Capítulo XXXV: Encuentros inesperados.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Okita sentado en el futón viendo como la joven muchacha de ojos azules le ponía un vendaje en su herida.
Kaoru tenía el ceño fruncido concentrada en su tarea. Había aprendido como curar una herida de ese calibre, muchas veces tuvo que ayudar a Megumi a cuidar de los enfermos o heridos, y frecuentemente los heridos eran sus amigos. Soltó un suspiró cansado. Estaban en la habitación de Shinsaku atrincherada con aquel niño y su amiga Izumi, que estaba sentada en una esquina velando por el cuerpo del joven. Los muertos invadían todo el dojo, sin embargo, no podía marcharse, debía esperar a Kenshin y curar a ese muchacho. Sobre todo, tenía que esperar para llevarse el cuerpo de Shinsaku y enterrarlo donde él deseaba, Izumi no podía hacer eso sola.
—Eres un niño que defiende sus ideales —contestó simplemente. A pesar de ser capitán de la primera división del Shishengumi, era un niño que le recordaba a Yahiko. Él era valiente y leal, y se enfrentaría a quien sea para defender sus creencias.
Él arrugó el entrecejo y apartó la mirada cuando un ataque de tos sacudió su cuerpo.
Izumi levantó la mirada preocupada del cuerpo de su amado. ¿Aquel niño estaba enfermo o simplemente era por las heridas que había sufrido? Cuando vio que su mano estaba llena de sangre sintió un pinchazo.
—¿Estás bien? —preguntó Kaoru agitando suavemente la espalda del muchacho.
Izumi se levantó y fue hacia el armario, dentro de uno de los cajones Shinsaku guardaba sus medicinas, una de ellas era para para los violentos ataques de tos que le entraban y le hacían escupir sangre. Sin decir nada, bajó las escaleras salteando a los muertos, fue hacia el pozo del patio y cogió un poco de agua en un vaso para echar la medicina en ella. Volvió al cabo de unos minutos con un vaso de un líquido verdoso.
—Toma, bébelo. Te ayudará.
Okita miró el vaso que le tendía. Conocía bien ese color y ese olor, diariamente se tenía que tomar eso para que le calmara esos ataques. Agarró el vaso y lo bebió de un trago.
—Gra—gracias.
No entendía porque esas mujeres lo ayudaban. Aunque no tuviese nada en contra de ellas, ellas habían convivido con el Ishinshishi, la mujer que le había curado las heridas era la mujer de Battousai, y la otra chica estaba también unida sentimentalmente al muerto que había a unos metros, Shinsaku Takasugi, un luchador de primera. A pesar de eso lo habían recogido de entre los cadáveres y con esfuerzo aquella mujer de ojos azules lo había subido hacia la planta de arriba para que estuviese alejado de la masacre y poder atenderlo. Definitivamente, no entendía nada, pero estaba claro que estaba en deuda con ellas dos.
—Tenemos que irnos cuanto antes —dijo Izumi volviéndose a sentar al lado del futón de Shinsaku —. Este sitio va a empezar a apestar, van a venir a ver qué ocurrió aquí, nos apresarán... —miró a Shinsaku con tristeza —. Él necesita descansar en paz.
—Nos iremos, pero Kenshin vendrá aquí en cuanto termine. Tenemos que esperarlo.
Okita esbozó una media sonrisa.
—Estás muy segura de que Battousai vendrá.
Ella miró a Okita decidida.
—Él vendrá.
Y no había más discusión sobre eso. Conocía a Kenshin, conocía su forma de luchar y si cuando no tenía intenciones de matar había sido un duro adversario para Saito, ahora que estaba en plena forma como Battousai no iba a ser menos. Y se lo había prometido, él siempre cumplía sus promesas.
Bien entrada la noche, Izumi dormía abrazada a sus rodillas, había tapado a Shinsaku totalmente para evitar que el olor inundara la habitación. Okita dormía en el futón con la espada en su mano, parecía que era una manía de los samuráis no separarse de su katana. Pero ella no podía dormir, aunque tuviese los ojos hinchados y le costase mantenerlos abiertos, pero su corazón latía tan rápido que era imposible echar una cabezadita. Hacía ya cuatro horas desde que se había despedido de Kenshin deseándole suerte, cuatro largas horas en las que había ocurrido de todo. Al ver a ese niño malherido no pudo evitar ayudarlo, aunque fuesen enemigos y él también quisiera matar a Kenshin, no podía dejarlo a su suerte. En ella no estaba ser tan mala ni egoísta, aunque a veces fuese caprichosa, gritona, malhablada... Y mil defectos más. Además, nunca podía olvidar que, aunque lucharan en bandos distintos defendían a las personas y buscaban la paz, cada uno con su peculiar forma, pero así era. Okita había sido un niño prodigio en la espada y subió de rango muy pronto, las muertes y la guerra le habían arrebatado la inocencia demasiado rápido y no había tenido oportunidad de disfrutarla, ella intentaba por todos los medios que Yahiko disfrutase como un niño y se preocupase por ser más fuerte cuando llegase el momento, pero su alumno era muy cabezón y su buen corazón le impedía ver esas injusticias sin hacer nada al respecto.
Escuchó un ruido y se tensó, miró por la ventana con los ojos entornados. Las calles en esa época eran aún más oscuras, pero pudo ver la figura de un hombre caminando hacia allí, tambaleándose. Tenía el pelo largo agarrado en una coleta alta.
Con los ojos cubiertos de lágrimas se tapó la boca ahogando un sollozo de alivio y felicidad. Lo sabía. Él no iba a ser vencido por Saito. Pero... ¿es que Saito había muerto? Corrió hacia las escaleras, saltó los escalones de dos en dos con la nariz tapada y tuvo cuidado de no tropezar con ningún cadáver. Salió del Dojo y corrió por la calle lo más rápido que podía hasta el final, donde Kenshin avanzaba hacia ella.
Battousai avanzaba como podía por aquella calle. El camino a la posada nunca se le había hecho tan largo como ahora, tampoco recordaba haber recibido una paliza como esa. Curvo una pequeña sonrisa, Saito también había recibido lo suyo. La espada que tenía en su funda estaba rota, al igual que la del lobo. En el violento choque la mitad de ambas espadas habían caído al suelo.
Saito miró la espada y alzó una ceja. Eso le pareció divertido, en el mejor combate de su vida su compañera le fallaba. Cerró los ojos y guardó lo que quedaba de su espada en su funda.
Estaba cansado, herido, y cada articulación le dolía, sin embargo, en su interior el júbilo era extremo. Un buen espadachín como él siempre buscaba a alguien que estuviese a su altura y le hiciese sudar, y Battousai lo había hecho como ningún otro adversario en su vida. Sabía que cuando se enfrentase a él iba a ser memorable, lo que no imaginaba es que hasta ese punto. A pesar de su admiración por el asesino, no pasaba de ser simplemente por el manejo de su técnica y de la espada.
—Bueno, parece ser que hoy no va a haber ningún vencedor —anunció.
Battousai lo miró con la respiración entrecortada. Tenía una herida en la ceja y la sangre goteaba hacia su ojo obligándolo a mantenerlo cerrado. La batalla había sido dura, pero solo había sido el principio. Sabía que su relación con Saito no había acabado ahí y que tarde o temprano se encontrarían y volverían a luchar espada contra espada.
—La próxima vez que quieras enfrentarte a mí no metas a mi mujer en esto.
Saito sacó un cigarro de su pitillera y lo encendió.
—Yo no la metí, fue ella sola la que vino a mí.
Él apretó los puños. Controlar a su mujer era más difícil que enfrentarse a cien espadachines, tenía que esforzarse aún más por mantenerla a salvo, aunque fuese de sí misma.
—Como sea, no te acerques a ella.
Saito lo miró fijamente. Había usado vilmente a la muchacha, pero no tenía intenciones de hacerle nada, su objetivo era Battousai y la había usado para traerlo hasta él. Las mujeres y los niños eran intocables para él, aunque fuese un tipo con las manos manchadas de sangre tenía sus principios y solo mataba a aquellos que se lo merecían.
—Nos veremos en la próxima lucha, Battousai. Para ese entonces, espero que tengas tu espada arreglada y las cicatrices sanadas.
Y sin más, se dio la vuelta y se marchó tranquilamente de ahí.
Su historia iba a continuar, la próxima vez que ellos dos se encontrase habría otra pelea y esta vez se decidiría quien era el ganador.
A la lejanía vio aparecer a una chica corriendo y no le hizo falta que la luz la iluminase para saber que era su Kaoru. Paró de avanzar para recibirla entre sus brazos y se mordió el labio cuando ella le dio en una de las heridas.
—Kenshin... —susurró ella rompiendo a llorar.
Él siseó y acarició su espalda para calmarla. No estaba acostumbrado a que alguien se preocupase por él de esa forma, sabía que sus compañeros se alegraban de que volviese cada noche, pero eso era algo muy distinto, era una de las armas más poderosas de los Ishinshishi y que él volviese significaba que la misión había sido todo un éxito y que el mejor espadachín seguía con ellos. Esto era preocupación de verdad, lágrimas de felicidad por verlo y puro amor. Y Kami sabía que agradecía a la vida por tener a Kaoru consigo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó al fin más calmada.
Él le sonrió encogiéndose de hombro.
—Las espadas se rompieron. Un empate.
Claro, Kenshin le dijo que siempre que se había encontrado con Saito anteriormente sus fuerzas habían quedado igualadas. No hubo ganador ni perdedor. No hubo muertes y eso la tranquilizó. Saito era un tipo extraño, pero en el futuro ayudaría a Kenshin en importantes peleas, y fuese cual fuese su intención le estaría agradecida por eso.
—Toma —dijo enseñándole el pañuelo que tenía atado en la muñeca. El celeste se había convertido en rojo.
Ella sonrió y le quitó el nudo para liberar el pañuelo.
—Sabía que me lo traerías.
Los primeros rayos de sol empezaron a iluminar el lugar cuando Kenshin cavó la última tumba de sus compañeros, la de Shinsaku. La había dejado más apartada del resto, cerca de donde ellos dos se solían sentar para charlar, donde Shinsaku estaba sentado la primera vez que vio a Izumi entrar al dojo. Colocó la última piedra y miró la tumba.
Izumi estaba al lado llorando sin consuelo. No podía imaginar el dolor que estaba sintiendo en esos momentos pues si él perdía a la persona que más amaba se volvería loco. Okita, por alguna razón no se había ido cuando Saito y otros miembros del Shishengumi había venido a recoger a sus caídos, los miraba desde una cierta distancia, pero no apartaba los ojos de Izumi. Kaoru le había contado que Izumi había velado por él durante la noche cuando le había subido la fiebre y que le había cambiado los vendajes esa misma mañana. Podía ser que Izumi viese a ese muchacho enfermo el recuerdo de Shinsaku y sintiese alguna debilidad por él, como fuese, Okita no era de su agrado y prefería que se fuese.
—Descansa, amigo —susurró.
Ya no había tiempo para llevarse a Shinsaku a su pueblo, quizás cuando las cosas se calmasen podría venir a darle la sepultura que merecía, pero ahora mismo eran un blanco fácil y debían buscar resguardo. Su escondite había sido descubierto, sus camaradas muertos y sus enemigos sabían que él estaba allí. No iban a tardar en venir para ver quién de ellos acababa con el famoso asesino que había matado a miembros de diversos clanes.
—Tenemos que irnos —sentenció bruscamente y se volvió para entrar al dojo.
Kaoru e Izumi levantaron la mirada deteniendo sus oraciones. Kenshin tenía razón quedándose ahí era empeorar las cosas y poner sus vidas en peligro, pero dejar aquel lugar en el que habían fallecidos sus compañeros y su buen amigo Shinsaku tan pronto no le gustaba. Shinsaku merecía una despedida mejor, o al menos que pudiesen orarle como era debido.
Izumi volvió la mirada hacia la tumba de su prometido. Ya no lo iba a ver más, era hora de decirle adiós a toda la vida que se había imaginado a su lado y Kami sabía que no estaba preparada aún para eso. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos y recorrían cuan río sus mejillas. Tenía que marcharse de ahí como había dicho Battousai, pero una parte de ella quería tumbarse entre esas rocas y quedarse ahí tumbada hasta que el destino decidiese volver a unirla con él, pero esa decisión cobarde no le gustaba a su sonriente Shinsaku. Él quería que ella fuese feliz y fuerte, y si al menos lo primero no podía cumplirlo, iba a esforzarse por ser fuerte y seguir hacia delante. Miró el anillo que tenía en su dedo índice, eso siempre la iba a unir con él. Juntó sus labios en la palma de su mano y luego depositó ducha palma en una de las rocas de la tumba. No era un beso de despedida, sabía que él iba a estar con ella siempre y que se encontrarían al final de su camino. Nos volveremos a ver, mi amor.
Okita bajó con esfuerzo el escalón del porche.
—Yo tengo que irme. Os agradezco que hayáis cuidado de mí, pero la guerra aún no ha acabado —sonrió tiernamente a las muchachas y luego miró más serio a Battousai —. Nos vemos, Battousai.
Battousai miró como el chiquillo se marchaba, sus pasos eran lentos pues apenas había tenido tiempo de recuperar fuerzas.
—¡Espera! —gritó Izumi.
Kaoru miró a su amiga sin entender y Okita se paró en seco confundido. Ella se mordió el labio, cogió las manos de Kaoru y le sonrió.
—Has sido la mejor amiga que jamás he tenido, espero que Battousai y tú seáis al fin felices, pero yo no puedo irme todavía —miró la tumba de Shinsaku —. Es pronto para separarme de él y... Este niño está enfermo Kaoru —sonrió —. Quiero ayudarle.
El muchacho se sonrojó y agachó la cabeza, apenado.
—Pero Izumi...
—Por favor, compréndeme —le suplicó a punto de romper en llanto —. Sé que Shinsaku era de los Ishinshishi y que este crío es de los Shishengumi, pero... He visto como sufría y se deterioraba mi madre, como lo hacía el hombre al que más amaba y ahora este muchacho también sufre... Supongo que es mi destino ayudar a los enfermos y quiero ayudarlo a él. Sé que Shinsaku estará orgulloso de mí si cuido a alguien que sufre como él sufría.
No le gustaba dejar a Izumi en ese lugar, sola y con un muchacho que estaba tan enfermo como lo estaba Shinsaku, no era bueno para ella encariñarse con el niño para luego sufrir otra perdida, su amiga había sufrido demasiado, aunque en parte entendía su razón de querer ayudar a una persona que estaba enfermo, estuviese o no en su bando. Lejos de políticas o de guerra, no había que olvidar que los que portaban la espada eran personas. Suponía que todo eso lo había pensado muy bien ella, y que dijera lo que dijera para convencerla de lo contrario no iba a conseguir nada, así que le dio un suave apretón.
—Cuídate, Izumi. Sé que nos volveremos a ver cuándo todo pase.
Izumi la abrazó con fuerza y Kaoru le devolvió el abrazo. Una lágrima resbaló por la mejilla de la pelinegra. Izumi era la única amiga que tenía en esa época.
Okita no podía apartar los ojos de aquella mujer que quería velar por él. No comprendía porque si apenas lo conocía, simplemente porque estaba enfermo de tuberculosis e iba a morir ella quería cuidarlo. Un corazón puro en tanta violencia que estaba acostumbrado era como hallar un tesoro, y aunque no le gustaba depender de nadie, agradecía ese gesto.
—Cuídala —era la primera vez que Battousai se dirigía a él directamente —. Ahora ella es tu responsabilidad.
El joven asintió.
Battousai y ella partieron poco después. Kaoru no podía dejar de derramar lágrimas mientras caminaba al lado del pelirrojo. A veces se tranquilizaba, otras volvía a recordar sus momentos vividos allí y otra vez empezaba a llorar. Siempre había temido quedarse sola, y ahora sabía que siempre iba a estar al lado de Kenshin, pero las despedidas eran su punto débil. Shinsaku era un hombre que sufría por su enfermedad, pero tenía una sonrisa tan sincera y optimista que nadie podía llegar a imaginar lo que llevaba por dentro y el hecho de que no hubiera conseguido encontrarse con Izumi antes de morir era devastador. La vida era muy cruel, pero esperaba que lo que en un futuro deparase a Izumi fuesen alegrías, si ella se sentía bien cuidando a los enfermos tal vez sería bueno que dedicara su vida a la medicina, en tiempos como ese hacían faltas doctores y manos voluntarias para atender a los heridos.
Después de andar todo el día en silencio uno al lado del otro llegaron a una posada para pasar la noche. La guerra no había terminado, pero Kenshin estaba muy herido y necesitaba descansar bien para reponer fuerzas, partirían en cuanto amaneciese. Tras un baño relajante, Kaoru subió hacia su habitación sin parar a hablar con nadie, en esos momentos que ellos tuviesen el mínimo trato con la gente era crucial, no debían reconocer al asesino pelirrojo. Battousai estaba sentado en el alféizar de la ventana mirando su espada rota.
Aquel silencio que los rodeaba no era incómodo, al contrario, suponía que los dos tenían muchas cosas que pensar con lo sucedido, si ella lamentaba la muerte del samurái no quería imaginar como lo hacía Kenshin pues en ese hombre con apariencia fría e insensible se escondía un muchacho que sentía demasiado. Dejo la toalla a un lado y cogió su peine pasándoselo por sus largos y negros cabellos peinando con mimo cada mechón, una vez desenredado lo lío en la trenza que se hacía para dormir. Mañana les esperaba un camino largo y no estaba acostumbrada a andar tanto, le dolían los pies a rabiar. ¡Cuánta costumbre había perdido! Ella era una luchadora, estaba acostumbrada al ejercicio, pero en su estancia aquí, aunque había intentado practicar a diario se había relajado muchísimo, incluso había engordado. Sonrió al recordar la imagen de Yahiko llamándola gorda. En esa época ni había nacido, esperaba encontrarlo antes que la organización que lo convirtió en un ladrón y salvarlo, y si no era así, daría con esos bandidos y les patearía el culo para llevarlo con ella.
Una vez preparada para dormir se acercó al armario y sacó los dos futones, los colocó uno junto a otro y luego sacó las mantas. Estaba cansada tanto física como emocionalmente hablando, la cabeza parecía a punto de estallarle y los ojos le latían con fuerza de todo lo que había llorado durante ese día.
Miró una vez más a Battousai. Estaba sumergido en sus pensamientos y tenía la mirada perdida. Pobre su niño, por mucho que hiciese ella seguía sufriendo. Se acercó a él y tocó con cuidado la espada que tantas vidas había arrebatado, él la miró. Sin decirle nada, le quitó la espada de las manos. Kenshin tendría que comprarse otra pues sabía que era inevitable que él siguiese con ese acabado por mucho que le dijera que iba a sufrir, él quería traer la paz y descansaría hasta que la guerra terminara y trajera la nueva era. Guardó aquella media espada en su funda y luego le cogió el brazo tirando suavemente de él para que se levantase, cuando él lo hizo le quitó la parte de arriba de su haori y le indicó que se sentara sobre su futón. Con cuidado quitó uno a uno los vendajes que tenía por su cuerpo, aplicó la medicina que habían comprado para que le aliviara el dolor y le puso unos nuevos vendajes.
Él no apartaba su mirada de ella, enternecido por lo que estaba haciendo.
¿Qué haría sin esa mujer?
—La guerra terminó por esta noche, Kenshin —le sonrió con calidez —. Mañana nos preocuparemos, ahora toca descansar.
Él asintió. Kaoru tiró los viejos y sucios vendajes y se tumbó en el futón de al lado, él también lo hizo y ella se acurrucó a su lado sin apoyar su cabeza en su pecho pues no quería dañarle. Su vida estaba llena de sufrimiento, pero la sola presencia de Kaoru hacía que todo pareciera más llevadero y mitigaba el dolor que sentía en su pecho. Había matado a centenares de hombres y cada vez que aspiraba el olor metálico de la sangre lo invadía, pero cuando estaba junto a ella sólo podía oler el dulce olor a jazmín.
Escuchó como la respiración de ella se volvió pausada. La noche anterior apenas había dormido esperándole y eso le hizo sentir culpable. Solo daba malos ratos a la mujer que amaba y se preocupaba tanto por él, mientras él podía estar tranquilo sabiendo que ella estaba sana y salva ella se quedaba en vela esperando que regresase y sufriendo por no saber si saldría bien parado de esa, pero la fe ciega que tenía Kaoru en que volvería a su lado lo sorprendía. No sabía que era lo que esa mujer había vivido con él en el futuro, pero se sentía orgulloso al saber que su yo futuro no la había abandonado nunca y siempre regresaba a su lado.
Un ruido lo alertó, se sentó en el futón y alargó la mano para coger la espada.
—Oh, eso no va a ser necesario.
Battousai abrió los ojos sorprendido al ver a una mujer parada frente a él. Tenía unos largos cabellos plateados y unos ojos de igual color, el kimono era de la tela más exquisita que nunca había visto de un rojo brillante. Ella tenía una sonrisa amable en sus labios rojo sangre. Cuando él hubo cogido la espada se puso en pie. Kaoru seguía durmiendo a su lado y esa mujer se había colado en su habitación y no sabía cómo, si la puerta se hubiera abierto él se habría dado cuenta y la ventana estaba cerrada. ¿Cómo había entrado?
—¿Quién eres? —preguntó con un tono amenazador.
La mujer no se intimidó ante su presencia, seguía sonriéndole. Ella ladeó la cabeza graciosamente hacia un lado. Sus pies no hacían contacto con el suelo, estaba flotando.
—Perdona mis malos modales. Soy quien trajo a Kaoru a esta era.
Continuará...
Ejem... He aquí el penúltimo capítulo del fic. Sí, señores, el deseo se acaba después de tanto tiempo escribiéndolo y me da mucha pena, pues es el fic que más cariño le tengo y el que me ha permitido saber hasta que punto os gusta como escribo y eso me hace inmensamente feliz.
Como veis no he matado a Saito pero siguiendo la línea del manga, Kenshin y él se habían enfrentado varias veces pero nunca se había nombrado vencedor a ninguno, así que no quise salirme demasiado de eso. Respecto a Izumi y el hecho de que quiera ayudar a Okita... Bueno, pienso que si yo amara a un hombre y lo perdiese y me encontrara a alguien tan enfermo como lo había estado él mi deseo sería ayudarle para que no sufriese tanto y considerando que aunque sean enemigos los dos defienden la paz a su manera no he podido dejarla en mejores manos.
Como siempre os pregunto. ¿Qué os ha parecido este capítulo?. Espero que disfrutéis con él.
Muchas gracias por vuestros reviews a: Nara Taisho de Son, setsuna17, anymon, serena tsukino chiba, Tucker Weasley, ZuryHimura, Qebeth (solo tienes que escribir lo que imaginas en tu cabeza con palabras claras y precisas, sin irte por las ramas y verás como sale. Animo!) sonia sandria, Shitami—chan—Onne—sama
