DESPISTES DE SABUESOS

DISCLAIMER: Los personajes y demás cosas del Potterverso son de JK Rowling.

CAPÍTULO 38

PENNY

Julio de 2005

Si en ese momento Percy Weasley no corría por los pasillos del Ministerio de Magia era porque lo consideraba una absoluta falta de educación, no porque le faltaran ganas. El brujo no sabía muy bien cómo había ocurrido, pero se había retrasado tanto a la hora de entregar aquel informe sobre el estado de las vías del expreso de Hogwarts que estaba a punto de llegar tarde. Y Percy odiaba llegar tarde, más aún cuando se había quedado toda la noche en su despacho, escribiendo sin parar y luchando contra el sueño de forma sorprendentemente efectiva. En cualquier caso, el sacrificio valdría la pena si lograba entregar el informe a tiempo. Porque había sido un sacrificio para él no pasar la noche en casa, en compañía de su mujer y sus hijas. Y Lucy era tan chiquitita que resultaba casi criminal no verla todos los días.

Percy a veces se sorprendía a sí mismo pensando de esa manera. No hacía mucho tiempo, el trabajo ocupaba el primer puesto en su lista de prioridades, pero desde que estaban Audrey y las niñas las cosas habían cambiado mucho para él. Seguramente sería lo más normal del mundo quererlas a ellas más que a cualquier otra cosa, pero para Percy en ocasiones resultaba turbador. Cuando era un crío idiota había sido capaz de rechazar a sus padres y a sus hermanos para irse con el Ministro de Magia, pero a esas alturas de su vida ni siquiera se le pasaba por la cabeza la idea de renunciar a su familia por el trabajo.

Pero el trabajo era necesario si quería mantener correctamente a la familia, así que esa noche había renunciado a su mujer y a sus niñas y había hecho lo que tenía que hacer. A Percy siempre le había gustado hacer las cosas correctamente y no podía permitir que su reputación se fuera al garete. No era un hombre acostumbrado a no cumplir con sus obligaciones y no quería que la gente empezara a pensar de él que era un vago por no entregar un informe a tiempo.

Por suerte, llegó al despacho de su superior con cinco minutos de antelación. No pudo evitar sentirse bastante satisfecho consigo mismo cuando dejó los pergaminos sobre la mesa de su jefe, recibiendo a cambio una felicitación no tan entusiasta como debería haber sido. Sin embargo, ese hecho no le afectó demasiado. Su jefe no era el hombre más expresivo del mundo y Percy sabía que estaba plenamente satisfecho con su rendimiento laboral.

Aliviado, Percy se dispuso a volver a su puesto de trabajo. Iba a quedarse en el Ministerio hasta mediodía, pero después se iría a casa. Apenas tenía tareas pendientes a parte de aquel informe y su aspecto no era todo lo pulcro que a él le gustaba. Llevaba la misma túnica del día anterior y no había conseguido que su pelo quedara lo suficientemente bien peinado esa mañana. De hecho, estaba demasiado alborotado para su gusto y no podía evitar sentirse incómodo. Una cosa era presentar cierto aspecto informal cuando se iba al parque con Audrey y las niñas y otra muy distinta era ir con esa pinta al trabajo. Era un hombre serio y responsable y no podía permitirse aparentar lo contrario.

El camino de regreso a su despacho lo hizo caminando con mucha más calma. Se organizó mentalmente el resto de la mañana y sonrió al pensar que, si todo iba bien, podría llegar a casa incluso antes de mediodía. Era un buen funcionario ministerial y se merecía ratos libres como el que más. Sin embargo, sus planes se truncaron cuando dobló la siguiente esquina y se dio de bruces con la persona que menos se había esperado encontrar en el Ministerio de Magia.

—¡Percy!

—Penny.

Penelope Clearwater. La última vez que la había visto ella se había despedido de él porque pensaba abandonar el país para nunca volver y ahora estaba allí, frente a sus ojos. Seguía siendo la misma de siempre y a Percy le bastó un breve vistazo para darse cuenta de que había superado ciertas cosas de su pasado. Penny estaba muy guapa, vestía con elegancia y tenía esa seguridad en la mirada que Azkaban se había encargado de arrebatarle.

—No sabes cuánto me alegro de verte –Y tras pronunciar esas palabras, Penny le dio un abrazo que él fue incapaz de rechazar— ¿Cómo estás?

Percy podría haberle dicho que en ese momento estaba hecho un lío porque realmente le había sorprendido un montón encontrársela en el ministerio. Después de tantos años sin saber nada de ella, Penny había vuelto. En ocasiones Percy se había preguntado cómo estaría, si las cosas le iban bien y si al final había logrado superar su paso por Azkaban y había deseado que así fuera, pero por su cabeza nunca pasó la posibilidad de que ella pudiera volver. Encontraba que todo era demasiado complicado.

Percy odiaba que las cosas no fuesen sencillas y rutinarias. En su opinión, había un lugar y un momento para cada cosa y nunca nada debería salirse de lo normal. Él adoraba su vida tal y como estaba. Le gustaba levantarse, darle un beso a Audrey, vestirse y desayunar antes del ir al Ministerio y despedirse de sus niñas al salir de casa. Una vez en el trabajo, Percy acostumbraba a seguir el plan del día al pie de la letra, comía en la cafetería junto a otros compañeros del departamento y siempre llegaba puntual a casa, alzaba a Molly en brazos cuando la niña iba a saludarle y le daba otro beso a Audrey antes de echarle un vistazo a Lucy, demasiado bebé aún para hacer otra cosa que no fuese dormir y comer. Y ante todo le encantaba acostar a Molly, leerle un cuento antes de dormir y reunirse con Audrey en su propio dormitorio para darle a Lucy el último biberón del día y después, cuando todo estaba tranquilo en casa, comerse a besos a su mujer. Sí. Esa era la rutina perfecta, con visitas periódicas a la familia y sin demasiados sobresaltos. Y definitivamente, el que Penny estuviera allí en ese preciso momento era un gran sobresalto.

A pesar de sentirse un tanto aturdido, Percy fue capaz de recordar sus modales y respondió la pregunta cortés que Penny acababa de hacerle. Ante todo debía demostrar que era un hombre educado. Dudaba mucho que su antigua novia estuviera allí con la intención de despertar en él un montón de pensamientos extraños y contradictorios porque, a decir verdad, Percy había querido muchísimo a Penny. Era consciente de que ahora estaba perdidamente enamorado de Audrey, pero no sabía cómo iba a reaccionar al reencontrarse con Penny. Habían hecho muchos planes juntos y había sido muy duro perderla. ¿Sería posible que esa mujer pudiera trastocar su vida de alguna manera?

—Estoy muy bien, gracias –Dijo, sorprendido de que su voz sonara tan impersonal, tan fría. — ¿Y tú? No sabía que hubieras vuelto a Inglaterra.

—Volví el año pasado, por Navidad. Desde entonces he intentado decidir si venir al mundo mágico y, bueno, aquí estoy –Penny se encogió de hombros. No parecía tener demasiado claro qué hacía allí exactamente y Percy notó que bajo esa aparente seguridad aún quedaba bastante de la chica herida que se había ido tanto tiempo atrás.

—¿Quieres recuperar tu antiguo empleo?

—Todavía no lo sé. Sólo he venido a echar un vistazo. Me he pasado por la oficina de ayuda a las víctimas de la guerra y me han dado un montón de información sobre lo que ha estado pasando en el ministerio en los últimos años. Han sido muy amables.

—Sí. Han hecho un gran trabajo, sobre todo al principio. Creo que ahora no tienen casi nada que hacer y es posible que cierren la oficina definitivamente.

Se trataba de un departamento que se había abierto después del final de la guerra. Durante años, aquellos hijos de muggles que habían sido víctimas del régimen de Voldemort habían reclamado toda clase de compensaciones por el daño que se les había causado durante la guerra. La mayoría habían recibido indemnizaciones económicas y el Ministerio se había encargado de devolver sus puestos de trabajo a aquellos magos que habían sido arrestados. También fueron los encargados de identificar a las personas fallecidas y habían buscado a los desaparecidos. En aquel entonces, siete años después del final de la guerra, apenas quedaban media docena de personas en paradero desconocido y ya no había nada que se pudiera hacer por ellos. En algún momento se les daría por muertos y sus familias tendrían que vivir sin saber qué les pasó exactamente.

—Me alegra que así sea –Dijo Penny— Es bueno que se haya hecho justicia.

Hubo algo duro en la mirada de Penny que a Percy no le gustó ver. Pero también era normal que la gente que había sufrido tanto como ella le guardara rencor a aquellos que les habían hecho daño. Percy se encontró agradeciendo al destino que hubiera puesto a Audrey en su camino. Con ella a su lado había sido mucho más sencillo superar la guerra, toda la rabia y el odio que las pérdidas de Fred y los demás habían traído consigo. Audrey no había tenido motivos para odiar a nadie y Percy se había apoyado en ella para salir adelante. Nunca podría dejar de agradecérselo.

—Me han contado un montón de cosas sobre los juicios y ahora tengo muchísimos periódicos antiguos que leer para ponerme al día. Eso me dará tiempo para pensar en lo que quiero hacer. –Penny hizo una pausa y a continuación recuperó la sonrisa, señalando una de las manos de Percy— No quiero ser entrometida pero. ¿Eso es una alianza?

No se la veía preocupada por la idea de que su antiguo amor de juventud estuviera comprometido. Percy miró su anillo y se sintió extrañamente avergonzado. No sabía muy bien por qué, pero estaba seguro de que otra alianza de boda en el dedo de Penny le hubiera valido para encontrarse más cómodo.

—Sí, bueno. Estoy casado y tengo dos hijas.

—¿En serio? –Y la sonrisa de Penny se hizo aún más amplia. Se notaba a la legua que estaba muy contenta por él— Enhorabuena, Percy. ¿Quién es la afortunada? ¿La conozco?

—Creo que no. Se llama Audrey. Es muggle.

Penny entornó los ojos y Percy tuvo la sensación de que sabía de quién le estaba hablando. Sin embargo, no hizo ningún comentario al respecto.

—¿Una chica muggle? ¿En serio?

—Audrey es genial. Y las niñas son preciosas. Molly tiene cuatro años y Lucy apenas dos meses.

—Felicidades, Percy. De verdad. Te mereces ser feliz.

Percy asintió sin saber muy bien cómo responder a eso. Cuanto más hablaba con Penny, más seguro estaba de que ella estaba siendo sincera y más orgulloso se sentía de su vida junto a Audrey y las niñas. Si nada más encontrarse con Penny le había dado miedo que sus sentimientos le traicionaran, ahora estaba completamente seguro de que ya no estaba enamorado de esa mujer. Su lugar estaba junto a Audrey y siempre lo estaría. Así pues, una vez se convenció de que estaba pisando terreno seguro, se atrevió con las preguntas más personales.

—¿Qué hay de ti?

Quería saber si Penny también era feliz, si había encontrado a alguien con quien compartir su vida, pero no se atrevía a ser más directo. Por suerte, la bruja lo conocía perfectamente bien y supo lo que quería decirle. Cuando habló, seguía sin perder la sonrisa.

—La verdad es que en los últimos años no me he preocupado demasiado por los temas románticos, pero una nunca sabe lo que puede pasar. Creo que ya va siendo hora de avanzar.

—Ojalá tengas suerte.

—Sí. Gracias, Percy.

Era el momento de seguir cada uno a la suyo. La conversación no parecía dar más de sí y Percy tenía trabajo esperándole en la oficina. Sin embargo, antes de despedirse no pudo evitar hacer aquella sugerencia.

—Quizá te gustaría conocer a Audrey y a las niñas.

Era una invitación para volver a formar parte de su vida y Penny lo sabía. Tal vez Percy debería haberse planteado la posibilidad de que a Audrey no le hiciera mucha gracia tener a una antigua novia de Percy revoloteando a su alrededor, pero Penny fue prudente por los dos.

—Ya veremos. Antes necesito poner en orden ciertas cosas.

—Claro –Percy no supo si sentirse decepcionado ante esa respuesta— Hasta luego, Penny.

La bruja se despidió con una sonrisa y Percy se quedó parado en mitad del pasillo. Se sentía bien. Había pensado que su historia con Penny terminó el mismo día en que se despidieron años atrás, pero la verdad era que había necesitado volver a verla para comprender que esa etapa de su vida estaba definitivamente cerrada. Ya no le cabía ninguna duda de que sólo quería a Penny como amiga y, cuando el brujo regresó a la oficina con el firme propósito de terminar cuanto antes sus tareas para regresar a casa, se moría de ganas de volver a ver a Audrey y a las niñas. Ellas eran su vida y nada ni nadie podría cambiar eso jamás.