¡Buenas noches a todos!

Aprovechando la caótica situación por la que atraviesa la educación universitaria de mi país, bajo la cual me he visto obligado a tomarme un receso ligeramente forzado, a causa de piedras, cócteles molotov, botellas picadas y muchas cachiporras, me aparezco de nuevo para hacer de las mías en este fic, ¿Qué le deparará a nuestros héroes?, ¿Lorenzo algún día tendrá talento como actor?, ¿Veremos por fin un prólogo decente de esta vaina?... Todo eso y más, en el siguiente capítulo ;)

Apesadumbrado por un sueño difícil de descifrar, el cual estuvo protagonizado por baguettes de cerdo con mostaza y un extraño cuenta-cuentos disfrazado de pollo; Albert Rodolfo o Rodolfus Wesker, abrió sus párpados, empleando una fuerza mucho más superior, a cualquiera de la que haya tenido consciencia con anterioridad.

Al momento de verse estacionado en un lugar del cual desconocía o ignoraba su existencia, por una o varias razones, que en ese momento no venían al caso. Albert, quiso recapitular todo lo que había pasado hasta su posterior traslado a la habitación oscura y repleta de aparatos quirúrgicos que ahora lo albergaba.

Frunció el ceño, apretó las sienes y obligó a su rostro a demostrar una mueca de desagrado poco convencional, a pesar de su aparentemente rutinario mal humor, que en realidad no era tal, es simplemente que así era Albert, y así lo querían sus amigos y enemigos; en especial Alexandra.

-¡Alexandra!

Recordaba un concierto, y muchas personas vestidas de negro con motivos que simpatizaban con el género musical del Heavy Metal. Recordaba también una inmensa algarabía y el solo de Kirk Hammett al momento de entonar The Hero of the Day. Recordaba la sonrisa estilo Grinch, de su novia y su posterior rabieta, luego de recibir un mensaje de texto por parte de su hermano, comunicándole que llegaría tarde esa noche, y que posiblemente, estaría en el estacionamiento donde se había llevado a cabo el concierto, a mitad de la velada, cuando la épica banda de, entonara su mítica canción titulada "One".

-Todo habría resultado más fácil, si solo se hubiese tratado de estar en el concierto, y ya – Pensó Wesker, que de inmediato caviló y negó para sí mismo con la cabeza. La vida, jamás había sido fácil, y a pesar de los lujos, de los que se sabía acostumbrado, tampoco había sido especialmente endeble o amable con él. De hecho, en varias ocasiones, se había visto a sí mismo ofreciéndole su alma al diablo o a Mefistófeles, con la intención de aclarar un poco más su turbio panorama.

Y por lo visto no había funcionado mucho. Un pitido ensordecedor, que venía de algún lugar recóndito de su cabeza, lo aquejó por un rato, produciéndole una fuerte y molesta jaqueca. Seguramente, alguna reminiscencia de la explosión.

-Explosión… - Articuló para sus adentros – No es normal que hayan explosiones, en conciertos de Metal, que puedan matar a los espectadores. Después de todo, es solo un concierto; no un sacrilegio.

Y aunque su manera de pensar era absurdamente lógica, también era razonable creer, que después de ese punto, el buen Albert, ya no recordaría absolutamente nada… Y que acto seguido, lo más racional e irrevocable, sería que de alguna manera, hubiese terminado en donde estaba.

-Y a todo esto… ¿Dónde carajos estoy? – Dijo con sorna. Intentó removerse de su posición, pero solo le bastaron unos cuantos segundos, para hacerse sabedor de que estaba amordazado a una camilla de pabellón quirúrgico, lo cual no fue la más afable de las revelaciones. Definitivamente, esa no iba a ser su noche…

Las correas que le sujetaban eran de un cuero viejo y rancio, que presentaba varias irregularidades en el tejido y la contextura de la lengua. Parecía que una manada de ratas, se había dado un festín durante años, con el dichoso cinturón y que, quienquiera que se había ocupado de ponerlo ahí, no pensó en los contras que esto podría tener, al momento de apresar a su víctima. En caso de que eso fuese lo que era Wesker en ese momento, y no otra cosa peor, como un conejillo de indias o una rata de laboratorio.

Con todo y eso, el estado deplorable de las correas, no le impedía a la camilla mantener oprimido al buen Albert, que por el contrario, se sintió muchísimo más frustrado al darse cuenta de que sus intentonas por alcanzar la libertad, no eran más que fútiles intentos, que seguramente alguien estaría viendo a través de una cámara filmadora de su seguridad, con mofa y burla hacia su persona.

-Al menos Redfield, y su sequito de idiotas, no está aquí para burlarse de mí… De hecho, creo que prefiero su compañía, antes que la de Lorenzo Lamas y esas desagradables palomas.

Aquellas palabras, golpearon su psique, como si de un péndulo, que tiene un mazo colgando en el otro extremo, se tratase. Los golpes aturdían su endeble mente, y sacudían el polvo y sacaban del letargo a sus pensamientos, que, lejos de buscar aclararse, parecían querer encontrar desesperadamente las incoherencias en todo lo que estaba pasando. Faltaba algo. Había piezas en el rompecabezas, que no había asimilado aún.

-¿Dónde está Alexandra? – Dijo con un tono de voz, poco menos que común - ¿¡DÓNDE ESTÁ ALEXANDRA!?

-¡Bingo!

Aquella voz mecánica, robótica, potente y desprovista de alma; era irreconocible. No era una voz que Wesker hubiese escuchado antes, pero no por eso dejó de resultarle familiar. Los algoritmos atípicos de su cerebro, pararon de manera brusca, cuando la voz, le dio paso a la vista y con eso, a la impresión.

Una lámpara con pico de sombrero, de la cual colgaba un solitario bombillo bamboleante que expedía un resplandor tan amarillo e intenso como la yema de un huevo, le reveló a Albert la presencia de otra camilla quirúrgica, posicionada de la misma manera que la de él, con el mismo ángulo, y amputando directamente al rubio de ojos color mostaza.

Sobre ella, o apresada a ella, se hallaba una chica hermosa, de rizos amarillos radiantes y refulgentes, que parecían haber pasado por una mala sesión de planchada en una peluquería de poca categoría. Sus ambarinos ojos, permanecían ocultos detrás de ese par de párpados, que todavía protegían a su humanidad, del aparatoso destino al que había ido a parar. Su rostro, notablemente afectado por el mal trato de algún imbécil o grupo de imbéciles, no perdía aquella tez de celestealidad tan intrínseca, tan de ella, que bajo cualquier razón, motivo o circunstancia, la hacían ver bella, y es que ella no era menos. Con un chal y unos jeans, con un traje de fiesta o con un conjunto rockero/metalero; Alexandra continuaba siendo la chica, más hermosa que Wesker había visto en su vida. Y fue precisamente aquello, lo que le encolerizó, solo después de notar que detrás de sus párpados, herméticamente cerrados, como murallas, bajaba una solitaria lágrima, que parecía comunicarse telepáticamente, con la mente de Albert.

Alexandra no se movió, después de la primera impresión. La lámpara de sombrero continuaba bamboleándose en círculos, sin orden, mientras permanecía suspendida por un cordón, viejo y abyecto. A duras penas, aguantando el peso del artefacto que proporcionaba luz a la andrógina habitación.

Una vez, que pudo recobrar un poco de la compostura, que a duras penas se le escapaba, Wesker se dio cuenta de que la luz, alcanzaba a revelar ciertas secciones del cuarto, en los que antes no había reparado, como por ejemplo, el piso.

Eran secciones cuadradas de alguna especie de cerámica de color amarillo pálido. Habían trozos de mamposteado, que se confundían con motas de polvo, aquí y allá. Lo que seguramente quería decir, que aquel sitio, era de tráfico pesado, ósea, transportaban material de todo tipo, sin reparar demasiado en el beneplácito del lugar. Aquello a Wesker le quería decir otras dos cosas: O se encontraban en una especie de bodega, que servía como almacén o estaban en una sección de algún edificio, con elevadores de carga, especializados en transportar esa clase de materiales.

Unas cuantas secciones, más atrás de la camilla que sostenía el cuerpo, todavía aparentemente inconsciente de Alexandra, se podía dirimir la silueta de una serie de estantes, en cuyas filas, reposaban frascos con contenidos extraños, que Wesker no pudo alcanzar a definir como fetos o partes del cuerpo humano. El rubio esperaba con todas las fuerzas de su alma, que su visión se hubiese visto afectada por lo opaco del lugar y por su tendencia incorruptible a llevar gafas de sol puestas, a cualquier hora del día.

Entonces el rechinido de un gozne hiso eco en su subconsciente. Levantó la mirada con un dejo de angustia, y con los ojos bien enfocados como telescopios, hacia aquel punto de negrura absoluta, de donde él creía que había provenido el sonido, se dispuso a aguantar la respiración, ¿Por qué lo hacía? Ni él mismo lo sabía, y mientras no se diera cuenta de que sus típicos nervios de acero, poco a poco se iban desmoronando, sería mejor. Mucho mejor.

En aquel momento, todavía estaba intentando descifrar si sería mejor hacer gala de su potente y estoica voz, y reclamarle al extraño que se identificara, o si sería mejor permanecer en silencio, y fingir estar inconsciente.

-Pero ellos ya saben que estoy despierto… Me escucharon diciendo el nombre de Alexandra – Pensó Wesker, para no agravar más su situación.

El sonido casi indistinguible de un par de ruedas desengrasadas, que debió haberse escuchado con varios segundos de antelación, le dieron a Wesker una impresión, acerca de las dimensiones del lugar. Debía ser muy grande, como para que un sonido tan reconocible y molesto, no se notara de buenas a primeras. Otra cosa que pudo inferir, es que esas ruedas, muy seguramente pertenecerían a una carretilla para transportar pacas de cemento y sus derivados.

Pero… Si pertenecían a una carretilla, ¿Qué podrían estar transportando?

La respuesta de la cual, no estaba seguro si quería enterarse se le apareció a un lado del camino, a través de un pasillo que se iba iluminando paulatinamente, con el tiempo que las continuas lámparas de sombrero, dispuestas una detrás de otra, tardaban en iluminar, el camino que le tomaría a Excella Gionne, llegar hasta donde estaba Wesker.

La indistinguible y sensual figura de Excella, meneando las caderas, con sobrada petulancia, habría sido reconocible a kilómetros de distancia. Su traje fino, de tirante anchos color crema, y su moño alto, que aprisionaba buena parte de su larga y sedosa melena, la identificaban como una chica poco menos que deseable para cualquier hombre, con un mínimo de gusto por las mujeres. Sin embargo, el simple hecho de verla, causó en Wesker un sentimiento de asco e ira, poco comunes en él, que se caracterizaba por nunca perder la calma, y el hecho de no poder reconocer, la figura, envuelta en una manta blanca, que yacía contra el espaldar de la carretilla, transportaba por Excella, no ayudaba en nada a la situación.

Finalmente, la heredera de la familia Gionne, y coterránea de la dinastía Travis, quedó en medio del camino que separaba a Alexandra y Wesker, y luego de dedicarle una mirada llena de lujuria y deseo al rubio, procedió a enderezar la carretilla, y caminar alrededor de la misma, observándola con un gesto que podría definirse como… ¿Excitación?

-Creo que jamás comprenderé, porque preferiste a esta princesa de la plebe, en lugar a mí… Creo que ni siquiera, me hubiera ofendido tanto, si tú trácala para defraudar a Alexia, hubiese sido falsa y de verdad hubieras elegido compartir tu vida con ella.

-Creo que la respuesta ha quedado lo suficientemente clara, Excella – Contestó Wesker, quién se sorprendió a sí mismo, de todavía poder mantener, su típica voz mecánica.

-Sabes que te atrae lo sádico… Lo oculto.

-Lo único que me atrae, Excella, es el poder.

-¿Y quién te parece que tiene poder sobre ti, ahora mismo?

Wesker enmudeció. Su mirada inquebrantable, reflejó de la poca fuerza que le quedaba, no podía impacientar a Excella, y más temprano que tarde, se daría cuenta de por qué.

-¿O debería decir?… ¿Quienes?

El golpeteo de unos tacones contra la grava, revelaron la figura de Alexia Ashford. Enfundada en una bata de laboratorio, que cubría su vestido de falda larga y ancha. Los rizos dorados caían sobre el cubre todo, con una gracia habitual en las hijas de las familias de alcurnia. Intercambió sonrisas y una risilla chillona con Excella, antes de posar su mirada lasciva en Wesker.

-¿No creíste que todo iba a quedar simplemente así, después de avergonzarme delante de mis padres y mi familia? Albi… Tú siempre estuviste un escalafón por encima de nosotras, y eso fue lo que en un principio nos atrajo de ti, sin embargo, me decepciona un poco, que no hayas sido capaz de prever esto.

-¿Prever que me iban a secuestrar a mí y a mí novia, y que nos iban a depositar en un par de camas quirúrgicas, seguramente con la intención de diseccionarnos, por algún estúpido capricho de un par de niñas frívolas y millonarias?... No, lo lamento. Era completamente imprevisible – El sarcasmo en la voz de Wesker, era tan viperino, que logró arrancar muecas de disgusto a sus dos anfitrionas. Eso era bueno, al menos en cuanto al orgullo. Con las manos atadas y los pies amordazados, Wesker, les estaba haciendo daño. Quizás, podría hacerles perder la paciencia.

-Me alegra que no hayas perdido ese particular sentido del humor, querido – Dijo, Alexia.

-Porque después de lo que verás, dudo mucho que te quede algún ápice de imaginación, para hacer algún chiste sobre nosotras.

Liberaron las correas que mantenían al bulto humanoide, sujeto a las sábanas que le envolvían, y tiraron de los pliegues de la manta, a medida que el empaque daba vueltas alrededor de sí mismo, como si se tratara de un trompo, y su tamaño se iba achicando, al tiempo que agarraba forma… Una forma poco convencional. Una forma, que Wesker no pudo descifrar, hasta que aquello, se hubo desprovisto de la sábana por completo.

Entonces Alexandra despertó de su letargo. Parecía que la habían adormilado dejándole caer un enorme ladrillo rojo en la cabeza, y los efectos colaterales habían producido en ella, falta de lucidez y una desubicación sin precedentes. Tardó mucho tiempo, en habituarse al entorno, y lo primero que divisó, fue Wesker. Aquello la hizo sonreír.

-Albert… ¿Qué es?...

Pero no alcanzó a terminar, porque su mirada se cruzó con lo de aquello que ahora estaba libre, y en su vida había visto algo más dantesco y horroroso. Nunca pensó, que se podría personificar algo como aquello… Y es que el horror tiene una forma distinta para cada persona que habita este planeta, y para Alexandra, era eso que ahora la miraba fijamente, con sus orbes color celeste…

El solo de una guitarra acústica de seis cuerdas, hizo eco a lo largo y ancho de la enorme plaza de Racoon, ahora mismo casi desierta, pero no por eso, pasó desapercibida para nuestro grupo de héroes y Lorenzo, que se hallaban en la épica búsqueda de Alexandra y Wesker, la novia de su peor enemigo, y el mismo, precisamente.

Todavía no tenían muy en claro, porque era tan importante para ellos, que Wesker estuviese bien, pero por alguna razón, no podían permitir que algo malo le pasase. No al rubio más atorrante de todos los tiempos. Si alguien tenía que acabar con su existencia, en una legendaria pelea final, ese tenía que ser Chris Redfield. Actual comandante, de la recién inaugurada, Brigada Juvenil de Héroes Pre-Pubertos de Racoon City.

-¿Por qué hablas cómo si fueras el narrador, Chris? – Preguntó Leon. Su turbante de gasas y el finísimo hilo de sangre, que caía por un costado de su cabeza, al parecer, todavía no habían mermado su capacidad para pensar, y hacer preguntas.

-A poco no te parece genial…

-Ese es trabajo de Bidden, Chris – Respondió Claire.

-Pero Bidden está muy ocupado tartamudeando, mientras las fuerzas especiales del papá de Barry, se encargan de liberar a las palomas de Lorenzo por toda la ciudad.

-Pronto tendremos un reconocimiento aéreo de toda la zona, y encontraremos mucho más pronto a Albi – Complementó Lorenzo, con una molesta voz melosa.

-¿Y si lo tienen encerrado en una mazmorra, como a Claire y Ada? – Agregó Jill.

-¡Hey! ¿Qué hay de mí? – Protestó Leon, pero nadie pareció prestarle atención. A excepción de Rebecca, que se había enrollado como una víbora sobre su turbante, y ahora procedía a ejercer presión, como una boa, sobre su cabeza.

-Buen punto – Consideró Lorenzo.

-Quizás los mapaches, puedan proporcionarnos algo de inteligencia terrestre, rápida y efectiva – Sugirió Billy. Mientras su novia, seguía aplastando la cabeza del pobre Leon, que corría y gritaba como un desquiciado en todas las direcciones posibles, al tiempo que era monumentalmente ignorado.

-Entonces solo nos queda una opción – Afirmó Chris, con un tono de voz irrevocable y digna de cualquier líder, que se acredita a sí mismo como tal. Su dedo índice, elevado por todo lo alto del firmamento, era como un farol que guiaba las miradas del resto del grupo, que iluminados por la pericia del joven Redfield, procedieron a posicionar a Barry como vocero, para preguntar:

-¿Cuál opción, Chris? – Preguntó el pelirrojo con entusiasmo.

-¡Preguntarle a la caracola mágica!... Leon, por favor.

El novio de Claire, se acercó a su cuñado, con Rebecca cubriendo la mayor parte de su cabeza y rostro con su cuerpo agusanado. Le dio a Chris, un artefacto parecido a una concha de las que típicamente suele recoger uno en la playa, pero de un tamaño y dimensión, mucho mayores. Chris acercó sus labios hasta la boquilla del curioso caparazón, de color rosa perla y con una voz susurrante, y poco viril, preguntó:

-¡Oh, Caracola mágica! Responded… ¿Dónde se halla aquel, al que Wesker llaman?

Una vibración bastante mortificante, preocupó enormemente a los miembros racionales y pensantes del grupo, que atestiguaron con una creciente incredulidad, como la caracola se removía entre las manos de Chris, mientras este gritaba y exhalaba improperios en una lengua ininteligible, como si estuviese siendo víctima de un exorcismo.

-¿¡AMOR!? – Preguntó Jill, con los nervios a flor de piel.

-¡HERMANO!

-¡Apártense! – Dijo Lorenzo, con su pecho punzante, rebosante de vellos y la voz envalentonada y vigorosa – Expulsaré al demonio de esa caracola, del cuerpo de Chris, con una danza que me enseñaron, los antiguos yanomamis de la Amazonia venezolana. Ya verán, estará bien en un tris-tras…

El cuerpo desposeído de humanidad de Chris, mandó a volar con un solo manotazo limpio y a bocajarro al pobre Lorenzo. Segundos después, solo cayó al suelo de rodillas y la caracola, expulsó un papel, bastante similar, al que te dan los cajeros de supermercado, después de haber realizado tu compra.

Claire lo tomó, con temor, y al leerlo crispó el rostro, arrugó el papel, y luego lo tiró a la papelera más cercana.

-¿Qué decía? – Preguntó Kathy.

-Intenté de nuevo – Contestó Claire.

El solo de guitarra, bastante similar a un bolero, se hizo presente en el atípico meeting, y los chicos pudieron comprobar la presencia de aquel muchacho de chaleco verde y cabello negro desorganizado, aparecer de la nada, caminando a través de un adoquinado camino cubierto de hojas, y densamente iluminado por las farolas del parque de Racoon. Era imposible que no lo hubiesen visto venir. Pero ahí estaba, y esbozaba una sonrisa despreocupada. Algo típico de él.

-A mí también me gustó bastante ese episodio de Bob Esponja, Chris – Le dijo al desfallecido protagonista, mientras colocaba la mano sobre su hombro. Los demás lo miraron escépticos. Todavía dudosos de qué debían preguntarle.

-¿Guitarrista? – Cuestionó Rebecca, que ya no estaba asfixiando a Leon.

-De a ratos – Contestó y un acorde acompañó a su frase – Solo me pareció ideal para la situación.

-Lo dudo – Dijo Billy, con sarcasmo – Lo ideal, hubiese sido que trajeses un localizador con la posición actual de Wesker.

-Es posible, pero para qué necesitarían ustedes un localizador, cuando tienen a un confidente.

-¿Un confidente? – Cuestionó Jill. Hasta ahora, ninguno de los chicos tenía la menor idea de donde podía estar Wesker. Quizás por primera vez, aquel sujeto tan sabio, estaba empezando a hablar sin lucidez ni sentido.

En respuesta a su escepticismo, soltó otro acorde, las hojas respondieron al movimiento del compás de su guitarra, trasladándose por medio de una fresca ventisca, en el sentido opuesto al de sus miradas, lo que por axioma, les hizo voltearse y comprobar a Alfred Ashford, a escasos metros de ellos.

-No todos son leales por naturaleza – Dijo el chico, con un tono de voz, que no requería de ningún tipo de atención, para ser escuchado, y llegar a lo más profundo de los corazones, de quienes estaban destinados a oírlo – La lealtad, después de todo, no está hecha para las personas. Solo para los ideales.

Los dejó sin más. Para cuando Chris reaccionó, el muchacho ya no estaba, una marejada de hojas secas, se había posicionado donde una vez, él estuvo y le tocó el hombro. Ahora, delante de sus narices, se encontraba Alfred, y ellos no sabían si mirarle con cara de pocos amigos, o tratar de sacarle información amablemente.

-Albi está en problemas.

-Dinos algo que no sepamos, Alfred – Contestó sardónico Barry.

-Les puedo decir donde está…

¿Sería justo desconfiar de Alfred, por haber sido tan apegado a la figura de su hermana, y representar tan bien el papel de su familia, que continuamente denigraba al resto de los habitantes de Racoon, por el simple hecho de no tener el mismo estatus económico que ellos? Bajo qué razón, motivo o circunstancia, creerían los chicos, que la presencia del afeminado hermano de Alexia Ashford, con la intención de darles la ubicación de Wesker, era vehemente y fehaciente, y no una falacia. Una trácala, para atrapar más peces en las redes de Alexia.

-Un momento… ¿Albi? – Preguntó Chris, quién no requirió mucho tiempo más, después de eso, para salir de su ensoñación.

-¿Extrañado Redfield? No solo las chicas, le hacen ojitos a Wesker…

-Bien, no entres en detalles. Llévanos hasta Albert.

-Un momento, Chris, ¿Cómo sabemos que podemos confiar en alguien como Ashford? Es decir – Trató de explicarse Barry – Todos confiamos en el extraño chico de cabello negro. Pero una cosa es ir al baile de otoño con pantalones bombachos, y otra muy diferente, confiar en Alfred Ashford.

-¿Qué no es obvio, Barry? – Le contestó Chris, y su mirada pasó a la de su novia Jill, que le miraba de la misma forma, que Alfred lo hacía, cuando pronunciaba el nombre de Wesker.

-No… - Claire se llevó las manos a la boca.

-Así es – Corroboró Alfred – Ahora, síganme. Prefiero un Wesker entero, que uno por la mitad.

Racoon City, era un poblado del medio oeste de los Estados Unidos, pero no por ello, un lugar pequeño y rural. Las inmensidades de la vasta ciudad, podían apaciguar los ánimos de cualquier explorador, pero no el de nuestros héroes.

Su ímpetu permanecería inquebrantable, mientras estuviesen en la búsqueda por salvar, a un inocente.

Espero haber satisfecho las cuotas de diversión con este capítulo. Estos días libres, podrían ser bien aprovechados para terminar la historia. No le falta mucho y seguramente ya lo han notado, por lo tanto espero sacar los próximos capítulos lo suficientemente pronto, como para no caer en redundancias.

¡Nos estamos leyendo!