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Guerra
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XXXVIII
«Oh, and I don't need time to find another lover but I want you
I can't spend another minute getting over loving you.»
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11 de Enero de 1980
No le daba miedo la oscuridad. En cierta manera, le otorgaba algo de serenidad.
No recordaba su nombre. No podía saber qué demonios hacía allí. ¿Qué clase de sitio era ese, de cualquier manera? Había olvidado su cuerpo en algún recodo, pues no podía sentir nada. Parpadeaba para engullir la negrura que la envolvía, pero no tenía ojos. Intentaba escuchar algo, lo que fuese, el eco de su propio pensamiento, pero no tenía oídos. El grito atravesado estaba desgarrándola, pero no encontraba los labios para escupirlo.
Nadaba sin saber cómo en un mundo en el que no había paz, pero tampoco guerra. Estaba sola, un punto perdido en un océano de dolor que no podía sentir.
Pero le agradaba. Podía quedarse allí. Sus cavilaciones no eran tan fuertes como para quebrar el limbo forzado en el que se había sumido. Si había sido arrojada ahí, por algo debía ser.
Flotó en aquella espesura por un tiempo que se le antojó infinito. Nociones como tiempo o espacio se diluían en el sitio en el que nada existía, en el que todo parecía morir.
Pero ella seguía allí. Sin saber quién era o qué mierda era lo que pasaba, se aferraba con las uñas que no tenía a la negrura hasta rasgarla, buscando encontrar un resquicio para no caer en la locura.
Permanecía sin saber por qué, sin poder siquiera recordarlo. Se dejaba arrastrar por el flujo negro que coqueteaba con dejarla inerme, pero despertando siempre antes de desaparecer.
No era consciente de la razón, pero creía que si terminaba por apagarse, su existencia allí se extinguiría más rápido que una llama en una noche de tormenta.
Y no lo deseaba.
No sabía qué era lo que tiraba de su etérea presencia, pero procuraba no cruzar esa línea que, algo le decía, no tenía vuelta atrás.
La oscuridad discurría. Se mecía en esa tranquilidad que daba el no poder tener pensamientos, ajena, una brisa sin alma. Empezaba a dudar si su objetivo era salir de allí —de donde fuera que estuviese— o si prefería esa calma previa al aguacero.
Porque tenía la extraña certeza de que, no importaba el camino que eligiese, el dolor la estaría esperando.
Y allí estaba bien. Sin ojos, sin oídos, sin boca, sin piel, podía creerse en una paz impostada, una escena de teatro que reconfortaba su imperceptible presencia.
Sin embargo, no iba a durar para siempre.
Lo primero que sintió fue un tirón en alguna parte, no podía dilucidar dónde. ¿Cómo podía algo doler si no tenía cuerpo? Pero lo hizo.
Después llegó la luz. Era pequeña, pero allí estaba, en un punto infinito de aquello que empezaba a considerar hogar, tiñéndolo todo de una extraña luminiscencia, apenas pincelada en la oscuridad más absoluta.
Parpadeó y se dio cuenta que tenía ojos. La luz era diminuta, pero le hizo daño y frunció la nariz, recordando que tenía una y que podía utilizarla.
Entonces, llegaron los gritos.
Aterrada, utilizó sus renovados globos oculares para encontrar la fuente de los chillidos, agudos, desesperados, sin poder dar con ellos. Parecían que estaban dentro de su cabeza, y fue en ese instante que se dio cuenta que poseía una, y que empezaba a arderle en los bordes, como si los alaridos vociferados en su interior quisieran salírsele a fuerza de presión.
Se la sujetó, dándose cuenta que su limbo de negrura tocaba su fin, consiguiendo manos en el camino que intentaron frenar la agonía de las voces en su cabeza. Quería gritar con ellos, pedirles que se alejaran, pero todavía no recordaba dónde había dejado los labios.
La luz aumentó y, presa del pánico, fue testigo de un remolino de imágenes que se percibían desde su perspectiva, como si en verdad ella existiese dentro de Dorcas, una simple huésped en un cuerpo ajeno.
Podía ver una botella de hidromiel, escondida en el fondo de la alacena. La sacaba y la volvía a guardar como una maníaca, girándola en las manos para volver a apartarla de su vista. Podía sentir el cabreo monumental, recorriéndola entera, demostrándole que tenía cuerpo, que allí estaba su piel. Y que ardía.
Los alaridos desgarrados aumentaron en intensidad cuando pudo vislumbrar cómo abría la puerta de su apartamento y se encontraba de bruces con una varita levantada apuntándole entre los ojos.
Una palabra.
—Imperio.
Luego de eso, los chillidos se volvieron insoportables. Su presencia etérea se había convertido en plomo y se sacudía presa del espanto, porque la cabeza iba a estallarle y tenía la piel en carne viva. Quiso arrancársela, desesperada, intentó deshacerse de su propio cuerpo para regresar a su estado anterior, ese en el que no había felicidad pero se sentía tranquila.
La oscuridad amainaba y no le gustaba. Le estaba costando demasiado concentrarse, las imágenes todavía rondándole en la retina y los alaridos al borde del desmayo. No sabía en qué se basaba pero podía saber que si se rendía, si se dejaba llevar lejos, todo terminaría.
¿Quería eso? ¿Deseaba sumirse en la oscuridad infinita, donde no había tiempo ni espacio?
No.
La luz intentaba mostrarle algo. Quería recuperar quién era. Quería chillar, para que los gritos en su cabeza se callaran, y quería arrancarse la piel para que el dolor cesara y ella pudiese pelear contra la fuerza que empezaba a arrastrarla hacia el otro lado.
En ese cúmulo de negra desesperación, las últimas piezas encajaron y pudo delinear con un dedo los contornos de su ser. Recuperó los trazos de su vida, brumosos, hostiles. Recordó quién era y contra qué estaba luchando. Apretó los dientes que no le permitían expresarse y empezó a deshacerse por llegar a la luz, por abandonar el ensueño en el que se había sumido contra su voluntad.
Necesitaba escapar. Necesitaba vivir.
Por último, un nombre estalló a la altura de su corazón, que inició una marcha desaforada hacia el confín del mundo.
Benji.
Benji. Benji. Benji.
Ben.
Encontró sus labios, al fin, y pudo articular, sin importarle la agonía que le recorría las extremidades recién descubiertas. Tenía que alcanzarlo. Una mata de cabello insoportablemente rubio se veía a la distancia, pero sus dedos no conseguían asirlo. Hablar. Eso.
Palabras.
—¿… Ben?
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10 de Enero de 1980
Marlenne sostenía con fuerza la mano de Marilyn a pesar de que la niña había puesto mala cara ante el gesto. Podía leerle en la mirada que se sentía avergonzada de que la tratase como una cría delante de Donny, pero Mar —que siempre había rehuido del contacto físico innecesario—, sentía la imperiosa necesidad de saberla cerca.
Pegado a su espalda iba Sirius, rígido y con la mano en el bolsillo, aferrando con fuerza la varita para sacarla ante el más mínimo movimiento sospechoso.
Atravesaron aprisa el muro que los separaba de la plataforma 9 y ¾ para encontrarse de pie frente a la locomotora escarlata.
—Estamos bien —dijo entonces Marilyn, echándole una mirada recriminadora a su hermana. —Llegamos a tiempo, tranquilízate.
Mar parpadeó, cayendo en la cuenta de que la niña no necesitaba demasiada información para percatarse de su nerviosismo.
—Si —convino en voz baja. —Llegamos.
Aún no había demasiada gente, unos pocos estudiantes ya estaban asomados desde las ventanas de los compartimientos más cercanos, y otros más oían las recomendaciones de sus padres más allá. Mar no soltó la mano de su hermana y la guió hasta un aparte, provocando que Sirius y Donny las siguieran con distintos grados de fastidio.
La joven buscó fuerza en la mirada de Sirius antes de enfrentarse a los niños. La melancolía la invadió al darse cuenta que ni siquiera precisaba agacharse para poder estar a su altura, si Marilyn pronto la superaría.
Donny ya estaba más cerca de alcanzar a Sirius.
—Escuchen —empezó, sujetándolos por los hombros. El niño rubio había permanecido sereno, impasible ante el espectáculo que se había corporizado frente suyo hacía algunos días atrás cuando el cuerpo de Dorcas había caído en la puerta de su casa.
El mismo Ojoloco había dado escuetas explicaciones a los preocupados abuelos de Benji, dándole a entender que era un asunto confidencial y que su nieto se encontraba bien, pero que no regresaría a casa de momento. Sin embargo, Donny había sido recluido, a excepción del día completo que había pasado con Marilyn, primero en Manchester y luego en Liverpool, aterrados y haciendo conjeturas sobre los sucesos.
Marlenne no quería involucrarlos. Sabía que su hermana podía oler el peligro en el que estaba enterrada pero prefería jugar con la ignorancia como forma de protección. La mirada impasible de Donny —un simple niño de trece años— le hacía recordar tanto a la de Benji que supo a ciencia cierta que él podía imaginarse mucho mejor lo que estaba pasando que Marilyn.
Y no dudaba que terminaría contándoselo.
Sirius se apostó detrás, cubriendo a los tres con el cuerpo. Seguía con la varita fuertemente aferrada en el puño y lucía nervioso, con el ojo avizor ante cualquier eventualidad.
La paranoia empezaba a consumirlos.
—Quiero que estén tranquilos y que no comenten a nadie lo que vieron —pidió Marlenne fingiendo una serenidad que no tenía, observando a los dos niños a los ojos. Por el rabillo, notó como la mano de Marilyn se crispaba y, antes de que la propia tomase impulso, Donny —que no le quitaba los ojos de encima a Sirius— se la cogió de un movimiento fluido, escondiendo el contacto detrás de sus cuerpos.
—Esto es importante, chicos —insistió Mar, dejando para después la calidez que se le esparció por el pecho al ver el gesto y las repentinas ganas de llorar.
Nunca lloraba.
—Tienen que prometerme que no lo harán. Con nadie. Ni con sus amigos —observó a Marilyn, que lucía aterradoramente compuesta. La niña asintió con la cabeza.
—¿Podemos pedir algo a cambio? —pronunció con cuidado Donny, volviéndose hacia la muchacha. Mar dudó, pero el niño no le dejó oponerse.
—No nos traten como unos críos —sentenció, apretando la mano de su amiga. —Queremos saber si van a estar bien. Mi hermano. Y Dorcas.
Marlenne levantó la cabeza para encontrar fuerza en los ojos centelleantes de Sirius.
—Lo estarán.
—¿Por qué aún no regresa a casa?
—Está cuidado de Dorcas.
—Entonces no está bien.
—Donny… — suplicó Marilyn, con amenaza de tormenta en la mirada.
—No, no lo está —concedió la aludida, sincera. —Pero va a estarlo. Por eso tu hermano está con ella.
—Vale —el niño no parecía muy convencido, pero lo dejó estar. —¿Puedes pedirle que me escriba?
—No puedes poner en una lechuza cosas que no se deben leer, niño —replicó Sirius desde su posición, mordaz. El rubio frunció el ceño, sin dejarse amilanar.
—Solo quiero noticias de él.
—Está bien, Donny —concedió Mar, conciliadora. —No te preocupes. Le haré saber.
—Y que vuelva a casa. Aunque sea un momento. Los abuelos están muy preocupados.
—Sí.
—Ven —lo instó entonces Sirius, ignorando la mirada de advertencia de Mar. —Vamos a subir sus baúles.
El niño parecía reacio a obedecer —la joven no sabía si era porque tenía que soltar a su hermana o por tener que quedarse a solas con Sirius que, ciertamente, no estaba siendo el más amable del mundo—, pero al final le echó un último vistazo a Marilyn y la soltó.
Se fueron con los baúles, dejando a las chicas a solas, lo que Marilyn aprovechó —lejos de las miradas— para darle un fuerte abrazo a su hermana.
—Cuídate —le pidió, y a Mar se le antojó irrisorio que ella, la más pequeña, estuviese pidiéndole eso.
—Tu también, cariño.
—Hablo en serio —insistió la niña, separándose para regalarle una mirada de honda preocupación. —Ya sé que no puedo preguntar, ni pensar, ni decir nada. Pero… esa chica…
—Dorcas.
—Sí, Dorcas. Está haciendo lo mismo que tú, ¿verdad? —el silencio le dio la respuesta a Marilyn, que se envalentonó para continuar balbuceando. —Sí, estoy segura que sí. Y Merlín sabe cómo terminó así… ¡tienes que dejarlo!
—Marilyn —la llamó, en voz baja, asegurándose que nadie estuviese escuchándola. La niña parpadeó y Mar estuvo segura que estaba barriéndose las lágrimas para no llorar frente a ella. —No puedo hacerlo, ¿sabes? Estoy en eso que no puedes saber para protegerte.
—¡Yo estoy bien, no necesito…!
—Para protegerte a ti, y a Donny y a todos. Tienes que entenderlo y no hacer berrinches, ¿está bien? Tú no eres así.
—Tengo miedo.
—Por supuesto, cariño —Marlenne hizo su mejor esfuerzo por crear una sonrisa que diera ánimos. —Para eso estamos aquí. Para quitarte el miedo.
—Pero…
—Cielo, estamos en guerra —susurró, firme. La había tomado por los brazos y, a pesar de que siempre había querido protegerla de todo lo que se encontraba afuera, creía que las circunstancias estaban obrando para que Marilyn dejase la infancia que Mar había defendido con uñas y dientes para enfrentarse a la realidad. —Si comprendes, ¿cierto? No puedo quedarme sin hacer nada. Todo va a terminar muy pronto y ya no tendrás miedo. Quédate tranquila, por favor y no comentes esto con nadie. Y no bajes la guardia. Quédate cerca de Donny.
Mientras las hermanas se fundían en un abrazo, algunos metros más allá Sirius dejaba que el hermano de Benji terminase de acomodar sus baúles sin magia, con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos.
Donny no se quejó e hizo su tarea en silencio, mientras la plataforma se llenaba y los compartimientos se convertían en hervideros.
—Oye, niño… —empezó Sirius de mal modo, cuando vio que había cumplido el encargo.
—Mi nombre es Donovan —siseó el muchacho, saltando para bajar del compartimiento.
—Lo que sea. Escúchame… —Sirius se acercó hasta él para que lo que dijese se perdiera entre ellos, sin oídos curiosos al acecho. —Cuida de Marilyn en Hogwarts, ¿de acuerdo?
—No necesito que nadie me lo diga —replicó el rubio con hostilidad. —Lo haré.
Sirius chasqueó la lengua, e intentó controlarse.
—Te estoy hablando en serio. No las dejes sola.
—No estamos yendo a una misión suicida —espetó, haciendo especial énfasis en las palabras para que el joven entendiese que sabía a la perfección en qué se estaban metiendo los mayores. —Iremos a Hogwarts.
—Que está lleno de serpientes de mierda —convino Sirius, elevando las cejas. —Deberías dejar de irte de listillo, ¿no te lo dijo tu hermano?
—Mi hermano está ocupado esperando que Dorcas no muera —murmuró Donny sin abandonar su mueca agria. Sirius procuró no rodar los ojos.
—No lo hará, niño. Mar ya se encargó de eso.
El rubio lo midió unos segundos, sin decidirse si creerle o no. Aceptó que su posición hostil no lo llevaría a ningún lado y en vez de eso, soltó otra pregunta que había tenido rondando desde que había visto a ese muchacho tan desagradable.
—¿Y por qué estás tú siempre con la hermana de Mar? —inquirió, ladeando la cabeza para ver el abrazo de las McKinnon en una esquina. —¿Quién eres, su novio?
—Sí.
—Pues qué mal gusto.
—Podría decir lo mismo de Marilyn —se burló Sirius, sin importar que estaba tratando con un crío apenas, que lo miraba con ojos de fuego. Se preguntó si el idiota de Benji también sería así de intenso si quería y, como una losa, le cayó la imagen del rubio abalanzándose sobre él para que no tocase a Dorcas.
Vaya, pues podían no ser tan diferentes después de todo.
—No es… Yo no… —Donny había sido pillado por sorpresa. Aunque hizo su mejor intento por no sonrojarse, su tartamudeo lo delató y, nervioso, vio cómo ambas hermanas se acercaban a ellos.
—Olvídalo —dijo Sirius rápidamente. —¿Cuidarás a Marilyn o no?
—Claro que lo haré.
—Bien.
—Bien.
—¿Subimos? —pregunto Marilyn con timidez, señalando el tren. —Quedan diez minutos.
—Vale —aceptó Donny, volviendo a su tranquilidad natural luego de una última mirada a Sirius.
—Nos vemos muy pronto —murmuró Marlenne, dándole un último abrazo a su hermana y, de paso, también a Donny, que lo recibió con incomodidad. —Cuídense, por favor.
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11 de Enero de 1980
Amanecía en Londres y en el concurrido apartamento cerca del Callejón Diagon, donde una incontable cantidad de miembros de la Orden del Fénix descansaban a la angustiante espera de buenas noticias.
La mañana se asomaba tranquila, reflejada en el manto impoluto de nieve añejada junto a las puertas y sobre los techos, dando la impresión de que el cielo y la ciudad no tenían límite definido.
Era muy temprano.
Emmeline era la única despierta. Con la enésima taza de té en las manos, se inclinaba sobre la barra de la cocina paladeando la quietud, acompañada por las respiraciones acompasadas de los improvisados lechos sobre la sala.
Se le había encogido el corazón al ver cómo la cabeza de Marlenne había terminado sobre el brazo de Sirius, que dormía con la boca entreabierta en la esquina del sillón. La chica había estado despierta por demasiado tiempo, asegurándose de que Madame Pomfrey no la precisara, o que no se demostraran cambios en el cuerpo inalterado de Dorcas. Se había rendido al sueño un poco antes que Sirius, que le había echado una manta por encima y se había apostado a su lado.
Caradoc se había rendido junto a la puerta. Emmeline estaba segura que tenía la varita bajo la almohada, listo para enfrentarse a un peligro invisible de ser necesario. Todos sabían que Dorcas era la favorita de Dearborn en el Ministerio, por mucho que a él mismo le pesase, y su baja lo había afectado duramente. El hombre era uno de los Aurores más fuertes y reacios que conocía y, sin embargo, ante la tragedia, reaccionaba como cualquier ser humano.
Con miedo y desesperación.
Suspiró, con el té frío entre los dedos, intentando encontrarle lo positivo a la situación. Hestia finalmente había vuelto a casa a descansar, lo que la aliviaba —a ella y a Fabian—, pues podía quitarse al menos una preocupación de la cabeza. Su amiga todavía no se recuperaba del bajón depresivo que había tenido en los últimos días, producto del tironeo de su corazón por el dolor sordo de Edgar y su familia. Addie apenas había dejado su lecho hacía poco tiempo, y Edgar, además de loco de terror por la desaparición de Dorcas, tenía que velar por su mujer herida en cuerpo y alma. El pobre hombre apenas se mantenía en pie y Hestia sufría a su sombra, intentando paliar la tortura fingiéndose útil. Nadie había podido quitarla de Londres hasta esa misma noche, y Emmeline, desde su posición de observadora, podía sentir como uno a uno los pilares que sostenían su equipo se iban derrumbando.
Detrás de Hestia, sentía cómo los pedacitos de Fabian urgían por mantenerse en una pieza, sujetándose con alambres para pensar luego.
Por otro lado, las dos futuras mamás se encontraban a salvo, lo que estaba bien, y esperaban noticias de Dorcas muy pronto según el decir de Mar y Madame Pomfrey. Emmeline tenía fe ciega de que ese día le depararía algo bueno, después de todo la mierda en la que se habían enterrado desde Navidad.
Sin embargo, lo que la bruja no sabía era que en ese mismo instante, un aturdido Benji intentaba quitarse el sueño de los ojos para asegurarse que no lo estaban engañando y que, de verdad, Dorcas había entreabierto los labios.
—Ben… —su nombre salió de ella como un chirrido metálico, ronco. Quebrado. La joven tenía los ojos apenas abiertos, espiando por entre las pestañas para comprobar que la cabellera rubia que tenía al tiro era realmente la de Benji.
—Merlín santo —exhaló él, temblando como loco. No le había soltado la mano a pesar de haber caído rendido, y se la sujetó como si estuviesen por arrancársela otra vez. —Merlín… ¿me oyes?
Dorcas gimió, volviendo a unir sus labios de tiza y dejó que los párpados se vencieran.
Benji se quedó mirándola por un tiempo eterno, mojándole la palma y el edredón que tenía por encima de lágrimas que ya no creía poseer antes de volver a encontrar su voz para dar aviso.
—¡Madame Pomfrey! ¡Despierte, por favor, Dorcas…!
La enfermera salió detrás del biombo al primer llamado, con los ojos enormes y algo despeinada. Leyó sin necesidad de palabras la expresión de Benji, pues tomó al vuelo su varita y terminó de cerrarse la bata.
—Son excelentes noticias, cielo —murmuró todavía con la voz pastosa, ya sobre el cuerpo de la joven. Benji se resistió un momento a soltarle la mano pero la enfermera, con firmeza, soltó el agarre para poder acceder mejor a su paciente. Le había conmovido la devoción rayana el delirio del muchacho, por lo que se permitió darle esperanzas antes de despacharlo con un gesto. —Quédate tranquilo y sal por un momento, ella estará bien, ¿de acuerdo?
No acostumbraba a hacer ese tipo de concesiones, Madame Pomfrey prefería hablar sobre lo seguro, pero la tristeza insondable de ese chico rubio le había calado hondo. No podía creer que fuesen esos niños, tan jóvenes, los que estuviesen por salvarle el culo al mundo mágico.
Benji no recordaría muy bien cómo había terminado fuera de la habitación, pues lo próximo que supo fue que volvía a derrumbarse en el rellano, con las palmas cubriéndole el rostro, dejando salir el sollozo desgarrado que se le había atravesado en la garganta.
—¿Qué sucede? —se alarmó Emmeline, demasiado tarde, soltando la taza que tenía en las manos y asomándose desde la cocina. —¿Qué…?
Marlenne se incorporó como si una mano invisible la hubiese jalado, dejando para después los sentimientos que la asaltaron al verse dormida sobre Sirius, y se apresuró a sacudirse la modorra para enfrentar a Benji.
—¿Qué pasó? —exigió, alarmada, temiéndose lo peor. Sabía que a su espalda, los demás despertaban alertados por los espasmos que sacudían al rubio. —Benji, ¡¿qué ocurrió?!
Pero el muchacho lucía demasiado trastornado para poder brindar una respuesta. Marlenne se retiró el flequillo de los ojos y sin esperar indicación, entró en la habitación de Dorcas con un sonoro portazo.
Emmeline, sin salir de su asombro, no llegó a decidir si correr a consolar a Benji o averiguar qué ocurría pues de la otra puerta salió Alice, espectral, con los pies descalzos y la mirada hueca.
Tropezó con su amigo en el rellano, haciendo que Benji se retirase las manos del rostro y la mirara a la cara. Parpadeó, dejando caer las últimas lágrimas y ante la presencia fantasmal de su amiga se puso de pie y la abrazó como solo dos personas que se consideraban hermanas podían hacerlo.
El puño tembloroso de Alice, que aún aferraba trémulo el pergamino maldito, reaccionó al contacto enseguida, abrazándolo de vuelta por la cintura, presa del pánico y, a la vez, del alivio de saberlo a su lado. Rompió a llorar desconsolada, presa del pánico, del terror de lo incontrolable. Benji la estrujó antes de separarse lo suficiente para articular.
—Dorcas despertó.
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11 de Enero de 1980
Cuando Alice entró en la habitación, sintió que las rodillas le fallaban y tuvo que sujetarse del marco para poder respirar con normalidad.
Benji ya estaba allí, con las mejillas secas y la vieja expresión serena en el rostro, como si los últimos días de vértigo nunca hubiesen sucedido. Se había compuesto con una celeridad pasmosa luego de que Madame Pomfrey saliese de allí mismo —encontrándose a la mitad de la Orden del Fénix al borde del desastre— para informarles que, a pesar de su situación delicada, Dorcas parecía estar fuera de peligro.
El rubio, que luego de una fuerte taza de café que le habían obligado a tomar entre Emmeline y Mar se encontraba mucho mejor, dibujó el primer intento de sonrisa de la semana y se lo regaló a su amiga, quien no se atrevía a atravesar el umbral.
Si le sorprendió que la chica estuviese sola, Benji no lo demostró. Asintió apenas con la cabeza antes de abandonar una vez más su posición guardiana a la cabecera del lecho de Dorcas —ese que no había abandonado ni bajo amenaza, ciego de dolor—, no sin antes inclinarse sobre el cuerpo de su amiga para rozarle la frente con los labios.
Dorcas se había vuelto a sumir en un sueño mágico, por indicación de la enfermera. Apenas había permanecido consciente, en verdad, pues la agonía de su cuerpo presionaba monstruosamente sobre su ser como para permitírselo mucho tiempo. Madame Pomfrey había hecho lo posible por descartar cualquier resabio maligno en su cabeza, pero poco había resuelto. Por el momento, la Orden podía regodearse con que su compañera había despertado.
El resto, todavía era oscuro.
Benji se dirigió a la salida a paso tranquilo, tomando por sorpresa a Alice para volver a estrecharla contra sí. La palma abierta le tomó la parte posterior de la cabeza, haciéndola sentir una niña pequeña.
—Lo siento tanto, Al —murmuró, al fin, con la voz ronca por su poco uso. —Lo siento… Yo… Lo lamento.
Alice no podía entender del todo por qué se disculpaba su amigo, pero comprendió que, como ella, Benji necesitaba expresarlo en voz alta para empezar a superar el golpe más traumático de su vida. La joven lo dejó mecerla, con la mejilla aplastada contra su hombro, deseando no escapar de su lado jamás.
Junto a Benji, la calidez le llegaba hasta la punta de los dedos.
Finalmente, el rubio la dejó ir, besándole la coronilla y cerrando tras sí, dejando a Alice a solas con los contornos borrosos de su miedo.
Fuera, podía oír cómo sus amigos recuperaban la voz, esa que les habían arrebatado al hundir a Dorcas. La buena noticia se había esparcido como pólvora y, guardando silencio por los detalles más escabrosos —sus heridas todavía no empezaban a mejorar, apenas podía mantener la conciencia, aún no sabían cuál sería el plan a partir de entonces—, empezaban a sacudirse la depresión que los había mordido con saña, restañando los restos de sangre y pintando con ella una sonrisa.
La felicidad no había llegado todavía a las venas de Alice. Trastabillando, ocupó la silla que todavía estaba tibia por el cuerpo de Benji y se sentó para recrear el perfil de su amiga, de su mejor amiga, de su hermana, peleando cada segundo para continuar con vida.
Todavía tenía en la mano derecha el pergamino arrugado que había recibido en la madrugada. Lo apretaba con toda la rabia que era capaz, sintiéndose bastante segura que, de soltarlo, terminaría por enloquecer.
—Perdóname, Dor —susurró con la voz tomada y los ojos brillantes. —Perdóname. No lo merezco, pero necesito que me perdones —con el mismo puño que tenía la corta misiva de BJ le tomó la mano, regándola con gruesas lágrimas que ya habían empezado a caer. —Nunca debí… Soy débil, y soy tonta. Si hubiese sabido esto, nunca hubiese permitido que…
Un espasmo la recorrió, ahogando sus palabras y sacudiendo con violencia su cuerpo. Alice no soltó a Dorcas, buscando por cualquier medio calmarse.
Tenía que decírselo. Tenía que hacerlo.
Era el precio que había pagado por guardar secretos.
Su maldito secreto había arañado la vida de Dorcas hasta casi romperla. Por tanto, Alice ya no podía volver a voltear la mirada.
—Fui débil, Dor, a pesar de todo lo que siempre me dijiste —retomó, sintiendo como el llanto recrudecía en su pecho y comenzaba a liberarla reduciendo la presión. —Es todo mi culpa, lo sé. No merezco que me perdonen, ni tú, ni Frank… ni Ben —inspiró, cortando de golpe las lágrimas que inundaban sus mejillas pálidas. —Pero voy a encargarme de esto, Dor. Ya no más. No voy a volver a caer en él, ¿sabes? —la apretó hasta hacerse daño, a pesar de que la joven no movió ni una pestaña, ahogada en su sueño de mentiras. —Tendría que haberlo hecho hace tanto tiempo. Tenía miedo. Fui una cobarde. No merezco nada de lo que tengo, de lo que me han dado. Voy a solucionarlo, ya verás. Lo haré porque te adoro, porque eres mi… eres mi mejor amiga, Dor. Necesito que te quedes aquí conmigo. Necesito que lo hagas porque yo soy un desastre y no puedo sostener mi vida. Por favor… —le besó la mano a la que se había sostenido como si su cordura dependiera de ello y prosiguió. —Voy a terminar toda esta mierda y voy a casarme con Frank. Tienes que estar ahí, Dor, porque ya… Porque fuiste tú la única que creyó en mí cuando nadie más lo hacía. Así que todos necesitamos que te pongas bien porque la Orden sin ti no puede mantenerse en pie. Nosotros no podemos sostenernos en pie, si vieses a Benji…
Alice se perdió un momento en sus pensamientos, en los tormentos que la envolvían. En esa ocasión, en vez de sumirse en la desesperación, percibió como sus fantasmas la elevaban por encima, la hacían sentir que era tiempo de controlarlos. Tragó grueso y borró las lágrimas para concentrarse en su amiga.
—No permitiré que pagues mis errores —sentenció, armándose de una firmeza que no había creído poseer. —Voy a encargarme de esto, Dor. Y tú estarás bien. Y serás la mejor tía que mi hijo pueda tener.
Apretó por última vez la mano de su amiga inerme y se puso de pie con un chirrido metálico. Se dirigió a la puerta sin echar la vista atrás y, antes de salir, sacó la varita de su bolsillo y, ante su mirada vidriosa, el pergamino maldito se prendió fuego, convirtiéndose en el acto en una pizca de cenizas que cayeron junto a su pie.
Estaba lista.
O eso había creído, pues cuando salió —no tenía la fuerza para enfrentar al resto de sus compañeros aún— e ingresó en su propia habitación, se topó de bruces con un cabizbajo Frank, que se miraba el regazo sobre su cama.
—Dorcas ha despertado —musitó, como si eso cerrase el abismo que ella misma había creado entre ambos. Frank levantó la cabeza y se dejó mecer por sus ojos, anegados. Alice se dio cuenta de que, en aquella pesadilla, no había sido la única quebrada.
Se sintió enferma al darse cuenta que, sensible a la agonía sorda de Benji, había pasado por alto que Frank parecía hundirse en la mierda sin remedio.
Se echó a sus brazos en un arranque que no quiso, ni pudo, controlar, refugiándose en ese abrazo que siempre había conseguido ofrecerle calma. Frank la recibió estrechándola tan fuerte que casi le hizo daño, temblando, un náufrago aferrado al último hálito de esperanza.
—Tuve tanto miedo, Al, tanto… —sollozó el chico, mordiéndose el grito anudado en su garganta. —Dime que no te irás de mi lado, por favor. Dime que estás bien…
Alice se aferró a su espalda con saña, buscándose mantener entera.
—Estoy aquí —aseguró, con la voz estrangulada. —No me iré a ningún lado.
—Si no estuvieses aquí, Al, yo no hubiese… Fui un completo inútil. No pude hacer nada por Dor, ni por Ben, y tú…
—Esta pesadilla terminó, Frank —lo interrumpió ella, tomándole firmemente el rostro con ambas manos para juntar sus frentes. —Todo terminó —Frank no podía entender la magnitud de las palabras de Alice, pero algo en ella le dio la noción de que aquello que llevaba quebrado en su interior tanto tiempo —y que había intentado curarlo con mimo, a fuerza de besos dulces y palabras sinceras— al fin comenzaba a sanar.
—Dorcas va a ponerse bien y nosotros vamos a casarnos —aseveró, hundiéndose en su turbia mirada oscura. —Y tendremos este niño, ¿de acuerdo?
Frank tragó.
—Sí —cerró los ojos, inspirando profundamente y volvió a abrirlos con decisión. —Sí. Al, ¿te casas conmigo? Tendrás un esposo inútil, pero nadie te va a amar como yo lo hago, linda, te juro que…
Pero Alice nunca sabría qué iba a jurar Frank, pues se abalanzó sobre sus labios para sellar la promesa que tendría que haber aceptado hacía demasiado tiempo. Frank correspondió su beso con ímpetu, desesperado y hundido en el alivio de saberla a su lado.
—Sí —susurró entonces Al, separándose un milímetro. Volvía a llorar, pero ya no le importaba. —Sí, claro que sí. No eres inútil, Frank, eres la persona que me mantuvo en una pieza todo este tiempo. Sin ti…
Las cicatrices sobre los brazos de Alice centellearon, un aviso de lo que podría haber sido. Negó con la cabeza, decidida a terminar con eso de una vez por todas.
—Ya todo terminó —repitió, percibiendo como Frank se relajaba luego de haber echado una mirada hacia sus muñecas. Decidió callar, porque conocía a su novia y ya había decidido que, lo que fuese que la hubiese motivado a hacerlo, ya estaba enterrado. —Saldremos de esta, Frank. Como siempre.
—Como siempre.
Frank esbozó la primera sonrisa sincera y, con torpeza, le retiró los mechones húmedos del rostro, para poder besarla entera, tentado a creerle por mucho que la oscuridad siguiese esparciéndose en el interior del apartamento y al centro de la Orden, buscando destruirlos a todos.
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13 de Enero de 1980
Las cosas volvían despacio a su cauce natural, por mucho que el desequilibrio les hubiese mermado las fuerzas para ponerse en pie.
Londres había drenado la cantidad de miembros de la Orden a su cobijo, y en el apartamento solo quedaban Dorcas —por obvias razones—, Alice y Frank. Benji había regresado a Liverpool, finalmente, para alivio de sus abuelos, pero no tenía la fortaleza para estar lejos de Londres por más de algunas horas.
Ojoloco había puesto una guardia permanente para los jóvenes, por lo que sus compañeros se iban turnando para pasar la noche allí. Eso incrementaba la presión de los miembros que habían salido ilesos —y no tenían ocupaciones en casa—, ya que era prácticamente imposible cubrir todo el espectro con la poca gente de la que disponían. Los gemelos, Hestia y Emmeline cargaban con las tareas más pesadas. Se había convertido en algo milagroso, en el año que recién daba pelea, poder dormir en sus propias camas.
Madame Pomfrey se había marchado esa misma mañana a Hogwarts, con la promesa de viajar al menos una vez a la semana para ver a Dorcas. Había dejado a cargo a Mar, que a pesar de sus dudas, había aceptado con una entereza envidiable. Dormía en Manchester con un ojo abierto lista para acudir ante el más mínimo cambio, y pasaba la mayor parte de la jornada en Londres. Había terminado por reemplazar la presencia fantasmal de Benji junto a la cama de Dorcas, como si la joven estuviese succionándole la vitalidad para recuperar su energía.
Por eso, la única forma que había encontrado James para despegar a Sirius de Mar había sido la cercanía con la luna llena. El resto de la Orden, acostumbrado a esa extraña y simbiótica relación, poco acotaba sobre la sutil protección que ofrecía el muchacho a la espalda de Mar, siempre alerta, gruñéndole como un perro guardián. Marlenne estaba tan agotada que poco había podido discutir.
Se limitaba a usar toda su habilidad por mantener a Dorcas con vida.
Sin embargo, aquella tarde —tan helada que escarchaba las ventanas— la había dejado sola después de hacerle jurar que no regresaría a Manchester —Caradoc haría guardia en Londres, por lo que Sirius podía quedarse tranquilo si Mar dormía allí— para marchar a su propio hogar.
Habían quedado con los demás y Lily para ultimar los detalles de la siguiente noche, en la que la luna luciría su forma más completa. Querían trazar un plan que no molestase a las demás guardias, sus compañeros ya tenían suficiente ofreciendo protección en Londres, en el Ministerio, en Hogwarts y en algunos puntos más indicados por Dumbledore.
No eran suficientes, y eso empezaba a pesarles.
La luna llena en Dover siempre había sido objeto de preocupación por parte de Ojoloco. No había que ser tan paraonico como él para saber que dos o tres mortífagos solían rondar la ciudad costera cada vez que la luna cumplía su ciclo. Nunca se habían sentido tan rodeados.
Sirius estaba fumando un cigarro cuando Lily y James ingresaron, seguidos de Peter que lucía preparado para enfrentar el frío del polo.
Enseguida tiró la colilla a medias, sonriendo al ver cómo todavía no se podía adivinar el vientre de la pelirroja por debajo de todo su abrigo.
—¿Cómo vinieron? —preguntó, sin molestarse en saludar. —Madame Pomfrey dijo que era mejor evitar polvos flú y apariciones.
Lily rodó los ojos mientras Peter la ayudaba a quitarse el saco.
—En tren, pesado —respondió James, quitándose la nieve del cabello. —La sanadora aquí es Mar, no tu.
—En su ausencia, me permito tomar su lugar para hacerles la vida imposible.
—¿Eso haces? —se burló Lily, girando la cabeza hacia él. —Creí que era parte de ti desde siempre, no algo nuevo.
—Muy graciosa.
—Aunque no sé si el tren sea la mejor solución para ustedes —comentó Peter, tomando asiento junto a su amigo. Torció el gesto antes de agregar —Es un viaje largo, y en el mundo muggle. Y están solos.
—¿Qué quieres que haga, Pete? —replicó James. —No voy a tener una escolta por cada minúsculo paso que demos.
—Tú no, pero la pelirroja debería.
—Sirius, estoy embarazada pero sigo pudiendo tomar la varita para cerrarte la boca.
—Pero no para enfrentarte a un mortífago, Lily —apuntó Peter, a pesar de la mala cara que había puesto James al oírlo. —Solo digo. No queremos otra Dorcas.
El ánimo había regresado despacio a la Orden, pero la mención de su compañera inconsciente seguía abriendo el dique de negros pensamientos que los envolvían arrastrándolos a la desesperación.
—Ya hay suficiente trabajo como para preocuparse por eso —afirmó Lily, luego de un intercambio mudo con su esposo. —Estaré bien. No podemos encerrarnos en el Valle por siempre.
—Lo sé, pero…
—Pero nada, Pete. Gracias por preocuparte, pero no.
—Está bien —el aludido no parecía muy convencido.
—Déjalos —lo instó Sirius, provocando que James levantara una ceja, escéptico ante la actitud conciliadora de su amigo. —Nunca se enterarán si un perro duerme en su jardín.
—O una rata en su cocina.
—Son imposibles —los reprendió Lily con un ademán resignado, a pesar de que sonreía.
—Solo Sirius.
Se permitieron relajarse, después de la escalada increíble de tensión que habían vivido. Lo que había dicho Sirius era cierto. Madame Pomfrey había concluido que todo estaba perfectamente bien en el embarazo de Lily, que las náuseas pronto desaparecerían y que esperaba que el niño llegase al mundo cerca del fin de Julio. La esperanza había teñido un poco el mal trago que estaban pasando, y Lily y James habían regresado animados al Valle de Godric.
—A propósito… —comento Sirius, para estirarse a apresar el periódico que estaba sobre la mesa. —¿Han leído esto?
—¿Sigues recibiendo esa basura? —se sorprendió Peter, que ya estaba hurgando en las estanterías de la magra cocina en busca de algo para picar. Sirius se encogió de hombros.
—La suscripción es de Remus, llega todos los domingos.
—Una pérdida de dinero.
—Mira allí —indicó el muchacho, señalando la página para James. Lily estiraba el cuello a su lado para pescar el artículo que había llamado la atención de su amigo.
James chasqueó la lengua, furioso.
—¿Es que han perdido la razón?
—¿Ahora qué? —preguntó Peter regresando con sendas botellas de cerveza. —Deberías hacer las compras al menos una vez, Sirius, creo que encontré una rata muerta en tu encimera.
—Estaba para hacerte compañía —respondió el aludido, mordaz, pero Peter no le prestó atención ya que dejó de inmediato las bebidas sobre la mesa para ver de qué estaban hablando.
—¿Es en serio?
El titular informaba, en grandes letras, que el jefe del Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio, Bartemius Crouch, había autorizado esa misma semana la utilización de maldiciones imperdonables a todo aquel sospechoso de acciones subversivas y contra el gobierno mágico.
La expresión de James parecía indicar que el mismísimo Crouch lo había ultrajado.
—No puedo creer que Ojoloco no haya hecho nada para que…
—Quizá ni se ha enterado —interrumpió Sirius, práctico. —Edgar dijo que el Ministerio era un caos. Dudo que la información circule.
—Es cierto. Alastor nos hubiese avisado algo así —repuso Lily. Le había quitado El Profeta de las manos a su marido para poder leer con detenimiento el artículo.
—¡No pueden simplemente asesinar a todo el mundo! —siguió el joven, alterado. —Es una ridiculez, y dudo que sirva para encarcelar a quienes realmente están poniendo en peligro el mundo mágico.
—El Ministerio no lo sabe —apuntó Peter, luego de un trago de cerveza. —No creo que sepa siquiera contra quién está peleando.
—Esto está mal, chicos. La fachada del Ministerio podría caer en cualquier momento, y todos sabrán quienes mueven en verdad los hilos —el tono de Lily era bajo, funesto. James, a su lado, gruñó dándole la razón.
—Quizá eso ayude —aventuró Peter, no muy convencido. —Si todos saben que el Ministro es un jodido incompetente y que Crouch está perdiendo la razón, tal vez…
—Si el Ministro dimite, el caos será peor, Pete —contradijo James, frustrado. Volvía a revolverse el cabello en un acto mecánico. —Subirá una marioneta de los mortífagos y ya poco podemos hacer.
—No es que Crouch esté muy de nuestro lado, de cualquier modo —intervino Sirius, señalando una vez más el periódico. —Pero al menos quiere destruir a toda costa los focos de conflicto.
—¿Y crees que somos parte de él? —murmuró Peter con una mueca amarga.
—Esperemos que no.
—La Orden se mantuvo entera y junto al Escuadrón todo este tiempo —afirmó Lily, buscando convencerse a sí misma y a los presentes. —Aunque hayan autorizado los Imperdonables…
—Que es una aberración.
—Que lo es —aceptó la pelirroja hacia su marido. —Aunque los hayan autorizado, se supone que seguimos peleando en el mismo bando.
—Díselo a Crouch —repuso Sirius. —Y la Orden corre por fuera de los laberintos del Ministerio solo porque Moody es lo suficientemente demente como para sostener a ambos a la vez.
—Si Ojoloco dejase de estar al mando, entonces… —Peter palideció, ante la oscura suposición que se formó en su mente. Lily cerró de golpe El Profeta y lo lanzó lejos de un fluido movimiento.
—Aún no ha sucedido nada —sentenció, dando ánimos. —Alastor está de nuestro lado y no permitirá que Crouch avance sobre la Orden. Y todos nos encargaremos de sostener al Ministerio por muy inútil que haya sido hasta ahora.
James sonrió y le besó la mejilla.
—Siempre supe que tenías pasta para el Ministerio.
La pelirroja rodó los ojos y le golpeó el hombro, consiguiendo algo de distensión en el ambiente cargado.
—¿Y Remus donde se metió? —inquirió Peter entonces, decidido a cambiar a un tema que no le pusiese los nervios de punta. Sirius le hizo un gesto y el muchacho le pasó una botella.
—Ni puta idea.
—Su turno en el Ministerio terminó ayer —comentó Lily, pensativa. La pelirroja había sido, desde el primer momento, un prodigio a la hora de recordar los horarios de las guardias de sus amigos. Era como una enorme agenda de cabello rojo.
—No le he visto el pelo desde antes de que Dorcas despertara —insistió Sirius, destapando su cerveza con la boca. —Ni siquiera sé si…
El ruido de la puerta interrumpió su frase, dejando ver a un Remus muy desmejorado, con el abrigo abierto y la bufanda mal puesta.
—¿Vienes de la guerra? —preguntó Peter, intentando sonar divertido. Esa vez, ninguno le siguió el juego.
—Hola.
El licántropo se quitó la capa cabizbajo antes de unirse al resto de sus amigos. Lily, preocupada, lanzó una mirada hacia James, pero fue Sirius el que se le adelantó.
—¿Dónde estabas? —inquirió, demasiado hostil. Remus tomó asiento y aceptó la cerveza que le tendía silencioso Peter antes de levantar los ojos cansados hacia su amigo.
—Tenía cosas que hacer.
—¿De verdad? —ironizó el aludido, haciendo una mueca grotesca. —¿Dónde?
—Sirius…
—No te importa —respondió Remus, con algo de dureza.
—Claro, tu desapareces por una semana en pleno caos, ni siquiera sabes qué ocurrió con Dorcas y decides entrar así nada más…
—Sirius, te estás comportando como una novia celosa.
—No estoy para chistes, Pete —lo cortó Sirius bajando los pies al piso para enfrentar directamente a su amigo. —Este idiota está ocultando algo y ya estamos lo suficientemente jodidos como para que...
—Cierra el pico, ¿sí? —murmuró el licántropo, con la cabeza gacha. Se había pinzado el puente de la nariz y parecía tener problemas para mantener los ojos abiertos. —Sé que Dorcas despertó porque me lo dijo Gideon. Y Emmeline me aseguró que todo estaba marchando bien, y que ustedes ya habían regresado a casa.
—Remus, ¿te encuentras bien? —intervino Lily, estirándose para poder ofrecerle un apretón dulce en la rodilla. El muchacho se apartó para rehuir el contacto y se retiró la mano de la cara para esbozar una sonrisa tambaleante.
—Sí. Es la luna. Mañana va a ser una noche de mierda.
Sirius resopló, dando a entender que no estaba muy de acuerdo con la respuesta pero James buscó sus ojos para controlarlo en silencio.
—Vale —musitó Lily. —Quédate tranquilo, nos encargaremos de todo.
—Como siempre —agregó Sirius con rentitín, ignorando la mirada de acerada advertencia de su amigo.
—Vámonos a Dover, ¿de acuerdo? —zanjó Peter, palmeándose las rodillas. Solía ponerle nervioso que peleasen y los años no le habían quitado esa costumbre. James estuvo de acuerdo de inmediato y se puso de pie, dándole la mano a Lily con una fluorita que la pelirroja ignoró, incorporándose sola —para diversión de Sirius— y acompañando a Peter a buscar sus abrigos.
Remus suspiró una última vez con los hombros hundidos antes de encontrar la energía para seguirlos. Una mano fuerte lo empujó de la nuca hacia abajo, y Sirius se encaramó a su espalda enseguida, como cuando eran críos.
—A mí no me engañas, lobito —le susurró en un aparte, ladeando la cabeza para poder hablarle. —Estás ocultando algo y no voy a dejar de joderte hasta que lo escupas.
Sin embargo, el ademán juguetón fue cortado de raíz cuando Remus se sacudió con brusquedad el agarre de su amigo, alejándose con mala cara.
—Déjame en paz de una vez, ¿quieres? —masculló girando el rostro.
—Esta luna está peor que nunca —dijo entonces el joven, más fuerte para que los demás lo escucharan. —Ya está volviendo a Remus un quejica de mierda y ni siquiera es todavía la noche.
—Sirius, cállate y camina.
—Lo que digas, Cuernos.
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15 de Enero de 1980
Estaba mordiéndose la cara interna de las mejillas para no retorcerse los dedos. Necesitaba las manos libres para asir la varita con fuerza, y sus nervios estaban matándola.
A Alice le había costado salir del apartamento. Con la marcha de Madame Pomfrey del lugar, había recibido el alta oficial, aunque la enfermera, demasiado suspicaz, le había entregado dos ampollas llenas de líquido espeso a Frank, indicando como debían administrarse y afirmándole que ante cualquier episodio, la llamaran.
Eran pociones calmantes.
Alice había procurado no ofenderse con ese gesto. Después de todo, para Madame Pomfrey bien podía ser una completa desequilibrada.
Que no estaba lejos de serlo, pero gracias a eso había tenido que poner el doble de esfuerzo para tranquilizar a Frank y regresar a su fachada habitual. Londres volvía a sumirse en una tranquilidad artificial, a excepción del compañero que le tocase la guardia allí. De momento, ella y Frank volvían a vivir allí, con Benji y Mar como habitantes casi permanentes, cuidando y vigilando el estado de Dorcas.
Luego de aquella mañana blanca en la que su amiga había dado las primeras señales de conciencia —provocando un hondo quiebre en el interior de Alice—, ella y Frank habían establecido un pacto mudo y no habían vuelto a hablar de esas jornadas de pesadilla. Benji los ayudaba, ya compuesto en su serenidad habitual, con una buena afeitada y treinta horas seguidas de sueño.
Las cicatrices de sus muñecas —algunas tan largas como delgados hilos de plata que le llegaban al codo— no se habían ido. Había discutido con Frank, porque se había negado a aplicarse el ungüento para que desaparecieran.
Frank no lo entendía. Alice quería asegurarse de no volver a ser débil nunca más y aquello era un recordatorio más que efectivo.
Al final, el muchacho había terminado cediendo, como siempre, y la había dejado a su aire. El corazón de Alice se había estrujado un poquito, sabiendo que aquello era una cosa más que los separaba y, al igual que lo demás, era culpa suya.
Hubiese deseado que Frank estuviese allí, aguardando bajo la gélida tarde inglesa. No era tan cobarde.
Era ya demasiado tarde para explicarle a Frank la cantidad de veces que la había cagado en su vida, y cómo todas ellas habían confluido hasta dejar a Dorcas luchando por aferrarse a ese mundo. No creía tener fuerza suficiente para infringirle más dolor, no cuando ya había adivinado que el joven no dejaba de sentirse ridículamente culpable por no haber sido de utilidad en toda esa situación de mierda. Por el contrario, las cicatrices le conferían el ánimo para ponerse de pie y enfrentar, una última vez, a su destino,
Luego de eso, solo le ofrecería a Frank felicidad a manos llenas. Le daría todo lo que podía otorgarle, con miedo a no ser suficiente para alguien tan maravillosamente puro como lo era él.
Si no lo merecía, era demasiado tarde. Alice necesitaba a Frank a su lado. El resto, era historia.
En vez de eso, entonces, había mantenido firme la varita en el bolsillo y, con la otra palma abierta, se había serenado sintiendo la vida imperceptible que florecía sobre su vientre.
Se había equivocado. Frank la acompañaría siempre.
Luego de escabullirse del apartamento, Alice se había apostado en la esquina de siempre, no demasiado lejos, con la capucha de la capa cubriéndole la mitad del rostro. Todavía podía ver la humareda que había salido aquella vez del bar que ahora se presentaba como un lujoso complejo. A pesar de eso, sabía que tarde o temprano, él pasaría por allí y la vería.
Aguardó con el corazón en la garganta y esa resolución que solo podía haber conseguido bajando al mismísimo infierno.
Podía imaginarlo entre las sombras, buscando cómo acercarse a su hogar, burlando las protecciones de Ojoloco.
Y allí mismo apareció, luego de tres cuartos de hora, asomando la nariz en la esquina. BJ ya no lucía como el adolescente al que se había topado por casualidad aquella noche de verano, en esa misma ciudad.
Las facciones se le habían endurecido y los ojos lucían marcados por profundos pozos negros. Desmejoraba, sin duda, a pesar de que era dos años menor que ella.
La guerra mataba a todos por igual, a uno y otro lado.
Alice se preguntó si realmente la muerte de Regulus Black lo había afectado tanto, pues en su expresión, más que nunca, podía atisbar rastros de febril agonía.
La joven encontró su mirada y se quedó enganchada de él por un momento, antes de hacer un gesto y echar a andar, con aparente tranquilidad, hacia el Callejón Diagon. No le daba miedo darle la espalda.
Las heridas de BJ nunca llegaban por detrás, después de todo.
Cabeceó hacia el tabernero y se acomodó mejor la capucha para procurar no ser vista —podía oír la voz de Caradoc en su cabeza maldiciéndola por su imprudencia—, mientras abría la entrada hacia la callejuela que se veía cada vez más deprimida.
Mantuvo el paso firme, sin mirar por encima del hombro ni una vez, segura de que BJ la seguía. Dobló en un recodo, justo en la esquina del bar donde se habían conocido, y donde luego habían incubado la relación que la había vuelto un ser maldito.
—Alice.
Otra vez su nombre, con esa entonación que parecía quererle hurgar en todos los secretos del mundo. La chica volteó, con cuidado de estar fuera del campo visual de cualquier transeúnte.
—Vengo a hablar contigo —dijo en un susurro quedo, haciéndole un gesto con la mano en la que no tenía la varita para que se escondiera al otro lado. BJ la taladró con la mirada.
—Ya lo sé —replicó. Su tono era artificialmente sereno, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo para contenerse. La observó de arriba abajo. —Para eso mandé la lechuza. ¿Estás lista?
Alice, que había echado un encantamiento silenciador y otro protector, se volvió con la varita en la mano, sin seguirlo.
—¿Para qué?
—No tengo mucha paciencia hoy —contestó BJ apretando las mandíbulas. Poco rastro quedaba ya de sus facciones adolescentes. Sus ojos aparentaban mil años, por mucho que lo ocultase sobre el pajizo flequillo rubio. —Para irnos.
Alice suspiró apenas. Sabía que no sería sencillo.
—Escúchame, ¿quieres? —cuchicheó, sin bajar demasiado la varita. Volvió a esconder la otra mano sobre su costado, cerca del vientre. Oleadas en espiral de tranquilidad y fortaleza la animaban a continuar. —Por una vez en tu vida, escúchame.
—Tenemos que irnos, Alice. ¿No lo ves? —BJ no la había tomado por los brazos, como era su costumbre, sino que se sujetaba la cabeza en un grito desesperado. —Esto es solo el comienzo.
—¿Qué quieres decir?
—No soy el único al que se le agota la paciencia —enunció crípticamente, con algo de rencor. Alice parpadeó y apretó tanto la varita que las uñas empezaron a clavárseles en la palma. BJ parecía más trastornado que nunca. —El Señor Tenebroso ya dio la orden. Los quiere muertos.
—¿A quiénes? —apremió ella, sin saber si deseaba oír la respuesta. El muchacho dejó caer las manos laxas a ambos lados antes de ladear la cabeza hacia ella. Hilvanaba una sonrisa torcida que podría los cabellos de punta al Gryffindor más avezado.
—A todos —escupió, alterado. Alice boqueó, pillada por sorpresa, y la desesperación de BJ llegó hasta ella. La abrazó con rabia, apretándola demasiado contra su cuerpo espigado.
—Tienes que venir conmigo, por favor —le susurró al oído. —Nadie nos encontrará nunca. Podremos criar a nuestro hijo y…
Alice se tensó como una vara al sentir el tacto helado por encima del abrigo, los dedos de BJ buscándole el vientre. La varita estuvo a punto de caérsele al suelo de la impresión.
—Detente —pidió con una firmeza que jamás había conseguido reunir. Lo apartó sin necesidad de magia, BJ la veía con enormes ojos delirantes. —Escúchame.
Él no lo hacía. ¿Cuándo lo había hecho, en verdad?
—Será difícil pero lo haré —parecía que se hablaba a sí mismo, y ni siquiera lucía afectado porque Alice se lo hubiese quitado de encima. —Voy a robarle dinero a mi padre, ese sucio de mierda no lo necesitará, y luego…
—¡ESCÚCHAME!
BJ volteó con los labios entreabiertos, como si se hubiese dado cuenta en ese momento de su presencia.
—¿Qué?
—No voy a irme a ningún lado —pronunció la joven con cuidado, con la barbilla levantada y la fuerza que manaba de su vientre en la garganta.
Tuvo un eco profundo, lejano, de otra vez en la que había tenido que superar sus miedos e inseguridades.
«—Mamá, es la última vez que te lo digo. No me iré de aquí.
—Alice…
—¡No me iré de aquí!»
Respiró, dilatando las aletas de la nariz. Quería demostrar que, al final, podía plantarse frente a ellos y mandarlos a la mierda. Sintió como las palabras barbotaban sobre su lengua, quemándola.
—Soy Auror y miembro de la Orden del Fénix. Voy a casarme con Frank, porque es a él a quien amo y tendremos nuestro hijo. ¿Me oyes? No es tuyo. Es de él. Nunca podría soportar el asco de tener un niño tuyo en mis entrañas.
—Alice…
—No voy a volver a repetirlo —lo cortó, señalándolo con la varita. Le envalentonó comprobar que no temblaba demasiado. —Tú eres un maldito mortífago que hizo de mi vida un infierno. Esto se terminó —la ansiedad desapareció de un plumazo del rostro de BJ, que se irguió y borró cualquier atisbo de emoción. Se quedó muy quieto, con los ojos de fuego, queriendo desintegrarla. —Así como lo intenté todas esas veces que conseguiste engañarme, esta vez es real. No voy a permit…
—No parecías muy dolida por todos los engaños —siseó entonces, sin dejarla terminar. Alice boqueó, perdiendo el hilo y levantó un poco más la varita en el espacio que los separaba.
—Eres una basura.
—¿Qué lo haría diferente esta vez? —sonrió de lado, como lo hacía antaño semejando a un niño pillado en una travesura. BJ había levantado las manos como si se pretendiese inocente, pero conservaba el desafío en la mirada. —Siempre vuelves, Alice. Siempre —puntualizó, pronunciando la sonrisa. —Porque me amas.
—¡No lo hago! —Al se arrepintió de perder los estribos, sabiendo que así empezaba el camino de no retorno. Volvió a inhalar lenta y profundamente para recuperar el pulso. —No lo hago —repitió, más calmada, con la palma abierta por encima del abrigo. Ya no le importaba ocultar de dónde estaba sacando la fortaleza. —Ahora, tengo fuerza por tres.
El silencio fue tan cruel como una cuchillada en la cara.
—¿Vas a dejarme para morir? —murmuró BJ, masticando las palabras. La varita de Alice no flaqueó.
—Si es necesario, sí —y al decirlo en voz alta, supo que era cierto. —Tendría que haberlo hecho mucho antes —volvió a ver ante sí un desfile de todas las chances que había tenido de cortar aquella relación de raíz, todas las noches que se había jurado que sería la última vez. Todas las veces que había terminado sucumbiendo a sus malditas caricias, y a sus palabras huecas cargadas de promesas vanas.
Y todas las veces que había cerrado los ojos y las había creído.
—Nunca tendríamos que habernos conocido. Eres el peor error de mi vida y estoy dispuesto a pagarlo.
BJ parecía haber perdido cualquier rastro de humanidad. Serio, lucía tan pálido como un espectro. Se acercó un paso y Alice, tambaleante, retrocedió sin dejar de amenazarlo con la varita.
—No sé si estás entendiendo que el Señor Tenebroso terminó la tregua —los pensamientos de BJ parecían serpentear desde su cuerpo hasta ella, buscando hincarle los dientes hinchados de ponzoña. —Los aplastarán como hormigas, uno a uno —se regodeó en el escalofrío que recorrió a Alice antes de continuar. —En menos de un año, nadie estará vivo y él habrá triunfado.
—No si podemos evitarlo.
—No pueden, Alice —se había acercado tanto que la punta de la varita estaba clavándose en su pecho. No tenía miedo, estaba seguro que Alice no lo hechizaría. —¿No lo ves? Solo una baja y ya están destrozados.
—No es cierto —pero el efecto quedó deslucido por el quiebre de la voz de Al, al ser asaltada por la imagen de Dorcas tendida sobre la cama del apartamento, la que no había abandonado desde hacía una semana.
—Ya veremos —sonrió BJ, extendiendo los dedos para intentar acariciarle el rostro. —¿Es tu última palabra?
—Es mi última decisión —aclaró Alice, apartándolo con el brazo y reprimiendo la arcada. Levantó los ojos para asegurarse que BJ la estuviese escuchando muy bien. —Vuelve a acercarte a mi familia y te juro por la vida de mi hijo que te arrepentirás.
El joven dio un paso atrás, pero Alice no relajó la varita. No estaba retrocediendo.
—Claro que no —la sonrisa se había borrado y volvía a ese aspecto cadavérico de ojos demasiado brillantes. —Tú serás la que te arrepentirás, Alice. Cuando ese día llegue, quizá ya me habré cansado de protegerte.
—¿Eso hacías? —ironizó la aludida, haciendo un esfuerzo hercúleo por sostener la amenaza con firmeza.
—Y terminarás suplicando por tu vida. No sé si seguiré queriéndote tanto como para salvarla.
BJ desapareció antes de que a Alice se le ocurriese qué decir, dejando el callejón desierto y helado. La joven respiró por la boca antes de caer finalmente de rodillas, sacudida, atacada a dentelladas por todos los temblores que había reprimido hasta el momento.
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15 de Enero de 1980
La cocina estaba tranquila. El ronroneo de Fabian durmiendo en el sillón acompañaba a Emmeline mientras, con el viejo mandil puesto y la varita en mano, apilaba las viandas que había estado haciendo para distribuir entre los miembros de la Orden.
Era una mala costumbre que había tomado hacía pocos meses, en ese momento en el que las cosas se habían torcido de manera irremediable, arrastrándolos hacia los confines del infierno. Desde que los mortífagos no daban tregua, haciéndolos sentir jodidamente acorralados, Emmeline calmaba sus nervios a base de recetas, harina y sal, para paliar la sensación de vértigo constante en el estómago.
Esa vez, le había parecido una oportunidad excelente. No solo se regocijaba en empaquetar platos ricos en nutrientes para las futuras mamás, sino que se había molestado en cocinar para un regimiento, y así asegurarse que todos sus compañeros tuviesen un plato de comida caliente al regresar de su misión.
Si regresaban.
Fabian había vuelto de la ronda nocturna en el Ministerio y ni se había molestado en pedir permiso para echarse sobre el sillón. Había tardado menos de un parpadeo en quedarse dormido, después de intercambiar tres parcas palabras con su amiga. Emmeline no lo culpaba. Le tranquilizaba saber que no estaba sola allí, desde hacía un tiempo tenía inconvenientes para dormir o permanecer en un sitio sin compañía.
Era esa guerra de mierda que los estaba minando por dentro.
Estaba decidiendo si despertar al pelirrojo o salir sola a repartir sus viandas perfectamente empaquetadas cuando un sonoro chasquido al otro lado de la puerta le hizo resbalar la bandeja de las manos.
Antes de que Emmeline terminase de empuñar la varita, Hestia había entrado al apartamento, con los ojos demasiado grandes y una palidez espectral, seguida por Edgar como una sombra.
—¡Soy yo! —exclamó, sin dejarla hacer la pregunta de seguridad. Fabian dio un respingo al oír su voz, descolocado y arrancado de su sueño. —¡Deprisa, están atacando Bristol!
Emmeline se quedó en blanco por una fracción de segundo, siguiendo con la mirada desde su amiga hacia Edgar, que tenso, asintió con la cabeza. Acto seguido, abandonó todo lo que estaba haciendo, quitándose con torpeza el mandil para tomar el abrigo.
—¡Vamos!
—¡Edgar, lleva a Fabian, lo necesitaremos!
La última imagen que había tenido Emmeline previo a ser succionada por una ráfaga de colores había sido la mirada furibunda que le había echado Fabian al ver a Edgar finalmente soltar el hombro de Hestia.
Cuando aterrizaron, se tomó un momento para darse cuenta de que estaba en una tienda de ropa completamente destrozada. A su lado, Hestia descompuso su expresión y su amiga pilló al vuelo por qué.
Los maniquíes habían sido quitados de cuajo y, quebrados, regaban el suelo como cadáveres esmaltados.
Caradoc las sacó de su ensimismamiento. Estaba sucio, en la entrada, y les hacía señas para que se acercaran.
—Estoy esperando los refuerzos.
—Aquí estamos, ¿qué…?
—Ojoloco, Gideon y los inútiles del Ministerio están intentando controlarlos pero…
—Entendido —tomó el mando Emmeline, haciéndole un gesto a Hestia. —Vamos.
—Bellatrix no está, pero Snape está haciendo de las suyas.
—Mierda.
—¡Lily! —a las chicas se les cayó el alma a los pies al ver a la pelirroja aparecer en el mismo punto en el que habían aterrizado ellas. La pelirroja parpadeó, con la varita lista, y dio un salto al oír cómo se aparecían Edgar y Fabian a su lado.
—¿Qué está pasando? —espetó el gemelo, todavía con la marca del sillón en el rostro. Lily, avergonzada, intentó hablar por segunda vez pero fue interrumpida por Marlenne que entraba corriendo en la tienda.
—¡Caradoc! —chilló, sin aliento. —No van a aguantar mucho más, ¡necesitamos que salgan!
—¡Estoy en eso, mierda!
—Lily, ¿qué demonios haces aquí? —soltó la recién llegada cuando hizo un paneo de los presentes. Se sobaba el costado, recuperando el aire.
—Hestia, apártate —indicó de mal modo Fabian, saliendo sin esperar más órdenes al campo de batalla. Caradoc hizo una seña e instó a los demás a seguirlo.
—Lily, quédate aquí —expresó el Auror con dureza, mientras los demás echaban a correr hacia la muerte.
—¿Dónde están los demás? —inquirió Mar, con tan mala cara como Dearborn.
—Nos llegó el aviso recién —explicó la muchacha a la carrera. —James y los demás siguen en Dover, la noche fue dura para Remus. Era la única que podía acudir y…
—Te apareciste —completó su amiga, hostil. —Lily, Madame Pomfrey te ordenó explícitamente que no forzaras la magia.
—¡Necesitan ayuda! —trató de justificarse la pelirroja, pateando el suelo como una niña.
—Evans, te quedas aquí —dictaminó Caradoc, con ese tono que no dejaba lugar a réplicas. —Lo único que harás es estorbar.
—¡Estoy embarazada, no imposibilitada a tomar una maldita varita! —terminó por frustrarse la aludida, casi rogando.
—Lily, hazle caso a Caradoc —apremió Marlenne, viendo que el hombre perdía la paciencia, tironeado por la necesidad de ir a luchar. —Quédate aquí. Te recogeremos cuando termine.
—¡No es justo! —maldijo Lily, quedándose con la única compañía de los espeluznantes maniquíes desmadejados. —¡Mierda!
Fuera, el caos era infernal. Los mortífagos habían cargado con un tranquilo vecindario muggle de Bristol, provocando una escalada de pánico y destrozos a su paso. No demasiado lejos podía oír la especialidad de Rosier, gritando a diestra y siniestra.
—¡Bombarda!
Lily siguió la estela del paso de Caradoc y Mar, furiosa y culpable al mismo tiempo.
Era una jodida bruja. No podía quedarse en casa de brazos cruzados mientras el resto de sus compañeros arriesgaba el culo por mantener a raya a aquellos malditos enfermos. Sabía que Mar y el resto intentaban cuidarla, pero eso no era necesario.
Bien lo había conseguido hasta el momento, así que podía continuar de esa forma. Resopló, esquivando un haz de luz perdido, alerta a ambos lados para ver si se topaba con algún mortífago rezagado o con un muggle atrapado entre ambos fuegos.
En lo profundo de su mente, casi se alegraba haberse escabullido de Dover para ir hasta Bristol sola. Había oído perfectamente a Caradoc, y prefería, si se daba el caso, que el enfrentamiento con Severus fuese a solas.
No quería imaginar la cara que podría James de enterarse.
Sonrió con desgana, pensando que tampoco Sirius estaría muy contento. Mar parecía haber estado en el foco de conflicto casi desde el inicio, lo que era lógico ya que el aviso había venido por parte de Caradoc que había hecho guardia en Londres, donde la joven seguía encerrada al cuidado de Dorcas.
Llegó hasta donde se estaba desarrollando la pelea, un parque arrasado a fuerza de magia, con una enorme nube de polvo suspendida por encima. Sostuvo su varita lista, evaluando la situación.
No eran muchos mortífagos. El que parecía estar teniendo más problemas era Fabian, enfrentado al maldito de Rodolphus Lestrange. Lucía fuera de sí, y gritaba algo que Lily no llegaba a entender —los estruendos se sucedían en una vorágine de vértigo—, así que ignoró la figura de Mar más allá, junto a Edgar y echó a correr hacia el pelirrojo.
—¡Lily! ¡LILY!
El perfil de Rosier salió de la mismísima nada, apuntando directo a la cabellera flameante que estaba poniendo un escudo protector entre Fabian y Lestrange.
—¡Bombarda!
El impacto la hizo levantase del suelo como una muñeca, haciéndola sentir por un instante que flotaba como un cuerpo etéreo en el aire.
La ilusión duró poco, pues enseguida la realidad la succionó de nuevo hacia abajo, girando sobre sí misma y cayendo en picado.
—¡LILY!
Tuvo el tino de envolverse sobre sí misma, sujetándose el vientre que no llegaba a adivinarse bajo la túnica, aguardando el impacto que no llegó, pues quedó suspendida a escasos centímetros de los escombros de la casa completamente destruida.
Con el pulso disparado, la joven finalizó el hechizo, cayendo de culo al suelo cubierto de polvo. Estaba dentro de la construcción, no podía ver quién la había salvado pues la única pared que se mantenía en pie estaba frente a ella, tapándole los haces de luz mortales.
Enseguida el chillido desesperado de Mar se hizo eco entre los escombros.
—¿Lily? ¡Lily, mierda, no me hagas esto! —vociferó la joven al otro lado, presa del pánico. Lily se puso de pie en cuestión de segundos, sacudiéndose la capa que ya estaba perdida. Tenía un enorme tajo a la altura de la rodilla que se deshilachaba a ojos vista.
—¡Estoy bien, joder! —respondió, perdiendo los estribos. Detestaba ser tratada así, como si no tuviese el derecho de estar plantada frente a la muerte. Oyó el gemido lastimero de Mar al otro lado y se sintió culpable de sus pensamientos envenenados, pues estaba segura que la chica había estado al borde del pánico al verla girar por los aires.
—Quédate ahí, ¿de acuerdo? —le pidió, controlando la histeria. —¿Me escuchas? ¡Quédate ahí! ¡Fíjate si hay bajas o muggles, y llévatelos lejos! —Lily rodó los ojos al vacío. Tranquilamente podía deshacerse de la pared y de las ruinas, y volver al centro del problema en un golpe certero de varita. —Por lo que más quieras, ¡MANTENTE AL MARGEN!
—De acuerdo —masculló a regañadientes, lo suficientemente alto como para que Mar pudiese escucharla por encima del caos.
—¡Vuelve a la tienda de maniquíes! —repitió ella, sin estar convencida de su consentimiento. —Iré a ver si me necesitan y te recogeré luego. Lily, ¡no te dejes ver!
—¡Ya oí! —contestó, perdiendo los estribos una vez más. Marlenne no volvió a chillar, por lo que la pelirroja asumió que ya se había marchado. Si su instinto no le fallaba —y no solía hacerlo—, Fabian iba a necesitar de Mar muy pronto.
Después de años de guerra, Lily podía discernir con facilidad el momento en el que los miembros de la Orden eran débiles: cuando estaban demasiado ocupados preocupándose por los demás, o con tanta rabia barbotando por las venas que no podían pensar con claridad. Por eso los mortífagos habían terminado quebrándolos, estaba segura: porque podían jugar a conciencia con sus lazos.
Procuró ignorar chillidos y estruendos, pidiendo internamente que nadie saliese gravemente herido, cuando lo vio.
Atravesó el dintel de la puerta —milagrosamente en pie—, para dar con lo que suponía había sido una espaciosa habitación. La cama todavía estaba allí, partida al medio y hundida sobre sus goznes, contra el suelo abierto hacia las alcantarillas.
Lily podía ver el paso de una vida en un poster de Quidditch destrozado en un trozo de muro, sostenido solo por una chinche. Se balanceaba al compás del aire viciado, cubierto de polvo.
El muchacho estaba tendido boca arriba, en la esquina opuesta. Tenía los ojos demasiado grandes para estar observando la vida, y la boca congelada en un grito que jamás daría. La joven pudo sentir el vómito retrepando su esófago, a pesar de la cantidad insoportable de cadáveres que había visto en su corta existencia.
El chico no podía tener muchos más años que ella. Y probablemente había encontrado la muerte mientras pasaba la tarde en su cuarto, como todos los días. Suspiró, peleando con las lágrimas e hincó la rodilla en los restos de piso para cerrarle los ojos con cuidado.
Fue entonces cuando atisbó el gemido lastimero a su espalda, apenas perceptible por encima de los sonidos infernales de la batalla mágica que se desataba fuera.
Lily volteó alarmada, y fue en ese momento cuando cayó en la cuenta que el póster desgarrado era de Quidditch. Quidditch.
Esa era una casa de magos.
Se levantó de un salto, haciendo caso omiso al mareo que la asaltó por el movimiento brusco y aguzó el oído para encontrar la fuente del quejido.
El destino pareció auxiliarla en su empresa pues en ese momento, un silencio aterrador se cernió sobre el lugar, como si el dial del volumen hubiese sido girado hasta el mínimo.
¿Los mortífagos se habían retirado?
El gemido se pronunció, dándole a Lily la pista.
Rodeó la cama vencida hasta el otro lado, para dar con una cabeza sucia, de cabello castaño pegado al pozo abierto donde estaba encastrada la estructura. El cuerpo apenas sobresalía más allá de los hombros, parecía atrapada en la canaleta subterránea atravesada por las maderas de la cama.
La persona volvió a quejarse, más alto, y despegó la mejilla para girar la cabeza con los ojos inyectados en sangre, revelándole el rostro tiznado a Lily, que se dejó caer de rodillas a su lado, consternada.
—¿Lily? —murmuró la chica, sin poder encontrar el ángulo para escudriñarle la cara a la recién llegada.
—Merlín santísimo —jadeó la pelirroja, con las manos temblorosas. —¿Jane? ¿Jane, puedes oírme?
.
.
Y luego de este cachetazo de emociones... ¡Hola a todos!
¿Cómo han estado? Pueden deducir por mi rapidez vertiginosa que yo muy en mi elemento: lo único que hice básicamente en esta semana fue escribir. Tanto, que tengo la mitad de los dos próximos capítulos listos, y apuntes para todo lo demás. Sí, ya sé. No estoy tan loca como creen —bueno, un poco sí—, es solo que esta historia me persigue hasta en sueños y como todavía estoy de vacaciones, quise aprovecharlas al máximo para avanzar.
La realidad es que Guerra me consume toda la creatividad y, para serles sincera, también tengo atascado un original al que quiero dar forma antes de que se marchite. Pero soy chica monógama, y solo puedo con una historia larga a la vez, así que... para ir con el original, primero tengo que terminar esto.
Es por eso que los sigo agobiando con estos capítulos kilométricos y dándole material para no ponerse nunca al día con este puto fic. Soy horror, lo sé. Una vez más, utilizo al máximo el tiempo que me está dando la vida real para acelerar las cosas y empezar a atar cabos.
Así que, ¿qué les pareció? 1980 siempre me deja deprimida. Creo que fue el punto de inflexión para la situación, como bien dice aquí BJ. A partir de ese año, la ofensiva de los mortífagos escaló a magnitudes nunca vistas, según mi visión de las cosas. ¿Nunca se preguntaron por qué la muerte de la mayoría de los miembros de la Orden se dio en tan poco espacio de tiempo? Bueno, mi respuesta es esta: Voldemort empezaba a hartarse del juego y lanza una enorme campaña causando estragos, pánico y, al final... muerte.
Pero todavía no nos adelantemos a los hechos. Me interesa muuuucho saber que opinan porque, además de darle al fin un poco de paz a Benji, hemos visto una Alice que consigue sobreponerse a sus fantasmas. Sé que por aquí este personaje levanta muchas críticas así que estoy ansiosa por saber cómo les cayó su papel esta vez.
Por otro lado, quiero agradecer infinitamente a Vanessa, que siempre me deja reviews llenos de amor —no puedo responder por PM porque no tienes cuenta, bella, pero ¡gracias por tus palabras!— y a la maravillosa Jorimargb —si tienen tiempo, pásense por su perfil a leer su AU, no tiene desperdicio— que es un sol y me ha dejado comentarios detallados en todos los capítulos que fue leyendo. Te ofrezco todo mi cielo.
Y para mi magnífica Noe Diosa que no importa dónde esté o qué le esté pasando, siempre tiene un hueco para leerme, corregir y responder mis dudas ante cualquier problema de trama. No sé que haría sin vos, diosa. Ya te sabes el resto.
Y por supuesto, no me canso de ofrecerles mi más profunda gratitud a todos los que se molestan en escribirme por la plataforma que sea: reviews, Twitter, Facebook... GRACIAS ENORMES. Su apoyo me llega al alma y me hace pasar estas sesiones maratónicas de escritura, deseando terminar para conocer su opinión. Y a quienes aún no se animan, ¡vamos! Cualquier cosa será bien recibida. Estamos increíblemente cerca de los doscientos reviews y no puedo creerlo. Tengo pensado hacer algo especial, así que, ya saben, cuánto más rápido pase...
Y hablando de opinión... no quiero sembrar ansiedad, pero el próximo capítulo tiene dos escenas que estuve rumiando durante un buen tiempo y muero por mostrar. Posiblemente esté aquí antes de que siquiera lleguen a extrañarme.
Es todo. Los quiero millones. ¡Espero sus comentarios, que me hacen seguir volando!
Un beso enorme.
Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.
Ceci Tonks.
