RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo XXVI: Ley Marcial
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Lunes 13 de agosto de 2012
Era un día hermoso.
El sol asomaba y bañaba a los rascacielos, edificios y viviendas de la ciudad de Nueva Macross con su luz. Pocas nubes se veían en el cielo azul y límpido de la mañana, y las que estaban se parecían más a algodón que a portadoras de lluvia y tormenta. La temperatura era agradable, ni muy cálida ni muy fresca, lo que se agradecía mucho en aquella época del año. La humedad estaba en su punto justo, sin que los vientos del desierto sumieran a la capital del Gobierno de la Tierra Unida en una jornada seca como lo habían estado haciendo durante todo el verano.
Las calles de la gran ciudad estaban tranquilas, desprovistas del tránsito usualmente demencial que todo lo congestionaba.
Quizás tuviera que ver con el hecho de que en casi todas las calles de Nueva Macross había puestos militares de control y vehículos blindados del Ejército manteniendo una presencia ineludible por todos lados.
Nueva Macross se había ido a dormir preparándose para lo que prometía ser un día muy convulsionado con la marcha que Lynn Kyle y sus adeptos pensaban realizar, en protesta por lo que ellos llamaban "ejecución mafiosa" del teniente coronel Henri Loizeau, un oficial militar condenado por una corte marcial por su responsabilidad en la muerte de varios civiles durante la anterior manifestación del senador por Denver-Colorado. Ya tristemente habituados a las lides que venían con ser la capital del GTU –y por consiguiente el terreno elegido de todos los descontentos del planeta– los neomacrossianos se habían encogido de hombros y habían asumido que el día siguiente iba a ser duro y difícil.
No tenían idea de cuánto.
Porque Nueva Macross madrugó aquel día con la sensacional y sorpresiva noticia de que se hallaba bajo ley marcial, siendo la repentina aparición de transportes de tropas y utilitarios militares abarrotados de soldados listos para ir a la guerra los primeros indicios que recibieron los habitantes de la capital del GTU, mucho antes de que los noticieros radiales y televisivos reportaran algo sobre el hecho.
Y ahí, todos los neomacrossianos supieron que el día iba a tornarse más difícil aún.
Esa sensación existía incluso en un lugar tan acostumbrado a la presencia del personal uniformado como lo era el barrio militar de la capital, en donde residía buena parte de la oficialidad y de la tropa acantonada en las diversas unidades militares de Nueva Macross.
La sensación de dificultad y de problemas que se respiraba en el aire también se manifestaba en el modesto pero acogedor hogar de los comandantes Rick Hunter y Lisa Hayes.
En particular en el comandante Hunter, quien acababa de tener un desagradable recordatorio de por qué había llegado a odiar en ciertos momentos a aquella joven mujer de cabellos castaños y ojos verdes de la que, por otro lado, estaba perdidamente enamorado.
– No estás hablando en serio.
La comandante Lisa Hayes, que andaba de un lugar a otro de la casa con la chaqueta blanca de su uniforme a medio cerrar y el cabello no del todo arreglado, ni siquiera pareció escuchar lo que Rick le estaba diciendo. Con buena razón lo ignoraba, ya que ya había perdido demasiado tiempo de la mañana en una agria e innecesaria discusión con ese joven adorable pero insufriblemente terco que era la razón de su vida.
– ¿Piensas ir al SDF-1? – insistió Rick, por enésima vez en lo que iba de la mañana y de aquella discusión.
Lisa estaba demasiado ocupada y demasiado metida en el armario como para voltearse a enfrentar a su pareja, pero eso no la mantuvo fuera de la discusión.
– Soy una oficial militar y mi puesto está en esa nave, Rick – sentenció la comandante Hayes como si esas fueran las únicas verdades importantes en el Universo. – No sé qué es lo que te cuesta entender de eso.
Fue una fortuna que Lisa estuviera circunstancialmente de espaldas a Rick, porque de haber visto la cara de furia e incredulidad que tenía el comandante Hunter, ella posiblemente hubiera recurrido al intento de homicidio.
– ¿Además de que declararon la ley marcial y que la ciudad es un polvorín? – replicó Rick con una mezcla de dolor, incredulidad y determinación en su voz. – No, Lisa, no voy a dejar que vayas para allá---
Casi sin que se diera cuenta, Rick descubrió que Lisa ya no estaba hurgando en busca de algo en el armario, sino frente a él y con una llamarada demasiado peligrosa en sus profundos ojos verdes... una llamarada que se contagiaba a su voz cuando le contestó.
– ¿No me va a dejar, comandante?
En otras circunstancias, Rick se hubiera echado atrás al ver a su novia a punto de estallar, pero no en ese momento. No cuando ella estaba siendo terca como una tropa entera de mulas. No cuando ella insistía en internarse en una ciudad enloquecida y militarizada para llegar al centro de todo aquel desastre, sin otra razón más acuciante que "el deber".
No lo iba a permitir. Demasiadas veces ella había terminado expuesta al peligro como para que en ese momento él la dejara partir sin más. Y él sabía bien hasta qué punto estaban caldeados los ánimos de la ciudadanía; su cuerpo todavía conservaba algunos de los moretones que una banda de "pacifistas" le había provocado con sus salvajes golpes unos días atrás.
Los ojos de Rick se clavaron en los de su novia. Aquella iba a ser una batalla a muerte entre dos personas poco acostumbradas a perder.
– Ni se te ocurra hacer de esto una cuestión de grados, Lisa – le advirtió él, levantándole un dedo admonitorio para hacer más claro su punto.
Contrariamente a lo que cabía esperar de una personalidad como la de ella, Lisa no explotó ni se comió crudo a Rick; al contrario, miró a su novio casi con desesperación, como si ella quisiera hacerle entender por todos los medios algo vital que él se negaba a reconocer.
A ella le enfurecían esos momentos en donde recordaba por qué él la había enloquecido durante los primeros meses de la guerra... esos momentos en donde volvía a asomar el chico terco, caprichoso e inmaduro que parecía haber desaparecido de la personalidad de Rick Hunter a fuerza de la guerra, del trabajo y del paciente amor de Lisa.
– Rick, estamos en emergencia y necesitamos que todos estén en su puesto ahora mismo... – trató de hacerse entender Lisa, a la vez que intentaba no sonar desesperada. – Simplemente no puedo quedarme jugando a la casita contigo.
Mala elección de palabras. Los ojos azules de Rick llamearon con el fulgor de la ofensa y del dolor... y un joven que sólo quería protegerla creyó entrever en las palabras de su amor un reproche de inmadurez.
– No te pido que juegues a la casita, sino que dejes por un minuto de portarte como un poster de reclutamiento.
– ¡¿Un poster de reclutamiento?! – estalló ella a su vez, y su rostro adquirió un bonito color granate. – Cielos, Rick, no seas infantil.
Rick dio unos pasos para alejarse de ella, pero no para huir de Lisa sino para poder correr la cortina y mostrarle a su novia una vista hermosa de su calle, con todas sus "cajitas de fósforos", sus veredas inmaculadas y el césped bien cortado... además del vehículo utilitario Hummer estacionado en la esquina de la calle.
– ¿Por qué no sales un minuto a la calle y ves lo infantil que soy? – le contestó en tono alterado y demasiado sarcástico su novio. – Si tienes dudas, le puedes preguntar a los chicos del Ejército que están en la esquina, montados en el Hummer.
Lisa se cruzó de brazos y fusiló con la mirada a Rick, quien por su parte se tranquilizó un poco y trató otro enfoque para que ella lo entendiera... ya que la furia y la indignación no conducían a nada, bien valía mostrarle un poco qué era lo que lo movía a retenerla en la casa contra cualquier opinión que ella pudiera tener.
– Está muy peligroso allá afuera, amor... – dijo él en una voz casi inaudible. – No quiero que te pase nada.
El milagro se obró, y la mirada fiera de Lisa Hayes cambió a una más tierna y compasiva. La joven oficial sólo esperó a terminar de abrochar la chaqueta de su uniforme para acercarse a Rick y tomarlo de la mano. Ese simple gesto le trajo algo de vida al piloto de combate, pero no había sido lo suficiente como para que él levantara la mirada y volviera a encontrarse con sus ojos...
Eso sólo despertó todos los instintos protectores de Lisa para con él, lo que la hizo abrazarlo y después tratar de levantarle la barbilla con la mano.
– Rick, mírame.
Lentamente, Rick posó su mirada en los ojos de Lisa Hayes, y ella le sonrió con ternura cuando sus miradas se encontraron.
– Soy una chica grande y voy a ir a mi lugar de trabajo, no a perder el tiempo por allí... puedo cuidarme sola.
– Yo puedo cuidarte mejor – insistió él, sin poder resistir el súbito impulso por besarla en la mejilla. – Y si no sales de casa, te puedo cuidar aún más.
Ella rió, algo que le venía muy bien en ese momento. No sabía cómo, pero esos instintos de macho protector que tenía Rick la hacían sentir muy cómoda y segura... por no decir que la divertían horrores y le recordaban por qué amaba a ese muchacho terco y desquiciado como lo hacía.
– Eres un tonto... – lanzó ella, devolviéndole el beso pero en los labios. – Tonto, pero un tonto tierno.
El comandante Hunter rodeó a Lisa con sus brazos fuertes y la estrechó contra su pecho, buscando después los labios expectantes de la joven con desesperación, como si el sabor y la sensación de esos labios en los suyos bastara para borrar de su corazón toda la incertidumbre y el temor por la demencia del mundo, y el propio mal gusto de boca que le había dejado la discusión que recién terminaba.
Lisa no objetó nada de eso; antes al contrario, le hizo muy fácil la búsqueda a Rick, permitiendo que sus labios se encontraran y se fundieran en un beso glorioso y reparador, de esos que los dejaban a los dos sin aliento y con todo el cuerpo estremecido como si una corriente eléctrica los recorriera.
A los dos les hizo muy bien ese beso... y cuando se separaron, los dos todavía podían sentir el estremecimiento y el cosquilleo en todo su ser, un mínimo testamento de la pasión que los unía.
Entonces, Lisa siguió el hilo de la conversación, para no correr el riesgo de dejarse hechizar por esos ojos azules y volver a besarlo como si su vida dependiera de ello.
– Rick, desde que nos conocimos, hemos tenido que enfrentarnos a gigantes extraterrestres, saqueadores, separatistas, terroristas, renegados, políticos, una superestrella caprichosa y como si eso fuera poco, también está ese barril sin fondo que llamas "estómago"...
Ni siquiera la manera amistosa con que Lisa clavó su índice en la barriga de Rick evitó una ofensa instantánea y un murmullo quejumbroso de parte del piloto.
– Pues qué amable...
– Mi punto es, pilotito... – prosiguió Lisa sin dejarse influenciar por la respuesta de Rick, mirando a su novio a los ojos y acariciándole la mejilla. – ¿Crees que lo que pasa ahora pueda ser peor que todo eso?
Él lo pensó seriamente... y todos los caminos, mal que le pesaran, iban a llegar al mismo destino.
– Si lo ves desde ese punto de vista... no – reconoció a regañadientes el comandante Hunter, aunque todavía le quedaba artillería por disparar. – Pero si lo ves desde el mío, pensarías: "mejor me quedo en casa y no hago sufrir más al pilotito"...
Ante eso, Lisa no pudo disimular las risas... y mientras ella reía, él la abrazaba y la besaba en la frente, llenando sus pulmones con el aroma fresco de la mujer a la que adoraba, cuya risa curaba todos sus males como un bálsamo.
– Pero te conozco, preciosa... mientras más diga que no, más vas a querer ir...
– No es cosa de capricho, Rick. Es mi deber.
– Lo entiendo – admitió Rick de una vez por todas, para entonces sonreírle a su novia y hacerle una oferta final. – Por lo menos no te vas a oponer si digo que quiero llevarte yo mismo al SDF-1, ¿no?
– ¿Cómo podría decir que no? – contestó una Lisa Hayes conmovida por la galantería antes de premiar a su novio con un breve pero infartante beso en los labios.
Por un buen rato, ninguno de los dos osó romper la magia del momento con palabras innecesarias. Nada tenía más significado para Rick y Lisa que seguir abrazados en esa mañana desquiciada, recordándose mutuamente que a pesar de las discusiones, de los desacuerdos y de las rencillas ocasionales, los dos estaban demasiado enamorados el uno del otro como para que sus peleas fueran definitivas.
Además... era una mañana hermosa, si uno se olvidaba del caos y de la ley marcial. ¿Para qué arruinarla con palabras y discusiones cuando podían aprovechar los últimos ratos libres de la mañana besándose y abrazándose?
Los dos tenían la respuesta a esa pregunta en la punta de los labios.
Pero las cosas buenas tienen que terminar en algún momento, y eso incluía el pequeño concierto de cariño de Rick y Lisa. El final llegó cuando Rick miró de reojo su reloj y supo que ya no había más tiempo para invertir en amor... no si querían cumplir con su deber.
– Alístate – ordenó Rick con tono de sargento instructor. – Te reportas a servicio en media hora, comandante Hayes.
Ante la sorpresa alegre de Lisa, Rick se alejó de ella y fue hacia el dormitorio de los dos, sin dar la menor explicación de sus movimientos, o al menos, no lo hizo hasta que ella se decidió a preguntárselo.
– ¿Y a donde vas tú?
– A cambiarme – le contestó él desde el dormitorio. – Debo ir a la Base Aérea... quién sabe qué nos va a tocar en este merengue.
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Los ciudadanos de Nueva Macross eran gente acostumbrada a los rigores de la vida. Su ciudad original se había fundado prácticamente contra todas las recomendaciones del sentido común, con el anhelo de establecer una urbe moderna y populosa en una pequeña isla del Pacífico en donde ni siquiera había tierra arable. Durante casi diez años, habían sido el centro de atención de todo un planeta fascinado por la nave alienígena que descansaba allí... lo que la había convertido en el blanco favorito de cuanto desquiciado fanático contrario al GTU pululara por el mundo.
Y como si el terrorismo de los fanáticos, las protestas de los pacifistas, la vigilancia obsesiva de políticos y militares y los desafíos cotidianos de sostenerse en esa insignificante extensión de tierra aislada en las aguas del Océano Pacífico no fueran suficiente, después habían hecho su aparición los Zentraedi, desatando una cadena de eventos que llevaron a Ciudad Macross y a sus sufridos y abnegados habitantes a tratar de rehacer sus vidas dentro de una nave gigantesca y misteriosa en un viaje desde los confines del Sistema Solar hacia su planeta de origen, mientras luchaban para defenderse como podían de las agresiones de una raza alienígena obsesionada con la nave.
Ante tales desafíos, una comunidad puede quebrarse y hundirse en la desesperación, o puede fortalecerse y emerger más resistente y segura de sí misma. Y el fuego de la guerra y la desgracia habían forjado bien el espíritu de acero de los habitantes de Ciudad Macross. Sólo gracias a su capacidad de sacrificio y abnegación habían podido los macrossianos soportar dos años de guerra, muerte y aislamiento en las entrañas del SDF-1... por no mencionar el exilio impuesto por su propio gobierno, la impotente contemplación de la casi destrucción de la humanidad y su hogar, y la tarea titánica de reconstruir la Tierra de las cenizas que dejara Dolza como legado.
Pero incluso estas personas, fortificadas y templadas por tantas desgracias, se encontraban en ocasiones con circunstancias que abrían aún más las fisuras en su ánimo.
Tanto en Ciudad Macross como en su sucesora, la ciudad de Nueva Macross, la presencia militar era un hecho de la vida. Para los residentes de otras ciudades, los vehículos militares sólo aparecen en los desfiles o en las visitas guiadas a los cuarteles; en Nueva Macross, era casi tan común ver un Humvee o un transporte de tropa como lo era ver un taxi o un colectivo. Era más común en tiempos de guerra o de emergencia, y en esas circunstancias, a los neomacrossianos no les sorprendía cruzarse en las calles con los soldados y sus equipos.
Sólo que aquel día, nada parecía hacer necesaria la presencia masiva de los soldados en las calles de la capital del GTU. Hasta donde los ciudadanos sabían, la humanidad mantenía su frágil y trabajosa paz con los Zentraedi, y ninguna de las facciones separatistas o Estados independientes andaba con ánimos de atacar a la sede del poder de la Tierra Unida. Sólo los terroristas de la Vanguardia de la Paz, que no cejaban en su campaña de bombardeos y ataques sorpresivos contra objetivos militares, policiales y gubernamentales, representaban una amenaza inminente a la tranquilidad de Nueva Macross; y la opinión generalizada era que para los terroristas era suficiente con la intervención policial cotidiana.
¿Pero los soldados en la calle? No tenía sentido.
No tenía sentido para nadie: ni para el abogado que se apresuraba para llegar a su oficina, ni para el panadero que abría su local con los primeros rayos del sol, ni para la madre que llevaba a sus hijos a la escuela. Nadie entendía por qué las calles de su ciudad debían estar abarrotadas de soldados y vehículos militares, conducidos por oficiales que realizaban estrictos controles al movimiento de las personas.
Naturalmente, las pequeñas molestias de la vida citadina tendían a empeorar con la ley marcial. Los colectivos y taxis tardaban más en sus trayectos ahora que debían sortear controles de tránsito, el movimiento vehicular se tornaba más caótico y congestionado, y el miedo afloraba en aquellos que menos entendimiento tenían de lo que estaba ocurriendo.
Quizás un observador menos apasionado hubiera podido ver las primeras señales de un futuro desastre en las miradas cargadas de inquietud, temor y recelo que los ciudadanos de Nueva Macross lanzaban a los soldados, mientras aquellos trataban de hacer su vida cotidiana al tiempo que estos últimos ocupaban las calles para enfrentar a un enemigo que nadie sabía quién era.
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El viaje al SDF-1, que normalmente les llevaba unos pocos minutos, esta vez les ocupó casi media hora a causa de todos los controles militares y policiales en las calles, que se tornaban más numerosos y estrictos a medida que se acercaban a la fortaleza espacial. En cada uno de esos puestos, tanto Rick como Lisa debieron hacer uso de sus credenciales militares y de sus uniformes para sortear a los nerviosos soldados y policías que ocupaban los puestos de control.
Y en las cercanías de la gran fortaleza espacial, los jóvenes podían ver un panorama desolador de avenidas y calles usualmente llenas de actividad y de vida que permanecían silenciosas y casi intransitadas, a excepción de los autobuses y taxis y de unos pocos automóviles privados cuyos conductores estaban autorizados a sortear los controles militares. Las veredas se veían vacías, y muy pocas personas caminaban por ellas. Muchos de los comercios y negocios de la ciudad estaban con las persianas bajas.
Todo eso le daba a la ciudad de Nueva Macross un aspecto ominoso y aterrador de silencio... que sólo hacía que la tensión que todo lo invadía se notara más opresiva y sofocante. Esa tensión se podía ver en los rostros serios y alertas de los soldados, y en las caras neutras de dientes apretados de los ciudadanos que se atrevían a transitar por su ciudad durante la vigencia de la ley marcial.
Lo único que Rick y Lisa anhelaban era que esa tensión no encontrara el chispazo necesario para hacerla estallar. Lamentablemente, la experiencia común les indicaba a ambos que no faltaría la oportunidad.
Sólo deseaban estar equivocados.
Rick pensaba dejar a Lisa a la vera misma del Lago Gloval, pero un breve vistazo a la cantidad de vehículos militares desperdigados por toda la Avenida del Lago lo disuadió de intentarlo. Con mucha reticencia, el piloto detuvo su auto sobre la Sexta Avenida, que estaba cerrada por un puesto de bloqueo militar cuando faltaba menos de media cuadra de la Avenida del Lago, para que Lisa pudiera bajar allí y hacer el resto del camino a la fortaleza a pie.
Ella lo entendió perfectamente, y en ningún momento se le ocurrió reprocharle al piloto lo que parecía ser una falta absoluta de caballerosidad. Lejos de eso, la comandante Hayes abrió la puerta de su lado del auto y bajó a la calle, para luego dar la vuelta y colocarse del otro lado de la ventanilla de Rick.
Las miradas de los dos se cruzaron y se dijeron todo sin necesidad de usar palabras. El mutuo deseo de que todo salga bien y el recordatorio de que más les valía alejarse de los problemas... a sabiendas de que los problemas inevitablemente irían por ellos.
Rick sólo se atrevió a romper el silencio y el hechizo de esos ojos verdes para darle a Lisa una advertencia que él creía más que apropiada, dadas todas las veces que ella había estado en peligro.
– Si pasa algo malo, me llamas.
Ella asintió enérgicamente y le sonrió.
– Está bien.
– No – negó Rick, tomando a Lisa del brazo para su sorpresa inicial y posterior reaseguro, mirándola después a los ojos con determinación. – Nada de "está bien". Me llamas. Tomas ese telefonito tan chiquito y lindo que te regalé, marcas mi número y me dices "estoy bien, el mundo finalmente se fue al diablo pero no me pasó nada, así que no pierdas el tiempo llorando en una esquina por mí". Son sólo quince centavos, pero con eso ganas el alivio y paz interior de un pilotito.
La mirada de Lisa se volvió más tierna y dulce... no sabía cómo lo hacía, pero Rick Hunter siempre se las arreglaba para arrancarle una sonrisa en los peores momentos y para dejarla con las rodillas temblorosas de amor, por no mencionar un ansia irreprimible de tomarlo por las solapas y besarlo hasta dejarlo desmayado.
En vez de eso, y en parte por temor a que los recios soldados del Ejército que estaban en el puesto más cercano pensaran que ella lo estaba atacando, la comandante Hayes debió conformarse con una sonrisa de oreja a oreja y con una frase que no resumía ni por asomo lo que ella sentía por él.
– Eres adorable.
Rick hizo un gesto desdeñoso con la mano y trató de parecer serio e imperturbable... sólo que sus ojos azules traicionaban el inmenso cariño y la enorme preocupación que Lisa le despertaba.
– Vete ahora... antes de que te meta a forcejeos en el auto y te saque de la ciudad.
– Gracias por su preocupación, comandante Hunter.
Ahí fue cuando Rick no pudo resistir más. Con un rápido movimiento, el piloto buscó desengancharse del cinturón de seguridad para poder abrir la puerta, bajar del Fiat y rodear a Lisa con sus brazos en preludio a un beso que él haría infinito, pero no contaba con que ella le ganaría de mano.
Sin darle tiempo a nada, Lisa se agachó y atrapó los labios del piloto en los suyos, infligiéndole al joven un beso que lo hizo olvidarse por un minuto de la ley marcial y del desquicio generalizado, porque lo único en lo que podía pensar era en lo profundamente enamorado que estaba de Lisa y lo afortunado que era de tenerla junto a él.
Además, la comandante Hayes besaba tan bien que a Rick se le hacía de lo más natural olvidarse del mundo y perderse en un abismo de sabor frutal y labios de seda.
O hundirse irremediablemente en los radiantes ojos verdes de Lisa Hayes cuando el beso terminó y él pudo volver a verla.
– Mucha suerte con todo – le dijo él entonces, con la voz todavía temblorosa a causa del beso.
Ella le acarició el rostro y le besó suavemente los labios.
– Para los dos, amor.
Por más que él no quisiera hacerlo, ya venía siendo el momento de dejar a Lisa en paz y tratar de ir hasta la Base Aérea. No hizo falta que se despidiera de ella... entre los dos todo ya estaba dicho.
Finalmente, el automóvil de Rick dio una muy ilegal vuelta en "U" por la avenida cerrada al tránsito y se alejó por donde vino, dejando a Lisa sin nada más que hacer que verlo alejándose y después caminar hacia la fortaleza espacial.
Una vez traspuesto el formidable cordón de seguridad que rodeaba al Cuartel General de las Fuerzas de la Tierra Unida, lo que le obligó a mostrar su identificación a media docena de nerviosos oficiales del Ejército y de la Policía Militar, Lisa pudo finalmente ingresar a la fortaleza.
No le sorprendió en lo más mínimo a la comandante Hayes, dadas las circunstancias, que la seguridad en el SDF-1 se hubiera redoblado considerablemente. Policías militares e infantes equipados para la guerra transitaban los pasillos de la fortaleza espacial bajo la mirada nerviosa e inquieta del personal de a bordo, que iba de un lado al otro con pasos vivos, como queriendo pasar el menor tiempo posible en los corredores de la nave.
Tan opresivo era el ambiente que Lisa tuvo que detenerse un par de veces para respirar, porque había contenido la respiración sin darse cuenta a causa de los nervios y de la tensión.
Por fin, la comandante Hayes llegó a su destino.
Como cabía esperar en un momento de locura como aquel, la Central de Operaciones de Defensa bullía de actividad y estaba repleta de personal que iba de consola en consola. Parecía ser uno más de aquellos días de locura que tenían a Lisa, Claudia, al Trío y a los demás Ermitaños de la Central en ascuas y corriendo de un lado a otro, pero había otra cosa en el aire... la misma tensión opresiva y desesperante que Lisa había sentido en la ciudad y dentro de la nave.
Y no lo hacía más fácil comprobar que la mitad de los videomonitores flotantes de la Central mostraban distintas vistas y planos de Nueva Macross, en lugar de los datos procedentes del resto del mundo.
Embebida como estaba en observar el clima desquiciante de locura y energía que invadía a la Central de Operaciones, la comandante Hayes ni se percató de la repentina llegada de Claudia Grant al módulo de mando. Sólo se enteró de eso cuando Claudia le puso una mano en el hombro, sobresaltando a Lisa como si hubiera sido la mismísima Parca la que la tocaba.
– Buenos días, comandante Hayes – saludó Claudia con una sonrisa sardónica cuando su amiga se tranquilizó.
– Buenos días.
Lisa notó que Claudia se veía agotada y demolida, cosa inusual en una persona tan enérgica y viva como ella... más aún a las nueve de la mañana. Sin embargo, no tardó en razonar que Claudia había tenido que hacerse cargo del pandemónium durante las últimas horas, y que la tensión y adrenalina la estaban consumiendo a ojos vista.
Pero había otra cosa: en la cara de Claudia se notaba la profunda irritación y el temor por toda aquella situación que la fortaleza y la ciudad estaban viviendo. Una combinación potencialmente letal de furia, miedo y desconfianza que de no ser cuidadosamente desactivada, podría terminar por enloquecer a todos los cansados y presionados Ermitaños.
Peor aún fue para Lisa notar que todas las personas que veía en la Central tenían las mismas caras de dientes apretados y rechinantes...
– Lisa, qué bueno que viniste... – murmuró Claudia con la voz cansada, motivando con eso a que Lisa la saludara con un abrazo muy necesario.
– ¿Cómo estás, Claudia?
La comandante Grant señaló displicentemente la Central de Operaciones con su brazo.
– Tratando de manejar este desquicio...
Lisa asintió y echó una mirada al nivel inferior de la Central. La mente entrenada de la comandante Hayes no tardó en reparar en un detalle que se le hacía de lo más curioso y extraño, algo que se le apareció claramente con sólo ver las hordas de militares que trabajaban abajo de su módulo de mando.
– ¿Es idea mía o hay mucha más gente que lo usual?
– No es idea tuya – confirmó apesadumbrada la comandante Grant. – Todos estos tipos vinieron con el almirante Gloval.
Por "esos tipos", Claudia entendía a una colección de oficiales ajenos a la Central, que recorrían las consolas como supervisando el trabajo de los operadores. Esos oficiales portaban uniformes de todas las ramas militares, y muchos de ellos llevaban las insignias de coroneles, capitanes, comandantes y mayores... más que lo habitual en la Central de Operaciones.
– ¿De donde diablos salieron?
– De donde te imagines – murmuró la segunda al mando de Lisa, mientras recorría con la mirada a todos aquellos oficiales que andaban de intrusos en "su" Central de Operaciones. – Del Estado Mayor de las Fuerzas, del Distrito Militar, del mando del Ejército, enlaces con la Fuerza Aérea... contingentes reforzados de Policía Militar.
– Bueno, parece que tendremos público entonces – suspiró resignada Lisa. – ¿Las chicas?
– En sus puestos, firmes y más histéricas que nunca.
Dicho eso, Lisa notó que Vanessa estaba sujetando el auricular como si se le fuera a caer, y que en el nivel inferior Kim y Sammie le lanzaban miradas asesinas a un teniente coronel de la Fuerza Aérea que iba y venía con cara de perro.
– No las culpo... – gruñó Lisa, haciendo un instante de silencio para luego ir directamente al grano de lo que la tenía preocupada. – Claudia...
– ¿Sí?
Lisa giró para enfrentar a su mejor amiga.
– ¿Qué diablos pasó?
En la expresión de Claudia había casi tanto desconcierto como en la de Lisa, pero estaba demasiado disimulado por el cansancio y la irritación como para que la Comandante Hayes lo notara.
– ¿Por donde quieres que empiece?
– Por el principio – contestó Lisa. – ¿Por qué estamos en ley marcial?
La teniente comandante Grant se encogió de hombros.
– Si lo descubres, avísame.
Eso extrañó demasiado a Lisa. ¿Cómo podía ser que la Central estuviera en pie de guerra sin que nadie les comunicara el porqué? Ella sabía que el mundo estaba loco de atar, pero no que estaba tan desquiciado.
– ¿No hubo ningún anuncio?
– Nada en absoluto – negó Claudia. – Sólo la orden y el despliegue.
– Cielos.
Lisa Hayes hubiera hecho otra pregunta, y ciertamente estaba llena de preguntas que aguardaban respuestas inmediatas, pero ver a la figura delgada y severa del almirante Henry Gloval haciendo su entrada en el módulo de control la trajo de vuelta a la realidad de la disciplina militar.
El almirante mismo parecía cambiado por toda esa crisis. Lisa siempre se había sorprendido de ver a Gloval imperturbable y sereno aún en el peor de los momentos, pero era la primera vez que ella notaba al almirante como si estuviera a punto de explotar. Sus ojos se veían oscuros y coléricos, y su gorra no podía disimular el ceño permanentemente fruncido que dominaba su expresión. Peor todavía, si Gloval se veía molesto y duro en su uniforme, más molestos e irritados se veían los dos oficiales del Ejército que flanqueaban al Supremo Comandante como si fueran su guardia personal.
– ¡Atención en cubierta! – exclamó Lisa por puro impulso del protocolo militar, una orden que tanto Claudia como Vanessa acataron al instante.
– Descansen – ordenó Gloval, saludando a Lisa en cuanto ella dejó la postura de firmes. – Buenos días, comandante Hayes.
– Buenos días, señor.
– Espero que haya descansado... tendremos mucho trabajo hoy.
Eso era más que obvio con sólo ver todo lo que estaba pasando, pero aún así, Lisa sintió que se hacía necesario evacuar sus dudas cada vez más insoportables. Y si el almirante Gloval no podía contestarlas, pues ella se resignaría a que el mundo se hubiera vuelto finalmente loco.
– ¿Puedo preguntarle algo, señor?
– Adelante.
Lisa trató de sonar lo más normal y tranquila posible... lo que en el contexto en que se vivía significó que la pregunta no la hizo a los gritos y tomando por las solapas a Gloval.
– ¿Qué ocurrió?
– Estamos en alerta, comandante Hayes – se limitó a decir el almirante, entrecerrando los ojos.
– Mi pregunta es "por qué", señor.
Decir que Claudia, Vanessa y los dos oficiales del Ejército que acompañaban a Gloval habían quedado sorprendidos por la respuesta dura de Lisa fue minimizar el hecho; tanto había sido su estupor que sus caras parecían como si hubieran visto un fantasma.
Ninguno podía decir qué era lo que más le sorprendía: si ver a Lisa Hayes contestándole al almirante de un modo que podía ser tomado por grosero, o ver al almirante Gloval endurecerse como si le acabaran de asestar una bofetada.
– Ordené desplegar preventivamente a nuestras fuerzas ante la posibilidad de disturbios y caos en la ciudad, comandante Hayes – respondió con un tono pausado y peligrosamente frío el almirante Gloval, que sólo al final dejó entrever su casi descontrolada irritación. – ¿Hay algún problema?
– No, señor.
– Bien – gruñó satisfecho el almirante antes de dar media vuelta para irse. – La dejaré seguir con sus deberes, comandante.
– Hasta luego, almirante.
Sin más, Gloval dejó el módulo de control y continuó su recorrido, escoltado por los dos oficiales del Ejército. En el módulo quedaron Lisa y Claudia, las dos tan confundidas y desconcertadas como antes... pero en peor condición luego de la respuesta fría de Gloval.
Si bien Claudia no tardó en volver a sus actividades normales, la mente de Lisa estaba demasiado envuelta en la inquietud como para poder volver a la rutina así nomás. Todas las cosas que ella había estado viendo durante el día se cruzaban en su mente con sus propias emociones y temores, y también hacían su aparición las distintas teorías que trataba de formular para explicar la situación.
Fue entonces que un pensamiento súbito, que hasta entonces no se le había ocurrido, cruzó por la cabeza de Lisa Hayes con la velocidad del rayo... dejando además a la joven oficial con los escalofríos que habría sentido de haber tenido un encuentro cercano con un rayo.
– Claudia – inquirió Lisa, sintiendo la garganta reseca.
La comandante Grant tardó un poco en responder porque estaba terminando con una breve revisión en la que estaba enfrascada, pero en cuanto pudo liberarse de eso, le dedicó toda su atención a su mejor amiga y oficial superior.
– ¿Sí?
– ¿Hubo alguna orden del Gobierno?
– ¿Eh?
– La ley marcial... – se explicó Lisa, dejando que el temor se colara en sus siguientes palabras. – Por favor, dime que no está vigente sólo por orden del almirante.
Claudia no necesitó responderle a su amiga con palabras; bastó con un leve movimiento de la cabeza para que todo le quedara perfectamente claro a Lisa Hayes. Era un panorama cuyo horror no pasó inadvertido para la ama y señora de la Central de Operaciones, quien sintió que ya no su garganta sino todo su ser estaba seco de nervios y de espanto.
Todas las piezas estaban cayendo en su lugar: la tensión en las calles, la falta de anuncios gubernamentales sobre la ley marcial, la interrupción de los servicios televisivos y radiales, el desmesurado despliegue de tropas por toda la ciudad... y por sobre todo, la actitud dura y agresiva del almirante Gloval.
Lisa procedía de una familia de gran tradición militar, lo que la había hecho absorber desde niña los más sagrados y elementales principios de la vida militar. Uno de esos principios, que su padre y sus ancestros habían respetado a como diera lugar, era el que colocaba a los militares como subordinados de las autoridades políticas, independientemente de las opiniones que pudieran tener sobre los dirigentes civiles o incluso de sus propios puntos de vista, porque el día en que un soldado empezaba a escoger cuándo obedecer y cuando no a las legítimas autoridades, era el día en que los militares dejaban de ser los defensores del país para convertirse en un partido de uniforme.
Hasta entonces, Lisa había vivido bajo ese principio... pero si lo que pensaba era cierto y el almirante había actuado por su cuenta, entonces ella estaba siendo cómplice...
A la sequedad de su garganta le siguieron las náuseas.
– Dios mío... ¿sabes lo que esto significa?
Claudia no le respondió. Era claro en su mirada que las mismas ideas la estaban acosando, pero no lo hacían con la intensidad y el espanto con el que se le hacían presentes a Lisa Hayes.
La comandante Hayes se sujetó de la baranda del módulo de control y permaneció con la mirada perdida en el infinito, dándole rienda suelta a sus temores e inquietudes.
Justo entonces, un teniente subió del nivel inferior para entregarle en mano a Lisa unos reportes, pero al ver que la comandante Hayes estaba metida en su mundo, dudó antes de perturbarla. La furia de la comandante Hayes era legendaria, y el teniente sólo se atrevió a llamar la atención de Lisa cuando Claudia le indicó con un gesto que podía hacerlo.
– Disculpe, comandante Hayes, pero tengo unos reportes de las unidades en la Avenida Tercera.
Lisa giró para enfrentar al teniente y aceptar los reportes que le entregaba el joven teniente, dándose cuenta de que lo único que podía hacer por el momento era aceptar la realidad.
– Muchas gracias, teniente.
Cuando el teniente se retiró, Lisa se ocupó de los reportes, planeando ir a buscar un vaso de agua en cuanto le fuera posible.
Su garganta ya estaba demasiado seca.
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Aún cuando oficialmente Nueva Macross estuviera bajo ley marcial, eso no significaba que los soldados necesariamente se hicieran cargo de mantener la ley y el orden en la ciudad. Esa tarea todavía estaba en manos del cuerpo municipal competente: la Policía Civil de Nueva Macross.
Los soldados de la Tierra Unida custodiaban los principales edificios públicos y otros posibles objetivos estratégicos de la capital ante posibles disturbios o ataques terroristas; en teoría, eso debía dejar a la Policía Civil en condiciones de mantener un orden más estricto en la capital del GTU, ya que los militares los relevaban de las tareas de vigilancia y custodia y les permitían a los agentes de la Policía Civil dedicarse con más ímpetu y energía a reprimir los delitos que pudieran cometerse.
Aún con esa ayuda, la Policía Civil estaba teniendo un día muy complicado.
La locura parecía haberse contagiado a los pequeños delincuentes y aprendices de mafiosos que pasaban por ser el submundo criminal de Nueva Macross, por no decir que había algunos que tentaban su suerte intentando apoderarse por la fuerza de los productos y bienes de varios comercios. Además, los nervios alterados de los residentes de Nueva Macross se traducían en más choques automovilísticos, discusiones airadas y la ocasional pelea a puño limpio. Y los asesinos de la Vanguardia de la Paz, como los proverbiales pescadores, trataban de hacer ganancias en el río revuelto de la ciudad, con pequeñas acciones de "gimnasia revolucionaria" orientadas a fomentar el caos y el enfrentamiento en la capital del GTU.
Sin importar la naturaleza del acto, en todos esos casos de robo, saqueo, vandalismo o tumulto, eran los agentes uniformados de la Policía Civil los que corrían detrás de los delincuentes para aplicar la ley a macanazo limpio y hacer los arrestos necesarios.
Pero a cada instante que pasaba, los casos de disturbios e incidentes criminales se iban multiplicando, y los reportes se sucedían constantemente en un esfuerzo por mantener a las respectivas superioridades al tanto de lo que ocurría.
Esa información llegaba a tres sitios muy diferentes. Uno de ellos era la Central de Operaciones de Defensa del SDF-1, que sin embargo sólo podía dedicar una parte de sus capacidades al control de la ley marcial, dada la importancia de su labor como centro nervioso de la defensa mundial. Ese problema no se repetía en los otros dos sitios a donde llegaban los reportes de la Policía Civil: la Sala de Situación del Departamento Central de la Policía Civil, y el Centro de Comando del Distrito Militar Nueva Macross.
En la Sala de Situación de la Policía Civil, los oficiales de la fuerza policial municipal intentaban mantener su "mapa del delito" permanentemente actualizado, marcando cada sitio donde ocurriera un delito con una luz roja en la pantalla ocupada por un gigantesco mapa de Nueva Macross. Cada una de esas luces electrónicas estaba acompañada por un pequeño indicador que mostraba qué estaba ocurriendo y qué unidades habían sido despachadas para intervenir.
Y con sólo leer bien esa pantalla, los máximos comandantes de la Policía Civil podían estar seguros de que su profesional y eficiente fuerza policial estaba muy cerca del punto de la ruptura.
Era una cuestión sencilla que no se le escapaba al cansado, irritado y muy callado jefe de la Policía Civil, que se había apersonado en la Sala de Situación para tratar de seguir aquel desquicio. El superintendente Raizo Murakami, cuyo uniforme azul cargado de condecoraciones e imponentes insignias de rango metía más miedo en todos los agentes de la Policía que cualquier delincuente armado, no ocultaba su preocupación ante el panorama que se abría ante sus ojos. Un panorama de delitos, incidentes y enfrentamientos en franco crecimiento... y una fuerza policial cuyos miembros no estaban cerca de resolver el problema de poder estar en varios lugares al mismo tiempo.
De tanto en tanto, pero especialmente con cada reporte de un nuevo incidente o delito, el superintendente Murakami miraba de reojo al teniente coronel de Infantería que fungía como enlace entre la Policía Civil y el Distrito Militar Nueva Macross. Esa era la forma de Murakami de decirle al oficial del Ejército, sin muchas palabras pero no por eso siendo menos expresivo, que debía hacerse a la idea de que tarde o temprano, la Policía Civil no sería suficiente para mantener la paz en la ciudad, y que les correspondería a los soldados de la Tierra Unida intervenir en esa misión.
Por esas extrañas coincidencias de la vida, en el Centro de Comando del Distrito Militar, el inspector asignado como oficial de enlace de la Policía Civil ante los militares trataba de hacerle entender precisamente eso al brigadier Connor Mayhew, jefe del Distrito Militar y comandante de la guarnición de la ciudad. El brigadier Mayhew y sus oficiales más cercanos, además del inspector de la Policía Civil, estaban encerrados en el Centro de Comando desde el momento mismo de la implementación de la ley marcial, y veían los mismos datos que el superintendente Murakami y sus ayudantes, pero los interpretaban de otra manera muy distinta.
Mientras que Murakami se enfocaba en que muy pronto sus agentes serían insuficientes para combatir la escalada delictiva, el brigadier Mayhew miraba los incontables puntos azules en su propio mapa de la ciudad, puntos que señalaban los retenes militares, bloqueos y puestos de control desperdigados por toda Nueva Macross. En particular, lo que Mayhew veía era que sus muchachos allá en la ciudad tendrían que intervenir en cualquier momento para asistir a la Policía... y los soldados de Mayhew no tenían cachiporras para combatir el crimen; tenían fusiles de asalto.
Era por eso que el brigadier Mayhew se mantenía reticente a darles rienda suelta a los soldados para que ayudaran a la Policía, pues no se necesitaba ser un genio para saber que cuando los soldados tuvieran permiso para disparar, no sólo se llenarían los calabozos de las comisarías sino también las morgues de los hospitales.
Tres nuevos puntos rojos aparecieron en la pantalla de Mayhew: tres nuevos delitos, tumultos o incidentes habían estallado en Nueva Macross, cosa que ya era habitual para ese día demente... sólo que esta vez, a las luces rojas no las acompañaron los indicadores de los efectivos policiales despachados para combatir el delito. Pasaron cinco, diez, quince segundos; uno, dos y cinco minutos, pero no había ningún reporte de unidades policiales encargadas de reprimir esos incidentes.
Y Mayhew sabía por qué. También sabía, o podía imaginarse con un alto grado de certeza, que las cosas en la sede central de la Policía Civil no andaban bien en ese momento.
La mirada preocupada del enlace policial confirmó todos los temores de Mayhew. De seguir así las cosas, el jefe de la guarnición ya no podría evadir más su responsabilidad, y se vería obligado a dar una orden que no quería dar bajo ninguna circunstancia.
La imagen de los incidentes del Lago Gloval, con su carga horrenda de muertos y heridos, y con la estela de caos, violencia e incertidumbre que había dejado, se asomó en la mente de Mayhew, quien no pudo evitar multiplicarla por cien al trasladarla a la totalidad de la ciudad cuya defensa él debía asegurar.
El brigadier, perdiendo finalmente y sólo por un segundo el control de sus emociones, cerró el puño y lo golpeó con fuerza sobre la mesa, exclamando:
– ¡Maldito sea Gloval! ¿En qué mierda nos metió?
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Era un departamento de tres ambientes como tantos otros departamentos de aquel edificio residencial, idéntico a su vez a tantos otros edificios residenciales en aquel barrio de la ciudad de Nueva Macross.
Sus ocupantes, empero, no eran como los otros residentes del edificio.
Se trataba de cinco jóvenes de entre veinticinco y treinta y cinco años de edad, ninguno de los cuales daba la impresión de pertenecer a la misma familia o siquiera ser muy amistoso con cualquiera de los demás. Y eso tenía una razón muy sencilla de ser: era porque a pesar de sus fachadas y coartadas habituales, los cinco hombres pertenecían a la Vanguardia de la Paz.
El departamento era uno de los tantos "aguantaderos" que con paciencia la Vanguardia había montado en toda la capital: un lugar en donde prepararse para las operaciones e ir acumulando recursos, armas y demás objetos de utilidad para la campaña de la Vanguardia... además de servir como refugio temporal para sus miembros en tanto se trabajaban los mecanismos para sacarlos de la ciudad.
Aquel día los cinco miembros de la Vanguardia estaban encerrados en el departamento sin otra opción más que concentrarse en su trabajo. En teoría, la tarea de aquellos miembros de la organización era preparar una "pequeña sorpresa" para un depósito de suministros militares en las afueras de la ciudad, pero la sorpresiva declaración de la ley marcial dejó todos sus planes sin efecto.
Entonces, la opción para los cinco militantes era sencilla: seguir trabajando y esperar a que la tormenta amaine... o buscar un blanco de oportunidad.
Mientras daba los últimos toques a una carga explosiva, uno de los jóvenes notó algo que llamó poderosamente su atención: un brillante y muy rojo punto de luz en una de las paredes... un punto de luz cuyo origen parecía estar detrás de la ventana oscurecida por la persiana...
Y un punto de luz muy similar al de una mira láser...
La sangre del joven activista se congeló en sus venas, pero antes de que pudiera mostrar su hallazgo a sus camaradas, los oídos de todos fueron prácticamente deshechos por una explosión ensordecedora que dejó a varios de ellos peligrosamente cerca de terminar en el suelo.
Y el mundo de los terroristas todavía estaba girando cuando las siguientes sorpresas se aparecieron en sus vidas.
La puerta del departamento se partió en varios pedazos que volaron por el aire al tiempo que el humo acre de una granada fumígena invadió todo el lugar como una niebla ominosa, y mientras los ocupantes del departamento todavía estaban tosiendo y asimilando la idea de que su escondite estaba bajo asalto, una voz terminante y amplificada por un megáfono tronó en todo el departamento con una orden sencilla que no admitía desobediencias.
– ¡TODOS AL SUELO!
De la puerta de entrada aparecieron uno, dos, cinco, diez hombres armados y vestidos con uniformes oscuros de asalto, cargando cada uno de ellos un arma automática de aspecto temible. Los miembros del equipo de asalto -que no pertenecían a la Policía Civil, como los terroristas lo podían notar con sólo ver las insignias que cada uno de los invasores llevaba en el hombro- se movieron a una velocidad imposible de seguir y rápidamente tomaron posiciones en los distintos rincones de la habitación, sin que los terroristas pudieran resistir efectivamente al sorpresivo ataque.
Uno de los jóvenes creyó tener una oportunidad clara de resistirse y saltó para tomar su fusil de asalto, que por precaución siempre estaba cargado.
Sus manos apenas llegaron a tocar la culata del arma cuando una lluvia de balas procedente de los fusiles del equipo de asalto destrozó su cuerpo y lo mató antes de que el cuerpo llegara a tocar el suelo.
Aún con ese cruel ejemplo ocurriendo delante de sus ojos, el resto de los miembros de la Vanguardia hicieron un intento de tomar sus armas, pero a diferencia de lo ocurrido con su camarada caído, ninguno de ellos llegó siquiera cerca de sus armas antes de escuchar el click de innumerables armas automáticas que estaban demasiado cerca de sus humanidades como para sentirse tranquilos.
Y menos tranquilos estuvieron aún cuando escucharon la voz del líder del equipo de asalto detallando sus opciones de la manera más escueta y concreta posible.
– Ríndanse o mueran.
A pesar de que todavía pudieran tener ganas de irse y cargarse a algunos de los militares con ellos, ninguno de los terroristas sobrevivientes pensó que podía llegar a hacerlo... más viendo lo que le había pasado a su camarada.
Uno a uno y en silencio, los ocupantes del departamento fueron poniendo sus manos detrás de sus cabezas y se fueron arrodillando, e inmediatamente los miembros del equipo de asalto se ocuparon, un terrorista cada uno, de mantener detenidos y controlados a los flamantes prisioneros.
Menos de dos minutos habían pasado desde la primera señal de violencia; el humo de la explosión inicial todavía no se había disipado.
En cuanto los últimos terroristas fueron desarmados y reducidos, uno de los soldados del equipo de asalto que todavía estaba en la puerta asintió como dando una señal, y al instante tres o cuatro oficiales muy distintos de los que habían irrumpido en el departamento hicieron su entrada.
El capitán que había comandado el equipo de asalto se cuadró inmediatamente ante el oficial que comandaba la inusual delegación y procedió a reportarle sin demora.
– El sitio está asegurado, señor.
Uno de los recién llegados asintió secamente al informe del capitán.
Se trataba de un hombre delgado y de cabello rubio y alisado, con un rostro triangular dominado por una nariz un tanto larga y con pequeños y fríos ojos azules, todos los cuales combinados con el uniforme de la PMG que vestía sin la menor arruga o mancha, terminaban de completar su imagen de criatura siniestra. Y es que para el capitán Alan Fredericks su imagen amenazante e intimidatoria era parte de lo que lo hacía tan bueno en su trabajo y tan útil para la naciente PMG.
El capitán Fredericks recorrió el departamento como un general victorioso recorre un campo de batalla en donde sus tropas vencieron, cuidando de no tropezarse con los escombros dejados durante la breve refriega o con alguno de los terroristas cautivos. Finalmente, cuando terminó de ver lo que sea que estaba viendo, Fredericks se volvió hacia el oficial que había comandado al grupo de acciones especiales, quien se cuadró ante él a pesar de tener el mismo rango.
– Excelente, capitán – lo felicitó Fredericks, mirando de reojo a los terroristas que todavía estaban sujetos contra el suelo. – ¿Cuántos tiene?
El capitán de fuerzas especiales miró despectivamente a los jóvenes, que todavía intentaban retorcerse o hacerles las cosas difíciles a quienes los mantenían reducidos y capturados... y ni siquiera la máscara podía disimular el desprecio que aquel hombre sentía por quienes habían usado aquel departamento como refugio.
– Cuatro prisioneros – reportó el capitán, y su mirada se clavó en la figura destrozada que aún en la muerte pugnaba por sujetar su pistola ametralladora. – Uno de los terroristas intentó resistirse.
Fredericks miró a donde estaba mirando el capitán, y su reacción fue, si así se la podía catalogar, de clínico y desapasionado desprecio.
– ¿Y qué le ocurrió a ese? – inquirió Fredericks, a lo que el capitán de fuerzas especiales respondió de manera mecánica.
– Intentó resistirse.
Sin más por preguntar, Fredericks ordenó con un gesto que los prisioneros fueran puestos de pie. Una vez cumplida su orden, el capitán de la PMG estudió de cerca a los cuatro aturdidos integrantes del grupo terrorista. En sus ojos y en sus expresiones Fredericks no encontró más que un odio infinito hacia él y todo lo que representaba, teñido por un desconsuelo sin límites por haber sido capturados... sin haber cumplido con lo que se proponían.
Ante eso, Fredericks les devolvió una sonrisa vagamente reptil. Si algo bueno tenía aquel desquicio de la ley marcial, era que la PMG tenía por primera vez las manos libres para seguir y ocuparse de los posibles integrantes de la Vanguardia… y su imaginación concibió escenas similares a las que tenían lugar en ese departamento pero en otros "aguantaderos" dispersos por la ciudad.
– Excelente – declaró una vez más el capitán Fredericks, girando para ver a los integrantes del equipo de asalto. – Prepárelos para llevarlos al Centro de inmediato.
Al instante, los miembros del equipo de asalto acataron la orden del oficial de la PMG, sujetando firmemente a cada uno de los terroristas y empujándolos sin muchos miramientos para quitarlos del lugar, mientras otro grupo de agentes de la PMG, esta vez pertenecientes a los equipos forenses, esperaba en el vestíbulo del lugar para poder entrar y obrar sus artes oscuras con lo que los terroristas habían guardado allí.
En el vestíbulo, otros oficiales de la PMG tan impecablemente uniformados como Fredericks iban de puerta en puerta intentando explicar a los residentes con cortesía y amabilidad, pero también con firmeza, qué acababa de ocurrir.
Fredericks miró por última vez el departamento hecho pedazos por la balacera y a los terroristas que eran llevados en custodia fuera del edificio y se permitió una breve sonrisa sin humor.
Todo estaba saliendo a la perfección.
– Y comuníqueme con el Equipo 2... – le ordenó entonces a uno de sus ayudantes. – Veamos qué están haciendo ellos.
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En la Base Aérea Nueva Macross, hogar de los escuadrones de combate de la Fuerza Aérea y de las Fuerzas Espaciales encargados de la seguridad del espacio aéreo de la capital de la Tierra Unida, el panorama se notaba un poco más tranquilo que en el resto de la ciudad.
Los vuelos continuaban despegando y llegando a las pistas de la Base, los radares seguían funcionando tanto para ayudar a los vuelos comerciales que iban y venían como para mantener una estrecha vigilancia sobre todas las aeronaves que sobrevolaban la capital, y los técnicos proseguían con sus labores de mantenimiento y reparación de las costosas aeronaves militares apostadas en la Base.
Los distintos edificios administrativos, de operaciones y hangares de la Base seguían impecables y presentables en todo momento, como si el mismísimo almirante Gloval pudiera caer para una revisión no anunciada; hasta los pocos árboles y flores que adornaban la entrada al edificio principal de la base seguían tan plácidos y refrescantes como de costumbre.
Las únicas notas discordantes con esa imagen de tranquilidad y rutina venían dadas por las caras de urgencia y nervios del personal, por la cantidad reforzada de policías militares que patrullaban los alrededores de la base... y por el pelotón de Infantería que resguardaba el acceso principal de la Base Aérea, parapetado detrás de numerosas bolsas de arena y apuntando sus fusiles y ametralladoras contra cualquier potencial vándalo.
Los soldados habían sido despachados del 22° Batallón de Fusileros, la unidad de Infantería más próxima a la Base Aérea, con órdenes de reforzar al contingente de policías militares de la Base en labores de seguridad y control de posibles manifestaciones.
"Pues qué considerados", gruñó para sí el comandante Rick Hunter cuando le mostró su credencial al teniente de infantería que estaba al frente del puesto de control.
No era porque sintiera algún encono contra la Infantería, más allá de las críticas y rivalidades acostumbradas; después de cinco veces en las que tuvo que mostrar su credencial militar en cinco puestos de control distintos en todo el trayecto que iba desde el SDF-1 hasta la Base Aérea, el comandante Hunter ya estaba oficialmente harto de todo aquello.
Aún después de dejar a Lisa en la cercanía de la fortaleza espacial, lo que le había implicado toparse con los dispositivos más formidables de la ley marcial, Rick todavía tenía para sorprenderse y espantarse por lo que veía en las calles de su ciudad. Controles militares por todos lados, ciudadanos mostrando sus credenciales de identificación a pedido de la Policía Civil, calles vacías por la falta de automóviles, persianas bajas en los comercios... Nueva Macross parecía haber vuelto a los momentos más oscuros de la guerra contra los Zentraedi.
Pero esta vez la guerra era peor. Era una guerra de humanos contra humanos, de hermanos contra hermanos. Una guerra contra sí mismos.
Todas esas divagaciones quedaron rápidamente en el olvido una vez que Rick estacionó el Fiat en el espacio que le estaba reservado y descendió del auto.
Viendo que todos los oficiales con los que se cruzaba, independientemente de si eran pilotos, personal técnico, administrativo, de operaciones, policías militares o infantes, estaban al paso vivo como si no hubiera tiempo que perder, el comandante Hunter siguió su ejemplo y entró al edificio principal con el paso de una persona que cuenta los segundos para llegar al baño.
Para su sorpresa, Rick no tardó en encontrarse, previo casi choque con un par de policías militares que venían trotando en sentido contrario, con su primer oficial. Y Max estaba tan nervioso, ansioso y apurado como él, aunque se pudo tomar el suficiente tiempo para hacerle una venia más o menos decente y darle un saludo pasablemente amistoso a su líder de escuadrón.
– Buenos días, Rick.
– ¿Qué tienen de buenos? – gruñó Rick, devolviéndole el saludo militar a Max sin siquiera mirarlo.
– Amén.
En otro contexto, tal vez Max se hubiera ofendido por la fría devolución que Rick hizo de su saludo, pero en un día tan demencial como ese, y con las ojeras y cara de irritado que traía el Líder Skull, su segundo al mando no podía sino perdonarlo y sumarse al malhumor de su comandante.
Por otro lado, y con la vista firme al frente en su paso vivo, el comandante Hunter pasaba a temas más oficiales para distraerse de todo aquello... y de lo que debía estar pasando Lisa allá en el ojo de la tormenta.
– ¿Cómo están las cosas por aquí?
– ¿Viste toda esa gente corriendo de un lado a otro? – dijo Max, señalando en general a todo lo que iba y venía por el corredor.
Rick echó un vistazo en la dirección general que indicaba Max. Podía ver a media docena de policías militares trotando con sus fusiles colgados del hombro, a dos o tres oficiales administrativos que entraban y salían de las oficinas del Grupo Aéreo con papeles que casi se les caían de las manos, y a varios pilotos y mecánicos que cuchicheaban entre ellos con caras de preocupación, aunque nunca bajando la velocidad de sus pasos.
– Sí – reconoció el Líder Skull.
– Bueno... – le contestó Max, con una mueca sarcástica en el rostro. – Ahora las cosas están calmadas.
Rick dejó escapar un silbido; había captado perfectamente lo que Max había querido decir.
– Clarísimo.
– El mayor Penhall ha convocado a una junta de los líderes de escuadrón en el Auditorio Principal – cambió el tema Max, sin por ello mirar a su jefe o caminar a paso más normal. – Quiere que tengamos la base lista para cualquier eventualidad.
– ¿Por qué no me enteré?
El teniente Sterling señaló un bulto vagamente rectangular que se traslucía en el bolsillo de la blanca chaqueta del comandante Hunter.
– Porque tienes el celular apagado, jefe.
– Claro – concedió Rick con una media sonrisa, afanándose luego por encender el teléfono celular y rogando para sus adentros que Lisa no lo hubiera llamado en ningún momento. Luego y de reojo, el Líder Skull notó que Max se veía bastante molesto por algo en especial... y creyendo que tal vez se debía a la misma causa que lo tenía a él completamente nervioso, decidió preguntárselo de una vez por todas. – ¿Y Miriya?
La cara de Max lo dijo todo en ese momento; era la cara de un hombre que todavía no se recuperaba de una discusión fenomenal... especialmente con una mujer que no tenía empacho en recurrir a los golpes si hacía falta. Aún estando embarazada.
– Me pasé toda la mañana discutiendo con ella para hacer que se quedara en casa... – relató con irritación el teniente Sterling. – No quería que saliera con todo esto ocurriendo en las calles.
Rick ciertamente podía comprender a su mejor amigo... aunque en secreto daba gracias a Dios de que Lisa no tuviera mucha afición por los cuchillos y otras armas blancas.
– ¿Y pudiste hacerlo?
– ¿Quién crees que condujo el auto? – le contestó Max, logrando arrancarle una sonrisa a su jefe de escuadrón y a él mismo también.
En su paso, los dos máximos oficiales del Skull cruzaron por la puerta de una de las salas comunes de la Base Aérea, y allí Rick captó casi sin proponérselo algo que lo hizo detenerse aunque fuera sólo por un minuto.
Allí, de pie junto a uno de los teléfonos públicos, la segunda teniente Karin Birkeland mantenía una conversación telefónica... eso es, si se le podía llamar "conversación" a lo que a todas luces parecía ser un duelo de alaridos entre la joven piloto de combate y su extraño interlocutor.
A pesar de que la cara de Karin en ese momento no fuera algo de lo que reírse, el ver a su subordinada al borde de un estallido le despertó una sádica sonrisa al comandante Hunter, sonrisa que allí se quedó mientras se paraba en la puerta de la sala a ver el espectáculo.
Además, necesitaba un mínimo de distracción.
– No, no, no me entiende, ya sé que hay un alerta general – se desgañitaba con vehemencia Karin, aferrándose al auricular del teléfono como si se fuera a caer. – Sólo quiero saber si despacharon a todos los oficiales del Regi---
La teniente calló; evidentemente su interlocutor le estaba contestando. Y a juzgar por los ojos furiosos y la boca contraída en una mueca de odio de la teniente, la respuesta no era de su agrado.
Todas las dudas volaron por los aires cuando Karin prácticamente gritó al teléfono:
– ¡TU MADRE!
Dicho eso y sin perder el tiempo, la teniente Birkeland colgó el teléfono en su base, aunque lo hizo con tanta fuerza que no hubiera sido descabellado pensar que el teléfono necesitaría de reparaciones posteriores.
Ahí fue cuando Rick Hunter decidió que su presencia y autoridad como oficial comandante era necesaria.
– ¿Teniente?
Y ese fue el momento en el que Karin Birkeland, segunda teniente en las Fuerzas Espaciales de la Tierra Unida, sintió que se le iba el alma a los pies al ver a su líder de escuadrón observándola como si ella fuera una posesa desquiciada... sabiendo que esa era exactamente la impresión que había dado con la pequeña charla telefónica que acababa de mantener.
– Lo siento, señor – contestó la teniente Birkeland, tratando de ponerse en posición de firmes, recobrar el aliento y dar una explicación coherente de sus actos al mismo tiempo. – Estaba... estaba llamando al Fuerte Tomahawk... para saber qué estaba ocurriendo de su lado del desierto, señor...
Los ojos de Rick Hunter chispearon con un guiño comprensivo. Todo estaba perfectamente claro para él.
La sonrisa cómplice que apareció en el rostro de Rick trajo algo de tranquilidad a la joven teniente... aunque no tanta como la que sentiría si ese imbécil del Ejército con el que acababa de intercambiar insultos le hubiera dado alguna respuesta concreta en vez de evasivas reglamentarias y oficiosas.
– ¿Y encontró al capitán Shelby?
La teniente Birkeland se sonrojó furiosamente. Odiaba que la descubrieran así de fácil. Pero para ser honesta con ella misma... tendía a ser demasiado transparente en esos asuntos.
– No... no pude.
Rick volvió a sonreír pero no por mucho. Había que volver a la realidad rápidamente y Karin le daba una buena oportunidad de dejar algunas cosas arregladas para más adelante.
– Voy al Auditorio Principal para una junta con los otros jefes de escuadrón en quince minutos – dijo Rick, clavando su mirada en la segunda teniente. – Usted asegúrese de que todos los muchachos del Skull estén en la Sala de Prevuelo 4 diez minutos después de que le avise por teléfono. ¿Entendido?
– ¡Sí, comandante!
Una vez más, Rick sonrió... pero esta vez, fue una sonrisa más amistosa y menos burlona.
– Y si encuentra al capitán Shelby... lo saluda de mi parte.
– Sí, señor.
Un codazo de Max trajo a Rick de regreso a la inevitable realidad de que en poco tiempo más debían los dos estar en una junta con el comandante de la Base Aérea, y tras recibir un saludo militar de Karin, tanto Max como Rick retomaron su viva caminata por los corredores de la Base Aérea Nueva Macross, confundiéndose con el mar de oficiales y soldados que intentaban tener la base en funcionamiento en ese día de caos.
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Por más que Lisa se esforzara por hacer de aquel día un día como cualquier otro, la realidad misma se lo impedía con una persistencia rayana en el sadismo. Era imposible para la comandante Hayes ignorar la locura imperante cuando casi todos los videomonitores de la Central de Operaciones mostraban transmisiones en vivo desde distintos puntos de control militar en las calles de su ciudad, cuando las controladoras de la Central recibían reportes de soldados y policías encargados de mantener el orden en la ciudad, y cuando su trabajo estaba siendo supervisado por hordas de policías militares y extraños personajes del Estado Mayor que jamás había visto en su vida.
Todo eso hizo que el dolor de cabeza que normalmente la atacaba a las doce y cuarto, justo antes del almuerzo, se manifestara a las nueve menos diez de la mañana.
Sin dudarlo, Lisa tomó una aspirina del pequeño botiquín de emergencias del módulo de control, y lo bajó por su esófago sin tomar agua. La experiencia fue molesta, pero en medio de las molestias de aquella jornada desquiciada, el mal trago de tomarse una aspirina sin agua fue apenas una nota al pie.
Había muchísimas otras cosas por las que estar molesta. Demasiadas para contarlas a todas.
A Lisa no le gustaba el curso que estaban tomando las cosas ya desde antes de la ley marcial. La joven comandante no apreciaba para nada a Lynn Kyle y todo lo que salía de su boca, y desconfiaba de lo que dijeran los políticos (tanto del GTU como de la oposición), así fuera que afirmaran solemnemente que dos más dos es cuatro; en su opinión, toda aquella desquiciante crisis era el producto de cruzar la mente afiebrada de Lynn Kyle y sus seguidores con los cálculos maquiavélicos de los políticos que manejaban el GTU.
Y ella era más que conciente de que inevitablemente toda esa crisis escalaría hasta llegar a un punto de ebullición. Lo sabía con la misma certeza con la que podía asegurar que el fuego quemaba.
Pero eso no significaba que cualquier cosa pudiera usarse para salir del paso. No todas las herramientas eran válidas.
Menos que menos la ley marcial.
Por las venas de Elizabeth Hayes corría más de un siglo de tradición militar familiar. Sus ancestros directos habían conducido soldados durante las duras campañas de la Guerra de Secesión, y sus parientes de allende el Atlántico habían expandido las fronteras del Imperio Británico contra los zulúes y boers sudafricanos en sangrientas batallas; sus bisabuelos, abuelos y tíos abuelos habían comandado buques de escolta en peligrosas y letales misiones de escolta contra los submarinos alemanes durante las dos primeras Guerras Mundiales; su padre había estado al frente de un portaaviones en el Golfo Pérsico, de un grupo de batalla durante los primeros años de la Guerra Global y de todas las fuerzas militares de la raza humana durante la Guerra Robotech. Y ella misma había estado al pie del cañón en las más crueles batallas de la guerra más cruel de toda la historia humana.
Era esa tradición militar pasada de padres a hijos –e hijas– la que había hecho que el apellido "Hayes" fuera sinónimo de dedicación, deber, lealtad y patriotismo en las fuerzas militares de media docena de naciones. Y era esa tradición militar la que había escrito con fuego en el alma de Lisa Hayes el principio sacrosanto de que las armas de los soldados debían ser sólo empleadas para proteger a los ciudadanos de sus enemigos, y jamás para mantenerlos sumisos y vigilados.
Intelectualmente, ella entendía que en ciertos momentos de caos en los que todos los demás recursos habían sido agotados, la intervención militar en el mantenimiento de la paz interior era un mal necesario, pero todos sus instintos le decían a los gritos que esa no era la ocasión.
Al ver todo el despliegue de poderío militar empleado para tener a Nueva Macross en un puño de hierro, Lisa Hayes no pudo evitar preguntarse cuál era la mayor amenaza: Lynn Kyle, o la obstinación de sus propios comandantes y superiores políticos.
A Lisa no le era sencillo cuestionarse el por qué ocurrían las cosas en el servicio militar, pero cuando lo hacía, siempre era por una muy buena razón.
Como las razones que podía pensar sin mayor esfuerzo con sólo ver todas esas imágenes de tropas preparadas para la guerra en las calles de su ciudad.
La decisión de actuar le llegó con más naturalidad y sencillez de lo que jamás había creído posible. A fin de cuentas, lo que ella estaba contemplando bien podía calificarse como un acto de suma deslealtad... cuando no "traición".
El primer movimiento de Lisa fue caminar unos pasos hacia una de las consolas laterales del módulo de control. Sentada frente a dicha consola, la segunda teniente Vanessa Leeds luchaba no sólo contra la habitual tortura del sistema de comunicaciones, sino contra su propio dolor de cabeza y su irritación ante todo lo que ocurría.
Fue entonces una mala elección por parte de Lisa el apoyar su mano en el hombro de Vanessa antes de saludarla.
– ¿Cómo estás, Vanessa?
La teniente Leeds se sobresaltó y giró con furia para ver quién estaba perturbando su frustración, pero se tranquilizó cuando notó que era la propia Lisa Hayes.
– ¿Cómo te imaginas? – replicó Vanessa con cansancio y molestia creciente en su voz. – Esto es una locura, Lisa...
Lisa echó un vistazo a toda la Central de Operaciones, y su expresión se tornó tan dolida y cansada como la de Vanessa.
– No podría estar más de acuerdo contigo.
Mientras Vanessa se apartaba un segundo para ocuparse de un asunto urgente que le era comunicado por la radio, Lisa aprovechaba el momento para juntar fuerzas y hacer a un lado sus últimas dudas al respecto... dudas que no eran pocas o fáciles de vencer.
Pero tenía que hacerlo. Tenía que actuar. Las consecuencias de lo que estaba ocurriendo en la ciudad eran demasiado terribles como para hacerse a un lado y consolarse en el mantra de "sólo obedecía órdenes". No se lo perdonaría jamás si en ese momento, ella no hacía todo lo que estuviera en su poder para detener lo que prometía desembocar en el caos de seguir su curso.
En el momento en que ella se decidió, los puños de Lisa se cerraron. Inmediatamente, la comandante Hayes volvió a llamar a Vanessa.
– Vanessa, tengo que pedirte un favor.
– Lo que disponga, comandante.
Suavemente, Lisa giró la silla de Vanessa para poder tenerla frente a frente. Le debía a su subordinada y amiga ser lo más clara y sincera sobre lo que le iba a pedir... ella lo merecía.
– No es una orden... y te aviso que como están las cosas, tal vez te juegues la carrera en esto.
Vanessa sólo tuvo que ver la determinación en los ojos verdes de Lisa para saber que ella hablaba en serio... sin mencionar que no recordaba una sola ocasión en la que Lisa no hubiera hablado en serio.
– Entendido – asintió la teniente Leeds. – ¿Qué quieres que haga?
– Necesito una línea directa.
– ¿A donde?
Lisa miró a ambos lados antes de contestarle a Vanessa, como si temiera que alguien pudiera escucharla.
– A la oficina del Primer Ministro.
Los ojos de Vanessa se abrieron enormes detrás de sus anteojos, al igual que su boca; lo que Lisa le estaba pidiendo era tan imposible en ese momento como el enfrentarse a un Zentraedi tamaño natural en una pelea abierta.
– ¿Qué?
– Es urgente – insistió Lisa, pero Vanessa le levantó una mano y meneó la cabeza con tristeza.
– Lisa, no puedo hacerlo.
– Vanessa---
– No puedo hacerlo en serio – se apresuró a explicar la teniente antes de que Lisa confundiera su negativa con falta de voluntad. – Todas las líneas a la oficina del Primer Ministro han sido bloqueadas por orden del almirante Gloval.
– ¡Diablos! – maldijo Lisa con vehemencia al creerse derrotada... sólo para darse cuenta de que tenía otra opción ante ella. Una opción que jamás hubiera considerado de no estar completamente desesperada. – Probemos otra cosa...
– Adelante.
Pero Lisa Hayes no le contestó de inmediato, sino que se retiró a su propio interior para pensar bien en lo que iba a hacer.
En cualquier otra circunstancia, Lisa hubiera maldecido ante la sola sugerencia de recurrir a una persona que sólo le despertaba rencor y desconfianza, cuando no una furia ciega y desmedida. De hecho, hasta se sentía sucia y humillada por pensar en recurrir a la ayuda de aquella persona, como si temiera el juicio de su conciencia o las posibles burlas de esa persona a quien pensaba pedir auxilio. Sin mencionar que el rencor que albergaba no conocía de límites o de moderaciones, menos cuando se trataba de alguien a quien casi había terminado por estrangular en las dos ocasiones en que debió tratar con ella.
Ella no quería hacer eso, no deseaba y de haber podido, lo hubiera evitado... pero el punto era precisamente que no le quedaba otra cosa por hacer, o alguien más a quien recurrir.
Sólo le quedaba ese camino... y ni siquiera saber eso le impedía a Lisa sentir un profundo asco hacia ella misma.
Pero el asco no se compararía con la culpa de no haber hecho nada por hacer que la cordura volviera a aquellos que tomaban las decisiones.
– Me voy a arrepentir de esto... –murmuró Lisa más para sí misma que para su subordinada, a quien le ordenó inmediatamente. – Vanessa, comunícame con el ministerio de Defensa.
Como todos en el SDF-1, Vanessa Leeds sabía muy bien lo que había entre Lisa Hayes y la persona más relevante del ministerio de Defensa, y por un instante, pensó que tal vez era preferible el caos de la ley marcial antes que hacer algo que daría como resultado un choque entre dos personalidades titánicas por su irascibilidad.
– Que Dios nos guarde.
Como Lisa ya estaba mostrando su impaciencia, Vanessa decidió que era conveniente no empeorar los riesgos para su vida y ponerse a trabajar de inmediato en lo que la comandante Hayes le había pedido. La orden de Lisa no implicaba nada fuera de lo ordinario, pero en las circunstancias en las que estaba inmerso el SDF-1 y el GTU, hacer lo que le había pedido su oficial superior implicaba habilidades de evasión y sigilo digital dignas del más experimentado hacker.
Si alguien se daba cuenta de lo que estaban haciendo, especialmente alguno de los sabuesos intrusos en la Central, tanto Vanessa como Lisa estaban seguras de que no iban a pasarla muy bien.
Por su parte, de pie junto a la consola de la teniente Leeds, Lisa Hayes observaba con impaciencia y creciente inquietud cómo Vanessa trabajaba los controles de comunicaciones para lograr un enlace seguro con el Ministerio de Defensa, evitando que alguien más se diera cuenta de su pequeña comunicación ilegal... y justo cuando la comandante Hayes estaba a punto de preguntarle si le faltaba mucho, Vanessa giró en su silla y anunció en tono triunfal:
– Todo listo, Lisa.
La comandante Hayes aprobó la diligencia y habilidad de su amiga con una sonrisa.
– Gracias – dijo Lisa. – Ahora, retírate de la consola.
– ¿Qué?
– Esto lo tengo que hacer yo sola.
Vanessa vio la determinación en la expresión de su amiga y se levantó de la silla, accediendo al pedido.
– Si insistes.
De inmediato, Lisa se sentó y se colocó el auricular al oído, esperando con el corazón en la mano a que alguien le contestara del otro lado... pero todo lo que escuchaba era el sonido de la línea en espera. Nadie estaba atendiendo el teléfono en el Ministerio de Defensa; ya para aquel momento, era razonable esperar que alguno de los asistentes y secretarios de la ministra atendieran la llamada y preguntaran con su burocrática cortesía qué se le podía ofrecer.
Pero nada. Ni siquiera eso. Y ya después de un minuto, la espera se estaba tornando insoportable para Lisa.
– Qué raro... no me atiende el operador.
– Eso es porque te conecté directamente con la oficina de la ministra – contestó Vanessa como si nada, pero con algo de arrogancia en su voz.
Lisa miró a su amiga con una expresión que iba desde el desconcierto hasta la sorpresa, pasando por la admiración, y Vanessa no pudo evitar ufanarse del hecho.
– Vanessa Leeds, hacker extraordinaire, a tus órdenes.
Pero justo cuando Lisa iba a contestarle a Vanessa, un sonido inconfundible le indicó que alguien estaba levantando el teléfono del otro lado de la línea... y saber precisamente cuál de los teléfonos del Ministerio de Defensa estaba sonando no le hizo más tranquila la situación a la comandante Hayes.
Menos aún cuando del otro lado, una fría voz femenina, de acento fuerte e imposible de confundir, se anunció con una sola palabra.
– ¿Hola?
Lisa tragó saliva para hablar... y tan seca tenía la garganta que requirió mucha saliva; eso le dio tiempo para poner sus pensamientos en orden y tratar de calmarse un poco.
– ¿Ministra Gorbunova?
– ¿Quién habla? – preguntó con recelo la voz; no hizo falta que confirmara su identidad.
– Habla la comandante Hayes, desde el SDF-1.
La línea cayó en silencio por unos segundos, haciendo que Lisa temiera súbitamente... pero cuando Gorbunova le contestó, Lisa prefirió que no lo hubiera hecho jamás.
– ¿Esto es una broma?
"Por supuesto que es una broma, vieja arpía repugnante" maldijo Lisa en la seguridad de sus pensamientos. "Si tú eres tan buena amiga que se me da por llamarte para una charla de chicas..."
– No, ministra... – replicó Lisa. – Esto es real.
– Perfecto entonces – contestó la otra voz sin perder su escepticismo chorreante. – ¿Qué quiere?
Lisa prefirió morderse la lengua antes que soltarle la catarata de maldiciones que Gorbunova le inspiraba con naturalidad. Lo que iba a hacer era demasiado importante para dejar que algo, aún su rencor hacia la ministra de Defensa, se interpusiera.
– Necesito que me contacte con el Primer Ministro. Tenemos que encontrar una manera de salir de este desastre antes de que se vuelva algo irreparable.
– Esto sí que es una broma, comandante Hayes. Me disculpará si no me río a carcajadas.
La comandante Hayes cerró su mano con fuerza y estuvo bien cerca de golpear la consola con ella, a falta de poder hacerlo con el rostro seguramente sardónico de la ministra Gorbunova. Las maldiciones que ella había contenido con fuerza apenas segundos antes volvieron a amenazar con escapar de sus labios y llenar la línea telefónica con agravios de todos los tipos y colores, pero Gorbunova la sacó de eso al volver a hablar, sin perder ese tono que estaba despertando la legendaria ira de Lisa Hayes.
– Hagamos algo mejor – retrucó la ministra de Defensa, alternando el sarcasmo con la furia. – ¿Por qué no me explica qué diablos está pasando en esa nave? ¿Se han vuelto todos locos?
Aún sin escuchar lo que Gorbunova le decía a Lisa, Vanessa podía intuir con sólo ver el rostro de Lisa que no se trataba de algo bueno o agradable... pero lo que no esperaba era que su amiga, que estaba en una misión secreta y contraria a las órdenes con el fin de sacar a la ciudad de la crisis, terminara por explotar con la frase más brusca que alguna vez le oyera pronunciar hacia un superior militar o civil.
– Mire, podemos pasar el rato recordándonos cuánto nos detestamos, pero no tengo ni tiempo ni ganas para eso, ministra... – bramó Lisa por la línea, con el rostro rojo de furia. – ¡Así que comuníqueme con el Primer Ministro AHORA MISMO!
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En su espacioso despacho de la Torre Norte, sito en el más alto de los cuatro pisos que servían de oficinas para el Ministerio de Defensa de la Tierra Unida, la ministra Svetlana Gorbunova sintió que toda la irritación e impotencia de aquel día estaban a punto de hacerla estallar luego de escuchar a aquella jovencita dándole órdenes como si fuera una recluta mocosa.
Y pocas personas eran tan capaces de hacerla estallar como Lisa Hayes.
Aunque Gorbunova sabía que Hayes era de las personas más capaces en todo el Alto Mando, no podía ignorar que la joven oficial era una mujer endemoniadamente terca, agresiva y totalmente convencida de tener la razón en todos los asuntos que la concernían. Peor aún, Hayes tenía la rara capacidad de complementar aquellos atributos que la hacían intratable con una postura corporal y una expresividad que ayudaban a transformarla en un creíble y convincente demonio del averno.
Exceptuando las usuales situaciones protocolares como conferencias con el almirante Gloval y sus visitas al SDF-1, la ministra Gorbunova sólo había cruzado espadas en dos oportunidades con la comandante Hayes. La primera vez había sido durante las deliberaciones de la Comisión Investigadora formada luego de los sucesos de Indiana a comienzos del año, y la segunda había ocurrido tras la "Operación Navaja", el ataque de las Fuerzas de la Tierra Unida contra una unidad de renegados Zentraedi. Y en las dos ocasiones, Gorbunova y Hayes habían estado muy cerca de estrangularse mutuamente.
Para todos los que trataban con ella, el intenso encono que Gorbunova mantenía para con Lisa Hayes se debía a esos encontronazos infelices; para la propia Gorbunova, aunque jamás lo reconociera ante nadie más, mucho influía el que pudiera encontrar bastante de ella misma en la personalidad flamígera de Lisa Hayes.
Eso no quitaba que escuchar la voz de Hayes llamándola en la mañana de la jornada más desquiciada desde que asumiera las funciones de ministra de Defensa fuera algo agradable; más bien, fue el clímax desagradable de ese día enfermizo.
La jornada había empezado para Gorbunova de la misma manera que para todos los demás residentes de Nueva Macross: con un madrugón provocado por el sonido de tropas desplegándose por toda la ciudad. Lo que hacía peor las cosas para Svetlana Gorbunova era que ella era la responsable política de aquellas tropas, y que incontables batallones del Ejército estuvieran asumiendo puestos de control por toda la capital del GTU sin que ella lo supiera era algo que no iba a tardar en provocar un vendaval incontrolable en su vida y su carrera política.
Al menos, Gorbunova sí podía preveer eso.
"Eso" se materializó inmediatamente con una llamada furiosa del Primer Ministro, convocándola de urgencia a una reunión de Gabinete en la Torre Norte. Luego de un viaje infame desde su apartamento hasta el edificio del Gobierno, en donde debió acreditar su identidad media docena de veces ante soldados que en teoría debían acatar sus órdenes, la ministra de Defensa se encontró de primera mano qué tan irritado y furioso estaba Marcel Pelletier.
Naturalmente, ella había sido la víctima de aquel enojo... y sólo porque el Primer Ministro no podía ladrarle personalmente al almirante Gloval. En consecuencia, ella había tenido que soportar las iras de Pelletier durante toda la junta, en particular las relativas a cómo se le había escapado a la ministra de Defensa tamaño acto de insubordinación por parte de los líderes militares.
A pesar de semejante mal trago, Gorbunova no culpaba al Primer Ministro. Mal que mal, Pelletier era un político y desviar culpas era tan natural para él como respirar, sin mencionar que en una situación de tamaño desquicio se hacía indispensable desquitarse con alguien... especialmente si ese alguien tenía alguna parte de responsabilidad en todo el asunto.
De modo que Svetlana Gorbunova había jugado a la prudencia durante toda la reunión, contestando las preguntas de Pelletier y del resto del Gabinete al detalle y conservando un bajísimo perfil mientras los máximos dirigentes del GTU intentaban encontrar una salida al asunto.
Por el momento, el GTU había decidido tratar de contener la crisis y evitar que se diera a conocer que el Alto Mando había actuado en contra de la voluntad del Gobierno. Irónicamente, la censura militar implantada sobre la MBS y las demás emisoras de noticias de Nueva Macross servía a los intereses del Gobierno, ayudando a mantener la situación a oscuras hasta que se pudiera encontrar una salida.
Pero la reunión terminó sin que se pudiera llegar a esa salida... y era por eso que Gorbunova estaba encerrada en su oficina, desgreñada y con una mirada asesina, intentando encontrar una forma de salir del atolladero... y de salvar su carrera política en el proceso. No era una consideración egoísta, sino puramente práctica: Gorbunova sabía que no tenía ningún futuro político si no se encontraba una manera de levantar la ley marcial y restaurar algo de cordura entre el Gobierno y el Alto Mando de las Fuerzas.
Y para colmo de males, aquella llamada de Hayes. Tan fulminante había sido que ni siquiera le dio tiempo a Gorbunova para comerse crudo a su equipo de ayudantes por haber dejado pasar la llamada sin pasar por su cedazo.
El primer impulso de Gorbunova después de escuchar las primeras frases de la joven fue maldecir a Hayes y cortarle el teléfono... pero después recapacitó en que si la joven estaba buscando una salida para la crisis, quizás no fuera una mala idea escuchar lo que proponía.
Además, ella no tenía tantos contactos en el SDF-1 como para despreciar la ventana que le abría Hayes.
– Bien, la escucho, comandante Hayes – suspiró Gorbunova, entregándose a algo que sabía necesario pero desagradable. – ¿Qué tiene para decirme?
– Tenemos que retomar el diálogo entre el Gobierno y el Alto Mando lo antes posible.
– ¿Así que Gloval se dio cuenta de que nos está llevando al abismo?
La ministra se arrellanó en su escritorio, esperando ver con qué le iba a salir Hayes. Por más que ella quisiera confiar en que la comandante Hayes le ofrecía una salida a la crisis, se hacía necesario indagar hasta qué punto la salida de Hayes era factible... y qué tan representativa era respecto del almirante Gloval.
Lo que Gorbunova jamás esperó fue la respuesta que Lisa le lanzó desde su lado del teléfono.
– El almirante no sabe de esto, ministra.
Tan absurda era la idea de lo que Hayes decía que a Gorbunova le costó no sólo entenderlo plenamente, sino no tomarlo de buenas a primeras como una broma.
Pero si de algo estaba segura, era que Hayes no bromeaba. También estaba segura de que el rencor que ella sentía hacia la joven oficial era mutuo y compartido, lo que hacía imposible que Lisa Hayes malgastara el tiempo llamándola a su oficina en medio de una crisis.
– ¿Usted está...? – comenzó a decir la ministra, cortando a mitad de la frase para recuperar el aliento y hacerse a la idea de que lo que estaba diciendo era verdadero. – ¿Está actuando por su cuenta?
Lisa dio la callada por respuesta; su único sonido fue un gruñido que sonó muy parecido a un "ajá" para el gusto de Gorbunova.
– Me disculpará si guardo algunas sospechas al respecto, comandante – dijo Gorbunova sin poder reprimir su escepticismo, y la respuesta de Hayes no tardó en llegar.
– ¿No confía en mí, ministra?
"¿Y alguna vez me has dado razones para confiar en ti, Hayes… o para no estrangularte?" pensó mordazmente la ministra de Defensa… aunque esos pensamientos no duraron mucho tiempo en su cabeza. No era el momento de ser sarcástica o irónica, sino de pensar seriamente en una salida civilizada… y manejable.
Y si eso significaba confiar en Lisa Hayes, bueno… nadie sobrevivía mucho tiempo en la política sin hacer grandes apuestas.
– Doveryai, no proveryai, comandante – dijo Gorbunova en su idioma natal. – "Confía, pero verifica". No puede culparme por ser un tanto escéptica sobre su capacidad para actuar independientemente de las órdenes del almirante.
– Créame, las únicas órdenes del almirante que podrían aplicarse a esta conversación son las que me podrían meter en un calabozo por insubordinación – le respondió secamente la voz del otro lado del teléfono.
Convenientemente y a pesar de que la respuesta honesta de Hayes le quitaba buena parte del atractivo a toda la idea (¿de qué servía hablar si el almirante Gloval no estaba al tanto de la "negociación"?), la ministra de Defensa razonó que no perdía nada hablando con la comandante Hayes... ya había tenido toda la mañana para perder el tiempo y no tener nada qué proponer.
– Dejaré para otro momento la pregunta de cómo consiguió meterse en mi número privado, comandante – gruñó la ministra, demostrando con eso su voluntad de seguir adelante con la charla. – ¿Qué quiere?
– Quiero hacer que el Primer Ministro y el almirante vuelvan a hablar y que encuentren una manera de salir de esta crisis.
Aún cuando Hayes no pudiera verla, Gorbunova meneó la cabeza en negativa. Por lo que había visto de Pelletier aquel día, más fácil iba a ser lograr que un camello pasara por el ojo de una aguja.
– Lo veo muy difícil. A como están las cosas, dudo mucho que el Primer Ministro esté dispuesto a dialogar con un insubordinado como Gloval.
– Y yo también veo muy difícil que el almirante desee hablar con el Primer Ministro, pero si dejamos todo en manos de ellos dos, estaremos todos condenados – replicó la comandante Hayes.
Una vez más Gorbunova sintió el anhelo de crucificar verbalmente a esa muchacha arrogante e insufrible, pero no podía hacerlo cuando lo que acababa de decir Hayes era algo de lo que ella estaba cada vez más convencida.
A decir verdad, el Primer Ministro estaba demasiado irritado para lo que convenía en medio de la crisis... y el resto del Gabinete estaba demasiado aterrado o confundido para tratar de calmar la ira desatada del máximo líder del Gobierno de la Tierra Unida. Si no conseguían que Pelletier entrara en razones y se aviniera a hablar, las cosas no tardarían en descontrolarse.
Al menos, Gorbunova sintió una cierta idea de justicia poética de saber que algo similar ocurría con el almirante Gloval en el SDF-1.
– Sabe que tengo razón, ministra – agregó entonces Lisa, echando sal en la herida de Gorbunova, lo que se tradujo en la respuesta desafiante pero curiosamente socrática de la ministra de Defensa.
– ¿Y qué si la tuviera?
Esa pregunta evidentemente desconcertó a Hayes, dándole tiempo a la ministra Gorbunova para recuperar algo de terreno en la discusión telefónica y exponerle a la jovencita tan sólo algunos de los problemas que tenía que enfrentar.
– ¿Cree que es algo sencillo, comandante? – inquirió retóricamente Gorbunova para luego contestar su propia pregunta. – No tiene la menor idea del ánimo que hay por acá, pero conténtese con saber que el Primer Ministro está furioso como no puede imaginarse. ¿Cree que puedo honestamente ir a decirle al Primer Ministro que intente hablar nuevamente con Gloval después de todo lo ocurrido?
– ¿Y qué otra opción le queda?
Ahora era el turno de Gorbunova de quedarse muda y de sentir cómo el tiempo se le escapaba de las manos mientras buscaba algo con qué contestarle a Hayes... sólo para encontrarse primero con la ineludible realidad de que no quedaba otra opción más que esa, y después con la más insufrible verdad de reconocer que Hayes tenía razón.
– Ministra... – dijo entonces la comandante Hayes en un tono más conciliador. – Si no intentamos algo nosotras, la solución de este desastre se escapará de nuestras manos mucho antes de lo que se imagina, y ahí tendremos que responder no ante un Gobierno, sino ante la Historia.
"Wow, Hayes... tu primera pieza oratoria", pensó sarcásticamente Gorbunova antes de terminar con las vueltas e ir directamente al grano.
– ¿Qué propone?
– Trabajemos en equipo y mantengamos un canal de comunicación permanentemente abierto entre las dos. Usted intente hablar con el Primer Ministro... hágalo razonar, intente convencerlo de que es imperativo que hable con el almirante Gloval – propuso Lisa, apresurándose después a explicar su propia parte del acuerdo. – Yo haré lo mismo de este lado.
– ¿Qué le hace pensar que va a funcionar?
– Nada, ministra. Pero prefiero hacer algo y no quedarme cruzada de brazos.
La ministra de Defensa sostuvo el auricular del teléfono y giró su silla para poder ver la ciudad a través del amplio ventanal de su oficina. Los rascacielos de Nueva Macross se alzaban tan imponentes como siempre, testimonios de la gloria de la ciudad que simbolizaba el resurgimiento de un mundo devastado por la guerra. A la distancia, el desierto reflejaba la luz de un Sol que trepaba cada vez más alto en el cielo.
Y en las calles, la ciudadanía entera convivía con las tropas que la defendían, que habían sido desplegadas de manera ilegal, provocando un conflicto que prometía volverse incontrolable si se lo dejaba así como estaba.
¿Qué podía hacer Gorbunova? Nada, excepto hablar con el Primer Ministro y tratar de hacerlo razonar, cosa que estaba segura que acabaría en el más rotundo de los fracasos. Lo sabía casi con la misma certeza con la que se imaginaba su propia destitución del Gabinete.
Pero un vistazo por la ventana le hizo recordar que allá en la ciudad había cientos de miles de personas confundidas, asustadas e irritadas que aguardaban una respuesta, algo que los sacara de la incertidumbre. Y si para ella hablar con el Primer Ministro y tratar de encontrar un camino que los sacara de la crisis era poco e insuficiente, era mucho más que lo que tenían los ciudadanos.
Excepto que decidieran hacerse notar de manera más violenta.
El sólo pensamiento de lo que podía salir de tener una población enfervorizada en una ciudad cuyas calles estaban patrulladas por miles de soldados armados estremeció a Gorbunova al punto de hacerle perder el color del rostro.
– Está bien, comandante... usted gana, veremos qué puedo hacer – accedió la ministra de Defensa, no sin agregar una necesaria advertencia. – Pero no le garantizo nada en absoluto, comandante Hayes.
– Me daré por contenta si podemos terminar con esta locura.
Una sonrisa apareció en el rostro de la ministra de Defensa; ahí había otra cosa en común con Lisa Hayes.
– Son las 9 y cuarto de la mañana – dijo Gorbunova después de corroborar la hora con el reloj que pendía de la pared de su oficina. – Volveré al teléfono a las 12 horas, comandante.
– A las 12 nos pondremos en contacto, entonces – coincidió Hayes, quien después dejó que la conversación cayera en una pausa hasta que después dijo, de manera vacilante: – Buena suerte, ministra.
– Para las dos, comandante.
La ministra sólo colgó su teléfono después de escuchar el "click" del teléfono colgándose del otro lado de la línea.
De inmediato, Gorbunova comenzó a planificar. Tenía una tarea muy difícil por delante.
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A diferencia de muchos de sus colegas senadores, que habían concurrido a sus oficinas de la Torre Sur a primera hora para estar en el centro de los acontecimientos, el senador Lynn Kyle prefirió desafiar la ley marcial y atrincherarse en el pequeño edificio de dos plantas que servía como sede local de su movimiento político.
Desde allí, el senador observaba en compañía de sus más fervientes seguidores el devenir de la cada vez más caótica situación de la ciudad. La mejor manera de describir lo que ocurría en la sede partidaria era pensar en ella como una fortaleza asediada por un enemigo implacable, por más que esa fuera una comparación que Kyle y los suyos objetarían ardorosamente.
Los militantes partidarios corrían de un lado a otro, trayendo los nuevos rumores y reportes a sus compañeros; otros verificaban que todo estuviera perfectamente listo en caso de producirse algún encontronazo desagradable con una patrulla militar, cosa que muchos de ellos deseaban en secreto. Algunos más se ocupaban de contar las provisiones y de cerciorarse de que todas las ventanas estuvieran cerradas, "sólo por si acaso". En cuanto al senador y su círculo más íntimo de seguidores, todos ellos estaban en la sala más grande de la sede partidaria, con la mirada fija en la enorme pantalla de televisión sintonizada en la señal de MBS-2.
A cada reporte de la MBS sobre el despliegue de tropas, un murmullo de queja e ira se levantaba de parte de Kyle y sus partidarios, quienes por otro lado festejaban y levantaban puños en alto con cada nuevo boletín que daba cuenta de nuevos disturbios e incidentes entre el pueblo y sus opresores de uniforme. Era un ambiente en el que se pasaba del júbilo a la furia y a la impotencia con demasiada facilidad.
Mientras veía a todos esos jóvenes enérgicos y voluntariosos, Lynn Kyle sentía que su sangre estaba en ebullición y que su cuerpo se sentía fuerte y renovado. Allí era donde él se sentía a gusto, donde él se sentía capaz de hacer algo nuevo... no disfrazado con un traje que no le quedaba, en esos salones del Senado que relucían por fuera y estaban repletos de mugre y corrupción por dentro, haciéndose el simpático con sus venales "colegas" senadores por recomendación de los cobardes y acomodaticios que oficiaban de "asistentes".
No... era allí, con los jóvenes, en donde Lynn Kyle debía estar. En la primera línea del frente. Siempre liderando la causa de la paz.
Mientras sus acompañantes continuaban gritando a la pantalla de televisión, un militante partidario se acercó al senador y le susurró en confidencia al oído:
– Kyle, me dicen que la cosa está muy tensa allá afuera...
– ¿Qué tan tensa?
El militante lo pensó un poco antes de explicar lo que le habían dicho sus camaradas.
– El Ejército está por todos lados... todas las avenidas hacia el Lago están bloqueadas con retenes.
– Ajá – se limitó a decir el senador, mirando todavía a la pantalla en donde se veía a un policía forcejeando con un vándalo.
– Kyle – dijo entonces el militante, hablando más bajo como si no quisiera provocar la furia del senador. – Si seguimos con la idea de la manifestación, esto puede terminar muy pero muy mal...
– ¿Qué recomiendas?
El interlocutor de Kyle tragó saliva.
– Suspender la marcha... al menos hasta que el clima esté un poco más tranquilo.
Sólo allí el senador giró con brusquedad para enfrentar al otro hombre; en su mirada se notaba el fuego destellante de su indignación y su rabia... y por puro instinto de preservación, el militante partidario retrocedió dos pasos.
– La manifestación estaba pautada para las dos de la tarde, ¿no es verdad? – preguntó Kyle.
– Así es.
El senador miró fijamente a su seguidor, dejando que los aullidos de los demás militantes le sirvieran como un eco ominoso de su siguiente instrucción.
– Llama a todos los organizadores y diles que adelantamos la protesta para las doce del mediodía.
– ¡Pero, Kyle!
– ¡NINGÚN PERO! – explotó el senador, atrayendo hacia él la sorpresa y atención del resto de los presentes. – ¡Cuando está en juego la libertad, debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder! Si Gloval y sus lacayos quieren amedrentarnos y tenernos quietitos en nuestras casas poniendo a sus soldados en las calles, pues redoblaremos el desafío.
Muchos militantes aplaudieron a rabiar, motivados por la fuerza de su líder y por el impulso de su propia indignación. Otros, sin embargo, permanecían más callados y discretos que sus camaradas más excitados... ya que en ellos recaería la tarea de continuar la lucha de la paz por medios especiales, para lo que habían planeado una serie de acciones en la ciudad, algunas de las cuales ya estaban siendo desarrolladas por muchachos valientes y dedicados por completo a la Causa.
Incluso el propio Kyle se sintió enfervorizado hasta lo indecible mientras su voz se llenaba con el desafío y la voluntad de triunfar... al punto que se sentía una fuerza de la naturaleza al momento de rematar la orden a su movimiento.
– Vamos a llegar hasta el final, lo quieran o no los militares.
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Por su propia orden, la oficina privada del almirante Henry Gloval se mantenía completamente cerrada y sometida a una estrecha vigilancia; si esa medida era para preservar la seguridad del Supremo Comandante o para no dejar que nadie viera al almirante en sus momentos de cavilación y duda, no era asunto de los guardias del Ejército. Ellos simplemente cumplían con su orden y mantenían vigilada la entrada a la oficina de Gloval, desconocedores de lo que ocurría tras la puerta metálica y poco vistosa.
Detrás de la puerta, en efecto, ocurrían grandes cosas, todas ellas vinculadas a la orden de ley marcial.
Los reportes continuaban acumulándose sobre el escritorio del almirante, cada uno de ellos más enloquecedor que el anterior. Para creciente frustración del almirante, la situación en la ciudad se deterioraba a cada segundo que pasaba. En lugar de tranquilizarse las cosas con la presencia militar en las calles, los actos de vandalismo se multiplicaban por toda la ciudad, llevando a las unidades de la Policía Civil al límite de sus capacidades. Los reportes procedentes de la Policía Civil y del Distrito Militar no eran alentadores en ese sentido: los dos coincidían en que tarde o temprano se haría necesaria la intervención armada de las tropas del Ejército.
Maldición. No era para eso que Gloval había desplegado a las tropas... la idea era intimidar y calmar los ánimos, no empeorar las cosas.
Aunque para ser honesto consigo mismo, no todo andaba mal en la ciudad.
La única buena noticia, y no era una noticia pequeña para menos, era que los equipos de acción de la Policía Militar Global habían detectado y atacado al menos cinco "aguantaderos" de la Vanguardia de la Paz en toda la ciudad, y los agentes del brigadier Aldershot tenían bajo arresto a dos docenas de terroristas… y habían ultimado al menos a media docena. Sea lo que fuera que ocurriera en el resto del día, a la Vanguardia de la Paz no le quedaría mucho poder de fuego en Nueva Macross…
De no ser porque las otras malas noticias insistían en mostrarse ante él, Gloval hubiera brindado por los reportes que le llegaban de parte de Aldershot.
En cuanto al Gobierno, no había ninguna novedad, ni siquiera un miserable intento de contacto. Aparentemente, el Primer Ministro y sus allegados estaban o demasiado atontados por el movimiento de Gloval o demasiado ocupados en alguna medida para reaccionar a la situación; de cualquier manera, ambas opciones eran malas para el almirante.
Como si eso no fuera poco, además, acababa de desatarse un conflicto en un frente que Gloval nunca imaginó que le traería problemas... y era por eso que el almirante estaba al teléfono, sosteniendo el auricular con tanta fuerza que bien hubiera podido estrujarlo hasta hacerlo pedazos.
– La decisión se mantendrá por el momento, general Prützmann... no, no he hablado aún con el Primer Ministro... tampoco con la ministra de Defensa.
Mientras escuchaba la respuesta de su interlocutor, el almirante Gloval hacía lo posible por no deshacerse en maldiciones.
Al momento de decidir la aplicación de la ley marcial, algunos de los miembros del Consejo del Alto Mando estaban fuera de la capital en cumplimiento de varias tareas militares. Uno de ellos era el brigadier general Heinrich Prützmann, Jefe de la Fuerza Aérea, que a la sazón estaba a un océano y un continente de distancia, haciendo una visita a la Base Aérea Louis Trichardt en Sudáfrica.
La distancia no le había impedido a Prützmann hacer una furiosa llamada a Nueva Macross para hablar con el almirante Gloval en persona y plantearle todas y cada una de sus objeciones a la ley marcial, las que el almirante escuchó paciente y respetuosamente... cuidando de que no se notara en ningún momento la creciente rabia que sentía hacia el Jefe de la Fuerza Aérea.
– Sabrá disculparme, general, pero la situación no estaba como para poder darnos el lujo de esperar a tener a todos los miembros del Consejo en Nueva Macross... y le recuerdo que como Supremo Comandante, mi responsabilidad es hacer lo necesario para mantener la seguridad del Gobierno de la Tierra Unida.
La boca de Gloval se contorsionó en una mueca de disgusto mientras Prützmann le contestaba, y una vez callado el general, el almirante le devolvió una contestación tan formalista como cargada de irritación.
– Pues esa es su prerrogativa, general. Mientras tanto, espero que se mantenga atento a la cadena de mando.
El Jefe de la Fuerza Aérea dijo algo más, que Gloval simplemente escuchó por cortesía, pero no por demasiado tiempo.
– Hablaremos de esto a su regreso, general Prützmann – sentenció el almirante, cortando de raíz la conversación antes de que degenerara en algo peor. – Que tenga un buen día.
Gloval colgó el teléfono y se recostó en la silla de su escritorio, llevándose luego las manos a la sien como si su cabeza estuviera por estallar de dolor. Como si no hubiera tenido suficientes problemas en ese día infame, el mantener una discusión con uno de sus colaboradores más cercanos en el Consejo del Alto Mando estaba calificando muy bien para convertirse en la frutilla del postre.
Prützmann había hecho varias objeciones, todas ellas lógicas y razonables: la falta de una orden directa del Gobierno, la unilateralidad con la que se tomó la decisión de implementar la ley marcial, la no convocatoria al Consejo del Alto Mando para "una decisión que puede ser terriblemente perjudicial para las instituciones militares", en palabras del propio general, y por último, un directo, franco y explícito cuestionamiento a la necesidad de la ley marcial.
De sólo recordar la agria conversación, Gloval sintió náuseas. ¿Cómo se atrevía ese oficioso ex-piloto de combate a cuestionarlo de pies a cabeza, estando del otro lado del Atlántico y completamente desconectado de lo que ocurría?
Al margen de la discusión con Prützmann, todo el incidente le había dejado un muy amargo sabor de boca al almirante, además de una preocupación creciente... ¿la postura del general Prützmann era simplemente la opinión de un oficial, o reflejaba un punto de vista más difundido?
Si varios oficiales empezaban a moverse y a plantear cosas como lo que Prützmann sostenía, el almirante temía por la estabilidad de la cadena de mando... era necesario estar atento en todo momento.
De pronto, el timbrazo estridente de la puerta sacudió todas las reflexiones de Gloval y las reemplazó por un renovado y pulsante dolor de cabeza. En cuanto el almirante sintió que la cabeza ya no le latía tanto y que podía atender la llamada con algo de compostura, oprimió el botón del intercomunicador y llamó a los guardias del otro lado de la puerta.
– ¿Quién es?
Para gran sorpresa de Gloval, la respuesta no se la dio alguno de los guardias sino una voz joven y femenina que él conocía muy bien.
– La comandante Hayes, señor.
Instintivamente el almirante sonrió. Con su eficiencia y profesionalismo, Lisa Hayes era una de las mejores cartas con las que Gloval contaba para remontar cualquier caos, sin mencionar que en un momento como aquel, Gloval necesitaba de todas las caras amistosas que pudiera encontrar.
– Adelante, Lisa... puedes pasar.
Después de que le abrieran la puerta de la oficina, la comandante Lisa Hayes entró a los dominios personales del almirante y se plantó en posición de firmes a dos metros del escritorio, presentándose con una única palabra y un movimiento de su cabeza.
– Almirante.
– ¿En qué puedo ayudarte?
– ¿Puedo hablar con usted un minuto? – respondió Lisa, mirando al almirante con una expresión intensa e inquieta a la vez. – ¿En confidencia?
Asintiendo, Gloval señaló la otra silla de la oficina.
– Por supuesto, toma asiento.
Una vez que la comandante Hayes se sentó en su lugar, el almirante sonrió de una manera que casi podría decirse que era paternal, antes de intentar averiguar qué se proponía su antigua primer oficial.
– ¿De qué quieres hablar?
– De la ley marcial, señor.
Instintivamente las manos de Gloval se cerraron y su ceño se frunció... había algo en la manera en que Lisa dijo "ley marcial" que encendió todas las alarmas en el almirante Henry Gloval. Como si estuviera a las puertas de nuevos problemas, esta vez de manos de una de las personas en quien más confiaba en todo el mundo.
– ¿Sí?
– He escuchado rumores en la Central... rumores que dicen que la orden no vino del Gobierno – dijo casi en voz baja la comandante Hayes, para luego mirar a los ojos al almirante como si no quisiera que le quedara la menor duda de que todo eso iba en serio. – ¿Es eso cierto?
Gloval le devolvió la mirada a quien era prácticamente su hija adoptiva... no había forma de disimular la verdad de lo ocurrido y tampoco era posible hacer más agradable un hecho que, planteado como lo planteaba Lisa, sonaba a algo muy feo y peligroso.
La voz del almirante Gloval sonó firme y fría al momento de explicarse.
– La medida se tomó por fuera de los canales normales de decisión, comandante... eso es cierto.
Gloval no podía determinar qué era exactamente, pero su respuesta hizo que Lisa se tensara notablemente... era como si ella se hubiera puesto a sí misma en alerta máxima ante lo que escuchaba; otra mala señal que no ayudaba a tranquilizar al Supremo Comandante de la Tierra Unida.
– Señor, me preocupa mucho entonces – reveló Lisa, sin perder el tiempo en pasar al punto más controvertido de todo el asunto. – ¿Estamos actuando en contra del Gobierno?
– Actuamos para preservar al Gobierno, comandante Hayes. No tenga ninguna duda de eso.
Lisa no despegó la mirada del almirante ni por un instante, y su pregunta pudo tomarse como si tuviera una pequeña dosis de reproche.
– ¿Preservarlo de qué?
– Del caos y del desorden – sentenció el almirante, que no desviaba la mirada ni perdía la frialdad ni por un segundo. – Y de su propia impericia.
– Almirante, le pido disculpas por mi franqueza, pero no creo que seamos nosotros los indicados para juzgar cuándo las acciones del Gobierno son pertinentes y cuándo no.
Gloval se detuvo antes de contestar: en su estado de mal humor y de cansancio, hubiera sido capaz de devolverle a Lisa algo que no se condijera ni con el respeto que le debía como oficial ni con el afecto personal que él sentía hacia ella. Quiso ser capaz de explicarle a Lisa completamente lo que pasaba por su mente en ese momento y a la hora de tomar la decisión, pero las palabras se le escaparon... al fin y al cabo, él era un militar, no un orador.
– Lisa, entiendo tu inquietud y la comparto, pero hay momentos en donde no podemos esperar sentados a que se tomen las decisiones correctas. Hay momentos en donde tenemos que actuar rápida y decisivamente.
– Pero... me preocupa que estemos poniendo en riesgo la estabilidad del Gobierno – insistió Lisa, sin saber que con eso estaba tocando la fibra más íntima de las dudas de Henry Gloval. – Cualquiera podría interpretar que estamos dando un golpe de Estado.
– Pues no lo estamos dando.
Lisa se fortificó antes de dar el golpe de gracia contra ese argumento... y rogó a Gloval en silencio que lo tomara bien y no como un golpe bajo.
– Con todo respeto, almirante... ¿cómo se darán cuenta de eso?
El almirante no respondió; prefería esperar a que Lisa insistiera en su argumento antes de contestarle... además, el tiempo le servía para calmarse un poco y no dejarse llevar por su estado de ánimo.
– Tenemos retenes militares en las calles y accesos a la ciudad, y tenemos tanques por todos lados. Para cualquiera, esto parece un golpe de Estado.
– Esas tropas se quedarán allí mientras dure la emergencia, comandante – contestó Gloval de manera un tanto tajante. – Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Lisa no retrocedió.
– ¿Y cuándo acabará la emergencia, señor?
Por primera vez en toda la reunión, el almirante Gloval no supo qué decir a eso... cualquier respuesta que pudiera darle a Lisa sería demasiado parecida a una mentira o a una expresión de deseo. Lo que era todavía peor para Henry Gloval era que jamás se había planteado una respuesta a esa pregunta tan sencilla como tramposa.
Un feo mareo invadió al Supremo Comandante de la Tierra Unida mientras Lisa Hayes continuaba defendiendo su postura, ahora viendo que el almirante estaba quizás cerca de entender razones.
– Almirante, creo que debemos dar el primer paso para salir de esta crisis antes de que se haga incontrolable. Usted ha visto los reportes... esto no va a mejorar si no hacemos nada.
El almirante se arrellanó en su asiento y miró a aquella joven... a esa oficial de su más absoluta confianza.
– ¿Qué propones?
– Que hable con el Primer Ministro, señor – propuso Lisa sin perder el tiempo, sabiendo además que ese era el punto clave de toda la reunión. – Estoy segura de que él entenderá razones y que podremos llegar a buen puerto.
Ante el silencio de Gloval, un silencio que tenía más de ominoso que de tranquilizador, Lisa insistió.
– Es necesario volver a la normalidad, señor.
De pronto, fue como si todo el fervor y la furia hubieran vuelto al almirante Gloval, quien meneó enérgicamente la cabeza y le contestó a su subordinada de manera terminante.
– Lo lamento, Lisa, pero por el momento no es posible.
– ¡Señor!
– Lisa, no va a ocurrir nada de eso por ahora – declaró Gloval, silenciando a Lisa. – Si el Primer Ministro desea hablar y discutir conmigo de manera franca y concreta los problemas que estamos enfrentando, pues ahí estaré dispuesto a hablar. Hasta entonces, espero que se dé cuenta de que esta crisis llegó al punto en el que estamos por no haber sido abordada enérgicamente antes, cuando podíamos hacerlo sin recurrir a cirugía mayor.
Lisa estaba verdaderamente aterrada por lo que veía, aún cuando su rostro disimulara casi a la perfección sus emociones. Justo cuando parecía que el almirante estaba empezando a entender razones, toda la carga de irracionalidad y furia que venía trayendo lo habían llevado de vuelta a cero, encerrándolo en una postura implacable que alguna persona menos caritativa que ella hubiera tildado de "infantil".
– Además, comandante, la situación está muy lejos de ser lo bastante tranquila – prosiguió el almirante. – Terroristas, saqueadores y vándalos, disturbios por todos lados... Lynn Kyle... no podemos volver a los cuarteles sin garantía de nada, espero que eso lo entienda muy bien.
Ella iba a insistir con su argumento, pero vio que el almirante giraba en su silla y contemplaba el panorama de la ciudad... y si había una señal clara en el Universo de que Gloval no escucharía nada más, era esa.
A la comandante Hayes no le gustaba retirarse derrotada, pero sabía reconocer cuándo convenía guardar las fuerzas para otro combate en lugar de insistir con algo que estaba perdido... lo único que le quedaba por esperar era que Gloval considerara muy bien lo que ella había dicho... y que Gorbunova hubiera tenido mejor suerte con Pelletier que ella.
– Almirante, ¿por lo menos va a pensarlo?
Gloval no se dio vuelta.
– Lo pensaré, comandante.
– Gracias, señor… Si me disculpa, me retiraré entonces – anunció Lisa, dando media vuelta para ir hacia la puerta, aunque antes de irse dijo lo último que le quedaba por decir. – Señor... sepa que esto lo hago por usted y por todos nosotros...
– Lo entiendo, Lisa – dijo Gloval, sin siquiera mirar a su subordinada mientras se iba de la oficina y lo dejaba solo con sus demonios.
Cuando la puerta se cerró, el almirante volvió a girar la silla para quedar de frente a su escritorio. Su cabeza estaba repleta de ideas, de pensamientos confusos y contradictorios, y él sabía que sólo pagaba el precio de esas horas de locura.
No iba a negar que Lisa tenía razón en demasiadas de las cosas que estaba diciendo... especialmente en lo referido a que tarde o temprano habría que plantearse una solución a la crisis en concierto con el GTU. Era algo que se hacía necesario e indispensable... pero no en ese momento. Todavía no. Las circunstancias no eran favorables y no convenía arriesgarse en ese momento.
El Gobierno tenía que entender los hechos y darse cuenta de una vez por todas que no podía gobernar con una mano de seda tan generosa...
Y sin embargo, Lisa no dejaba de tener razón en sus argumentos... lo que hizo sonreír al almirante a pesar de todo. Él siempre se había sentido orgulloso de aquella joven y enérgica mujer, en particular de cómo era capaz de enfrentarse a todos los obstáculos si sentía que estaba en lo cierto. A Gloval le dolía verse enfrentado a Lisa en esas circunstancias, pero debía reconocer lo que correspondía reconocer.
Una nueva y terrible idea asaltó al almirante Henry Gloval.
En efecto, él sabía bien lo que era capaz de hacer Lisa si creía estar en lo cierto... lo sabía demasiado bien. Y precisamente por eso, había buenas razones para estar preocupado.
Si Lisa decidía tomar las cosas por sus propias manos... y ciertamente parecía dispuesta a hacerlo, con el humor que tenía sobre todo el asunto...
¿Qué hacer en ese caso? Lo primero que Gloval consideró fue pensar en qué posibilidades tenía Lisa de actuar dadas las circunstancias. Muy pocas, de seguro; menos todavía con todos los controles que estaban en vigor desde la aplicación del Plan Ventisca. Quizás ella podría hacer algo desde el SDF-1, pero no serviría de nada si no había nadie afuera que pudiera aprovechar sus movimientos...
Rápidamente, el almirante Henry Gloval tomó el teléfono, impulsado por una súbita y preocupante idea. Sus dedos marcaron dos números, que lo comunicaron con una sección especial del Cuartel General destinada a la seguridad de las comunicaciones militares... mientras él todavía trataba de pensar de qué manera actuar.
– Comunicaciones, habla el mayor Daniels – le contestó el oficial de guardia del otro lado del teléfono.
– Mayor, aquí el almirante Gloval.
Sólo se notó un leve indicio de sorpresa en la voz del mayor Daniels; no ocurría todos los días que el Supremo Comandante se contactaba personalmente por teléfono.
– Lo escucho, señor.
– Necesito que amplíe el monitoreo de todas las comunicaciones que entren y salgan de la fortaleza – ordenó el almirante, totalmente decidido a mantener el control mientras le fuera posible.
– Entendido, señor.
– Repórteme cualquier comunicación inusual directamente a mi oficina – agregó Gloval. – Eso es todo, mayor.
Gloval colgó el teléfono en cuanto Daniels confirmó su orden, y volvió a la lectura de sus archivos... esperando que las cosas no empeoraran aún más de lo que ya lo estaban.
Y por sobre todas las cosas, rogando que no estallaran problemas entre él y Lisa.
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"Buena suerte, muchachos..."
Eso era todo lo que podía hacer el capitán Daniel Shelby por sus antiguos camaradas de la Infantería, desde su claustrofóbica cabina de control de su Destroid MBR-04 Tomahawk.
El Destroid de Shelby, al igual que los otros catorce que formaban parte del Escuadrón B, Segundo Batallón, 18° Regimiento Mechanizado del Ejército de la Tierra Unida, estaba desplegado en distintos sitios del perímetro defensivo de su base principal, manteniendo la vigilancia y la intimidación a cualquier posible atacante, librando de esa manera a muchos de los infantes para las tareas de control en la ciudad.
Casi toda la mañana se había pasado de manera aburrida y tensa, después de los momentos frenéticos de la alerta y movilización. Afortunadamente alguien había tenido el criterio de ordenar que los Destroids se mantuvieran en las afueras de la ciudad en lugar de internarse en las calles, como había sido la orden original de despliegue. Shelby y sus nuevos camaradas de las Tropas Mechanizadas estaban seguros de que semejante decisión hubiera empeorado las cosas.
"Como si necesitaran empeorar", pensó amargamente el oficial del Ejército mientras ajustaba una vez más la radio de su mecha para sintonizar el canal de la red táctica asignado a la infantería.
Lo que Shelby escuchaba a través de la red táctica era una continua serie de incidentes que le daban la impresión de que la ciudad de Nueva Macross se deslizaba en una cada vez más empinada pendiente hacia el caos. Con sólo escuchar los nombres clave, Shelby podía reconocer a qué unidades de la Infantería pertenecían los operadores de radio que comunicaban las últimas novedades en la red táctica.
El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la clave radial de su vieja unidad, el heroico –y por entonces vilipendiado– Batallón 54 de Fusileros, que mantenía los bloqueos militares en el noreste de la ciudad, en las proximidades del distrito industrial.
Por un instante, Shelby deseó estar junto a sus camaradas de siempre, en las líneas de acción al frente de su compañía, en lugar de estar en el desierto encerrado en una monstruosidad Robotech cual momia en un sarcófago de alta tecnología. Pero él sabía que no iba a ser así... y que lo único que le quedaba por hacer era esperar que todo saliera bien y que el sentido común volviera a reinar sobre su ciudad.
Movido por un extraño interés, Shelby movió la cabeza del Destroid para que sus cámaras pudieran apuntar hacia la dirección de la Base Aérea Nueva Macross. A la distancia a la que estaba, apenas podía distinguirse la torre de control y uno o dos hangares de la base militar, y con un poco más de suerte, hasta podían verse los vuelos militares que despegaban y aterrizaban de las pistas de la base.
Shelby se dio el gusto de sonreír cuando se encontró preguntándose si en alguno de esos aviones que él veía despegar y aterrizar estaba cierta piloto de combate del Escuadrón Skull, y por unos segundos hasta jugó con la idea de contactarla a través de la red táctica... pero se contuvo justo a tiempo, ya que la voz del capitán Singh, el jefe de su escuadrón de Destroids, irrumpió en su cabina a través de los parlantes de la radio.
– A todas las unidades del Escuadrón B, aquí Bravo Uno... órdenes de redespliegue, debemos movernos para asegurar el perímetro defensivo en el sector sudoeste de la base – ordenó el jefe del Escuadrón. – Todas las unidades, confirmen.
– Bravo Cinco, confirmado – respondió desganado Shelby mientras movía su Destroid para ir a la dirección general indicada por Singh, cuidando de no pisar a un desprevenido humano en el intento.
Antes de reunirse con el resto de los mechas de su escuadrón, Shelby miró una vez más en dirección a la ciudad y rogó que volviera la paz y la tranquilidad antes de que hubiera que lamentar muchas más pérdidas... y mirando a la Base Aérea, tuvo tiempo para dedicarle algunos pensamientos a una joven piloto de combate que debía estar allí en ese momento, enfrentando su propia parte de la crisis.
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La Base Aérea Nueva Macross no era inmune al clima de tensión que imperaba en toda la ciudad, pero especialmente en las instalaciones militares, desde que se conociera la decisión de declarar la ley marcial en la ciudad. Oficialmente todas las actividades normales de la base continuaban sin interrupción, y los escuadrones aéreos continuaban su rutina de despegues, aterrizajes y vuelos de patrullaje según lo establecían sus órdenes y procedimientos.
La única gran diferencia era que muchos de esos vuelos de patrullaje tenían como área de operaciones el espacio aéreo de la capital, lo que hacía que los pilotos encargados de dichas misiones sintieran una intensa incomodidad acerca de estar sobrevolando su ciudad como si fuera un campo de batalla.
Si el personal de la Base Aérea, desde los pilotos de combate de los escuadrones aéreos hasta los técnicos, oficinistas, guardias y administradores, no había caído todavía en un estado de locura como consecuencia de la tensión, eso se debía al profesionalismo y dedicación al deber que tenían... pues ese era uno de aquellos días en los que la gente más se dedicaba a sus obligaciones para no correr el riesgo de tener demasiado tiempo libre para volverse loco.
Eso era exactamente lo que pasaba en la vida del comandante Rick Hunter, excepto que el piloto había llegado al punto en donde seguir cumpliendo sus obligaciones en medio de tanto desquicio era exactamente lo que lo estaba volviendo loco.
Durante toda la jornada, Rick Hunter había estado monitoreando las acciones de sus muchachos del Skull, aunque las exigencias de toda aquella demencia lo habían forzado a permanecer en el centro de comando de la Base Aérea en lugar de estar montado en su Veritech como lo hacían Max y algunos otros pilotos del Escuadrón en aquel momento, sobrevolando la Base Aérea y el espacio circundante por si alguien intentaba pasarse de listo.
Además, estar en el centro de comando le permitía mantenerse mínimamente al tanto de lo que ocurría en el resto de la ciudad... especialmente en las cercanías del SDF-1, del que no llegaba ninguna noticia que no proviniera por los escuetos y secos canales oficiales de información.
Al cabo de dos horas de eso, Rick ya no podía soportar más tiempo en el claustrofóbico, oscuro y ruidoso recinto de comando, y fue así que tras ser relevado por el teniente Starakis en la coordinación del Skull, el comandante Hunter abandonó el edificio principal en busca de algo de aire fresco, luz natural y tranquilidad para ordenar su mente... y sus emociones.
Esa búsqueda lo llevó a decidir que lo mejor sería recorrer un poco los espacios abiertos de la Base Aérea, actividad a la que el comandante Hunter se abocó con tanta decisión que hubiera calificado como insubordinación y desprecio por sus obligaciones militares.
Al diablo con ellas; si no salía de esa cueva de espanto, terminaría por volverse loco.
Después de apenas cinco minutos de caminata y para sorpresa infinita del piloto de combate, no muy lejos del edificio principal Rick encontró al comandante de la Base Aérea, caminando en soledad por los límites exteriores de la Base como si se tratara de un simple paseo dominical.
Rick sonrió levemente; si Michael Penhall había decidido darse el gusto de una fuga como la suya, entonces no debía estar tan equivocado.
En una institución como las Fuerzas de la Tierra Unida del post-Holocausto, en donde hombres y mujeres que antes de la Lluvia de la Muerte no hubieran llegado a tenientes primeros ahora eran mayores y coroneles, Michael Penhall era una excepción más que notoria. Sencillamente, con sus cuarenta y dos años de edad Penhall era demasiado veterano para el rango de mayor que poseía, pero eso no se debía a incompetencia o falta de confianza como cualquiera hubiera podido asumir en un comienzo.
La pura y simple verdad era que Michael Penhall había sido llamado de vuelta al servicio tras siete años de retiro forzoso como consecuencia de las heridas sufridas cuando su caza F-203 fuera derribado en uno de los tantos conflictos entre el GTU y la Liga Anti-Unificación. Quizás no estuviera en condiciones de volar un caza de combate, pero era más que capaz de hacerse cargo de las innumerables labores administrativas asociadas con el manejo de una base aérea... sin mencionar que podía ser muy útil como "mentor" de aquellos oficiales que sí tenían que hacerse cargo de rangos demasiado elevados para sus edades.
A pesar de que por ser oficial de la Fuerza Aérea Penhall tenía más contacto con los pilotos de aquella rama de servicio, Rick había aprendido a respetar y a apreciar al veterano ex-piloto de combate, y era por eso que aún siendo su rango equivalente al de Penhall, Rick nunca olvidaba mostrar el respeto que alguien como Penhall merecía.
– Mayor – saludó Rick a Penhall en cuanto lo tuvo cerca, y el mayor de la Fuerza Aérea le devolvió cortesías.
– Comandante.
Sin más que decir entre ellos, y sin necesidad de que Penhall aceptara la oferta silenciosa que Rick le había hecho, los dos oficiales continuaron juntos la recorrida que Penhall hubiera iniciado en soledad, caminando por el perímetro de la Base Aérea Nueva Macross y lidiando con sus propias emociones y opiniones a lo largo del trayecto.
– Una mañana preciosa – observó Penhall, desviando su mirada del panorama militar por un instante.
Rick hizo lo propio y no tuvo otra alternativa más que coincidir con el hombre más veterano.
– Así es.
Casi como si el destino hubiera conspirado para arruinar ese remanso de paz, el sonido potente del motor de un utilitario Humvee llenó todo el espacio circundante, y tanto Rick como el mayor Penhall voltearon para observar al susodicho vehículo transitando por uno de los caminos cercanos, con media docena de policías militares equipados para el combate a bordo.
Y la realidad cayó una vez más sobre los dos oficiales.
– Es una lástima – señaló Rick sin necesidad de aclarar qué era exactamente lo que le causaba lástima.
A su lado, cabizbajo, pensativo y deprimido, Michael Penhall suspiró y meneó resignado la cabeza, para luego echarle un vistazo final al vehículo que se alejaba hacia el acceso principal de la Base.
– Jamás pensé que llegaríamos a esto.
Rick se sumó al mayor Penhall en la resignación y cabizbajo asintió.
– Yo tampoco.
Más para despejar sus pensamientos que por algún objetivo real, los dos militares retomaron su caminata, sin detenerse ni reparar en las escenas de pandemónium y aprestos bélicos que los rodeaban... pero eso, desgraciadamente, no iba a durarles demasiado tiempo.
No habían hecho veinte metros de su abrupta distracción cuando el comunicador del mayor Penhall sonó abruptamente, y el veterano oficial no tardó en responder a la llamada con un gesto de disgusto.
– Aquí Penhall – anunció el comandante de la Base Aérea.
– ¡Aquí el Puesto de Vigilancia 1-3! - respondió en estado de histeria la voz de uno de los guardias en el acceso principal de la Base. - ¡Mayor, venga de inmediato!
– ¡¿Qué pasa?!
La voz en el comunicador sonaba histérica y desesperada, aún detrás del mínimo de profesionalismo que se esperaba de un policía militar.
– ¡Coche bomba!
Esas dos palabras helaron la sangre de Rick y del mayor Penhall... pero no detuvo a los dos oficiales de cumplir con su deber.
En menos tiempo de lo que cualquiera de los dos -o cualquiera que los conociera- hubiera imaginado, Rick y Penhall llegaron a las corridas hasta el acceso principal de la Base. Ninguno de los policías militares y soldados de infantería que montaban guardia en el puesto les prestó atención o saludó a los recién llegados; sólo un sargento reaccionó alcanzándole un par de binoculares al mayor Penhall para que notara lo que estaba ocurriendo.
Y cuando Penhall observó la situación, sus peores temores quedaron confirmados.
A la distancia y por la ruta principal de acceso, un automóvil cualquiera se acercaba a gran velocidad al perímetro principal de la Base, sin que nadie osara ponerse en el camino de la furibunda máquina.
Tanto los policías militares como los soldados de infantería que vigilaban la Base concentraban el fuego desesperado de sus armas de mano en el automóvil que iba hacia ellos como un bólido de muerte, pero las esperanzas de que el fuego de fusiles y pistolas detuviera el avance imparable de aquel vehículo convertido en arma se reducían con cada metro que el auto avanzaba en su furiosa carrera de destrucción.
Y a cada segundo el coche bomba estaba más y más cerca de la entrada principal de la Base.
– Santo Cielo... – murmuró un sargento de la Policía Militar mientras contemplaba con morbosa fascinación el automóvil que se acercaba, y esa observación motivó un reproche en tono de orden por parte de Penhall y del capitán que comandaba el contingente de guardia.
– ¡SIGAN DISPARANDO!
Los guardias y soldados obedecieron instantáneamente, vaciando los cargadores de sus armas en un esfuerzo infructuoso por detener al coche bomba, que mientras tanto estaba llegando al último centenar de metros de su corrida letal.
Y entonces un rugido infernal destrozó los oídos de todos los que estaban en el acceso principal a la Base, y una sombra veloz pero enorme lo cubrió todo por un instante infinitesimal de segundo, desconcertando a los militares lo bastante como para que dejaran de disparar sólo por un rato.
– ¡¿QUÉ DEMONIOS---?! – gritó un soldado cuando el rugido se calmó un poco.
Y como si no hubieran tenido suficientes sorpresas, el coche bomba explotó por los aires con una onda expansiva que derribó a los que estaban cerca y no se habían sujetado de algo. Un segundo el auto era un verdadero misil lanzado contra la puerta de la Base Aérea, al otro segundo, era un montón de restos informes y calcinados sobre el asfalto del camino de acceso.
De pronto, la enorme silueta de un Battloid se posó en el camino de entrada, a menos de diez metros del auto incinerado. El Battloid en cuestión tenía la inconfundible librea azul del Skull Dos, y su cañón de 110 milímetros todavía humeaba como consecuencia de la salva de disparos que acababa de efectuar.
Del Battloid se escuchó una voz humana claramente identificable a pesar del reverberar provocado por los parlantes del sistema de comunicaciones.
– ¿Están todos bien allá abajo?
Tras ayudar al mayor Penhall a levantarse, Rick trató de acomodarse el uniforme y después le gritó al Battloid en un tono de reproche y felicitación por partes iguales.
– Max, ¿por qué siempre tienes que ir a lo dramático?
– Hay que mantener una reputación, comandante – respondió la voz del piloto, y para completar la escena sólo faltaba que el inmenso Battloid se encogiera de hombros.
Sin embargo, uno de los policías militares llamó la atención del resto con urgencia, y al instante todo el mundo se había vuelto para ver lo que fuera que el policía militar consideraba interesante...
Se trataba de una persecución muy desigual en la que un Humvee cargado de policías militares -quizás el mismo Humvee que Rick y el mayor Penhall vieran antes- seguía implacablemente a dos jóvenes que corrían en dirección contraria a la Base Aérea… tras bajarse del coche bomba al comienzo de su carrera infernal. Si la corrida de los dos jóvenes no había tenido esperanzas en ningún momento, menos la tuvo cuando uno de ellos tropezó y en lugar de hacer lo sensato intentó extraer un arma... con las consecuencias que semejante acción tenía que provocar.
Su socio, viendo lo fútil de la resistencia del otro terrorista, cayó al suelo y colocó sus manos detrás de la nuca en señal de rendición, tras lo cual media docena de policías militares lo rodearon y nadie más pudo ver lo que ocurrió con él.
Una sonrisa cruel y satisfecha apareció en el rostro del mayor Penhall mientras contemplaba la escena que acababa de desarrollarse a la distancia... pero ese no era el momento de darse por satisfecho con cosas menores, sino de prepararse y aprender la lección.
– Redoble la guardia, capitán - ordenó tajantemente Penhall al oficial jefe del contingente de guardia, mientras miraba con extraña fascinación las llamas que se alzaban del automóvil destruido. – Quiero que extiendan el perímetro de vigilancia otros doscientos metros.
Mientras el personal de la guardia cumplía inmediatamente sus órdenes, con la eficiencia y energía de alguien que sabe que la vida le ha dado una nueva oportunidad, Michael Penhall volvió a mirar los restos destrozados del coche bomba, que ardían a escasos cuarenta metros de la entrada principal de la Base como si fueran un presagio de muerte.
– La próxima vez no tendremos tanta suerte – murmuró el mayor de la Fuerza Aérea más para sí que para cualquiera que lo estuviera escuchando... aunque la gente que sí lo escuchaba comprendía sus palabras y coincidía con ellas.
Y una de esas personas era el comandante Rick Hunter, que acompañó al mayor de regreso al edificio principal de la Base con la plena seguridad de que las cosas estaban mucho peor de lo que él había imaginado en sus previsiones más pesimistas.
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Cuando faltaban cinco minutos para las doce del mediodía, la comandante Lisa Hayes sintió un escalofrío de pánico recorriéndole todo el cuerpo.
Si las esperanzas de lograr un cambio de toda esa situación demencial habían sido pocas al proponerse su tarea, no veía que le quedaran muchas más esperanzas después de su conversación con el almirante Gloval. Sencillamente, el almirante estaba demasiado obcecado y empecinado como para plantearse dar un paso hacia atrás, y Lisa temió que tantos meses de desgaste e intriga política entre el Gobierno y las Fuerzas hubieran terminado por endurecer al almirante más allá de lo recuperable.
Pero si Gloval era terco, pues ella era diez veces más terca. No cejaría jamás en sus esfuerzos, y no descansaría hasta que aquella crisis tan absurda como evitable quedara en el pasado.
Sin embargo, para cuando se acercaba la hora de ponerse nuevamente en contacto con la ministra de Defensa, Lisa era consciente de que si Gorbunova no había tenido mejor suerte que ella, entonces la solución estaría más allá de sus esfuerzos.
La comandante Hayes tenía que moverse con discreción. No podía simplemente contactarse con el Ministerio de Defensa cuando las órdenes de Gloval eran taxativas respecto de los contactos con el Gobierno y sus agencias dependientes; además, había demasiados policías militares y "personal desconocido" como para poder tomarse el atrevimiento de hacer una llamada abierta.
Lisa pensó en Vanessa, que había logrado su primer contacto con Gorbunova, pero un rápido vistazo del módulo de control le reveló a la comandante Hayes que había dos agentes de la Policía Militar supervisando de cerca lo que hacía Vanessa en su estación. Ese camino estaba cerrado para ella.
De cualquier manera, Lisa sólo dedicó unos pocos segundos a las maldiciones y trató de pensar en otra alternativa. Ella tenía experiencia con sistemas de comunicaciones, aunque no tanta como Vanessa o las otras chicas del Trío; quizás hasta pudiera ser lo suficientemente buena como para lograr comunicarse con el ministerio sin que nadie lo notara. Pero en una situación como esa, la palabra "quizás" no bastaba. No cuando los riesgos eran tan elevados.
El problema era que no quedaban más alternativas.
Cuidando de no llamar la atención, la comandante Hayes se sentó frente a una consola de comunicaciones bastante disimulada en el nivel inferior de la Central de Operaciones, y sus dedos comenzaron a marcar los comandos necesarios para transmitir al Ministerio de Defensa... eso, si ella recordaba bien los pasos que siguiera Vanessa anteriormente.
Después de teclear, a Lisa sólo le quedaba esperar... y esperar... y esperar con creciente impaciencia a que alguien respondiera del otro lado.
Sólo había estática. Nada más que estática y tonos de ocupado. Después de un rato demasiado largo de eso y conteniendo una letanía de insultos al sistema y a la situación, Lisa se dispuso a intentar un nuevo enlace.
– Tal vez quiera utilizar la línea segura, comandante.
La sangre de la comandante Hayes se heló en sus venas, y su mente hiperactiva trató de pensar en una respuesta que disuadiera a la persona que la había descubierto. Mientras buscaba la excusa perfecta, Lisa giró levemente la cabeza para ver de quién se trataba, encontrándose con la sargento Alicia Farrell, que estaba de pie detrás de ella y mirando con interés los datos que aparecían en la pantalla de Lisa.
¡Diablos! ¿Qué haría Farrell? Esa era la pregunta que carcomía a Lisa, que ya se esperaba que la joven sargento llamara a alguno de los policías militares en cuanto comprobara que la jefa de la Central había tratado de comunicarse subrepticiamente con el Ministerio de Defensa, en contravención de las órdenes directas del almirante Gloval.
De pronto y sin decir nada, Farrell se inclinó sobre la consola y tecleó una nueva secuencia de comandos, mientras Lisa la observaba con un pavor que cada vez era más notable.
– El display de comunicaciones muestra todas las llamadas activas – explicó Farrell mientras trabajaba sobre el teclado, para luego mirar a Lisa y esbozar una tímida sonrisa. – No le diré a nadie, comandante.
Ya más aliviada, Lisa le devolvió la sonrisa a Farrell y aguardó pacientemente a que la sargento terminara de hacer lo que estaba haciendo, aunque no podía evitar mirar de un lado a otro para ver si alguien más estaba notando lo que ocurría en esa consola... porque de seguro, la próxima vez no se trataría de alguien dispuesto a colaborar como Farrell.
Finalmente, la sargento Farrell terminó de establecer el contacto y le indicó a Lisa con un gesto que se colocara los auriculares y el micrófono. Esta vez, el tono que Lisa escuchaba por el sistema de comunicaciones era el de un enlace que sólo esperaba a que alguien respondiera... y entonces, alguien descolgó el teléfono desde el otro lado.
– ¿Hola? – preguntó Lisa con una timidez poco característica en ella, sólo para que una voz femenina y de marcado acento ruso le contestara con un reproche.
– Llega cuatro minutos tarde, comandante Hayes.
Lisa volvió a contener una maldición; no era ese el momento para dejarse enfurecer por la brusquedad de la ministra de Defensa.
Sin embargo, si Lisa hubiera prestado un poco más de atención a lo que ocurría a su alrededor, habría notado que muchos de los controladores de la Central se ponían de pie, y que la sargento Farrell daba unos pasos hacia atrás.
Pero no lo hizo; la conversación con Gorbunova era lo único que le importaba a la comandante Hayes.
– Lo siento, hubo problemas con la comunicación.
– La entiendo – le contestó Gorbunova con simpatía, como si ella hubiera pasado por lo mismo. – ¿Qué dijo el almirante Gloval?
Lo que Lisa jamás hubiera imaginado era que justo después de que la ministra le hiciera esa pregunta, el vozarrón ronco del mismísimo almirante le haría otra pregunta.
– ¿Qué estás haciendo, Lisa?
El tiempo pareció congelarse para la joven comandante Hayes. Sus dedos se endurecieron, y ella pudo sentir cómo se le erizaban todos los pelos de la nuca. Lentamente, pero sin demostrar miedo, Lisa giró en su asiento y se enfrentó con un Muy Mal Hecho.
Allí junto a su consola, el almirante Henry Gloval le clavaba una mirada cargada de dolor y decepción, mientras que en los rostros de los policías militares que escoltaban al Supremo Comandante no se notaba más que la fría expresión de gente acostumbrada a cumplir su deber. Muchos de los operadores de la Central estaban observando la escena, y Lisa supo al ver sus rostros que ella debía tener una expresión de terror mucho peor que las de sus subordinados.
Por su parte y aún aterrada por la presencia del almirante, la sargento Farrell tuvo la suficiente presencia de ánimo como para aclarar las cosas ante Lisa, antes de que ocurriera algún malentendido.
– No fui yo, comandante.
Lisa le devolvió una sonrisa comprensiva a Farrell, pero la inquietud de la joven sargento no era ni por asomo el mayor de los problemas para la jefa de la Central de Operaciones.
– Le hice una pregunta, comandante Hayes – dijo el almirante con una voz peligrosamente fría. – ¿Qué está haciendo?
Como si Lisa no tuviera demasiado en sus manos, Gorbunova aprovechó ese momento de suprema incomodidad para hacerse notar por el teléfono.
– ¿Qué pasa?
– Aguárdeme un minuto – le contestó Lisa a la ministra, para después dejar el teléfono sobre su regazo... y mientras Gloval miraba el teléfono, ella aprovechaba para oprimir un pequeño botón de la consola. Hecho eso, Lisa miró al almirante y le contestó la pregunta. – Estoy tratando de ponerle fin a todo esto, señor.
– ¿Con quién estaba hablando?
– Con la ministra de Defensa, señor – respondió Lisa sin dudarlo y sin dejar de mirar al almirante a los ojos. – Estoy trabajando con ella para lograr una salida satisfactoria a esta crisis.
El almirante se tensó y su boca se congeló momentáneamente en una mueca de incredulidad y disgusto.
– Comandante, mis órdenes fueron explícitas: no puede haber contacto con el Gobierno sin mi autorización.
– ¿Permiso para hablar libremente, señor?
– Más vale que me hables libremente, Lisa – le contestó Gloval con un tono tan dolido que Lisa no pudo evitar sentirse terriblemente mal por toda la situación. – Creo que me lo he ganado durante estos años.
– Si no se pone en contacto con el Primer Ministro cuanto antes y negocia una salida justa de esta crisis y de la ley marcial, las cosas se nos irán de control mucho antes de lo que imagina, almirante.
Gloval no parecía creerle y se limitaba a mirarla sin que pudiera notarse un cambio en sus emociones... pero eso no disuadió a la comandante Hayes, que sabía que si quedaba alguna oportunidad de resolver aquella crisis, era esa que el almirante le había otorgado sin proponérselo.
– Sólo vea lo que ocurre en la ciudad – le pidió Lisa a Gloval, señalando los videomonitores que flotaban sobre la Central. – Hemos trabajado muy arduamente para reconstruir esta ciudad y al mundo entero como para dejar que su obstinación y la del Primer Ministro lo arruinen todo, señor.
Mientras los ojos de la Central de Operaciones se clavaban sobre Lisa y el almirante, entre los dos sólo había un silencio profundo y doloroso, un silencio en donde las únicas expresiones estaban dadas por la mirada dura y dolida de Gloval y la mirada desafiante y determinada de Lisa Hayes.
Sólo por un instante, sólo por una breve milésima de segundo, Lisa creyó ver en el almirante una señal de que sus esfuerzos darían fruto, de que tal vez el almirante estuviera entendiendo que sólo hacía falta un pequeño gesto para descomprimir la situación... sólo por un instante... un instante y nada más.
Cuando Gloval volvió a hablar, todas las esperanzas de Lisa Hayes desaparecieron como hielo al sol.
– Comandante Hayes, cuelgue ese teléfono de inmediato.
– No puedo hacer eso, señor.
– Comandante, es la última advertencia.
Si Gloval esperaba disuadir a Lisa con sus "advertencias", le bastó con ver la mirada encendida y decidida de su joven subordinada y protegida para saber la respuesta a su ultimátum antes de que Lisa abriera la boca.
– No, señor.
– No me obligues a hacer esto, Lisa – insistió Gloval, sonando brevemente más como un padre acongojado que como un superior enfurecido. – Por favor... te lo imploro.
– Ponga fin a todo esto, señor – contragolpeó Lisa sin titubear.
– No puedo.
Lisa sacudió la cabeza levemente.
– Entonces yo tampoco puedo hacer lo que me pide.
– Que así sea.
Otra vez se hizo el silencio entre los dos, pero en esta ocasión duró mucho menos de lo que había durado antes. Sin perder el tiempo, Gloval le hizo una seña con la cabeza a los dos agentes de la Policía Militar para que dieran un paso al frente y se pusieran a su lado.
– Perdóname, Lisa – dijo el almirante con la voz quebrada antes de dirigirse al policía militar de mayor rango. – ¡Capitán!
– ¿Señor?
– La comandante Hayes está bajo arresto – ordenó Gloval, quien no pudo evitar mirar aunque fuera de reojo a una Lisa Hayes que le devolvía una mirada furiosa e indignada. – Escóltela al calabozo más cercano.
Raudamente, los dos policías militares sujetaron a Lisa por los brazos y la levantaron de la silla. Ella no opuso ninguna resistencia al arresto... pero cuando pasó al lado del almirante Gloval, la mirada que ella le lanzó podría haber destrozado al almirante allí mismo. Era la misma mirada de furia que Gloval le había visto a su protegida tantas veces... pero era la primera vez que la veía dirigida a él mismo. Aunque jamás quisiera admitirlo, esa mirada le dolió más que cualquier otra cosa que Lisa pudiera haber dicho o hecho.
Todo el personal de la Central de Operaciones presenciaba la escena, sin poder hacer otra cosa que quedarse mudos y espantados de ver a su jefa siendo arrestada por dos policías militares. Las miradas de todos iban de Lisa, que caminaba al paso que le marcaban los policías que la tenían sujeta.
Por su parte, Gloval simplemente se acomodó la gorra, metió sus manos en los bolsillos del sobretodo y giró para alejarse... hasta que una voz lo detuvo.
No era cualquier voz, y tampoco era la voz de alguien en la Central de Operaciones. Era la voz de una mujer que hablaba por el teléfono... y que salía a través de uno de los parlantes en la consola de Lisa. Más precisamente, era la voz de la ministra de Defensa de la Tierra Unida, que se escuchaba en toda la Central gracias a la precaución y buen tino de Lisa en dejar la comunicación en altoparlante antes de discutir con Gloval.
– ¿Hayes? – exclamó Gorbunova casi a los gritos después de mucho tiempo de estar callada. – ¿Sigue allí? ¿Qué está ocurriendo? ¡Comandante Hayes!
Aún sujeta por los policías, y lejos de la consola, Lisa sencillamente desafió a Gloval con la mirada a que respondiera la llamada, pero el almirante ni se inmutó.
– Bien, se lo diré así nomás... pude hablar con el Primer Ministro... – lanzó entonces la ministra, aún sin saber si estaba hablando con alguien o sólo para el aire. – No fue fácil y me costó un ojo de la cara razonar con él, pero dice que está dispuesto a hablar con el almirante Gloval para salir de todo esto...
La Central de Operaciones pareció congelarse. Incluso los policías militares que llevaban a Lisa al calabozo se detuvieron en seco y prestaron más atención a lo que decía el altoparlante que a la joven a la que sujetaban. En cuanto a la comandante Hayes, ni siquiera haber sido arrestada pudo borrar la enorme sonrisa de alivio que asomó en su rostro.
"Gracias, ministra... muchas gracias."
Ni siquiera el almirante Gloval había quedado impasible ante el anuncio de Gorbunova, pero pudo conservar la sangre fría y no abalanzarse sobre la consola de comunicaciones. Por su parte y ajena al hecho de que tenía a cientos de militares escuchándola con impaciencia y ansiedad, la ministra Gorbunova continuaba hablando al teléfono.
– El Primer Ministro exige una condición previa... quiere que Gloval libere los controles militares sobre los accesos a la ciudad, el aeropuerto y la MBS. Sólo entonces podrá recibir al almirante en el Centro de Gobierno.
Ya no se podían ocultar los suspiros de alivio y de tranquilidad que salieron de parte de todo el personal de la Central: de sus operadores y oficiales supervisores, e incluso de los policías militares que mantenían la vigilancia del lugar. Todos ellos, sin excepción, pudieron sentirse tranquilos y esperanzados por primera vez desde que aquel día desquiciado comenzara, y todos ellos pudieron ilusionarse con la posibilidad de una rápida salida para ese impasse que había amenazado con sumir a la ciudad en un conflicto de final imprevisible.
Pero todas esas esperanzas dependían de la decisión de un único hombre. Dependían de la voluntad del alto y delgado oficial de sobretodo azul y gorra blanca que continuaba de pie allí en el nivel inferior, aparentemente aislado de lo que estaba ocurriendo y demasiado tranquilo como para ser molestado.
Y mientras los ojos de cientos de personas estaban clavados en él a la espera de su decisión, el almirante Gloval se limitó a encogerse de hombros y caminar con paso lento y calmo hasta la consola de comunicaciones. Allí, Gloval tomó el auricular que Lisa había soltado al momento de ser arrestada y se lo llevó al oído.
– Ministra Gorbunova.
Hubo un breve silencio en la línea, seguido por la comprensible y sorprendida reacción de la ministra de Defensa de la Tierra Unida.
– ¡¿Almirante?!
– Dígale al Primer Ministro que lo veré a la hora que él disponga – dijo Gloval sin perder el tiempo. – Avísele que las órdenes que solicitó ya están siendo cursadas.
Antes de que Gorbunova pudiera contestar, Gloval ya había apagado el altoparlante y colgado el teléfono. Sin más por hacer allí, el almirante extrajo su pipa de uno de los bolsillos y la encendió, dándose el momentáneo gusto de unas pitadas para calmar los nervios que incluso él había visto alterados.
Por último y como paso previo a dejar la Central de Operaciones, el almirante les indicó con un gesto a los policías militares que soltaran a la comandante Hayes. De inmediato, los agentes dejaron en paz a Lisa, mientras la joven trataba de recuperar la dignidad y porte que había perdido durante su breve arresto.
Ni Gloval ni Lisa dijeron nada.
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Los soldados de la Compañía A del 39º Batallón de Fusileros del Ejército de la Tierra Unida que montaban guardia en los corredores de los estudios centrales de la Macross Broadcasting System se cuadraron al pasar frente a ellos su joven y atareado comandante de unidad. Como oficial responsable de la ocupación física de la MBS mientras durara la ley marcial, el capitán Stefan Montgomery había ido acumulando sobre sus jóvenes y exigidas espaldas todos los dolores de cabeza asociados con esa tarea ingrata.
Y los soldados del 39º de Fusileros lo veían en la cara del joven comandante de compañía. Hacía apenas diez horas que la MBS estaba bajo jurisdicción militar, pero en esas diez horas Montgomery había tenido que enfrentar desafíos visibles como los que planteaban los directivos de la cadena que protestaban sus órdenes de ocupar físicamente los estudios, y otros más insidiosos como la escasa cooperación que el personal técnico de la MBS prestaba a las directivas militares que el capitán tenía que poner en práctica.
En cada uno de esos incidentes Montgomery había tenido que guardarse muy dentro suyo la retahíla de maldiciones que deseaba escupir hacia sus superiores, especialmente si tenía en cuenta que estaba en una cadena de televisión y que cualquier cosa que hiciera podía ser grabada. ¿Por qué diablos él tenía que dar la cara por las órdenes que habían dado esos generales necios en el SDF-1? ¿Qué demonios podía hacer él cuando unos ejecutivos le espetaban en la cara todas las garantías constitucionales a la libertad de prensa, a pesar de que las tropas de Montgomery se habían comportado con excesiva corrección y prudencia?
Era por lo tanto comprensible que el capitán Montgomery estuviera caminando hacia la oficina del presidente de la MBS con una inmensa y aliviada sonrisa en el rostro... el papel que llevaba en la mano y que traía escrita la última orden del almirante Gloval era motivo suficiente para respirar aliviado, aún a sabiendas de que debería enfrentarse con el irascible y poco amigable presidente de Macross Broadcasting System.
Dicho ejecutivo recibió a Montgomery con la misma cara de pocos amigos que trajo al apersonarse en los estudios de la MBS apenas media hora después de la llegada de los militares. Durante toda la mañana, Lester McNeish había estado atrincherado en su oficina, decidido a hacerle la vida imposible a Montgomery y al resto de los militares que estaban ocupando "su" estudio central de televisión y radio, y el joven capitán del Ejército tenía claro que no había ninguna razón para que el presidente de la MBS lo recibiera de manera menos fría.
Al verlo entrar en su oficina, McNeish hizo una mueca de disgusto y volvió a la lectura que Montgomery había interrumpido con su llegada; el presidente de la MBS estaba decidido a hacer que la estadía del oficial del Ejército en su oficina fuera lo menos placentera posible.
Sólo después de que el joven militar carraspeara para hacerse notar, el presidente de la MBS se dignó a preguntarle el motivo de su presencia.
– ¿Qué quiere, Montgomery?
– He recibido órdenes del Alto Mando, señor McNeish – dijo el capitán Montgomery con un tono excesivamente formal, cuadrándose como si estuviera en un desfile militar. – Debo evacuar a mis tropas de inmediato.
Eso bastó para cambiarle la cara de disgusto a McNeish y reemplazarla por una de sorpresa genuina; en todas sus previsiones, jamás hubiera esperado que los militares dieran marcha atrás con su demente orden de ocupar la MBS tras menos de doce horas.
Pero igual, necesitaba confirmación... y mientras más directa fuera, mejor para todos.
– ¿Se van a ir?
El capitán Montgomery asintió vigorosamente; si McNeish estaba complacido de que la ocupación militar de su cadena estuviera terminando, Montgomery estaba aliviado como si le hubieran quitado un enorme peso de encima.
– Esas son nuestras órdenes – confirmó el capitán del Ejército, que entonces quedó callado como si estuviera buscando la mejor manera de decir algo muy complicado. – No quería irme sin haberle pedido disculpas por cualquier molestia que---
– No tiene que disculparse, capitán – lo interrumpió McNeish con brusquedad pero no sin verdadera comprensión. – Usted sólo hacía su trabajo.
Sintiéndose doblemente aliviado y tranquilo de no haberse puesto en contra al dueño del mayor conglomerado mediático de la ciudad, el capitán Stefan Montgomery hasta se dio el gusto de una sonrisa antes de hacer su anuncio final.
– Le informaré cuando hayamos abandonado los Estudios Centrales.
– Se lo agradeceré mucho, capitán Montgomery.
Dicho eso, McNeish retomó la lectura, sólo para interrumpirla quince segundos después al notar que el capitán Montgomery seguía parado en su oficina, mirándolo.
– ¿Algo más, capitán? – inquirió el presidente de la MBS, a lo que Montgomery sólo respondió una vez que pudo encontrar las palabras adecuadas para hacerlo.
– Ojalá nunca hubiera tenido que hacer esto, señor McNeish.
McNeish sonrió y por primera vez le dejó notar a Montgomery que él también estaba demasiado cansado por ese día de locura.
– En eso coincidimos, capitán... en eso coincidimos.
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Tras acompañar al almirante Gloval en un viaje custodiado y silencioso desde el SDF-1 hasta el Centro de Gobierno, la comandante Hayes había aceptado el pedido de Gloval de quedarse esperando en el hall principal de la Torre Norte a que finalizara su junta con el Primer Ministro. Aunque ella no lo dijera abiertamente, agradecía mucho que Gloval no la hiciera seguir con él... ya bastante incómodo había sido el viaje con los dos sin hablarse excepto lo que fuera indispensable.
Además, Lisa ya había tenido demasiadas emociones intensas en un sólo día como para pasar más tiempo observando una tensa reunión entre Gloval y el Primer Ministro... su cuota de adrenalina y nervios ya estaba cubierta con creces, y todo lo que Lisa Hayes anhelaba era una buena ducha y una noche de amor en compañía de Rick.
Y un muy buen plato de fideos, para qué negarlo... estaba hambrienta.
El sillón del hall principal en donde ella estaba sentada era pecaminosamente cómodo, y ella lamentó no haber traído un libro o un diario para leer, porque su asiento se prestaba maravillosamente bien para eso. A falta de algo con qué satisfacer su gusto por la lectura, Lisa decidió entretenerse viendo las cosas que pasaban en el hall principal de la Torre Norte.
Funcionarios que iban y venían, algunos muy importantes y otros sólo muy arrogantes; asistentes, pasantes y otros empleados que corrían de un lado a otro en cumplimiento de tareas impuestas por la burocracia, y todas las demás figuras que llamaban a la Torre Norte del Centro de Gobierno "su lugar de trabajo". Todos esos personajes constituían la vida y actividad de la sede principal del Gobierno de la Tierra Unida, y Lisa se maravilló de ver el bullicio de ese lugar tan parecido al que ella enfrentaba todos los días en el SDF-1.
Lo único que le molestaba a Lisa era las miradas que le daban algunos de los transeúntes de la Torre Norte... miradas de desconfianza, recelo y cierto temor. A lo largo de los minutos que llevaba allí, empero, Lisa había racionalizado muy bien que era una reacción comprensible de parte de esas personas hacia su uniforme militar, después de un día entero en el que no se sabía bien qué pretendían lograr los militares con su inconsulta declaración de ley marcial.
Lejos de irritarse más de lo necesario por eso, la comandante Hayes simplemente se acomodó en el sillón y se dio el gusto de cerrar los ojos, sabiendo que posiblemente terminaría emprendiendo una siesta feroz.
De hecho, ella estuvo cerca de entregarse al sueño cuando una voz femenina, dura y con un acento demasiado notorio se hizo escuchar cerca de ella.
– Buenas tardes, comandante.
De mala gana, Lisa abrió los ojos y trató de ver quién era la otra persona. No tardó mucho en reconocerla: ese peinado de rodete, ese vestido impecable y de negocios y esa mirada azul y gélida eran todas las pruebas que necesitaba Lisa para saber con quién estaba tratando.
– Ministra – saludó Lisa con un leve gesto de su cabeza.
Sin avisar y sin que Lisa la invitara, la ministra de Defensa de la Tierra Unida se dejó caer en el sofá que ocupaba Lisa, sentándose cerca de la joven comandante militar. La sorpresa de Lisa cedió su lugar ante la desconfianza; a pesar del trabajo conjunto que había hecho con la ministra, demasiada agua había corrido bajo el puente como para que Lisa Hayes pudiera sentirse cómoda compartiendo sofá con Svetlana Gorbunova.
Lejos de notarse incómoda, pero mirando al mismo punto de la pared que Lisa estaba viendo, la ministra de Defensa dejó escapar un comentario inocente.
– ¿Qué día, no?
– Un día muy largo – contestó Lisa, a lo que Gorbunova coincidió de manera cansada.
– Demasiado.
Sólo entonces la ministra de Defensa miró a Lisa, mientras la comandante Hayes le devolvía la mirada sin saber qué diablos se proponía la mujer mayor. Por suerte para Lisa, la espera y la incomodidad no duraron mucho más tiempo.
– Supongo que debo felicitarla, comandante – dijo la ministra Gorbunova como si el dentista le arrancara esas palabras. – Su apuesta salió bien esta vez.
Una leve y fea mueca asomó en el rostro de Lisa. ¿Pero quién diablos se creía esa mujer? Después de todo lo ocurrido, todavía le salía con ese comentario infinitamente arrogante y condescendiente. Pues bien, dos podían jugar ese mismo juego, y con una media sonrisa que se veía siniestra en su rostro joven y atractivo, Lisa le devolvió el favor con una frase dicha con obsequiosidad exagerada.
– Spasiba, Tsaritsa Vserossiyskaya.
Gorbunova no supo si maldecir a la joven por su sarcasmo e irreverencia rayanos en la insubordinación, o felicitarla por una salida que estuvo cerca de hacerla reír. De todas las cosas que Gorbunova esperaba de Lisa Hayes, muy cerca del último lugar estaba que la joven le devolviera su comentario con un sarcástico "Gracias, Zarina de todas las Rusias", dicho en un ruso casi libre de acento extranjero.
Al final de todo, Gorbunova salió con algo más neutro y menos ofensivo... ya estaba demasiado cansada por ese día como para agregarle una rencilla sin sentido con la mujer que la había ayudado a encontrar la salida a la crisis.
– No sabía que hablara ruso, comandante.
Lisa Hayes sonrió con gusto; ganarle a Gorbunova era algo que siempre le levantaba el ánimo.
– Es lo que gano con haber tenido un padre que sirvió años en el mando de la OTAN, ministra.
La ministra de Defensa asintió vivamente y siguió sonriendo, dejando que el clima entre las dos se distendiera momentáneamente, pero no por mucho tiempo más... no podía haber mucha tranquilidad mientras las dos supieran que en la oficina más importante de ese edificio estaba en juego el futuro inmediato del GTU.
Cuando ya no pudo soportar más los nervios, Lisa miró al techo como si estuviera viendo la oficina del Primer Ministro a través de los pisos y le hizo una pregunta a su insólita compañera de sofá.
– ¿Qué cree que estén hablando?
– No lo sé – contestó Gorbunova encogiéndose de hombros. – Me conformo con que hablen... bastante nos esforzamos para sentarlos a ambos en la misma mesa.
– Dígamelo a mí, ministra – coincidió Lisa Hayes, quien sólo entonces le reveló a la ministra el punto más interesante de su día. – El almirante me mandó arrestar en un momento.
Curiosamente, Gorbunova no parecía impresionada.
– A mí el Primer Ministro me llegó a pedir la renuncia.
– Ingratos – bufó Lisa de todo corazón, gesto que Gorbunova aprobó vigorosamente y al que agregó algunas cosas de su parte.
– Tercos.
Lisa asintió y continuó con la retahíla de epítetos hacia los dos hombres que discutían en la oficina, hombres por quien ella sentía un respeto enorme pero que la habían dejado cerca de la internación con su obstinación.
– No podrían hacer nada sin nosotras.
– Ellos ponen la cara y nosotros resolvemos los problemas – agregó Gorbunova, ya entrando de lleno en la onda de la discusión.
– No nos pagan lo suficiente para hacer las cosas que hacemos.
– Ni nos dan vacaciones, comandante.
– Eso es cierto – coincidió Lisa, quien reconoció por primera vez que Gorbunova tenía un muy buen punto ahí y decidió dar reconocimiento a quien reconocimiento merecía. – Felicitaciones, ministra.
– Para usted también, comandante – le devolvió Gorbunova con franqueza para luego levantarse del sofá y alisarse su traje. – Si me disculpa, debo retirarme... tengo un montón de papeles que aguardan mi atención ahora que ya dejamos de caminar al borde del precipicio.
– No la detendré entonces. Buena suerte con eso.
Asintiendo, la ministra de Defensa dio unos pasos hacia el ascensor cuando se detuvo sorpresivamente y giró para decirle algo más a Lisa.
– ¿Comandante Hayes?
– ¿Sí, ministra?
– No crea que esto cambió las cosas – sentenció Gorbunova, fusilando a Lisa con la mirada fría y fiera que ella ya conocía de sobra de sus encuentros anteriores. – Sigo considerándola una persona arrogante y demasiado temperamental.
Por su parte, la comandante Hayes entrecerró los ojos y le devolvió su siniestra media sonrisa.
– Yo también sigo despreciándola con toda mi alma, ministra. Puede seguir durmiendo tranquila.
– Se lo agradezco – dijo Gorbunova con una gratitud que hasta sonaba genuina, para luego dar definitivamente por terminada aquella reunión tan extraña como el día mismo que estaban viviendo. – Do svedanya, comandante Hayes.
– Do svedanya, ministra Gorbunova.
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La paciencia del almirante Henry Gloval estaba peligrosamente cerca de agotarse, pero a pesar de eso, el oficial hizo el mejor esfuerzo para que no se notara... al menos, hasta que por fin pudiera entrar a la oficina personal del Primer Ministro.
La secretaria del líder del GTU miraba de reojo al almirante cada diez segundos, y se notaba que la joven estaba nerviosa hasta lo indecible. Al igual que todo el resto de la gente en aquel maldito edificio, como debió reconocer Gloval tras cruzarse en su camino al piso del Primer Ministro con docenas de funcionarios y empleados que lo miraban como si fuera Dolza resucitado.
Gloval había concurrido a la junta con Pelletier a regañadientes y sin bajar la guardia ni por un instante. Él confiaba implícitamente en Lisa Hayes, aún cuando ella hubiera orquestado toda esa maniobra bajo sus narices y contraviniendo sus órdenes, pero esa confianza no se hacía extensiva a los líderes del GTU con los que Lisa había negociado, especialmente después de los eventos vertiginosos de los últimos dos días.
Sin embargo, Gloval no podía darse el lujo de rechazar la reunión con el Primer Ministro. Mal que le pesara, tanto él como Pelletier eran dos de las personas más poderosas del mundo y no podían permitirse arriesgar en una rencilla personal la seguridad y paz interior de un planeta que pugnaba por reconstruirse de la guerra. Pero más aún; en su fuero más íntimo, el almirante Henry Gloval no podía sino reconocer lo que le indicaba la voz de su conciencia... que en su arrebato había puesto a las Fuerzas de la Tierra Unida, y quizás al mundo entero, en un callejón sin salida.
Y sólo hay dos formas de enfrentarse a un callejón sin salida. Una es tragarse el orgullo, retroceder por donde se vino y rogar poder volver a la normalidad lo antes posible. La otra es continuar a toda marcha y reventarse la cabeza contra la pared.
Henry Gloval no era ningún tonto. Sabía bien que había concurrido a la oficina personal de Pelletier a dar marcha atrás. También sabía que el Primer Ministro haría otro tanto. Y eso significaba que lo que iba a salir de aquella junta definitivamente no sería del agrado de ninguno de los dos hombres.
Pues bien, que así sea. Todo sea por poder poner algo de cordura y sentido común en lo más alto del Gobierno de la Tierra Unida.
Gloval volvió a mirar con impaciencia a la secretaria mientras ella seguía hablando a través del intercomunicador. Evidentemente, la charla de la secretaria versaba sobre el almirante, ya que sus vistazos de reojo se tornaban más frecuentes y nerviosos... y sus esfuerzos por disimularlo eran cada vez más evidentes e inútiles.
Finalmente, cuando el almirante estuvo a punto de preguntarle a la secretaria si sería recibido de una vez por todas o si sólo se lo tendría para mantener caliente el sillón de la sala de espera, la joven miró fijamente a Gloval y le dio una indicación en su voz profesional pero temblorosa.
– Pase, almirante.
Gloval acató la instrucción y se levantó, cuidando de alisarse bien el largo sobretodo de su uniforme militar. Después, el almirante cruzó por la puerta que la secretaria mantenía abierta para él, y permaneció en posición de firmes mientras la joven lo presentaba formalmente ante el Primer Ministro, con ese protocolo que Gloval respetaba como militar pero que lo irritaba como persona.
– El almirante Gloval, señor.
La oficina del Primer Ministro se veía tan elegante y espaciosa como siempre, con su fina boiserie recubriendo las paredes y las cortinas traslúcidas que dejaban entrar algo del sol de la media tarde, que todo lo iluminaba con la luz fresca y agradable de una jornada veraniega.
Quizás Marcel Pelletier, que se veía como una máscara de furia del otro lado de su escritorio, hubiera respondido algo a lo que le decía su secretaria. Incluso era probable que hubiera dicho algo para darle la bienvenida –a regañadientes, seguramente– al almirante Gloval. De seguro, el Primer Ministro había movido los labios. Pero Gloval no había escuchado nada.
Difícil hubiera sido para el almirante hacerlo, ya que toda su atención estaba clavada en una segunda persona que estaba sentada en la oficina. Un joven en sus veinte años, vestido con un impecable traje de negocios que sólo acentuaba sus facciones elegantes y atractivas, y cuya cara, enmarcada por una larga cabellera oscura, estaba comprimida en una mueca de arrogancia e irritación que se volvió más evidente al reparar en la presencia del almirante.
De seguro, era la misma clase de irritación que Gloval sentía al ver que compartiría aquella junta con la persona a la que responsabilizaba por buena parte de los problemas que tenía que enfrentar.
Y fue allí que la paciencia de Henry Gloval terminó por agotarse.
– ¿Qué hace él aquí? – bramó Gloval sin el menor respeto por la investidura ministerial de Pelletier o la senatorial de Lynn Kyle, quien por su parte, aprovechaba la ocasión para devolverle la cortesía al almirante.
– ¿Qué hace él aquí?
– Estamos poniendo fin a la crisis, almirante – gruñó entonces el Primer Ministro, con una clara cara de no estar disfrutando en lo más mínimo de hacer lo que estaba haciendo. – Dadas las circunstancias, consideré oportuno convocar al senador Lynn a esta junta.
Gloval pensó en oponerse, en decirle a Pelletier que lo único oportuno que había que hacer con el senador era meterlo en un calabozo y procesarlo por insurrección, pero decidió sabiamente que eso no era lo más conveniente por hacer en una crisis como la que estaban atravesando.
Con calma, el almirante tomó asiento, al igual que Kyle, del otro lado del escritorio de Pelletier. Sin embargo, el almirante no disimuló ni por un instante su disgusto por la presencia del senador... y tampoco el senador lo hizo, dedicándole en varias oportunidades a Gloval la mirada que se le puede dar a una cucaracha o a otra criatura igualmente repugnante.
Fue entonces que Pelletier abrió la reunión, apelando a una firmeza en su voz que Gloval no recordaba haberle oído jamás... quizás porque jamás había visto al Primer Ministro histérico de furia como en ese momento.
– Muy bien, señores, les diré cómo vamos a seguir de ahora en adelante.
La mirada fría y furiosa de Marcel Pelletier se clavó entonces en el joven senador por Denver-Colorado, y la voz del Primer Ministro fue aún más fría y furiosa cuando empezó a hablar.
– Senador Lynn, como Primer Ministro de la Tierra Unida, deseo que tenga bien en claro que no toleraré nuevos intentos suyos por perturbar el orden público y fomentar la insurrección entre la gente. Tenemos un gran trabajo de Reconstrucción que encarar, y no voy a dejar que usted lo arruine todo con su actitud irresponsable y vandálica.
Aún una persona que declamaba tanto contra los privilegios como Lynn Kyle podía sentir ofensa por lo que Pelletier le estaba diciendo, y Lynn Kyle también era una persona muy proclive a dejar las cosas en claro.
– ¡No puede hablarme de esa---!
– Soy el Primer Ministro de la Tierra Unida, senador. Está en mi oficina – se limitó a explicar Pelletier con frialdad. – No se atreva a decirme qué puedo hacer y qué no puedo hacer.
Kyle estuvo dispuesto a seguir el debate, sabedor de que podía tener a la ley de su lado... pero había algo en la expresión de Pelletier que le hizo entender definitivamente que no convenía tentar la paciencia del Primer Ministro en un momento tan incómodo como aquel, ya que Pelletier tenía toda la cara de alguien que espera la menor excusa para lanzarse a destripar a una víctima.
– Le diré lo que va a hacer, senador Lynn – continuó hablando Pelletier cuando pudo tranquilizarse, esta vez en un tono más conversador que incluso podía pasar por sincero y amistoso... sólo para los desprevenidos. – En principio, cancelará la manifestación que tenía programada para hoy. Después, saldrá en directo por todas las cadenas de televisión y le pedirá a la población que mantenga la calma y que vuelva a la tranquilidad. Después, anunciará que no convocará a más manifestaciones de este tipo en la ciudad, porque está consciente de lo importante de conservar la paz y la tranquilidad entre nuestra ciudadanía.
Los ojos de Kyle estaban abiertos enormes, denotando una incredulidad que no conocía límites. ¿Acaso Pelletier estaba tan loco como para decirle que hiciera eso? Evidentemente el Primer Ministro no estaba del todo en sus cabales... porque siguió hablando como si estuviera plenamente seguro de que Kyle acataría sus instrucciones al pie de la letra.
– Su anuncio, senador, saldrá exactamente veinte minutos después de que el Gobierno anuncie el levantamiento de la ley marcial en toda la ciudad, y el retiro de las tropas del Ejército de regreso a sus barracas y cuarteles. Naturalmente, confío en que usted no aprovechará esta oportunidad para una nueva maniobra sucia... porque le aseguro que las órdenes pueden cambiar con demasiada rapidez.
Los puños del joven senador se cerraron furiosos y enrojecidos, tan enrojecidos como el rostro de Kyle... y curiosamente, ese despliegue de justa indignación le arrancó una sonrisa sardónica al líder del GTU, quien se tomó sus buenos segundos de silencio –y media taza de café– antes de retomar la palabra.
– Me olvidaba de decirle – dijo el Primer Ministro como si genuinamente se le hubiera estado por escapar aquel punto. – Cuando anuncie la cancelación de la marcha, también saludará la decisión del Gobierno de enviar al Senado un nuevo proyecto de legislación de seguridad. Celebrará esta medida como un acto de conciliación y enfriamiento de la crisis... no le pido que sea sincero, sólo que use sus dotes actorales para eso.
– ¿Y si me niego?
– Si se niega, las tropas seguirán en la calle, y me veré forzado a endurecer las normativas del estado de emergencia... además de ordenar su arresto inmediato. Supongo que "incitación al alzamiento" y otros cargos de ese estilo serán suficientemente convincentes.
Le fue imposible al almirante Gloval disimular su sorpresa al escuchar semejante amenaza, y un rincón sádico de su interior le hacía desear que Pelletier cumpliera con su amenaza allí mismo, pero por lo menos, el almirante era lo suficientemente sensato como para conservar la cara de póker.
No así el senador por Denver-Colorado.
– No puede – lo desafió Kyle, sonriendo como si supiera que Dios y la razón estaban de su lado. – No se atrevería. Si me arresta, la ciudad se incendiaría.
La boca del Primer Ministro se contorsionó en una mueca cargada de desprecio.
– Por favor, senador. Exagera su propia importancia en todo esto... pero lo que debería tener en cuenta no es si puedo o no puedo, sino si conviene tentarme a que lo intente. En estos momentos, tengo tres mil soldados bien armados en las calles y lo único que tiene usted son sus mohines de actor.
Kyle no pudo disimular su espanto y su irritación... pero en ese momento, quizás por primera vez en su vida, Kyle comprendió al ver la expresión de Pelletier de que no había forma alguna de ganar aquel enfrentamiento. Y por primera vez, el joven y orgulloso senador por Denver-Colorado se tragó su orgullo y se quedó bien callado, aunque no dejaba de taladrar al Primer Ministro con sus ojos furiosos.
Y fue peor cuando el Primer Ministro continuó atenazándolo.
– ¿Estamos de acuerdo, senador?
De mala gana y de manera casi imperceptible, el senador asintió a la demanda del Primer Ministro.
– Me alegro – dijo Pelletier, sonriendo una sonrisa sin humor. – En ese caso, estaré atento a la televisión... puede retirarse.
De mucha peor gana, el senador Lynn Kyle se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia la puerta, bajo la mirada curiosa e irritada del almirante Gloval y del Primer Ministro de la Tierra Unida. Éste último creyó conveniente interrumpir la retirada de Kyle justo cuando estaba a medio metro de la puerta.
– Una cosa más antes de que se vaya, senador Lynn.
El senador giró para enfrentar al Primer Ministro, y ni siquiera la distancia que lo separaba de Pelletier hizo que Kyle no sintiera el desprecio del líder del GTU lacerando su piel como si fuera una llamarada de ira.
– Si vuelvo a llamarlo a esta oficina, sepa que será para pedirle su renuncia inmediata.
Después de eso, Kyle dejó la oficina de Pelletier, quizás sintiéndose un poco menos arrogante y seguro de sí mismo que antes, y quizás un poquito más asustado de lo que había querido dar a entender, lo cual era algo sumamente bueno para el Primer Ministro.
Al menos, el éxito con Kyle le daría fuerzas para la segunda parte de aquella junta muy desagradable que debía mantener. Consiguientemente, Pelletier se fortificó y le lanzó al Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida una frase que no reflejaba ni por asomo el grado de furia que sentía hacia el hombre de uniforme.
– Pero usted, almirante... con usted, recién estoy empezando.
No dispuesto a ceder de entrada, Gloval respondió de manera seca y seria, sin hacer esfuerzos por sonar agradable o condescendiente.
– Primer Ministro...
El Primer Ministro se acomodó en su silla. ¿Por donde empezar?
– ¿Sabe, Gloval? – dijo entonces Pelletier, usando aquel tono conversador y falsamente agradable que le había lanzado a Kyle minutos antes. – Créame que no tenía ganas de verlo a usted... créame que estaba muy dispuesto a estrangular a Svetlana por organizar esta maniobra a mis espaldas. No debería perder mi tiempo en hablar con usted. Lo que debería hacer es destituirlo por esta pequeña jugadita suya. Y después de eso, debería ponerlo frente a una corte marcial por los cargos que sean necesarios para garantizar su fusilamiento.
Del otro lado del escritorio, el rostro del almirante Gloval destilaba ira por todos los poros, y sólo alguien que lo conociera muy de cerca hubiera sabido el grado de esfuerzo que hacía Henry Gloval para no saltarle el cuello a su superior político y comandante en jefe.
Por su parte, éste continuaba fusilando a Gloval con la mirada y hablando para darle rienda suelta al vendaval de furia que lo dominaba desde la madrugada de aquel día infame.
– Lamentablemente, no puedo darme ese lujo... mal que mal, sería todavía peor si despido al máximo oficial de las Fuerzas en un momento como este, sin mencionar que no tengo a nadie capaz de reemplazarlo – concluyó el Primer Ministro, agregando luego en su tono más siniestro. – Por el momento.
Dejando que la amenaza implícita flotara por unos segundos en el aire, el Primer Ministro calló y siguió mirando fijamente a su máximo comandante militar, concediéndole graciosamente el tiempo que fuera necesario para procesar lo que se había dicho, antes de retomar las riendas de la reunión con una consulta que le venía carcomiendo el alma.
– Así que, almirante, explíqueme para qué demonios consideró oportuno desobedecer mis órdenes y actuar fuera de la autoridad del Gobierno.
– Lo que hice fue necesario para el mantenimiento de la paz y el orden en la ciudad – se apresuró a responder el almirante, sin desviar la mirada ni evadir al Primer Ministro.
– Lo que hizo, almirante, fue llevar al Gobierno de la Tierra Unida al borde del colapso – le contestó Pelletier, cuya irritación ya estaba volviendo a la superficie de manera peligrosa. – ¿Qué diablos esperaba ganar con esto?
– Sacar a Lynn Kyle de la calle... que creo que usted acaba de hacer – dijo tranquilamente el almirante, agregando después como concesión a su propia irritación: – Y me parece que no podría haberlo hecho en otra circunstancia.
– ¿Qué está diciendo?
Cuando Gloval contestó, la paciencia y el respeto a la autoridad estaban ligeramente ausentes de sus palabras.
– Estoy diciendo, Primer Ministro, que dudo mucho que hubiera podido poner a Lynn Kyle contra las cuerdas de no haber recurrido a la ley marcial. Mal que le pese, Kyle no es alguien al que pueda calmar con palabras amables y gestos conciliadores. Podrá hacerse pasar por pacifista, pero ese muchacho sólo entiende el lenguaje de la fuerza... y usted no estaba dispuesto a hablar con ese lenguaje.
Por un instante, Gloval no supo qué esperar de Pelletier. El Primer Ministro se había quedado callado y ningún sonido salía de sus labios... pero su cara estaba tan cargada de furia como lo había estado durante toda la junta. En conjunto, el almirante no podía decidir si Pelletier estaba mudo de la estupefacción o si estaba a punto de explotar.
En consecuencia, sólo cabía esperar a que hablara... cosa que no tardó en ocurrir.
– Usted no se da cuenta, ¿no? – replicó el Primer Ministro como si Gloval fuera sólo un chiquillo necio. – No tiene idea de nada... ¿escuchó lo que le decía al senador?
Ante eso, Gloval sólo pudo arquear una ceja y aguardar la respuesta... y tenía muy en claro que no le gustaría. Menos todavía le gustaba a Pelletier, si le creía al desconsuelo y derrota que parecían haberse adueñado de su expresión mientras se hundía en el sofá.
– Su pequeña jugadita nos ha costado hasta el alma, Gloval... tan sólo para calmar al Senado, cuyos miembros me han estado llamando frenéticamente durante toda la mañana, he tenido que acceder a derogar de inmediato las medidas de seguridad y prometer que enviaré un nuevo proyecto para que salga por el procedimiento normal... asumiendo que el Senado sea lo suficientemente amable como para dar su voto a favor después de toda esta locura.
Sólo el tic tac del reloj de pared se escuchaba en la oficina, mientras dos personalidades muy disímiles que debían trabajar juntas se enfrentaban, separadas por un escritorio y por un abismo de entredichos e incidentes.
– ¿Mantener el orden y la paz, dice usted? – repitió Pelletier las palabras de Gloval como si fueran algo absurdo. – Felicitaciones, almirante Gloval. Ayudó a que Lynn Kyle ganara.
El horror se asentó firme en el almirante Henry Gloval al darse cuenta de que Pelletier estaba ciento por ciento en lo cierto con lo que acababa de revelarle... y una fea náusea se hizo sentir con todas sus fuerzas en el estómago del almirante.
Por su parte, Pelletier ya se sentía física y moralmente exhausto después de esa junta, y sólo le quedaban fuerzas para mirar cómo Gloval asumía la cruel realidad de una vez por todas, mientras él pensaba los pasos a seguir.
Y él sabía bien que cualquier paso, en cualquier dirección, ya sería algo difícil y costoso.
Las alternativas que tenía frente a él para actuar respecto a Gloval no eran buenas. Ya antes de aquella crisis, varios de sus ministros y algunos de los senadores más importantes del bloque que lo respaldaban le habían ido sugiriendo que se planteara seriamente un "recambio" en los niveles más altos del comando militar, con la esperanza de poner a algún oficial con el que Pelletier pudiera trabajar de manera más fluida.
Pelletier se había negado a esas sugerencias, siempre de manera amable y respetuosa. Gloval era un excelente comandante militar y gozaba de un respeto entre las filas que rayaba con el fanatismo. Tenía la experiencia de combate y liderazgo que la Tierra necesitaba desesperadamente para preparar a sus fuerzas militares en caso de una nueva conflagración interestelar, y sabía exactamente lo que hacía falta para preparar a las Fuerzas de la Tierra Unida en ese sentido. Sin mencionar que había prácticamente ganado la guerra para la Tierra por sí mismo. Era difícil y poco recomendable deshacerse de él.
Ahora, Pelletier pagaba el precio de ser tan razonable y mesurado. Despedir a Gloval después de todo lo ocurrido sólo agravaría las cosas y pondría a las Fuerzas de la Tierra Unida en un estado de conmoción interna que nadie deseaba. Pero conservar a Gloval... después de semejante desastre...
Una cosa era segura: a Pelletier no le pagaban para que evadiera las decisiones difíciles.
Además, ya tenía decidido lo que iba a ocurrir desde el primer momento de la reunión.
– ¿Hemos sacado algo positivo de todo esto, almirante? – preguntó Pelletier con falsa calma. – ¿Hay algo que haga que semejante desastre haya valido la pena?
De no ser porque era ateo, Gloval hubiera atribuido su calma en ese momento a la intervención divina…
– Prácticamente hemos desbaratado la infraestructura y operaciones de la Vanguardia en Nueva Macross, Primer Ministro – reveló Gloval para inmediata y total sorpresa de Marcel Pelletier. – Hemos acabado con media docena de sus refugios en la ciudad y hemos puesto fuera de combate, sea por enfrentamiento o por arresto, a cuarenta miembros de la organización. Aquí tiene los reportes…
El Primer Ministro tomó, no sin reticencias, los reportes que Gloval dejara sobre su escritorio y tras hojearlos levantó la mirada para enfrentar a su máximo comandante militar.
– ¿En serio? – inquirió Pelletier con una sorpresa tan genuina y total que irónicamente lo hubieran podido acusar de exagerar la expresión.
– En serio – le contestó el almirante, dándose luego el gusto de provocar a su superior político. – ¿Desea que liberemos a los que tenemos presos?
– ¡De ninguna manera! – exclamó Pelletier para exorcizar la idea, aunque se tranquilizó un poco más conforme leía el reporte de Gloval, y cuando volvió a hablar, su tono fue más tranquilo y reflexivo. – De ninguna manera…
Gloval continuó callado mientras el Primer Ministro hojeaba los informes de arrestos y allanamientos que le había hecho llegar, y si tenía alguna impaciencia sobre la reacción de Pelletier, el Primer Ministro de la Tierra Unida tuvo la decencia de no dejarlo demasiado tiempo en la espera.
– A pesar de estas buenas noticias, y créame que las considero muy buenas noticias… no crea que saldrá de todo esto sin consecuencias, almirante... – advirtió el Primer Ministro con una mirada levemente amenazante. – Si bien no puedo ir por su cabeza en este momento, sepa que las acciones de hoy me llevarán necesariamente a reevaluar la actual participación militar en el Gobierno. Es claro y evidente que no puedo contar únicamente con su buena voluntad a la hora de mantener la necesaria subordinación de las fuerzas militares a la autoridad civil.
De la boca repentinamente seca del almirante Henry Gloval, que había esperado en el peor momento que el Primer Ministro le asestara una destitución inmediata después de todo eso, sólo salió una única pregunta.
– ¿Qué tiene en mente?
– Cuando tomemos una decisión, se la comunicaré.
Bastó con que Gloval viera la cara de Pelletier para que supiera que ya estaba todo dicho y que nada más saldría de aquella junta. Fue así que sin pedir más permiso que un simple asentimiento, el almirante se levantó de la silla y se cuadró momentáneamente ante el Primer Ministro.
Pelletier no reaccionó; simplemente desvió la mirada hacia uno de los tantos reportes que poblaban su escritorio.
Sin más, Gloval giró sobre sus talones y comenzó a alejarse del escritorio de Pelletier, sin saber que su caminata no duraría mucho tiempo.
– A propósito, almirante... – agregó a modo de conclusión el Primer Ministro, deteniendo a Gloval con el mismo truco que había aplicado antes a Lynn Kyle. – Informe a sus tropas que por orden del Primer Ministro queda levantada la ley marcial, y que deberán regresar a sus bases cuanto antes.
Gloval ni siquiera se dio vuelta para enfrentar a Pelletier o para reconocer su orden.
Tampoco hizo falta.
– Váyase de aquí – ordenó Pelletier.
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Así como un escueto comunicado militar transmitido en horas de la madrugada llevó a Nueva Macross a la locura, dos conferencias de prensa transcurridas con menos de cuarenta minutos de diferencia entre la primera y la segunda ayudaron a reemplazar a esa locura por algo que si bien no era la calma habitual, era mucho más soportable que la tensión que había imperado durante todo el día.
El primer anuncio, transmitido desde la Sala de Prensa del Centro de Gobierno, tuvo al propio Primer Ministro de la Tierra Unida como expositor. Durante veinte minutos, Marcel Pelletier habló al pueblo de la Tierra para informarle que a la luz de la preocupante situación que venía desarrollándose en la capital del GTU, había debido tomar –"con profunda renuencia y después de mucha reflexión interior", como se había ocupado de aclarar– la dolorosa y difícil decisión de declarar la ley marcial en un esfuerzo por lograr que los ánimos se atemperaran.
Además de dar a conocer el arresto de numerosos terroristas de la Vanguardia durante acciones policiales a lo largo de la mañana, de anunciar el inmediato levantamiento de la ley marcial y la desmovilización de las tropas, y como consecuencia de la preocupante situación social y de la inquietud que existía entre la ciudadanía, el Primer Ministro también anunció que el paquete de legislación de seguridad sería sometido a una profunda revisión para tener en cuenta "diversos factores que pudieran ser de interés" antes de ser enviado al Senado para su consideración. Por último, Pelletier solicitaba a todas las personas responsabilidad y calma ante la hora, y exhortaba a que se buscara el pronto logro de la paz y tranquilidad que la ciudadanía merecía.
El guante televisivo arrojado por el Primer Ministro fue recogido cuarenta minutos después en otra conferencia de prensa, montada frente a la entrada de un local partidario en un distrito céntrico de Nueva Macross. Allí, rodeado por una nube de periodistas y un equipo de militantes que oficiaban de custodia, el senador Lynn Kyle informaba a la ciudadanía que en interés de la paz y tranquilidad de la comunidad, además de para dar un gesto de paz y contrapartida a la decisión del Primer Ministro, la marcha que había programado para esa misma tarde iba a quedar cancelada oficialmente. La retórica seguía siendo encendida y apasionada, pero esta vez estuvo atemperada por verdaderos agradecimientos al Primer Ministro por la sensatez de reconsiderar sus leyes de seguridad, aunque algún desconfiado hubiera notado que esos agradecimientos –y casi todo el mensaje– tenían el tono distintivo de alguien que habla con los dientes apretados y lee un discurso que no quiso redactar.
A regañadientes o no, lo cierto era que el discurso de Lynn Kyle complementó admirablemente al de Marcel Pelletier, ayudando a descomprimir las cosas lo suficiente como para que el proceso de levantar todos los retenes militares como preparativo al retorno a los cuarteles de las tropas de la Tierra Unida se desarrollara en la mayor calma. Incluso los incidentes y actos de "gimnasia revolucionaria" que habían plagado a la ciudad estaban empezando a amainar, aunque eso no significaba que la Policía Civil se tomara menos en serio su obligación de mantener el orden. Pero por lo demás, las horas de la tarde transcurrieron en una calma incierta pero bendita en comparación con el frenesí de la mañana y el paroxismo del mediodía.
Curiosamente, no tomó mucho tiempo desmontar los puestos militares de control que habían aparecido como hongos por toda la ciudad. El mismo Plan Ventisca que había sido aplicado para la declaración de la ley marcial también tenía en cuenta los desafíos de la desmovilización. Por suerte, como la mayoría de los puestos de control consistían de uno, dos o hasta tres vehículos utilitarios y una decena de soldados, la desmovilización fue sorprendentemente breve en casi toda la ciudad: sólo aquellos sitios más problemáticos, como el Centro de Gobierno, las intersecciones de las principales avenidas y el perímetro del Lago Gloval, experimentaron demoras importantes en el retiro de las tropas.
El único problema serio enfrentado en las últimas horas del día vino a raíz del retorno de las tropas. A diferencia de lo ocurrido por la madrugada cuando las fuerzas del Ejército se desplegaron por la ciudad, esta vez sí había mucho tránsito vehicular por las calles, avenidas y autopistas de Nueva Macross, lo que sumado al movimiento de cientos de vehículos blindados y utilitarios con matrículas del Ejército de la Tierra Unida, resultó en embotellamientos y atascones de proporciones épicas en ciertas áreas de la ciudad. Sin embargo, no eran problemas que no pudieran resolverse sin un poco de tiempo y de paciencia, aún si esta última no estaba del todo disponible para los conductores civiles y militares en las calles.
Al margen de los problemas de tránsito, la desmovilización fue un completo éxito, lo que permitió que para las seis de la tarde de ese día demencial y para tranquilidad de una ciudadanía cansada de los sobresaltos, todas las tropas del Ejército estuvieran de regreso en sus barracas y cuarteles de las afueras de Nueva Macross.
La capital del Gobierno de la Tierra Unida se iría a dormir en la paz que la había eludido durante toda la jornada.
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Con sólo ver la cara de hartazgo y cansancio que traía Lisa al llegar a casa, el comandante Rick Hunter supo que no había sido un muy buen día para su pareja. Era algo perfectamente claro y entendible, si tenía en cuenta que Lisa había pasado todo el día en el centro mismo de la locura que envolviera a Nueva Macross hasta poco después del mediodía.
El propio Rick también estaba agotado luego de su propia jornada en la Base Aérea, pero tenía la suficiente prudencia para saber que en una contienda por ver cuál de los dos estaba más cansado, él estaba condenado a perder inexorablemente. No era sólo una cuestión de quién había hecho más; se trataba de un asunto de vida o muerte cuando podía ver en los ojos verdes e inyectados en sangre de su novia que cualquier desafío acabaría con su propia muerte.
Y Rick Hunter le tenía un gran aprecio a su propia vida como para perderla, aún a manos de la mujer que era dueña de esa misma vida.
Casi arrastrándose, Lisa llegó al sofá en donde Rick estaba sentado y no dijo absolutamente nada, ni siquiera para criticar que su novio estuviera despatarrado en el sofá y con los pies descalzos apoyados sobre la pequeña mesita ratona de la sala.
Lo único que salió de labios de Lisa Hayes fue un simple saludo que se parecía más a un gruñido que a un sonido humano.
– Hola.
Sin advertirle a Rick, la comandante Hayes se desplomó sobre el sofá, cayendo en el hueco libre que Rick le estaba dejando y prácticamente derritiéndose sobre el comodísimo almohadón que la sostenía... y más cuando Rick le pasó una mano detrás del cuello y la acarició.
– Hola, amor – le devolvió él, moviéndose sólo lo necesario para besar a su novia en la mejilla. – ¿Cómo estás?
– Muerta. ¿Tú?
Rick bufó algo ininteligible, y a Lisa le pareció que su cansancio feroz se le había contagiado al joven piloto de combate con sólo verle la cara de agotado y escucharlo responder su contrapregunta.
– Igual de muerto.
Ella se conmiseró con un murmullo que Rick no entendió y después se quedó callada, sin otra cosa más en mente que apoyar su humanidad en el cómodo sofá y su cabeza en el brazo y el hombro que Rick había puesto a su disposición.
Después de un rato de completo silencio que se le hizo intolerable, Rick se resolvió a hacer algo antes de que el silencio lo matara definitivamente, aún si con eso se arriesgara a otro tipo de muerte que de seguro sería mucho más dolorosa.
– ¿Qué tal tu día?
– Eterno – gruñó Lisa sin mirar a su novio. – ¿El tuyo?
– Largo. ¿Quieres hablar de eso?
Lisa giró la cabeza y miró fijamente a Rick. ¿Debía decirle que ella había estado en el centro de todo el asunto, que había forjado con la ministra de Defensa, una de las personas a las que más odiaba en el mundo, una conspiración en contra de las directivas del Primer Ministro y del almirante Gloval para salir del impasse y devolver algo de sentido común a los máximos niveles del GTU, y que por sus esfuerzos se había ganado un brevísimo pero escalofriante arresto por orden del almirante Gloval?
¿Debía realmente arruinar lo único bueno del día con algo que de seguro pondría a Rick en estado de locura? Ella sabía que entre los dos regía el acuerdo de decírselo absolutamente todo, un acuerdo forjado en el dolor innecesario de una pelea absurda, pero por su propia salud mental y por la tranquilidad de Rick Hunter, Lisa decidió que lo mejor que podía hacer era guardarse aquel bocadito para sí misma, y tratar de disimularlo todo con su mejor cara de cansancio.
– Para serte totalmente sincera... – comenzó a decir Lisa con la voz arrastrada de cansancio, mientras se apoyaba en el pecho de Rick. – No.
Por su voz, el piloto no sonaba particularmente convencido.
– ¿En serio?
– En serio.
Con pocas ganas de cerrar el día demente con una pelea, o de hacerle saber a su novia qué tan cerca había estado de un coche bomba, Rick decidió que por esta vez Lisa se podría guardar lo que fuera que tuviera adentro... ya se lo sonsacaría más tarde cuando las cosas estuvieran más calmadas, ella estuviera más descansada, y la dentadura de Lisa no estuviera presta para el degüello.
Sin embargo, el comandante Hunter no iba a dejar que Lisa se saliera con la suya así como así. Algún castigo tenía que ser impuesto. Y Rick Hunter sabía precisamente cuál castigo le impondría a su hermosa y enloquecedora novia.
– Lisa.
– ¿Qué? – preguntó ella con la misma voz de agotamiento.
– Dame un beso.
Ante ese pedido, pero no sin fingir que estaba demasiado cansada para pelear, la comandante Hayes se levantó lo suficiente como para poder mirar a los ojos a Rick, y luego de dejarse encandilar por los profundos ojos azules de su novio, acercó sus labios lenta y provocativamente a los de él, haciéndolo sufrir a cada segundo que pasaba... hasta que finalmente, lo que empezó como un simple y fugaz contacto se convirtió en una colisión tormentosa y placentera hasta lo absoluto.
Y cuando ella sintió la lengua de Rick paseándose sin permiso por su propia boca, y cuando él notó que la propia lengua de Lisa le infligía caricias y cosquillas de amor por todos lados, el agotamiento y el malhumor del día se esfumaron por unos segundos preciosos en donde lo único que existía para los dos era el amor que los unía y que los curaba de todos los males.
Después, como era obvio aunque indeseado, los dos debieron separarse y darse un mutuo respiro... necesitaban recobrar el aliento.
Sólo que para Rick Hunter no cabía la posibilidad de darse por satisfecho, no mientras él viviera junto a Lisa. El sabor de sus labios continuaba endulzando su boca, y los rincones que ella había bendecido con sus besos y caricias continuaban tintineando su cosquilleo en todo el ser de Rick Hunter, dejando al joven piloto de combate con un profundo e insaciable hambre de Lisa Hayes.
Un hambre que sólo sería saciado con el amor de la belleza de cabellos castaños y ojos verdes que compartía el sofá con él y que seguía apoyándose en él.
– Lisa – volvió a decir el piloto tras un rato breve de silencio, a lo que Lisa contestó con cansancio y pocas ganas.
– ¿Qué?
El comandante Hunter no pudo evitar sonreír al momento de decirle a su novia lo que quería de ella... lo que su corazón reclamaba de ella con desesperación.
– Dame otro beso.
Quizás Rick no lo supiera con ver la cara de cansancio de su novia, pero todo lo que anhelaba Lisa Hayes en el mundo era dejarse llevar al cielo por un beso como el que acababan de tener... todo lo que necesitaba era que los labios de Rick le hicieran conocer la ternura y la pasión, la paz y la demencia, todo en un simple y maravilloso instante en el que los dos se unían en un gesto de amor, a pesar de que ese gesto no bastara ni para dar una pálida idea de la profundidad del sentimiento que los unía.
Rick no tenía forma de saber que ella estaba hambrienta de él, que era adicta a todo lo que tuviera que ver con él, que moriría por mirar sólo por un segundo sus ojos azules... y que era capaz de matar para sentir en carne propia el fugaz momento en el que sus labios se encontraban...
Pero Rick sí tenía forma de notar que ella estaba ardorosamente ansiosa de sentirlo, ya que la energía que ella pudo transmitir en el momento inicial del beso bien podría haber volado la ciudad por los aires... y eso era poco comparado con la intensidad y desesperación con que los labios de Lisa jugaban su ballet de placer con los suyos propios, o la urgencia con que las manos de Lisa se enredaban tras su espalda, empujándolo decididamente hasta que él quedó acostado en el sofá, dulcemente oprimido por la joven y hermosa comandante Hayes.
Sólo por un segundo sus miradas se cruzaron y la espina de Rick se estremeció de sólo ver el fuego en los ojos verdes de Lisa... pero nada pudo hacer para evitar que ella se abalanzara nuevamente sobre sus labios, sometiéndolo una vez más al hermoso tormento de sus besos.
El tiempo, si pasaba, no existía para Rick Hunter; toda noción de que existiera algo más que ella y lo mucho que la amaba había desaparecido, borrada de su mente como árboles arrastrados por una inundación... de modo que cuando la voz de Lisa sonó en sus oídos, ronca, ansiosa y agitada pero inconfundiblemente suya, Rick le prestó la misma atención que le hubiera prestado a Dios Todopoderoso si Él pasaba de visita por su casa.
– Rick...
– ¿Qué?
Los escalofríos sacudieron una vez más a Rick cuando la miró a los ojos... ya no era fuego lo que veía en esos ojos color esmeralda, sino su propia perdición y éxtasis, y una promesa de placeres ilimitados al sólo precio de su cordura.
– Hazme el amor... – le pidió ella con una voz agitada y entrecortada.
De manera insólita para él mismo, Rick encontró las fuerzas y la voluntad como para permitirse dudar abiertamente de lo que Lisa le estaba pidiendo... aún si tenerla a horcajadas sobre él, con la chaqueta del uniforme más quitada que puesta y el aspecto de una fiera salvaje no fueran suficiente prueba.
– ¿Tan pronto? – preguntó él con una pizca de duda en su tono. – ¿No que estabas cansada?
– Estoy cansada – confirmó ella sin que se le moviera un sólo pelo por la aparente contradicción.
– ¿Entonces?
Ella se inclinó rápidamente sobre él y le arrancó el aliento con un beso tan rápido como devastador que Rick no pudo ni siquiera devolver.
– Que me vuelves loca, piloto – dijo Lisa con una voz que había perdido el aliento. – Y si después de este día no me haces el amor, me voy a volver loca pero en el sentido homicida.
– ¿No prefieres cenar primero?
– No.
De pronto, el propio estómago de Lisa Hayes conspiró en contra de ella, haciendo notar su desacuerdo con un sonoro, notorio y escandaloso gruñido que, si los dos jóvenes tenían suerte, no habría sido escuchado en Jamaica.
Rick contuvo las ganas de reír y acarició el rostro avergonzado de Lisa, dándole un fugaz y tierno beso en los labios antes de aprovechar la oportunidad que la barriga de su novia le había presentado.
– ¿Estás segura? – preguntó él mientras le hacía unas cosquillas a la panza de Lisa, a lo que ella no tuvo más remedio que admitir la pura verdad.
– Tal vez.
El comandante Hunter trató de levantarse, pero debió mirar a Lisa con una cara que le permitiera a ella entender que si no se movía, él no podría resolver la dura situación de su estómago. Lisa lo entendió, pero eso no equivalía a decir que le parecía bien... aunque tuvo el buen tino de hacerse a un lado y dejar que Rick Hunter estirara las piernas y se levantara del sofá en donde ella secretamente había ansiado hacerle el amor.
– Voy a prepararte algo... – le dijo Rick a Lisa en cuanto pudo levantarse del todo. – Creo que debe haber algunos fideos que puedo preparar.
– Ve en paz.
Rick no acababa de levantarse y el eco de las palabras de Lisa todavía no se había disipado cuando ella sujetó con firmeza a su novio por la muñeca y aplicó tanta fuerza como le fuera necesaria para impedir que él se alejara más de tres pasos de su presencia. Naturalmente, Rick no iba a consentir tan graciosamente semejante acto de prepotencia e intentó forcejear para liberarse, pero a cada tirón de Rick le seguía un contratirón de Lisa, sometiendo a los dos jóvenes a un juego de cinchada sumamente divertido e irritante a la vez.
– ¡Hey, Lisa! – protestó Rick tras el enésimo fracaso en soltar su mano de las suaves garras de la comandante Hayes. – ¿Qué estás haciendo?
– No te dejo ir.
Mil cosas pasaron por la mente de Rick, pero sólo la más obvia se convirtió en una frase salida de sus labios.
– ¿Pero si me dijiste que me fuera?
– Mentí – contestó ella sin el menor desparpajo, aprovechando la baja guardia de Rick para tirar de él y regresarlo al sofá y a sus brazos.
Curiosamente, el piloto que tanto se había resistido ya no parecía dispuesto a defenderse... simplemente se dejó acomodar en el sofá y miraba a su novia con los ojos brillantes de un hombre enamorado. "Enamorado" era una pobre palabra para describir la gloria que sentía Rick Hunter... la pura y perfecta gloria de amar a aquella visión que lo tenía enloquecido, a esa mujer preciosa de largo y sedoso cabello castaño, brillantes y profundos ojos verdes y labios que sabían a fruta y quemaban como el fuego.
– Oh – fue todo lo que él pudo decir; cualquier otra cosa hubiera sido un exceso.
– ¿Algún problema? – preguntó ella con un tono que presuponía cuál respuesta le convenía a Rick dar.
Efectivamente, la respuesta que Lisa quería fue la que Rick le dio, con tanto énfasis como fuera necesario para que no quedaran más dudas al respecto.
– Ninguno.
– Bien. No quiero problemas – murmuró ella mientras terminaba de deshacerse de su chaqueta y se ocupaba de sujetar a Rick bajo su propio cuerpo. – Quítate la camisa.
Los ojos de Rick se abrieron grandes y sorprendidos, y Lisa tuvo que esforzarse demasiado para que semejante adorabilidad no la conmoviera y la hiciera derretirse en un arrebato de romanticismo cursi... aunque si ella hubiera sabido que la cara de Rick no se debía a la adorabilidad sino a la sorpresa de verla sin otra cosa encima que no fuera su sostén de encaje negro, ni siquiera la adorabilidad colateral lo hubiera salvado.
– ¿Eh? – preguntó un Rick Hunter que evidentemente no entendía cómo venían las cosas esa noche.
Por fortuna para el Líder Skull, Lisa estaba totalmente dispuesta a hacer lo que fuera para que él entendiera.
– ¿Te la quitas o te la quito yo?
El joven no contestó, dejando la decisión a entero criterio de Lisa Hayes. Ella era una mujer de acción y rápidamente actuó en consecuencia, desabotonando las presillas de la camisa de servicio de Rick y forcejeando para quitarla de la piel que ella pensaba bañar de cariño en cuanto le fuera posible. Por su parte, él colaboró en el esfuerzo haciendo los movimientos necesarios para que ella no tuviera ningún problema en quitarle las mangas de la camisa y así poder aventarla a distancia olímpica en cuanto los últimos obstáculos desaparecieron.
Y allí, a horcajadas sobre un joven piloto de combate cinco años menor que ella que la había conquistado con su valentía, caballerosidad, arrogancia y un par de ojos azules por los que ella mataría, la comandante Elizabeth Hayes se sintió triunfal y suprema, sin nada que envidiarle a un Alejandro Magno, Julio César u otro aspirante a conquistador del mundo.
¿Cómo no estar orgullosa? Tenía al hombre más maravilloso del mundo totalmente sometido a su merced, y entregado a ella sin ninguna reserva u obstáculo para el amor... y hasta notaba que estaba trabajando para quitarse los pantalones en cuanto le fuera posible.
Sin mencionar que estaba transcurriendo las últimas horas de un día demente en el que ella había estado en el centro de la tormenta desatada por la ley marcial, en el que ella había conspirado contra la voluntad de su máximo superior uniformado –y la figura más cercana a un padre que tenía– en compañía de una encumbrada política por quien sólo sentía un profundo y ardiente desprecio, para luego acabar arrestada por cinco minutos –que no por ser pocos fueron menos tensos o malos– y terminar el resto del día sumergida de trabajo.
En suma: si después de semejante día ella no conseguía descargarse y compensar tanta locura con amor del bueno, entonces realmente se volvería loca.
– Lisa... – dijo entonces Rick, volviendo a atraer la atención de ella a esos ojos azules y chispeantes de cariño.
– ¿Qué?
La sonrisa que Rick puso fue curiosamente cómplice, como si él supiera o tuviera una vaga idea de lo que había sido para ella ese día... pero que a pesar de todo se lo guardaba para otra ocasión.
– No es por ser malo... – contestó Rick mientras sus manos recorrían los brazos de Lisa y terminaban en el lugar mágico donde su cuello se unía a su espalda. – Pero ojalá tengas más de estos días.
Una sola palabra podía sintetizar la opinión que le merecía a Lisa Hayes ese comentario. Y Lisa Hayes no era alguien que se guardara comentarios, menos cuando eran tan cortos y escuetos.
– Idiota.
– Pagarás por eso.
– ¿Cómo?
Los ojos de Rick centellearon de deseo, y el joven se mordió el labio inferior: señal de que se venía un ataque potente e impiadoso.
– Así.
Inmediatamente, los brazos de Rick atrajeron a Lisa hacia él, haciéndola estrellarse contra su cuerpo como olas contra un acantilado... y los labios de Lisa quedaron justo a tiro de los de Rick, que los desarmó con un rápido beso antes de pasar a un blanco más tentador: la suave y tersa piel del rostro de Lisa Hayes, especialmente en el área que iba de sus labios al cuello y de allí al lóbulo de su oreja izquierda.
En cuanto Rick comenzó a marcar ese camino con besos, Lisa sólo pudo decir una única cosa.
– Ahhhhhhhhhhhh...
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Para cuando el capitán Daniel Shelby abrió la puerta de su departamento, ya no le quedaban más fuerzas para nada más, ni siquiera para ir a la heladera y buscar algo qué comer, saciando de esa forma el hambre atroz que tenía luego de un día tan demente como aquel.
Si bien su unidad de Destroids no había sido movilizada para las labores de vigilancia en la ciudad, sí había tenido que pasar el día entero bajo alerta permanente de combate, lo que incluyó un despliegue provisional de todo el regimiento para resguardar los accesos de la ciudad ante cualquier circunstancia extraña que pudiera desarrollarse.
Aunque eso le había significado pasar el día en alerta constante y a tiro de piedra de su Destroid, Shelby estaba íntimamente aliviado de no seguir siendo parte de la Infantería... porque de haber seguido allí, muy probablemente habría pasado aquel día en un puesto de control en las calles de Nueva Macross, soportando la tensión espantosa en la ciudad y tal vez enfrentando algún incidente desagradable con la ciudadanía.
Después, Shelby se arrepentía de siquiera pensar mal de la Infantería... pero la realidad era la realidad.
El departamento del capitán del Ejército estaba a oscuras, cosa que no le sorprendía ya que eran pasadas las nueve de la noche y sólo entonces él podía volver a su domicilio. Eso le significó a Shelby tener que ir cuarto por cuarto a encender las luces... lo que le hizo agradecer aún más que su pequeño lugar en el mundo sólo tuviera sala de estar, cocina, baño y dormitorio.
Llegado a la cocina y a pesar de sus pocas fuerzas, Shelby se rindió a los anhelos de su estómago y extrajo de la heladera y de la alacena todo lo necesario para hacerse un sandwich tamaño diablo. Combinado con un poco de Petite Cola que había quedado del día anterior, eso sería suficiente para recobrar fuerzas y hacer que su barriga dejara de gemir.
Justo estaba por irse a su dormitorio y explorar qué tenía la televisión para él cuando pasó por la sala de estar y reparó en el teléfono. La luz roja del contestador automático estaba parpadeando, y el capitán Shelby, curioso, fue hacia el aparato para escuchar las llamadas que había recibido, cuidando de dejar el sandwich y el vaso de Petite Cola en un lugar seguro.
Ya de por sí era extraño que hubiera mensajes en su contestadora. Más extraño le resultó a Shelby escuchar la voz femenina y mecánica del aparato indicándole cuántos había exactamente.
– Usted tiene cinco mensajes nuevos.
– Vaya, eso es raro – murmuró para sí el oficial del Ejército.
Shelby oprimió el botón. El primer mensaje era sólo el sonido de una línea ocupada: alguien había llamado a su casa y al no encontrarlo, optó por colgar el teléfono y no dejar mensaje.
El segundo mensaje fue igual que el primero. Y el tercero también.
Cuando el cuarto mensaje también mostró ser sólo una colección de sonidos telefónicos inútiles, Shelby decidió que todo aquello debía ser solamente la obra de algún televendedor excesivamente ansioso por llenar la cuota mensual.
Pero después vino el quinto mensaje y sus ideas dieron un giro abrupto.
– ¿Hola? ¿Hay alguien por ahí? – preguntó una voz femenina y joven que rápidamente se dio su propia respuesta. – No, claro que no, no hay nadie...
Shelby quedó congelado en su lugar, y una sonrisa tonta se le empezó a dibujar en los labios al seguir escuchando aquel mensaje.
– Bueno, Dan... son las 1950 horas, soy yo, Karin... llamé antes, como podrás notar... no sé si todas las llamadas fueron mías, pero estoy segura de que cuatro o cinco las hice yo...
La sonrisa de Shelby le llegaba ahora de oreja a oreja, y a falta de algo mejor que hacer con sus manos, el capitán las juntó y volvió a prestarle toda su atención al aparato telefónico, del que continuaba saliendo la voz de la segunda teniente Karin Birkeland.
– Sólo quería saber cómo andaba todo de tu lado... con esta locura de la ley marcial y todo eso... – continuaba diciendo la voz que quedó grabada en el contestador. – No sé si desplegaron a tu unidad o no, pero estuve llamando al Regimiento para saber si andabas por allí y nadie me atendía...
Hasta ese momento, Dan Shelby nunca imaginó que la sorpresa podía sentirse con el mismo dolor que una cachetada. Sólo que ese era un dolor bueno y hasta agradable... saber que ella había estado al teléfono varias veces al día para preguntar por él, le hacía sentir algo en el interior que era muy pero muy agradable y acogedor...
Él no sabía qué tenía esa chica, pero sí sabía que lo hacía sentir un tierno. Y esa era sólo una pequeña parte de su encanto.
– No creas que fue por algo malo... las cosas estuvieron más o menos tranquilas aquí en la Base, bah, salvo por que todo el mundo andaba loco y hubo un par de idiotas que quisieron jugar a los terroristas... pero no fue nada demasiado malo...
Santo Cielo, ¿acaso estaba temblando?
– En fin, quería ver cómo te había ido hoy... no podemos permitir que le pase algo malo al único pisahormigas más o menos decente del Ejército, ¿no? – había dicho ella entonces, terminando la frase con una risa musical aún con los ruidos del contestador. – Hablaremos en otra oportunidad entonces... espero que estés bien...
El capitán Shelby casi le contestaba a la voz... pero entonces recapacitó en que sólo era una grabación, no la misma Karin.
– Te mando un beso... ¡adiós!
La grabación terminó entonces, y de vuelta Shelby se quedó escuchando el sonido de la línea telefónica, que para entonces ya era el único sonido que se escuchaba en todo el departamento... hasta la respiración del propio capitán del Ejército se había tornado inaudible.
Sólo entonces Shelby supo que se había quedado casi sin respirar, y al tiempo que exhalaba, dejó escapar la más clara expresión de lo que esa llamada le había hecho sentir.
– Wow.
El contestador terminó entonces de pasar la grabación; el cassette ya había llegado a su fin.
Cuando Shelby pudo por fin salir de la ensoñación romanticoide en la que había caído desde que escuchara la voz de Karin en la grabación, se vio asaltado por una profunda y terrible disyuntiva que comenzó a devorar sus entrañas.
¿Debía llamarla entonces o era mejor esperar hasta el día siguiente?
El capitán miró la hora que aparecía en la pantalla del teléfono. Las 2122 horas. No era una hora infame para hablar, pero tampoco era una hora muy piadosa como para llamar a la casa de una dama.
El sentido común le indicaba a Shelby que lo mejor iba a ser esperar al día siguiente. Ya era tarde y había sido un día excepcionalmente duro y difícil, incluso hasta para Karin por lo que ella había dejado en su mensaje. Seguramente ella ya estaba de vuelta en su propio apartamento, muy probablemente durmiendo o a punto de hacerlo... si ella estaba la mitad de cansada de lo que estaba él, entonces ya de seguro estaría roncando como motor descompuesto. No... no convenía llamarla entonces, no podía hacerlo, no podía tomarse el atrevimiento.
Pero por otro lado, si no oía su voz en ese momento, Shelby se sabía condenado a una noche de insomnio y fantasía que lo dejaría completamente muerto.
Además, razonó él con esa lógica maravillosa y esperanzada de los que de verdad anhelan algo en su corazón, ella ya lo había llamado cinco veces a su departamento y Dios sabía cuántas más al Fuerte Tomahawk; lo menos que podía hacer él era hablar con ella luego de tanta insistencia.
Shelby manoteó el teléfono y buscó en su agenda hasta dar con el número de Karin Birkeland.
Sus dedos comenzaron a marcar, pero al tercer número Shelby colgó el teléfono en su base, atacado por una repentina inseguridad.
Forzándose a vencer sus resquemores, el capitán Shelby volvió a descolgar el teléfono y nuevamente trató de discar el número de Karin... sólo para colgar el teléfono de vuelta.
El joven oficial del Ejército maldijo a sus nervios e inseguridades, y decidió respirar bien hondo para calmarse un poco. Era claro que estaba completamente nervioso y que necesitaba tranquilizarse todo lo posible; en su estado de nervios, hasta podía llegar a colgar el teléfono en cuanto ella lo atendiera, y eso era algo que él no podía permitirse jamás.
Pasó un minuto, luego dos, luego tres... y entonces, Shelby se sintió lo suficientemente fuerte como para encarar la llamada telefónica.
Sus dedos marcaron los números con incertidumbre, pero a cada número marcado Shelby se sentía más resuelto y decidido a seguir adelante, hasta que por fin, todos los números fueron discados y sólo quedó llevarse el auricular al oído... y esperar.
Los segundos se le hicieron eternos al capitán Shelby. No había respuesta, sólo el sonido de una línea telefónica en espera.
Seguramente ya era tarde y ella se había ido a dormir, razonó Shelby. Había sido un día muy largo y seguramente ella estaba demasiado cansada... tal vez era mejor no insistir más y llamar al día siguiente, con más tiempo y menos cansancio, además, en el peor de los casos ella podría estar durmiendo y entonces él no se perdonaría---
– ¿Hola?
El corazón del capitán Daniel Shelby casi se detuvo al escuchar a esa voz del otro lado de la línea... y de sus labios apenas salió un tímido:
– ¿Karin?
Más segundos de silencio y pánico en los que Shelby sintió que tenía el corazón en la boca.
– ¿Quién habla? – preguntó la voz de Karin con cierta desconfianza.
Shelby tragó saliva y se forzó a responder, rogando a Dios que no sonara como el tonto del barrio al hablar.
– Soy Dan… Dan Shelby... ¿cómo estás?
– ¡Dan, hola! – le devolvió ella el saludo, cambiando el tono frío y desconfiado por uno de genuina alegría que casi hace derretir al oficial del Ejército de sólo escucharlo. – Bien, bien, yo estoy bien, ¿y tú? Llamé para preguntar---
– Lo noté.
Hubo un breve silencio en la línea... y cuando Karin volvió a hablar, se escuchaba como si ella estuviera acongojada por algo.
– Lo siento... creo que exageré.
– No te preocupes... – la tranquilizó él, apelando luego a una risa leve y a un chiste para salir del paso. – Es el mayor uso que le he dado a la contestadora en años.
Otra vez la conversación se detuvo, mientras Dan Shelby se devanaba los sesos tratando de pensar qué diablos podía decir. Una cosa era llamar a una chica que lo estaba enloqueciendo... otra muy distinta era mantener una conversación. Ante el temor de quedar mudo, Shelby se decidió por un clásico de aquellas situaciones.
– Espero no interrumpir nada...
– No, no, en realidad no... – le dijo ella sin perder el tono simpático. – Acababa de salir de la ducha y me iba a ver televisión antes de acostarme.
Sólo por un instante, Shelby pudo haber jurado que una ráfaga de viento lo había hecho trastabillar... pero no, no podía culpar al viento por su propia falta de resistencia... y menos podía mantener la calma después de haberse formado en la cabeza la imagen de su interlocutora y de lo que había estado haciendo minutos antes.
A veces el mundo podía ser demasiado injusto... poner semejantes imágenes en su conciencia y esperar que no se volviera un idiota babeante era demasiado pedirle a un humilde capitán piloto de Destroid en el Ejército de la Tierra Unida.
Y después... ¿usaría pijama? ¿O prefería---?
"Diablos, diablos, diablos, diablos, diablos, diablos, diablos, DIABLOS, DIABLOS, DIABLOS, DIABLOS..."
Afortunadamente los reflejos no le fallaron a Shelby, ya que pudo ensayar la respuesta obvia ante esa situación.
– Oh, no te molesto entonces.
– Hey, pisahormigas... no molestas nunca, ¿entendiste?
Ya salido de la locura, Shelby creyó saber que ella estaba sonriendo al decir todo aquello... no sabía cómo, pero sí lo sabía.
– Además... no hay nada en televisión esta noche.
– ¿Ah no? – devolvió él en tono bromista. – ¿Entonces qué ibas a ver?
– ¿Quién sabe? Tal vez encontraba algo que valiera la pena... – contestó Karin haciéndose la misteriosa, aunque después siguió hablando en un tono más misterioso aún. – Pero me parece que no iba a encontrar nada de cualquier manera.
Shelby rió; pasar rato frente a la televisión sin encontrar nada que fuera de su interés era algo común en su vida.
– ¿Cómo te fue hoy? – preguntó repentinamente Karin, y Shelby no tardó en contestar.
– Uhhh... fue un día de locos... no tienes idea...
– ¿Me cuentas?
– ¿Tienes tiempo?
– ¿Después de este día de locos? – preguntó Karin, y ella misma respondió a su pregunta. – Tengo todo el tiempo que haga falta.
Después de sacarse de encima el ensueño de escucharla preguntar por cómo había sido su día, pero antes de responder, el capitán Daniel Shelby evaluó la situación y descubrió algunas cosas que podía resolver.
Lo primero que podía hacer era sacarse los zapatos.
Lo segundo fue quitarse la chaqueta del uniforme y dejarla sobre la silla más cercana.
Lo tercero fue buscar la manera de sostener el sandwich y la Petite Cola en una mano, y el auricular inalámbrico del teléfono en la otra.
Lo cuarto fue llegar hasta su dormitorio y echarse en la cama después de dejar el sandwich y la bebida sobre la mesa de luz.
Después, ya cómodo y tranquilo, recostado en su cama sin zapatos ni chaqueta, con comida y bebida al alcance de la mano, y hablando con una hermosa mujer por el teléfono, lo único que le quedaba como preocupación al capitán Shelby era hablar con Karin y pasarla lo mejor posible.
Ya se ocuparía más tarde de la cuenta telefónica.
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– No ha habido nuevos incidentes o movimientos extraños desde que el Primer Ministro anunciara el final de la ley marcial en una dramática conferencia de prensa en el Centro de Gobierno – relataba a la cámara un reportero de la MBS apostado a las puertas de una base del Ejército de la Tierra Unida. – La actividad en esta base militar, así como en las otras que conforman las defensas de la capital, parece haber vuelto a la normalidad luego de que los últimos efectivos militares regresaran hace poco más de cinco horas. Sin embargo, la ciudad continúa convulsionada por los eventos dramáticos e imprevistos de esta jorna---
Con sólo presionar un botón del control remoto, el televisor se apagó, dejando al ocupante de la oficina con el silencio necesario para seguir pensando.
Como de costumbre, Sean Brent aprovechaba las últimas horas del día para pensar en sus siguientes movimientos.
Aquel día pródigo en locuras y rumores lo había tenido demasiado ocupado en medir las reacciones y movimientos de los demás integrantes del Senado de la Tierra Unida. Como cabía esperar, las noticias de la ley marcial habían puesto a los senadores al borde del pánico colectivo, lo que se tradujo en innumerables llamadas cruzadas entre los distintos despachos senatoriales y desde allí a los ministerios y máximas oficinas del Gobierno, principalmente para formular dos preguntas: ¿Qué estaba pasando? y ¿Qué van a hacer al respecto?
Y en ese estado de pánico, el siempre atento y preparado jefe de staff del senador Lynn Kyle aprovechó para meter en las cabezas de los senadores una idea muy sencilla y concreta, maravillosa en su emotividad aunque vacía de contenido real y concreto.
"Hay que hacer algo".
Entre los senadores que ya de por sí estaban aliados con Brent, la idea no necesitaba venderse mucho más; esos senadores ya estaban convencidos de "qué" había que hacer exactamente. El problema, el eterno problema, era vender la idea a otros senadores que si bien no eran partidarios de Pelletier y de la administración, tampoco estaban muy convencidos respecto a Lynn Kyle.
Esa tarea había tenido a Brent ocupado durante buena parte de la tarde, mientras los medios y la ciudadanía alternaban su atención entre la Torre Norte y el SDF-1. El asesor político debió realizar una llamada tras otra a los distintos senadores de la oposición, tratándolos con diplomacia, respeto y amabilidad antes de sondear su opinión acerca de lo que estaba ocurriendo.
Las respuestas fueron ampliamente satisfactorias para Brent.
Por lo que había podido recabar, la mayoría de los senadores con los que habló estaban manifiestamente disgustados con la "inacción" del Primer Ministro ante la crisis y su posterior "respuesta desproporcionada" al declarar la ley marcial para contener los efectos del desquicio. Todos los senadores estaban prestos a condenar al Primer Ministro por lo que entendían que era un pésimo manejo de la situación... y una peligrosa incertidumbre respecto de su capacidad para manejar a los militares.
En suma, lo que el asesor político había encontrado en los miembros más moderados de la oposición política era una creciente desconfianza y disgusto con la administración Pelletier... y en esa situación, no era descabellado pensar que los senadores más moderados del lado gubernamental se hallaran un tanto decepcionados respecto del Primer Ministro y su gestión.
Ni qué hablar de la ciudadanía: bastaba con encender el televisor y sintonizar la MBS para que apareciera con lujo de detalles la secuela de esa jornada de ley marcial. Tanques, transportes y soldados armados en las calles, violencia y disturbios, y sobre todas las cosas, miedo e incertidumbre. Todas esas cosas pesaban en el imaginario de la sociedad, que instintivamente las atribuiría a las virtudes y defectos de sus gobernantes.
Por un instante, Sean Brent se relamió con la idea de tener una encuesta que le dijera qué opinión tenía la gente sobre Pelletier y su gobierno; estaba seguro de que no sería una opinión precisamente agradable para el Primer Ministro.
No había ninguna duda. Si hasta entonces lo que faltaba para que los planes de Brent y sus aliados pudieran concretarse era una oportunidad propicia, la torpeza de Pelletier y del almirante Gloval había dejado una oportunidad ideal servida en bandeja de plata.
Brent sonrió; la mayoría de la gente tendía a pensar que los asesores como él tenían una capacidad de planificar el futuro que escapaba a la del común de los mortales, permitiéndoles planear hasta diez jugadas más adelante. Eso era una tontería, o quizás era mejor decir que era algo incompleto. Ciertamente la experiencia, el acceso completo a la información y un sentido común afinado les podía ayudar a prever qué podía deparar el futuro, pero para moverse en política era indispensable reconocer las oportunidades y abalanzarse para aprovecharlas.
Como esa oportunidad.
El asesor político aprovechó para tomar un poco del brandy que siempre guardaba en su oficina, mientras volvía a la lectura que lo tenía ocupado. No era un informe confidencial, ni siquiera era una novela: se trataba de la Carta Constitutiva de la Tierra Unida... específicamente, la sección que versaba sobre el cargo de Primer Ministro. Y de esa sección, la atención de Brent se enfocaba en un artículo como tantos otros, que trataba sobre los mecanismos necesarios para destituir al Primer Ministro y a su gabinete.
En otras circunstancias, lograr un voto de censura hubiera sido algo prácticamente imposible... pero con cómo estaban las cosas en ese momento... era algo al alcance de los audaces. Era irónico que en sus esfuerzos por salvar su administración, Pelletier y el almirante Gloval hubieran sentado las bases que le permitirían a Brent y sus aliados derrocar al Gobierno.
Lo menos que Sean Brent podía hacer en ese caso era brindar a la estupidez de los líderes del GTU... y después de eso, continuar planificando sus movimientos.
Si quería tener éxito, había que empezar en ese mismo momento.
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NOTAS DEL AUTOR:
* Muy bien, creo que mejor me explico… por más que muchos creamos que las acciones que Gloval tomó en este capítulo fueron las correctas, eso no quita que se tratara de una decisión que Gloval no tenía autoridad ni poderes para tomar, ni derecho a hacerlo. Con su decisión, el almirante abrió las puertas de algo potencialmente peligroso y riesgoso… y la certeza de ese riesgo fue lo que motivó a muchos, Lisa entre ellos, a actuar como lo hicieron en este capítulo. En fin, eso era todo, pensé que quizás hacía falta aclarar algunas cosas…
* Como siempre, no quería cerrar el capítulo sin agradecerles a todos ustedes por leer esta historia y por dejar sus opiniones, comentarios y reviews, y en particular mando un abrazo muy grande a mis amigas y betas Evi, Sara y Kats, a quienes le deseo lo mejor para el próximo año…
* Y ya a esta altura de las cosas no tendría que decirles que vayan a leer "Vientos de Eternidad"… :-P
* ¡Mucha suerte para todos, espero que tengan un muy feliz y próspero 2009 y será hasta la próxima – hasta el año que viene – con el Capítulo 27!
