Pues, chicas, el último capítulo antes del final y el epilogo. Espero lo disfruten y nos vemos el siguiente o en Sobreviviendo...
Gracias por los reviews, favs y follows. Bienvenidas nuevas lectoras.
Cheers!
Soundtrack del Capitulo.
"Tus Besos" by OV7 & Kabah www youtube com/ watch?v=xEnemL0Kp-U
Algunos de los personajes no me pertenecen, provienen de la maravillosa imaginación de la gran Stephenie Meyer; la historia es completamente mía.
Las avenidas, ciudades y barrios de Los Ángeles mencionados en la historia son verdaderos.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Bella POV:
Mayo de 2014.
—¡Señorita Cullen! —me saludó Zafrina.
—Hola, Zaf —respondí con una sonrisa abriendo la puerta de la oficina de mi marido—. Hola, amor.
—Hola, preciosa. ¿Todo bien?
—Si. Vine por ti para ir a almorzar. Tengo antojo de una hamburguesa.
Él rio.
—Me emocionaría si no supiera a qué clase de hamburguesa te refieres, pero por supuesto que iremos a almorzar. Hace mucho que no tenemos un momento a solas tú y yo —me dijo poniéndose de pie con el saco en un brazo y el portafolio en la mano.
—¡Lo sé! Desde que Joey camina la casa es una locura. En este momento no creo que extrañe a Jasper y sus pequeños monstruos.
—Mi vida, los extrañarás. Acéptalo.
Reí.
—¡Está bien! ¡Lo acepto!
Salimos de la oficina tomados de la mano.
—Zafrina, terminamos por hoy. Puedes volver a casa.
—De acuerdo, señor. Hasta mañana.
—Adiós, Zaf.
—Hasta luego, señorita.
Fuimos a nuestro restaurante de comida vegetariana favorito y nos llevaron a la mesa de siempre. Edward ordenó unos burritos vegetarianos con una Coca-Cola y yo una hamburguesa con una naranjada mineral.
—¿Cómo estuvo el último día en la constructora? —me preguntó Edward después de que llegaron las bebidas.
Suspiré.
—Atareado. Más que nada porque Daniel está insoportable, ¡se sigue quejando!
—¿No lleva un año haciéndolo?
—Algo así
—Ese imbécil no puede seguir tratándote así, ¡eres la jefa, por amor de todos los santos! Y, además, una Swan.
—Ese es el principal problema aquí. Hasta cierto punto lo entiendo, ¿sabes? Es el que tiene más experiencia de todos los decoradores, y si yo no hubiera estudiado eso él habría sido jefe. La única experiencia que tengo yo es en las casas y en la empresa, solo soy jefa por ser la hija del dueño.
—La hija consentida, en realidad.
—No me ayudes.
—Tu padre cree en ti, mi vida, si no lo hiciera no te habría dado el trabajo. Desgraciadamente personas como Daniel siempre van a existir, lo que tú tienes que hacer es demostrar lo que eres. Isabella Swan-Cullen, la caprichosa jefa de cien decoradores a la que nadie le puede decir no, y se tienen que acostumbrar.
Sonreí.
—Te amo.
—Te amo, mi hermosa Reina.
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Detuve mi convertible blanco frente a la decoradora, subí el techo y bajé con mi bolso en la mano. Edward me siguió y nos tomamos de la mano para entrar al edificio. Mis hermanos y mi papá corrieron hacia nosotros cuando dimos un paso al interior.
—Hola, chicos —nos saludó papá.
—Hola —respondí, pero no lo miraba a él, sino a la recepción. Había confiado la decoración de todo el edificio al equipo, sin dar una sola especificación de lo que quería, dejé que ellos tomaran las decisiones y, bueno, no me estaban decepcionando. Toda la recepción estaba pintada de blanco, había tres sillones blancos iluminados por la base junto a las puertas de vidrio, un gran escritorio semicircular con dos computadoras plateadas y dos floreros con rosas blancas se encontraba junto a la pared focal que tenía el nombre de la decoradora y... Nada más—. ¿Dónde está mi madrina? —pregunté mirando la pared demasiado vacía para mi gusto.
—¡Oh! —exclamó mi hermano—. Estábamos a punto de colocarla —dijo caminando hacia el escritorio. Tomó un gran marco de fotografía y lo levantó hacia los soportes debajo del nombre. Con mucho cuidado colocó la fotografía, se me formó un nudo en la garganta cuando vi su enorme y cálida sonrisa en la que fue una de las últimas fotografías antes de que su enfermedad la tirara a su cama solo para no volverse a levantar.
Edward me abrazó y me besó la frente. Él nunca la había visto. Mi abuela no soportaba ver una fotografía de su hija fallecida, nos veíamos en la obligación de guardar las que tuviéramos cuando ella venía, con el tiempo comenzamos a olvidar volverlas a colocar, hasta llegamos a poner otras en su lugar.
—Te pareces a ella —me dijo mi marido. Sonreí.
—Era realmente bella —dijo papá—. Por dentro y por fuera. De los cinco hermanos ella era la más increíble, el corazón que a nosotros nos faltó lo tenía ella. No había una sola persona en la ciudad que no la quisiera, se dedicaba a todos antes que a ella y no dejaba que nadie la convenciera de lo contrario. Y, ¿saben algo? La separación de ustedes dos le rompió el corazón, nos decía que algún día se iban a necesitar la una a la otra y que en ese momento nos íbamos a arrepentir de haberle hecho caso a mis padres. Y vaya que lo hicimos cuando llegamos aquí. Tú necesitaste una hermana más que a nadie... —Torcí el gesto—. Mi hermana seguramente se reía de nosotros allá arriba.
Los cuatro reímos.
—¿Qué vas a hacer si la abuela te pide mañana que quites la fotografía? —me preguntó Ilaria.
Suspiré.
—La voy a dejar ahí, donde pertenece —respondí—. Este era su sueño, fue de lo único que habló por más de dos años, no le importaba casarse ni tener hijos, ella lo que quería era decorar; esta es mi manera de cumplirlo.
—Y ella se va a encargar de que tengan éxito, cielo —dijo Edward dándome un beso en el cabello.
—Vamos a seguir recorriendo antes de que llegue el resto para la misa.
Subimos a todos los pisos, revisando todas las oficinas y cafeterías. El edificio completo sería nuestra perfecta carta de presentación, algo que fuera una muestra de lo que podíamos hacer; después de todo seríamos relativamente nuevos, conocían al Departamento de Decoración de la Constructora Swan bajo el mando de Tess Bryant, no a la decoradora bajo mis órdenes. Íbamos a tener un gran reto para comenzar.
El resto de la familia y mi mesa directiva llegó minutos antes de que lo hiciera el sacerdote. Acomodamos algunas sillas en la sala de exhibición, una de ellas tenía un listón amarillo para representar la presencia de mi madrina y otra uno color verde por mi abuelo. A mi abuela le dio un ataque cuando vio la fotografía y esos pequeños detalles, pero no pudo decir nada para convencerme de retirarlos.
Fue una misa corta, pero muy especial por la simple mención de mi madrina y mi abuelo. El padre no dejó que la influencia de ambos en mi decisión pasara desapercibida y solo hizo que todos recordáramos lo que ellos querían para la constructora y, posteriormente, una decoradora. Fue muy útil para los que no lo sabían y los que —como mi abuela— se negaban a entender el porqué de la fotografía de mi madrina en la recepción, donde debería estar una mía.
Después de la misa, mis padres, mis hermanos, Edward, Raoul, Irina, Natasha y yo nos sentamos en la sala de juntas para formar la legislación de la decoradora, el porcentaje de acciones y el escabroso asunto de la sucesión.
Vanessa heredaría Cullen's y lo más justo sería que Joey heredara la decoradora, sin embargo yo no sentía que mi hijo fuera a hacer de la decoración su vocación, quizás Vanessa se interesaría más pero, en teoría, Edward y yo estábamos obligados a involucrarla en el emporio.
—¿Por qué no lo convertimos en algo de padre e hija? —propuso Irina—. Por cómo iban las cosas, hace veinte años hubiera sucedido lo mismo que ahora: el señor Albert en la constructora y Elizabeth con una decoradora. Esta vez es Charlie en la constructora y tú aquí.
—¿Jasper y Jacqueline? —inquirió Edward.
—Se queda en los Swan —continuó Natasha—. Tanto Vanessa como Joey tienen el apellido Cullen antes que Swan, Tyler y Jacqueline son los únicos con el apellido como paterno.
—Pero la decoradora es Cullen-Swan —recordó Ilaria—. La constructora Swan no la heredarán ni mis hijos ni los de Bells, pero Tyler y Jacqueline sí...
—Y lo mismo sucede con Cullen's. No veremos a Tyler y Jacqueline al mando del emporio y tampoco a los hijos de Ilaria, aunque ella y Raoul tengan acciones —dijo papá.
—Podríamos hacer esto —dije poniéndome de pie. Tomé uno de los marcadores para el pizarrón blanco—. Jackie, Vanessa, Tyler, Joey y los hijos de Ilaria —enlisté anotando los nombres en el pizarrón—, con una cláusula que aclare que permanecerá de esa manera si Vanessa o Joseph no muestran interés en esto.
—¿No están en la línea de Cullen's? —pregunto Raoul.
—Algo así —respondió Irina—. Se acostumbra a preguntarle al heredero si quiere el nombramiento, el hecho de que Vanessa seguía siendo una bebé cuando Edward heredó nos deja en el limbo, incluso ahora que tiene tres años, ella no te va a decir que sí quiere heredar.
—¿Cuándo puede hacerlo?
—En unos diez años —respondió Edward—. Yo no fui considerado legalmente como heredero hasta los quince años. Esa es la edad mínima.
Todos me miraron, esperando a que dijera algo. Suspiré y tamborileé el plumón en el pizarrón, mirando los nombres de mis hijos y mis sobrinos, pensando en lo que sería mejor para ellos.
—Tomamos la idea inicial de padre e hija, pero no hay heredero legal hasta que todos los nietos de mis padres hayan cumplido los dieciséis. Por ahora Jacqueline es la heredera, ¿todos de acuerdo? —pregunté alzando la mano derecha. El resto imitó mi acción. Asentí—. Siguiente asunto.
Y así de fácil y sencillo se elaboraba una línea de sucesión.
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Me encontré con Edward y el resto de mi familia en el jardín después de cambiarme el traje sastre que usé para el recorrido y la misa por un vestido blanco de mangas cortas con rayas negras.
Un equipo de fotografía entero estaba montado ahí, dirigido hacia una de las paredes con una enredadera.
—¿Me veo bien? —le pregunté a Edward.
—Te ves hermosa.
—¿Mi cabello?
—Amor, estás preciosa.
—¿Seguro?
—Isabella... —rio.
Cuando cumplí diecinueve me hice un cambio de look drástico al teñirme el cabello, naturalmente castaño rojizo, a negro azabache con mechas moradas que conservé desde entonces, y ahora, hacía unas semanas, pasé por otro proceso que aún me tenía escéptica. Fue idea de Ilaria y toda la familia la apoyó: conservé mi cabello negro y me quité las extensiones moradas para degradar de negro, lila hasta llegar al morado en las puntas; me olvidé de mi flequillo y dejaron mi frente libre, y regresé a mi cabello pulcramente lacio en vez de los rizos naturales a los que ya me había acostumbrado. En resultado, terminé con mi melena hasta media espalda, pero solo porque no soportaba tenerlo todo lacio, rizaba las puntas.
Aún no me terminaba de acostumbrar, aunque tenía que confesar que me gustaba, sobre todo después de tener que mirarme al espejo por un mes con este nuevo look. Además, me vengué de mi hermanita. No salimos ese día de la estética de Peter sin que Illy terminara con un corte recto dos centímetros debajo de los hombros y un flequillo lateral. Mi gemelita me odió por una semana.
Mi hermana y yo solíamos combinar nuestros atuendos cuando se trataba de asuntos familiares, y esta vez no fue la excepción. Ilaria usaba un vestido de talle negro sin mangas con falda a rayas blancas y negras. Yo sabía que le encantaba ese vestido porque tenía bolsillos y mi hermana amaba los bolsillos. De hecho, Cynthia ya combinaba con nosotras como una buena hermana Swan, muy a su manera con una blusa blanca sin mangas y falda negra a los muslos.
Cynthia se graduaría el siguiente año y desde ahora ya tenía un puesto en la decoradora como Gerente de Finanzas, que Edward, Jasper y Raoul controlarían hasta su titulación. Sabía que era pronto y que requería a alguien más experimentado, pero quería —y necesitaba— en esos puestos a quienes pudiera incluso confiar hasta la vida de mis propios hijos, ¿y quién mejor que mi familia y mis amigos más cercanos? Si iba a contratar a un recién graduado, iba a ser Cynthia, nadie más.
Tomar las fotografías de la mesa directiva y el consejo nos tomó todo el resto del día, terminamos justo a la hora de cenar, y los niños definitivamente nos estaban odiando por esos cinco minutos de retraso que nos llevó despedir al equipo de fotografía. Ninguno de los cuatro podía ser más Swan en ese momento, de verdad.
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En mi vida había estado tan nerviosa como hoy, y empeoraba el hecho de que todos los posibles malos escenarios se pasaban por mi mente, me enloquecía pensar que algo pudiera salir mal porque a mí nada me salía mal y hoy no sería la primera vez que fallaría. Por supuesto que no.
Edward, mis padres y mis hermanos más que nerviosos estaban preocupados, no solo por las mismas razones de mi nerviosismo, sino también porque las probabilidades de que terminara teniendo una crisis de asma eran más altas cuando estaba de estos ánimos, sobre todo porque no podía tomarme ningún sedante suave que no me durmiera, ya no me servían, en realidad, nunca me sirvieron. Así que estaba metida en un severo problema.
—Respira hondo —me dijo Marcus, mi doctor, con el estetoscopio en mis omoplatos mientras Peter me arreglaba. Peter retiró la brocha de la sombra de mi parpado derecho e hice lo que mi doctor me ordenó—. Otra vez, inhala por la nariz y exhala por la boca. Estás bien, niña, solo tienes que calmarte.
—Si fuera tan fácil, no estarías aquí —solté. El médico rodó los ojos y mi marido, que había estado al margen de la situación recargado en el marco de la puerta de nuestro vestidor, sacudió la cabeza con diversión. Él ya estaba listo con su original traje color uva.
—Gracias, Marcus —le dijo Edward.
—No es nada. Suerte. Cálmate —me repitió. Le enseñé la lengua. Él rio y salió de la habitación palmeando un hombro de Jasper que apenas había llegado con un plato a rebosar de comida.
—Pan francés y rollos de canela —me dijo mi hermano dejando el plato en el tocador frente a mí.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer, amor, será un día muy largo y no puedes estar en ayunas —me regañó Edward acercándose a nosotros.
—Lo que necesito es un trago.
—En eso estoy de acuerdo —soltó Peter.
—Come —insistió Jasper señalando el plato. Se inclinó hacia mí—. Y tengo una botella de tequila de Zapopan que promete —me dijo y después me guiñó un ojo. Reí.
—Jasper, no me ayudes... —masculló Edward más divertido que molesto.
Sonreí.
—¡Oye! ¡Funcionó! —exclamó Jasper y chocó puños con mi marido.
—¡Basta! —grité entre risas—. Los amo a los dos.
Ellos sonrieron y me dieron un beso en las mejillas.
—Bueno, bueno, bueno —masculló Peter—. A un lado que tiene que desayunar y yo debo terminar de arreglarla. Vayan a ser útiles en otra cosa.
—Yo me quedaré aquí, si no te molesta —dijo Edward.
—Mi amor, estoy bien, de verdad. Ve con los niños, anda.
—No lo sé...
—Vamos, cuñado, esta revoltosa no se va a morir hoy —dijo Jasper. Le lancé una de las brochas que estaban sobre el tocador.
—Iré por los niños y vendremos para hacerte compañía —me dijo Edward.
Sonreí.
—Está bien.
Edward fue y regresó con nuestros hijos. Vanessa ya usaba el vestido morado de encaje y Joey llevaba una camisa azul, con pantalones cortos color blanco y zapatitos azules. Mis niños me dieron un beso en las mejillas antes de que Edward los llevara a la cama.
Peter me peinó mientras comía lo que el nudo en el estómago me permitía recibir. Terminé dos de cinco piezas de pan y un rollo de tres, pero fue todo lo que pude hacer. Edward, en realidad, quedó tranquilo, al parecer comí más de lo que esperaban.
Peter me dejó ir con una coleta despeinada y un maquillaje ligero. Iba a vestirme cuando Jasper irrumpió en la habitación, ya usando su traje azul y llevando una botella de tequila y dos vasos tequileros.
—De acuerdo, tortolitos, solo un trago —dijo. Sirvió el tequila en los vasos, me dio uno y el otro se lo dio a Edward. Los dos nos bebimos nuestro tequila de un jalón. Estaba muy fuerte y me raspó la garganta. ¡Agh! Yo me refería a un vino. Jasper rio cuando Edward y yo nos quejamos—. Lo siento, es natural. ¿Estás bien? —me preguntó.
—Espera a que esa cosa haga su trabajo. Iré a vestirme —dije. Le di un beso a Edward y corrí al vestidor donde mi ropa estaba arreglada, colgada fuera de uno de los clósets. Me coloqué la blusa, la falda de lápiz a las rodillas y los tacones negros. Me miré al espejo y asentí cuando me aseguré de que todo estuviera perfecto.
Bajamos y nos encontramos con el resto de la familia, ya todos listos y visiblemente nerviosos. Puesto que era una inauguración de mediodía los atuendos eran sencillos. Mis padres decidieron combinar con el traje negro tradicional de papá y el conjunto blanco y negro de mamá. Ilaria y Raoul hicieron su parte, ella con un conjunto de blusa roja sin mangas y falda beige, y él con un traje beige con corbata roja. Seth llevaba una combinación de pantalones beige, camisa blanca y saco verde sin corbata. Cynthia se veía fantástica con una blusa básica blanca, una falda de rayas blancas y azules y un blazer fucsia. Natasha combinó con mi hermano con un top gris, una falda azul claro y un cárdigan gris. Tyler, con sus cinco años recién cumplidos, llevaba una camisa de cuadros, pantalones de mezclilla, zapatos azules y, lo mejor, una fedora azul. Y por último, Jacqueline usaba un vestidito azul con mocasines cafés.
Mis padres fueron los primeros en salir con Seth, seguidos de Jasper, sus hijos, Natasha y Cynthia. Ilaria y Raoul se fueron antes que nosotros. Y justo después de asegurar a nuestros hijos en el coche, salimos a la decoradora.
Edward me tomó una mano, me besó el dorso y la frente cuando apoyé la cabeza en su hombro.
—Todo saldrá bien —me dijo. Sonreí.
—Me siento un poco mal —murmuré algo agitada.
—¿Tienes tu inhalador? —Asentí—. Úsalo, mi amor.
—No es eso. Tengo náuseas.
—Livaldo, ¿trajiste agua?
—Sí, señor —respondió el chofer. Bajó la velocidad mientras se inclinaba hacia la guantera de donde sacó una botella de agua y se la dio a Edward, quien la destapó y me la tendió. Bebí casi media botella de un solo trago. Edward tomó mi clutch negro, sacó el inhalador y me lo dio.
—¿Mejor? —me preguntó.
—Sí. Andando.
Retomamos nuestro camino y llegamos en menos de veinte minutos. Lo primero que vi fue el otro lado de la calle que estaba repleta con la prensa. Edward y yo nos miramos, me besó la frente y abrió la puerta para bajar, me tendió la mano y me ayudó a salir. Él bajó a Joey y yo a Vanessa, mis niños saludaron a la prensa con picardía, encantándolos a todos. Edward y yo sonreímos y los llevamos hacia la acera de la decoradora, donde nos esperaba Kebi.
Esto no fue una inauguración estilo Cullen ni estilo Swan porque lo que queríamos era desvincularnos completamente del emporio y la constructora. El éxito o fracaso de esto sería totalmente mérito mío, de las chicas y todos los trabajadores, de nadie más. No había sillas ni un podio afuera, y tampoco más decoración que el moño morado en la entrada del edificio. Kebi lo retiró de un lado para que pudiéramos pasar.
—Llegaron justo a tiempo —nos dijo Kebi.
—Culpa mía, lo siento —me disculpé.
—¿Estás bien? Te ves un poco verde.
—Náuseas —me quejé.
—¿Comiste algo?
—Sí, ¿crees que fue por eso?
—Son solo los nervios, Bella. Relájate que todo está bajo control. Esta inauguración saldrá mal solo sobre mi cadáver.
Rodé los ojos con diversión.
—Mírame —me dijo mamá tomándome el rostro entre sus manos. Hizo una inspección exhaustiva tocándome y besándome la frente—. Sí, mi nena, son solo los nervios. No tienes fiebre.
—¿Me veo como me siento?
—Bueno, te ves preciosa, eso es un hecho —dijo. Reí.
—Gracias.
Los invitados llegaron poco a poco, hicimos que los meseros salieran con bebidas frías para hacer más llevadera la espera mientras terminaban de llegar todos. Y lo hicieron justo a la una y media de la tarde, la hora en la que esperábamos comenzar la inauguración. Nos acomodamos en una perfecta y derecha línea para salir cuando las puertas se abrieran.
—Bien, es hora, ¿listas? —me preguntó Kebi.
—Mucho.
—Puertas —indicó hacia los enormes guardias. Ellos abrieron las puertas y salimos colocándonos detrás del lazo. Saludamos con la mano y sonrisas a todos, y pedí el micrófono cuando los aplausos iban disminuyendo.
—Muchas gracias por estar aquí hoy. Esperamos que lo que están por ver en nuestra exhibición sea de su agrado y les muestre lo que podemos hacer aquí. Sin más preámbulos, bienvenidos —dije. Le regresé el micrófono a Kebi quien nos dio unas tijeras a cada una. Cortamos el listón en partes, siendo fotografiadas en cada segundo. Los aplausos se volvieron a alzar cuando terminamos. Regresamos las tijeras y los pedazos de listón para posar para algunas fotos antes de permitir la entrada. En la recepción nos tomamos otras fotos con la fotografía de mi madrina y los llevamos a todos en un recorrido a la sala de exhibición.
Edward no me dejaba sola, seguro preocupado por lo que estuve pasando desde que nos levantamos. No me sorprendería tener otra crisis justo aquí y ahora.
—¿Cómo estás? —me preguntó Edward.
—Un poco más tranquila. Todavía falta la ceremonia así que...
—Solo respira —me dijo. Asentí.
Media hora después estábamos en la sala de conferencias, listos para la parte oficial de la inauguración. Estaba decorada con toda la pompa que esto requería. Teníamos una gran marquesina en la que se leía GRAN INAUGURACION, en las paredes se encontraban fotos de la mesa directiva y el consejo, que en unos días serían reemplazadas por las que tomamos ayer, y en la pared detrás de nosotros había otra foto de mi madrina y una de mi abuelo, que si bien nos desvinculábamos de la constructora, el hecho de que la sucesión sea de padre e hija tenía mucho que ver en la influencia de ellos.
Como Irina había dicho ayer: si mi madrina hubiera vivido para crear su decoradora con mi abuelo aún al mando de la constructora también habría sido un asunto de padre e hija, lo que resultaba un poco intimidante porque no había duda de que yo hubiera heredado, puesto que mi madrina no esperaba tener hijos y Jasper era un negado para esto. Y volvíamos a lo mismo. Cada vez me convencía más de que tener a Jacqueline como primera en la sucesión era una excelente idea.
—Por favor, damas y caballeros, tomen asiento. Estamos por comenzar —dijo Kebi detrás del podio blanco con el logo de la decoradora. Los asistentes se sentaron casi inmediatamente y las puertas se cerraron—. Gracias y bienvenidos. Están por conocer a la mesa directiva y el consejo, y para comenzar, por favor recibamos con un fuerte aplauso al señor Charlie Swan.
Papá se puso de pie y caminó al podio abotonándose el saco.
—Muchas gracias —dijo al micrófono. Papá agradeció a todos en nombre de la familia por asistir, aclaró también que no tendríamos nada que ver una empresa con otra más que el apellido y se encargó de anunciar la legislación a la que llegamos ayer y, lo más importante, la sucesión—. Igualmente es mi deber informar que la línea de sucesión a la dirección de la Decoradora Swan se decidió en el siguiente orden: Jacqueline Isabella Swan, Vanessa Andreina Elizabeth Cullen-Swan, Tyler Alexander Swan y Joseph Albert Frederick Cullen-Swan, a los que posteriormente se les unirán los demás niños nacidos dentro de la familia Swan-Higginbotham, es decir, aquellos que cuenten con los apellidos Swan, Cullen-Swan y Parker-Swan. De esta manera también informo que esta línea será legalmente oficial el día que el último de estos niños cumpla los dieciséis años —terminó, y con un asentimiento se retiró del podio y volvió a su lugar.
Kebi regresó y presentó a mi hermana como la vicepresidenta de la decoradora quien dio el informe de objetivos a lograr en el primer año y, además, presentó al resto de la mesa directiva y el consejo, todos menos yo, porque me presentarían hasta el final. Y cada vez me estaba poniendo más nerviosa.
—Damas y caballeros, el señor Edward Cullen —anunció Kebi. Hubo más aplausos mientras Edward se ponía de pie abotonándose el saco uva.
—Gracias —dijo mi marido—. Como hace unos minutos lo dijo el señor Swan, éste es un día muy importante para nuestra familia, lo hemos estado esperando desde hace mucho tiempo y nos emociona que por fin haya llegado; y vaya que ha sido largo —soltó haciéndonos reír. Me sonrojé mirando hacia mi regazo—. Cuando me dijeron que yo haría esto en lo primero que pensé fue en qué diría, soy malo para preparar discursos, ni siquiera fui capaz de escribir mis votos y estuve a punto de no casarme por eso —contó, volvimos a reír—, y esos otros discursos de los que no hablaré ni siquiera los pensé yo, pero es un secreto. —Sacudí la cabeza con diversión—. Cuando se trata de algo así es mejor hablar con el corazón, y más cuando se trata de alguien tan importante como la persona que estoy por presentar. Ella es la mujer más estresante, insoportable, maravillosa e increíble que puedan conocer, y es por eso que estamos aquí; no se rinde y un proceso de planificación con ella pasará a la historia como una de las peores torturas de la humanidad, créanme, en los últimos cinco años he tenido muchos de esos. —Solté unas risitas y le enseñé la lengua—. No me queda más que decir que no sea esto: buena suerte, mi amor, siempre estaremos detrás de ti apoyándote incondicionalmente. Te amo —declaró y le soplé un beso—. Damas y caballeros, es un enorme placer para mí presentarles a la presidente de la Decoradora Swan-Cullen; mi hermosa esposa, Isabella Swan-Cullen.
Me puse de pie al mismo tiempo que el resto de los presentes me seguían con sus aplausos. Abracé a Edward cuando llegué a su lado y me reí en su oído cuando me levantó del suelo.
—Eres un idiota —murmuré entre risas. Nos dimos unos besos en las mejillas—. Gracias, gracias —dije indicando a todos que se sentaran con unos gestos de manos—. Mi amor, gracias por esas palabras. Me las vas a pagar al rato —solté haciendo reír a todos—. Guau —suspiré—. Definitivamente ya no podíamos esperar por este día, es... uno de los mejores días de toda mi vida, y no puedo creer que ya esté aquí. Es un mes muy importante en mi familia, en dos semanas mi hijo cumple su primer año y un miembro muy especial se gradúa, pero también, hoy se cumplen quince años desde que una mujer increíble nos dejó, mi madrina: Elizabeth Florencia Swan, quien de hecho está literalmente detrás de mí en este momento. Ella quería hacer esto, su mayor deseo en toda su vida fue crear una empresa, aparte de la constructora, especializada solo en la decoración de exteriores e interiores. Yo tenía nueve años cuando ella se fue, ya me gustaba la decoración y ya era el nuevo demonio en mi familia, pero no pensé en crear una empresa hasta hace cinco años cuando, en términos prácticos, volví a creer en mí, gracias a él —agregué señalando a Edward.
»Es un gran paso, y yo muy joven, pero sé que estoy en el lugar y momento correctos. Será un reto y estoy lista, con todas estas increíbles mujeres a mi lado para afrontarlo, y les daré competencia a ustedes tres —dije agitando el dedo índice hacia mi papá, mi marido y mi hermano. Ellos asintieron—. Y que se cuiden los decoradores que no trabajarán aquí, ¡porque los haremos trizas!
—¡ESA ES MI CHICA! —gritó Edward poniéndose de pie y aplaudiendo.
