Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.
Leer bajo tu responsabilidad.
Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.
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Capítulo No. 37
El ligero aroma a vainilla y la música eran infaltables en Swan boutique, para hacer placentera la estadía de la clientela que iba a adquirir o solicitar una prenda de la diseñadora que se había ganado críticas sorpresivamente favorables en el pasado evento que celebró la semana de la moda en Nueva York. Sin embargo Bella, evitaba por todos los medios salir de su oficina e interactuar con su distinguida clientela. Se había puesto el manto de las excusas para evadirlas. No quería dar ningún tipo de explicaciones. Estaba completamente segura que iban a preguntarle sobre su participación en el evento y lo que menos quería era hablar de eso, mientras se torturaba al mirar una y otra vez el video que ya lo habían colgado en la red.
Todo había sido completamente perfecto, ella había hecho un gran trabajo, se había esforzado lo suficiente para obtener ese mérito. Cada detalle lo había estudiado miles de veces para evitar cualquier error, hasta la sorpresiva lluvia de margaritas con que Charlie la había sorprendido pareció haber hecho parte de su presentación.
La mirada y sonrisa de Edward apenas ella pisó la pasarela, eran increíbles. Podía jurar que veía en su rostro orgullo y estúpidamente deseaba eso. Anhelaba que él se sintiera orgulloso de ella, de todo lo que había hecho. Él había entrado en el importante círculo de su vida donde sólo había muy pocas personas, tan pocas que podría contarlas con los dedos de una de sus manos y le sobrarían. Pero de repente todo se derrumbaba, su mirada se fijaba en ese video que la expuso como Mariposa ante personas que no entendían y que la prensa se valdría de eso para destruirla. Harían la hoguera a donde irían a parar todos sus sueños, no quería verlos quemarse, no quería verlo hechos cenizas y por eso evitaba los noticieros o diarios.
Esme entró sorpresivamente a la oficina y ella en medio del nerviosismo y la sorpresa cerró la página en la cual estaba viendo el video.
—Otra vez Bells —acotó la chica al ver que su amiga seguía viendo el bendito video: era la más grande de las masoquistas—. Ya deja eso.
—No sé de qué me hablas —se defendió irguiéndose en el asiento y levantando la muralla delante de Esme.
—Sabes perfectamente de lo que te hablo y si entro a tu computadora y me voy a páginas recientes, no tendrás argumentos —la regañaba de manera sutil al tiempo que se sentaba en el sillón que casi siempre ocupaba durante sus visitas a la oficina.
—Está bien, sólo quería ver que tanto dura la grabación y cuanto puedo estar expuesta —dijo con falsa indiferencia. Se puso de pie y bordeó el escritorio de cristal.
—Ya lo has visto cientos de veces, sólo le estás dando más reproducciones. Estás a punto de convertirlo en viral. —seguía con su mirada a Bella que se paraba con las manos en las caderas y observaba la tienda a través el panel de vidrio y le daba la espalda.
—No puedo evitarlo… Tengo miedo Esme, por primera vez en ocho años, vuelvo a sentir miedo —murmuró sin poder evitar que la barbilla le temblara, pero no iba a dejar que las lágrimas le ganaran aunque en el momento se sintiera realmente impotente.
Esme se puso de pie y se paró de frente al costado de Bella, con sus brazos le cerró la cintura y apoyó la barbilla en el hombro de su hermana.
—Tranquila, todo va salir bien Bells, las personas que han venido sólo preguntan por ti, me han dejado sus más sinceras felicitaciones, están felices por ti —dejó libre un suspiro y continuó—. Las cosas no son tan graves, simplemente que no puedes verlo porque tu estúpido perfeccionismo no te deja hacerlo, nadie se atreverá a criticarte. Han elogiado tus diseños y ya hasta te están casando con Cullen, esos son los comentarios que rondan, no has querido enterarte de nada y te estás perdiendo que te están vistiendo de novia. Los medios de comunicación se volcaron a hablar acerca del gesto que tuvo Carlisle Cullen contigo en plena pasarela. Sí han hablado del video, no te voy a mentir, pero hasta ahora nadie lo ha hecho de manera negativa, sólo se ha creado una gran expectativa en cuanto a eso.
—Sin embargo que me estén casando sin mi consentimiento no es muy agradable y no sé qué hacer o decir con respecto a las expectativas del maldito video ¿qué se supone que responderé cuando me pregunten sobre eso?
—Nada, tú sencillamente desvías el tema. Sé que para mí es fácil porque no soy yo la imagen de la marca y que lo puedo ver desde otra perspectiva, pero únicamente tienes que demostrar que no importa. Si tú le das importancia, entonces el mundo también lo hará… Bells no te conviertas en tu propia destrucción, sé que el miedo te gana, no era algo que esperabas, pero puedes salir adelante —la alentó con una sonrisa.
—Voy a salir adelante… —aseguró volviendo la cabeza y le dio un beso a su amiga en la frente—. Lo he decretado y no me cansaré, ni me dejaré vencer hasta conseguirlo. Lucharé, estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre si es preciso, desgastaré mis huesos si eso tengo que hacer para ver mis diseños en las pasarelas de Milán y París… y a quienes quieran hacerme daño le haré saber que conmigo no pueden. Mandaré al diablo a todo aquel que quiera obstaculizarme. Al hijo de puta de Vulturi no lo dejaré pasar, juré que nadie me jodería la vida y no será él quien lo haga —murmuró su sentencia.
—De Vulturi ya nos encargamos, ya encontré a la jovencita que le hará pagar su estúpida jugada. Tiene dieciséis se llama Sarah y ya tuvo la oportunidad de conocer a su presa, me ha dicho que no va a perder el tiempo, porque el viejo le gusta —le hizo saber Esme de que el plan ya estaba en marcha.
— ¿Le ha mentido con la edad? Porque conozco a Vulturi y lo primero que hará será ponerse alerta para no meterse en problemas.
—Hasta documentación falsa tiene, es más perra que yo… —liberó una corta carcajada—. Te lo había dicho Bells, las niñas menores de edad son más astutas que nosotras y eso que ya contamos con algunas duras experiencias en la vida.
—Debemos tener cuidado, no quiero que el tiro nos salga por la culata.
—Eso no pasará, no soy tan tonta como para hacer el negocio directamente.
— ¡Vaya! Después de todo Carlisle no te ha absorbido la astucia. —se burló Bella desordenándole el flequillo con uno de los dedos índice.
—Es mi esencia —le guiñó un ojo con complicidad—. Espero no pierdas la tuya en medio de las cogidas que te da el fiscal.
—Cullen no tiene tanto poder sobre mí —dijo divertida mientras Esme se aclaraba la garganta en un claro gesto de imprudencia—. Sólo un poquito, nada más y eso porque se lo ha ganado.
—Mejor vamos a dejarlo así —dijo sin poder evitar reír, se soltó del abrazo y se alejó—. Y por el honor del pobre hombre quita a Gandy del protector de pantalla —le pidió al ver como una presentación del modelo británico se mostraba en el monitor mientras estaba en reposo.
—Tengo cierta debilidad por él, ¡Que Dios lo proteja si algún día me lo encuentro!
— ¿Y qué con Cullen? —preguntó sintiendo pena por el pobre fiscal.
—Bueno con David sólo quiero hacer realidad una fantasía, algo pasajero… Además no creo nunca encontrármelo —Bella seguía la broma de Esme, e internamente sabía que sólo hablaba de la boca para afuera, porque se daba cuenta que ya no lo sentía de la misma manera, algo le taladraba en el interior y podía jurar que era remordimiento de conciencia por el simple hecho de pensar en tener algo con Gandy.
—Espero y no te lo encuentres. Me moriría de la envidia, por cierto ya es casi hora del almuerzo y tengo hambre ¿a dónde vamos a almorzar? —preguntó cambiando de tema.
—No sé… elige tú —se encaminó a la puerta—. Ve pensando, yo voy al baño y regreso para que vayamos a comprar el almuerzo.
—Está bien.
Bella salió de la oficina y se fue al baño, después de unos minutos salió y vio a Esme hablando con Kim. Seguramente preguntándole qué quería almorzar.
— ¿Y bien qué vamos a comer? —preguntó una vez que se acercó a Charlie y le cerraba la cintura con los brazos.
—Tenemos que ir a dos lugares —contestó Esme, que se miraba en uno de los espejos y se peinaba el flequillo con los dedos, dándole vida a su eterna manía.
—Ok, voy por mi cartera —avisó Bella y se encaminó a su oficina. Subió las escaleras y al llegar a la segunda planta a través de la puerta de cristal se percató de que David Gandy había sido reemplazado por Edward Cullen. Esa imagen la conocía muy bien porque ella la había tomado en Malibu State Beach.
El brasileño estaba de espaldas a ella y con la mirada en dirección a la playa, tenía la tabla de surf bajo el brazo izquierdo y llevaba una bermuda playera en color verde. Sin embargo resaltaba una pequeña nota pegada al monitor.
Una sonrisa estúpida se ancló en su rostro y negó con la cabeza. Abrió la puerta y se acercó al monitor, quitó la nota y la leyó.
¿Qué tiene David Gandy que no tenga el fiscal?
Si te estuvieses cogiendo al señor que pide para el pan te lo perdono, pero resulta que te estás gozando a éste carioca que esta para repetir.
No pudo evitar soltar una carcajada, ante la nota de Esme, la dejó sobre el escritorio y agarró su cartera. Salió de la oficina para ir en busca del almuerzo.
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Aro Vulturi se encontraba tras su imponente escritorio sentado en el exclusivo sillón de la presidencia de Elitte, con las piernas cómodamente cruzadas mientras jugaba con su corbata gris plomo, disfrutando de la casi voz infantil al otro lado del teléfono.
—No lo sé Sarah, podría estar ocupado durante la tarde, pero la noche la tengo libre. Te invito a cenar —la voz del hombre era la del perfecto seductor.
— ¿A cenar? —hizo la pregunta y guardó silencio por varios segundos, tal vez pensando la respuesta—. Está bien, espero y me sorprendas Aro —sonrió con fingida inocencia.
—Prometo hacerlo… —en ese momento un toque a la puerta interrumpió sus palabras, por lo que inhaló profundamente para contener la molestia que le causaba tal atrevimiento de Jessica, sobre todo por burlarse de las ordenes que él le daba—. Sarah, necesito atender a un cliente, te llamaré en unos minutos.
—Disculpa, olvidé que estarías trabajando. Esperaré tu llamada para concretar la cena.
—Si quieres, dame una dirección y pasaré por ti a las ocho —le pidió y la chica al otro lado del teléfono se la dio. Aro la memorizó mientras agarraba un taco de papel y la anotaba—. Bien ya la tengo, a las ocho estaré en tu puerta —le prometió con voz segura.
Disfrutó de la despedida de la chica, colgó el teléfono y cambió su postura en el sillón de uno relajado a uno erguido al tiempo que se ajustaba el nudo de la corbata.
—Adelante Jessica —atendió al llamado de su secretaria con voz imperante.
—Disculpe señor Vulturi, sé que me pidió no ser molestado. —una vez que abrió la puerta la voz apenada de la chica caló en la oficina—, pero hay unas personas del estado que desean verlo, dicen que es importante.
Edward, en compañía de Jack Jenks y dos agentes policiales más, esperaban en el vestíbulo de la oficina de Vulturi. El chico sentía la adrenalina hormiguear en sus venas y el corazón le latía presuroso ante la satisfacción del momento y no podía controlar la sonrisa sardónica que se atisbaba en su rostro. Debía ser profesional y estaba poniendo todo lo que tenía para serlo, pero su voluntad era nada comparada con el placer que se apoderaba de él.
Edward con las manos cruzadas en la espalda y con sigilo se acercó hasta la secretaria que los anunciaba y se paró detrás de ella.
—Aclárele que es la justicia —le dijo en voz baja, pero autoritaria.
Apenas si él mismo podía creer, en que por fin lo estaba diciendo. Toda la mañana estuvo esperando que la jueza le firmara la orden de detención, y apenas lo consiguió no dudó ni un segundo en poner en marcha todo el plan.
—Debe haber alguna confusión… —dijo con determinación, al escuchar y reconocer la voz del fiscal de mierda. Se puso de pie irguiéndose tan alto como era y derrochando seguridad—. No tengo ningún tipo de problemas con la ley.
Jessica sabía que su jefe le dedicaba las palabras al hombre joven vestido de traje negro con corbata roja parado detrás de ella, por lo que se hizo a un lado y le concedió el paso a la oficina del señor Vulturi.
El primero en entrar fue Edward, seguido de Jack Jenks y los dos uniformados, que por medida de seguridad y costumbre empuñaban las culatas de las pistolas que se encontraban enfundadas en los arneses que colgaban de su cintura.
—Buenas tardes —saludó Jenks apegándose al formalismo que lo caracterizaba y guiándose por las reglas de su trabajo.
—Buenas tardes, señor Vulturi —saludó Edward sin poder ocultar el descaro en su voz. Trató la cortesía cuando en realidad quería decirle "Te vengo a cobrar maldito infeliz"
— ¿Se puede saber a qué se debe éste circo? —preguntó y se cruzó de brazos de manera despreocupada, pero también creando un escudo.
—Señor Vulturi, necesitamos que nos acompañe por favor. Hemos recibido una denuncia en su contra —medió Jenks con la mirada en Aro.
—Eso es imposible. —desvió la mirada hacia Edward quien elevó ambas cejas—. Tiene que haber un error —aseguró con desdén y le mantenía la mirada fija al hijo de puta del fiscal.
—Le aseguro que no lo hay —dijo Edward apoyando la mayor parte de su peso sobre los talones y se llevó las manos a los bolsillos del pantalón, balanceándose con preponderancia.
—Esto no es de su incumbencia, yo me encargaré de solucionar el problema con la policía. Nada tiene que hacer un fiscal del distrito en este lugar, es mejor que se largue a desempolvar casos —le dijo con sorna menospreciando la intervención de Cullen.
—Créame señor Vulturi que tengo todo el derecho para estar aquí. Sé que verme la cara no le crea satisfacción y para su tranquilidad el sentimiento es reciproco, pero tiene que acostumbrarse a mirar estos ojos —le dijo señalándose el rostro.
—Señor Vulturi, por favor debe acompañarnos —pidió una vez más el funcionario policial, captando la atención de Aro, a quien el corazón empezaba a latirle con mayor rapidez a consecuencia de los nervios, los cuales no podía evitar aunque ni siquiera estuviese seguro de lo que pasaba.
—Disculpe oficial, yo no puedo acompañarlos. No sin antes saber de qué se me acusa. Es mi derecho —exigió sin dejarse intimidar por la autoridad. No había hecho nada malo y no tenía por qué temer. Se decía mentalmente para infundirse seguridad.
Jack Jenks apenas separó los labios para hablar, pero Edward quería ese momento para él, por lo que le arrebató el derecho de palabra al oficial.
—Señor Vulturi, usted ha sido imputado por el homicidio calificado en contra de Elizabeth Cullen, el día 20 de octubre de 1995 en la ciudad de Nueva York a las tres y veintisiete minutos de la mañana —la voz nunca en su vida se había escuchado más tangible. Y dieciocho años de su vida se reducían a ese momento, ese pequeño instante era suyo, era perfecto.
Aro no encontraba palabras para contrarrestar las del fiscal. Aunque intentó no mostrar sorpresa no pudo evitar que sus rasgos la mostraran, cómo no hacerlo si le estaban dando el golpe más duro que hubiese recibido en su vida.
—No sé de qué me habla —murmuró con voz temblorosa y se maldijo porque sus emociones lo traicionaron.
—Pero yo sí sé de qué le hablo, señor Vulturi —dijo Edward tendiendo la mano hacia Jack Jenks.
El hombre de ojos azules le regaló una mirada significativa a Edward, advirtiéndole que eso no podía hacerlo, pero el fiscal no le bajó la mano y la mirada con la que correspondió era una exigencia.
Jack sabía que Edward quería venganza y tener la oportunidad de ser quien la ejecutara. Había prometido que lo ayudaría y eso haría aunque no estuviese permitido. Se descolgó las esposas de la cintura y se las entregó al fiscal.
Edward agarró las esposas con seguridad, mientras el corazón le brincaba en el pecho de felicidad, pero también había una cuota de angustia que no podía entender. Tal vez por estar infringiendo sus principios como hombre de ley. Sabía que las personas que estaban en el lugar le serían fieles y no hablarían con nadie de ese pequeño acontecimiento.
Sin el permiso de Vulturi, bordeó el escritorio y con cuidado rodó el exclusivo sillón presidencial de Elitte.
—Bonito trono señor Vulturi… —le dijo parándose detrás de él—. Por favor, las manos hacia atrás.
Aro obedeció al mandato del fiscal. Estaba aturdido, con las defensas por el suelo y tratando de contener las lágrimas que se le arremolinaban en la garganta. Esconder su dolor tras el manto del orgullo.
—Ahora viene la parte que más me gusta… —dijo Edward con sorna acercándosele al oído, presionando contra una de las muñecas los grilletes y el primer dispositivo de seguridad se cerró automáticamente—. Señor Aro Vulturi, tiene el derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga puede ser y será usada en su contra ante un tribunal de justicia. Tiene el derecho de solicitar un abogado. Si no puede pagar un abogado, el estado le asignará uno de oficio y ese será de puta mierda —murmuró las últimas palabras y presionó el otro dispositivo contra la otra muñeca e igualmente se cerró con rapidez. Ajustó los dientes dejándole nulas opciones de movimiento a Aro y le palmeó el hombro, instándolo para que caminara.
—Por favor, señor Vulturi —pidió Jenks haciendo un ademán hacia la salida.
Aro se apegó a su derecho de no hablar. No tenía nada que decir, estaba demasiado liado con su propia confusión como para protestar por algo.
Se encaminó y el fiscal lo siguió. Al salir al vestíbulo intercambió mirada con su secretaria la cual estaba tan aturdida como él. No era un delincuente, no tenía por qué tener a dos hombres uniformados a cada lado y detrás a otros dos de trajes pero con cara de hijos de puta llevándoselo de esa manera.
Jessica intentó acercarse a su jefe, pero uno de los oficiales le bloqueó el camino.
—Aléjese por favor —le pidió el hombre de manera amable pero imponiendo su autoridad.
—Llamaré a su abogado señor Vulturi —informó la mujer para regalarle un poco de consuelo a su jefe.
—Por favor, Jessica —su voz se dejó escuchar extremadamente ronca, ante la súplica y siguió con su camino.
Los cinco hombres entraron al ascensor y el ambiente era demasiado denso. A pesar de que apenas si podía levantar la cabeza sentía la respiración del fiscal en su nuca.
En ese momento cientos de recuerdos se despertaban trayendo a su presente un pasado doloroso con el cual había luchado durante los últimos dieciocho años por olvidar.
Quiso romperse, quiso ponerse de rodillas y llorar, pedir alguna explicación lógica, pero su orgullo lo mantenía erguido, impasible. Nunca en su vida había agradecido tanto poseer ese defecto.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, se obligó a mantener la cabeza en alto. Si la bajaba daría pie a que sus empleados que se encontrasen en ese lugar le dieran la razón a las autoridades, sin embargo dejaba a su estela el murmullo de esos mal agradecidos a los cuales quiso gritarles que cerraran las malditas bocas, pero una vez más se repetía que debía guardar silencio.
Las hojas de cristal se abrieron automáticamente poniendo un pie fuera de Elitte. Ahí una ola de reporteros salidos de la nada se abalanzó sobre ellos.
Deseó maldecir a su suerte o al hijo de puta que había hecho eso. Lo estaban denigrando ante todo el país, no podía hacer nada para escapar a las cámaras, sólo bajar la cabeza y sentir la vergüenza apoderarse de él.
Los oficiales alejaban a cualquier reportero que quisiera acercarse, pero a través de ellos igual lanzaban sus preguntas, las cuales no contestaría. No lo haría porque sentía que estaba cayendo por un barranco.
Lo subieron al auto policial y eso lo hizo sentir a salvo, con la mirada en las rodillas seguía evitando que le fotografiaran la cara y como relacionador público podía imaginarse los titulares que le colgarían ante la especulación.
—Bien Smith, no vemos en la comisaría —le dijo Edward al oficial dentro del auto y desvió la mirada hacia el detenido—. Feliz viaje señor Vulturi, me imagino que se ha sentido halagado. Tengo entendido que le gusta llamar la atención —le hizo saber el fiscal y en ese momento Aro levantó su mirada y la ancló en Cullen.
No tenía que ser adivino para saber que el que había orquestado toda esa mierda con los periodistas había sido él. Quiso en ese momento agarrarlo a golpes, hacerle tragar cada una de sus putas palabras. Se estaba burlando a costa de su conmoción y eso no se iba a quedarse así.
Edward le mantuvo la mirada a Vulturi hasta que el oficial auxiliar que iba de copiloto encendió la sirena para que los reporteros se dispersaran. El chico se alejó un paso y el auto se puso en marcha.
— ¿Vas a la comisaria? —preguntó Jenks acercándose a Edward.
—No, tengo que ir a la fiscalía, ya lo que queda es tu trabajo, te toca abrirle la ficha policial. Que no solo se limiten a fotografías y pruebas dactilares, quiero que lo hagas todo y que mandes las pruebas al laboratorio y te encargas del primer interrogatorio —hablaba mientras se encaminan a los vehículos—. Agótalo Jenks, que suelte todo lo que tiene, yo no puedo ir, no lo haré porque no lo creo conveniente. Si necesitas más tiempo me avisas y le pediré a la jueza la extensión del plazo para la probanza.
— ¿Sigue en marcha el otro plan? —preguntó el hombre un poco dudoso.
—Claro que sigue en marcha, eso por nada del mundo lo dejen pasar.
— ¿Sabes que es peligroso? ¿Qué si Vulturi se pasa de astuto, podrá jodernos? —inquirió con una advertencia temiendo por su puesto dentro del departamento policial.
—Vulturi no va a hablar, por su orgullo se quedará callado. Confía en mí, yo te ayudaré con eso. Así que no te preocupes. Si en el interrogatorio no suelta palabra me avisas y yo iré a hacerlo cantar, lo haremos evadiendo el procedimiento de rigor.
—Empiezo a tenerte miedo Cullen —dijo sonriendo—. Gracias a Dios que te ha puesto en mi camino como amigo, porque como enemigo no quiero tenerte. Ahora sí me largo, tengo trabajo que hacer —subió al auto y Edward le ayudó a cerrar la puerta.
—Como amigo soy más fiel que un perro —acotó palmeándole el hombro—. Gracias por todo Jenks, no voy a tener cómo pagarte.
—Tranquilo hombre, sólo hago mi trabajo —encendió el auto, elevó una mano a modo de despedida y lo puso en marcha.
Edward se dirigió al de él y subió. Buscó en el bolsillo interior de su saco el teléfono móvil y marcó a Kate, la novia de Garrett.
—Ups, lo siento Ed, es que se filtró la información. —le hizo saber con sorna y soltó una carcajada.
—Te has ganado el cielo conmigo —dijo él riendo de buena gana.
—Puedes enviar a Garrett esta noche a mi departamento para que me pague el cielo por ti… es que si me das el cielo, seguro Bells me deja calva.
—Estoy seguro que esta noche Garrett convertirá tu cama en nubes.
—No precisamente tiene que ser la cama, dile que donde quiera.
—Con gusto lo haré, gracias por todo Kate.
—Ha sido un placer. Por el contrario mi padre te lo agradece, que alcanzó un porcentaje excelente en el rating con la noticia.
—Me alegra saberlo, para mí también es una excelente noticia, por ahora te dejo, debo continuar con el trabajo. Y espera esta noche a Garrett.
—Desde ya me preparo para esperarlo… Hasta luego Ed.
—Hablamos luego —dijo y finalizó la llamada.
Puso en marcha el vehículo y se fue a la fiscalía. Ya no tenía por qué controlar la sonrisa de satisfacción. Sentía que el peso que lo atormentaba desde hacía dieciocho años empezaba a disminuir. Algo le decía que por fin lograría hacer justicia y que la muerte de su madre no quedaría impune.
Tampoco le dejó pasar a Vulturi la sucia jugada que le había hecho a Bella en el Fashion Week.
Si algo tenía Edward Cullen era malicia y sabía perfectamente que ese vídeo lo había mandado a proyectar Aro Vulturi y nada sería más placentero a que el culpable pagara con la misma moneda.
Como bien citaba en la biblia: El que a hierro mata, a hierro debe morir; o lo que para él sería la ley del Talión.
Espero que les haya gustado el capitulo.
No creen que merezca Reviews.
Adelanto del próximo capitulo…..
—He llamado a Edward, pero no me contesta. Seguro está ocupado, lo que tengo pensado es hablar con él personalmente. Me comuniqué con Emily, la secretaría de él en la torre y me ha informado que está en la fiscalía. Seguro tratando de resolver el mal entendido —cada palabra que esbozaba iba cargada de sosiego para Alice.
—Podemos ir a la fiscalía, yo hablaría con él, sé que mi papá no ha hecho nada malo.
—No lo creo conveniente Alice —le advirtió con la voz en remanso y le colocaba un mechón de cabello tras una de las orejas en un gesto extremadamente tierno y protector.
—Necesito saber qué ha pasado, ni siquiera he podido comunicarme con mi madre y estoy verdaderamente angustiada ¿podríamos intentarlo, por favor? Sé que estás ocupado, yo misma podría ir y hablar con Edward, tal vez él necesita que alguien le ayude y le aclare la situación. Yo podría hacerlo —suplicaba la chica con la mirada en los ojos de Jasper.
