Disclaimer: Los personajes de OUAT no me pertenecen, yo solo escribo por y para entretener.
Listo, decidí subir la segunda parte. Ya mañana tendrán su especial. Prometido y si no es así que la sombra de Pan me arranque la mía 3
Por cierto, ¿alguien vio el capítulo pasado de OUAT? ¡Amo a Hades!
El martilleo en mi cabeza era insoportable. La brisa fresca del mar me trajo de nuevo a la realidad. Escupí en el suelo, sentí mi garganta seca e irritada, con un ligero sabor salado en mi boca. –Dioses. –Susurré con dificultad, mi voz saliendo rasposa. Me tallé los ojos con el dorso de mi mano, grave error, solté un grito frustrado al sentir el picor en ellos.
–Idiota– Me repetí. Me quité la bata azulada y me tallé con ésta. Pude abrir hasta entonces los ojos, con un poco de dificultad a pesar de mis inútiles esfuerzos. Sentía las lágrimas abandonar mis ojos, estaba segura que estaban rojos e hinchados. Sacudí mi ropa y me levanté. Los dedos de mis pies se hundieron levemente en la suave y blanquecina arena. Al alzar la mirada me topé con un par de colas de sirenas, había tenido espectadores al parecer. Sonreí sin ganas y me pasé la bata nuevamente por los hombros. Al girarme me percaté de la selva que se extendía más allá y de los sonidos que provenían de ésta. Hice una mueca.
–Bienvenida.
Alcé ambas cejas al observar a un chico encapuchado.
–No esperaba menos. Espera, ¿Peter Pan o uno de los niños perdidos? –Cuestioné con sorna.
–No uno. –Soltó malhumorado. Los chicos empezaron a salir de su escondite, de forma cautelosa, apuntándome con armas.
Tuve un pinchazo que logró marearme. Algo se estaba tratando de escapar, o más bien de entrar, dentro de mi cabeza. –Los niños perdidos. –Murmuré mirando a cada uno de ellos. –Que honorable recibimiento, pero esperaba a su líder. Verán no necesito vacaciones en este momento y según tenía entendido las niñas no eran bien recibidas en Nunca Jamás.
–Haz que se calle, Félix. –Demandó uno de ellos.
Miré al chico que habló y lo callé con mi magia. Mi falsa sonrisa se borró cuando escuché como se tensaba su arco y disparaba la flecha con fuerza.
– ¡Devin! –Gritó con fuerza Félix.
Alcé la mano para detener el trayecto del arma pero una persona se interpuso en su camino antes de si quiera parpadear. Su espalda ancha, su cabello desordenado color miel y sus ropas verduscas me dejaron en claro que tenía a Peter Pan delante de mí.
– ¿Quién lanzó la flecha? – Cuestionó con falsa tranquilidad el líder de los niños perdidos. Estos señalaron al culpable de inmediato.
–La pregunta no es esa. –Solté al ver que el adolescente se encaminaba hacia el chico de nombre Devin. –Sino, ¿por qué estoy aquí? –Interrogué al líder. Apareciéndome delante de Pan al ver que él me había ignorado olímpicamente. –Te estoy haciendo una pregunta. –Mascullé entre dientes.
–Y yo decidí ignorarte. –Musitó con inocencia.
Estreché los ojos al momento que ladeaba mi rostro. –Tienes un punto, pero si me has traído para ignorarme...
– ¿Yo?, pensé que habías sido tú quién pidió venir a Nunca Jamás. ¿O no fue así? –Cuestionó alzando ambas cejas, en sus labios bailoteaba una sonrisa que trataba de disimular cortesía y amabilidad pero en realidad era de burla.
–No te hagas el inocente, no te queda. –Solté. Él se acercó a mí de forma intimidante.
– ¿Fue o no así? –Repitió con menos simpatía que antes.
–Astuto. –Admití después de unos segundos. Debo admitir que me perdí en aquellos ojos, tenía la sensación de haberlos visto mucho tiempo atrás. Mi mirada bajó a sus labios, la sonrisa que había en ellos se ensanchó. Bajé la mirada por su cuello hasta toparme con su cinturón.
– ¿Ven por qué no traemos niñas a la isla? –Cuestionó uno de los niños perdidos a mis espaldas
Me acerqué al líder lentamente. Mi mano se movió más rápido de lo esperado. Pronto me encontraba dándole vueltas a la flauta de Pan que tenía en mis manos. –Es una lástima que no esté para juegos. –Susurré. –Te la daré, me dejarás ir. Porque sé que tú necesitas esto para cierto chico, Henry. –Mi mirada voló a la suya, pero no di tiempo a más.
Los niños perdidos fueron alzados en el aire y aventados lejos, cayendo sobre la fina pero dura arena, creando una nube que les dificultaba enfocar y atacar. Me giré sobre mis talones, en ese momento, me topé con el rostro de Pan a centímetros del mío. Su respiración chocando contra mi piel.
–Astuta. –Confesó al tiempo que su mano viajaba hasta mi cuello. –Pero debo decir que, a diferencia tuya, a mí me encantan los juegos.
Mis manos soltaron la flauta y fueron directo a su muñeca. El chico me miró con interés y seriedad. Estreché los ojos, analizándole de forma pausada.
–Suéltame. –Ordené suavemente.
–A mí nadie me da órdenes. –Masculló entre dientes de forma tranquila y amenazante. El agarre se afianzó y empezó a lastimarme.
–No digas que no te advertí, niño. – La descarga que traté de mandarle por el brazo fue en vano. Pan me soltó. Los sucesos pasaron en cámara lenta. Aparecí una espalda antes de que su daga se clavara en mi cuello. – ¿¡Estás demente!?
– ¿¡Yo!? – Vociferó con ira contenida. – ¡Trataste de electrocutarme!
–Oh no– Susurré con inocencia fingida. Acerqué mi rostro al suyo, las hojas de las armas separándonos. –Trataba de calentar el Pan. –Bromeé sin una pizca de diversión.
– ¿Te crees muy chistosa, no es así? – Cuestionó tras una risa apagada después de escuchar mi mal chiste.
– ¡Fuiste tú quien me arrastró hasta ésta maldita isla para matarme! – Exclamé exasperada. –El que tiene problemas aquí eres tú. No recuerdo haberte hecho nada. –Me defendí, alejándome unos pasos cuando el adolescente puso más fuerza tras mis últimas palabras. Miré de reojo a los niños perdidos que me rodeaban.
–Verás no estás aquí por esos motivos, pero dejaré que lo adivines. –Murmuró mientras miraba de forma distraída la espada que sostenía con una mano.
Aparecí detrás de él pero Pan se giró rápidamente para detener mi estocada. –Te lo dije, no me gustan los juegos, menos los de adivinanzas. –Susurré con desgano. –Y si no piensas decirme el por qué estoy aquí creo que es hora de irme.
–Nadie sale de ésta isla sin mi permiso. –Vociferó con dureza, arrastrando la palabra: mí, de forma posesiva y amenazante. – ¿Ha quedado claro? –Cuestionó tras moverse de tal modo que me terminó por desarmar. Mi espada se clavó en la arena. La punta de la daga Peter contra mi cuello, provocando que alzara la barbilla al sentir el frío de ésta.
–No realmente. –Solté con diversión. La daga se había vuelto caramelo y se doblaba con suma facilidad. Me reí suavemente. El gruñido que provino de la garganta de Peter me dejó en claro que estaba en problemas. – ¿Ups? – Mi dedo índice jugaba con la daga, doblándola y soltándola, provocando un sonido chistoso. –Y yo era la anciana, que malhumorado eres para ser un niño.
La daga volvió a su forma original, cortándome un poco de piel de la palma de la mano. Solté una maldición y di un brinco hacia atrás. – ¿Cuál es tu maldito problema? –Mascullé, apretando la herida. Le miré directo a los ojos.
Pan deslizó su dedo índice por el filo del arma, manchándolo de mi sangre. –Los tramposos nunca ganan, eso es lo que sucede, niña.
Arqueé ambas cejas al escucharle. – ¿Ahora soy una niña? –Cuestioné sin ganas de seguir con aquello. Llevé mis manos a las sienes y me di un ligero masaje. –Vale, mira, no sé qué planes tienes conmigo. De todas formas no tenía en mente interferir en tus intentos de conseguir el corazón del verdadero creyente.
–Eso no es lo que me dijo mi Sombra. –Musitó de forma fría. Su mirada conectó con la mía. Lo curioso de aquel niño es que no tenía ningún brillo en sus ojos esmeraldas, no había nada. Ni un asomo de luz. –Además, ¿cómo demonios sabes eso? –Susurró, bajando la voz hasta solo parecer el soplo del viento.
–Vaya Sombra tan mentirosa. –Susurré, juntando mis manos detrás de mi espalda. Andando lentamente por el camino contrario que él lo hacía. No quería sentirme como presa frente a un adolescente con problemas de personalidad. –Verás, yo quiero... –Busqué las palabras adecuadas para expresarme. –Quiero que Henry llegue a tu isla. Prometo no meterme donde no me llaman. –Aseguré. –Yo podría irme tranquilamente, y olvidaría los sucesos de hoy. Fácil y sencillo, ¿no?
–Tú lo has dicho. –Pan guardó la daga y dejé escapar el aire. ¡Por fin! –Demasiado fácil y sencillo.
Fruncí el ceño ante sus últimas palabras. –Ay, no.
–Oh, sí. –Soltó con una mueca orgullosa el líder de los niños perdidos. Me giré al escuchar el revoloteo del mar, encontrándome con una de las bestias que habitaba el mar de Nunca Jamás. Lo siguiente que sucedió fue que me bañaron literalmente en tinta de calamar.
– ¿Todo el tiempo me distrajiste para darle tiempo a ésta... cosa de bañarme en tinta?
–Exactamente. –Soltó mientras me rodeaba, con aquella sonrisa triunfal surcando su rostro. –Eres demasiado tonta, resultaste ser una completa decepción.
–Awww. Si pudiera moverme me llevaría la mano al corazón, niño. –Solté con fingida decepción. –Lamento tanto decepcionarte. ¡Es más!, ¿podrías aceptar mis más humildes disculpas? –Escupí.
–Cállate ya, niña. ¿No ves la posición en la que estás? –Cuestionó el encapuchado, quien se había acercado y le había tendido el mazo que cargaba a uno de los niños perdidos.
Pan se río, esa carcajada sonó oscura y no prometía nada bueno. –Está bien, Félix. Deja que se desahogue, es una mala perdedora.
–Y tú un tramposo. –Aclaré de inmediato por sus palabras. Tomé una bocanada de aire y dejé escapar el aire lentamente. –Sabes que los efectos de la tinta no duran para siempre.
–Para ese entonces tú estarás en un lugar muy lejano, donde no provoques inconveniencia alguna. –Comentó Pan con una pequeña sonrisa de autosuficiencia.
– ¿Pensé que era una decepción? –Cuestioné con ambas cejas alzadas.
–Una chica enojada es capaz de cometer cualquier tontería. Sólo causarás más problemas para nuestro líder. –Ladró uno de los arqueros de Pan.
Rodé los ojos al escuchar al pequeño niño. –Vaya, ¿me debo sentir halagada que hayas planificado todo esto por una niña tonta y, que cuando se pone colérica, puede causarte problemas? –Interrogué a Peter, con diversión y burla. –Si es así, gracias.
– ¿Qué nunca te callas? –Cuestionó con fastidio.
Yo me reí con ganas. –Cállame.
Peter Pan me miró directamente a los ojos. Se acercó con grandes zancadas y alzó la mano. Abrí ligeramente los ojos. Mi cuerpo se quería remover inquieto al sentir mi orgullo gritar con ímpetu. ¡Nadie me pondría una mano encima!
Su mano jamás bajó como mi mirada nunca se apartó de la suya. Su respiración chocaba contra mi rostro. Era errática y, conforme pasaba el tiempo, se volvía más irregular. Podía ver el enojo inundar sus ojos esmeraldas y oscurecerlos gradualmente.
Mi corazón dio un vuelco. Sentía como el frío se apoderaba de mi cuerpo. Mi cabeza empezó a martillearme con fuerza conforme pasaban los segundos.
–Aléjate. –Musité con el ceño fruncido por el dolor que estaba nublándome el juicio. Imágenes borrosas aparecían lentamente por mi cabeza, una más difusa y complicada de entender que la siguiente. – ¡Aléjate, Pan!
– ¡Tú no ordenas nada! – Gritoneó. Su mano voló a mi rostro, pero jamás me pegó, su dedo índice y pulgar aprisionaban mis mejillas con fuerza. Cuando mi cuerpo entró en contacto con el suyo las imágenes se volvieron más vívidas y más claras. El dolor de cabeza se extendió por todo mi cuerpo. Tenía la sensación de estar quemándome por dentro.
– ¡MALDITA SEA, SÓLO SUÉLTAME!
Aquellas palabras pugnaban por salir de mi garganta de forma desgarradora. Pero jamás fueron pronunciadas. El dedo pulgar de Pan se movía lentamente por mis labios, sellándolos con un hechizo.
–Mucho mejor. –Musitó con alivio cansino. Cerré los ojos con fuerza cuando las lágrimas se empezaron acumular en mis ojos.
El golpeteo incesante en mi cabeza me tenía mareada y estresada. Me aturdía y nublaba mi sano juicio. Todo a mi alrededor se empezó a nublar y lo único que veía eran sus ojos (los cuales observaban mis labios), su contacto contra mi piel era de lo poco que me mantenía cuerda.
–Por favor. –Articulé con los labios. El sonido jamás salió pero él claramente había entendido lo que le estaba pidiendo.
El chico sonrió con sorna pero no hizo amago de moverse. Ladeó la cabeza con curiosidad. Con sus otros dedos retiraba las lágrimas que se desprendían de mis ojos y se resbalaban por mis mejillas. Sólo entonces, tras aquel gentil y suave gesto, como si temiese que pudiese romperme bajo su contacto, un recuerdo llameó e incendió mi cuerpo.
– ¿Estás bien? – Cuestionó con voz entrecortada aquel chico que se encontraba encima de mí. La oscuridad me impedía ver de quién se trataba. Podía sentir con claridad el aliento caliente golpetear contra mi piel y quemarla tras entrar en contacto. A pesar de la poca luz que se encontraba en el lugar podía notar la ligera capa de sudor que cubría su torso desnudo. Su cabello castaño caía sobre sus ojos, de forma desordenada, pero de alguna forma le hacía ver atractivo.
–Sigue. – Aquella voz había sido la mía. Sonaba suplicante y anhelante al mismo tiempo. Mis manos se habían aferrado a sus hombros.
– ¿Segura?
– ¡Que sí! – Gemí, algo malhumorada. El adolescente se río con ganas. Yo me removí bajo suyo. El chico se movió rápidamente y aprisionó mis muñecas por encima de mi cabeza.
–Pídemelo. – Exigió, prácticamente me había ordenado.
Yo me reí. –Ya te lo he pedido.
– ¿Cuándo? –Cuestionó haciéndose el desentendido.
Gruñí y lo empujé. Colocándome encima de él. – ¿No te acuerdas?, déjame ayudarte. –Susurré con voz sensual antes de empezar a moverme.
El aire entró a mis pulmones de forma brusca. Había sido como emerger del agua después de mucho tiempo de estar bajo ella. Mi cuerpo se sentía cortado y pesado, hasta pereza me daba moverme y comprobar en el lugar que me tenían presa.
– ¿Crees que deberíamos llamar a Pan?
Esa voz había sido de uno de los niños perdidos. –Avisa a Félix que la chica ha vuelto a respirar.
Abrí los ojos lentamente. No tenía prisas por moverme de aquella cómoda cama. El techo de madera, la poca luz que entraba, el olor que inundaba el lugar y los ruidos de las cercanías me indicaban que me encontraba en una casa en el bosque. Más bien dicho, en una casa del árbol.
Me apoyé en mis codos y me alcé lentamente. La frazada que cubría mi cuerpo cayó hacia adelante. Me recargué contra el respaldo de la cama, acomodando las almohadas en mi espalda para estar más a gusto. Sabía de antemano que la habitación estaba hechizada, tenía una protección donde -según la persona que lo lanzaba- podía mantener un objeto o persona dentro. Era mi pequeño castillo-prisión. Como la historia que había creado Rumpel años atrás para cubrir mi ausencia.
Cerré los ojos y me dejé llevar, agudicé el oído para escuchar más claramente lo que sucedía a las afueras de la casa del árbol. El hermoso cantar de los pájaros resonaba por las cercanías, unos cuantos gruñidos y parloteos de animales que habitaban en la isla se podían oír también. El olor que desprendían los pinos y otros árboles predominaban en aquella habitación, relajándome paulatinamente.
La zona del bosque se extendía mucho más allá. La isla era enorme. Incluso...
Rapunzel.
Aquella voz me era familiar, era grave pero al mismo tiempo tenía un toque tierno, incluso suplicante.
Rapunzel, ¿vendrás pronto?
¿Quién era ésta persona?, ¿por qué estaba esperándome?, ¿con quién hablaba?
Te extraño. También Peter lo hace.
Esto se volvía más confuso conforme escuchaba.
Él me desterró a ésta isla junto a Rufio por defenderte, pero hicimos lo correcto, ¿no?, jamás nos abandonarías. Yo sé que vendrás y harás que Pan entre en razón... pero, no te olvides de nosotros, eso no...
–Veo que has despertado.
Abrí los ojos lentamente. Aquella voz que sonaba como eco había desaparecido en el momento en que escuché el comentario del líder de los niños perdidos.
–Que perceptivo. –Elogié con dulzura y una pequeña sonrisa.
Peter Pan sonrió sin gracia al notar mi comentario sarcástico. –No me hagas arrepentirme de ser tan generoso contigo.
Los gemidos y jadeos inundaban la habitación. El joven me tomó de la cintura y me giró. Mi espalda chocó con brusquedad contra la mullida cama. En sus ojos había un fuego y un brillo que no se comparaba ni con la luna de aquella noche.
– ¿Demasiado para ti? –Cuestioné con la voz entrecortada. El adolescente se aferró a mis caderas tras escuchar mis palabras.
–No me hagas arrepentirme de ser tan generoso contigo. –Se burló con una sonrisa ladina en el rostro.
–Te estoy hablando.
Parpadeé al escuchar la voz tranquila pero demandante del líder de los niños perdidos. El adolescente se apoyaba en el arco de metal que estaba a los pies de la cama.
–Dolor de cabeza. –Me excusé, evitando su mirada. Esos ojos esmeraldas eran los mismos que había visto en las visiones que tenía. Y debían ser eso: visiones, no podían ser recuerdos ¿o sí?, de ser así y en la remota posibilidad de que fueran memorias. ¿Quizás todo lo que había vivido no solo fueran coincidencias?, si la respuesta era esa, entonces todo parecía encajar a la perfección. Y la respuesta a todo esto era clara. Bien sabía el destino que sufriría Pan después de la victoria de los héroes. El seguro de vida era para él, para traerlo de vuelta. ¿Por eso no lo recordaba y él no se acordaba de mí?, ¿entonces por qué nos encontrábamos en la playa en Storybrooke y me contó todo aquello?
Si el hechizo había funcionado bien él no debería tener memoria alguna sobre mí. Pero era claro que conocía sobre mí, entonces... ¿por qué su mirada lucía tan vacía y oscura?, ¿realmente había tenido algo fuerte con aquel chico perdido?
El adolescente arqueó ambas cejas al escuchar mi respuesta. Ladeó el rostro, sopesando mis palabras.
–Puede ser por el golpe que tuviste con uno de los árboles... –Le miré con confusión cuando me confesó aquello. –Cuando Félix te cargó y te trajo hasta aquí.
–Estuve inconsciente y cuando me trajeron a este lugar no tuvieron ni la delicadeza en hacerlo. –Bufé divertida. –Es de esperar de los niños perdidos. –Sonreí de forma ladina. –Es normal que no haya niñas perdidas aquí, todas han de huir con sus malos tratos.
–No serían capaces de sobrevivir, ¿no ves?, son tan delicadas...
–Somos inteligentes, tenemos el instinto de supervivencia mejor desarrollado que el de ustedes. Preferimos la buena vida. –Alegué con una media sonrisa. –Una como la que tenía en Storybrooke.
–Son insoportables. –Se quejó con frustración.
– ¿Soy insoportable, Pan? –Cuestioné, acomodándome contra las almohadas. – ¿Entonces por qué sigues aquí? –Canturreé. – ¿Podría ser que aunque sea una niñita insoportable te agrade mi compañía?
–No me gustaría nada más...–El chico se adelantó y acarició mi mejilla con el dorso de su mano. –Que arrancar todo oxígeno de tus pulmones. –Su mano voló a mi cuello, hundiéndome en las suaves almohadas. Le miré con burla y él apretó el agarre ante mi mirada. –Deshacerme de ti y no tener que preocuparme por alguna interferencia tuya.
–Créeme, ¿yo?, tus preocupaciones no se tiene que centrar en mí. –Musité con dificultad por el corte de entrada de aire. Pan me miraba con una chispa de advertencia. –No puedes matarme, de lo contrario no estaría en este lugar.
– ¿Quieres apostar? –Cuestionó mientras acercaba su rostro al mío.
¿Debería jugar con él? –Lo estoy haciendo, –musité con una sonrisa de autosuficiencia. – ¿Por qué no has aplicado más presión si te soy tan molesta?
– ¿Por qué? –Cuestionó él. La mano que aprisionaba mi cuello aflojó su presión. Pan me miró confundido, parpadeando más de lo normal. Mi sonrisa aumentó de tamaño. –Solo juego. –La sonrisa sádica apareció en su rostro antes de agarrar con fuerza mi cuello, con ambas manos, haciendo más presión hasta cortarme toda entrada de aire.
Abría y cerraba la boca en busca de aire. Mis manos se movieron torpemente buscando apartarle, pero mis vagos e inútiles empujes parecían ser una caricia para él.
–Pensé que te había perdido. –Confesó el castaño, mirando el horizonte, el reflejo de la luna se veía claramente en el lago de las sirenas.
–Eso es algo casi imposible. –Musité divertida. Crucé mis manos detrás de la espalda. Me incliné un poco hacia adelanté para ver el reflejo de las estrellas en el agua. –No puedo morir.
–No sabía eso, ¡debiste decírmelo, demonios!, ordené la muerte de todo indio. Yo no me arrepiento, pero merecía saberlo.
Rodé los ojos. –Estabas amenazando la confianza que había depositado en ti, diciéndome que todo lo que habíamos vivido era una falacia. ¿Realmente estás en derecho de reclamarme?
–No soy un héroe, Rapunzel. Esas cosas las hacen los villanos. –Escupió con crudeza. –Pero lo que no toleraría sería perderte.
–No lo harás. Aunque si sigues así de empalagoso me iré, podré convertirme en una estatua de golosinas si sigues así. –Jugueteé con él. Pan se giró solo entonces. Su mirada estaba oscurecida aún más por la noche.
–No puedes irte, no puedes amenazarme con eso. –El chico jaló mi muñeca, con una sonrisa genuina pero traviesa en su rostro. –No puedes hacerlo con nada, de hecho. Estás en mi isla, ¿recuerdas?
Puse los ojos en blanco al escucharlo. –Tú y tu manía de arruinar todos los momentos lindos que puede haber entre nosotros, Peter.
El adolescente arqueó ambas cejas. -Ya veremos si es cierto- Susurró, pegándome a su cuerpo al momento en que nuestros labios se conectaban.
N/A: ¡Hola, espero les haya gustado el capítulo!
Aby: ¿Hola, muchas gracias por pasarte y la paciencia :S!, espero que te hayan gustado los capítulos de hoy y me entusiasma mucho leer que te sigue sorprendiendo, ¡eso me alegra muchísimo!
Vira: ¡Hola, tiempo sin saber de ti!, lamento que haya pasado tanto tiempo sin noticias. En cuanto a ellos dos, posiblemente te de una sorpresa o quizás no. Porque si bien Rapunzel no es santa tampoco es extremista como lo es Peter Pan y sí, normalmente lo veo más sádico pero, como todo, una persona cambia aunque sea un poquitín cuando se relaciona con otra. Quizás por eso está más blandenje en la historia xD. ¡En fin, espero te haya gustado, nos vemos mañana!
Por último gracias a aquellos que leen aunque en silencio.
Saludos!
