¡Hola!, acá continuamos con Universe Densetsu, que se va poniendo más dramático, conforme se acerca la batalla final que decidirá el destino del universo.
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Capítulo XXXVII – ¿Capítulo Final?
A Rei se le heló la sangre, cuando una brisa gélida pasó rozando su piel y moviendo sus cabellos. Aquel sitio era bastante… tétrico. Vulcano era el nombre de la ciudad capital del reino de Marte. Se trataba de una ciudad que recordaba a una antigua metrópolis romana, con su coliseo en el medio y un volcán inmenso que se alzaba a lo lejos, imponente. Ahora sólo quedaban ruinas, pero antaño debía haber sido un sitio imponente, de eso Rei estaba segura. Aquella brisa sopló otra vez, al tiempo que la muchacha veía una sombra moverse. La siguió, pues no tenía pista alguna del paradero de Geras.
Pronto se dio cuenta de que se trataba de alguien de baja estatura, que parecía caminar encorvado. Llevaba una capa negra, por lo que se le hizo imposible identificar de quién se trataba. El recién llegado – o llegada, pues era imposible distinguir su género – siguió andando por las calles de piedra. Pasaron el centro de la ciudad y el gran coliseo, hasta llegar al pie del volcán. El extraño torció a la derecha, Rei apuró el paso.
—¡Espere! —exclamó entonces la muchacha, sin dejar de correr —Sólo quiero hacerle una pregunta.
El desconocido volteó la cabeza, oculta por la capucha, pero no se detuvo. Sin embargo, dio un par de pasos más y terminó tropezando con sus propios pies. Rei escuchó un leve quejido de dolor y algo que sonó como "mi pobre espalda". La chica se arrodilló junto a la figura, manteniéndose en guardia. El viento sopló como antes y retiró la capucha del rostro del desconocido. Rei vio entonces que se trataba de un anciano. Tenía el cabello largo hasta los hombros, plateado y unos penetrantes ojos verdes, que no eran opacados por el rostro surcado de arrugas.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Rei, manteniendo una distancia prudente.
—No puede ser, casi no soy capaz de recordar la última vez que vi a otra persona, más aún el rostro de una hermosa joven —contestó él, haciendo sonrojar ligeramente a Rei —Pero, ¿qué puede estar haciendo una niña como tú en este sitio maldito?
—Lo mismo podría preguntarle —dijo ella —A menos que sea un astronauta, lo cual, francamente, dudo mucho, no comprendo qué puede estar haciendo aquí, señor…
—Senectus, puede llamarme Senectus, señorita…
—Rei —añadió ella.
—Entonces, señorita Rei, le contaré. Originalmente, nací en un pequeño planeta llamado Varuna. Dudo que haya escuchado hablar de él, pero se trata de un planeta de villanos y mercaderes engañosos, uno de esos lugares donde la ley no existe. Eso hasta que el actual gobernante apareció. Él es un sujeto extremadamente poderoso, ¿sabe?, fue capaz de limpiar el crimen de Varuna en un par de meses y lo convirtió en un lugar próspero —Rei alzó las cejas, ligeramente sorprendida —Puede que no lo parezca, pero yo solía ser la mano derecha del anterior regente de Varuna. Un hombre de débil voluntad, me atrevería a decir. Ese hombre fue asesinado por el nuevo gobernante, un tal Heracles.
—Conozco bien ese nombre —el anciano arqueó una ceja, sorprendido —Continúe, por favor.
—Verá, ese hombre… puede parecer un santo, pero es un verdadero demonio. Es capaz de eliminar a todo aquel que se interponga en su camino hacia la gloria. Él ansía el control del Universo. Por eso, cuando me di cuenta de sus planes, me exilió a este planeta, con la esperanza de que las condiciones extremas de Marte acabaran conmigo.
—¿No habría sido más simple y seguro matarlo en ese momento? —razonó Rei, poniéndose de pie y extendiendo una mano al anciano para ayudarlo a hacer lo mismo —Siempre existe la posibilidad, aunque remota, de que escapara de aquí, ¿no es cierto?
—Las puertas del tiempo que unen Marte con el resto del Universo fueron cerradas por él —contestó Senectus, tomando la mano de Rei —No hay forma de salir o entrar de Marte.
—Claramente la hay, como puede ver, pues yo estoy aquí —replicó ella, sin estar del todo convencida con la historia del anciano.
—Sólo los descendientes de Cronos son capaces de tal cosa. Heracles es, sin duda, hijo del señor del tiempo.
—Hijo del señor del tiempo…Un momento —Rei frunció el ceño, en gesto de concentración —Según recuerdo, existen únicamente tres descendientes de Cronos en esta era: Amaterasu, del reino del Sol; Sailor Pluto y… —los ojos de la mujer se abrieron como platos —el señor de la Destrucción… Despair… —el anciano sonrió ligeramente —¡Eso quiere decir que…!
—Es una mujer inteligente, señorita Rei —dijo Senectus —Quizás demasiado para su propia seguridad —el anciano, que no había soltado la mano de Rei, sonrió de forma perversa, haciendo que la chica se echara hacia atrás, pero el anciano no la soltó —Habría sido mejor que jamás regresara a este sitio, princesa Rei.
—¿Qué está haciendo? ¡Suélteme! —exclamó —¿Quién diablos es usted?
—Es una pena que no me recuerde aún, princesa, siendo que soy a quien usted ha venido a buscar —el anciano apretó la mano de Rei con un poco más de fuerza.
—¡Imposible! ¡Geras debería estar…!
Rei vio cómo cinco serpientes salían de la capa de Senectus y se enroscaban en su brazo, incrustándole sus colmillos sin que ella pudiera hacer algo para impedirlo. Estaba completamente inmovilizada. Frunció el ceño cuando sintió la dolorosa mordedura, un dolor que le caló hasta el alma, un dolor que la hizo desplomarse en el suelo. Toda su energía se había ido. Cuando levantó la mirada, el anciano Senectus se había ido para dar paso a un ser totalmente distinto.
—¡Qué bien se siente recuperar mi cuerpo!
Delante de la mujer se hallaba ahora un hombre bien parecido, de cabello negro, largo hasta los hombros y brillantes ojos verdes. Su piel estaba ligeramente bronceada. Cuando se quitó la capa, la mujer se dio cuenta de que sólo llevaba unos pantalones negros e iba descalzo. El hombre, ignorando a Rei, se dedicaba a admirar los músculos de su rejuvenecido cuerpo, con una sonrisa radiante en el rostro.
—¿Quién diablos eres en realidad? —preguntó Rei, respirando agitadamente. El sujeto entonces volvió a posar sus ojos en la chica. Y sonrió.
—Creo que te lo dije, soy a quien has venido a buscar, princesa Rei —extendió los brazos y exclamó —Soy Geras, la mano derecha del gran Señor Chaos, ahora al servicio del futuro gobernante de este universo, ¡Despair!
—No puede ser, deberías estar sellado. No se supone que el sello se rompiera aún —Geras se arrodilló al lado de Rei y la tomó de la barbilla, acercando su rostro al de ella.
—Eres verdaderamente hermosa, incluso más que tu madre —le dijo y Rei fue capaz de sentir el aliento caliente del otro en sus mejillas —Como sea, ya que pronto vas a morir, te contaré una pequeña historia, además, aún no te he dado las gracias, porque, ¿has visto lo que puede hacer un poco de tu energía, princesa? Oh sí, sin duda los descendientes de Marte son quienes tienen la energía más grande del universo, de otra forma, ya estarías muerta —la mujer frunció el ceño —Bien, entonces, deja que te cuente uno de los grandes secretos de Geras, la Vejez.
"Hace mucho, mucho tiempo, en la anterior guerra entre las fuerzas del bien y el mal, fui sellado por tu padre, el poderoso rey Cratos. Creo que, en todos los milenios que he caminado por este vasto universo, jamás había tenido un rival como él. Me arrinconó como una débil rata, destrozó mi ejército y me dejó completamente desarmado, indefenso. Aun cuando le robé gran parte de su energía, el rey seguía allí, haciéndome frente, como el gran guerrero que era.
Creo que su fuerza provenía en ese momento de la ira, del gran odio que me tenía, al ver cómo acababa, frente a sus ojos, con su amada Ceres. Yo no quería matarla, pero necesitaba su cristal cósmico, así que fue inevitable —Rei apretó los puños, lastimándose en el proceso —Pues bien, allí estaba yo, atrapado, acorralado. El rey Cratos blandió su espada y atravesó mi pecho, todavía tengo la cicatriz —Rei vio una quemadura en el pecho del hombre, del lado del corazón —Sí, atravesó mi corazón. O, al menos eso es lo que él creyó.
En el momento en que su arma tocó mi piel, mi poder comenzó a afectarlo. Usando la espada como canal, transmití mi energía. Poco a poco, el cuerpo de Cratos fue envejeciendo hasta convertirse en una montaña de huesos. Pero el daño ya estaba hecho, porque la espada era el sello. Fui sellado, pero antes de quedar inconsciente, hice uso de una de mis habilidades más temibles, el llamado "estado de media muerte". Hice que mi cuerpo envejeciera hasta casi la muerte, reservando mis poderes para cuando fuera el momento.
Desde este lejano planeta, pude sentir tu energía, princesa Rei. Desde que renaciste como protectora de la princesa de la Luna, hasta tu vida actual, siempre te he estado observando. Es más, desde que Serenity te salvó la vida, antes de que la guerra se acabara, supe que tú serías quien me ayudaría a recuperar mi verdadera esencia. Y es que, el poder de la hija del hombre que me selló era, sin duda, el único capaz de devolverme a la vida. Entonces, mi estimada princesa…"
—¡Por el poder del cristal del planeta Marte! ¡Transformación! —Rei no permitió que Geras terminara su discurso. Haciendo uso de lo que le quedaba de fuerzas, se transformó y atacó —¡Saeta Llameante de Marte!
Geras desvió el ataque de Sailor Mars con su puño desnudo. La chica volvió a atacar, sin darle tiempo para reaccionar, pero él simplemente dejó que lo golpeara esta vez. El fuego pasó a través de su piel y a la chica le pareció que lucía más joven que antes. Mars continuó atacándolo con todo su poder, pero esto no hacía más que fortalecer a su enemigo.
—No seas tonta, ya debes haberte dado cuenta de que esto no va a funcionar —dijo Geras, bostezando —Tu energía es mi comida preferida, entre más te ataques, más fuerte me vuelvo.
—¡Cállate! ¡Saeta Llameante de Marte!
Geras desvió el ataque esta vez y se acercó a Mars. Ella no retrocedió. Tenía una mirada llena de decisión que no hacía más que irritar a Geras. El hombre desapareció del campo de visión de Rei, sólo para atacarla con su propio poder, por la espalda. La chica gritó y se desplomó en el suelo. Sintió que se quemaba por dentro y que le faltaba el aire. Geras la levantó del suelo, tomándola del cabello. Ella forcejeó y le dio una patada en el abdomen. Él la soltó y volvió a atacarla con su poder.
—Eres una insolente, así como tu padre. Pero entiende que esta vez él no está aquí para salvarte. Nadie vendrá a ayudarte.
—No importa, así es como lo prefiero —replicó —Nunca he sido fanática del trabajo en equipo, ¿sabes? —Geras le dedicó una media sonrisa.
—Entonces, veamos qué puedes hacer sola, princesita.
Mars se puso de pie lentamente, aún resentida por haber recibido su propio poder dos veces. Sus ojos destellaban con furia, cómo odiaba que la subestimaran. Ira, impotencia, y quizás un poco de añoranza y nostalgia, al no saber si iba a ser capaz de regresar para ver a Nicolás de nuevo. Después de todo, el cabeza hueca le había dejado una nota antes de marcharse, diciendo que, cuando se volvieran a ver, necesitaba decirle algo importante.
Pensar en él, hizo que el poder comenzara a fluir nuevamente por todo su cuerpo, revitalizándola. Una intensa luz la envolvió y Geras no pudo más que sonreír, complacido. Cuando la luz se fue atenuando, la imagen de una "renovada" Sailor Mars apareció. Finalmente, Rei había alcanzado la forma Eternal. Geras sólo vio cómo una enorme flecha de fuego lo golpeaba, perforando su pecho justo donde Cratos lo había hecho hacía milenios. Contrario a lo que el general hubiese pensado, la flecha no se desvaneció, en vez de esto, se solidificó. Geras intentó sacarla, pero le fue imposible.
—Esa flecha sólo responde a mi voluntad —habló Mars, haciendo aparecer su arco de fuego —No desaparecerá a menos que yo lo quiera, lo que, obviamente, no va a suceder. Ahora prepárate para conocer tu final, Geras. No me conformaré con sellarte, en vez de eso, te borraré de este universo, para siempre.
—Eres demasiado arrogante, será esa arrogancia la que te matará. Pero, ya lo verás por ti misma, adelante, ataca.
Mars chasqueó la lengua, molesta y soltó la flecha. Esta era, sin duda, más poderosa que la anterior. Geras cerró los ojos y extendió los brazos, convirtiéndose en el blanco perfecto. No había forma de que fallara. O… tal vez sí. Geras había sujetado la flecha con su mano desnuda, reduciéndola a cenizas. Se arrancó la otra flecha del pecho y la hizo trizas también. Rei volvió a disparar, pero esta vez el tiro se fue por lo alto, muy lejos de su objetivo. No había duda de que estaba nerviosa, aunque intentara ocultarlo. Geras seguía avanzando hacia ella, con paso lento. Rei seguía atacando, pero no daba en el blanco y estaba comenzando a agotarse.
Geras desapareció, como lo había hecho antes y la atacó por detrás, esta vez con su propio poder. Un simple roce de su mano derecha hizo que la parte trasera de la prenda superior de su traje se desintegrara, junto con parte de su larguísimo cabello negro. Seguidamente, Geras le propinó una patada en el abdomen que la mandó lejos y la hizo escupir sangre. Sin dejar que reaccionara, la sujetó del cabello y la golpeó con su puño en llamas. Sus ropas, ahora, poco podían hacer para cubrir su desnudez.
Geras le lanzó flechas para dejarla totalmente inmóvil, pegada al suelo. Su ojo derecho estaba hinchado de los golpes que había recibido y no podía abrirlo bien. Su cuerpo herido y ensangrentado, ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Pero aquella mirada desafiante no se iba de sus ojos. Geras colérico, se preparó para asestarle el golpe final.
—Prepárate para morir. Tendrás el honor de perecer con mi técnica más poderosa, Senectus.
La arena del suelo comenzó a elevarse formando remolinos que lo cortaban todo a su paso. Los granos de arena se juntaron y se reunieron en la palma de la mano de Geras.
—Cuando termine, no quedarán ni siquiera tus huesos. ¿Tus últimas palabras?
—Muérete, maldito.
La arena se había agolpado justo encima del cuerpo de Rei y en cuanto Geras chasqueó los dedos, esta comenzó a caer pesadamente. La chica cerró los ojos y se relajó. Si aquel iba a ser su final, simplemente lo aceptaría. Tan sólo, permitiéndose ser cursi por un momento antes de la muerte, le hubiese gustado ver el rostro del torpe sujeto del cual se había enamorado, una última vez. Pero sintió que ya había pasado un tiempo considerable y ella aún seguía viva. ¿Por qué? La respuesta le vino en cuanto abrió los ojos de nuevo.
Justo encima de su cuerpo había un enorme escudo rojo con detalles dorados. Vio entonces la figura de un hombre con una hermosa armadura, brillante como el fuego, blandiendo una imponente espada. El recién llegado extendió una mano y el escudo cayó pesadamente al lado de Rei. La muchacha, levantó un poco la cabeza, sólo para hallarse en el pecho de…
—¿Nicolás? ¿Qué rayos estás haciendo aquí?
El muchacho se separó un poco de ella para mirarla a los ojos. Nicolás se mordió el labio y frunció el ceño, volviendo a abrazar a la chica. Se quitó la capa que adornaba su atuendo y la colocó sobre los hombros de Rei, sin decir ni una palabra. Le acarició la cabeza, dándose cuenta de que definitivamente algo no estaba bien. El cabello de Rei era la mitad de largo de lo que lo recordaba y en su espalda tenía una desagradable cicatriz con forma de cruz.
—No es nada —replicó ella, agachando la mirada y volviendo a ponerse la capa.
—Voy a matarlo —Nicolás se puso de pie al tiempo que Geras regresaba, pues el ataque de la espada del castaño lo había enviado volando lejos.
—Muy impresionante —dijo Geras, aplaudiendo —Aquí tenemos a un chico que ha sido capaz de recuperar sus recuerdos, ¿no es así, Yuichirou? —el muchacho no respondió —De otra manera, jamás habrías sido capaz de tocarme. Sigues siendo igual de poderoso que en el pasado, Deimos. E igual de inoportuno. Ahora, me gustaría saber cómo es que llegaste aquí, no creo que haya sido con el poder de la princesa de Plutón, ¿cierto?
—No tengo por qué responder eso.
—Bueno, sí, es cierto. Como sea, estoy feliz de verte y poder luchar contra ti nuevamente. Así que, ¿por qué no tomas ese escudo y comenzamos?
—No lo necesito —replicó, blandiendo su espada de forma amenazante —Sólo lo invoqué para poder proteger a Rei con él. Bien sabes que detesto ese escudo, aunque haya sido un regalo del rey Cratos.
—Lo sé. Entonces, ¿por qué no me mues…?
Pero Nicolás ni siquiera dejó que el otro terminara de hablar. Moviéndose a una velocidad impresionante, lo atacó con su espada desde todas direcciones. Geras apenas era capaz de reaccionar para proteger sus partes vitales. Pero esto no quitaba el hecho de que su cuerpo estuviera ya cubierto de feas quemaduras. Intentó contraatacar, pero sus poderes de fuego eran fácilmente contrarrestados. Estaba claro que en una batalla de fuego, Deimos tenía la ventaja.
Geras lanzó una ventisca de arena para alejar a Nicolás que, en su afán por proteger a Rei, bajó la guardia. Su brazo derecho se convirtió en huesos y la espada cayó pesadamente al suelo. Molesto, chasqueó la lengua y la recogió con la mano izquierda, con la cual no era tan habilidoso. Geras materializó una espada similar a la de Deimos y comenzó a atacarlo sin piedad. Nicolás apenas era capaz de defenderse, mientras la arena danzaba a su alrededor, como incitándolo a moverse.
—¡Muévete o te matará!
—Pero Rei…
—¡Maldición, hazme caso por una vez, Nicolás!
La arena se dirigió nuevamente hacia Rei, por lo que el muchacho tuvo que agacharse, tomar el escudo y convertirlo en una prisión de fuego. La arena se calcinó al instante en que tocó los barrotes, pero había sido demasiado tarde. Nicolás acababa de perder la movilidad en su pierna izquierda.
—¡Te lo dije! —gritó Rei, más preocupada que molesta —¡Esto es una batalla! ¡Eres demasiado blando y…!
—¡¿Quieres callarte por una vez en la vida, Rei?! —la muchacha guardó silencio al instante, demasiado sorprendida por el tono con el que le había hablado. Nicolás jamás le había levantado la voz. Es más, no recordaba haber visto nunca esos ojos tan llenos de furia.
—Adelante, sé que tienes más que esto, Deimos —lo retó Geras.
Nicolás dejó que el fuego de su arma le envolviera el brazo y la pierna que había perdido. Así, cargó nuevamente contra Geras. El general vio la ira y la desesperación en los ojos del joven y le pareció lo más divertido que había visto en mucho tiempo. Sin embargo, toda esa ira no hacía más que liberar el poder oculto del Caballero Deimos. Su espada arrancó el brazo izquierdo de un Geras demasiado sorprendido para esquivar la lluvia de cortes que lo dejaron tirado en el suelo, sangrante.
El castaño cayó de rodillas al suelo, respirando agitadamente. Geras no se movía y el chico no pudo evitar sonreír, triunfante, antes de voltearse hacia donde estaba una sorprendida Rei.
—Lamento haber tardado tanto —la mujer agachó la cabeza y apretó los puños.
—¡Idiota! —le gritó, golpeándolo en el pecho con los puños —¡Idiota! ¡Idiota! —se dio cuenta entonces de que ella estaba llorando. La abrazó contra su pecho otra vez, porque sabía que ella era demasiado orgullosa para permitir que la viera en tan "vergonzoso" momento —Idiota… ¿Por qué te arriesgaste tanto? Yo sola…
—No, tú no eres rival para él. No en tu estado actual —replicó Nicolás, separándose de ella y tomándola de la barbilla para que lo mirara a los ojos —Ni siquiera yo tuve el poder para derrotarlo y salir ileso —había recuperado sus miembros perdidos, pero estos estaban completamente quemados —Es hora de que entiendas que no puedes hacerlo todo sola, Rei. Estoy aquí, así que te pido que por favor confíes un poco más en mí —le limpió los restos de lágrimas suavemente —Sé que para ti no soy más que un tonto que no puede hacer nada bien, pero…
—No es así, aunque no lo creas, dejé de pensar eso desde hace mucho tiempo —lo interrumpió —La verdad es que yo…
Una perversa risa los dejó helados y arruinó el momento. Los dos voltearon lentamente la cabeza para ver cómo Geras se levantaba con parsimonia y escupía sangre antes de mirarlos. Lo vieron aplaudir antes de estirar los brazos sobre la cabeza, como si acabara de tener un placentero sueño. Pero no dijo nada y se acercó, tomando a Deimos por el cuello. El castaño no pudo reaccionar a tiempo y perdió su espada, mientas Geras lo golpeaba con sus puños de fuego en el rostro y el abdomen. Escupió sangre.
—¡Nicolás! —pero Rei aún no era capaz de moverse. No era capaz de hacer nada mientras veía como Geras apaleaba al castaño.
—No alargaré tu sufrimiento, Deimos. Esta es mi forma de mostrarle respeto al hombre que logró derribarme, después del rey Cratos.
Tomó la espada del suelo y arrojó el cuerpo de Nicolás al aire. Entonces, dio un gran salto y clavó el arma en el estómago del castaño. Deimos gimió con dolor y vomitó sangre. Su cuerpo cayó de rodillas, haciendo que el arma se le enterrara más, hasta atravesarlo por completo. Nicolás volteó la cabeza lentamente para mirar a una boquiabierta Rei.
—L-Lo s-siento… R-Rei… p-parece q-que sí s-soy un inút-til desp-pués de to-do… —y sus ojos se cerraron.
—¡NO! ¡Nicolás! ¡Nicolás, responde! —Rei corrió a su lado y lo zarandeó, pero el otro no abría los ojos. Su piel comenzó a perder el color, la sangre le resbalaba por la comisura de la boca. Había perdido tanta que necesitaría una transfusión pronto o de lo contrario él… no, no podía ponerse a pensar en eso.
—Si sigues moviéndolo de esa manera, morirá más pronto —dijo entonces Geras —Aunque da igual, ya que ambos van a morir aquí.
—Maldito…Maldito… ¡Maldito!
Un torbellino de fuego envolvió a Rei, cuyo poder se liberó descontrolado en todas direcciones, quemando todo lo que tocaba. Sus ojos se volvieron rojos como la sangre y en ellos no se podía ver más que odio. La ira la invadió.
—Eso es, enfádate más, ódiame, vamos Rei, quiero que ese hermoso cristal tuyo se tiña con la oscuridad de tu corazón —la incitó Geras —Vamos, un poco más, cariño. Un poco más y despertarás esa tan codiciada transformación. Vamos Rei, despierta tu Eclipse.
Geras notó entonces que las llamas comenzaban a quemar su piel con facilidad. Ya no era capaz de moverse para esquivarlas todas. Definitivamente la pelea contra Deimos lo había afectado, había usado más poder del que debía y ahora pagaba las consecuencias, pero ya no faltaba mucho para "ese" momento. Porque la única capaz de despertar un Eclipse Oscuro no era otra que la mujer que tenía frente a él. Y, si lograba apoderarse de aquel cristal cósmico teñido de oscuridad, nada podría detenerlos. Ni siquiera la brillante luz del Sol y la Luna.
El torbellino de fuego que envolvía a Rei se disipó, dejando ver a una nueva Sailor Mars. Atrás había quedado la forma Eternal. Geras vio que el cristal cósmico de la mujer brillaba con el resplandor de la oscuridad, justo como lo había planeado. Aquella era la versión oscura de Eclipse, la forma que originalmente había despertado sólo Lilith. Los ropajes completamente negros y esos ojos rojos como la sangre lo decían todo. Sailor Mars sólo pensaba en algo y eso era en matar a Geras. Lo que sucediera después, a Rei ya no le importaba.
—Fuego Sangriento —pronunció ella, dejando escapar de sus manos potentes chorros de magma —Este es tu fin.
Pero no fue así. Rei vio que un escudo de gran tamaño había protegido a Geras y que, aferrado a ella, estaba un moribundo Nicolás.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó ella, con una voz que no parecía la suya —Es el enemigo, no podemos tener piedad.
—E-Esta n-no es la Rei de la que me e-enamoré… ¿Q-Quién e-eres? —el castaño se aferró al cuerpo de Rei, manchándola con su sangre. Ambos cayeron de rodillas al suelo —¿Q-Quién eres? —las manos de Rei se mancharon de sangre y en ese momento abrió los ojos.
—¿Nicolás? ¡¿Nicolás?! —gritó ella —¡Respóndeme, idiota! ¡Nicolás!
—Qué estúpido, acaba de desaprovechar la última oportunidad que tenían para vencerme —intervino Geras, destrozando el escudo que le había salvado la vida —En fin, ya he jugado suficiente hoy, es momento de acabar con esto.
—Sí, lo mismo digo. ¡Muérete de una vez por todas! —ahora sí, con su verdadera transformación Eclipse, Rei atacó —¡Mars Gradivus!
La lluvia de flechas atacó a Geras desde todas direcciones, perforando su cuerpo, dejando desagradables cicatrices. El general gritó de dolor, al tiempo que Nicolás le arrojaba la espada. Pero, carente de fuerza, falló su objetivo – la cabeza – y sólo logró atravesar su pierna. Geras se desvaneció entonces, en un remolino de arena.
—M-Maldición… e-escapó… —balbuceó Nicolás, cerrando nuevamente los ojos.
—¡Nicolás, no te mueras! —gritó ella de nuevo, con lágrimas en los ojos. Lo recostó en el suelo y buscó, desesperada, cómo detener el sangrado —Vas a estar bien, vas a estar bien.
—D-Déjalo… n-no aguantaré m-mucho más… —ella le tomó la mano y la apretó suavemente —S-Sabes, hay algo que quería decirte c-cuando volviéramos a v-vernos…
—¡No hables, tienes que descansar!
—N-No, d-déjame decirlo… R-Rei Hino… t-te amo… ¿q-quieres casarte c-conmigo? —ella asintió frenéticamente con la cabeza —B-Bueno e-es lo q-que m-me gustaría, p-pero ya v-ves… a-así es la vida…
—¡Idiota! ¿Cómo voy a casarme sin un novio? —Nicolás cerró los ojos. Rei podía sentir cómo su pulso iba mermando, cómo su respiración se iba apagando —¡No! ¡No! —Rei se arrojó a su pecho y comenzó a llorar, desesperada, gritó tan fuerte que casi se le desgarra la garganta. Fue entonces cuando un rayo de esperanza apareció:
—No haga eso, o la herida empeorará —Rei levantó su lloroso rostro.
—¿Q-Quién eres?
—Puede llamarme Aquiles —contestó el recién llegado —Pero eso es lo que menos importa en este momento. Déjeme comenzar con la cirugía o este hombre morirá.
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La pequeña capilla de Kinmoku, templo antaño dedicado a presentar respetos a los fundadores del planeta, fue testigo del momento en que Heracles y Kakyuu se convirtieron marido y mujer. Tal y como Heracles lo había querido, la ceremonia fue íntima, sólo estuvieron presentes, aparte de los novios y el sacerdote, Caronte, Citera, Galantis, la hermana menor de Heracles y Molly, que montaba guardia fuera de la capilla.
La reina había mandado a confeccionar un majestuoso vestido que no estuvo listo a tiempo – debido a la "prisa" que tenía su prometido en contraer nupcias – por lo que aquella noche llevaba un vestido de color crema, de amplio escote con forma de V y una falda ancha. Su maquillaje ligero combinaba a la perfección con las recatadas joyas que adornaban su cuello y sus orejas. El novio por su parte vestía un impecable traje negro, que parecía hecho a su medida.
Pronto llegó el momento de darse el sí. Kakyuu miró de reojo a los pocos invitados que eran testigos de su unión con el hombre que amaba y suspiró antes de dar el sí definitivo. Heracles hizo lo propio y luego intercambiaron los anillos, antes de ser declarados marido y mujer.
—Puede besar a la novia —pronunció entonces el sacerdote, un anciano rechoncho.
Citera se limpió las lágrimas con un pañuelo que Caronte le había tendido y se unió a los aplausos de los presentes. Galantis lloró como una niña, al ver a su hermano tan apuesto, al lado de la mujer que amaba. Los recién casados se tomaron de la mano y desfilaron por la alfombra roja de la capilla – de arquitectura similar a la de la época del Romanticismo – para acercarse a los invitados. Citera y Caronte abrazaron a su reina, mientras Galantis se arrojaba a los brazos de su hermano.
—Muchas felicidades, hermano mayor, Majestad —dijo la joven de cabellos plateados, inclinando ligeramente la cabeza —Ah, perdón, hermano Heracles, creo que de ahora en adelante también debo dirigirme a ti como "Majestad".
—No digas tonterías, Gala, sigo siendo el mismo —contestó Heracles, con una sonrisa —No tienes por qué usar ese título, es demasiado complicado. Siempre seré tu hermano mayor, Heracles.
—Eres tan humilde, cariño —comentó Kakyuu, con voz soñadora —Por eso serás el rey perfecto para Kinmoku —al escuchar cómo la pelirroja llamaba al hombre "rey", Citera y Caronte no pudieron contener un gesto de molestia —No puede haber nadie mejor que tú para ello. Sé que juntos convertiremos a Kinmoku en el planeta más poderoso y próspero del Universo.
—Si tengo a mi lado a una mujer como tú, mi adorada Kakyuu, nada será imposible para mí —se besaron una vez más. Galantis se sonrojó y desvió la mirada, antes de decir:
—Será mejor que se den prisa, el barco está a punto de partir.
—¿Barco? —preguntó Caronte, extrañado —¿Qué quiere decir, señorita Galantis? —la muchacha se llevó ambas manos a la boca y miró a su hermano, con gesto culpable —¿Majestad? —insistió el anciano, mirando a la pelirroja.
—Creo que olvidé mencionártelo antes, Caronte, pero Heracles y yo nos iremos de luna de miel esta misma noche. Vamos a tomar un crucero por el Lete, hasta la pequeña villa de Ameles, donde nos quedaremos durante una semana —Caronte iba a hablar, pero Kakyuu continuó —Ya todo está listo, Galantis nos ayudó a prepararlo. Es una joven muy eficiente, por eso voy a dejarla a cargo de todo mientras no estamos —los ojos de Caronte se abrieron como platos. Citera se quedó boquiabierta —No se preocupen, para eso los tengo a ustedes también, asegúrense de ayudarla en todo lo que necesite.
Y dicho esto, Kakyuu tomó la mano de su ahora esposo y ambos caminaron hasta la salida de la capilla. Se encontraron con Molly, quien se encargaría de escoltarlos hacia el puerto. Galantis se les unió para despedirlos también. Citera y Caronte se quedaron solos, ya que hacía un momento que el sacerdote se había marchado. El anciano mayordomo miró al ama de llaves, antes de proferir, molesto:
—Jamás pensé que su Majestad pudiese ser tan irresponsable, ¡por todos los cielos! La situación es crítica en este momento en todo el Universo, pero ella sólo puede pensar en su luna de miel. Y, ¿qué es esto?, esta no es la clase de boda con la que ella había soñado desde niña —tomó aire antes de seguir —Si el señor Darien llega a darse cuenta de que no fue invitado, ¿qué pensará de nosotros? Santo cielo, si su Majestad Kimiko viera esto se decepcionaría tanto.
—Esto es, en realidad, positivo para nosotros, Caronte —lo interrumpió Citera, cruzándose de brazos.
—¿Qué quieres decir, Citera? —preguntó el anciano, confundido
—Ha llegado una carta de Avlai —Caronte suspiró, aliviado.
—Entonces Avlai está a salvo, ¡qué alegría!, ¿dónde está ella en ese momento?
—Eso es algo que ni yo misma sé, lo único que sé es que ella y los demás miembros de la brigada, a excepción de… —a Citera se le quebró la voz —del joven Kelvin, Kena y Hima-vat están a salvo.
—Bueno, ¿qué decía esa carta?
—Finalmente me he enterado de la verdadera identidad del enemigo del universo. Tus suposiciones no estaban tan equivocada después de todo, Caronte —la mujer esbozó una sonrisa culpable —Pronto la princesa de la Luna y el príncipe del Sol vendrán para rescatar a la mujer que fue encerrada en la prisión de Varuna. Ella es la clave para la batalla que está por venir. ¿Lo entiendes ahora? —el hombre asintió.
—No podemos permitir, por ningún motivo, que la señorita Galantis se dé cuenta de su llegada. He visto que la muchacha es bastante perceptiva, por eso tendremos que andarnos con cuidado —Citera asintió con la cabeza —¿Sabes cuándo llegarán?
—Debería ser hoy mismo, antes de medianoche.
—Vamos a prepararlo todo, entonces.
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El crucero, bautizado "La Gran Kimiko", en honor a la predecesora de Kakyuu, era una gigantesca estructura. Dentro tenía lujosas suites dignas de la realeza, restaurantes, bares, casinos, spas y piscinas. Todo estaba impecable y reluciente, desde las lámparas con forma de araña hasta los pisos de madera. Muy pocos podían darse el lujo de costear un viaje a bordo de La Gran Kimiko, pero eso no impedía que los casinos y restaurantes estuviesen llenos aquella noche.
Uno de los encargados del servicio guio a la pareja de recién casados a su habitación, la suite más grande del crucero. Tenía una impresionante vista desde la terraza, una gigantesca cama con sábanas rojas y muebles de madera oscura, de los cuales destacaba el amplísimo tocador y un bar equipado con vinos y licores de la mejor calidad. El baño no era menos impresionante que la habitación, pues tenía una inmensa piscina y había sido diseñado al estilo griego.
Heracles acarició tiernamente la mejilla de su esposa, antes de darle un beso, de esos que hacían que Kakyuu se quedara sin aliento. La pelirroja enredó sus brazos en el cuello del más alto, buscando sentirlo más cerca. Las manos de Heracles recorrieron la espalda de la mujer, buscando el cierre del vestido. De igual manera, los botones de la camisa blanca de Heracles comenzaron a ceder.
El hombre levantó a Kakyuu en sus brazos y la depositó delicadamente en la cama, antes de deshacerse de la corbata y la camisa, para colocarse encima de ella. Volvió a besarla y ella le correspondió con igual pasión y deseo. Las prendas les estorbaron. Las caricias, los besos y los gemidos inundaron el ambiente, mientras marido y mujer sellaban su promesa de amor eterno.
—Te amo, cariño —dijo entonces Kakyuu, que tenía la cabeza recostada en el fuerte pecho de su esposo, mientras él le acariciaba la espalda desnuda —¿Estarás siempre a mi lado?
—Ni siquiera la muerte podría separarme de ti, Kakyuu —le contestó, besándola en la mejilla —Te amo más que a mi propia vida —la mujer sonrió, complacida y cerró los ojos, pues el sueño ya comenzaba a vencerla.
Justo cuando el sueño invadía a la reina, llamaron a la puerta, de una forma algo violenta, haciendo que ambos se sobresaltaran. Heracles se sentó en la cama y Kakyuu se aferró a él, cubriendo su cuerpo con la sábana.
—Su Majestad Heracles, siento mucho molestarlo; —dijo una temblorosa voz masculina del otro lado de la puerta —pero tengo un mensaje urgente para usted, desde Varuna —Kakyuu y Heracles se miraron un momento, preocupados.
—Un momento, por favor —exclamó Heracles desde dentro, buscando sus pantalones, que habían quedado tirados en el suelo. El hombre se acomodó el cabello, antes de apresurarse a abrir la puerta. Mientras tanto, Kakyuu buscó una bata ligera y se la colocó para cubrir su desnudez.
Kakyuu se asomó a la pequeña sala de la suite, donde uno de los encargados de la seguridad hablaba con un Heracles que lucía preocupado. El hombre se pasó una mano por el pelo, mientras sostenía en su puño izquierdo un trozo de papel, arrugado. Kakyuu vio que Heracles asentía y el sujeto que había irrumpido en el cuarto se retiraba dedicándole una reverencia. La puerta se cerró y Heracles se desplomó en el sofá. Agachó la cabeza, para ocultar su rostro con los mechones de su cabello.
—¿Sucedió algo, cariño? —a Kakyuu se le encogió dolorosamente en corazón en cuanto Heracles levantó el rostro. Estaba llorando. Preocupada, Kakyuu se acercó para abrazarlo —Háblame, Heracles, ¿qué sucedió?, ¿por qué estás llorando?
—Esto simplemente no puede estar pasando —balbuceó él, negando frenéticamente con la cabeza. Kakyuu se levantó para alcanzarle un vaso con agua y en cuanto el hombre se calmó, le dijo —Hay una mujer a quien quizás ame tanto como a ti —Kakyuu arqueó una ceja —No te preocupes, no la amo de "ese modo", quiero decir que ella siempre ha sido como una madre para mí. Su nombre es Uni, una mujer encantadora, pero de carácter fuerte. Siempre ha tenido un cuerpo débil y enfermizo, pero eso no le impidió tratarme como a su propio hijo. Y ahora… me dicen que está agonizando… que su final se acerca.
Heracles volvió a hundir el rostro entre las manos y dejó escapar unas pocas lágrimas más. Kakyuu lo acunó en su pecho, acariciándole el cabello, mientras lo arrullaba con su voz, hasta lograr que se calmara. Cuando notó que el hombre estaba totalmente relajado, volvió a hablar:
—Vete —Heracles se incorporó al instante —Regresa a Varuna. No falta mucho para que lleguemos al puerto Acaronte, desde allí puedes tomar un transporte rápido de vuelta a Osmanto. Tardarías, a lo sumo, un par de horas.
—Pero, Kakyuu, es nuestra luna de miel, no se supone que…
—Puedo esperar, podemos irnos de luna de miel cuando queramos —replicó la pelirroja —Tenemos toda la vida para ello, pero la señora Uni no puede esperar. Es ella quien te necesita en este momento, Heracles. Imagina lo culpable que te sentirás si no fueses capaz de verla antes de que abandone este mundo —el hombre se quedó pensativo un momento, no del todo convencido.
—Kakyuu… esto no debía pasar, se supone que este tiempo debía ser nuestro… pero…
—Vete de una vez, cariño —Heracles vio la sinceridad en los ojos de su esposa y le sonrió, agradecido. Se puso de pie y regresó a la habitación para vestirse.
Cuando regresó, luciendo presentable, le dio un beso, antes de decir:
—¿Te había dicho que eres la mujer más maravillosa del universo?
—Sí, pero siempre es agradable escuchar cómo lo repites —contestó guiñándole el ojo. Así, el hombre se marchó. Kakyuu escuchó la puerta cerrarse, pero segundos después volvió a abrirse —¿Aún estás aquí?
—Sólo quería preguntarte, ya que arruiné nuestra luna de miel —contestó, con culpa —¿Qué es lo que vas a hacer?
—Ah, creo que tendré un tiempo de calidad y me iré de compras a Ameles. Hay unas tiendas fabulosas —Heracles iba a hablar, pero Kakyuu frunció el ceño y dijo —¡Vete de una vez!
La puerta volvió a cerrarse y ella volvió a suspirar, caminando de vuelta hacia la habitación. Se recostó en la cama, con una copa de vino en la mano, cuando la puerta se abrió por tercera vez.
—¡Heracles, cariño!, ¿por qué estás perdiendo el tiempo? —se puso de pie y caminó de vuelta a la sala —Te dije que estaré…
—Lamento informarle, Majestad —dijo una voz desconocida —que usted estará todo menos bien.
Y todo se volvió oscuro.
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Sentía el cuerpo pesado. Todos sus músculos dolían, como si hubiese pasado por una agotadora rutina de ejercicios. No, quizás su dolor iba más allá, o estaba complementado con aquel extraño dolor en el corazón. Sentía una extraña opresión en su pecho, que casi no lo dejaba respirar con tranquilidad. Luchaba, además, contra la pesadez de sus párpados. Entonces, un aroma a chocolate caliente se coló por sus fosas nasales y lentamente comenzó a abrir los ojos.
Escuchó el tenue sonido de una taza chocar contra una superficie metálica y sintió unos brazos envolverlo cálidamente. No pasó mucho antes de que sintiera, también, unas pocas lágrimas mojar sus mejillas y ropas. Parpadeó un par de veces y entornó los ojos. Aquella cabellera rubia, aquel aroma, ambos eran inconfundibles. Movió una mano para acariciar la cabecita de la chica que lo tenía abrazado y sonrió tenuemente, antes de hablar:
—No llores, Serena. Si Seiya ve que te hice llorar, de seguro vendrá para darme una paliza.
—Eres un tonto, Darien —replicó la chica, secándose las lágrimas y haciendo un puchero que hizo reír al otro —Por todos los cielos, no te imaginas lo preocupada que he estado los últimos tres días.
—Oh, vamos, Serena, no es… un momento —se incorporó bruscamente, llevándose una mano a las costillas —¿Dijiste… tres días? —la rubia asintió, ayudándolo a acomodarse en las suaves almohadas para que quedara sentado —Acaso, ¿he estado inconsciente durante tres días? —ella volvió a asentir.
—Darien… tú, ¿recuerdas lo que sucedió? —el muchacho se quedó pensativo durante un par de minutos, pero cada vez que intentaba recordar, cada vez que forzaba a los recuerdos a regresar, sentía un dolor punzante en la sien —No tienes que forzarte, ahora sólo debes pensar en recuperarte —pero en ese momento, la realidad pareció golpearlo con fuerza, porque se incorporó de nuevo, bruscamente y sujetó a la rubia por los hombros.
—Helena… ¿¡Dónde está Helena!? —preguntó, con los ojos desorbitados y zarandeando a la rubia —Helena —repitió —Helena…
—D-Darien, me haces daño —el chico la soltó y se llevó ambas manos a la cabeza, halándose el cabello, frustrado. Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y Serena se acercó para volver a abrazarlo.
—No llores, Darien. Si Helena regresa y te ve llorar, pensará que fue mi culpa y me dará una paliza —bromeó la rubia. Darien no pudo evitarlo y sonrió tenuemente, sujetando una de las manos de Serena con la suya propia. Serena lo acunó contra su pecho y le acarició el cabello, hasta que se calmó.
—¿Una paliza? Una paliza fue lo que me dio a mí —contestó él.
—¿Acaso… lo recuerdas? —él asintió, cerrando los ojos.
Flashback
Habían aterrizado en medio de una ciénaga con un olor putrefacto que se colaba hasta lo más profundo de su ser. Los altos árboles tenían un aspecto fantasmal. Incluso el sonido del viento se le antojaba de lo más espeluznante. Helena hacía rato que había soltado su mano y se había adelantado. Él a duras penas era capaz de seguirle el paso, pero estaba claro que no era la intención de la rubia el esperarlo. Sabía que no era más que un intruso, sabía además que su presencia quizás podría causarle problemas a Helena, pero jamás podría dejarla sola. No cuando pensaba enfrentarse a su hermana Moiras.
—Soy la hermana menor del enemigo, Darien, mi sangre está maldita —escuchó que ella decía, sin disminuir la velocidad —No soy digna siquiera de portar esta sagrada armadura o este medallón solar. La familia de Solaria me acogió bajo su protección, pero esto les costó el respeto de muchos en todo el universo. Puedo comprenderlo perfectamente y es que, ¿quién en su sano juicio acoge a un bebé maldito?
Darien no supo qué contestar. Las duras palabras de Helena lo habían dejado helado. En realidad, no es que no supiera qué contestar, la verdad era que sentía que estaba hablando con una persona completamente distinta. El tono de su voz era frío, casi despectivo. Helena se despreciaba a sí misma.
—Aun así, le estoy eternamente agradecida mi maestra Amaterasu y a toda su familia, también a los reyes del Sol, Hemera y Aether, por confiar en alguien como yo —continuó —Pero ya no puedo más con esta oscuridad dentro de mí —se volteó para encararlo y sus ojos verdes se volvieron plateados —Esto es más fuerte que yo, ya no puedo controlar mis instintos. Es por eso que he venido aquí, Darien, para finalmente aceptar el destino de mi maldita raza.
Antes de que el chico pudiera decir algo, una sonora risotada se dejó escuchar. Darien sintió que se le helaba la sangre. Miró detrás de Helena y se dio cuenta de que habían llegado a un claro, donde se filtraba la luz de las estrellas. Sentada en un trono de madera podrida estaba una mujer muy hermosa. Tenía el larguísimo cabello rubio y ondulado y sus ojos eran plateados, como los de Helena. La mujer se puso de pie y Darien pudo ver que sus ropas eran parecidas a las de Helena. Llevaba un traje blanco, sobre el cual portaba una armadura muy parecida a la de los caballeros solares, a excepción de que esta era negra.
Se acercó a Helena, que se había vuelto para encararla. La extraña mujer abrazó a Helena y la besó en la frente, para sorpresa de Darien.
—Mira que hermosa estás, mi pequeña Aisa —dijo la mujer, acariciando la mejilla de Helena —Parece que te sentó de lo mejor la reencarnación. Creo que tendré que ir personalmente a darle las gracias a los descendientes de Solaria por haberte cuidado tan bien, ¿qué te parece?
—No creo que tengas tiempo para verlos, porque pronto los hijos de ese sujeto estarán muertos —contestó la rubia, con tono burlón —Ambos han perdido su cristal cósmico —la mayor se quedó sorprendida —Aun así, Sísifo intentará desesperadamente rescatar a su hermana Solaris de las garras del Señor de la Desesperación.
—Me has traído buenas noticias, eres una buena chica, hermanita.
—¿Qué demonios está sucediendo aquí? —preguntó Darien, desenvainando su espada —Helena, ¿qué es todo esto? Pensé que habíamos venido hasta aquí para fortalecer el sello de Moiras.
—Ah, mira nada más a quién has traído —dijo la mujer, acercándose hasta donde estaba Darien —Es el príncipe Endimión, ¿no es así? —Helena asintió —Sí, lo recuerdo bien, es el hijo de Etlio. También recuerdo que estuve cerca de matarlo, pero la reina Serenity se interpuso. Esa mujer, de sólo recordar su cara me da ganas de vomitar. Bueno, creo que no necesito presentación, pero, sólo por si acaso no me recuerdas, te lo diré antes de que mueras —dijo, echándose el cabello hacia atrás —Mi nombre es Moiras y soy uno de los generales de Despair, el futuro gobernante de este miserable universo.
—Creo que sobran las presentaciones, pero por cortesía, te diré el nombre de aquel quien tomará tu vida —espetó Darien, apuntándola con su espada —Antaño fui conocido como Endimión, hijo de Etlio y Cálice, príncipe de la Tierra; ahora soy Darien Chiba, uno de los guerreros que protegen la paz de este universo. Y tú, Moiras, morirás, aquí y ahora.
—Tu novio siempre me pareció de lo más simpático, Aisa —dijo Moiras, mirando a su hermana, que sonreía burlona —Pero es bastante tonto, ¿no crees? Vamos, podías haber conseguido uno mejor. En fin, ¿debería dejar que hagas los honores?
—Ni siquiera tienes que decirlo, Moiras —Helena desenvainó su espada y apuntó con ella a un sorprendido Darien.
—Galatea, no, Helena, ¿qué se supone que estás haciendo?
—Escucha bien mi nombre, mi verdadero nombre, aquel que mi madre pronunció al momento de mi nacimiento —espetó Helena, con odio —Soy Aisa, aquella que decide el destino de los hombres.
No había terminado siquiera de decir esta frase, cuando se abalanzó sobre Darien y clavó sin miramientos su espada en el pecho de Darien. El muchacho abrió los ojos, sorprendido, y dejó caer su espada. El cuerpo de Darien cayó hacia adelante, sobre Helena, cuyas manos y ropajes estaban manchados de sangre. Se acercó para besarlo en los labios una última vez, antes de que la muerte lo alcanzara.
—Perdóname, pero es la única forma de salvarte de las garras de mi hermana —susurró Helena, que en realidad no había tocado ningún punto vital —Regresa a la tierra y lucha por la paz del universo, como siempre lo has hecho. Te amo, Darien y eso nunca cambiará.
Cuando el otro había cerrado los ojos, Helena sacó su espada de su cuerpo, que cayó inerte al suelo. Lo pateó en las costillas, pero en realidad aquel Darien era una de las ilusiones de Éter, que ya se había encargado de enviarlo de vuelta a la tierra.
Flashback End
—Seiya y yo te encontramos malherido en el parque —explicó Serena —Era bastante tarde, por lo que fuimos capaces de traerte al hospital sin que se viera sospechoso. Ya sabes, con todo lo que ha sucedido en la ciudad últimamente, la policía vigila recelosa casi en todos los rincones.
—Maldición, Helena, no tenías que hacer esto —decía él, sin poner demasiada atención a las palabras de Serena —No tenías que enfrentarte a Moiras tú sola. ¿Por qué nunca me dejas ayudarte? ¡Maldición!
—Darien, estamos en un hospital, por favor no grites —el muchacho alzó una mirada amenazante hacia Serena, quien no se intimidó y le sostuvo la mirada.
—Lo siento, es sólo que…
—Entiendo cómo te sientes, pero esto es algo que Helena tenía que hacer por sí misma.
—¿Estás diciéndome que simplemente debo conformarme con el hecho de saber que la mujer que amo está muerta?
—Helena no está muerta —aseguró la rubia, Darien la miró incrédula —Ella jamás moriría tan fácilmente, no subestimes a un caballero solar.
—¿Cómo puedes asegurar que Helena no está muerta?
—Darien, ¿confías en mí? —preguntó Serena. El muchacho asintió al instante —Entonces confía en mí también esta vez. Créeme, sé por qué te lo digo. Ahora, es momento de que te recuestes y vuelvas a descansar.
—He dormido durante tres días enteros, no creo que pueda volver a dormir —replicó, mientras Serena lo ayudaba a acostarse nuevamente.
—Entonces, deja que te cuente la historia de una hermosa princesa, su amor imposible y su mejor amigo, casi hermano, el Cupido —Darien rió y Serena se volvió a acomodar en la silla al lado de la cama, tomando un trago de chocolate que ya estaba helado.
—Interesante, ¿cómo empieza esa historia, señorita Serena?
—Verás, había una vez…
—Señor, está herido, necesita guardar reposo —se escucharon pasos apresurados, fuera de la habitación de Darien —¡Señor, deténgase! El paciente de esa habitación…
—Señorita, entienda que esto es importante.
La puerta de la habitación de Darien se abrió de golpe. Serena sintió que se le salía el alma del cuerpo en cuanto vio entrar a Seiya. Uno de sus brazos iba en cabestrillo, tenía un vendaje en la frente, un ojo morado y cojeaba. Una joven enfermera llegó jadeando detrás de él.
—Mil disculpas, señorita Tsukino, señor Chiba, pero…
—¡Seiya! —exclamó Serena, lanzándose a los brazos del recién llegado —Oh, por todos los cielos, Seiya, ¡estaba tan preocupada!, mira cómo estás, ¿qué sucedió?
—Ya habrá tiempo para hablar de esto, ahora tienes que venir conmigo.
La tomó de la mano y la sacó de la habitación, arrastrándola por el pasillo, con toda la velocidad que le permitía su tobillo lastimado. Llegaron a la última habitación del pasillo, dentro de la cual había un médico anciano y tres enfermeras. Serena no podía ver bien a la persona que reposaba en la cama, pero la situación de ese paciente parecía ser bastante grave.
—Pobrecita, ¿quién se atrevería a hacerle algo así? —decía una de las enfermeras.
—Signos de violación, contusiones, huesos rotos, incluso una gravísima herida en el cráneo —enumeró otra enfermera, mordiéndose el labio —No me explico cómo es que aún vive.
—No le queda mucho tiempo más de vida —dijo el anciano médico —Tenemos que llevarla al quirófano, de inmediato.
—E-Espere… un momento… p-por favor… d-doctor… —Serena reconoció esa voz al instante y se le heló la sangre. Jamás. No podía ser posible. No podía tratarse de… ella.
—Amaterasu… —dijo Serena. El médico y las tres enfermeras se voltearon al escuchar la voz de la rubia, que ya se había internado en la habitación, seguida de Seiya y la joven enfermera de antes.
—Mil disculpas, doctor, intenté detenerlos, pero…
—No se preocupe, señorita, por ahora démosles algo de privacidad —contestó el médico, ordenando a las enfermeras que abandonaran la habitación —Joven Kou, tiene tres minutos, ni uno más —el muchacho asintió agradecido —Vamos, necesito el quirófano listo para operar de emergencia, ¡todo el mundo a trabajar!
La puerta se cerró. Megumi se encontraba postrada en esa cama, con las ropas del hospital y una cantidad de tubos y mangueras conectados a su cuerpo, que Serena jamás había visto antes. La rubia fue incapaz de controlar las lágrimas que salían copiosamente de sus ojos. Megumi tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.
—Santo cielo, ¿qué sucedió?
—Te lo explicaré más tarde, —contestó Seiya —ahora acércate —Serena así lo hizo y tomó la mano de la mujer.
—P-Princesa… S-Serena… hay a-algo… q-que… d-debo d-darle… —Megumi extendió su mano libre y, con la ayuda de Seiya, la colocó sobre el pecho de Serena, del lado del corazón.
—Oh, Amaterasu, ¿qué fue lo que te hicieron? —balbuceó la rubia, cuyo cuerpo se sacudía por el llanto —Si tan sólo nos hubiésemos dado cuenta antes… —la mujer negó lentamente con la cabeza.
—N-No es su c-culpa… p-por favor… n-no llo-llore… —Serena sintió una enorme calidez en su pecho, al tiempo que sentía cómo su mente se llenaba de recuerdos, como si una película pasara a gran velocidad por su cabeza —S-Su cri-cristal… c-cósmico… e-está c-c-completo…
Megumi soltó la mano de Serena y cerró los ojos nuevamente. Justo en ese momento, apareció el médico, acompañado por dos enfermeras.
—Se acabó el tiempo, tenemos que operar, ahora —Seiya asintió y vio cómo se llevaban a la mujer al quirófano.
Serena tomó a Seiya de la mano y ambos comenzaron a seguirlos por el pasillo, hasta llegar frente a las puertas dobles que flanqueaban la sala de operaciones. Se escuchó el pitido de una de las máquinas y una de las enfermeras comenzó a llorar. El médico chasqueó la lengua, molesto, mientras unas pocas lágrimas rodaban por sus mejillas. El hombre entonces colocó la sábana blanca sobre el rostro de Megumi, apretando luego los puños, impotente.
—¡NO! —gritó Serena, aferrándose a Seiya, como intentando buscar consuelo. Seiya la abrazó, olvidándose momentáneamente del dolor de sus heridas y lloró en silencio —Fue mi culpa, todo porque retrasamos su operación para que pudiera darme el cristal cósmico.
—Eso no es verdad —un sujeto de cabello dorado pasó al lado de los jóvenes —Ya no le quedaba nada, su cuerpo ya no podía soportarlo más. Su destino estaba sellado desde el momento en que el príncipe Helio la sacó de la prisión de Kinmoku. Lo único que la mantuvo con vida todo este tiempo fue la misión que pesaba sobre sus hombros.
—Radamanthys —dijo Seiya, en voz baja —Ustedes podían haberla salvado, ¿verdad?
—Eso hubiese sido ir en contra de la voluntad del cosmos —respondió, volteándose para mirar el sitio donde reposaba el cuerpo inerte de la rubia —Es hora de que te unas a nosotros, Solaris, como uno de los Jueces Cósmicos —y desapareció.
Lentamente, Seiya llevó el teléfono celular hasta su oído, mordiéndose el labio para acallar sus propios sollozos.
—Mizuki, lo siento mucho, de verdad.
