Antes que nada no quiero echarme flores sobre este capítulo ya que está basado en un capítulo del anime que necesitaba para darle sentido. Encontraréis escenas y frases exactas del mismo capítulo pero he hecho una pequeña gran modificación al final y algunas pequeñas de por medio que lo cambian radicalmente. Es decir, he utilizado la base del capítulo y he cambiado radicalmente el argumento del mismo. Por lo tanto, quiero expresar lo siguiente: la idea oridinal del 50% del capítulo pertenece a Rumiko Takashi, el otro 50% que modifica el argumento me pertenece a mí. ¡Qué complicada soy! XD

Ahora sí, os dejo con el capítulo:

Capítulo 37: El auténtico poder de Kagome

¿Qué tenía que hacer para deshacerse de esas malditas telas de araña? Había intentado cortarlas con sus garras y con Tessaiga, había querido arrancarlas con sus manos, las había golpeado, había tirado de ellas, acercó una antorcha para quemarlas, quiso inundarlas pero nada parecía ser lo bastante efectivo. Provocar algún daño en la potente estructura había sido totalmente inútil puesto que se reconstruía con asombrosa velocidad. ¿Qué demonios era esa cosa?, ¿qué había ahí dentro? Y lo más importante, ¿Kagome estaba bien?

Esa mañana llegaron a esa aldea con la esperanza de ver a una importante sacerdotisa, una de las más famosas de la época. La sacerdotisa Hitomikiko. En mitad del camino descubrieron por unos aldeanos que iban al mercado de otra, que la sacerdotisa había fallecido pero cuando llegaron al templo, en cambio…

- ¿Visitantes?

Los aldeanos parecían aterrados al escuchar aquella voz pero ellos sólo veían a una mujer. ¿Qué tendría de malo? Inuyasha lo supo cuando sus fosas nasales captaron el olor de un cadáver, aquella mujer estaba muerta.

- Kagome…

- ¿Cómo sabes mi nombre?

- Kagome, vete de aquí o si no…- su voz se volvió más grave- te mataré.

Inuyasha intentó atacarla pero ella esquivó fácilmente su ataque.

- No puedes matarme destruyendo las telarañas.

Después de eso la mujer había desaparecido, dejándolos con la intriga de lo ocurrido. Decididos a ayudar a la sacerdotisa fallecida y a la gente del pueblo, se prepararon para atacar por la noche. Recogerían sus restos y se ocuparían de que Naraku no pudiera volver a controlar su cuerpo y su alma. Sin embargo, las cosas no salieron como ellos esperaban.

- La barrera de una sacerdotisa sólo puede ser destruida por otra.

Inuyasha apretó los dientes al escuchar cómo se burlaba de él una vez más e intentó atacar de nuevo con Tessaiga. No se rendiría tan fácilmente. A su lado, pasó el hiraikotsu de Sango y fue rechazado de la misma forma que Tessaiga. ¿Qué podían hacer? Miroku estaba abajo con los niños y con Kagome porque estaba demasiado débil para luchar, el vórtice lo estaba destruyendo lenta y dolorosamente.

De repente, le recorrió una sensación, más bien, un mal presentimiento. Algo malo estaba a punto de ocurrir y supo que estaba en lo cierto cuando una de las flechas de Kagome pasó junto a él y atravesó la barrera. Se destruyó un cascabel que él no había visto anteriormente y no pudo evitar pensar que ella lo había conseguido. En realidad, fue muy estúpido.

- Ya estamos unidas, Kagome.

Antes de que pudiera asimilar las palabras de la sacerdotisa, Kagome fue arrastrada por esa mujer hasta acabar al otro lado de la barrera en algún lugar en el que él no podía verla. ¡Tenía a Kagome!

Tanto a Sango como a él mismo se les estaban agotando las ideas para atravesar la barrera recubierta con las telas de araña. Cada vez pasaba más y más tiempo y a ese paso llegaría el amanecer, sus hijos despertarían y querrían comer. Kagome era la única capaz de alimentar a sus cachorros y no sólo porque él lo deseara de esa forma. La leche materna de Kagome era diferente a la de las otras mujeres porque se había preparado para unos niños con genes de youkai. La necesitaba para los niños y para él mismo, para poder tranquilizarse sabiendo que ella estaba bien.

- Siento no poder ser de gran ayuda…

Se volvió al escuchar la voz apagada del monje y se enfadó. Miroku no tenía la culpa de que su maldición le estuviera consumiendo, el único culpable de todo era Naraku.

- Excelencia- Sango se inclinó junto a él- no te preocupes, cuidando a los niños nos haces el mejor favor.

- Sango tiene razón- transformó de nuevo a Tessaiga- yo no puedo quedarme parado con los niños sabiendo que Kagome está ahí dentro- musitó- necesito que los protejas mientras intento sacarla de ahí.

- Lo haré lo mejor posible, Inuyasha- sonrió como pudo- ojala supiera la manera de derribar esa barrera…

Ojala él mismo lo supiera porque cada vez estaba más y más preocupado.

- Hitomiko…

Estaba frente a ella con su flecha en las manos. Vio como sus manos apretaban con fuerza la flecha y ésta empezaba a quemarse hasta quedar reducida a cenizas.

- No lo entiendo… ¿por qué robar un poder tan débil?- la miró- ¿qué planea Naraku?

- Señorita Hitomiko, hemos venido a salvarte…

- ¿Salvarme?- la interrumpió- ¿tú? ¡Es absurdo!

En sus manos tenía unos cascabeles, muchos cascabeles unidos, formando algo parecido a un abanico o una campana. Ella los agitó y algo la cortó. Gritó al sentir los cortes en sus mangas hasta llegar a la carne y el líquido espeso de su sangre cayó al suelo. Como por arte de magia, el líquido que formaba su sangre se expandió alrededor formando un círculo perfecto.

- Kagome, ¿por qué te pusieron el nombre de Kagome?- preguntó sin comprender- ese nombre posee un poder especial: un poder oculto desde el día en que naciste.

Asustada intentó levantarse pero algo se lo impedía. ¿Sería el círculo de sangre formado a su alrededor?

- Nunca escaparás.

Levantó la vista dispuesta a pedir explicaciones pero entonces vio el rostro de Naraku oculto entre las telarañas que rodeaban todo el recinto. Él estuvo allí todo el tiempo, él controlaba a la sacerdotisa y se ocultaba. ¡Cobarde!

- ¡Naraku!- empezó a mover sus brazos para coger una flecha de su carcaj pero le costaba tanto- ¡Muéstrate, cobarde!

Apuntó y lanzó la flecha que impactó contra la telaraña. Enseguida supo que no le había dado.

- Ya veo, lo que tengo que conseguir es el poder de ese arco- musitó- tú sólo apuntas y disparas, no sabes su verdadero poder. Ese arco estaba destinado a otra persona.

Entonces cayó en la cuenta de lo que estaba diciendo. Aquél era el arco de Kikio, en el último segundo antes de morir lo había puesto contra la palma de su mano, sin que Naraku, ni Inuyasha se percataran de ese hecho. Desde ese momento había cargado con el arco, había practicado para aprender a usarlo y había dejado el otro arco que obtuvo en una aldea. Cuando utilizaba el arco de Kikio, sus ataques eran más fuertes, más certeros pero por lo visto ocultaba algo más que ella desconocía.

- Deja el arco aquí y márchate- le ordenó- entonces, te perdonaré la vida.

Algo ocurrió en ese instante, unas telarañas rodearon a Hitomiko y se escuchó la voz de Naraku. Él no quería que la dejara escapar, él quería que la matara y parecía estar intentando controlar a la sacerdotisa para que la obedeciera. Al parecer, Naraku no tenía el control total de su cuerpo y su mente, sólo un control parcial. Entonces, vio la araña, la araña en el pecho de Hitomiko y quiso disparar pero si lo hacía ella también moriría. Estaba segura de que Naraku se lo estaba mostrando para que la matara porque si lo hacía ella sobreviviría o tal vez no, tal vez fuera todo una trampa.

Decidida, apuntó con su arco y disparó a los cascabeles en su mano. Tan rápido como cayeron al suelo, el hechizo que la inmovilizaba se rompió y pudo volver a moverse con total libertad. Sin perder un solo segundo, echó a correr hacia la salida pero cuando estaba en el corredor, aparecieron unas nuevas telarañas y en ellas los cascabeles.

- La única forma de escapar de la barrera de Hitomiko es matarla.

Ésa era la voz de Naraku, estaba completamente segura. Sólo tenía dos opciones: mata a Hitomiko y salvarse o que ella la matara.

- Tengo que decirte una cosa, Kagome- se volvió a escuchar aquella diabólica voz- si matas a Hitomiko con tu arco sagrado, ella arderá en el infierno con las telarañas por toda la eternidad.

La estaba poniendo contra las cuerdas. Hiciera lo que hiciese, Naraku saldría ganando. Si dejaba que Hitomiko ganará, él habría cumplido su propósito y si era ella la que la mataba, Hitomiko ardería en el infierno y ella misma sería corrompida por haberla matado.

Salió de sus pensamientos cuando de las telarañas que colgaban del techo, empezaron a caer bolas de fuego. Sin otra alternativa corrió hasta que una barrera de fuego la detuvo.

- Esas llamas son la sangre de tu cuerpo.

Sin más remedio corrió y corrió hasta que una espeluznante imagen la detuvo. Ríos de sangre, cuerpos humanos mutilados, demonios espantosos… ¿aquello era el infierno?

- Sólo es una visión… - murmuró.

- No es ninguna visión.

De repente, la mano de Hitomiko agarró su cuello intentando estrangularla y la terminó apoyando sobre una telaraña suspendida sobre el río de sangre.

- Si no eres capaz de comprender por qué eres Kagome, mereces estar en el infierno.

- ¡Suéltame!

La apartó de un fuerte manotazo y ella se apartó al ser su brazo separado de su cuerpo. Kagome miró horrorizada el brazo arrancado y descubrió que era el brazo de un demonio, no era humano. A su alrededor las telarañas empezaron a arder y entonces supo lo que era estar en el infierno. Sufrir eternamente el calor, las quemaduras pero nunca desaparecer, eternamente castigada. Observó la mano junto a ella y una profunda pena la inundó. Cuando la estaba ahogando, no sintió maldad, ni temor… sintió dolor, un profundo dolor. Tenía que descubrirlo, descubrir por qué se llamaba Kagome.

- Ya está, ya está- intentó calmarla- eres una buena chica. Tu nombre es Kagome. KA-GO-ME.

La mujer observó a la niña que por fin parecía haberse calmado.

- Bienvenida, Kagome.

Recordaba haber visto esa escena en un vídeo. Era su madre recibiéndola nada más nacer, su padre grababa entusiasmado sus primeros momentos.

- Mamá, ¿por qué me llamo, Kagome?

Tenía poco más de siete años y entre sus brazos acunaba a un bebé, a su hermano pequeño.

- ¿Por qué preguntas eso?

- Porque la gente siempre de ríe de mí- musitó- los niños cantan todo el rato mi nombre.

La mujer suspiró y la miró.

- Ya veo, lo siento- sonrió- pero yo lo veo.

- ¿Qué ves?

- Puedo ver algo brillante en tu pecho, una estrella llamada Kagome.

En ese momento no lo entendió pero ahora lo hacía. No cualquier persona podía ver los fragmentos de la esfera, ¿no? Toda la gente de esa época lo decía, decían que debía de haber algo muy especial en ella y su madre pudo verlo desde el momento en que nació. Por un momento, se preguntó si ella también sería capaz de ver los fragmentos. Estaba claro que su nombre provenía de la esfera, pero su poder…

- ¡No lo entiendo!

- ¡Muere!

El fuego la rodeó, una fuerte llamarada la rodeó en espiral y el calor se volvió más intenso.

- ¡Ey, Kagome!

- ¡Vamos a jugar Kagome, Kagome!

Odiaba ese juego. Todos se ponían a mi alrededor

- Kagome, Kagome eres como un pájaro en una jaula, jamás podrás ser libre. Al amanecer o al anochecer la grulla y la tortuga resbalan y caen. ¿Quién está detrás de ti ahora?

Estaba acuclillada con las manos tapando sus ojos pero como si lo tuviera enfrente supo quién era.

- Hide- chan.

- ¿Cómo lo supiste?

- Sólo lo supe.

Ahora que se daba cuenta, siempre fue un misterio para ella. Estuviera donde estuviera, fuera cual fuera la situación, siempre sabía quién estaba detrás de ella. Entonces, como si se tratara de un rayo, todo empezó a cobrar sentido en su cabeza. Su poder, la esfera, su nombre, a su espalda, su madre, Hitomiko, Naraku, sus hijos… lo veía todo tan claro.

- Kagome, son preciosos.

- Además, son dos.

Kagome acunó entre sus brazos a los dos niños recién nacidos y los miró con todo el amor del mundo. El parto fue difícil pero era tan maravilloso saber que ambos habían nacido perfectamente sanos.

- Ya verás cuando Inuyasha los vea.

Sonrió ante la idea y los dejó a ambos sobre el futon para luego tumbarse junto a ellos. No tenían las encantadoras orejas caninas de su padre pero igualmente eran adorables. Los quería tanto que por un momento, creyó ver una luz en el pecho de sus hijos.

En ese momento no lo supo, no pudo verlo como debería pero ya lo sabía. Sus hijos tenían una luz similar a la suya, no eran tan diferentes a ella y al igual que su madre, la veía claramente. No la había vuelto a ver desde aquel día porque no prestó atención, no miró como debía hacerlo.

Si combinaba el poder del arco con el suyo a lo mejor podría salvarla. Volvió la vista a la mujer y la araña apareció de nuevo ante sus ojos. Pudo ver en ella una estrella, la forma de la estrella de Kagome. Lo entendía todo y el por qué Hitomiko le dijo su nombre. Ella también intentaba ayudarla, quería salvarlas a ambas y se estaba resistiendo a Naraku para darle la pista que necesitaba sin que él lo descubriera. Ojala Kikio le diera su fuerza, quien a pesar de haber sido corrompida, fue una sacerdotisa de las más grandes, fue una mujer digna de admiración y merecía descansar en paz de la misma forma que Hitomiko.

Disparó. Disparó hacia la estrella con temor a fallar pero confiando plenamente en la ayuda de Kikio y cuando la flecha iba a impactar: desapareció. Volvió a aparecer a la espalda de Hitomiko y se fue directamente hacia Naraku.

- Increíble.

Miró el arco fascinada y después todo se volvió oscuro a su alrededor. Cuando volvió a abrir los ojos estaba amaneciendo y ya no había telarañas, no había ningún infierno. Sólo estaba ella y la sacerdotisa Hitomiko.

- Eres todo un misterio, Kagome- sonrió- usaste el poder del arco y el tuyo para salvarme pero tu poder sólo ha aparecido al soltar la flecha. Creo que algo está sellando tu verdadero poder.

De repente la mujer cerró los ojos y empezó a caer al suelo. Asustada, se lanzó a su lado y la agarró antes de que su cabeza golpeara contra el suelo. Hitomiko volvió a abrir los ojos y la miró con una mezcla de asombro y admiración.

- Eres todo un misterio… tu poder… tu nombre…

Entonces, la sacerdotisa cerró los ojos y por fin pudo descansar en paz. Antes de que transcurriera un solo minuto escuchó la voz de Inuyasha gritando su nombre y éste apareció junto a sus amigos. Sango corría junto a él y Miroku iba sobre Kirara cargando a sus hijos. Parecían estar todos bien y no podía alegrarse más por ellos.

- Kagome, ¿estás bien?

Inuyasha se arrodilló junto a ella y la abrazó feliz de saber que ella no había sufrido ningún daño.

- Sí, pero tenemos que enterrar a Hitomiko.

Sango se acercó para tocar su piel y cerró los ojos rezando una plegaria por la sacerdotisa. Sería Miroku quien se ocuparía del ritual para su entierro y ellos harían de testigos. También tendría que pedirles a los aldeanos que colocaran un monumento en su honor. Iba a ser un día muy largo y sobre todo para ella. Las palabras de la sacerdotisa seguían retumbando en su cabeza y mientras daba de mamar a sus recién levantados hijos, un recuerdo la invadió. Algo que hacía mucho que no pensaba, algo que daba por olvidado.

Odiaba estar enferma, era un rollo. Tenía que pasar el día entero en casa sin poder hacer nada y no podía comer cosas ricas. Era todo desventajas. Para colmo, acababa de estar vomitando en el baño y le había ocurrido algo muy extraño. Volvió a mirar lo que tenía entre las manos sin entender muy bien de dónde salía. Parecía una esfera rosada similar a las esferas de los cuatro espíritus falsas que vendía su abuelo. Pero ella no recordaba haberse tragado ninguna.

Entró en su habitación con la cabeza gacha y se fue directamente a la cama. Se tumbó sobre el mullido colchón y tras tapar su cuerpo con las mantas, alzó la mano con la esfera para observarla.

- ¿De dónde habrá salido?- tosió- yo… nunca he tocado una de esas esferas…

De repente se le vino a la cabeza su hermano de nueve años. Era un auténtico trasto, no daba más que problemas y no le extrañaría nada que hubiera intentado jugársela. Además, era muy pequeño, no entendía las consecuencias de hacer algo así.

- Espero por su bien que no haya sido él…

Se incorporó en la cama y agarró un pañuelo mientras observaba el paisaje que se veía a través de la ventana. Por lo menos era un día lluvioso, sólo se perdía mojarse de camino a clase.

TOC TOC

- Adelante.

La puerta se abrió con mucho cuidado y pasó su madre con una bandeja en la que llevaba un plato de sopa caliente. Tan típico de su madre prepararle sopa cuando estaba enferma aunque ése debía ser el pequeño precio a pagar por no querer ir al médico.

Estaba a punto de comentarle lo de la esfera cuando ella se paró en seco y se quedó mirando su pecho. A lo mejor como madre estaba observando el claro cambio en su fisonomía. Ya no era una niña y tenía pechos al igual que cualquier mujer pero era raro que tardara tanto en fijarse en aquel detalle. Su hermano la vacilaba a todas horas.

- Ya no lo veo.

- ¿El qué?

- La estrella, aquella luz…

- ¿Hug?

- No es nada.

Su madre hizo como si no hubiera pasado nada y le dejó la bandeja con la sopa antes de marcharse. Sin saber por qué, no le dijo lo de la esfera, no le dijo que había vomitado una esfera y la guardó, llevándola siempre consigo.

Ese recuerdo estaba totalmente bloqueado para ella hasta aquel día y era algo que encontraba un tanto incomprensible puesto que siempre había cargado con la esfera. Un mal presentimiento la invadió y apretó su seno intentando apremiar a Takeo para que terminara de mamar de una buena vez. Izayoi ya lo había hecho y podría correr a buscarlo con la esperanza de estar equivocada.

Volvió a mirar a su hijo y vio una luz, la luz que vio en el día de su nacimiento pero no había ninguna estrella llamada Kagome, sólo un rastro de luz que probablemente habría heredado de ella. Pero, ¿por qué ella?, ¿su madre también tendría esa luz?, ¿y su hermano? No podía haber aparecido únicamente en ella por ciencia infusa, tenía que haber alguna explicación lógica.

- ¡Inuyasha!

Inuyasha se acercó a ella con Izayoi entre sus brazos y agarró sorprendido a Takeo por lo descuidada que estaba siendo Kagome al entregárselo. Nunca le había dado al niño de esa forma y parecía tener bastante prisa puesto que se fue colocando el kimono mientras corría hacia su bolsa de viaje.

A medida que se iba acercando, lo veía más claramente. Era el brillo de la esfera de los cuatro espíritus, brillaba como cualquier otro fragmento que hubiera buscado en esa época. Estaba tan asustada por lo que estaba ocurriendo. Abrió la bolsa y rebuscó en su interior, entre las ropas de su época hasta encontrar su minifalda. Metió su mano en uno de los bolsillos y palpó sus llaves y su llavero. Estaba allí y le invadía aquella sensación tan familiar en su cuerpo.

- No puede ser… no me puede estar pasando esto…

- Kagome…

Podía oler sus lágrimas, algo iba muy mal con Kagome.

- ¿Qué te ocurre?

Kagome, ignorando al hanyou, sacó las llaves de la bolsa y observó horrorizada el llavero. Llevaba cerca de seis años utilizando como llavero la auténtica esfera de los cuatro espíritus, unos de los objetos más codiciados de todos los tiempos y el motivo de aquella estúpida guerra que podría destruir todo su futuro. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Había llevado una segunda esfera a la época Sengoku. Estaba segura de que esa esfera era la misma que estaban buscando en esa época, pero era la del futuro y estaba negra. La última vez que la vio, poco antes de ir a la época Sengoku, seguía siendo de color rosa.

- Inuyasha… tenemos un problema…

- ¿Qué pasa?

Sí, algo malo estaba pasando y tenía que ser muy malo para que Kagome se comportara de aquella forma tan extraña. Parecía que acabara de ver un fantasma y cuando abrió la palma de su mano para mostrarle aquel llavero que tantas veces había visto, comprendió. Era la esfera, Kagome tenía la esfera de los cuatro espíritus, la tuvo desde el principio.

- Kagome, ¿de dónde sacaste eso en tu época?

Se acercó a ella con los niños y descubrió que no se había equivocado, la esfera se había vuelto negra.

- ¿Por qué no la viste antes?

- Porque no prestaba atención a lo que veía... estoy tan confundida…

- Kagome…

- Tú no entiendes, Inuyasha- le miró con lágrimas en los ojos- ¡esto ha salido de mi cuerpo! Vomité la esfera cuando tenía quince años.

Continuará…