Dadle al play ahora. Espero que lo disfrutéis, es uno de mis favoritos. Hasta pronto.
#37#
Los tímidos rayos del sol se colaban por el gran ventanal e incidían sobre el cabecero de la enorme cama con dosel que presidía la habitación adornada al estilo minimalista. El lecho se encontraba situado en el centro de la gran alcoba, y a su izquierda se hallaba el gran ventanal con finos y delicados visillos en tonos blancos. Al lado opuesto se veía una pequeña mesita de color marrón claro, a juego con el catre En una de las esquinas se distinguía una pequeña cómoda con algunos adornos y un espejo esférico en tonos claros pardos
Edward se removió hacia el lado derecho de la cama de matrimonio para continuar sumergido en su profundo sueño, pero con ese sencillo gestó se vio envuelto en una dulce y embriagante aroma a rosas, freisas. Aspiró profundamente deleitándose en la sensación tan placentera que sentía en ese instante. Intentó recolocarse otra vez pero, entonces, sintió un peso sobre su costado, el cual emanaba calor y suavidad. En un movimiento, casi inconsciente, Edward llevó una de sus manos hacia su parte izquierda, y pudo palpar la suavidad de un pequeño brazo que caía de modo despreocupado y relajado a su lado.
Abrió inquieto los ojos para saber quién estaba en su cama. Él no recordaba haberse ido a dormir acompañado aquella noche. Pero cuando logró centrar su vista, aún adormilado, quedó fascinado ante la visión de la que estaba siendo partícipe.
Acurrucada sobre su pecho se encontraba una joven dormida. Tenía su larga melena tendida en forma de abanico, que ocupaba gran parte del lado de su almohada; lo que le facilitaba que su fragancia llegase hasta sus fosas nasales. La muchacha continuaba entre sueños, Edward lo sabía por su respiración tranquila y pautada.
Su piel suave y nívea, que sobresalía de entre las blancas sábanas, le invitaba a disfrutar de su suavidad y exquisitez. Por lo que siguiendo un impulso, que nacía desde lo más profundo de su corazón, el cobrizo comenzó acariciar lenta y lánguidamente su cándida piel.
Edward se sentía en el paraíso en ese instante. Besó su hombro y siguió subiendo por su cuello. Bella se removió intentando ocultar una sonrisa traviesa que tenía dibujada en sus hinchados y enrojecidos labios.
-Buenos, días, amor- le saludó con un beso sobre su costado justo en el lado donde se encontraba su alocado corazón; el cual a duras penas, conseguía recobrar su ritmo cardiaco normal.
-Buenos, días, mi ángel- respondió Edward con su deslumbrante sonrisa torcida.
Bella se volvió a apoyar sobre su pecho deleitándose con el sonido de sus latidos.
-Desearía poder detener el tiempo y quedarme aquí para siempre contigo.- suspiró Bella abrazándose a Edward.
-Podemos quedarnos aquí siempre que quieras, amor- le ofreció el joven con las pupilas esmeralda refulgentes; las cuales estaban de un tono casi imposible, parecía que se habían derretido para incitarla a sumergirse en ese mar picante estar aquí cuanto desees, mi vida- repuso el joven.
Bella sonrió en respuesta y besándole con dulzura en sus labios reparó:
-Tal vez en otro momento, pero hoy debemos ir preparándonos para el viaje. Explicó la castaña en tono reticente-. El muchacho se le quedó mirando con la ceja alzada, con claro gesto contrariado y confuso ante su respuesta-. ¿Acaso lo has olvidado, Edward?- inquirió la muchacha en tono burlón y mirada pícara-. Tus padres nos esperan en Los Ángeles para pasar año nuevo con ellos. Telefonearon hace dos días para recordarnos la cita. No querrás disgustar a Esme, ¿verdad, mi cielo?- le interrogó con su dedo índice levantado en señal de advertencia, mientras se levantaba de la cama y se cubría sutilmente con la sábana blanca.
-¡Oh, cierto, lo había olvidado, amor!- exclamó Edward mientras se enfundaba sus bóxers oscuros- Pero prométame que volveremos pronto a nuestra burbuja de cristal. Quiero seguir disfrutando y de ti de mi niña, solos los tres en este paraíso terrenal-.-Le dijo Edward mientras se cernía sobre ella para besarle en el hueco bajo el lóbulo de su oreja y sintiendo como la felicidad barría con las sensaciones de su ausencia. Le lamió esa parte con dulzura y el quejido de Bella le hizo sentirse lleno. Sin perder el tiempo y sin querer que ese momento pasara, continuó bajando y besando su camino hasta los preciados pechos. Lamiendo su piel, impregnada de su sabor, mezclada con el salitre de su sudor. Cuando llegó a ellos, se detuvo en la cúspide erecta y la lamió, escuchando a su mujer gemir. Su erección pulsó, totalmente embebido en la sensación de tenerla bajo su cuerpo, entre sus brazos, subyugada a sus labios, pletórico de sentirse a su lado...
-Lo prometo- aceptó gustosa Bella con voz alterada por las sensaciones que el cobrizo le regalaba.-. Pero ahora necesito un minuto-. Repuso mientras hacía un nuevo intento por voltearse de camino al baño, que se encontraba justo al lado del pequeño tocador, cubriéndose rápidamente con la pequeña sábana. La cual había quedado olvidada a los pies de la cama. Edward se deleitó con la desnudez de su espalda y el nacimiento de sus nalgas, que habían quedado descubiertas con su sugerente movimiento de caderas.
Edward en un gesto instintivo, se lamió sus carnosos labios al rememorar la dulzura y sabor de su piel. Cuando de repente Bella sintió cómo algo se desprendía de su cuello y caía sobre el parqué. Se trataba de su colgante, el pequeño camafeo de oro blanco que siempre llevaba prendido de su cuello.
-¡Oh, no, se ha roto el broche!- se lamentó la joven Swan.
Edward se acercó hasta donde ella permanecía paralizada saltando de la mullida superficie.
-No pasa nada, amor- la consoló envolviéndola entre sus brazos-. La llevaré a arreglar y, en unos cuantos días, la podrás lucir otra vez sobre tu sabrosos cuello- le prometió besándola en el hueco que surgía bajo el lóbulo de su oreja una vez más.
-Gracias, mi vida- respondió Bella estremeciéndose levemente por las caricias, las cuales había hecho que justo en la zona asaltada, su piel se erizase y un suave sonrojo subiese hasta sus mejillas.
La joven aún con tan sólo la sencilla sabanilla, cubriendo su cuerpo frágil, y su preciado presente, se dirigió hasta el mueble. Abriendo un pequeño joyero, sacó una bolsita de tela introduciendo en ésta el colgante.
-Aquí tienes. Mi corazón es tuyo- le dijo y se la entregó a Edward- Ahora es mejor que nos demos prisa en arreglarnos y ducharnos, Sara está por despertar-. Le insistió Bella viendo la hora en el despertador que había sobre la mesita.
-Bien, amor. Iré preparando el desayuno, hoy quiero consentir a mis princesas;- le propuso Edward en respuesta- tú mientras, puedes ir duchándote y haciendo la maleta-. Bella le regaló su mayor sonrisa y con un suave beso se adentró al baño.
Edward se enfundó en sus zapatillas de estar por casa, pues en el mes de diciembre el suelo estaba algo frío y se puso una de sus camisas, que estaba colgada sobre el perchero, situado justo detrás de la puerta del cuarto. Una vez listo se dispuso a abandonarlo cuando escuchó los rápidos y ansiosos pasos junto a la voz angelical de su pequeña llamándolos a voz en grito:
-¡Papa, mamá!
Edward despertó sobrecogido al sentir cómo la cama temblaba. Cuando abrió los ojos, los entornó para poder acostumbrarse a la luz que se colaba por la gran ventana. Segundos después, se percató de que, el brusco movimiento que había experimentado momentos antes, se debía a Sara. La niña estaba saltando sobre el colchón para despertarle.
-¡Papá, papá, vamos, despierta! ¡Hay una sorpresa!- exclamaba con júbilo.
Su padre, aún algo adormilado, se levantó de la cama y echándose una pasada rápida, comprobó que había dormido con la ropa puesta. No sabía exactamente cómo había llegado hasta esa recámara, pero pudo cerciorarse que se trataba de la misma en la que había estado, instantes antes, con su dulce Bella.
Tras ese pequeño escrutinio. Edward replicó:
-Ya voy, cielo. Ya voy- incorporándose del todo; pues había estado apoyado sobre el cabecero- Una sorpresa, ¿qué sorpresa, mi niña?- se interesó cuando descifró sus palabras que habían salido en cascada y casi sin respirar de sus labios.
-Han llegado mamá y Ben.- le dijo con gran regocijo- ¡Van a quedarse a pasar sus vacaciones con nosotros! ¿no es genial, papá?-« ¿Ángela y Ben en Forks? » Edward quedó sin saber qué decir. Era algo que no se esperaba, y como si su hija intuyese su desconcierto, agregó- El abuelo les invitó.
-Qué bueno, mi cielo- le sonrió con su gesto torcido Edward- Ahora, ve a desayunar. Yo debo prepararme y cambiarme. En seguida estaré con todos- le prometió besándola en la frente.
-Te esperamos abajo, papá- le dijo Sara antes de saltar al piso y salir corriendo como una exhalación directa hacia la cocina.
Una vez solo, Edward comenzó a despojarse de sus ropas: una camiseta de color verde y sus vaqueros. Pero de pronto recordando su hermoso sueño, introdujo la mano en uno de los bolsillos traseros del pantalón gastado, sacando de su interior el pañuelo amarillo, que todavía conservaba la joya de la mujer de sus sueños.
Había llevado siempre consigo aquella prenda desde la noche de la fiesta de la Fundación Swan, mes y medio atrás. Abrió el bordado y contempló con detenimiento por unos instantes el diminuto corazón.
Lo hizo girar entre sus dedos finos. Estaba sucio e incluso tenía restos de lo que parecía ser sangre. Tal y como sucedía en su sueño, el broche se había roto. Pero a pesar de todo, pudo ver cómo en la parte de atrás había impresa una pequeña inscripción, de manera casi imperceptible.
Para mi Bella con cariño, E.
Más abajo se encontraba la fecha:
13 de septiembre de 2005.
Edward volvió a ceñirlo sobre el suave envoltorio ocre y lo depositó dentro del pequeño joyero situado en el centro de la cómoda; prometiéndose que pronto lo llevaría a arreglar para poder regresárselo a su legítima dueña: Bella Swan. Jurándose que pronto estarían juntos de nuevo como el aquel sueño. Y para ello, debía comenzar por hablar con su padre…
Posteriormente, se despojó de su ropa interior y se adentró en el baño para darse una ducha rápida y así despejarse del todo.
Mientras, en el piso de abajo, todos se encontraban reunidos en contorno de la enorme encimera de mármol blanco, que dividía la estancia en dos partes equidistantes.
A la derecha se encontraban Esme y Sue dando los últimos retoques al sabroso desayuno. Esme sacaba las últimas tostadas crujientes de la tostadora, mientras Sue continuaba cocinando algunas tortitas con sirope para la pequeña Sara. La cual se encontraba correteando por la pequeña terracita que daba acceso a la piscina climatizada con Seth, que había ido a informar a Jasper de las últimas novedades y, de paso, a saludar a sus amigos los Cullen.
Una vez, la nana terminó con las tortitas se dispuso a darle su biberón a la pequeña Blanca, que permanecía sentada en su trona, observando con atención todo a su alrededor.
Carlisle leía atentamente las noticias en el periódico a la vez que se tomaba su café a pequeños sorbos, sentado en una de las esquinas. O al menos, en apariencia; pues no apartaba su mirada de su esposa ya que, tras volver del hospital, había conversado con Esme para contarle toda la verdad y habían pasado horas hasta que había conseguido tranquilizarla y hacer que su llantina amainase poco a poco. Ahora estaba algo más serena, pero sin emitir palabra.
Alice y Rosalie se encontraban enzarzadas en una conversación con Ángela para tratar de convencer a la última de hacer una gran "baby party", pues la de ojos dorados se encontraba en su séptimo mes de gestación, esperando a su segundo vástago.
Emmet estaba en la esquina opuesta a su progenitor devorando la mitad de sus tortitas y las de Rose. Ésta se encontraba sin demasiado apetito, concentrada en la conversación con las dos mujeres:
-¡Decidido, iremos a Port Ángeles a por todo lo necesario! ¡Pasaremos un día de chicas!- exclamó la doctora Brandon entusiasmada saltando sobre sus pies como si fuera niña chica.
-No sabes dónde te metiste, Angie- le señaló Emmet con tono asustado y mirada atemorizada.
La "duende" de ojos negros le lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada. Jasper que había llegado de la piscina en ese momento, tras haber estado haciendo unos largos, propuso:
-¿Por qué no vamos de acampada nosotros: día de chicos?- y después le guiñó el ojo a su pareja.
-Por mí de acuerdo, pero deberíamos preguntarle a Edward- contestó Em- Justo en ese momento el aludido, como si supiese que lo llamaban, traspasó la puerta con paso lento, reclinado sobre su bastón.
-¿Preguntarme sobre qué, chicos?- inquirió con los ojos entrecerrados, las ideas de Emmet solían salirse de madre a pesar de que, en un principio, pareciesen inofensivas.
-Estamos planeando un día de chicos, ya que ellas planean ir de compras- respondió Jasper- Llamaré a Jacob, podría ser nuestro guía y enseñarnos todo esto- propuso el rubio. Sin esperar respuesta, comenzó a marcar en su teléfono móvil.
-Vale, por mí de acuerdo- aceptó. Y acercándose hacia la barra comenzó a saludar a los señores Cheney que se habían casado tres años antes-. ¡Angie, cuánto tiempo! Estás preciosa- dijo dándole dos besos-. Ben ¿cómo te va?- Y le tendió la mano en un suave apretón- Después se dispuso a servirse unas cuantas tortitas con nata y una taza de café recién hecho.
-Bien, gracias- le contestaron con una sonrisa y tono de sorpresa.
Edward correspondió con otra mueca en respuesta; sin embargo, de pronto, se vio invadido por un aguijonazo de inquietud y abatimiento tal, que le resultó difícil de controlarse.
Observó a todas las parejas a su alrededor y, entonces, fue cuando advirtió que él era el único que permanecía solo y sin pareja. Por lo que, sin saber bien por qué, sintió cómo la tristeza caía sobre sí cual la mayor de las losas, aprisionando su desolado corazón en su pecho.
« ¿Bella, dónde estás? Dime dónde estás, amor. Te necesito tanto…» Se lamentó en su fuero interno- « ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde debo buscarte, amor mío?»- inquirió con miedo. Se sentía perdido, desorientado y ansioso por recuperar a Bella.
Quiso gritar y preguntar a todos y cada uno de los presentes por ella; pero, al mismo tiempo, deseaba salir de la cocina y correr hasta la sala del piano. Ahí se sitió seguro y arropado, envuelto por las melódicas notas que surgían de manera subconsciente de entre sus dedos.
Pero, en lugar de seguir sus impulsos, se instó a permanecer en la sala, sereno. No quiso asustar ni enturbiar la paz y la alegría que reinaba en ese momento. Por lo que, tomando su plato de tortitas, comenzó a comérselas con parsimonia; mientras sus manos temblaban de manera imperceptible.
Entonces fue cuando escuchó el leve susurro en su oído de la más dulce voz, la voz de su Bella. La cual le proporcionó quietud y esperanza a su alicaído corazón:
-Edward, amor, sosiégate. No te aflijas, mi amor. Todo se arreglará… Sigue los dictados de tu corazón, Edward, y pronto estaremos juntos…
-¿Te encuentras bien, hijo?- le preguntó Esme con voz agitada, mientras le tendía otro plato de tostadas delante de él.
-Sí, mamá. Ahora, sí- le dijo sonriéndole con verdadera alegría en su semblante; pues se sintió más tranquilo y esperanzado.
Edward sonrió de nuevo para que no se preocupase.
Carlisle había abandonado la cocina hacia el despacho, mientras había tenido lugar el pequeño intercambio entre madre e hijo. El resto parecía no haberse percatado de nada, sumergidos en sus conversaciones los unos con los otros:
-¿Puedo ir yo también?- preguntó Ben, antes de meterse el último bocado de tostada en la boca-. Las compras con Alice me han dado miedo- todos se echaron a reír en respuesta.
-Claro- aceptaron.
-¿Sara, vienes con nosotros o te quedas con Ángela?- inquirió Edward.
-Iré con mamá y tía Alice, quiero ver los trajecitos para mi hermanito- repuso la niña mientras se relamía observando el planto de tortitas que Esme le había colocado sobre su lado de la mesa.
-¡Oh, no la hemos perdido irremediablemente!- exclamó con horror Emmet-. Rosalie le atizó un capón que resonó por toda la estancia-. ¡Ay!- se quejó acariciándose la zona adolorida, y el resto se carcajeaba a sus expensas.
