Capítulo
-35-
El encantamiento de la Bestia
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Disclaimer: Esta historia posee alto contenido sexual, se recomienda discreción. O sea +18 años.
La historia es mía, los personajes no.
¡Gracias por leerme!
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Todo mi cuerpo se tensa y se relaja casi al mismo tiempo en que su boca toca la mía. La desesperación del beso es casi comparada como cuando has estado tanto tiempo debajo del agua que respirar profundamente es solo el alivio. Eso es lo más cercano que puedo describir lo que ahora siento. Isabella se apretuja contra mi cuerpo debido a la fuerza que ejerzo para poder hacer que no se separe de mí.
Maldita sea, la he tomado desprevenida. ¿Qué más podría haber hecho? Mi boca está tan necesitada, tan violenta y salvaje contra la suya. Mis labios, ardiendo ni siquiera han esperado la respuesta. Debe ser el miedo actuando por mí. Aplasto sus labios un sinfín de veces y cuando siento que no responde, meto la lengua y saboreo su dulce saliva. Ella gime y el sonido glorioso de su disfrute envía señalas directas, calientes y profundas hasta mi entrepierna. No puedo más, de verdad que no. Más de una semana sin ella y me estoy volviendo loco. Levanto su pierna derecha y la enredo a mis caderas. Empujo y empujo hasta que mi abultada erección sobresale y toca su sexo. La tela nos separa pero mi alma ya está desnuda.
Gimo cuando la siento corresponderme después de tanto forcejeo — debo admitir— y sus manos pequeñas se enredan en mi nuca, haciendo nudos en mi cabello. Nos respiramos, nos bebemos y entregamos. Es ahora, es aquí. Quiero decirle tantas cosas pero tengo miedo que después de lo que ya dije, pueda arruinarlo.
¿Es precipitado? No lo sé. Mi brazo con dolor pasa a un segundo plano, porque todo su calor hace que me sienta enérgicamente invencible. La tomo apenas, tratando de caminar sobre la punta de los pies. Chocamos las caderas en un bailoteo apasionado y me encuentro como un lobo hambriento besando su cuello, oliéndolo, lamiéndolo, chupando cada rincón de su piel hasta situarme en medio de sus pechos. Por encima de mi vista, fijo los ojos en su cara mientras meto una mano por dentro de su blusa. Bella abre los labios violentamente cuando esta, pasa por debajo de su sostén y pellizco sus pezones deliciosamente erectos. Tallo los dedos por encima y siento su piel desatarse en un delicioso orgasmo dérmico. Regreso hacia al sur de su delicado cuerpo y vuelvo atacar su cuello, su bendito punto débil.
Ella gimotea cuando le saco la blusa de un solo movimiento y las tiras de su sostén quedan a cada lado de sus senos.
Nos miramos a los ojos por unos segundos.
Su cara se transforma en otra. La chica dulce y enfurruñada se ha dormido para dejarle lugar a la mujer caliente y deseosa que conozco.
El espeso chocolate se derrite y flamea contra los míos y puedo jurar que antes de cerrarlos, estos, brillan totalmente antes de meterme entre los labios su rosado y erecto pezón. Chupo descaradamente y ella gime tan desvergonzada que comienzo a sentir calor por todos lados. La ropa me estorba, la respiración se me dificulta.
Balanceo la lengua de arriba abajo por en medio de su pecho y por respuesta, ambas manos tiran de mi cabello. Gloriosamente, me doy cuenta de que no es para detenerme. Pronto me quito, porque no quiero que se venga de ese modo. Me ocupo de nuevo a su boquita húmeda y pronto tomo su cara entre mis manos.
Luego un brazo — el sano—, la tomo por la cintura y a trompicones, caminamos hacia la cama. La recuesto gentilmente. Cuando su espalda yace sobre el colchón, su pecho sube y baja con acelerado ritmo y me mira.
Me quito el suéter y la camisa. El vendaje opaca el acto, lo sé, pero no le doy tiempo para pensar. Me deshago de sus zapatos y pantalones, para así llevarme la grata sorpresa de una delicada ropa de algodón.
Me relamo los labios, incluso este tipo de prendas me ponen como loco.
Bella cierra las piernas en acto de reflejo pero el instinto animal me gana y yo se las abro. La miro a la cara y la descubro mordiéndose la boca y toda mi puta cordura se va a la mierda. Desgarro la ropa y la tiro en alguna parte de la habitación. Ella chilla en acto reflejo y su piel blanca se torna roja por el lado de sus caderas. Tomo ambos tobillos y los separo a más no poder, siempre sujetados por mis manos.
Y me cierno sobre ella para después saborear su íntimo regalo. Si, su regalo hacia mí.
Sisea de placer, la siento temblar cuando mi lengua pasa por toda la extensión de su jugoso y húmedo sexo.
—Edward— suspira gentilmente.
Mi mundo se detiene. Cierro los ojos, maldita sea. Yo, Edward Cullen, me siento el hombre más afortunado que ha tocado este mundo. Su voz es un canto de sirena para mí, su voz diciendo mi nombre en medio del placer, me hace mortal y Dios. ¿Blasfemia? No me importa, no me importa. Amo con profundidad a esta mujer que justo ahora me entrega su intimidad, sus miedos, maldita sea, su éxtasis…
—Mi Isabella— murmuro y pronto me entrego a su boca de fresa.
Nos entregamos en un tórrido y apasionado beso, uno donde no puedo despegarme. ¿Por qué lo haría? ¡La deseo! ¡La amo!
Sus manos se enredan a mi espalda y suaves caricias se deslizan por mi torso. Abre las piernas a manera de instinto y rápidamente me coloco entre ellas. La miro a los ojos, sosteniendo su dulce cara entre mis manos, acariciando su frente, sus mejillas. De arriba abajo a observo y ella me corresponde.
—No tienes la más mínima idea de lo que quiero hacerte— murmuro sin un apice de vergüenza.
Pasa saliva en silencio y suspira.
—Házmelo…— responde.
Alzo una ceja sorprendido.
—Ni siquiera sabes qué es lo que quiero…
Se muerde los labios y sonríe.
—¿Qué importa? De seguro es lo mismo que yo…
Pero no le doy tiempo de pensar más. Uno mi boca de nuevo a la suya pero esta vez de modo suave. Sus brazos caen perezosamente por encima de mis hombros y suspira pesadamente. Mi frente se recarga en la suya y una gota de sudor resbala por mi sien.
—Te amo, Isabella Swan— repito a la par en el que mi sexo entra al suyo despacio.
Su cuerpo se tensa por la intromisión cuando con urgencia me recibe alzando las caderas. Su cara se deforma en un gesto de placer completamente ido. Me muerdo los labios. La punta de mi verga toca de a poco disfrutando y saboreando con derrochante lujuria el calor de su cuerpo amoldado por el mío. Me deslizo y me retraigo. Ella alza las rodillas a la altura de mis costillas y vuelve alzar el coxis. Me detengo y la beso una vez más. Está tan deseosa como yo, así que busca rozarse para comenzar el vaivén pero no puedo aún hacerla completamente mía porque quiero recuperar todos esas noches en que no pude hacerle el amor.
—Te necesito— sisea contra mis labios.
Su aliento caliente me descontrola.
¿Cuánto tiempo he sentido lo mismo? ¡Incluso lo he pensado!
—También yo— me doy por vencido y entro de golpe a su interior, sintiendo como los músculos de mi espalda y brazos se tensan sosteniéndome de la cabecera de la cama. Flexiono las rodillas, matando cualquier centímetro que quede entre su sexo y el mío y me quedo quieto, sacando el aire entre los dientes y escuchando su jadeo seco por el golpe de mi cuerpo dentro del suyo.
Echo la cabeza hacia atrás, casi gritando en silencio y vuelvo la mirada hacia su cara para ver su boca abierta completamente y con los ojos cerrados. Tiemblo, como si fuera la primera vez de todas.
No lo sé. Me quedo embelesado admirando sus pechos desnudos y la perfecta forma de su vientre, me desvivo deleitándome con el cuadro de nuestros cuerpos unidos y la magnífica sensación de nuestros calores mezclados.
Ámame, ámame, ámame, suplico en silencio cuando me comienzo a moverme.
Bella enreda sus manos a mi pecho, mi espalda, mi cabello.
Me sujeto de lo que puedo para no perder la cordura también cuando su dulce boca besa mi pecho y muerde mis hombros. Elevo las caderas hacia el sur en repetidas veces que no puedo evitar gemir abiertamente.
A este punto no me sorprendería que los demás supieran lo que estaos haciendo. ¡Qué diablos me importa!
Nos movemos tan fuertemente que pronto el sonido de nuestras pieles comienzan a hacer eco en la habitación.
El sonido mi vuelve loco. Mi instinto animal se despierta al cien por cien y pierdo la cordura.
Me salgo de golpe de su interior y con la fuerza suficiente la giro sobre su pecho, sus manos quedan en modo de sumisión y encojo sus piernas para que su perfecto culo quede elevado. Chupo mi dedo pulgar derecho y lo deslizo por en medio de sus nalgas. Ella gime y gira la cabeza para poder observarme.
—¿Qué haces? —sisea temblorosa.
—Hacerte mía… Pero espera— sonrío como un maldito demonio—: ya lo eres.
Me arrodillo frente a ella y beso cada nalga, agarrando cada una con cada mano, separándolas lo más posible y antes de que puedo objetar algo, paso la lengua desde el inicio de su sexo hasta el inicio de su ano.
Chilla y se retuerce negando y gimoteando contra la almohada. Sostengo su cuerpo a cada lado de sus caderas para que no se mueva y repito el acto, clavando la punta de la lengua en ese lugar jamás explorado. Contra su cuerpo mientras yo me encargo de humedecerla lo suficiente como para intentar algo diferente.
Mis dedos largos separan los pliegues de su sexo y la penetro con dos mientras mi lengua moja su zona erógena. Bella gime sin poder contenerse mientras su espalda tiembla y mi erección crece y engrosa. Tengo mi verga tan dura y firme que acaricia mis muslos mientras se balancea a la par que me arrodillo para chuparle toda la humedad que contenga su delicioso y dispuesto cuerpo.
—¡Edward! — grita sin poder contenerse cuando mi lengua traviesa la penetra un poco y los dedos comienzan a jugarse dentro de su sexo con más fuerza y más profundidad. Su cuerpo se estremece y me baña el dedo medio e índice con su abundante excitación. Su orgasmo es tan potente que me hace gruñir fieramente sin poder despegar la cara de mi delicioso postre.
La verga me duele, sigo mi trabajo sin importar qué suceda y ella se desgarra los pulmones cuando el orgasmo continúa y las paredes de su vagina se tensan deliciosamente. El líquido es tan abundante que moja las paredes internas de sus piernas y parte de la palma de mi mano. Con el culo aun parado y de rodillas, dejo de chupar su ano y me coloco en posición dominante. La sujeto por el hombro mientras acomodo su cuerpo flácido y relajado por la culminación.
Tallo mi glande con fuerza para no perder la erección — como si eso fuese posible— y la sostengo.
—Prepárate nena— murmuro—, no hemos terminado.
La arremeto fuertemente y su cuerpo se tensa de nuevo recibiéndome con sumisa violencia.
Bombeo contra su sexo — aunque las ganas de probarla de otro lado me cruzan por la cabeza, literal— y sostengo sus caderas para que siga recibiéndome sin caerse.
Gimo fuertemente cuando los charcos de su orgasmo hacen ecos contra la punta de mi verga. Estoy caliente y descontrolado.
La penetro con demencial fuerza cuando noto que sus nalgas comienzan a ponerse rojas por el golpeteo de la penetración y la nalgueo. Sujeto de nuevo su nombro y me cierno sobre ella para poder chuparle el lóbulo de la oreja derecha.
Entre gruñidos y gimoteos primarios, logro hablarle.
—¿Tienes una maldita idea de lo mucho que te amo? ¿Tienes una maldita idea de lo jodidamente deliciosa que eres?
Su cara deformada por el placer me indica que solo es sensaciones. Chupo su lóbulo de nuevo y un gemido profundo sale de su garganta.
—Más— me pide y yo sonrío.
—¿Más qué, Isabella?
—Más duro— me pide.
—¿Quieres que te coja duro?
—Sí… Por favor— ruega a medio suspiro.
—¿Cómo quieres que te coja, Isabella? Dime, te haré lo que me pidas, bebé— susurro de nuevo contra su oído chupando su cuello sin dejar de moverme—. Te haré y daré lo que me ordenes, preciosa… Lo juro, lo que sea es tuyo…— gruño con la cara completamente girada hacua la suya.
—¡Dios! Harás que… Me venga de nuevo… Sí me sigues hablando así…— se muerde la boca.
—Eres mía— la incito—, mi mujer… Mi maldito y bendito placer… Eres mi fantasía, mi perdición… La fantasía más erótica que he tenido… No puedo esperar para que te vengas de nuevo y me mojes la verga otra vez con tus jugos, nena.
—Edward… — chilla cuando esta vez acelero.
—Dime, bebé… Dime… Qué es lo que quieres pero no dejes de decir mi nombre…
—Pruébame… Pruébame otra vez… Por favor, Edward… Haz lo que hiciste de nuevo, mi amor…
Me detengo de golpe por lo que acabo de oír.
No puede ser, ¿lo dijo? ¿Me lo dijo?
¡¿QUÉ ES LO QUE QUIERE ESTA MUJER?! ¡Le doy el puto mundo, se lo doy maldita sea!
Vuelvo a menearme con más energía e ímpetu después de haberla escuchado decirme así.
Mi amor, mi vida, mi reina, mi cielo, mi dulce perdición, mi ¡Todo! Vuelve a decirlo otra vez y te secuestro para que seas solo mía, vuelve a decirme eso y te juro que pongo el puto mundo a tus pies, mis creencias, mi cuerpo, mi mente, mi alma… Todo rendido ante ti… Sólo falta algo más… ámame, ámame, ¡ÁMEME! Te lo ruego…
Quiero gritarle una vez más lo que siento pero su voz dando vueltas en mi cabeza en un torrente infinito que me hace salir de este mundo. Ella es mía, tan mía que corre peligro para su propio bien.
Quiero llevármela lejos, donde nadie la toque, quiero hacerle el amor a cada despertar, atardecer y anochecer… Cada madrugada si es posible. Mimarla, malcriarla, llenarla de regalos absurdos que la hagan una chiquilla insolente pero muy mía. ¡Mía solamente! Llenarla de joyas, ¡Putas joyas! Y que solo vista eso para mí con enormes zapatos…
O tal vez sí, pero ropa interior pequeña que pueda desgarrar fácilmente… Maldita sea, no me importaría quedarme en la bancarrota por ella.
Me muevo tan rápidamente que siento la punta de mi erección forcejear contra su piel blanda y el anuncio de mi culminación me hace erizar la piel de mi pecho y mi espalda. Me salgo de su cuerpo y la giro.
Bella parpadea sin entender y leo en sus ojos la pregunta que se ha hecho internamente.
—Quiero venirme mientras te veo a la cara — siseo a la par que de nuevo entro de golpe a su cuerpo y levanta las rodillas por la sensación. Su piel roja se tensa y yo bombeo un poco más despacio mientras sujeto su cara entre mis manos y beso sus labios.
—Edward… Mi amor— repite de nuevo y pego su frente a la mía para que como disparador, verme reflejados en sus dulces ojos y venirme violentamente en su interior.
—Isabella, mi amor… Te amo…
La descarga de mi semilla dentro es caliente y abundante, tiemblo a la par que mi pecho se vuelve rojo y se agita con fuerza. Ella me acompaña increíblemente desfasados apenas por unos segundos con la sensación de placer. Su excitación y la mía se mezclan y el desborde de mi culminación sale de su sexo tan eróticamente que sigo temblando ante la vivida imagen obscena y sensual que acabo de presenciar.
Me caigo sobre su pecho sin aplastarla y la envuelvo en mis brazos, apretándola contra mi pecho. Las vendas de la herida están mojadas por el sudor pero no me importa. La aferro contra mi cuerpo y cierro los ojos.
He sido bendecido.
—Abrázame, por favor— pido de súplica y ella lo hace.
Nos sostenemos el uno al otro como si fuésemos a volar por el aire.
Bella entierra su cara en mi pecho y suspira larga y tendidamente. Está rendida.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos pero mi sonrisa es evidente y enorme.
—Fue increíble— susurra.
Sí, maldita sea, fue glorioso.
—Por supuesto que lo fue— respondo.
Ella ríe y yo la miro a la cara.
—Quien diría que eres un romántico… Tú me dijiste que…
Desvío la mirada y suspiro. Sé lo que dije. Me avergüenza justo ahora. ¡Puto lío mental!
—Hablando de eso, yo… Sé que… Lo que te dije fue algo que no esperabas y que por supuesto no estás obligada a…
Pero me besa la boca y todos mis pensamientos se disipan.
—Sé lo que dijiste— explica—, sé lo que significa y yo…— niega—. No quiero que te pase nada por mi culpa. Amarme no podría llevarnos a algo bueno… Lo que te pasó fue por mi causa y yo no podría soportar que…
Niego.
—¿Qué podría pasar? ¿Tienes miedo a que si me correspondes podría ir todo mal?
Ella asiente.
—Nada puede detenerme— la beso—. ¿Qué podrían hacer? ¿Intentar matarme?
—No juegues con eso— frunce el ceño.
Y yo beso su frente.
—Nadie me separará de ti— la aprieto con fuerza mirando hacia la nada—. No a menos que tú lo quieras.
Niega contra mi pecho.
—¿Crees que quiero irme de tu lado? — pregunta.
Su interrogante me pone en alerta.
—En realidad… No lo sé… no sé lo que quieres.
Me mira a la cara y niega.
—¿Por qué crees que no quiero estar contigo?
Hay mierdas en mi vida que aún no sabes, mi amor. Quizás luego no quieras estar conmigo, pienso.
—Ya te dije… No tienes que decirme algo más de lo que no quieras…— espeto y ella niega.
—Ya hablaremos— suspira—, no quieres que me vaya— y yo me aterro de nuevo—: no lo haré.
Mi alma vuelve a mi cuerpo.
—No quiero— le repito y la aferro de nuevo a mi cuerpo—. Eres mía, Isabella.
Me besa suavemente.
—Lo soy — promete.
Nos quedamos ahí sin decir más y sin más, después de tan intensa entrega, nos quedamos dormidos.
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Nos anochece ahí, bueno al menos a mí. Cuando despierto estoy solo y me levanto desesperado.
—¿Bella? — pregunto tallándome la cara.
Cuando no escucho respuesta, me desespero.
—¡BELLA!
Ella sale del baño envuelta en una bata.
—¿Qué sucede? — inquiere asustada—. ¿Estás bien?
La tomo entre mis brazos y la aprieto.
—Me asusté por despertar solo— confieso.
—Estoy bien — murmura—. ¿Por qué te asustaste?
—Pensé que…
Ella niega.
—Nada puede pasarnos aquí. Estamos con tu tío, ¿recuerdas?
Yo asiento.
—No quiero que nada te pase.
—Shh— sonríe—. Nada pasará— pero entonces sus ojos se abren de golpe—. Dios, ¿estás bien?
—Sí, mejor que nunca— acaricio su cabello—. ¿Por qué?
—Tu herida.
Mi venda está suelta y la herida expuesta. No me he dado cuenta en qué momento forcejee — o al menos durante el sexo— porque todo fue un tanto violento y placentero, según recuerdo. Sonrío ladino.
—Estoy bien— me miro.
—Voy al baño a buscar el botiquín— corre.
Yo miro las sabanas y hay manchas rojas y cafés apenas.
—Gírate, voy a curarte.
—No es nada.
—Deja de objetar y gírate. Tienes que cuidarte.
Volteo la cara y sus ojos se fijan en los míos.
—¿Cuándo los papeles se cambiaron?
—Yo también puedo cuidarte, ¿Lo dudas?
Niego.
—Entonces, déjame cuidarte.
Sonrío. Sus atenciones me gustan.
—¿Qué es tan gracioso? — pregunta al ver mi evidente alegría.
—Nada, solo me siento feliz…
Ella me corresponde.
—Deberías estarlo— besa mi mejilla y continúa con su labor.
No puedo evitar sentirme como un adolescente.
—Por tenerte solamente… Mi amor— murmuro.
—¿Dijiste algo? — inquiere cuando gira la gasa en la herida.
—Nada— callo y me dejo cuidar y decido cambiar de tema—.Creo que de cualquier modo tendrás que hacerlo de nuevo.
Ella pone la última grapa y suspira.
—¿Por qué?
La tomo entre mis brazos y la tiro a la cama.
—Necesito darme una ducha— sonrió— y al parecer tú también.
La cargo entre mis brazos y ella chilla de risa mientras nos metemos al año. Abro la regadera y comenzamos a mojarnos.
—¡Edward! No me he quitado la ropa…
Yo río.
—Yo puedo quitártela— murmura mordiendo el lóbulo de su oreja y abre los labios en respuesta—. ¿Cuándo eso fue un impedimento?
Y nos mojamos entre risas y besos.
X.X.X
Cuando bajamos a la sala, lo hacemos tomados de la mano. Mi tío Garrett nos observa atentamente mientras muerde un puro y su vista es seria.
—Buena noche —saluda ahora sonriente—, se perdieron la comida.
Bella baja la mirada avergonzada.
Yo acaricio su mano cuando nos sentamos.
—Nos quedamos dormidos— nos excuso.
—Entiendo— ríe ladinamente—, pero ya pronto será la cena. Espero que esta vez si nos acompañen.
—Claro— responde Bella— estoy hambrienta.
—Me imagino— comento guiñándole un ojo y ella se sonroja.
Garrett lanza una carcajada jovial.
—¡Los jóvenes de hoy en día! — y entonces se levanta—, si me disculpan, haré unas llamadas antes de la cena. Con permiso, están en su casa. Edward— me llama—, invita a la signorina una copa de vino italiano— ríe—, es bueno celebrar.
—Gracias —responde la aludida.
Yo asiento y el hombre se retira.
Cuando nos quedamos solos, sirvo dos copas de Brunello di Montalcino, cosecha 2007. Le entrego una copa a Bella y brindamos en silencio. Cuando lo degusta, ella cierra los ojos. Estoy fascinado, si antes estaba loco por ella, ahora estoy demente, obsesionado y más.
—Es suave— murmura.
No como las cosas que quiero hacerte, pienso.
—Lo es— respondo y dejo la copa de lado para besar su mejilla y luego su cuello. Ella comienza a reír, haciéndose a un lado y suspira—: como tú.
—Me haces cosquillas— ríe.
—Sólo quiero provocarte cosas buenas, Isabella— chupo su cuello, ella se estremece.
—¿Quieres más?
—Siempre. Más de ti…
Cuanto descaro de mi parte, lo admito.
—Esta noche— promete apretando mi rodilla.
Yo sonrío, mi cuerpo reacciona.
—¿Tenemos una cita?
Me mira a los ojos y sonríe.
—Claro— bebe y sus labios rojos me besan dulcemente, después se dirige hasta mi oído y muerde mi lóbulo. Cierro los ojos por la sensación y gimo—. Esta noche, cariño… Incluso quiero estar a tu merced.
—¿Qué me estás dando a entender? — gimoteo apretando los labios.
—Hazme el amor, Edward Cullen— lame mi lóbulo una vez más—, pero esta vez hazme lo que quieras….
—¿Tú quieres que yo…?
Me mira a la cara y asiente.
—Átame, cógeme. Chupa, muerde y lame lo que gustes. Soy tuya…
El animal se despierta, la bestia sonríe por dentro. Ha aceptado su rendición, no importa que no sea amor, mientras yo la ame, será mía. Me relamo los labios cual carroñero hambriento y le meto la lengua hasta la garganta. Sus manos posesivas me toman del cabello y comenzamos a tallarnos obscenamente en la sala.
La deseo, aquí, ahora.
La tomo por el cabello violentamente y sonríe después de morderle fuertemente los labios.
—No sabes lo que acabas de decir, cariño… Haz firmado tu sentencia…
Bella sonríe e intenta besarme. Se lo niego juguetonamente y niega chupándose el labio inferior.
—No seas suave, por favor…
Mi erección late, ¿Cómo es posible?
—Mía— gruño como animal y le comienzo a follar la boca con la lengua.
Nos perdemos en ese beso a punto de quitarnos la ropa en medio del salón y en el poco espacio de cordura que me queda en la mente, estoy pensando en que de verdad quiero huir con ella, atarla a la cama, cogerla cuando se me plazca y ser su dueño.
Maldita sea, estoy enfermo, obsesionado con esta mujer. No sé hasta qué punto pueda soportar los celos cuando un hombre se atreva siquiera a mirarla… Es demencial y abrasiva. El amor que le tengo me sobrepasa.
Estoy enamorado como un loco de Isabella Swan y ella lo sabe ahora. Todo sería perfecto, sí tan solo me correspondiera… ¿Tendré que esperar? Es evidente, no soy paciente, mierda. Y es entonces que me asalta una idea a la cabeza, tendré que hacer algo que jamás pensé que haría: tengo que conquistarla. Tiene que ser mía en cuerpo y alma, tiene que aceptarme en su vida y darse la idea de que sea cual sea el resultado de todo esto, al final, siempre será solamente ella la única que quiero y querré para siempre para mí aunque nunca llegue amarme.
Romántico y torrencial Edward Cullen... ¿Cómo es posible ser eróticamente tierno?
