al pecho—. ¿Qué hago?
Me devolví y lo vi con sus brazos buscándome entre sueños.
Ahora todo parecía más complejo, todo. Ya no sabía si era capaz de soportar tanto tiempo sin él. ¿Si me iba? ¿Y si enviaba todo a la mierda por seguir al hombre de mi vida?
Mis ojos comenzaron a cerrarse de a poco, tremendamente agotada entre el llanto, las emociones y la desesperación por una respuesta. Fue cuando él repitió un te amo en medio de aquel pacífico dormir, fue que pude conciliar el sueño, buscando esa misma paz.
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Desperté con una tranquilidad abismal, luego recordé lo que había ocurrido hace pocas horas y abrí los ojos de sopetón. Yo estaba sudando, todavía siendo abrazada por Edward. Sonreí y me acomodé para acariciar su barba incipiente y la quijada, se veía tan guapo y tan varonil.
Me recosté en su pecho una vez más para escuchar el ritmo de su corazón en paz a pesar de que el calor de su cuerpo mezclado con el mío era abrumador. Me gustaba tanto que me abrazara, que me sostuviera junto a él como si temiera perderme.
Sin embargo, y como si se tratara de una alarma, sentí el miedo de esta última tarde y noche, mañana ya sería otro día y Edward no podría verme, se enfocaría en su trabajo para ir al crucero y desde entonces no volvería, porque viviría a kilómetros de distancia.
Necesitaba tomar un poco de aire, así que quise levantarme, pero se me complicó, su agarre era demasiado fuerte.
—Necesito levantarme —le susurré—. Aún dormido tienes mucha fuerza.
Él murmuró algo ininteligible, pero finalmente cedió. Ya de pie a un lado de la cama, me estiré con la luz del sol que se colaba por la gran ventana. Abrí la puerta que daba a su balcón y el viento mañanero me hizo dar un respingo. Me paseé por el lugar en ropa interior, observando la bonita vista de Manhattan, sin embargo, mi mente se encontraba en él, que aún dormía, ajeno a todo. Me quité el cabello de la cara y sostuve mis manos en mis mejillas, comprendiendo la magnitud de mis sentimientos. Mis manos temblaban, inútiles de miedo, de temor ante una decisión que, si bien ya había tomado, me tenía muy arrepentida.
El corazón no dejaba de latirme, porque era hoy, este era el día final.
La idea seguía desgarrándome el pecho, sobre todo porque… había dicho que me amaba. ¿Ese amor permanecería en su corazón a pesar del tiempo? ¿Lo haría por mí?
Me volví hacia la sala y caminé a paso lento, mientras sentía la ansiedad de poder hablar con él otra vez. Ah, nunca me había sentido tan feliz desde que Todd nació, nunca. Estar en sus brazos y oír esas palabras de su boca me estremecían.
Me metí a la cocina y me puse a hacer el desayuno, esperando que el aroma fuera a despertarlo como él lo hizo conmigo en tantas ocasiones. Miré el reloj y me sorprendí de ver la hora, ya que en un rato Rose iría a mi departamento. Después iba a enviarle un mensaje para que lo hiciera más tarde, quizá Edward y yo íbamos a alargarnos más de lo pensado.
Estaba revolviendo los huevos y el tocino cuando sentí que alguien abría la puerta detrás de mí. Mis latidos incrementaron su ritmo y me giré de inmediato.
—Hola —me dijo con serenidad mientras se tomaba la cabeza como si ésta fuera a estallar.
Fruncí los labios y me miré los pies descalzos, algo intimidada por el crudo saludo.
—Hola —le dije también—. Te hice el desayuno.
Levantó las cejas, sorprendido y se acercó para comprobar lo que hacía.
—Huele bien —susurró, chocando su pecho conmigo para poder oler mejor—. Parece que me he ganado el desayuno, ¿hay algún motivo especial para celebrarlo?
Mis hombros decayeron, sintiéndome repentinamente desilusionada.
¿No iba a decirme nada más? ¿Alguna pregunta por lo de ayer? ¿Nada?
—Yo… —Tragué y me llevé una mano al hombro contrario, abrazándome. Edward se separó para mirarme mejor, extrañado y ajeno a lo que pasaba por mi cabeza—. Ayer… ¿No recuerdas nada?
Enarcó una ceja y ladeó la cabeza.
—Solo tengo una resaca inmensa, supongo que lo pasamos bien anoche —musitó, mirándome vestir solo la ropa interior—. Tengo algunas nociones, pero no claras. ¿Dije algo que no debí?
Mis ojos se llenaron de lágrimas y dejé caer la cucharilla de madera al suelo.
—Estás bromeando, ¿no es así?
—No, ¿por qué tendría que hacerlo? El alcohol me pasó la cuenta, espero no haber dicho algo malo anoche, suelo decir estupideces cuando me emborracho —explicó luego de recoger la cucharilla.
¿Estupideces? ¿Decir que me amaba era una estupidez? ¿Abrazarme, dormirse conmigo, hacerme sentir especial para él era… una estupidez?
—Bella, ¿qué ocurre?
—Nada —dije con inercia.
Una parte dentro de mí parecía quebrarse a medida que los segundos pasaban, pero lo ignoré, entrando a un vacío inhóspito.
—Come… yo… creo que iré a vestirme —susurré.
—Pero… Bella —fue lo único que me respondió.
Mi barbilla tiritaba de rabia, dolor y angustia, pero me aguanté todo lo que pude mientras me ponía rápidamente la ropa. En un momento sentí un mensaje de Rose, avisándome que ya iba camino a mi departamento. Cuando estuve lista, la garganta me dolía de tanto aguantarme las lágrimas. Crucé la sala y lo vi, sentado bajo los efectos de la resaca. Él me vio y frunció el ceño, un poco confundido.
—¿Ya te vas? Creí que ibas a comer conmigo.
Apreté fuertemente la mandíbula y me cerré el abrigo de golpe. Sentía que me clavaba cuchillos por todos lados.
—Descuida, no tengo hambre. Rosalie me estará esperando, tengo que volver.
Cuando vio que amenazaba con marcharme, los ojos de Edward se vieron alarmados y él rápidamente corrió hasta mi encuentro, no dispuesto a dejarme marchar.
—Espera, Bella, dime qué ocurre. Te dije algo malo, ¿no? ¿Es eso? Demonios, no debí ponerme a beber…
—¡Basta! —exclamé, enojada y adolorida—. Sólo sigue fingiendo que no recuerdas si eso te deja tranquilo.
Sus cuencas se llenaron de lágrimas.
—No me hagas esto, Bella, hoy menos que nunca.
Me pasé las manos por las mejillas.
—Sí, hoy es nuestro último día —murmuré—. Me habría gustado que al menos hubiera sido el despertar que reflejara lo que sientes por mí.
Sus ojos se vieron tristes, perdidos y arrepentidos. Y yo sin saber si él estaba siendo sincero.
—No te vayas sin mí, permíteme llevarte, por favor.
Tragué.
—Haz lo que quieras —respondí, con una tristeza paralizante.
Edward no tardó en buscar algo de ropa y venir a mi encuentro. Yo miré hacia el suelo, odiando todo. Él intentó tomarme la mano, pero yo estaba inerte, porque no podía creer que no lo recordara, que ni siquiera tuviera una noción de lo que me dijo y yo le respondí. Sabía que podía ser valiente y contárselo, pero no pude, estaba inquieta ante su infundado miedo de haberme dicho algo que simplemente no debía.
Entonces, ahora con sus cinco sentidos, ¿Edward no iba a decirme que me amaba? Y yo… ¿Yo iba a dejar que se fuera sin decírselo?
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—¿Te veré allá? —me preguntó mientras estacionaba su coche afuera de mi departamento.
Me encogí de hombros.
—De todas formas somos los padrinos.
—Bella.
—Rose me espera.
—Pero… Bella…
Abrí la puerta y me marché, con el corazón dándome giros y giros en el tórax. Cuando llegué a mi hogar, cerré detrás de mi espalda y por un momento no fui capaz de dar un paso más. Sin embargo, Señor Calabaza vino hacia mí con la lengua afuera, emocionado de verme. Yo no pude saludarlo porque parecía que algo dentro de mí se había agotado hasta la muerte.
—¡Bella! Tomé la llave del escondite porque moría de ganas por ir al baño, el embarazo es horrible. Al principio creí que estabas acá, pero toqué tantas veces que tuve que utilizar el último recurso, lo siento —exclamó, saliendo de la cocina para venir hacia mí—. ¿Dónde estabas? ¿Por qué estás vistiendo lo mismo de anoche?
La ignoré y corrí hasta mi habitación, con una burbuja de llanto creciendo centímetro a centímetro en mi corazón. Me quité los tacones y los lancé hacia el rincón, dejándome caer a la cama de lado, de cara a la pared.
—Amiga, ¿qué te pasó? Me estás asustando.
Me acomodé como un feto y entonces recordé la noche, cuando él fue sincero... Y luego pensé que mañana se iba. No pude aguantarlo más y me eché a llorar con ahogo, sollozando con fuerza y emitiendo gemidos de dolor. Pronto sentí la mano de Rose en mi espalda, comprendiendo aún sin saber nada.
—Por favor, no me dejes así, cariño, dime qué te pasó, lo suplico…
Me giré, bañada en lágrimas y paré, mirándola a los ojos.
—Estoy muy enamorada, Rosalie —le solté.
Frunció el ceño.
—P—pero ¿de quién? No entiendo por qué… Dime, ¿quién?
—De Edward —exclamé.
Su ceño fruncido se relajó, abriendo los ojos de sopetón.
—Espero que sea solo una coincidencia de nombres porque…
Negué, echándome a llorar con fuerza. Se puso una mano en la boca, anonadada.
—Bella… —Su voz sonó estrangulada—. Santo cielo.
Me tapé la cara, mientras mi pecho se movía de angustia y al mismo tiempo intentaba respirar en el momento que el aire se iba con mi llanto.
—Está bien, llora, por favor lanza todo —murmuró, acercándose para abrazarme.
Sentir el calor de mi mejor amiga hizo que el llanto aumentara, así que me sujeté fuerte a ella y descargué todo el dolor.
—Cariño, tengo tantas dudas.
Me separé y me limpié las mejillas con dificultad debido al temblor en mis manos. Rose sacó un pañuelo y lo pasó por mi rostro evidentemente triste.
—Era él, ¿no?
Asentí, bajando la mirada.
—Edward Cullen era ese hombre que me tenía todo el tiempo en otro mundo —susurré.
—Oh, Bella, ¿cómo empezó? ¡No lo entiendo! Es…
—¡Lo sé! —exclamé—. El tío de Alice, que me pasa por trece años, ¿no?
Arrugué el rostro y nuevamente me largué a llorar.
—Todo sucedió por la boda, ¿cierto? Ustedes juntos, viéndose constantemente…
Suspiré y la miré, decidida a contarle. Entonces comencé narrando los enredos, las mentiras y cada una de las situaciones que nos llevaron hasta aquí. Las emociones de Rosalie pasaban por la intensidad, la incredulidad, tristeza y hasta que finalmente llegó al enojo.
—¿En el crucero? Carajo… ¡Ángela también lo sabía! Sue… ¡Hasta Ethan! —Bufó—. ¡Soy tu mejor amiga! Pudiste decirme, incluso antes que él apareciera en tu vida. Quizá habría entendido mejor las cosas, nena, pude estar para ti cuando él…
—Lo siento —fue lo único que pude decirle.
Rose relajó su gesto y volvió a abrazarme.
—Creí que confiabas en mí, todo esto pasaba mientras fingías, no puedo creerlo.
—Nunca fue mi intención mentirte, pero ¿cómo planeabas que llegara y contara una aventura tonta en un crucero? En el momento en que lo vi, volviendo a mi vida, me figuré no inmiscuirme, sin embargo…
—Te enamoraste —susurró—. No fue una aventura tonta después de todo.
Recordarlo me apretaba el corazón de rabia y tristeza.
—Se me fue de las manos. Pero aquí estoy. Lo amo demasiado, Rose… Y él…
—¿Qué hizo?
Respiré hondo.
—Oh, espera, Edward… Él se irá, ¿no? Escuché algo de un viaje cuando estaba en la cena de ensayo.
Asentí, con el cuerpo tiritándome al completo.
—Ay, no, Bella, ahora lo entiendo todo.
Me abrazó más fuerte y yo me acurruqué, desatando la tristeza.
—¿Cuándo es?
—Mañana.
—Dios mío —gimió.
Me limpié las mejillas, pero era inútil, yo seguía derramando lágrimas.
—Acabas de discutir con él ahora, ¿no?
Asentí.
—¿Por qué? Es tu último día con él, ¿por qué desperdiciarlo?
—Él me dijo que me amaba, Rose.
Sus ojos dieron un brío lleno de felicidad, pero entonces se dio cuenta que algo malo pasaba.
—¿Qué ocurrió? Tú también lo amas, no importa nada más…
—Estaba borracho, ya no lo recuerda.
Sus ojos se pusieron muy tristes.
—Oh no, esas confesiones de borracho a veces nos hacen decir más de lo que nuestro valor puede hacerlo.
—¿¡Por qué tuvo que ser así, Rose!? —espeté—. ¡Necesitaba escucharlo en la mañana!
—¿Crees que haya mentido? Los borrachos y los niños no pueden mentir, no seas tan dura…
—No puedo evitarlo, tengo tanto miedo a que me haga daño ahora que soy tan vulnerable a él, que ahora lo ha conseguido, me ha dañado, Rose.
Sus hombros decayeron.
—Él también fue dañado, ¿no?
—¿Por qué lo dices?
Suspiró.
—No lo conozco tan bien, pero… a veces las personas solo somos capaces de decir nuestros más profundos sentimientos con un valor que sólo sale del alcohol. Es probable que haya bebido porque se despedirá de ti, porque te ama y el que no lo recuerde no significa que deje de sentirlo. Tú también tienes miedo y sólo pudiste decírselo cuando estabas segura que sentía lo mismo. La diferencia es que él tuvo un desamor, ¿no?
—¿Cómo lo sabes?
—Escuché a Esme. Estaba intrigada porque su hijo estaba triste. Alice nombró a Renata y yo asumí que era un antiguo amor, pero ahora sé que se trataba de ti y la posibilidad de dejarte ir.
Suspiré hondo y me abracé desde las piernas como un feto.
Fue ahí que decidí contarle la historia de Edward, cada suceso, confiándole mi dolor y la inseguridad que ello me producía, porque sí, a veces temía que Renata significara más, que el dolor por aquel corazón quebrado jamás dejara de existir, incluso con mi presencia. Rose escuchaba con mucha atención, comprendiéndome, pero también comprendiéndolo a él.
—No quiero ni imaginarme lo mucho que sufrió, ahora entiendo por qué es tan serio, por qué es tan lejano y… todo eso se desaparece contigo.
Arqueé las cejas.
—Y hoy se va.
—Él me ofreció ir juntos.
—No lo dudo —susurró—. Y has decidido quedarte, ¿no?
Tragué.
—Sí.
—Pero ya no estás segura.
Negué.
—No sé qué carajos haces aquí, esperando a que se vaya.
—Es por Todd…
—Basta ya de eso, Bella, ¿no te das cuenta? ¡Le estás diciendo adiós al hombre que amas…! ¡No! ¡Al amor de tu vida! ¿Qué carajos planeas? El tiempo es tan efímero, tan confuso… Has pensado mucho en los demás, ¿no crees que es tiempo de que decidas mandar todo a la mierda por una vez en tu vida?
La abracé con mucha fuerza y ella me recibió con la misma intensidad.
—Tienes hoy para contarle que te irás con él…
—Rose…
—¡Al menos piénsalo, Isabella Swan! ¡Eres tan buena que no puedo creerlo! ¡Sé egoísta una puta vez en tu vida! —exclamó con furia, pero entonces me besó la mejilla y siguió abrazándome—. Aprovecha la boda y espera a lo que tenga que decir, si ese hombre realmente te ama, no tardará ningún segundo en notar que te ha hecho daño. Prométeme que lo escucharás. Sé que tienes miedo, la persona que debió cuidarte desde pequeña te hizo mucho daño y sé que además tu papá no te protegió cuando debía, pero eso no quiere decir que el hombre de tu vida buscará dañarte tal como ellos, dile que lo amas o espera a lo que tenga que decir.
—Pero me duele tanto, Rose.
—Lo sé, y estoy contigo, sólo… —Suspiró—. Enójate, pero que eso no haga que te arrepientas de haber desperdiciado este día, que es el último… si es que decides permanecer aquí. Y descuida, no le comentaré nada a Emmett, sabes que tus secretos están a salvo conmigo.
Apreté los labios en línea recta y me limpié la cara.
—¿Sabes? Hoy es un gran día, soy la madrina de una boda, tengo mil cosas que hacer y esto no acabará con mi entusiasmo. Jasper me necesita y Alice también —exclamé, respirando hondo.
Rosalie sonrió abiertamente y me besó la mejilla.
—Esta es mi amiga —dijo.
Yo también sonreí, aunque en ciertos segundos él volvía a mi cabeza.
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Me di una ducha y me vestí muy rápido, pues tenía que ir a revisar la decoración del lugar junto con la organizadora. Allá revisé que todo estuviera bien puesto, ya que las flores habían llegado ayer. Estaban divinas. Intenté no contemplar demasiado el lugar, para llevarme la sorpresa más tarde, cuando todo lo demás estuviera listo.
Mantuve mi mente ocupada junto a Rose, que estuvo conmigo durante horas. La amaba, ¿quién mejor que ella para quitarse a un hombre de la cabeza, al menos por un rato? Cerca de la tarde y luego de almorzar juntas en un bonito restaurant cercano al Central Park, nos fuimos a su departamento para recoger su tenida de hoy.
—¡Hey! Las dos mujeres más importantes de mi vida están aquí —exclamó Emmett, abriendo los brazos grandotes para abrazarnos.
—Osito te extrañó mucho —le comentó ella, quedándose un momento para besarlo.
Yo preferí alejarme, un poco agobiada por la visual, así que dejé mi vestido protegido con el empaque sobre el sofá y los tacones a un lado de éste.
—¿El bebé está bien? —le preguntó Emm.
—Mejor que nunca.
—¿Qué sucede, hermanita? Te noto un poco distraída —exclamó él, acercándose con su esposa de la mano.
Ella y yo nos miramos con complicidad.
—No le preguntes esas cosas tan obvias a Bella, sabes que está nerviosa por Jasper, ¡igual que contigo!
Los tres nos fuimos a casa de los Cullen cuando quedaban pocas horas de que comenzara la ceremonia. La Sra. Cullen se encontraba sola con Alice, pues Carlisle venía de camino y Jasper ya estaba en el lugar.
—Se ve increíble —le dije, sorprendida de lo bien que le sentaba el vestido rojo.
—Aduladora. —Me guiñó un ojo—. La novia está arriba, muerta de nervios. El maquillador y estilista las esperan arriba, en la otra habitación.
Nos encontramos a Alice usando solo una bata, ya con el cabello arreglado en un precioso tocado de florecillas y el rostro maquillado con sobriedad.
—Por Dios, qué linda te ves —exclamé, dándole un abrazo.
—¿Nerviosa ya? —le preguntó Rose.
—Un poco —hizo una mueca—, aunque sí ansiosa, solo quiero ver a Jasper y besarlo. —Suspiró, juntando sus manos con entusiasmo.
Nosotras solo nos reímos.
—Bien, mientras ustedes se visten yo iré a arreglar esta maraña de cabellos que llevo sobre la cabeza —exclamé.
En el otro cuarto había una mujer llamada Meredith que nos asesoraba de acuerdo al vestido que íbamos a ocupar.
—¡Amarillo! —exclamó, moviendo sus largas pestañas y párpados pintados de intensos colores. Tenía un arete en el tabique de la nariz, que se le movía cada vez que se acercaba a observar mi rostro de cerca para analizar mis ángulos, o eso creo—. No todas se atreven a utilizar ese bello color.
—Me gusta no ser como todas. —Me encogí de hombros, sonriendo.
Luego de hacer mi maquillaje, ella se dedicó a mi cabello, alabándolo de manera sincera. Cuando estuvo lista me acercó al espejo. No pude evitar magnificarme por lo que había hecho, ¡me veía increíble!
—Ten, te regalo el labial, siempre he creído que uno de estos puede arreglarte completamente el día —exclamó.
Mientras lo tomaba con algo de timidez, me miré con detenimiento. Mis ojos estaban maquillados con diferentes tonalidades doradas, café y marrón, haciendo alarde del tamaño de mis cuencas y el color chocolate de mi iris. No sabía que tenía las pestañas tan largas hasta ahora y mis labios se veían más gruesos que nunca con el increíble color rojo. Me llevé una mano al cabello, hipnotizada con el peinado de trenzas que tenía detrás. En la zona del amarre habían pequeños brillitos que se encendían a favor de la luz.
—Es increíble, muchas gracias. ¡Y gracias también por el labial!
Me fue inevitable no darle un abrazo pequeño, el cual recibió encantada.
—Es mejor que vaya a vestirme —le comenté.
—Claro. Puedes decirle a quien siga que venga conmigo.
En la habitación solo se encontraba Rose, que estaba luchando con una espinilla en el mentón.
—¡Qué lindo tu maquillaje! —exclamó—. Y el cabello. ¿Ya es mi turno? ¡Aún no me visto! —Hizo un puchero.
—Es mejor que lo hagas rápido porque en una hora tenemos que estar en el lugar —le recordé, sacando mi vestido—. ¿Dónde está Alice?
—Vistiéndose también.
Una vez que me vestí completamente, Rose se quedó mirándome asombrada.
—Oh wow, te ves… —Levantó las manos y las dejó caer contra sus muslos—. ¡Hermosa!
Sonreí y me di media vuelta con mi vestido.
Era amarillo fuerte, muy entallado y con la moldura perfecta a mi cuerpo. Era de gruesos tirantes, con la zona del pecho en V y la espalda descubierta hasta la mitad de la espalda. Acababa tres dedos sobre mis rodillas y, más abajo, le hacía juego unas sandalias de tacón color marfil, que tenía flores blanco y amarillo en el dorso.
—Alice me pidió que vistiera algo amarillo, dice que me hace brillar —le comenté, mirándome con mayor detalle.
—Esa perra sabe muy bien cómo tenerte feliz, ¿eh? —se rio—. Y Edward estará mordiéndose el puño cuando te vea, más enamorado que nunca, ya lo verás —escupió.
Sonreí, pero sin saber qué decirle.
Edward había estado llamándome durante todo el día, pero yo preferí abstenerme, porque de solo escuchar su voz iba a llorar como condenada. Estaba muy sensible a todo lo que significara él.
—Me vestiré después, ahora me haré linda.
Me quedé a solas frente al inmenso espejo de Alice, comprobando mi look de esta noche. El amarillo siempre lograba alegrarme.
Mientras me ponía el collar de oro, sentí el llamado de la novia justo tras una puerta. Me volví y la vi con media cabeza afuera.
—¡Sorpresa! —exclamó, abriendo de par en par para mostrarme por completo su look de novia.
Sonreí lentamente hasta que mis ojos amenazaron con las lágrimas, solo que esta vez eran de pura emoción.
—Estás divina. No puedo creer que hoy sea tu gran día —dije, acercándome para acomodar la preciosa cola.
—Yo tampoco, ¡y que linda te ves así! Mi madrina de bodas. —Suspiró y me dio un abrazo muy apretado—. Gracias por todo, no sabes cuánto te debo.
Negué y separé el abrazo para mirarla a la cara.
—En lo absoluto, no me debes nada —susurré—. Acéptalo como mi demostración de cuánto me importas tú y mi hermano.
Esme nos interrumpió con un toquecito en la puerta y entrando medio cuerpo. Al ver a su nieta vestida ya de novia, se le llenaron los ojos de lágrimas y caminó hacia ella con emoción.
—Carlisle estará tan feliz de verte —susurró, acariciándole el mentón—. No puedo creer lo grande que estás. Elizabeth estará en primera fila, tenlo por seguro.
Alice asintió y respiró hondo para no ponerse a llorar, mientras que Esme dejó caer un par de lágrimas.
—Les daré un espacio para que hablen —susurré, palpándole el hombre a Esme.
—Te ves preciosa, como siempre —me susurró antes de que yo me marchara.
—Gracias.
Bajé las escaleras esperando encontrar a Emmett, pero no había nadie, ni siquiera Rebecca. Caminé hacia la terraza para respirar el aire de la tarde. Cuando crucé la puerta trasera di un grito al notar que no estaba sola e incluso me llevé una mano al pecho.
—Tranquila, mujer, soy yo —explicó Ethan, quitándose el cigarrillo de los labios.
—Lo siento, hoy tengo los nervios de punta.
Se quedó mirándome con más atención y enarcó una ceja.
—Cada día pareces ponerte más bonita.
Suspiré, algo indolente por el cumplido.
—Deberías verme al despertar por la mañana, gran parte se lo debo a este maquillaje —intenté bromear, pero Ethan ladeó la cabeza y le dio una calada a su Camel.
—Puedo asegurar que eso no es cierto.
—Bueno, tú también te ves bien —susurré. Estaba usando un traje bastante sencillo, pero que le quedaba muy bien—. Y no sabía que fumaras.
—Suelo hacerlo de vez en cuando, una mala costumbre. ¿Gustas?
Hice un mohín y lo alejé, recordando la última vez que me llevé algo humeante a la boca.
—¿Has visto a mi hermano? —inquirí.
—Fue a ayudarle a mi papá a arreglar algo con la rueda —susurró—. ¿Te importa si vamos adentro?
Asentí y lo seguí. En la sala principal estaba Rose, que se veía impecable en su vestido violeta de vuelitos vaporosos, junto con Carlisle y Emmett, que también estaban elegantes para la ocasión.
—Hasta que vuelves a aparecer —exclamó mi rubia amiga, abriendo los ojos sin entender qué estaba haciendo con Ethan Cullen. Mi hermano simplemente levantó las cejas como saludo, molesto por verme con él.
—Alice está lista, ¿el coche ya llegó? —inquirió Esme, que venía caminando a paso rápido.
—El chofer nos espera afuera —le respondió su esposo, levantándose del sofá.
—Perfecto. Ustedes márchense primero —nos dijo a los demás—. Bella, cariño, te irás con Ethan, ¿no es así?
Fruncí los labios y miré a Rose, dándonos el mensaje correcto.
—Claro —susurré.
—Recuerda que debes quedarte del lado de Edward, ¿bien? Bueno, tú sabrás distinguirlo —me aclaró.
Escuchar su nombre me hizo sentir un nudo en el estómago por unos segundos.
Rose y Emmett se tomaron de la mano y partieron rumbo a su coche, mientras que yo me fui hasta el de Ethan.
—¿Preferías que fuera mi hermano el que se fuera contigo? —inquirió él a medio camino.
Como no veía ninguna malicia en su expresión ni voz supuse que era una pregunta seria.
—No es algo de lo que planeo hablar contigo —le dije con tranquilidad.
Asintió comprensivo.
—O probablemente no quieres que te vea conmigo —insistió.
Lo miré con la ceja enarcada y solo bufé.
—Ja —proferí.
No esperé a que me abriera la puerta y me metí dentro, moviendo el cuello de lado a lado para no tensarme.
Llegamos a la gran manzana en 40 minutos; el tráfico estaba fatal. El palacete era inmenso y estaba más cercano a la periferia de la ciudad, donde todo parecía más despejado. Era de colores marfil y blanco, con ventanas inmensas y grandes desviaciones arquitectónicas. En la entrada nos recibió un valet parking muy elegante y nos indicó que siguiéramos hacia el fondo. La entrada principal al palacete estaba sobre unos cuantos escalones que subimos a paso lento. La decoración por dentro era elaboración mía, con un camino de rosales, violetas y jazmines que expelían su aroma con sutileza.
—Ha quedado fabuloso, Alice lo adorará —me comentó Ethan.
Sólo sonreí, porque estaba segura que sí.
La boda se realizaría en la terraza semi techada del fondo. Cuando entramos el clima era fenomenal y estaba llenísimo de gente. El techo, que a final de cuentas era solo de vidrio, permitía ver el impresionante cielo a medio oscurecer. Las paredes eran solo laterales, mientras que el frente estaba abierto hacia un pequeño jardín botánico romántico, con una pileta justo en el medio y una figura de hielo sobre una mesa increíblemente grande para lo que sería la comida. Todo estaba esparcida en mesas hacia los costados para no entorpecer la que era la pista de baile y la banda que tocaría justo en el escenario. Sin embargo, el conglomerado estaba situado en la zona completamente techada, que estaba preparada para la ceremonia, con los asientos llenos de flores y el podio decorado de la misma forma.
—Ahí están todos —me indicó Ethan, apuntando sutilmente hacia la masa de gente que yo sí conocía.
Iba a caminar directo a Todd, pero me frené unos segundos cuando vi a Edward hablando animadamente con él. Se veía tan guapo, sentía que mi corazón latía muy fuerte.
Llevaba un traje gris oscuro, entallado a su figura masculina, con una camisa color vino impecable, a juego con una corbata negra.
Mi hermanito me vio y levantó sus bracitos, alertando al cobrizo de mi presencia. Cuando notó que venía su expresión se tornó como sus ojos, brillantes y a la espera de poder acercarse. Sin embargo, cuando vio a Ethan acompañándome, su ceño se frunció y sus puños se apretaron.
El Cullen menor puso su mano en mi espalda para llamar mi atención.
—Iré a esperar a los demás —se disculpó, girando hacia la izquierda.
Lo agradecí.
Cuando llegué hasta Todd él me dio un abrazo como pudo y yo me refugié en él mientras sentía la mirada clavada de Edward.
—Qué guapo te ves con traje —le dije, tirando de su chaquetita para que no se arrugara.
—Tú también te ves muy linda, Chocolate —respondió y luego miró a Edward, como si esperara una respuesta a su cumplido.
Sentía que el cobrizo me miraba con tal intensidad que me costaba montones actuar con normalidad.
—Tu hermana se ve… bien —susurró—. A propósito, es bueno verla, Srta. Swan.
Asentí, sin poder sonreír. En lo único que pensaba era en que hoy era el último día y todo había comenzado muy mal en la mañana.
Papá y Sue aparecieron casi a los segundos y Edward justo tenía los ojos llorosos de algo contenido.
—Con permiso, iré a ver si Alice y mis padres vienen cerca —se excusó Edward, marchándose.
Me negué a mirarlo marchar y me centré en mi familia. Sabía que Sue había captado la situación entre él y yo, pero no dijo más.
Al rato se nos unieron Rose y Emmett, que venían algo molestos por el tráfico.
El juez apareció a la hora acordada y todos los asistentes nos alertamos. Busqué a Jasper entre la multitud hasta que lo encontré; estaba ya posicionado en su lado correspondiente, saludando al juez que ya estaba en el podio.
—Bella, te busqué por todas partes —exclamó Jasper al verme correr hacia él.
Le di un fuerte abrazo y nos quedamos un buen momento así.
—¿Ya hablaste con papá? —le pregunté.
—Claro que sí, con casi todos, excepto contigo. Sólo faltabas tú.
Nos separamos para tomarnos de las manos y ambos suspiramos.
—Te extrañé todos esos años, ¿sabes? Día a día me preguntaba cuándo ibas a volver… y lo hiciste, con una excelente mujer.
Jasper sonrió y me besó la coronilla como era su costumbre.
—Yo también te extrañé, horrores, eras mi hermanita y siempre recordaba todas esas veces que tuviste que hacerte cargo de nosotros. —Suspiró, tornándose un poco melancólico—. Gracias por ser nuestra madrina de bodas, has hecho un trabajo excelente.
Le volví a dar un abrazo y luego nos separamos cuando los demás asistentes comenzaron a decir a viva voz que la novia ya estaba aquí.
—Tranquilo, estás guapísimo —le susurré al oído.
Jasper asintió, nervioso y ansioso, se puso las manos atrás y se paró solemnemente en su lugar. Todos los demás se fueron sentando en su puesto, indicado por la organizadora.
—Los padrinos adelante, por favor —indicó ella, justo cuando venía Edward caminando.
Nosotros nos miramos y nos acomodamos mejor, él a mi lado, disminuyendo la distancia y pasado por detrás de mí, tocándome la cintura. Yo intenté actuar con normalidad mientras los señores Cullen llegaban y se sentaban junto a mi padre, que estaba en paralelo a nosotros. A los segundos, la música especial comenzó a sonar y todos nos levantamos de nuestros asientos. Mi sonrisa se hizo muy ancha cuando vi venir a Todd en su sillita, siendo ayudado por Rosalie, lanzando pétalos al aire. Cuando él terminó, se sentó al lado de mi amiga, que estaban justo detrás de nosotros. Segundos más tarde apareció Alice, dejándolos a todos boquiabiertos con lo linda que se veía, venía aferrada a Carlisle, que la sujetaba con cariño. Miré a Edward de reojo y, para ser sincera, me conmovió la forma en la que la miraba. Por un momento tuve la necesidad de tomar su mano, impulsada por mi corazón y todo lo que sentía por él, pero me abstuve. Carlisle dejó a Alice junto a Jasper, que la recibió con un "te amo" que gesticuló con sus labios. La forma en la que se miraban me conmovió, el amor correspondido entre ambos, incluso, me hizo sentir un poco de envidia, ese amor que se podía gritar sin miedo a que te apuntaran con el dedo…
Tragué y moví la cabeza con sutileza, quitándome esos pensamientos de la cabeza.
La ceremonia dio inicio y todo ocurrió de forma muy rápida. Ambos se miraban de vez en cuando y, de cierta forma, se comunicaban sus sentimientos sin necesidad de hablar. A ratos sentía la necesidad de llorar, pero no tenía sentido.
El juez leyó los deberes y derechos de los cónyuges, para luego dar el inicio al intercambio de anillos.
—Alice, te tomo a ti como esposa, para protegerte y hacerte feliz todos los días de tu vida. Prometo amarte, serte fiel y estar contigo en todo sentido —dijo Jasper, tomando la mano de ella y poniéndole el anillo en el dedo anular.
—Jasper, te tomo a ti como esposo, para protegerte y hacerte feliz todos los días de tu vida. Prometo amarte, serte fiel y estar contigo en todo sentido, incluso si engordas —agregó ella, haciéndonos reír a todos. Luego repitió el proceso, poniéndole la alianza a mi hermano.
A estas alturas yo estaba al borde de las lágrimas.
En un momento tuve que buscar en mi pequeña carterita un pañuelo para limpiarme los ojos, pero Edward se me adelantó, ofreciéndome uno de sus tantos pañuelos. Lo miré con las cejas arqueadas y simplemente lo acepté, a punto de dejar caer un par de lágrimas. Cuando lo tomé, nuestras manos se tocaron y yo casi doy un respingo, mientras que él se quedó de piedra, observándome como si quisiera comentarme muchas cosas.
—Gracias —susurré.
Me contempló el rostro durante largos segundos y finalmente sonrió con una tristeza muy palpable.
Cuando el juez les hizo la pregunta que todos esperábamos, ambos sonrieron y dieron el sí, completamente seguros de vivir su vida al lado del otro. Se besaron con pasión y todos comenzamos a aplaudir con júbilo, felices por los dos. Ellos se giraron, sonrojados de alegría y sonrieron mientras algunos les lanzaban pétalos.
En ese segundo tan poseído por el amor, Edward tomó mi mano y me la apretó sin miedo a nada. Yo no pude soltarme a pesar de aún estar tan triste por lo que había pasado en la mañana.
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—¡Ya están casados! —exclamé, abriendo mis brazos para estrecharlos a ambos—. Felicidades.
—Gracias a ti, cariño, ¡este lugar está hermoso! Tu boda podría estar llena de flores también —me molestó Alice.
Suspiré y solo rodé los ojos, mientras que Jasper se largó a reír.
—El día que mi hermanita siquiera tenga un novio y se atreva a amar, espero que primero se pase por mi estudio y charlemos él y yo para darle mi aprobación, de lo contrario… —Puso mala cara y yo lo fulminé con la mirada.
Si Jasper supiera que ya estaba enamorada y que el aludido era el tío de su esposa.
—¡Basta! ¿Por qué siempre se trata de mí y mi soltería? —Me puse las manos en la cintura, sacándole otra porción de risas a los dos.
Me separé para que los demás también pudieran felicitarlos, y en el intertanto, choqué con Edward de frente.
—Lo siento —espeté, esquivando su roce.
—Espera, Bella.
Paré por un segundo y lo miré con el ceño fruncido. ¿Qué iba a decirme? Lo que había pasado ya era suficiente.
—¡Edward! —exclamó Alice, caminando hacia él para abrazarlo—. ¿No vas a felicitarme?
Maldita sea, odiaba que siguieran interrumpiendo todo.
—Precisamente a eso venía —respondió, cortando nuestro contacto visual.
Cuando todos acabamos de felicitar a los novios, la organizadora, tan rechoncha como un sofá, nos indicó dónde sentarnos. Como supuse, estaría con Edward, Ethan, mis hermanos y Rose.
Un mozo pasó por nuestro puesto para servir las copas del brindis principal, pero yo le arrebaté una antes que la pusiera sobre mi mesa. Me la bebí en un solo sorbo bajo la atónita mirada de él.
—Salud —exclamé, dejando la copa vacía en su bandeja.
El tipo hizo un gesto de extrañeza y me dejó otra, esta vez con un énfasis no verbal para que solo la usara en el brindis.
—Gracias —dije, dejando escapar un pequeño eructo—. Ups, lo siento.
Me giré y noté que Edward estaba mirando. Me sonrojé, pero no dije nada.
Todas las mesas estaban decoradas por mí con un arreglo diferente, pero con las mismas flores, como una prueba de creatividad. Los demás, una vez que llegaron a sentarse, elogiaron mi trabajo con sinceridad, lo que me hacía muy feliz.
La música ambiente en vivo cesó, de forma que todos prestamos atención en Alice y Jasper, que tenían su copa en la mano. Todos les copiamos y elevamos el champagne para brindar.
—Primero quiero dar las gracias a mi esposa, por existir —exclamó mi hermano con un micrófono contra los labios—. Has hecho de este día uno de los más felices de mi vida, no lo dudes.
Volvieron a mirarse a los ojos, envueltos en su burbuja impenetrable.
—Y también quiero dar las gracias a todos ustedes por acompañarme, son importantes para nosotros en muchos grados, nuestra familia, amigos y compañeros de vida. Gracias.
Todos aplaudimos mientras Jasper le entregaba el micrófono a su esposa.
—Jasper, amor de mi vida, tú has hecho de mi mundo un completo festival de emociones. Te amo y estoy feliz de compartir este momento y toda la vida junto a ti.
Algunos emitieron suspiros y claras expresiones de conmoción, mientras que ellos seguían en esa conexión especial.
—A cada uno de ustedes, gracias por venir y gracias por ser parte de nuestra historia juntos, no saben lo feliz que estoy de poder tenerlos en este día tan especial para ambos. —Levantó la copa a la altura de su rostro—. ¡Salud y que comience la fiesta!
Todos emitimos un salud y bebimos de la copa, y yo nuevamente lo hice en un sorbo. De reojo sentía que él me miraba, quizá alertado por mi segunda copa de la noche. "El borracho eres tú", quise decirle, pero me aguanté.
Las luces se apagaron de golpe, dejando solo las que apuntaban a la mesa de los novios. Un animador de vestimenta formal pidió a la pareja el baile típico, así que Jasper y Alice se tomaron de las manos y caminaron hasta el centro de la pista, que estaba rodeada de todas las mesas. La música en vivo comenzó a sonar, tocada por una impresionante banda en donde todos los integrantes vestían igual. El vals era lento y suave, provocando que los dos se moviesen de lado a lado en estado de romance. Miré a mi alrededor y sonreí al ver a Emmett y Rose mirarse con el mismo amor de antaño, llevaban varios años juntos y parecía que nada hubiera pasado por encima de todo ese cariño. Luego estaba Todd, al lado de mi mejor amiga, con sus manitos agarrando su rostro de la emoción; era un niño muy sensible. Pero mi atención acabó centrándose nuevamente en él, que más que absorto parecía hundido en recuerdos, los que de seguro databan de hace algunos años, con esa mujer, recordando esa boda de mierda, aquel momento que vi con mis propios ojos gracias a esa cinta de video.
Yo decidí enfocarme en la alegría que me provocaba la felicidad de los demás.
Cuando los novios terminaron de bailar todos aplaudimos con fuerza. Jasper se fue hacia Esme, ofreciéndole su mano para bailar y Alice hizo lo mismo con Charlie. En ese momento el mismo Carlisle se acercó para ofrecerme su mano y yo no tuve ninguna objeción.
—¿Qué ocurre, hija? —me preguntó mientras nos movíamos.
El Sr. Cullen era muy respetuoso y educado, además de excelente bailarín. Él y yo nos movíamos con elegancia en medio de la pista, mirando de vez en cuando a la pareja que se nos cruzara por el lado.
—¿Por qué la pregunta?
Suspiró.
—Porque Edward está increíblemente agobiado hoy. ¿Qué pasó? Sé que no se debe únicamente a su viaje, hay algo más. —Él esperó a que hablara, pero yo no pude, ni siquiera sabía cómo decirle que su hijo me había confesado que me amaba y que hoy no recordaba nada—. Bien, imaginaba que no querrías decírmelo, supongo que algo hizo, sus ojos culpables duelen bastante.
Tragué, amenazada con el llanto.
—Es el último día en mucho tiempo y estoy muy molesta, aunque intento que no me afecte, pero… de verdad lo estoy.
La pista no tardó en llenarse de un sinfín de parejas, todas al ritmo del vals.
—Dios, ojalá pudiera mejorar las cosas, no es justo.
Desde lejos vi bailar a Edward con su madre, mientras que Jasper ahora bailaba con Sue, Alice con Emmett y más allá a Rose con Todd, que lo movía un poquito para hacerlo reír.
—Oh mira, ahí viene mi esposa —señaló, mirando por detrás de mi hombro.
Edward paró junto a ella y tanto él como su padre se miraron de manera conectada.
—¿Puedo quitarte a mi marido, Bella, cariño? —inquirió ella, que venía con Edward.
Yo tragué y asentí con lentitud.
—Es hora de que los padrinos bailen —dijo Carlisle, dándome el empuje a que podamos hablar.
Los Sres. Cullen se mezclaron juntos en la masa y nosotros dos nos quedamos de pie, incapaces de tocarnos. Edward me ofreció su mano y yo estuve durante unos segundos planteándome la posibilidad de huir, pero eso sería hacerme mucho más daño a mí misma, así que se la tomé. El cobrizo la sostuvo con fuerza, mirándome a los ojos en el intertanto.
—No había tenido tiempo de comentarte lo hermosa que te ves hoy —susurró, poniendo su mano en mi espalda baja y empujándome contra él.
El calor de su mano en mi piel me hizo estremecer, me tenía completamente perdida.
—Gracias —musité con sequedad, depositando la mía sobre su hombro.
Nos comenzamos a mover de forma paulatina, manteniendo esa distancia producente; Edward era muy consciente de que yo seguía adolorida y de que algo había dicho en medio de su borrachera, y muy probablemente, Edward creía que había sido una estupidez. A ratos nos dábamos miradas llenas de secretos y de cierta manera yo no quería soltarlos para no exponerme más de lo que ya lo había hecho. Sus ojos verdes estaban atentos a mis expresiones, como si quisiera grabarse mi rostro.
—¿No vas a decirme nada? —insistió, luego de un rato.
La realidad vino de golpe y con eso la mañana de hoy.
—¿Qué quieres que te diga?
—¿Vas a dejar que las cosas sigan ese rumbo entonces? ¿Hoy, que es nuestro último día juntos? —Su voz se volvió temblorosa.
Mi barbilla tiritó de rabia mientras lo fulminaba con la mirada. ¿Por qué lo decía como si yo fuera la culpable de lo que estaba pasando? Como si depositara toda la responsabilidad solo en mí.
—Está en tus manos, Edward, yo ya fui sincera contigo, pero has olvidado todo. Ojalá, antes de que te atrevas a confesar cosas tan importantes, espero que lo hagas con tus cinco sentidos, así evitas hacerme todo este daño.
El maestro de ceremonias nos pidió a todos que nos sentáramos, así que obedientemente me separé y fui hasta la mesa, donde Rose estaba esperándome.
—¿Qué pasó? —me preguntó al oído.
—Sólo cumplía con el papel de madrina.
No pudimos seguir hablando porque Edward venía hacia la mesa también, por tanto nos separamos.
.
Edward se veía un poco desanimado y se notaba demasiado. Todd ni siquiera se había atrevido a hablarle porque su rostro serio resultaba tan intimidante como imponente. Rose a ratos me echaba miradas que barría con un solo gesto, mientras que Emmett no se daba cuenta de nada, algo común en él, la verdad.
La comida estaba deliciosa y, como si se tratara de un baúl de recuerdos, rememoré la vez que nosotros mismos nos pusimos a seleccionarla con los novios. Parecía que habían pasado tantos años desde aquello, pero en realidad no era más que meses, meses en que todo había cambiado.
En un momento, Edward se levantó de su silla con una copa en la mano, llamando la atención de todos. De su bolsillo interior sacó unos papeles, que depositó sobre la mesa para apoyarse. De pronto un silencio se cernió y el maestro de ceremonias le entregó un micrófono.
—Primero que todo, quiero felicitar a los novios, hacen una pareja maravillosa —exclamó, y tanto Alice como Jasper sonrieron desde su mesa—. La verdad, me ha costado montones figurarme a la idea de que mi pequeña y única sobrina ya está casada, aún te veo gateando por mi habitación, jugueteando con mi piano.
Todos rieron, incluida yo. Imaginar a esa Alice me resultaba divertido.
—Pero ya está, has crecido y no puedo estar más feliz de verte con Jasper, pues sé que es un excelente hombre, con una familia increíble.
Bajó la mirada y, casi de forma imprevista me miró. Yo tragué, mirándolo también con las cejas arqueadas. Él iba a seguir leyendo la carta, pero entonces la arrugó y miró al frente un segundo.
—Qué difícil es el amor. A veces… nos llena de miedo más que de felicidad. Y no es porque lo que sintamos sea desagradable, al contrario, nos llena de entusiasmo, de alegría y de querer compartirlo todo con esa persona especial.
Apretó su copa, evidentemente triste, lo que llamó la atención de todos.
—¿Saben por qué nos llena de miedo? Porque nos aterra decepcionar a quien más queremos, provocarle dolor… que nuestro pasado les hiera. Cuando amamos con tal intensidad, la vida siempre nos encarga de revivir la idea de perderla y a veces eso hace que finalmente ocurra.
Suspiró y me miró, lo que hizo que mis entrañas se retorcieran de mil maneras a la vez.
—Ámense, no importa cómo, sólo no permitan que los demonios internos les hagan ser esclavos de ello, porque asimismo como ya torturan tu mente, eso sólo hará que hieras a quien quieras. Alice, Jasper, el compromiso y el amor son asuntos complejos, a veces no se entenderán, discutirán, pero sí se amarán. No dejen que el miedo les nuble la oportunidad de amar con toda la intensidad que tienen en su interior, mañana puede ser tarde y el tiempo corre. Nunca estamos seguros si estaremos al lado de esa persona que más queremos, por eso sean valientes a la hora de enfrentar todo, al menos que ustedes lo son, más que yo. —Sonrió de manera triste.
¿A qué se refería con todo esto? Cada palabra que salía de su boca resultaba tan intensa que no sabía hacia dónde dirigir mi atención, si a sus labios, a sus gestos o a lo que quería decir con sus ojos.
—Nunca esperen hasta el último momento para confesar lo que tanto temen, porque de lo contrario el tiempo los devorará y verán mermada cualquier intención de mejorarlo, porque ya es demasiado tarde —dijo, apretando fuertemente la copa y el micrófono—. Y por último, no se dañen, aunque estén enojados, aterrados o quieran huir de los errores, no, no se dañen, por favor, porque todo lo que decimos tiene consecuencias, mucho más si se trata de esa persona que, de alguno u otro modo, debes querer—. Levantó la copa y todos lo imitaron, pero yo no, pues estaba de piedra, con los ojos escocidos ante sus palabras.
Rose tampoco había levantado la copa porque estaba más pendiente de mí, también con sus cejas arqueadas. Tenía un nudo inmenso en la garganta y estaba al borde de echarme a llorar.
—Gracias por hacerme parte de esto, chicos, el privilegio de ser su padrino es suficiente para darme por satisfecho. Salud por los novios y que estén juntos toda su eternidad.
Alice estaba emocionadísima aplaudiendo, tanto como los demás. Edward se sentó, no sin antes estirar su blazer con serenidad.
Con la mordida tensa me levanté y tomé el micrófono. Por primera vez, parada con todos esos ojos mirándome, me sentí cohibida con la multitud, pero hice de tripas corazón y me atreví.
—Estoy feliz por ustedes, mi hermano y una gran amiga, juntos para compartir su amor. Se ven tan lindos juntos —exclamé—. Es un privilegio ser parte de algo tan hermoso como esto, donde el amor se comparte y se respeta. ¿De qué otra forma pueden llevar el amor si no es así? El Sr. Cullen ha dicho las palabras correctas, no deben esperar hasta que sea demasiado tarde. Si tienen algo que decir, díganlo, si se arrepienten, remédienlo, pero nunca esperen hasta que haya daño porque… —Suspiré, amenazada por la angustia—. La peor cicatriz es la que se hizo por quien querías.
Todos me escuchaban con atención y los novios lo hacían con los ojos comprensivos.
—Pero da igual, porque sé que tú, Jasper, eres un hombre valiente que siempre buscará remediar la situación, y tú, Alice, por supuesto que también. Estoy tan contenta de ser su madrina. ¡Qué vivan los novios!
Me senté entre aplausos y con la sensación de sus ojos observándome. Yo actué natural y le entregué el micrófono al maestro de ceremonias.
—Cumplí con el discurso, recuerdo que hablamos de ello anoche —susurró, hablando realmente en serio.
—Al menos recuerdas algo de lo que dijiste —le respondí, dejando caer la servilleta de tela sobre el plato con muchísima rabia.
Me levanté en medio del discurso que estaba dando uno de los mejores amigos de Jasper y me marché hacia la zona más alejada de la terraza. El aire libre resultaba refrescante, mas no frío.
Mi sentido de alerta me indicó que alguien se acercaba detrás de mí y por un instante mi corazón dio un fuerte salto en mi pecho, sin embargo, al girarme descubrí que era Rose quien me había seguido y volví a mi realidad, la que desgraciadamente me hizo sentir aún más imbécil.
—Oh no, Bella —susurró, ofreciéndome sus brazos.
La abracé y cerré los ojos con fuerza, negándome el llanto.
—Agradece que Emmett es un bobo, porque la tensión se sentía horrible, hasta Todd parecía extrañado.
Me separé y me apoyé en la valla de hierbas, mirando hacia la fuente con el cisne de hielo en el medio. Estaba tensa y tan disgustada que me costaba montones fingir.
—Ese discurso…
—Piensas lo mismo que yo, ¿eh?
—Son un par de tontos… él especialmente —destacó, sacándome una sonrisa.
—Intenté que no me viera con la guardia baja, huyendo como tonta, pero heme aquí, haciendo lo que tanto niego. Bueno, enamorarme no era un plan, claro está, menos de un hombre mayor —susurré.
Se puso a mi lado y apegó su cabeza a mi hombro. La imité.
—En realidad, deberías seguir con ese plan. No creo que huir sea realmente estar con la guardia baja, de todos modos estás siendo fuerte y demostrándole que es un idiota… Un idiota que te quiere muchísimo, la verdad. —Tomó mi mano y la apretó fuerte—. Mi consejo de amiga celosa y malditamente protectora es que no sufras por alguien. Sí, es algo cliché para alguien tan sabionda y madura como yo —exclamó, pavoneándose y sacándome otra sonrisa—. Pero es la verdad, cariño.
—Es difícil. —Me encogí de hombros—. Todo lo que me ha hecho pasar, todas esas risas, esos momentos… —Suspiré—. Lo amo tanto, Rose.
Me hacía cariños en el cabello, mejorando un poco la inexactitud de mis pensamientos. De algún modo, tener a mi mejor amiga de confidente liberaba un peso que hace mucho tenía en la espalda. Sinceramente, no habría sabido qué hacer aquí si ella no supiera por todo lo que estaba pasando.
—Sin embargo —añadió, haciendo un mohín divertido—, mi lado objetivo y juicioso, te aconseja que lo escuches si es que quiere decirte algo, sólo así podrás tomar la decisión correcta, con la cabeza bien fría, porque sé que de algún modo ese hombre te ama.
Rose dejó de hablar porque la gente comenzó a salir hacia la zona despejada, interrumpiéndonos. Emmett venía hacia nosotros, por lo que seguir con la conversación era imposible.
—¿Qué ocurrió? —inquirí luego de aclararme la garganta.
—La comida terminó —respondió en un tono de obviedad—. ¿Qué hacían acá afuera?
—Queríamos tomar aire y hablar cosas de chicas.
—Los chicos cortarán el pastel, no creo que quieran perdérselo —afirmó.
Las dos nos levantamos enseguida y fuimos hasta la zona principal, donde todos se encontraban reunidos. Alice tenía la mano en el cuchillo junto con mi hermano, dispuestos a cortar el gigante pastel de color rojo pasión.
.
Luego de acabar de comer el postre, la fiesta dio inicio. En un momento oímos la música de Beyoncé que salía desde la zona semi techada y abrimos los ojos de sopetón.
—Creo que es hora de bailar —exclamé, levantando los brazos hacia el cielo.
A la mierda todas las preocupaciones, debía sonreír, ser el sol en el que siempre me propuse convertirme.
—Así me gusta mi amiga.
Rose tomó mi mano para que fuéramos a la pista de baile, pero Emmett nos impidió avanzar con su imponente cuerpo, cruzado de brazos.
—Osita, te recuerdo que ya no eres sólo tú y hermanita, deberías cuidar a tu futuro sobrino.
Las dos pusimos los ojos en blanco y luego nos reímos.
—Nuestro cachorro amará la danza como su madre, ¡no seas aburrido! —le contestó ella.
—Lo siento, Emm, pero tú sabes que eso será así. —Le palpé la mejilla y yo misma tiré de mi amiga para que trotáramos hacia el centro de la pista.
La mayoría estaba bailando ya al ritmo de la música pop. Cuando Alice nos encontró perdidas entre el gentío, levantó sus manos para que nos acercáramos a su grupo de amigas que no perdían el tiempo entre movimientos de cadera. Jasper también bailaba, perdido con su grupo de amigos.
Me encantaba la independencia de esos dos, sin necesidad de andar apegados incluso en su boda.
—¡Esto es fabuloso! Extrañaba salir a bailar —exclamó Lauren, perdida en sus movimientos.
—¿Dónde estaban? Sólo ustedes faltaban para que la fiesta comenzara de verdad —dijo Alice por sobre la música.
Rose y yo nos miramos y solo sonreímos en respuesta.
Me dejé llevar por la melodía que iba cambiando de a poco a un tecno pegadizo y ligeramente oscuro, era estupendo. El sitio semitechado dejaba mezclarse con unas luces de distintos colores que se sincronizaban con los ritmos de la propia canción. Rose, a pesar de querer divertirse, evitaba hacer movimientos bruscos por su estado, sin embargo, yo estaba empecinada en pasar un buen momento con mis amigas.
—Oye, ¿ese no es el tío de Alice? —escuché que dijeron el trío de amigas, que aprovecharon la distracción de ella para que no las escuchara.
Yo estaba de espaldas, escuchando con atención mientras fingía bailar entusiasmadamente con los demás.
—Quién lo diría, bailando con esa mujer —dijo Emily, quien se oía bastante molesta.
Fruncí el ceño y miré hacia donde ellas se referían.
Justo en la lejanía, rodeado de otras personas que no conocía, bailaba Edward con una guapísima mujer de cabellos platinados, muy similares a Tanya, quien, a todo esto, estaba perdida con su prometido cerca de los asientos, alejada por completo de la pista.
Parecía que se conocían hacía bastante tiempo, porque ella le tocaba el pecho con total confianza. Edward solo sonreía y la tomaba de la cintura, disfrutando del ritmo que ameritaba uno que otro choque de caderas. La mujer debía tener su edad o un poco menos, aunque la verdad parecía que la madurez le servían de mucho, porque se veía increíble con ese ajustado y perfecto vestido negro estrellado. Apreté la mandíbula y me volví a girar, sintiendo los celos crecientes en mi pecho. Rose se dio cuenta y frunció el ceño, como preguntándome quién era. Me encogí de hombros e hice como si no me importara. En el momento en que intenté seguir bailando, Alice centró su atención por detrás de mi espalda, haciéndose testigo de lo mismo que habíamos visto todas. Ella levantó las cejas, algo sorprendida.
—Parece que don Edward Cullen la está pasando de bomba —vociferó Rose sin ningún pudor de demostrar su interés—. ¿Quién es ella?
—Es la hermana de Tanya Denali. Su familia es muy cercana a la nuestra y son casi parte de la mía también. Se llama Irina, es la menor de tres hermanas. Salió con mi tío Edward hace unos años pero dejaron de verse porque ella se enamoró.
Tragué y una bomba de ansiedad me subió a la cabeza. Tuve la necesidad de salir de la masa y sentir algo de aire.
—Tal parece que ella no se lo ha quitado de la cabeza —comentó mi mejor amiga, mirándome con cierta preocupación.
Alice solo hizo un mal gesto, celosa por ver a su querido tío juguetear con esa rubia desagradable. Yo me disculpé y me dispuse a salir de aquí, pero Rose quiso acompañarme, aunque preferí negarme, deseaba estar sola.
Me acerqué a la barra y le pedí a la barwoman una Cucaracha para beber. Mientras esperaba en la butaca me ponía a pensar en lo que dijo Alice y la angustia me consumía el pecho. Entonces cerré los ojos, buscando la manera de enviar al demonio la inseguridad.
—Si quieres algo más me avisas —me hizo saber la mujer, dejándome el shot con la llama justo en la superficie.
—No deberías beber aquí sola, menos ese tipo de licor —me dijo Edward cuando tenía el shot a punto de entrar en mi boca.
Por poco y lo escupo.
—¿Lo dices en base a tu borrachera de ayer? —inquirí, para luego tragarme la mezcla de alcoholes de un solo sorbo.
Arrugué el rostro y esperé a que el cuerpo se calentara.
—Sigues hablando de eso —musitó, sentándose a mi lado—. Quizá deberíamos comenzar a discutir lo que te tiene de esta manera, ¿no crees? Como dos adultos civilizados…
—Cállate —le pedí, golpeando el vasito contra la mesa.
Por el rabillo del ojo vi a Edward tensar su mandíbula de forma brusca. Estaba muy molesto, pero yo también.
—Isabella…
—Cállate, ¡vete! —exclamé, dándome la vuelta de un solo giro para enfrentarlo frente a frente—. No me hables de adultos civilizados luego de lo que ocurrió, ¿oíste bien?
Sabía que estaba actuando de forma impulsiva, pero tenía todo tan guardado que ya no lo soportaba. Edward tenía los ojos bien abiertos, manteniéndose cauto desde su lugar. La barwoman nos miraba en la lejanía, un poco curiosa por lo que ocurría.
—Hay cosas que necesito explicarte.
—No me interesa. Ve a juguetear con esa mujer, conmigo no lo intentes, ya no más —escupí.
Negó y puso su mano en mi muñeca para impedir que me fuera.
—Bella —susurró, muy adolorido—. ¿De verdad quieres eso? ¿Quieres que me vaya hoy y no vuelva a verte más? —inquirió—. ¿Quieres que se acabe así?
Por un segundo vi pánico en sus ojos, un sentimiento real, genuino, que por un segundo me ardió en el pecho. Bajé la guardia un segundo y el corazón se me subió a la boca, preguntándome si esto era lo que quería. No, claro que no, lo que más quería era que me estrechara entre sus brazos y no perderlo, no ahora que se iba.
—No necesitas preguntármelo, ni siquiera está en mí la respuesta. Ojalá pudieras recordar todo, pero veo que no lo harás —susurré, aguantándome el llanto—. Tengo que irme, no quiero hablar contigo ahora.
Él me soltó de a poco, pestañeando y mirando al suelo, comprendiendo lo que acababa de decir. Sus ojos brillaban de tristeza y de llanto contenido.
En ese preciso momento apareció Ethan, que miraba con preocupación.
—¿Interrumpo algo? —inquirió él.
—Necesito irme —dije, para luego suspirar.
Ethan nos miró a ambos, sintiendo la densidad de nuestra tensión y el deterioro de nuestra relación, a horas de su viaje.
—Si tan solo me permitieras hablar, yo… —Sus cejas se arquearon y finalmente sonrió, frunciendo el ceño y alejándose, muy confundido.
Miré hacia otro lado para no tener que verlo marchar. Me dejé caer nuevamente en el taburete y miré por un buen rato hacia la madera de la barra, buscando la forma de calmar mi respiración.
—Bella, necesitas salir de aquí —me aconsejó Ethan con suavidad.
Por más que lo aguantara, el escozor de las lágrimas resultaba insoportable.
—Nos vemos después, Ethan.
Caminé con rapidez hacia adelante, ignorando a la masa. No sabía dónde había quedado Ethan, pero la verdad poco me importaba. Salí nuevamente y sentí el aire frío sobre mi piel. El cielo reflejaba un crepúsculo de maravillosos colores, generando una postal magnífica, postal que me habría gustado tener junto a él.
Tenía las manos apretadas mientras miraba al cielo, perdiéndome en los recuerdos más dolorosos de nuestra realidad. Tuve que apoyar las manos en las vallas, observando la vista del río Este, donde Edward me pidió ser su novia. Fue un recuerdo instantáneo que me hizo tanta conexión con la realidad que, de un solo suspiro, me hizo llorar. Mis manos tiritaban mientras intentaba aferrarme al suelo y a la valla, así como mi barbilla mientras los sollozos se expulsaban de manera automática.
Quedaban horas para que se fuera, solo horas y nada más.
Miré hacia el frente y vi, desde la lejanía, como todos bailaban, comenzando por mis hermanos, luego mi padre y finalmente los demás, ajenos a todo por completo, olvidando que yo existía, que simplemente me había perdido en el fondo y que no quería bailar porque además de que Edward y yo estábamos alejados hoy, sabía que tarde o temprano esta era nuestra última noche y que la estábamos desperdiciando hasta arrepentirnos.
—¿Qué estoy haciendo? —susurré, frunciendo el ceño—. ¿Qué mierda estoy haciendo?
Levanté el rostro y tomé aire.
Tenía que irme con él. No podía perder al amor de mi vida. ¡Necesitaba irme con él! ¡Necesitaba vivir mi vida junto a la suya! A pesar de que estuviera enojada, a pesar de todo el miedo… no podía dejarlo marchar sin antes decirle que lo amaba con una intensidad que me estaba ahogando.
Me giré, dispuesta a buscarlo, pero topé con Ethan.
—Si quieres estar sola me marcho, discúlpame…
—No, no te preocupes. Iba a irme de todos modos.
—¿Estabas llorando? ¿Algo ocurrió con mi hermano? Siento inmiscuirme, pero me preocupa.
—Está bien. —Me encogí de hombros—. No ocurre nada… importante.
Frunció el ceño y se sentó a mi lado, en la orilla de la fuente.
—Te ha hecho daño, ¿no?
Apreté los labios y luego cerré los ojos.
—Bella, creo que es el mejor momento para que ustedes se alejen, de lo contrario sólo tú pagarás las consecuencias.
—Ethan —susurré, alejándome de a poco.
—¿Tanto lo amas que no puedes dejarlo ir?
Negué, mintiéndole. De alguna manera, mi instinto me aconsejaba que no le contara a nadie de mis sentimientos.
—De todas formas esta era mi fecha límite, es suficiente. Ya mañana se va —mentí.
Nos quedamos callados un momento hasta que él me ofreció su mano.
—No desperdicies un buen momento por un hombre que no vale la pena, tu hermano querrá verte feliz para cuando comience el lanzamiento del ramo y el juego de la liga —me dijo divertido—. El mío no merece lo que estás sintiendo, es un imbécil.
—Ethan, no creo que sea correcto que hables así de él.
—Sé por qué lo digo. —Suspiró.
Él finalmente sonrió.
—Quiero ver tu sonrisa, me parece un regalo divino —susurró, poniendo su mano en mi antebrazo.
—Ahora me resulta un poco difícil.
—¿Te parece suficiente si te digo que podría mirarte toda la noche sin aburrirme? ¿Eso te haría sonreír?
Elevé levemente las comisuras de mis labios, sintiéndome un poco nerviosa por su sinceridad.
—Así me gusta —susurró, tomando mi barbilla.
Fue inevitable compararlo como tantas veces sucedía, tenía tan grabados los dedos de Edward que ya eran parte de mí.
—No ha sido una buena semana para ti, ¿cierto?
Hice una mueca mientras.
—Todo comenzó con mi despido. —Suspiré.
Ethan asintió comprensivo.
—Pero al menos tus padres me han ayudado y puedo seguir con la auditoría de la empresa familiar.
Su expresión cambió a la incomodidad, lo que llamó mi atención.
—¿Por qué me miras así?
Se encogió de hombros.
—No creo que volver a trabajar en ello valga la pena, probablemente te recuerde a todo lo ocurrido con Vulturi y…
—¿Crees que debería renunciar?
—No, sólo pienso que podría conseguirte algo totalmente nuevo, donde puedas reinventarte.
Me puse un poco incómoda frente a la idea, no me gustaba que me consiguieran trabajo de formas que no eran correctas, y para mí las influencias lo eran, sobre todo si precisamente era Ethan.
—No, lo siento, no puedo aceptar algo así como así.
Sonrió con comprensión.
—Me gusta que te tomes tanta importancia en demostrar tus méritos, siempre he sabido que eres una mujer impresionante en lo que haces, aún tan joven.
Ethan estaba acercándose y yo me alejé en automático. Necesitaba ir con Edward ahora y alejarme de su hermano era lo mejor.
—Todo lo que he hecho ha valido la pena gracias a mi esfuerzo, no me gustan los regalos laborales —dije en un hilo de voz, notando el cambio en sus ojos claros.
Por un segundo me pregunté dónde estaba Edward, pero enseguida recordé a Irina.
—Bella, no puedo dejar de mirarte —masculló.
Pestañeé y entonces suspiré, porque no podía corresponder a ninguno de sus gestos.
—Quizá deberías, sino me pondrás nerviosa —intenté bromear.
—Lo siento —se disculpó enseguida—, pero cada día que pasa estás más hermosa, más… increíble.
Ethan me acercaba a él, mirando cada espacio de mi rostro como si quisiera grabárselo.
—Pues ponte anteojos.
Sonrió, como diciendo "¿que no lo entiende?".
—Bella, me gustas muchísimo, ¿cómo hago para quitarte de mi mente?
Me quedé un tanto sorprendida, mientras un centenar de preguntas surgían en mi cabeza. ¿Por qué Ethan era tan sincero?
—Ethan…
—Si sigo teniéndote en frente no podré contenerme más, Bella. Desde el primer momento que te vi supe que algo ibas a provocarme, y entonces seguí mirándote, conociéndote… ¿Cómo hago?
Yo tenía mis manos en su pecho para alejarlo sutilmente.
—Eres… la mujer que he esperado por mucho tiempo, Bella —masculló, acercando su rostro al mío.
Y entonces me besó, dejándome sin aliento. Yo tenía los ojos abiertos, totalmente petrificada. Pero entonces reaccioné, alarmada por el sabor de sus labios, porque no estaba bien y porque mis labios clamaban y pertenecían a otra persona.
—¡No! —exclamé, empujando su pecho hacia atrás—. No es correcto, ¡no tenías que besarme!
Alguien, de un momento a otro, tiró de él completamente para quitármelo de encima. Era tal la fuerza que terminó dejándolo caer al suelo, con su silueta alta observándolo con los puños apretados. Estaba tan absorta que tardé en darme cuenta que se trataba de Edward, tan furioso como nunca lo había visto. Corrí hasta ellos, aterrada de lo que estaba ocurriendo. Edward lo tomó desde el traje y lo levantó para golpearlo contra la reja más cercana.
—¿Cómo te atreves? —inquirió con los dientes apretados.
—Edward, basta —espeté, temerosa de que alguien pudiera venir a ver este espectáculo.
Ethan lo miraba con desprecio mientras ponía sus manos sobre las de él, que aún lo tenía agarrado desde el traje.
—¿Qué? ¿Estás celoso o aterrado de que quedes con las manos vacías? ¡Suéltame!
La mirada de Edward me intimidaba tanto que me aterraba, pero como pude puse mi mano en su brazo para quitarlo de ahí.
—Déjame, sé lo que hago —bramó él, haciéndome saltar.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y me hice para atrás de forma automática.
Ethan gruñó y lo empujó, pero Edward, cegado al completo, le propinó un puñetazo certero en la mandíbula. Di un grito de horror y me acerqué a Ethan para comprobar que estuviera bien.
—Lo siento —le susurré al ver que comenzaba a sangrar.
—Aléjate de este imbécil, es lo mejor que puedes hacer —me dijo, quitándose la sangre de la boca.
—¿Cómo te atreves? —le recriminé con las manos apretadas—. Edward, no necesitabas hacerlo, por Dios.
Los ojos de Edward estaban muy abiertos y sus fosas nasales también mientras respiraba acompasadamente.
—¿Vas a defenderlo? —inquirió con la furia brotándole por los poros.
—¡Basta! —le grité, empujándolo hacia atrás—. Basta con esto, es suficiente.
Pero él estaba tan fuera de sus cabales que no le importaba lo que yo dijera, sino más bien que su hermano me haya besado.
—Ven conmigo, no puedo dejarte con este tipo —me dijo Ethan, tomando mi mano.
—No vuelvas a tocarla, déjala —gruñó.
Volvió a acercarse como un loco, pero yo me puse en medio, impidiéndole que lo hiciera. Edward quedó paralizado y tragó.
—¿Qué quieres? ¿Arruinarle el matrimonio a tu sobrina y a mi propio hermano? —le pregunté con rabia—. Vete, Ethan, por favor.
Los dos se quedaron mirando mientras el menor se marchaba, no sin antes darme una mirada como prometiéndome volver.
—¡¿Cómo fuiste capaz?! ¡Estás loco! —le grité, descargando toda la furia que tenía guardada.
Sus ojos verdes comenzaban a esclarecerse de a poco cuando notó lo enojada que estaba, pero no me importaba.
—Ethan tiene razón, lo único que te importa es quedar con las manos vacías. Por supuesto, ya no tienes quien te supla las malditas necesidades —dije entre dientes—. ¡Déjame en paz! No vengas ahora con esto porque ya has hecho suficiente para que necesite alejarte de mí. Justo ahora que pensaba… Dios…
Edward levantó las cejas y luego la mirada, completamente consciente de lo que estaba hablando.
—¡¿Por qué ahora?! Lo único que necesitaba era sinceridad, pero tú… te has encargado de arruinarlo todo. —Dejé caer los brazos a los lados de mi cuerpo, completamente exhausta—. Como un animal, viniendo acá como si realmente te perteneciera, ¡basta ya! Por favor… basta —susurré—. No vengas acá como si realmente te importara, porque no te importo, nunca ha sido así. Yo sólo quería ir contigo, Ethan se acercó, pero yo de verdad quería ir contigo, correr hacia ti y decirte que… que yo quería…
Mi barbilla tiritaba de rabia y las lágrimas eran tan espesas que amenazaban con salir, picándome los ojos.
—Dímelo, ¿por qué ahora? —exclamé, dándole golpes a su pecho—, ¿por qué ahora que te necesito tanto y es nuestro último día? —Le propiné otro golpe, sin fuerzas, solo con rabia y desesperación—. ¿Por qué ahora que te irás?
Yo quería irme con él, estaba desesperada por decírselo, pero ahora sentía que todo estaba arruinado.
No sabía cuántos golpes débiles habré dado en su pecho, pero acabé tan cansada que Edward terminó estrechándome entre sus brazos y yo, tan estúpida, me dejé agasajar por un instante, cerrando los ojos por la sensación de su calor y olor.
—Suéltame, ¡suéltame! —le grité.
Me miraba con las cejas arqueadas, completamente desecho, y entonces me soltó, haciéndome sentir el frío del viento.
—¡Ni siquiera me importó que me besara! Porque de todas formas siempre termino pensando en ti, maldita sea —dije entre dientes—. ¡Tú, tú y tú! ¡Porque siempre eres tú!
—Bella… —Suspiró.
—Hoy en la mañana hiciste que me deshiciera en pedazos, gratuitamente, sin enmendaduras, porque solo a ti se te ocurre emborracharte y abrir la puta boca. Creí que podría, viéndote por última vez hasta que te marcharas… Y… yo hace solo unos minutos quería correr hacia ti y gritarte que nos fuéramos juntos. —Me reí con desgana.
Pestañeó con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Ibas a irte conmigo?
Sollocé con fuerza.
—¡Sí! No podía dejarte ir, pero ahora sólo estoy enojada contigo, ¡estoy furiosa! ¡No necesito que me quites del medio como un animal! ¡Me has gritado y me has quitado del medio como si yo fuera cualquier cosa, menos tu novia!
La expresión de Edward se volvió más dolorosa, a segundos de agacharse y suplicarme que le escuchara.
—Ayer me dijiste tantas cosas hermosas, tantas que… no puedo olvidarlas. ¡Pero mira como actuaste! ¿Dónde quedó el hombre de cuarenta años con el que moría por irme lejos y vivir mi vida? ¿Y sabes qué es lo peor? Que simplemente me alejas, como si no quisieras tenerme a tu lado…
—No, no digas eso, te tendría junto a mi a donde quiera que fuera, porque me importas, eres la única persona que necesito y quiero a mi lado. Sé que fui un borracho de mierda pero estaba tan angustiado con la posibilidad de no verte desde mañana en adelante, que solo bebí y… dije cientos de cosas que… finalmente pude recordar.
Tragué y lo contemplé mientras las lágrimas me bloqueaban la visión
—Recordé todo, por eso venía hacia ti. Entonces te vi con mi hermano y los celos me hicieron enloquecer, porque no quiero que te bese ni que te toque, porque solo yo quiero hacerlo, porque eres mi novia.
Seguí sollozando con mucha fuerza, agotada desde el interior.
—Creí que era un sueño, ¿sabes? Creí que todo lo que te dije lo había hecho bajo un sueño precioso, una realidad onírica que volvería a repetir cientos de veces. Bella… te soñé de blanco, vistiendo un atuendo vaporoso, inmenso, con flores por doquier. —Se atrevió a llevar una mano a mis labios, acariciándolos—. Todo en ti brillaba y tu sonrisa era la imagen más hermosa que alguna vez había visto. Tu cabello tenía flores también y sentía el aroma desde lo lejos, parado en el podio, esperándote mientras caminabas del brazo de tu padre y… —Suspiró con las cejas arqueadas—. Y eras tan feliz conmigo, me miraste y supe todo, que te necesitaba y que no podía dejarte ir. Fue cuando tomé tu mano y te sostuve conmigo que pude decir lo que tanto quería, pero no me atreví, porque aún tengo miedo, porque no quiero hacerte daño. Y entonces sonreíste más, me mirabas a los ojos y me decías con tu brillo que me quedara contigo, que enfrentara esta maldita realidad… Y entonces te lo dije, te dije que te amaba.
Apreté su saco y él cerró los ojos unos largos segundos.
—Creí que era un sueño, cariño, pero…
—Lo dijiste de verdad.
Asintió.
—Oh no, Bella, no sigas llorando, por favor —suplicó, limpiándome el rostro con sus pulgares—. No lo soporto. Te hice daño.
Suspiró y me acarició la mejilla, con esa misma suavidad que dejó ver anoche. Mi corazón no dejaba de bombear, desesperado por más.
—¿Por qué el alcohol te hizo ser tan sincero? ¿Por qué no decírmelo?
—Son los recuerdos…
—¿Es por Renata? —inquirí con mucho pesar.
Negó con los ojos cerrados.
—No es por ella, es por el odio, el recuerdo de lo malo, la rabia… todo. Lo único que tengo es miedo, solo que, cuando tú estás frente a mí, ese miedo desaparece.
Dejé ir el aire mientras esa electricidad llena de magia volvía a mi cuerpo como la vida.
—En ese sueño te dije todo lo que sentía y tú me respondías. Era tan feliz que… podría escucharlo mil veces. Cuando desperté asumí que era un sueño, que sólo fue mi cuerpo y mi mente instándome a saborear ese momento. Estaba confundido y reaccioné de esa manera al despertar, porque asumí, tan torpemente, que nada de eso había ocurrido. Y yo te dije que siempre digo estupideces cuando estoy borracho. —Bufó y arrugó más los párpados—. Merezco que quieras enviarme al carajo, porque te hice daño y no encuentro la forma de decirte lo siento.
Cerré los ojos y apoyé mi frente en su pecho, imaginando mi vida sin él. Era tan desconcertante, como si me quitaran el aliento de un solo golpe.
—Ahora sé que fue real y que una parte de mí añoraba esa imagen de ti.
Me tomó la barbilla con suavidad y me hizo mirarle a los ojos.
—Isabella Swan, te amo.
Boté el aire.
—Te amo, muchísimo, tanto que… tanto que puedo dejarte aquí, no puedo…
—Edward…
—Te amo, amor, te amo de una manera que no logro concebir, pero así me quedo, con un amor que he luchado por decirte, pero el miedo me corrompía. Pero te lo digo, fuerte y claro, te amo profundamente, Isabella Swan, y eres la única mujer que podría hacer de mi mundo algo totalmente diferente.
Sonreí mientras las lágrimas me corrían por las mejillas.
—Por eso llamé a mi socio y rechacé la oferta a irme a España. No puedo irme, no puedo dejarte aquí. No puedo vivir sin ti, Bella.
Buenas noches, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido todo lo que ha sucedido? ¿Se imaginaron que iba a ocurrir algo como esto? ¿Qué piensan de la decisión de Bella a último minuto y la de Edward, justo al final del capítulo? ¿Creen que alguien más los vio? ¿Qué creen que dirá Bella a la decisión de Edward? ¡Cuéntenme todo lo que quieran!
Agradezco los comentarios de todas ustedes, chicas, desde el fondo del corazón. Siempre estoy agradecida con toda sinceridad de los mensajes que me dejan, desde un gracias hasta mensajes más largos. Estaré muy feliz de volver a leerlas a todas nuevamente en este capítulo, esperando que me cuenten sus impresiones o lo que sea que quieran decirme.
Recuerden que quienes dejen un review, recibirán un adelanto del próximo capítulo vía mensaje privado, y si dejas review sin cuenta, solo debes dejar tu correo palabra palabra por separado, de lo contrario no se verá
PD: Feliz cumpleaños, Valeeecu, ¡¿qué mejor regalo que un capítulo?! Te adoro
Cariños para todas
Baisers!
