Disclaimer: Ni Sweeney Todd ni su flipante música me pertenecen. ¡Pero eso no significa que no pueda disfrutar de ellos! ^^
Copyright: Por favor, no copiar :)
WAAAAA ¡Con este bato mi record! ¿Y qué hay más bonito que poner un capitulo intrigante y profundo como record?
(¡No queda ningún capitulo para batir mi record!... ¡Ya es record!)
Últimos Contratiempos
Era medianoche, Londres estaba calmada, como si todo el mundo se hubiese quedado en silencio para ver qué ocurría, como en un teatro cuyo principal espectáculo fuese a empezar.
Incluso el viento había amainado, y ya sólo era una suave brisa.
En las calles silenciosas y oscuras, corrían cuatro siluetas hacia el puerto con bastante prisa.
—Venga, Sra. Lovett, ya estamos cerca —la animaba Sweeney Todd, tirando de ella hacia el barco.
La mujer había sufrido una repentina mejora gracias a los cuidados del barbero, pero estaba bastante lejos de estar sana. Seguía pálida y bastante deshidratada, por no decir que estaba en los huesos.
Al menos podía andar.
—Estoy cansada —se quejó aun siendo perfectamente consciente de que debían escapar.
—Descansará en el barco, señora Lo- —se vio cortado ante los gritos de una muchedumbre.
—¡Allí están! —gritó un hombre.
Tobías, Anthony y la pareja se giraron para ver a Turpin con Johanna fuertemente agarrada, y cinco hombres armados.
Todos se quedaron petrificados. Los atacantes y los prófugos. Tal vez fue por ver al asesino encargado y a la mujer que iba a asesinar juntos, o por verse descubiertos por el padre que a la hija quería matar, y el jefe que le había ordenado hacerlo.
Fuere como fuera, todos fueron pillados desprevenidos. Sobre todo cierta muchachita de pelos dorados como el sol.
—Johanna... —susurró el Sr. Todd, dando un vacilante paso hacia ella.
—Lucy... —susurró ella, mirando a su hermanastra—. Lo siento... —una lágrima se le escapó.
—Una familia reunida es una familia feliz —rió Turpin, tirando de Johanna y avanzando solo el espacio que quedaba entre ambos grupos, quedándose en el medio.
—¿Qué quieres? —escupió el barbero sin respeto alguno, cogiendo y acercando a su propia "prisionera" de modo protector.
—Un intercambio —sugirió como si fuera el señor que no era—. Su hija por mi hija, ¿qué le parece?
Ante aquella demanda, Sweeney Todd, por primera vez, se vio entre la espada y la pared. Era imposible elegir entre ellas, aunque muchos ya hubiesen elegido, él no podía.
¿Cómo elegir entre a la mujer a la que amaba, además de ser la hija de la mujer a la que más había querido en su vida y hermana de la hora, y la que era su hija?
Era imposible. Sí, la Sra. Lovett era infinitamente más joven que él, y más alocada, pero la quería. Y Johanna era su hija, sí, pero no la había visto crecer. No podía pedirle el amor que le tendría a un padre.
Y renunciar a una de las dos significaba ponerla en las manos de aquél cerdo.
—No puedo —se lamentó al final, bajando la cabeza—. No puedo elegir... —susurró.
La Sra. Lovett, que estaba apoyada en su hombro debido al cansancio, levantó la cabeza y le miró con debilidad.
—Elijala a ella —pidió, obligándole a alzar la cabeza sorprendido.
—No, Sra. Lovett. ¿Qué dice? No, no puedo hacer eso...
—¿Qué dice esa cobarde? —gritó Turpin, riéndose a mandíbula batiente—. Quiere que la elija ella, ¡seguro!
—¡NO, IMBECIL! —le gritó el barbero cabreado de verdad.
—Sr. Todd... —susurró con esfuerzo, y él bajó la cabeza para escucharla mejor.
Todo el mundo miraba a la pareja expectante. Tobías tenía ganas de lanzarse a agarrar a uno de los dos malnacidos y hacerles pedazos, pero Anthony le contenía ilusionado con la idea de que Johanna volviese a su lado.
Le daba pena perder a la Sra. Lovett, pero Johanna era Johanna...
—... le quiero... —susurró en su oído—. Pero conmigo no tienen... posibilidades. Muy probablemente... muera... de todas formas... ¿qué más da... antes... que después? Moriré igual... prefiero que sea rápido... por favor, haga lo que le digo.
—Pero...
—Le quiero, y siempre lo haré —juró.
Llorando levemente y con esfuerzo, se separó de él. No podía frenarla, no se veía con fuerzas para hacerlo estando tan conmocionado como estaba. Ella asintió apenas, y se alejó unos pasos.
—¡Lucy, no! —gritó Johanna inútilmente.
—¡Sra. Lovett! —se revolvió Tobías.
—Eleanor... —susurró el barbero.
—Es lo mejor... siempre estaré con usted —le sonrió llorando, antes de volverse y dar unos débiles pasos hacia su padre.
Antes de dar cuatro, cayó al suelo, y Johanna se lanzó a cogerla antes de que tocara el cemento.
—Lo siento, lo siento —lloraba, abrazándola.
—Está bien —susurró—. Es lo mejor. Déjame, vete, sé feliz. Ahora te toca a ti.
Johanna la levantó con cuidado, y cuando quiso llevársela consigo, Turpin tiró de la enferma y las separó.
—¡Vete! —gritó en un último esfuerzo la panadera.
