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Prisioneros de la Mafia

Por Ladygon

Capítulo 35: Palabras torturadoras.

Dean suspiró con frustración cuando vio la mano de Meg, toqueteando a Castiel más de la cuenta.

—¿Lo violarás enfrente mío? —preguntó Dean, recalcando su odio en su voz.

—Prometo un buen espectáculo —respondió Meg.

—Dijeron que no lastimarían a Dean si firmaba —recordó Castiel.

—Claro que no lo lastimaré ¿Acaso crees que a él le importa lo que te pase?

—Por supuesto que le importa, soy su novio.

—Cuando le conviene.

—¿A qué te refieres?

Meg sonrió y pasó su dedo índice por los labios de Castiel.

—Pues, mi atractivo angelito, cuando necesita de ti o de tu dinero está muy bien contigo. Las demás veces, solo quiere a su hermanito Sam.

—¡Mentirosa! —exclamó Dean con lentitud, arrastrando las palabras.

Meg por fin mira a Dean con seriedad sincera.

—Dime, ¿no es verdad que solo estás con el angelito por el bien de Sam?

Dean la miró con odio, pero era cierto, solo estaba con él por Sam. Si no fuera, porque le debía mucho, jamás se hubiera quedado con Castiel. Ni sería su novio, ni…

—¿Es cierto eso? ¿Dean? —preguntó Castiel.

El chico lo miró, pero enseguida bajó la vista como buscando algo en el suelo. En el fondo de su corazón quería decir que la demonio mentía en todo, que no le creyera, que lo… También era cierto que no importaba si mentía esta vez, porque estaban en problemas, en serios problemas y las mentiras pasaban a segundo plano en este lugar donde cada palabra o acción, te podía valer la vida.

—¡No digas estupideces! —Escupió Dean la sangre de sus labios— ¡Claro que no es cierto! ¿Le crees más a ella que a mí? Soy tu novio, ¿recuerdas, o ya se te olvidó?

Castiel sintió recuperar su alma y sonrió como un bobo, lleno de felicidad.

—¡Ay! ¡Por favor! ¿No ves, que te está mintiendo? —siguió Meg.

—Es mejor que te calles Meg. No lograrás separarnos con tus mentiras —dijo Castiel.

Meg rodó los ojos.

—Está bien. No digas que no te lo advertí —le dijo Meg.

Dean sintió un vuelco en el corazón, pero no dejó que lo percibieran, menos la odiosa de Meg, quien solo quería violarse a Castiel. Meg metió mano en el ángel y este se estaba incomodando con el toqueteo continuo de la demonio.

—Es oficial —dijo Dean—. Odio a los demonios.

Meg rio con ganas y por un momento se olvidó de Castiel.

—Ese sentimiento nos gusta, ¿sabes? Eres buen chico, perfecto para ser un ángel.

—Puedes tomar tus alabanzas y metértela por el culo —le dijo Dean con odio consumado.

Meg sonrió.

—Quisiera meterme otra cosa por el culo —dijo la descarada.

Acto seguido agarró la entrepierna de Castiel y la apretó tan fuerte que el pobre pegó un grito de dolor.

—¡Ah, perdón!, recordé que debo darte cariño —exclamó la chica con ironía.

Después comenzó otra vez las caricias, pero esta vez fue más ruda que antes. Castiel le hacía el quite con la cabeza, pero la chica lo seguía con fiereza y luego lo agarró con ambas manos y logró plantarle un beso.

—¡Argg! —se quejó Dean.

Era lo más asqueroso que había visto y solo fue un beso de una pareja. En ese instante, Dean sintió un miedo recorrerlo por completo, un miedo por Castiel. Hasta ese momento, Castiel siempre fue el más fuerte y poderoso en todos los sentidos y ahora se veía demasiado vulnerable al lado de Meg. No estaba en su medio donde él podía hacer desplante de su poder, sino por el contrario, solo era otro rehén en peligro de muerte. Por primera vez desde que lo conoció, Castiel bajó del Olimpo y Dean pudo verlo a su altura, o esa fue su impresión que alteró su corazón.

La nueva faceta, a los ojos de Dean, cambió la perspectiva a un nivel fascinante. El chico no era tan indestructible, ni tan poderoso. Solo un lindo chico de ojos azules, un poco torpe e incluso algo inocente. Debería estar contento, porque por fin Castiel tendría una cucharada de su propia medicina, al ser toqueteado por la demonio de la misma forma como él lo toqueteó, cuando estaba indefenso y sin otra cosa que ponerse en sus manos para sobrevivir y ayudar a su hermano. Sin embargo, algo estaba, muy mal al respecto.

Dean jamás sintió asco o sintió mal las caricias de Castiel. Al contrario, las disfrutó mucho. Era un poco vergonzoso reconocerlo, pero pese a que estuvo obligado, le gustó las cosas que le hizo. Castiel estaba pasándolo mal al lado de Meg y eso no le gustaba. No quería que siguiera tocando al ángel. Ese ángel era solo suyo y de nadie más. Nadie tenía el derecho de tocarlo, porque era de su exclusividad.

—¡Oye! ¡Suéltalo! ¿Qué no ves que le das asco? —dijo Dean con rabia—. Maldita demonio.

Meg dejó lo que estaba haciendo por un momento y miró con curiosidad a Dean.

—¿Estás celoso? —preguntó con burla.

Dean sintió furia, pero sabía que lo estaba provocando para que se delatara o hacerlo sufrir.

—¿Celoso? ¡Claro que estoy celoso, idiota! ¡Es mi novio al que estás manoseando! —respondió Dean molesto con todo el asunto.

La cara de Meg fue toda una revelación.

—Vaya, no creí que te molestara tanto ¿No era tu "novio de penitencia"? —preguntó Meg.

—¿Novio de penitencia? —repitió Castiel extrañado, pero aliviado que la otra le quitara por un momento las manos de encima.

—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Dean, extrañado.

—Castiel era solo un novio por obligación.

—No sé qué estás tratando de decir, pero lo que digas no es cierto. No le creas Cas —explica Dean.

—¿Por qué tan a la defensiva? —pregunta la demonio— ¿Tienes miedo a que se entere?

—¿Enterarse de qué? ¿De que ustedes quieren seguir con la tortura? Pierden el tiempo y no importan lo que digan, Cas no lo creerá. Él me cree a mí —lo dijo con una seguridad que asombró a la chica demonio.

Dean estaba enojadísimo con toda la situación. Tanto que ya no razonaba. Solo se dejaba llevar por el instinto.

—Es cierto lo que Dean dice —dijo Castiel con una sonrisa orgullosa.

Ahora fue el turno de Meg de enojarse en serio. Agarró a Castiel y le dio un beso furioso, que le rompió el labio al ángel. La sangre salió de las comisuras, rodeando todo su mentón y el cuello. Lo soltó y vio que el otro no se inmutaba.

—Bueno Cas, si tanto te gustan los hombres, yo no puedo hacer nada al respecto —dijo Meg con tristeza fingida.

Castiel levantó una ceja con suspicacia, eso quería decir que vendría algo peor.

—Pero puedo decirle a Alastair que me haga el favor de levantártela para mí —siguió Meg con lentitud malvada—. Ya sabes, en estos casos, un trío es lo mejor para tu problema.

Eso fue una sentencia horrible para Castiel, quien ya supo, que a él lo violarían, pero estaba preocupado por Dean. Meg leyó la cara de Castiel, pues era evidente esto último en sus gestos hacia Dean.

—No te preocupes por Dean. Azazel le dará muchos cariños. El chico le gusta, aunque no tanto como tú me gustas a mí —le dijo Meg.

Ahora fue el turno de Dean, para preocuparse de su destino dentro del nido demoníaco. Convertirse en esclavo de los ángeles era una cosa, pero esclavo de los demonios era otra. Estos tipos no tenían respeto por nada ni nadie. El resultado podía ser la comercialización de sus cuerpos y no estaba imaginando a algo como el Club Blue Angels, sino algo más escabroso como esos chicos en las calles o tiendas clandestinas que una vez escuchó por ahí.

Eso, realmente, asustó a Dean. No quería por nada del mundo ser prostituto de ningún tipo. Por un momento, él pensó que lo era, a causa de Castiel, pero resultó que comenzó acostándose con el ángel por dinero como los prostitutos y terminó en una relación formal, e incluso, nunca se acostó con nadie más que con Castiel. Eso parecía prostitución, pero no lo era, ahora lo tenía confundido. Lo cierto era, que ya no se acostaba con Castiel solo por dinero o compromiso. Lo hacía, porque le gustaba tener sexo con él. Algo que no había experimentado con nadie y las sensaciones totalmente, diferentes a cualquiera que alguna vez sintió, tanto que lo tenían confundido también. Frente a todo esto, no estaba en condiciones de tener una guerra sicológica con los demonios, menos aún, si Sam estaba involucrado de esa manera tan extraña e incomprensible para él.

—Dean, no dejaré que eso pase —dijo Castiel de forma tranquilizadora.

Dean lo miró con la desesperación en sus ojos, pero la seguridad de Castiel fue reconfortadora como si hubiera extendido sus alas de ángel para cubrirlo.

Meg comenzó a reír estrepitosamente.

—¿Y cómo lo harás? Por si no te has dado cuenta, estás atrapado e impotente, aunque a mí eso no me importa, si puedo tocar tu piel —dijo Meg, metiendo mano entre los pantalones de Castiel.

Este dio un respingo por lo certero de la mano enemiga. Meg hizo una sonrisa demoníaca muy satisfactoria que Dean odió con toda su alma. Castiel trató de resistirlo con heroísmo, porque no quería que Dean lo viera sufrir con las cosas que le hacía la demonio, así que puso su mejor cara de palo o de piedra o como sea que fuera, para no mostrar sus emociones. Resultó todo lo posible, hasta que Meg comenzó a molestarse por la actitud del ángel hacia ella, porque no reaccionaba como ella quería. Estaba muy frustrada con todo eso. Volvió a besarlo en la boca, mientras le quitaba la camisa y puso todo su empeño en calentarlo como sabía hacerlo, pero no le resultó. Lo peor de todo, fue que Castiel mordió su lengua y tuvo que retirarse de él.

Meg con el rostro enfurecido lo golpeó en la cara otra vez, luego le dio un rodillazo en el estómago que lo hizo doblarse. Pese al dolor del golpe, resistió el grito, el dolor, la humillación para que Dean no se afligiera. Meg sintió quebrarse, ya no podía con esto.

—¡Por qué! —exclamó la chica— ¡Por qué! ¡Si él no te quiere, en cambio yo sí! ¡Yo te quiero Cas! —dijo con ojos llorosos.

Meg se acercó a él con seriedad.

—Vamos Cas, te ayudaré a salir de aquí si vienes conmigo. Incluso dejaría a los demonios por ti.

Castiel la quedó mirando como si le hubiera salido otra cabeza. La verdad, lo dejó como si estuviera en la dimensión desconocida. No podía creer lo que le dijo la chica, quizás era algún truco.

—¿Sí? ¿De qué estamos hablando? —preguntó tanteando el terreno.

—¿Te interesa?

—Podría ser. No quiero quedarme aquí para que me maten o cosas peores.

—En serio quieres huir conmigo, yo podría hacerlo rápido sin que se dieran cuenta —dijo la chica emocionada.

Dean abrió grande los ojos sin poder creer lo que escuchaba y quedó demasiado confundido.

—También podríamos llevarnos a Dean. Sé que no te gusta, pero es un excelente esclavo, porque como tú dijiste, a él solo le interesa el dinero —propuso Castiel.

Dean pensó que eso era muy estúpido, la chica no lo creería nunca, después de todo lo conversado.

—¿Crees que soy idiota? Tú solo quieres utilizarme para salir de aquí —le dijo Meg.

—¿Y qué tiene de malo eso? Podemos beneficiarnos ambos del trato. Tú obtienes lo que quieres y yo obtengo lo que quiero.

—Lo que quiero es tenerte en mi cama solo para mí.

—Podemos arreglarlo —le dijo con insinuación—. Y no tendrán que poner a otro para ponerme de humor. Me tendrás para ti sola.

Dean pensó de dónde salió este Castiel tan seductor, porque la otra estaba picando el anzuelo sin darse cuenta de la falsedad, o eso parecía.

—Mmmmmh, está bien, pero Dean se queda aquí. No me interesa salvarlo —dijo la demonio.

—Seguro, pero él puede hablar. Tendrás que ponerle una mordaza o algo.

—¡Qué! —chilló Dean sorprendido.

No le gustó para nada la idea. Esos dos estaban, haciendo escena aparte.

—¿Qué tal si lo matamos? —propuso la chica.

—No lo sé, no creo que eso le guste a Azazel, ¿o sí? —preguntó Castiel.

Esto estaba fuera de control. Dean no podía creer lo que escuchaba. El Castiel que conocía desapareció de improviso y ahora había otro sujeto, como si lo hubieran poseído. Un tipo totalmente diferente, irreconocible, guiaba su vida. Quedó tan shokeado que dudó de Castiel por primera vez, desde que los capturaron a ambos.

Meg miró a Castiel de pies a cabeza como si lo estuviera estudiando con cuidado.

—¿Sabes?, por primera vez estás actuando de acuerdo a tu reputación —le dijo la chica.

—¿Y qué reputación es esa? —preguntó Castiel.

—Que eres un jefe muy frío e inteligente, que pone siempre la razón frente a las emociones, aunque las tengas. A veces haces cosas muy malas, que nadie las cree para conservar tu poder. Sé que quieres a Dean, pero ahora mismo estás dudando de él, ¿no es cierto?

—Lo que dijiste sobre "novio por penitencia". No lo pudiste inventar, sino fuera de buena fuente, ¿dónde lo escuchaste?

—¡Lo sabía! —dijo la demonio con un aplauso, luego se acercó con insinuación—. No pierdes detalle, ¿eh?... fue el amiguito de estos dos, Samandriel, al chico lo agarramos junto con Sam, pero, lamentablemente, no se le trató de la misma forma y cantó como un canario.

—¡Lo torturaron! —chilló Dean.

Castiel ni siquiera miró al chico, solo mantuvo la mirada en Meg.

—Así es, lo torturamos, pero quédate tranquilo que a Sam no le han tocado ni un pelo de su frondosa cabecita.

—¿Y qué dijo? —interrumpió Castiel sin una pizca de emoción.

Meg sonrió con malicia.

—Nos contó una maravillosa historia sobre una apuesta entre los hermanos. Sam se lo dijo a su amigo como confidencia y le pidió guardar el secreto, pero en vista de que…

—¿Una apuesta? —interrumpió interesado Castiel.

El corazón de Dean dio un vuelco de trescientos sesenta grados. Esa apuesta fue la razón de pedirle a Castiel que fuera su novio. Sin esa apuesta, nunca se hubiera atrevido.

—La apuesta consistía en jugar a piedra-papel-o-tijeras, como Dean perdió, su penitencia fue pedirte que fueras su novio ¿Ves? Solo eres su novio, porque Sam lo obligó a cumplir con esa apuesta —terminó, explicando la chica.

¿Y ahora qué hacía? La cabeza de Dean comenzó a darle vuelta sin control, cuando escuchó la voz de Castiel que lo llamaba con un tono de frialdad nunca escuchado por él.

—Dean, ¿es cierto eso? —preguntó el ángel con sus ojos de azul frío.

Dean bajó la vista por instinto, no soportaba esa mirada de acusación y se mordió el labio. Debía ser fuerte, pero esa acusación lo desarmó por completo. Finalmente, trató de armarse de valor, porque si no estaría perdido.

—No, Cas, no le creas… necesito que… me… me creas a mí… —titubeó el chico.

No supo qué mirada le dio a Castiel, pero este no le respondió como él pensó lo haría.

—Así que esa fue la razón, para pedirme ser su novio —concluyó Castiel, arrastrando la voz.

—Cas…

—No digas nada más Dean, comprometerás a tu hermano.

Dean se asustó con esa advertencia y calló de golpe, pues pensó que quizás atacarían a su hermano, o algo que todavía no pensaba. Su hermano, hijo de Azazel, no de su padre, ¿acaso era posible?, ¿Y si Sam creía esa mentira?, porque esa sí, era una mentira grande, no, como la suya.

Fue entonces cuando descubrió, que el peso de las mentiras estaba desmoronando toda su vida.

Fin capítulo 35

Gracias por leer y seguir este fic. Todavía no supero el final de temporada, ya sé que hay esperanzas, pero no creo que lo supere hasta ver la temporada 13, y ni así T_T fue demasiado…