Advertencias: Ninguna
Nota de autor: Hola a todos/as! Hoy si que si, llegamos al final de los finales de La Variable. Es una sensación un tanto agridulce, la verdad, porque aunque me da penita que se acabe, por otro lado estoy súper contenta de poder decir que al fin he terminado de escribir mi primer fanfic! :)
Así que bueno, sin querer extenderme mucho más (y espero no dejarme a nadie) quiero agradecer a todas las personas que me han leído a lo largo de estos meses y en especial a todos los que se han tomado la molestia de comentar en al menos una ocasión: FabyGinny05, Hizashii, Zarland-black93, CuentosyMentiras, Lor-mats, Yen, PaoHalliwell, TrishCullenWinchester, bringyourmittens, Elian, Deianne, Cin, Nana, Star Flowers, demilylover, Cin04, rakel89 y I'm a mistake.
Y bueno, aprovechar la ocasión para recordaros a todos que nos seguimos leyendo en Entre Jaulas, que vuelve próximamente a los mejores ordenadores! :P
Capítulo 37: Epílogo
Una tarde perfecta. Sin demasiado frío ni demasiado calor, sin demasiado sol pero sin que estuviese demasiado oscuro, y con el agua del mar lo suficientemente cerca como para que corriese una agradable brisa. Sí, definitivamente el paisaje se asemejaba bastante al referente que James tenía para la palabra perfección.
El sureño inclinó su cuerpo hacia delante, apoyándose en la barandilla del porche con los codos. No llevaba allí ni cinco minutos cuando escuchó la madera crujir tras él. De reojo puedo ver como Jack salió de la casa, avanzando por el porche hasta colocarse de pie a su lado, imitando su postura corporal sobre la barandilla.
Ambos se quedaron sumidos en un silencio cómodo, observando la tranquilidad del agua del mar.
— ¿Lo echas de menos?—preguntó el médico.
—Las primeras semanas es posible… pero ahora apenas recuerdo como era.
—Parece mentira que hayan pasado tres años desde que estuvimos allí.
—Sí…—dijo simplemente. El silencio volvió a reinar entre los dos hombres, aunque no tardó demasiado en ser interrumpido de nuevo.
En el interior de la casa se podía escuchar con total claridad el sonido de varios gritos infantiles, en lo que parecía ser el inicio de una pelea entre niños. De hecho, la quinta o la sexta pelea en lo que llevaban de día. Jack soltó una carcajada suave mientras que Sawyer se limitó a rodar los ojos dramáticamente hacia un lado, soltando una pequeña cantidad de aire por la nariz.
—Espera a que tu mocoso aprenda a andar, verás como entonces no te ríes tanto, doctor—comentó el sureño, despegándose de la barandilla.
Jack volvió a reír de nuevo sin poder evitarlo, y tras darle un par de palmaditas en el hombro a modo de consuelo, ambos hombres volvieron a entrar en el interior de la casa. Al llegar a la sala de estar, tres niñas rubias estaban peleándose entre ellas por el control de un pequeño oso de peluche de color marrón, con una pajarita azul de rayas.
— ¡Mío!—gritó una de ellas con su vocecilla aguda.
— ¡Estoy jugando con él!
— ¡No! ¡Mío!
— ¡Suéltalo!
— ¡No!
Juliet asomó la cabeza desde la puerta que daba a la cocina, rodando los ojos de manera dramática hacia un lado al ver a las tres pequeñas discutiendo de manera acalorada entre ellas.
— ¿Otra vez?—preguntó la rubia.
—Otra vez…—afirmó Sawyer, resoplando levemente.
— ¿Y piensas hacer algo?
—Ya pararán, sólo son niñas.
—Te recuerdo que la última vez Alex acabó con un mordisco en el brazo y Amy empujó a Rachel contra la mesa—comentó Juliet en tono acusatorio, clavando sus ojos azules sobre los de James, instantes antes de desaparecer de nuevo por la puerta.
—Ya voy…—gruñó el sureño.
Se acercó hasta las niñas, y con soltura, cogió a las dos pequeñas, cada una con un brazo, dejando a Rachel sentada en el suelo con el cotizado oso de peluche descansando sobre su regazo.
—Papi, diles que el oso el mío y no se lo dejo—reprochó la mayor, hablando de manera bastante decente para tener tan solo tres años, mientras que hacía un pequeño puchero.
Sawyer bajó la vista para poder mirar a sus otras dos hijas, que automáticamente fruncieron el ceño, sabiendo que estaban a punto de llevarse una buena regañina por parte de su padre.
Amelia y Alexandra Ford habían sido, sin duda alguna, la gran sorpresa tras el regreso de los supervivientes de la isla, ya que Juliet no contaba con volver a quedarse embarazada tan pronto, y mucho menos de gemelas. De este modo, apenas un par de meses después del primer cumpleaños de Rachel, las pequeñas habían llegado al mundo sin demasiadas complicaciones. Aunque claro, las cosas habían cambiado sustancialmente con el paso de los años y las gemelas se habían ido convirtiendo en un auténtico quebradero de cabeza para sus padres.
— ¿Qué parte de no se coge lo que no es vuestro no habéis entendido, señoritas?—preguntó James con gesto severo.
—Pero papi-.
—Sin replicar—interrumpió el sureño, frunciendo el ceño y demostrando de manera gráfica a qué parte de la familia habían salido las niñas.
La sala se quedó en silencio absoluto, mientras que una guerra de miradas se empezó a desarrollar entre padre e hijas, todo bajo la atenta mirada de un divertido Jack y de una Rachel mil veces más preocupada por haber recuperado su preciado juguete de las garras de sus hermanas.
Finalmente, una embarazada Juliet entró en la habitación con una bandeja entre sus manos, seguida de cerca por Kate, que llevaba al pequeño Christian, de tan solo un año, encaramado a su cadera.
—Largaros las tres a jugar—sentenció finalmente Sawyer, dejando a las niñas de nuevo en suelo— ¡Y no quiero más peleas!
Las tres hermanas asintieron de manera solemne con la cabeza, echando a correr en dirección al patio trasero de la casa con la promesa de portarse bien el resto de la tarde. Aunque todos sabían perfectamente que esa paz no duraría demasiado tiempo.
Por fortuna para Jack, Christian era o bien demasiado tranquilo o bien demasiado pequeño como para seguir a las hermanas Ford en sus travesuras. Sólo esperaba que el niño no hubiese sacado el instinto aventurero de su madre.
Al final del día, y tras decir adiós a los Shephard, llegó el momento de poner a las pequeñas a dormir, no sin antes vivir una auténtica batalla campal en la habitación que compartían las tres hermanas hasta que fueran lo suficientemente mayores como para dormir solas.
Luego fue el turno de Miles, ya que el asiático solía llamar por teléfono un par de veces a la semana para contarles la primera tontería que se le pasara por la cabeza o para informar de su próxima visita, sabiendo que con un poco de suerte Juliet le haría alguno de sus platos favoritos para comer. Algo extrañamente doméstico y familiar, sobretodo porque en algún momento durante los últimos tres años, Miles había pasado a ser el Tío Miles.
Finalmente, ambos rubios acabaron sentados cómodamente en el sillón del salón, libro en mano mientras que los pies de Juliet descansaban sobre el regazo de James. Las gafas sobre el puente de la nariz. El pelo recogido en un moño desordenado. Como si nunca se hubieran marchado de los 70's.
Afortunadamente, estaban en Miami, año 2008, y con Rachel a unas cuantas casas de distancia junto con el pequeño Julian.
Además de eso, James había conseguido recuperar el contacto con Clementine, y aunque al principio la niña se mostró un tanto recelosa ante la idea de pasar parte de su tiempo alejada de su madre, actualmente estaba encantada de emplear la mitad de sus vacaciones en estar con su primo y con sus hermanas. Y aunque no lo fuese a admitir en voz alta, Cassidy también agradecía el poder tener algo de tiempo libre para sí misma de vez en cuando.
Juliet tomó la mano de James y la posó sobre su vientre abultado, sacando al sureño de sus pensamientos. Inmediatamente, el bebé pateó la zona con fuerza, haciendo que su madre diera un pequeño respingo.
—Ese es mi chico—comentó Sawyer con tono orgulloso.
Juliet rodó los ojos hacia un lado, y tras dejar marcada la página, cerró el libro y clavó sus ojos azules sobre los del hombre.
— ¿Y qué te hace pensar que va a ser niño en esta ocasión?—preguntó ella con tono divertido, ya que sabía que ese era un tema especialmente "delicado" para James. Y es que Jack se había pasado los últimos años mofándose y asegurando que el sureño solo tendría hijas como castigo del karma por sus años de estafador. Y hasta el momento la predicción se había cumplido sin excepción.
—Solo lo se, rubia—replicó, pellizcándole el dedo gordo del pie de manera juguetona.
— ¿En qué pensabas antes?—preguntó de nuevo, tras unos segundos en silencio.
—Nada en especial.
— ¿Estás seguro?
—Solo es…—James se incorporó levemente en el sillón—No puedo hacerme a la idea de cómo habría sido esa otra vida sin ti y sin la niñas—confesó finalmente.
— ¿Se está poniendo sensible, señor Ford?—replicó de manera burlona, sabiendo lo poco que le gustaba a Sawyer ser tachado de cursi.
—Cierra el pico, Barbie.
Juliet contestó al apodo golpeándole de manera juguetona en el hombro con el puño. Ambos rieron suavemente durante unos cuantos segundos.
—Te quiero—murmuró Juliet.
—Y yo a ti, rubia.
En ese momento, escucharon el sonido inconfundible de unas pisadas pequeñitas por el pasillo, haciendo crujir el suelo de manera apenas perceptible.
— ¿Qué quieres, Rachel?—llamó James incluso antes de haber visto a la niña. La pequeña asomó entonces la cabeza por el marco de la puerta.
—No tenemos sueño.
Entonces Amy y Alex se asomaron por detrás de su hermana, negando un par de veces con la cabeza de manera enérgica para enfatizar las palabras dichas por la mayor de las tres.
Juliet rodó los ojos hacia un lado por segunda vez en lo que llevaban de noche. Lo más seguro es que mañana fuera a arrepentirse de lo que estaba a punto de decir, sobre todo cuando las niñas empezasen a tener sueño por el día. Pero a fin de cuentas, una noche era una noche.
—A lo mejor después de una historia todos tenemos más ganas de irnos a la cama, ¿no crees, James?—sugirió.
Las hermanas desviaron rápidamente sus ojitos en dirección a su padre, esperando a que éste les diera el visto bueno.
— ¿Qué hacéis ahí paradas todavía?—exclamó Sawyer.
Entonces las niñas corrieron hasta el sillón, acurrucándose junto a sus padres entre risas y arrumacos.
Habían tenido que luchar, llorar, reír, gritar, dejar a seres queridos por el camino, caer, levantarse e incluso morir para luego poder vivir de nuevo. Pero al bajar la mirada y ver lo que habían conseguido, tanto Juliet como James tenían claro que el sacrificio había merecido la pena. Por supuesto que lo había merecido. Porque lo que habían vivido, no lo cambiarían por nada ni por nadie.
FIN
