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Capitulo 36

No era la primera vez que Albert tenía que dar una noticia como aquella, pero sí la primera que se trataba de unos guerreros tan jóvenes y la primera vez que se sentía tan culpable. Mantenerlos a salvo alejándolos de la batalla no había sido suficiente. Tal vez debería haberles ordenado regresar al clan, aunque tampoco podía saber si más partidas aguardaban en algún otro lugar, dispuestas a provocar un desastre aún mayor. Los chicos no participaban en las batallas hasta que no estaban preparados, y en las maniobras que practicaban durante las cacerías estaban protegidos por los veteranos. La incursión de los Rossen había sido algo totalmente impredecible, especialmente en ese momento, mientras todos los jefes de los clanes se hallaban reunidos en Stirling. ¿Qué habría llevado a aquel grupo a internarse en sus tierras? Intuyó que se trataba de la falta de actividad que también sufrían sus propios hombres, y que él se ocupaba de compensar a fuerza de entrenamientos maratonianos.

Esa vez, el regreso no fue recibido con vítores y, cuando clavó su mirada en la del padre de Alec, este estuvo a punto de perder la compostura. Albert pensó que, en ese momento, sin duda agradecía ser viudo, para que su esposa no tuviera que enterrar a su propio hijo.

La madre de Stear, en cambio, cayó de rodillas entre gritos, sin que su esposo supiera qué hacer para consolarla. Fue Wallis quien se arrodilló junto a ella y la meció mientras la mujer lloraba.

Albert se aproximó al caballo de Alec y cogió el cadáver del joven. Todos los guerreros, los que habían participado en la salida y los que no, se colocaron a su alrededor, formando un semicírculo y con las espadas en alto. Albert llevó el cuerpo del chico frente a su padre y lo depositó con sumo cuidado en el suelo. Con el pulgar, trazó la señal de la cruz sobre su frente, y musitó el lema del clan: «No dejamos a nadie atrás».

Repitió el mismo proceso con Stear, ante un silencio que ni el viento se atrevía a quebrar. Hasta la madre había dejado de sollozar.

Luego se retiró y los guerreros guardaron de nuevo sus espadas. Unos cuantos cogieron el cadáver de Alec y otros el de Stear, y así, subidos a hombros de sus compañeros, volvieron por última vez a sus casas.

Esa noche se velarían sus cuerpos y al día siguiente les darían sepultura.

Después de ver a Anthony y de abrazarle durante más rato del acostumbrado, Albert se lavó a conciencia, tratando en vano de quitarse las últimas horas de encima. Luego se reunió con Rodrick en el salón y, poco a poco, se fueron añadiendo los demás. Abrieron un barril de cerveza y bebieron en silencio, primero por los caídos, y luego por los que aún seguían en pie.

—¿Piensas hacer algo? —preguntó Nral, con la mandíbula tensa y la boca torcida.

—¿Algo como qué?

—Como prepararnos para la guerra contra los Rossen.

—No pienso hacer tal cosa.

—¡Pero han matado a dos de los nuestros! —exclamó, rojo de furia.

—Y nosotros al menos a cuatro de los suyos. —Albert trataba de mantener la calma, aunque le estaba costando más de lo habitual.

—Fueron ellos los que se colaron en nuestras tierras —apuntó su amigo Evan.

—No pienso declarar una guerra por mi cuenta. Es una decisión que le corresponde al laird del clan.

—Pero el laird no está aquí —gruñó Neal.

—Exacto, así es que eso tendrá que esperar.

—No sabía que te diera miedo enfrentarte a los Rossen, Albert—escupió Neall, con todo el desprecio que fue capaz de imprimir a sus palabras.

—Ni yo sabía que desearas morir tan joven.

—No le tengo miedo a esos malnacidos. —Neall hinchó el pecho.

—No me estaba refiriendo a ellos, chico.

La mirada de Nrall se clavó en la suya, y entonces comprendió la amenaza que ocultaban aquellos ojos. Acababa de llamar cobarde al jefe de los guerreros Andrew, delante de todos sus hombres. Pero en ese momento no podía desdecirse sin quedar como un estúpido. Calibró sus opciones con rapidez y pensó que, tal vez, aquella era la oportunidad que había estado esperando. Albert era un guerrero magnífico, pero él también se había entrenado mucho, y era fuerte, muy fuerte.

Albert intuyó de inmediato lo que pasaba por la cabeza de aquel mequetrefe y se puso en pie. Empujó con las corvas la silla sobre la que había estado sentado, que reculó con estruendo y acabó cayendo al suelo. Los hombres se envararon y Rodrick le sujetó del brazo.

—Albert, por favor. Ahora no es el momento.

Otras voces se unieron a las de su amigo, intentando calmar la situación. Albert estuvo a punto de ceder, pero su mirada regresó a la de Neall, que ya se relamía ante la perspectiva de salir airoso.

—¿Con la espada o con los puños? —le preguntó entonces.

—¡Maldita sea! —exclamó Rodrick. Soltó su brazo y le dio un golpe en el hombro que ni siquiera lo movió de su sitio.

Neall pensó durante unos instantes. Lo cierto es que prefería la espada, podía hacer más daño con ella, pero Albert era demasiado bueno con un arma. Prefirió arriesgarse con los puños. Nunca le había visto pelear pero lo que sí sabía es que él conocía algunos buenos trucos.

—Con los puños.

—¿Podrás tú solo o necesitarás de nuevo la ayuda de tus amigos?—soltó Albert, con el mismo desprecio que antes había empleado él.

Neall enrojeció y evitó escuchar los comentarios del resto de guerreros, que parecían preguntarse a qué se refería Albert con aquellas palabras.

—No necesito a nadie conmigo —gruñó.

Albert asintió y comenzó a caminar en dirección a la puerta, seguido por los demás. Neall tardó unos segundos en imitarle, como si de repente fuera consciente del lío en el que se había metido.

—¿Estás loco o qué? —le susurró Evan, tan pegado a su oreja que hasta su nariz llegó el olor a cebolla de su boca.

—¡Déjame en paz! —Le empujó con la palma de la mano y el otro retrocedió un paso, sorprendido.

Neall salió al exterior y siguió al grupo. Vio que Albert se dirigía al campo de tiro, lo que en un principio no entendió. Luego supuso que no quería pelear en un lugar tan público como el patio, no al menos mientras el resto del clan velaba los cadáveres de los dos muchachos. Fue el recuerdo de esos chicos, a los que en realidad conocía muy poco, lo que le proporcionó nuevos ánimos. Albert no se atrevía a hacer nada sin el permiso de su laird, ni siquiera cuando dos de sus muchachos habían sido asesinados.

Albert había escogido el campo de tiro por las razones que Neall ya había adivinado, y caminaba hacia él con una bola de fuego en el estómago. ¿Cómo se atrevía aquel inútil y engreído a retarle? ¿Pensaba de verdad que él no deseaba vengar la muerte de Alec y Stear? ¿Que no anhelaba formar un ejército y arrasar hasta los cimientos el clan vecino? Si iniciaba una guerra contra los Rossen, sin saber lo que estaba sucediendo más al sur, sin saber si en unos días tendría que pelear junto a ellos contra los ingleses, podía costarles muy caro. Cuando el laird regresase, él tomaría la decisión. Y entonces que Dios se apiadase de aquellos Rossen, porque él no iba a mostrar compasión alguna.

—Será mejor que vaya a buscar unas antorchas —le dijo Rodrick al llegar al claro.

—No nos harán falta.

—Pero está oscureciendo.

Albert se retiró unos pasos y se apoyó cómodamente contra un árbol, a observar cómo los demás guerreros formaban un amplio círculo, y cómo Neall entraba en él, se quitaba la camisa y dejaba sus poderosos músculos a la vista.

Albert ni siquiera le echó un vistazo a su contrincante. Estar allí, frente a los blancos con los que practicaban con el arco, le llenó de desazón. ¿Cómo estaría Candy? ¿Cuánto tardaría en volver a él?

—¿Estás listo, Albert? —preguntó Nrall, algo desconcertado al ver la aparente apatía que mostraba el guerrero.

—¿Y tú?

Albert ni siquiera se molestó en quitarse la ropa. Se limitó a subirse las mangas de la camisa, mientras Neall comenzaba a moverse sobre los pies, como si bailara. En cuanto estuvo listo, el chico cargó contra él con el cuerpo inclinado. Albert intuyó que pretendía golpearle en el estómago con el hombro y con todo su ímpetu, pero Albert había participado en más peleas que años tenía Neall. Esquivó la embestida moviendo ligeramente el cuerpo y empujó al joven, que cayó al suelo y rodó sobre sí mismo. Las carcajadas llenaron el claro, y Neall se incorporó con rapidez y con más rabia aún en la mirada.

Se acercó de nuevo y le lanzó un poderoso golpe con la derecha, que Albert no pudo esquivar del todo y que acabó rozando su mejilla. Entonces fue su turno, y su puño voló tan rápido que Neall ni siquiera lo vio venir antes de que se estrellase contra su mandíbula y lo lanzase al suelo. Volvió a levantarse, con la mano apoyada sobre la zona dolorida, y escupió restos de saliva y sangre sobre la hierba. De un salto, se abalanzó sobre Albert y se abrazó a su cintura, donde comenzó a propinarle puñetazos en las costillas y los riñones con ambos puños. Solo fue capaz de encadenar tres seguidos antes de que Albert le empujara por los hombros y alzara una de sus piernas, cuyo muslo se estampó contra su rostro, rompiéndole la nariz. De nuevo en el suelo, con todo el rostro lleno de sangre y un inmenso dolor en todas las pulgadas de su cara, miró a Albert, que apenas se había movido de su sitio y no parecía en absoluto afectado por sus golpes. ¿Es que aquel hombre estaba hecho de roca?

—Será mejor que no te levantes, chico —le dijo.

Neall quiso que se tragara sus palabras, pero no se sentía con fuerzas para volver a intentarlo. Los nudillos de la mano derecha le palpitaban también, y decidió que lo único que conseguiría sería salir con las costillas magulladas o rotas y la cara hecha un desastre. Se sentó sobre las nalgas, con las piernas estiradas y, con ambas manos, se colocó la nariz en su sitio con un ruido seco y un dolor tan intenso que a punto estuvo de vomitar. Mantuvo la cabeza baja, aceptando su derrota.

Albert alzó la cabeza y miró a sus hombres.

—Si alguien más tiene algo que comentar al respecto, este es un buen momento y un buen lugar.

Nadie dijo nada y el corro comenzó a dispersarse.

—Tenías razón —le dijo Rodrick, acercándose.

—¿Razón en qué? —Albert se estaba bajando las mangas y lo miró.

—No hacían falta las antorchas.

El entierro había sido uno de los más tristes que recordaba y, mientras aquellos cuerpos se cubrían de tierra, Albert rogó para no tener que enterrar nunca a su propio hijo. Se veía incapaz de soportar un dolor tan inmenso.

Él y sus guerreros, lavados y vestidos como para una fiesta, clavaron las puntas de sus espadas en la tierra mientras él pronunciaba unas palabras de despedida. Cuando el padre Graham pasara por allí, bendeciría aquellas tumbas y rezaría lo que fuera necesario. Mientras tanto, Dios tendría que conformarse con las sentidas palabras de los hombres que los conocían y que habían luchado con ellos.

Todo el clan estaba allí, incluso Sarah Andrew, colocada junto a la madre de Stear, cuya mano sostenía. Habían intercambiado una breve mirada y él había adivinado cierto reproche en sus ojos ante el estado de Neall, cuyo rostro amoratado era testigo del breve encuentro de la noche anterior. No se arrepentía de nada. El chico se lo merecía, a ver si aprendía de una vez a cerrar la boca. Íntimamente, además, se sentía extrañamente reconfortado. Al fin había recibido su merecido por lo que le había hecho a Candy.

Pasaron la mañana haciendo compañía a las familias, Albert con un ojo puesto en las murallas, para ver si alguno de los vigías anunciaba la llegada del resto del grupo. Estaba ansioso por verlos aparecer, y se preguntaba si no debería haber dejado más hombres atrás, por si los Rossen regresaban con ganas de cobrarse las vidas de algunos Andrew más.

A última hora de la tarde aún no había noticias. Había cenado en el salón con Anthony y con gran parte del clan, que en ese momento parecía necesitar cierto sentimiento de unidad. Se habían improvisado algunas mesas y las familias habían traído sus cenas para compartirlas en compañía. Sarah Andrew se comportaba como la perfecta anfitriona, hablando y reconfortando a todos los presentes, algunos de los cuales también esperaban el regreso de los que faltaban. Neall se mantenía lo más lejos posible de Albert, y este lo agradeció. Si tenía que volver a escuchar alguna de sus tonterías, volvería a romperle la nariz.

Casi habían terminado de cenar cuando uno de los vigías entró corriendo en el salón y el corazón de Albert dio un brinco. Candy había regresado.

—Tiene mucha fiebre, Albert —le decía Callum.

La joven había llegado casi inconsciente, delirando en su idioma, con el cabello pegado al cráneo y el rostro cubierto de sudor. La habían trasladado de inmediato a la cabaña y acostado en el camastro de Anthony. Su aspecto no presagiaba nada bueno.

—¿Qué tal Iain y Gideon? —preguntó entonces.

—Sobrevivirán.

—Bien. —Era una buena noticia, no habría más muertes, al menos de momento.

Albert había hecho llamar a Paulina de inmediato y se retorcía las manos mientras la esperaba. No se había atrevido a retirar el vendaje, pero no tenía buen aspecto y desprendía un olor muy desagradable. Había vivido situaciones similares en el pasado y temía lo que iban a encontrar bajo aquellas vendas.

—Será mejor que vayas a descansar, Callum.

—Si no te importa, prefiero quedarme aquí.

Pero Albert no lo prefería. Cuando llegara Paulina tendrían que desnudar a Candy, y no quería que su amigo estuviera presente.

—Te lo ruego —insistió—. Aquí no puedes hacer nada de momento, y me gustaría que fueses a ver a los chicos. Están totalmente destrozados.

—Por supuesto, iré de inmediato. Sus pérdidas van a ser muy difíciles de superar.

—Eso me temo. Te van a necesitar más que nunca.

Callum asintió y se retiró, aunque le hizo prometer que le avisaría si necesitaba cualquier cosa o si había noticias. Al marcharse, se cruzó en la puerta con Wallis, que había venido a toda prisa, a juzgar por el arrebol de sus mejillas. Soltó una exclamación ahogada al ver el estado de Candy, lo que no hizo más que confirmar sus sospechas.

—Se pondrá bien —le dijo, en cambio.

—Pero Albert...

—¡Se pondrá bien!

Wallis se calló, consciente de repente de que Albert estaba sufriendo por el estado de aquella joven y que era incapaz de aceptar una realidad que resultaba bastante evidente.

Paulina llegó solo unos minutos más tarde y de inmediato se hizo cargo de la situación. Retiró el vendaje y todos soltaron una exclamación de sorpresa. El pie de Candy, hasta un palmo por debajo de la rodilla, estaba inflamado y de un intenso color morado. El olor era insoportable.

—¡Dios santo! —Wallis se echó la mano a la boca.

Paulina miró a Albert, tan intensamente que este creyó que se iba a convertir en piedra.

—Albert...

—No, Fiona.

—Albert, tenemos que amputarle la pierna. Yo no tengo bastante fuerza, pero te ayudaré a hacerlo.

—¡No! —exclamó, totalmente horrorizado.

—Y rápido.

—No... —Albert no podía encontrar argumentos, no podía pensar. Candy, su preciosa y perfecta Candy...

—De acuerdo. —Paulina se dio media vuelta, cogió la cesta que había dejado sobre la mesa y comenzó a ponerse la capa.

—¿Adónde demonios vas? —Albert la asió con fuerza del brazo.

—A encargar un ataúd para el chico.

La mano de Albert cayó, y su rostro expresó tal desconcierto y dolor que Paulina fue incapaz de reconocer en sus rasgos al jefe de los guerreros Andrew.

—Si no le amputamos la pierna —le dijo—, la infección subirá por su cuerpo hasta matarle. Lo he visto otras veces. Y tú también.

—No, no me cortéis la pierna. —La voz de Candy sobresaltó a todos.

La joven se había despertado y los miraba con los ojos vidriosos pero, al parecer, totalmente lúcida. Albert corrió a su lado y se arrodilló junto a la cama. Acarició la frente y el cabello empapado con una mano, mientras con la otra tomaba la de ella y se la apretaba con fuerza.

—Shhh, mi amor, no hables —le susurró al oído.

—Albert, por favor, no me cortes la pierna —le pidió ella, con las lágrimas resbalando por sus sienes.

—Candy...

—Por favor, prométemelo.

Pero Albert no podía hacerle esa promesa. ¿Cómo iba a prometerle dejarla morir? ¿Cómo iba a valorar siquiera la posibilidad de perderla para siempre, ahora que al fin la había encontrado?

—Albert, prométemelo —insistió ella, con una súplica tan honda en la mirada que a Albert no le quedó más remedio que ceder.

—De acuerdo, te lo prometo. Y ahora descansa, descansa. —Posó sus labios sobre la frente ardiente de la muchacha, incapaz de contener sus propias lágrimas.

Paulina se acercó con un frasco lleno de tónico, le alzó ligeramente la cabeza y la obligó a beber un buen trago.

—Paulina, hay algo que debes saber —le dijo entonces Albert, que no se había movido de sitio.

—No hay nada que necesite saber ahora mismo.

—Pero...

Paulina apoyó su mano sobre el hombro del guerrero.

—No importa lo que haya bajo esas ropas, Albert.

Él se limitó a asentir. Paulina lo sabía. Y si solo lo había sospechado hasta entonces, su actual comportamiento acababa de confirmarlo. En ese momento le daba exactamente igual, solo quería encontrar la manera de salvar la vida de Candy y cumplir con la ridícula promesa que acababa de hacerle.

—¿Vas a dejarla morir entonces? —preguntó Wallis, con las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Antes recorrería descalzo el infierno —repuso él, que se incorporó y se dirigió a la puerta—. Id preparándolo todo.

Sin esperar respuesta, Albert salió y corrió en dirección a casa de Rhona. Esperaba encontrar allí a Rodrick, que se alteró en cuanto vio el lamentable estado en el que se hallaba, con el rostro descompuesto y lívido.

—Albert, ¿qué ocurre? ¿Se trata de Rob?

—Hay algo que tengo que contarte, amigo.

—¡¿El chico está bien?!

—Y un favor. Tengo que pedirte un favor, el más grande que me hayas hecho nunca.

CONTINUARA