Capitulo 35
Es de valientes reír
cuando el corazón llora
—¡Cómela! —La orden de Albert se me atragantó, igual que lo hizo la galleta salada con jengibre que intentaba pasar a través de mi garganta.
Lo miré con la furia brillando en mis ojos y torcí la boca. No conseguí ni un ápice de conmiseración hacia mi persona, así que dulcifiqué el gesto y batí las pestañas, intentándolo por medio de la seducción más descarada. Albert enarcó una ceja y me miró con grata diversión.
—No funciona, Candice, no te esfuerces. Conseguiré que tragues esa maldita galleta, aunque sea lo último que haga.
—No te servirá de mucho —contesté desafiándolo—, dentro de un momento estará junto a las otras dos en el fondo de la bacinilla.
Nos miramos fijamente, evaluando nuestras opciones de victoria, y, por un instante, olvidé las profundas náuseas.
Con un gesto de indolencia, él mismo recogió el orinal de porcelana, decorado con filigranas de oro, para posármelo sobre las piernas. Lo miré con tanta ira, que a cualquier otro lo hubiera hecho recular un paso, pero Albert, después de nuestra conversación mantenida la noche anterior, volvía a tener las ideas claras y una férrea voluntad patente en cada rasgo de su cuerpo. La puerta se abrió de improviso y mi hermana entró caminando a paso rápido, con una clara expresión de felicidad en su rostro. Me fijé en Terry, que todavía seguía con el puño levantado, con intención de avisar de su llegada. Suspiró con resignación y siguió a su esposa.
—Tienes todavía peor aspecto que ayer. —Fue su saludo.
—Buenos días, a ti también, Catlyn —mascullé, llevándome un vaso de agua a la boca, intentando por todos los medios digerir el desayuno.
—No puedes decir que no —continuó, ignorando mi gesto desganado.
Eso ya me indicaba que lo que tuviera que anunciar no me iba a gustar en absoluto.
—No.
—Candy, no seas aguafiestas. Esa palabra hoy está prohibida.
—No. —Repetí con obstinación, mientras observaba de reojo cómo Terry le pasaba a Albert una misiva en la que brillaba el sello real.
—Terry ha recibido indicaciones precisas del Pretendiente que…
—No —dije de nuevo, y me volví para interrogar con la mirada a mi marido. Había leído con rapidez la carta y su rostro era ahora impenetrable.
—¡Por Dios, Candy! —Mi hermana arrancó de las manos de Albert la misiva real y me la mostró, poniéndola entre la galleta odiosa y yo, algo que por fortuna agradecí—. Una fiesta, nos invitan a una fiesta en Holyrood. No puedes negarte.
—No —exclamé con más energía.
—Estamos obligados a ir, léela tú misma. —Sonrió de forma suficiente y burlona, y yo apreté la mandíbula.
—Ni siquiera está Charles en Edimburgo. No tiene sentido que se celebre ningún baile —afirmé con la carta sujeta en las manos.
—Eso es cierto, pero no todos lo saben —dijo Terry, mirando de soslayo a Albert.
—¿Qué es lo que tramáis? —inquirí, olvidando mi malestar por algo más interesante.
—A veces estamos obligados a cumplir órdenes que no son estrictamente militares —explicó Terry—. Esta es una de ellas. Necesitamos reunir al mayor número de comerciantes y burgueses adinerados para intentar conseguir financiación para el ejército.
—Léela, es perentorio que acudamos —insistió mi hermana, señalando la carta. Volví la vista un momento, para descubrir que Albert tenía una expresión impasible. Me armé de paciencia e incliné el rostro hacia la misiva.
—¿Ha caído Manchester? —pregunté, algo despistada, leyendo las primeras frases.
—Por supuesto, hoy es treinta de noviembre, ¿es que no oíste repicar las campanas hace dos días? —respondió mi hermana, como si yo realmente fuera tonta.
—La verdad es que tenía otras cosas más importantes en las que ocuparme —murmuré, siguiendo con la vista las indicaciones para la recepción que se debía celebrar aquella misma noche en el palacio, y de la que ya se habían enviado las invitaciones correspondientes.
—¿Puedo quedármela? —inquirió mi hermana a Terry, que conversaba en susurros con Albert, algo apartados—. Estoy segura de que a Aonghus le encantará guardarla como recuerdo.
—No creo que haya problema —afirmó Terry, con el tácito asentimiento de Albert, que seguía mostrando una expresión insondable.
—Casi me parece estar escuchando su voz —musité, oyendo a un hombre cantar The yellow haired laddie, la tonadilla que se había hecho famosa por el sargento Dickson, un preso de Prestonpans que reclutó a casi doscientos hombres en Manchester y que se enfrentó en solitario a la población, enarbolando el mosquete, hasta que un grupo de Highlanders tuvo que acudir en su ayuda. Recordaba perfectamente la historia que nos contó Sergei, con la broma a costa de la ciudad por haber sido tomada por un sargento, un mosquete y una niña.
—Sí, es cierto. —Mi hermana se acercó a la ventana—Parece su voz —murmuró asomándose, para retirarse con gesto de horror—. ¡No! —exclamó, y me miró abriendo los ojos como platos.
—¿No estaba prohibida esa palabra? —farfullé, sintiendo que las galletas pugnaban por salir, a la vez que me inclinaba sobre la bacinilla con profundas arcadas. Sentí que una mano me recogía el pelo y oí la voz de Terry que habló a mis espaldas.
—Tranquila, Candy, pasará pronto —murmuró, mientras Albert me acercaba un pañuelo, empapado en agua con esencia de lirios, para que me lo pusiera bajo la nariz, como un burdo sustituto de las sales que solía utilizar la tía Marguerite.
—No, no pasará —expresé con voz ronca, recogiendo en mi mano la de Catlyn que había comenzado a temblar como una hoja—. De hecho, acaba de empezar —musité, levantando la vista.
Estábamos perdidas. Aonghus era nuestro enlace en el ejército, él se encargaba de enviarnos a soldados para que los atendiéramos, a espaldas, por supuesto, de sus capitanes Albert y Terry, corriendo un gran riesgo en esa aventura. Me levanté, tambaleándome, y me apoyé en mi hermana.
—¿Dónde crees que vas? —Albert me sujetó, advirtiendo algo extraño, mientras Terry paseaba la mirada de la una a la otra con desconfianza.
—A recibir a Aonghus, es un invitado —contesté, casi saliendo a la carrera.
Albert y Terry nos siguieron maldiciendo en gaélico, mientras nosotras intentábamos desesperadamente pensar algo para distraer la atención sobre los recién llegados.
Entramos por la puerta lateral de las caballerizas, y el fuerte hedor a estiércol y animal me envolvió de tal forma que me vi obligada a respirar fuertemente por la boca para evitar ponerme en evidencia de nuevo. Intentamos hacerle gestos a Aonghus, que nos recibió saltando de la carreta con el rostro sonriente, advirtiéndole de que no estábamos solas.
Al ver a Albert y Terry a nuestra espalda, recompuso el gesto y sonrió con más amplitud.
—Catly, veo que el estado de buena esperanza te sienta cada día mejor —saludó, dándole un beso en la mejilla a mi hermana.
Se me olvidó por completo la razón por la que estaba allí y me volví con incredulidad hacia ella.
—¿También lo sabe él? —espeté, furiosa.
—Hummm… —Fue su respuesta.
—¿Y tú? —Encaré a Albert, que miraba desafiante la lona de la carreta de Aonghus—. ¿También lo sabías?
—Sí —contestó brevemente, observando un ligero movimiento de la tela, que el sacerdote disimuló situándose delante y extendiendo su capa, haciendo volar con ello virutas de paja que quedaron un momento suspendidas al trasluz.
—¿De cuánto estás embarazada? —pregunté finalmente a mi hermana.
—De… unos cuatro meses… creo… Aquí es un poco difícil saber con exactitud las fechas —masculló algo avergonzada.
—¿Cómo? —exclamé iracunda y a la vez sintiéndome como una tonta al no haber visto ninguna señal.
—En cambio tú, Candice, tienes el color verde de las algas del lago Linnhe. ¿Estás enferma? —inquirió con curiosidad Aonghus, sin moverse del sitio, desafiando con su postura a Albert, que parecía totalmente concentrado en la carreta.
—Está embarazada —dijo Albert sin apartar la vista.
—¡Loado sea el Señor! ¡Un pequeño Andrew al final!—Aonghus mostró su alegría, elevando los brazos al cielo.
—Dos —musitó Albert, acercándose sigilosamente a la carreta, sin que nada lo distrajera de su objetivo final.
—¿Dos? ¡Qué gran noticia! —Y Albert consiguió alcanzar la lona, esquivando a su oponente, y la levantó con un movimiento brusco.
—A Dhia! —bramó, tirando del brazo de un joven soldado que se escondía agazapado entre barricas de whisky—. ¿Dé dónde sales tú?
—Del… del frente… —tartamudeó el joven, trastabillando. Estaba descalzo, vestido de forma harapienta, y su rostro lampiño, pálido y delgado, demostraba su inexperiencia y pobreza. Miró atemorizado hacia la imponente figura de mi marido, que resopló y giró sobre sus talones para enfrentarse a Aonghus.
—¿Cómo te has atrevido a hacer algo así? Es alta traición, estás ayudando a desertores —gritó—. Y por si eso no fuera suficiente, te has atrevido a inmiscuir a mi mujer y mi cuñada en esta empresa.
Aonghus se retrajo levemente y abrió la boca para contestar. Antes de que intentara cubrirnos, lo interrumpí.
—No ha sido él, hemos sido nosotras. —Sujeté con fuerza la mano de mi hermana y ambas levantamos el rostro para enfrentarnos a la dureza del de nuestros maridos.
—Es una simple parada en boxes, reponer fuerzas, cambiar las bujías y otra vez a la carrera —murmuró mi hermana, observando al joven que parpadeaba con gesto confundido.
—¿Cajas? ¿Bujías? ¿De qué demonios estás hablando?—Terry miró a un lado y a otro buscando algo inexistente y por fin, estupefacto, fijó la vista en mi hermana.
Albert respiró hondo, entornó los ojos y se pasó la mano por el pelo con furia contenida. Dio dos grandes zancadas a un lado, giró y volvió a repetir el proceso. Finalmente, se plantó frente a nosotras con los brazos cruzados.
—¿Sabes a lo que te enfrentas si nos descubren? —murmuró roncamente.
Asentí con la cabeza.
—Míralo. —Dirigí la vista hacia el joven, que se sujetaba a la madera de la carreta con gesto aterrorizado—. Es solo un niño.
—Tengo… tengo dieciséis años, señora —pronunció el joven tartamudeando.
—Lo ves, solo un niño. —Insistí, y me gané el gesto adusto del joven y un resoplido de Albert, sobre mi rostro.
—Estáis desangrando el ejército. Necesita todos los hombres disponibles, ya ha habido muchas deserciones y este joven no es un niño, es un soldado. Yo a su edad ya había participado en dos batallas —abroncó, sin perder un solo instante el contacto con mis ojos.
—Estamos salvando vidas, Albert. No me harás cambiar de idea —afirmé con seguridad, aunque noté cómo temblaba mi mano entrelazada con la de mi hermana.
—Y tú, Aonghus, ¿cómo es posible que te hayas dejado embaucar así? —inquirió, acercándose a él.
—Todos son criaturas de Dios —contestó el sacerdote con una expresión beatífica en el rostro. Apreté los dientes y me mordí un labio ante la estupenda interpretación.
—Candy, ¿cuándo entenderás que haciendo este tipo de cosas solo te pones en peligro una y otra vez? —No era una pregunta, así que no la contesté.
—No me juzgues, Albert. Sé lo que has estado haciendo antes y durante la campaña del ejército, conozco los códigos, cada nombre y cada nuevo desplazamiento. Puede que no me permitas moverme de Edimburgo, pero no me vas a mantener al margen de los acontecimientos —argumenté, intentando aparentar tranquilidad.
—A… agua —pidió, empalideciendo aún más el joven soldado.
—Toma, hijo. —Aonghus le ofreció una petaca de whisky—Esto te hará resucitar… o te matará… Lo bueno es que tienes un sacerdote junto a ti y que morirás con una sonrisa.
El joven se atragantó y abrió los ojos, mirando de forma temerosa a los que lo rodeábamos. Terry, recuperándose por fin de lo que había presenciado, se acercó a él y le tendió una manzana que llevaba escondida entre los pliegues de su kilt.
—Cógela, muchacho, ven conmigo y cuéntame qué sucede en Inglaterra —dijo, y tiró de Catlyn para que lo siguiese.
Albert resopló de nuevo y me cogió el rostro con las manos. Respiró solo a unos centímetros de mi boca y yo aspiré su aliento, cerrando los ojos ante la nueva acometida. Sin embargo, sentí sus labios posados sobre los míos con suavidad. Abrí los ojos con sorpresa.
—Tú y yo hablaremos esta tarde sobre lo que estás haciendo—musitó, brillándole el iris azul de forma peligrosa.
Levanté las manos con gesto de rendición.
—Lo siento. Tengo que prepararme para una fiesta —me disculpé, y emprendí la huida hacia la puerta de acceso a la casa.
Tropecé, una vez que comencé a subir la escalera, al engancharse la falda en un clavo suelto, y me incliné para soltar la tela, al tiempo que oía conversar a Albert y Aonghus.
—¿Cómo se lo has permitido sabiéndolo desde hace semanas? —preguntó el sacerdote suavemente.
—Ya la has escuchado. No la puedo mantener al margen, lo único que puedo hacer para protegerla es esconderla en mi casa. —Bebió un trago de la petaca de Aonghus y, tras soltar un profundo suspiro, con voz que ya no denotaba enfado ni furia, añadió—: No es como las demás mujeres.
—En eso, mo charaid, tengo que darte la razón —convino el sacerdote—. Si yo no fuera un hombre entregado a Dios…
—Pero lo eres —lo interrumpió Albert con aspereza, y la risa cristalina y alegre de Aonghus llenó el oscuro espacio de las cuadras, sobresaltando a los animales, que piafaron molestos.
Mientras me cambiaba en la habitación de mi hermana seguía dándole vueltas a la conversación que había oído en las cuadras aquella tarde. No sabía si sentirme enfadada por que Albert nos hubiera descubierto, o agradecida por que comprendiese lo importante que era para nosotras la pequeña labor que hacíamos atendiendo a quienes huían del frente. Lo que sí estaba era sorprendida. Albert era un hombre de claroscuros, de aristas sin definir ni perfilar, rudo en ocasiones y tremendamente dulce en otras.
No lo había visto desde que nos separamos esa mañana, había partido con Terry, reclamado por las obligaciones militares, y yo me había visto en parte impelida a asistir a la fiesta, en reclamo a lo que consideraba una llamada de auxilio por parte de Charles. Sin embargo, aunque las mujeres seguían mostrándose hipnotizadas por el magnetismo del joven Pretendiente y solían caer obnubiladas ante su encanto, los hombres mantenían una discreta atención y eran reticentes a colaborar con la causa, a la que miraban con desconfianza.
—Empiezo a estar demasiado gorda para caber en el corsé.—Catlyn resopló mientras aguantaba la respiración, embutida en un precioso vestido de organza rosa palo decorado con bordados en hilo de plata, tan intrincados que, en ocasiones, era difícil descubrir el color de la tela debajo. El escote cuadrado y las mangas hasta el codo dejaban parte de su nívea piel al descubierto y la falda abullonada caía con gracia sobre las enaguas almidonadas, creando una imagen digna de retratar.
—Estás preciosa —afirmé sonriendo, mientras me contemplaba en el espejo con un vestido similar, en color piedra y no tan efusivamente decorado. Incluso me había atrevido a colorear un poco mis pálidas mejillas y me había dejado peinar por ella, recogiendo mi pelo en lo alto de la cabeza con diminutos prendedores de diamante, prestados por mi madre.
—No entiendo por qué mamá se ha negado a venir—comentó ella, atusándose el cabello, del que colgaba una cinta de raso que le cubría parte del hombro desnudo.
—La verdad es que la envidio —contesté con un suspiro de resignación.
Decidió quedarse en casa, aduciendo que ya había asistido a demasiadas fiestas en su vida, pero ambas sospechábamos que tenía bastante que ver con que George no fuera uno de los invitados. Al día siguiente, los tres regresaban al frente en Inglaterra. La campaña se había detenido en Derby y se volvía a discutir qué rumbo tomar, si continuar la invasión hasta Londres, que solo estaba a doscientos cincuenta kilómetros, o regresar y afianzar posiciones en Escocia.
Albert se mostraba optimista, pero yo sabía que los clanes apoyarían a lord George Murray y volverían a Escocia, pese a las protestas del príncipe.
Llamaron suavemente a la puerta y nuestra madre entró con una sonrisa.
Se detuvo en el centro de la habitación y nos observó con expresión de cariño.
—Si pudiera fotografiaros en este momento… —dijo con tono melancólico—. Tengo la sensación de que estoy asistiendo a vuestro baile de graduación. —Guardó silencio por un instante mientras nosotras nos dirigíamos miradas de agobio—. Tan jóvenes e inocentes —añadió, y pusimos los ojos en blanco—. Aunque en realidad estéis casadas con dos rebeldes escoceses y me vayáis a hacer abuela, con lo joven que soy. —Finalizó con voz ronca.
—¡Mamá! —Exclamamos las dos al unísono.
—Vamos, que os están esperando en el salón —murmuró ella, enjugándose una lágrima y disimulando con gestos enérgicos, para que nos apresuráramos.
Bajamos despacio la escalera, de nuevo acostumbrándonos a los tacones informes con los que caminábamos, y nos paramos frente a Albert y Terry, que permanecían de pie junto a la puerta. También ellos mostraban un aspecto diferente. Se habían cambiado el kilt de caza para lucir el de gala, y ambas contuvimos la respiración. Albert incluso, había hecho el esfuerzo de recogerse el pelo en la nuca con una cinta de terciopelo color musgo, al igual que la chaqueta, que cubría su camisa blanca atada al cuello con una enorme lazada ribeteada con puntillas. No pude apartar la mirada de su rostro, adornado con una sonrisa burlona y divertida. Su aspecto imponente y su apostura de guerrero implícita bajo las ropas lujosas hicieron que exhalara un suspiro entrecortado.
—Mo brathair —dijo Terry en voz baja mientras pasaba la vista de mi hermana a mí—. ¿Cómo sabes cuál es tu mujer?
Catlyn y yo nos volvimos, conteniendo la risa a duras penas.
—Es muy sencillo, Terry —respondió Albert—. Si besas a la que no te corresponde, recibirás una bofetada por su parte. Así que deberías asegurarte.
—No, mejor tú primero —dijo Terry, mirando a una y otra sin decidirse.
Albert caminó con paso firme hacia Catlyn y ambas sonreímos con anticipación. Cuando estaba a un palmo de ella, se volvió de pronto y me sujetó por la nuca, echándome hacia atrás para besarme con pasión. Levanté la mano con intención de propinarle un pellizco y él me apretó la muñeca al vuelo.
—Sé que eres tú, Candy —murmuró junto a mis labios, con un brillo intenso en los ojos—. No podría confundirte ni entre un millar de mujeres.
Terry respiró aliviado, mientras mi hermana carcajeaba ebria de felicidad, al ser por fin libre del confinamiento al que habíamos estado sometidas, y enlazó su mano en el brazo que su marido le ofrecía.
Salimos a la calle, y el golpe de aire frío nos mordió el rostro haciendo que, tanto mi hermana como yo, apresuráramos el paso para subirnos al carruaje que nos esperaba en la puerta. Una vez dentro, me acomodé junto a Albert y corrí levemente las cortinas de terciopelo azul observando el exterior, donde comenzaban a encenderse velas en las casas y las tabernas se llenaban de hombres que no deseaban llegar a sus hogares. El molesto traqueteo sobre el empedrado hizo que se me revolviera el estómago y el olor que me llegó de las calles sucias y el humo de centenares de chimeneas terminó por conseguir que empalideciera por completo. Empezaba a creer que no había sido buena idea asistir al baile, cuando todavía no era capaz de asistir a mi propia persona.
—¿Estás bien? —El tono claramente preocupado de Albert provocó que intentara mostrarme animada y sonriente, mientras cogía de su mano el pañuelo que me ofrecía para aspirar su aroma.
—Perfectamente —mentí flagrantemente.
—Claro —musitó, apretándome la mano helada entre sus dedos cálidos. Me masajeó el dorso de la muñeca y el antebrazo, haciendo que me relajara, sabiendo que mi nerviosismo no contribuía precisamente a que me sintiera en condiciones de enfrentarme a todos aquellos invitados, a los que no conocía ni por el nombre.
A los pocos minutos, dejamos de sentir las piedras bajo las ruedas para pasar a la tierra prensada y gravilla del comienzo de los jardines del palacio, lo que hizo que el carruaje se volviera más estable, y mi estómago tuviera un momento de tranquilidad. Nos detuvimos, y nuestros maridos nos ayudaron a descender del mismo.
Frente a nosotras, se erigía la imponente estructura de Holyrood, con las dos torres circulares a cada lado, de piedra canteada y oscurecida por el clima. A su espalda, se vislumbraban en la tibia luz del crepúsculo, la colina de Arturo y los jardines, ya vacíos de hombres y armamento.
Luces titilantes nos recibieron desde las ventanas altas y estrechas del primer piso, junto con la música que se oía amortiguada por las gruesas paredes y las ventanas cerradas. Un mayordomo con librea nos abrió la puerta principal, que chirrió como si se quejara de tanto trasiego.
Entramos y nos quedamos inmóviles frente a la escalera de piedra que se abría en dos brazos. En el descansillo, un retrato del joven príncipe nos daba la bienvenida. Sentí que comenzaba a ahogarme, me faltaba el aire y deseaba regresar a la comodidad y seguridad de mi hogar con urgencia. Recordaba la última vez que había visto aquel retrato, que acababa de ser pintado. Fue trescientos años después, en la última visita que realicé al palacio. Estaba situado en el comedor real y me quedé apartada observándolo con intensidad, dudando realmente de que solo un hombre, tan joven y fantasioso, hubiera logrado desestabilizar todo el país, llevándolo a una guerra sin sentido y destruyéndolo en nueve meses de contienda.
—No me moveré de tu lado —susurró Albert, inclinándose sobre mí, malinterpretando mi palidez.
—Es como vivir un sueño —musitó mi hermana, admirando la decoración extasiada. La miré, parpadeando incrédula. A veces, llegaba a pensar que ella no era plenamente consciente de la gravedad de la situación, y, en otras ocasiones, me convencía de que era yo la que tendía a exagerarlo.
Enlazamos nuestros brazos en los de nuestros maridos y subimos lentamente la escalera, dirigiéndonos a la izquierda, donde estaba situado el salón principal. El sillón real permanecía vacío, sin embargo, habían extendido sobre él el tartán identificativo de los Estuardo. Estaba bastante concurrido y pude distinguir el color de varios clanes entre los asistentes, otros me fueron desconocidos. Las mujeres, adornadas con sus mejores galas y joyas, bailaban en el centro con sus acompañantes al compás de la melodía que emergía desde una esquina del salón rectangular. Nos fuimos parando a cada poco para saludar y, antes de llegar al final de la estancia, nos separamos. Había comenzado la campaña de reclutamiento.
Con un suspiro resignado, dejé que Albert me guiara hasta uno de los ventanales, donde me abandonó con la promesa de regresar al momento con algo para beber. Se alejó sin dejar de observarme y yo compuse una sonrisa de agradecimiento. En cuanto lo perdí de vista, incliné los hombros e intenté acomodarme el molesto corsé que insistía en clavarse en mis riñones sin piedad. Sentía el temblor de cientos de pies magullando la tarima del suelo haciéndola crujir y quejarse. Me tambaleé levemente, sujetándome a la jamba de la ventana. Seguía sintiéndome exhausta y el olor de las velas de sebo, prendidas alrededor, junto con el aroma a sudor de hombres y mujeres que me rodeaban, comenzaba a producirme náuseas.
—¡Melisande! —Me volví instintivamente hacia el sonido de la voz francesa y cantarina que provenía de mi izquierda, sintiendo que una mano helada estrujaba mi garganta impidiéndome la respiración. Entre el barullo de la gente vi cómo Annie se acercaba, sujetándose la falda de seda en tono carmesí, que provocaba que su tez rosada y su pelo negro destellasen en contraste. Se detuvo, con un pequeño jadeo, frente a mí.
—¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en París, en el palacete de madame la marquise en Faubourg Saint Germain, después de huir de forma tan extraña de Poitiers.—Me sonrió con tanta dulzura, que me desarmó.
Aguanté estoica su abrazo y su beso en la mejilla sin saber qué responder realmente.
Albert se aproximó de forma sigilosa hacia nosotras, con una copa de cristal tallado en su mano, que me ofreció sin fijarse en quién me acompañaba. La cogí temblorosa, todavía con la mirada fija en mi amiga francesa. Él debió percibir algo extraño y sentí su cuerpo tensarse al posar su mirada en la joven.
—¿Annie? —preguntó con voz estrangulada.
Ella se volvió sorprendida y ambos entrelazaron sus miradas, haciendo que el brillo de las llamas de las velas palideciera frente al chisporroteo que se produjo entre ellos.
—¿Jean Jacques? —inquirió ella a su vez, con una expresión que se tornó desesperada en su rostro.
En ese mismo instante, mi vida se derrumbó. Averigüé quién era la francesa que había retrasado meses atrás su llegada a Escocia, ya que le era imposible salir de sus faldas. Y supe quién era el amante de mi amiga, por el cual suspiraba anhelante sin entender su súbito abandono. Sentí en cada fibra de mi ser el dolor punzante de los celos que retorcieron mis entrañas.
Annie se repuso con prontitud y se volvió inesperadamente hacia mí con expresión de furia.
—Tú… ¿Estáis? ¿Estáis?… —Respiró hondo—. ¡Eres una perra sin sentimientos! —exclamó, provocando que varias personas centraran su atención sobre nosotros. Sin darme tiempo a reaccionar, levantó la mano y me abofeteó con odio, haciendo que mi rostro se volteara y perdiera la copa que sujetaba en la mano, que cayó contra el suelo de madera pulida y se rompió en mil pedazos. A la vez, mi corazón sufrió el mismo destino. Albert sujetó con rapidez la mano de Annie, se inclinó sobre ella y le siseó algo al oído que no llegué a oír.
Observé, como si estuviera inmersa en un sueño plagado de pesadillas, a mi hermana acercarse corriendo y atropellando a la gente a su paso.
—¡Tú! —le gritó a Annie—. ¿Qué demonios has hecho?
Presentí que tenía toda la intención de devolver el golpe que yo había recibido.
—¡Déjala! —espeté con una voz extraña y lejana—. Soy la zorra que se acuesta con su amante.
Sin más palabras, emprendí la huida, esquivando a Albert, que alargó la mano para sujetarme, golpeando a la gente como si corriera contra corriente. Bajé la escalera con velocidad y, en el descansillo, respiré hondo sin apenas conseguir que llegara aire a mis pulmones. Enfilé el camino a la derecha y levanté la presilla que comunicaba el recinto de palacio con la abadía. Seguí corriendo sobre las losetas de piedra, muchas de ellas tumbas de antepasados ilustres, hasta detenerme en la columnata central del edificio gótico.
Miré hacia el cielo, que se vislumbraba con la suave luz de la luna filtrándose por el techo semiderruido, creando sombras tenebrosas a mi alrededor. Sabía que era peligroso estar ahí, la abadía había sido gravemente dañada en el transcurso de la Revolución Gloriosa, casi cincuenta años antes, y no había terminado de reconstruirse. Me apoyé con una mano en la fría piedra de la columna y respiré con profusión el aire helado, que me abrasó los pulmones. Me quedé inmóvil y sin resuello. Totalmente bloqueada y sin poder de decisión. El mundo, mi pequeño mundo en el siglo XVIII tal y como lo conocía, acababa de desmoronarse.
El silencio me envolvió como un manto cálido y los recuerdos brotaron de mi mente en dolorosos destellos.
Si alguna vez me hubieran preguntado cuál era mi lugar preferido de Escocia, hubiera dicho, sin dudarlo, que la abadía. Para mí, no tenía un significado místico ni religioso, en cambio, me parecía mágica, como si de entre sus ruinas de piedra negra pudieran aparecer los personajes del Sueño de una noche de verano de William Shakespeare.
—¿Vas a dejar de hacer fotos? —preguntó Neal con algo de fastidio, ofreciéndome una variada exposición de gestos obscenos.
—No. —Respondí entre risas. Observé que me sacaba la lengua—. Me la has estropeado, tenía una luz estupenda.—Añadí sin enfadarme, intentando enfocar de nuevo las ruinas de la abadía.
Hacía poco tiempo que me había casado y estábamos pasando un fin de semana largo en Edimburgo, visitando a mi hermana. Aquella misma noche conocí a Sergei, todavía no vivían juntos. De momento era solo el joven profesor interesado en mi hermana y, sin embargo, nada más conocerle, supe que seríamos buenos amigos. Solos en el hotel, después de hacer el amor, Neal me preguntó:
—¿Eres feliz?
—Feliz como una perdiz —contesté, y me eché a reír de nuevo. Y él se tendió sobre mí y comenzó a hacerme cosquillas, provocándome carcajadas que se tornaron en jadeos de placer después de unos minutos.
Gemí y apoyé la frente en la áspera piedra de la columna. «¿Cuándo lo perdí todo?» Era cierto lo que le había contestado a Neal, era completamente feliz. Tenía un marido al que amaba, un trabajo que me gustaba y un futuro prometedor por delante. La muerte de mi hija y su abandono me dejó devastada. Sin embargo, el azar me ofreció una nueva oportunidad al ver que él seguía enamorado de mí. «¿Podría haberle perdonado y continuado mi vida tal como la había dejado, dañada y casi moribunda?»
Mi mente se evadió de la realidad, imaginando cuál podría haber llegado a ser. De nuevo el trabajo, quizá si lo intentáramos de nuevo, nuestros propios hijos y vacaciones una vez al año a un destino diferente. ¡Nueva York!, adoraba Nueva York en Navidades. En ese momento, hubiera dado mi mano izquierda por volver a pasear una sola vez más por las calles iluminadas de Manhattan, excitada por las compras navideñas y cenando en un coqueto restaurante con vistas a Central Park. Sentí el sabor salado de las lágrimas sin haberme dado cuenta de que estaba llorando. «¿Tenía que haber regresado?», me pregunté por fin, «¿conociendo de antemano lo que realmente me esperaba?». Dejando una vida llena de promesas esperándome, para volver a una vida llena de peligros, de secretos, de muerte y de venganza. Sollocé en voz alta y, de pronto, levanté la cabeza y grité fuertemente, haciendo estallar el silencio:
—¡No quiero estar aquí!
El silencio me respondió con una voz de barítono grave, sensual y teñida de un profundo dolor.
—Conmigo.
Me volví, asustada. Albert estaba frente a mí. Ni siquiera supe el tiempo que llevaba observándome. Y al ver su rostro roto por la angustia y la culpa, comprendí que sí, que hubiera hecho cualquier cosa por volver, que haría cualquier cosa por quedarme junto a él.
—¿Cómo pudiste…? —pregunté con gran esfuerzo.
—Candy. —Alargó la mano y retrocedí un paso, hacia lo que otrora había sido el altar. La luz fría de la luna iluminaba a Albert como si fuese una aparición espectral—. Annie pertenece al pasado. No ha habido ninguna otra mujer desde que te conocí.
—¿La amabas? —inquirí con voz ronca.
Respiró hondo y apretó los puños junto a su cuerpo. Comprobé cómo luchaba contra sí mismo y percibí claramente la tensión de sus músculos bajo las capas de tela.
—La quería, sí —admitió finalmente.
Si quedaba algún rincón de mi corazón que todavía estuviera indemne, se resquebrajó en ese instante. Sofoqué un sollozo y me aparté unos pasos más, encarándolo con amargura.
—Conocías a Melisande de tus estancias en Francia, ella y Annie eran amigas —murmuré, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Albert me miró con infinita ternura, pero se mantuvo en silencio.
—Cuando viste el escudo del abrecartas de plata en aquella posada de camino a Grahamkert ya sabías quién era yo. Y lo ocultaste, me lo ocultaste intentando descubrir si yo te estaba mintiendo. —Ataqué de nuevo, sintiendo que mi precaria estabilidad se derrumbaba por momentos.
—Sí —contestó—, conocí a Melisande en una recepción en París; ella me presentó a Annie. Investigué sobre su familia y sus contactos en la corte de Luis XV.
—¡Maldito seas! —expresé al límite de mis fuerzas—. Creí volverme loca sin entender qué me estaba sucediendo, cuando tú tenías todas las respuestas.
—No las tenía, Candy, solo tenía lo que aparentemente parecía la realidad, pero tú no eras ella, desde el primer momento que mi mirada se cruzó con la tuya, supe que eras otra persona. No lo entendí hasta que me lo confesaste.
—Pudiste haber dicho algo, algo que me ayudara a encontrar el camino de regreso —musité con dolor.
—No, jamás hubiera hecho eso. Jamás te hubiera separado de mí —susurró suavemente.
Me alejé de él, dudando de sus palabras, no quería oír lo que tenía que decirme y, sin embargo, necesitaba saberlo.
—¿Qué viste en mí? —aullé sollozando sin control, volviéndome hacia él. Albert intentó acercarse de nuevo y tendí mi mano impidiéndoselo—. ¿Crees acaso que yo no odio a cada mujer que has poseído? ¿Que has tenido entre tus brazos? Para mí es mucho más difícil, porque son reales, están aquí, no son un simple recuerdo. Tu primera esposa, Annie, todas ellas comparten la misma descripción, son delicadas, pelinegras, pequeñas, dulces y sumisas. Y yo… yo… ¡maldita sea! Ya sabes cómo soy. ¿Qué viste en mí?—Finalicé completamente exhausta.
Albert apartó mi mano, acercándose, y me cogió por la barbilla, obligándome a mirarlo. Su rostro permanecía en la penumbra; sin embargo, sus ojos relucían como dos piedras preciosas furiosas y dolientes.
—A mi mujer. En ti vi a mi mujer —afirmó besándome con ferocidad. Le devolví el beso con la misma fiereza que él demostraba, arranqué la cinta de su pelo y dejé que cayera rodeándole el rostro, mientras me ponía de puntillas para alcanzar su cuello con facilidad. Sus brazos rodearon mi cintura con tanto ímpetu que pensé que podría partirme con un solo movimiento. Nuestros labios lucharon, nuestras lenguas se defendieron del ataque y, finalmente, hicieron las paces, encontrando en la unión de nuestros cuerpos la paz.
—Llévame a casa —supliqué, apartándome súbitamente, jadeando.
Él me cogió de la mano y me guio en silencio hasta donde estaban los carruajes. Me ayudó a subirme y me indicó que esperara. Yo lo frené, sujetándolo de la manga de su chaqueta.
—Ven, te necesito —dije simplemente. Él no contestó, pero se subió y se sentó junto a mí. Me miró y vi tristeza en sus ojos azules. Pero yo no quería pensar, solo sentir, desahogar la frustración, los celos. Demostrar que él era mío y de nadie más. Me situé sobre él y lo cogí del pelo con ambas manos, tirando de su cabeza hacia atrás, hasta tenerlo a mi merced.
Lo besé con desesperación rayana en la locura. Y él me devolvió el beso de igual forma.
—No puedo hacerlo, Candy. No quiero haceros daño—murmuró, respirando entrecortadamente.
—No lo harás. Lo necesito. Te necesito a ti para olvidar—gemí contra su pecho.
Ambos volvimos a entrelazar nuestras bocas como si nunca pudiéramos separarlas, y me hizo el amor con tanta suavidad y dulzura que sentí que me deshacía en sus brazos. Desató las cintas de mi corpiño y dejó mi pecho al aire, deslizó sus dedos sobre los pezones erectos y bajó su boca al encuentro. Lamió con exquisita ternura y mordisqueó, hasta que yo me arqueé gimiendo sin control. Me situó sobre él y entró en mi cuerpo con lentitud y cuidado. Apenas notaba sus caricias y, sin embargo, todo mi cuerpo temblaba ante su contacto.
Apoyé las palmas de mis manos sobre sus hombros, sujetándome, antes de caer sobre él. Pequeños estallidos de placer me acometieron, uno detrás de otro, sin descanso, mientras dejaba que él se perdiera en mí, una y otra vez. Grité, abandonando parte de mi cordura, cuando él me atrajo de nuevo, acallando mi boca con un beso. Respiré jadeando contra su cuerpo vencido. Sin embargo, no me consideraba ganadora, porque en el fondo de mi corazón siempre supe que él era el único, como yo lo era para él. Me abrazó con fuerza y cuando nuestras respiraciones se normalizaron, salió de mi cuerpo despacio y me depositó a su lado mientras me cubría con su chaqueta.
Se arrodilló en el estrecho espacio entre los asientos y apoyó su frente sobre mis rodillas.
—Perdóname, a ghràidh mo cridhe[ Amor de mi corazón]—susurró Albert con voz ronca.
Enterré los dedos entre su espesa y suave cabellera como toda respuesta. Él tenía un pasado, al igual que yo, y si dejábamos que este nos atrapara, sucumbiríamos a la desconfianza. Me incliné y le di un beso en la coronilla aspirando su aroma inconfundible y familiar.
—No tengo nada que perdonarte —musité. A veces, como bien dijo Publio Siro, el dolor del alma pesaba mucho más que el sufrimiento del cuerpo.
Se levantó, ofreciéndome una tímida sonrisa sesgada, y salió a buscar al cochero. Unos minutos después, estábamos de regreso en casa. Nos acostamos en silencio, como si tuviéramos miedo de que nuestras palabras pudieran herirnos de nuevo.
—No quiero unas Navidades en Nueva York —murmuré, recostándome sobre su pecho. Él me acogió con inusitada fuerza entre sus brazos.
—Lo sé —afirmó de forma grave, soplándome al oído.
Me pregunté qué habría entendido realmente. «Todo», me contestó una voz en mi interior. Porque Albert sabía lo que yo iba a decir antes de que lo pronunciara, sabía lo que yo veía antes de que mirara y sabía adónde me dirigía antes de dar el primer paso. Siempre lo supo. Lo averigüé esa misma noche.
—Te amo —susurré un poco más tarde, creyendo que él ya dormía.
—Eso también lo sé —contestó, y sentí la calidez de su aliento junto a mi mejilla.
Continuara...
