(*) Publicado el 25 de enero de 2018

A Tania M. Lo siento muchísimo, preciosa.

38. El "no" de las niñas

«At first I was afraid, I was petrified.

I kept thinking I could never live without you by my side.

But then I spent so many nights just thinking how you've done me wrong.

I grew strong, I learned how to get along»

I will survive, Me first and the Gimme Gimmes

—¿Adónde vamos? —me preguntó mientras se dejaba guiar por las escaleras.

—Ya lo verás.

Había bajado a la sala común a buscarla y, al no encontrarla allí, le había tenido que pedir a su hermana —que estaba con Trihart Vaisey peleándose en un sofá— que la llamara. Daphne tardó unos veinte minutos en dignarse a venir y pocos segundos en acceder a acompañarme ante la promesa que le había hecho: «Tengo algo que enseñarte. Te gustará».

—Si lo que tienes que enseñarme en tu cama, querido, ya la conozco —se mofó cuando abrí la puerta de la habitación de los de quinto.

Me puse un dedo en los labios, sonriendo.

—Calla, no los despiertes.

—Yo estoy despierto —se quejó Draco desde el otro lado del dosel de su cama.

Claro que lo estaba. Es anoche tenía mucho en lo que pensar.

La Slytherin soltó una risa y le susurró:

—No, no lo estás, Draco. Todo esto es un sueño. Producto de tu imaginación.

—Ojalá lo fuera —refunfuñó. Se escuchó el ruido de la cama, como si estuviera moviéndose a lo bruto para cambiar de postura—. Si me despertáis con vuestras guarradas os juro que llamo a Snape.

—Lleva muy mal que la gente sea feliz, ¿no? —me preguntó Greengrass una vez corrí mi dosel y me senté con las piernas cruzadas en el colchón.

—Lleva muy mal a la gente, en general.

La chica se sentó frente a mí con las piernas recogidas a un lado. Me observó atentamente mientras sacaba el pensadero de debajo del somier y cogía la varita.

—Theodore, creo que hablo en nombre de todos cuando digo que estás obsesionado con esa cosa —señaló la vasija con aspecto aburrido.

Sonreí de medio lado por toda respuesta y, tras murmurar el hechizo, saqué una hebra de pensamiento plateada de mi sien. La introduje en el pensadero y el líquido que lo llenaba hasta poco más de la mitad se volvió turbio, como si estuviera lleno de humo.

Hice un gesto con la mano, invitándola:

—Después de ti, querida.

—¿Vienes tú también? —se extrañó.

—Claro.

Para cuando hube entrado en el recuerdo que quería enseñarle a Daphne, ella ya estaba con la boca abierta de par en par y los ojos como platos. Me miró cuando me aproximé a ella, patidifusa, y volvió a dirigir la mirada hacia la escena que tenía delante.

—¡Por Salazar! No me digas que… no… ¡Oh, por Salazar! ¡Esto es magnífico!

—Te dije que querrías verlo.

Se tapó la boca con las manos, ahogando un gritito. De esa guisa se acercó más a los dos chicos del recuerdo. Se metió tanto en la ducha con ellos que, de haber sido real, se habría empapado. Tampoco creo que le hubiera importado demasiado.

—¿Cuándo ha pasado esto?

—Hace unas horas —respondí, situándome tras ella—. Fui a intentar ligarme a Zabini, como me pediste. Y lo conseguí.

—Ya lo veo.

—Así que supongo que has ganado la apuesta. Puedes hablar tú con Parkinson. Pero tiene que ser mañana.

—Claro, claro.

—No me estás haciendo caso.

—En absoluto. ¡Por Merlín, no sabía que alguien podía besarse así! ¿No le hiciste sangre? Parece que vayas a arrancarle el labio.

Abracé a Daphne por detrás y apoyé la barbilla sobre su cabeza.

—¿Te has fijado en que ya está cachondo? Y eso que solo lo he besado.

—¡Pues claro que está cachondo! ¡Pobre Blaise! —No pareció sentirlo en lo más mínimo—. Es la cosa más erótica que he visto en la vida…

—Pues todavía queda lo mejor.

Ella se giró hacia mí, anonadada.

—¿Hay… más? Oh, por Salazar, dime que hay más.

—Sí, hay más.

Había visto a Daphne atacarme decenas de veces antes, pero nunca como aquello. Cuando en el recuerdo empecé a comerle la polla a Blaise, ella soltó aire como si no pudiera aguantarlo más. Después me cogió la mano y la metió debajo de su falda, sin explicaciones, miradas sugestivas —seguía con los ojos anclados en la otra escena— o ronroneos. Quería que hiciera eso por ella. Me lo exigía. No por contentarme o por querer hacer honor a su falsa fama. Por ella, porque lo necesitaba. Se abrió más de piernas, con la mano agarrada a mi muñeca, y se movió sin importarle una mierda nada. Verla tan fuera de sí, tan desinhibida, me volvió loco. Le saqué los dedos, la cogí en volandas y la llevé un par de metros más atrás para sentarla en el lavabo.

—No me mires —le dije al oído.

Ella se rió, como diciendo que no hacía falta que se lo pidiera.

Le quité las bragas, le abrí las piernas y empecé a comerle el coño.

Daphne había leído en alguna revista que la clave para llegar al orgasmo estaba en no pensar en nada. Hasta ese momento había creído que la redactora del artículo tenía razón, que su puto problema era darle vueltas a las cosas, incluso cuando estaba follando. Especialmente cuando estaba follando.

Pero por mucho que lo había intentado, sola y acompañada, era incapaz de dejar la mente en blanco.

Esa noche —en ese baño, en ese recuerdo— tampoco fue capaz. Su mente volaba a toda velocidad. Iba de una cosa a otra, ecléctica, devorando cada detalle. Una imagen, un roce, la piel de gallina.

Se le atascó un gorjeo en la garganta y no le importó ni en lo más mínimo si sonaba sexy. Me agarró del pelo y estiró una de las piernas a medida que un calambre se extendía desde la ingle hasta el dedo gordo del pie.

Frente a ella, el Theodore del recuerdo sonreía con la polla de Blaise en la boca y este, con los ojos cerrados con fuerza, echaba la cabeza para atrás. Daphne pensó que iba demasiado rápido, demasiado fuerte. Zabini no parecía pensar lo mismo: lejos de quejarse, empezó a mascullar y a morderse la mano para no gritar.

Gracias a Merlín, ella no tenía que preocuparse por el ruido.

Blaise, como si hubiera decidido imitarla, agarró al otro del pelo y lo atrajo más para sí. Arqueó la espalda y dio un golpetazo con la palma abierta en la mampara. Estaba a punto de correrse, Daphne podía notarlo. La expresión del moreno no era bonita, ni siquiera sexy. Daba la impresión de que se hubiera quedado sin aire tras un golpe en el estómago. A ella, sin embargo, le pareció perfecta. Desde la falta de control hasta los ojos muy abiertos. Mitad quejido y mitad gemido escapando por la boca. La cabeza del otro chico se detuvo, manteniéndose en posición unos segundos. Después, el Theodore del recuerdo se apartó, se limpió la sonrisa con la mano, tragó y besó al moreno, que permanecía todavía estupefacto contra la mampara.

Empezó como un cosquilleo. Miles de toques entre las piernas, como si le hubieran echado polvos pica-pica. De golpe, sin que le diera tiempo a procesarlo, el cosquilleo se convirtió en una presión enorme, casi dolorosa. Se le agarrotaron los muslos, estiró los dedos de los pies al máximo y trató por todos los medios de que aquella sensación durara toda la vida. Contuvo la respiración.

«Más, un poco más», pensó. O dijo, no estaba segura.

Y entonces todo explotó.

—Así que esto es lo que se siente… —susurró al cabo del rato, todavía algo pasmada.

—¿No te habías corrido nunca? —le pregunté alucinado.

Bajó del lavabo, cogió sus bragas y se las puso. Después se sentó a mi lado en el suelo, con la cabeza apoyada en mi hombro.

—No. Llegué a pensar que no podía hacerlo o algo así. Escuché a unas de séptimo decir que había gente que era incapaz de llegar al orgasmo y ya me estaba haciendo a la idea de que me había tocado a mí.

—Pero si no te corrías, ¿para qué follabas?

—Hombre, aunque no llegues al final, siempre es agradable. Frustrante, pero agradable. Algo así como tú —empezó a reírse—, «Theodore, el sexo sin orgasmo». Te pega.

—Imbécil.

—Estaba pensando… Me he corrido en un recuerdo, ¿eso cuenta acaso?

Apoyé la cabeza sobre la suya.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, cuando estás viendo un recuerdo en un pensadero… ¿tu cuerpo, este cuerpo —se agarró la camisa— es real o es una proyección? Nunca lo he tenido del todo claro.

Le pellizqué el muslo y soltó un «¡ay!».

—¿Lo has notado?

—Obviamente, idiota. Me has hecho daño.

—Entonces ha sido real.

—Eso es una tontería, cuando sueñas crees que sientes dolor y no es más que producto de tu imaginación. A lo mejor esto es igual, a lo mejor… de hecho a lo peor, creo que me he corrido y no ha pasado nunca.

—Hay un modo muy sencillo de comprobarlo. Cuando salgamos, quítate las bragas. Si están empapadas…

—Eres un cerdo.

—Yo no soy el que se ha puesto cachondo viendo a dos tíos enrollarse —me dio un golpe en el brazo, divertida—. Pero si te preocupa tanto, podemos repetir fuera del pensadero.

—Hum… ¿con Blaise?

—Hecho, pero se lo propones tú.

—No sé por qué me da, pero no creo que tenga mucho reparo. Aunque igual mañana cuando le cuente todo a Pansy, Blaise acaba odiándome.

—¿Ya sabes cómo vas a hacerlo?

—¿El trío o contarle lo que hice a Pansy? —Suspiró con pesar—. Sobre lo primero tengo muchas ideas, sobre lo segundo… nada.


Por lo general, a Daphne Greengrass no le costaba mantener la calma. Pocas cosas lograban alterarla y cuando esto pasaba no tenía muchos problemas en aparentar una tranquilidad que rallaba en lo ofensivo.

La mañana del día siguiente, sin embargo, apenas podía contener el tembleque de sus manos, por muy fuerte que cerrara los puños. Había cambiado un centenar de veces de idea sobre su plan y al final había ido haciendo las cosas según le salían, sin darse tiempo para procesarlas por miedo a echarse atrás. Se despertó antes de que saliera el sol, como siempre, pero en lugar de dedicarse a sí misma se hizo un ovillo con las sábanas y le dio vueltas y más vueltas a cuándo y dónde decirle a Pansy de hablar, ¿sería mejor por la noche?, ¿en el exterior?, ¿en la sala común? Hora y media más tarde, con su mejor amiga a punto de salir del dormitorio para ir a desayunar, le soltó muy deprisa que era importante que se saltaran la clase de Herbología que tenían antes de comer.

Le había parecido buena idea porque así podrían estar solas en el dormitorio de las chicas, pero mientras la esperaba le asaltaron las dudas: ¿y si Pansy se había echado atrás y había decidido no hacer novillos?, ¿y si otra de sus compañeras de cuarto había tenido la misma idea y no podían utilizar su habitación para hablar?, ¿y si Snape subía a buscarlas hecho una furia por fumarse una clase?, ¿y si…?

La muchacha se sentó en la cama y se volvió a levantar segundos después, incapaz de permanecer quieta. ¿Cómo se suponía que debía empezar la conversación? «Oye, Pansy, querida, el año pasado me follé a tu novio de mentira por uno de mis complejos. Espero que no te importe». Era ridículo. Todo, en especial ella. Pansy le saltaría a la yugular como pusiera como excusa sus inseguridades con respecto a mí. Le diría que a pesar de las que ella hubiera podido tener, jamás se habría acercado al chico del que estaba enamorada y Daphne se sentiría aún más miserable.

No, si quería salir airosa de la situación tendría que inventarse algo, aunque aún no supiera el qué. Deseó por un momento que Pansy no llegara nunca a la cita que le había propuesto y, al mismo tiempo, que estuviera ya allí para soltárselo todo y quitárselo de encima.

Cuando la puerta crujió al abrirse, Daphne dio un respingo y observó con los ojos como platos a su amiga traspasando el dintel y cerrando tras ella.

—¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme? —preguntó con sospecha.

«Lo sabe», se dijo la castaña, aterrada, «sabe que soy una cabrona, solo me está probando».

—Ya lo sabes —decidió, a la defensiva.

Pansy la miró como si llevara una semana a dieta: con cautela.

—No, no lo sé. Por eso estoy aquí, para que me lo digas.

«Siempre sabe cuál es la mejor manera de actuar conmigo», pensó, sintiéndose todavía más culpable.

—Será mejor que te sientes. —Siguió con la mirada a la morena mientras iba hacia su cama y se colocaba en el borde. Estaba claro que lo hacía más por seguirle la corriente y que se tranquilizara que porque creyera que era una buena idea. Daphne se colocó frente a ella, pero en lugar de sentarse también se mantuvo de pie, tensa como un clavo, con los brazos a ambos lados del costado terminados en dos puños apretados—. Yo…

¿Cómo introducía sutilmente aquello? ¿De verdad había algún modo de rebajar el golpe que iba dar? Trató de ponerse en la piel de otra persona, una más íntegra, para actuar tal y como lo haría ella si estuviera en su situación. No le sirvió de nada. «Nadie íntegro le hace algo así a su mejor amiga».

Esperaba, al menos, que Pansy fuera capaz de ver lo difícil que eso era para ella. Que no se quedara en que era abominable, como hacían los demás. Que notara que le dolía. Que se culpaba.

—Daph… —apremió la Slytherin.

La aludida se dejó llevar, como había hecho a lo largo del día. Hablar y luego pensar:

—El año pasado me acosté con Blaise.

Lo dijo de carrerilla, con los ojos cerrados. Al no obtener una respuesta inmediata y saberse ridícula, separó poco a poco los párpados. Pansy tenía el ceño muy fruncido.

—¿Cuándo?

—En Pascua.

Fue entonces cuando la morena se puso en pie como impulsada por un resorte.

—¡¿Cómo?!

Había atado cabos, por supuesto: en aquel momento se suponía que ellos dos tenían una relación. Si Daphne hubiera llevado a cabo su ridículo plan unos meses antes, a Pansy no le habría molestado. Pero de nada servía pensar en eso ya.

—Yo… fue sin querer.

Metro y medio de niña y la explosión de furia que produjo.

—¡¿Sin querer?! ¿SIN QUERER? ¡¿Me estás diciendo que sin darte cuenta introdujiste el pene de Blaise en tu vagina?! ¡Así, por accidente! ¡PLAF!

Daphne casi le dio gracias a Merlín de que Pansy se hubiera puesto de aquella manera. Con la furia podía lidiar, sabía lidiar. Con las lágrimas no. Se puso su propio enfado —hacia sí misma, en su mayoría— de coraza y gritó también.

—¡Oh, vamos! ¡No finjas ahora que te importa Blaise! ¡Solo sales con él para poner celoso a Draco!

La morena la miró sin dar crédito.

—¡¿Y qué, Daphne?! ¿Eso te da derecho a acostarte con él? ¿No hay más personas en el mundo mágico que tienes que ir a restregarte con la única con la que tengo algo, aunque no sea lo suficientemente profundo para ti?

—¡Te he dicho que fue un accidente! ¡Uno con alguien que ni siquiera te gusta!

—¡¿Y tú qué sabes sobre si me gusta o no?! ¡Porque, para que te enteres, sí que me gusta!

La castaña no se esperaba eso. Se mordió el labio, buscando a toda velocidad una salida.

—Bueno, ¡pero no estás enamorada de él!

—¡Eres estúpida! ¡Tampoco estoy enamorada de mi padre, así que, venga, ve a follártelo!

—No digas tonterías.

—¡¿Que yo digo tonterías?! ¡Por Merlín, Daphne, toda tú eres una tontería! ¡No podías dejar algo para mí, ¿verdad?! ¡Noooo, eso hiere el pobre ego de Daphne Greengrass! ¡A TODO EL MUNDO TIENE QUE GUSTARLE LA JODIDA DAPHNE GREENGRASS!

—¡Eso no es cierto! ¡Jamás he intentado nada con Draco porque sabía que te importaba! ¡No pensé que Blaise…!

La morena dio un chillido de frustración y comenzó a dar vueltas por la habitación.

—¿Por qué mierda lo hiciste?

Y Daphne se lo explicó. Le contó que se sentía insegura, que creía que él era el único al que podía pedirle algo así porque después no iría largándolo por ahí. También le dijo que con él no se sentía tan avergonzada como con otros chicos, que parecía buena persona. De confianza. Le explicó todo, desde lo ridícula que había sido la situación hasta los reparos que había puesto Blaise —haciendo hincapié en ellos, esperando que eso calmara a su amiga—, además de que los había pillado y toda nuestra relación se había ido a la mierda.

Pansy la escuchó, sin dejar de pasear con los brazos cruzados por el dormitorio. Se tomó un tiempo para responder y cuando finalmente lo hizo tenía más apagada la voz, pero también los ojos.

—Blaise no es de confianza —dijo, haciendo referencia a la explicación que la otra le había dado—, igual que tú. Y supongo que yo tampoco lo soy. —Se aproximó a la puerta mientras decía—: En la fiesta de cumpleaños de Draco, la que celebramos en el Callejón Knockturn, estuve a punto de acostarme con Theodore porque me sentía fatal por cómo se había comportado Draco. Si no lo hicimos fue porque él no quiso. Al día siguiente le dije a todos que había estado con Millicent y él nunca lo desmintió.

»Me parece lamentable que, al final, ese desgraciado sea el más íntegro de todos.

Y se fue, dejando a Daphne con la boca abierta por la sorpresa.


Blaise salía de la clase de Adivinación con Gregory y Vincent cuando se encontró con Pansy avanzando hacia él. Sonrió y a punto estuvo de reírse: era graciosísimo ver cómo se esforzaba por dar grandes zancadas siendo tan diminuta como era, parecía uno de esos dibujos animados que se movían en los libros infantiles. Sin embargo, algo en la expresión de la morena le dijo que era mejor tragarse las carcajadas. Parecía enfadada. Muchísimo. El muchacho repasó mentalmente todo lo que había podido salir mal en la hora y media de clase que no había compartido con ella y se mareó ante la perspectiva. «¿Comparte alguna optativa con Theodore?», pensó, nervioso, «no lo recuerdo. Claro que no necesitan compartir clase para que ese cabrón se lo haya hecho saber de alguna forma…».

Para cuando la Slytherin llegó hasta él, el moreno tenía los cojones de corbata. Le sudaban tanto las manos que se las metió en los bolsillos para secarlas con disimulo.

—Hola, preciosa —saludó con una enorme sonrisa.

—Cállate —exigió ella. Después se giró hacia Vincent y Gregory, les hizo un gesto de cabeza como diciendo «ey» y cogió a su falso novio por el brazo para sacarlo a rastras de allí.

Lo llevó así a través de un montón de pasillos. No parecía saber adónde iba y Blaise creyó conveniente hacérselo saber:

—Si estás buscando el mejor lugar para declararme tu amor, encanto, es este. —Hizo un gesto para abarcar el espacio en el que se encontraban. Un corredor vacío y silencioso, del tercer o cuarto piso.

—Déjate de estupideces por una vez en tu vida, Blaise Zabini —demandó, furiosa.

«Lo sabe», decidió él, aterrado. ¿Había valido la pena la experiencia ahora que tenía que enfrentarse a la consecuencia? No estaba seguro. ¿Qué podía hacer para solucionar el embrollo en el que se había metido? El tonto no, por muy tentador que pareciera. Se armó de valor, descolgó la sonrisa falsa de la cara y dijo:

—Mira, si es por lo de Theodore… No significó nada, te lo prometo. —Ella frunció mucho el ceño y parecía que quería interrumpirle, pero extendió una mano para detenerla. Quería que le quedara claro su punto—. No estuvo bien, lo sé. Fue una estupidez. No sé por qué lo hice, bueno, sí que lo sé, pero… La cuestión es que no significa nada en comparación con… Que no tienes que darle vueltas.

—¿A qué se supone que no tengo que darle vueltas?

Él creyó que la pregunta de la chica era mucho más profunda de lo que en realidad era, que se refería a los sentimientos de él o algo por el estilo, así que metió la pata:

—A lo que pasó ayer entre Theodore y yo. No significó nada. Solo fue una… Ya sabes.

—No, no sé.

¿Acaso quería que él lo reconociera abiertamente? ¿Saber lo que había pasado, hasta dónde habían llegado, por su boca? Se encogió de hombros.

—Una mamada.

Si hubiera abierto más los ojos, se le habrían caído al suelo. Pansy estaba segura de ello. Perdió el poco color que tenía en la cara y, balbuceando, lo señaló con un dedo tembloroso:

—Tú… tú… ¿le… le has hecho…? ¡¿A Theodore?! ¡¿AYER?!

—Yo no, él a mí. ¿No te lo ha…? Espera, ¿de qué querías hablarme? Tengo una idea, borra todo lo que he dicho, sí, muy bien. Yo me callo y empiezas tú a hablar.

—¡¿ ME ESTÁS DICIENDO QUE TE HIZO UNA MAMADA THEODORE NOTT?!

—No hace falta que grites, es igual de horrible en voz baja, créeme. —Carraspeó. La chica se estaba poniendo roja, como si fuera a reventar de un momento a otro—. Pensé que era eso lo que… O sea, que él te lo había contado.

—¡NO ME LO PUEDO CREER! —chilló, presa de la ira. Comenzó a acercarse y alejarse de él, haciendo aspavientos con los brazos y vociferando frases inconexas—. ¡CON ÉL TAMBIÉN!

«Mierda», pensó Blaise, aterrado. ¿Le había llegado lo del chico que había estado ligando con él? O quizá fuera lo de la Hufflepuff de sexto del mes pasado, aunque eso fue poco más que un roce… ¡¿Y si era lo de Lance Harper?! «Eso solo fue un beso en un estúpido juego, no hay razón para enfadarse tanto… ¿o sí?». Mejor preguntaba, no fuera a cagarla de nuevo.

—¿También…? Espera, ¿de qué…?

—¡Con Daphne, Blaise! ¡Con Daphne! ¡No me puedo creer que te hayas olvidado de que te acostaste con mi cochina mejor amiga!

«Oh». Eso era peor. «Ojalá hubiera sido lo de Harper», se lamentó el moreno.

—Yo… —trató de acercarse a ella. Pansy se alejó a su vez—. Lo siento, Pansy. De verdad que lo siento. No es como piensas, ella me pidió…

—¡Ya sé lo que te pidió, imbécil! ¡Me lo ha contado todo!

—¿Te lo ha contado ella? —Se extrañó. Creyó que habría sido Theodore—. Entonces… ¿te ha dicho por qué fue?

—¡Sí, me ha dicho el ridículo motivo que tuvo! ¿Cuál fue el tuyo?

—Ella… bueno, parecía estar verdaderamente desesperada y…

—¡Ah, qué bien! —explotó Parkinson—. ¡Eres todo un amigo! ¡Creo que McGonagall hace tiempo que no tiene sexo, Blaise, corre a echarle una mano, oh, caballero andante! ¡Y, ya que estás… ¿por qué no pones un anuncio en el cochino periódico?! ¡«Blaise Zabini, el prostituto desinteresado»! —La chica dejó de dar vueltas por el corredor, se apoyó en una pared y se tapó la cara con las manos. Estaba tan cansada…—. Me tenéis harta. Todos.

«La he cagado», se dijo Zabini. Se acercó lentamente adonde estaba apoyada Pansy y extendió un brazo para tocarla pero se lo pensó mejor y volvió a bajarlo. Decidió sentarse a su lado, en el suelo. Lo había echado a perder todo, como siempre hacía. Había conseguido salir con la chica de sus sueños, aunque fuera de mentira. Había estado a punto de conseguir que fuera de verdad, podía sentirlo. Y había hecho una bola con la posibilidad para tirarla a la basura. Era ridículo, todo él. Todas sus dudas, todos sus sentimientos. ¿Por qué hacía lo que hacía? ¿De verdad era porque sabía que ella en el fondo seguía enamorada de Draco, como tantas veces se había dicho? ¿De verdad acercarse a otras personas era su modo de defenderse de eso? O quizá… Quizá fuera él, que estaba mal. Que era incapaz de sentir nada auténtico, de serle fiel a una persona y a sí mismo. Quizá había llevado tanto tiempo puesta una careta que ya no se acordaba de que debajo de ella no había nada.

Se la quitó, por primera vez delante de ella, y con la voz anormalmente seria trató de explicarse. Era lo menos que podía hacer. Era su única oportunidad.

—De verdad que lo siento, Pansy. —Ella no se movió, permaneció con la cara tapada. Pero tampoco se puso a chillar. Blaise lo interpretó como el permiso para seguir hablando—. No sé por qué lo hice. Quizá… quizá fuera porque sé que en el fondo te sigue gustando Malfoy, porque me sentía inseguro todo el tiempo. O quizá no. Solo quiero que sepas que, pese a todo, me gustas. Siempre me has gustado.

Ya estaba dicho. ¿Surtiría efecto? Blaise no lo sabía. Ni siquiera sabía si quería que lo hiciera. Le prometió a Pansy y se prometió a sí mismo que esa relación le serviría a la chica para sentirse bien, para recuperar la confianza que había perdido por culpa del puto Draco Malfoy. Y al final le había hecho algo peor de lo que le hizo el rubio.

Se mantuvieron mucho tiempo en silencio en aquel pasillo y a cada segundo que pasaba Blaise se sentía más y más miserable. ¿Había merecido la pena? Seguía sin tener ni idea. ¿Se habría sentido él bien si no hubiera hecho nada con aquellas personas, manteniéndose fiel a Pansy? Tampoco lo sabía. Hizo lo que hizo porque le gustó, ¿acaso no tendría que haber sido de otra forma?, ¿no tendría que haberse sentido satisfecho solo con estar con la chica que quería? Porque sabía que la quería, daba igual todo lo demás, pero también sabía que para la mayoría de la gente eso era suficiente. Estabas con alguien al que querías y no necesitabas otra cosa. Pero él… buscaba y encontraba más, embebiéndose de cada detalle, haciéndose más y más grande. ¿Eso significaba que no la quería lo suficiente? No, no era eso. La quería muchísimo. Pero también quería lo otro, por mucho que tratara de ocultarlo, de contenerse o de juzgarse.

—Soy yo la que tiene la culpa, Blaise —dijo ella al fin, descubriéndose la cara—. Sois todos unos imbéciles, de eso no hay duda, pero yo tengo la culpa por hacer las cosas mal.

—No digas eso.

—Sí lo digo. No tendría que haber salido contigo solo para poner celosa a otra persona. Mucho menos a una persona como Draco, que se avergüenza de que le guste alguien como yo. Mi madre me dijo una vez que el primer paso para que los demás te quieran es quererse uno mismo. Supongo que ese es el problema, ¿no? —Chasqueó la lengua, molesta consigo misma—. ¿Cómo voy a conseguir que otro me quiera si hago este tipo de cosas?, ¿si las permito?

—Lo siento, Pansy, de verdad que lo siento. —El chico apoyó la cabeza en las rodillas, casi rendido.

—Supongo que es cierto. Yo también lo siento, no estuvo bien usarte… aunque hayas sido un imbécil —añadió, mirándolo de reojo.

—¿Podemos volverlo a intentar? —sugirió, sin muchas esperanzas—. Te prometo que esta vez será distinto, que no haré nada que pueda hacerte sentir mal, que…

—No, Blaise —cortó ella—. No vamos a intentarlo. Además, aunque no hicieras nada como lo que has hecho, estoy segura de que querrías hacerlo. Que te estarías conteniendo. Y no tiene que ser así. Nada de esto tiene que ser así. Ni tú tienes que ser lo que no eres ni yo tengo que contentarme con una relación de este tipo. Alguien que me trata mejor que alguien que me trata mal. No va así —dio un golpe con el puño en la pared, molesta—. ¡No tiene que ir así, joder!

Había perdido. La había perdido. Tensó la mandíbula y con un rencor muy poco propio de él preguntó:

—Entonces… ¿volverás con Malfoy?

Ella lo miró furibunda.

—¡Basta ya! ¡No soy una especie de premio para vuestras estúpidas disputas, ¿sabes?! ¡No tengo por qué estar pegada a alguien! —Y, después de gritarlo, Pansy Parkinson se dio cuenta de que era cierto—. No —repitió, con más confianza—. No tengo que ser nada de nadie para ser algo. Estoy cansada. —Se separó de la pared, cada vez más determinada—. Estoy cansada de todos, especialmente de los chicos.

»No necesito a ninguno.

Y, al fin, lo creyó. Pansy Parkinson no necesitaba ningún otro nombre propio para definirse. Era ella, sola. Era ella, primero.

Sonrió, con el ceño fruncido y la mirada alta.

—Adiós, Blaise.


Cinco minutos y seguía con esa cara de desabrida. Así no había quien se corriera. Tampoco parecía estar poniéndole mucho empeño: subía y bajaba y volvía a subir. Como si estuviera con el piloto automático encendido.

Estábamos en la parte este del lago, en el linde del Bosque Prohibido, detrás de dos hileras de árboles. Lo bastante cerca como para salir corriendo en dirección al colegio si algo se nos acercaba y lo bastante lejos como para que ningún alumno o profesor nos pillara follando.

Me había sentado encima de mi túnica para no llenarme el culo de tierra, bajándome los pantalones y la ropa interior lo justo como para que ella se pudiera colocar encima de mí. Apoyé la espalda en el tronco de un árbol enorme y, de habérmelo estado pasando bien, habría notado mucho menos los nudos clavándoseme en la columna vertebral.

Pero no me lo estaba pasando bien.

El primer plano de las tetas de Lisa apenas me hacía contener el bostezo.

No es que no me gustara el sexo, no me malinterpretéis. Es que con ella había perdido toda la gracia. Al principio, cuando parecía sentirse cohibida por el acto, resultaba agradable, pero una vez se acostumbró se volvió soporífero. Lisa se movía como si estuviera hechizada, sin gracia, sin ganas. Sin vida. No lo quería y tampoco lo odiaba. Era un trámite, como rellenar un formulario en el Ministerio.

Por suerte, hacía unos días que había aprendido a divertirme de otras maneras.

Me llevé la mano izquierda a la espalda y, con mucho cuidado para que no se notara, cogí la varita que tenía debajo de la bolsa de los libros. La saqué lentamente mientras con el otro brazo agarraba la cintura de la Ravenclaw para pegarla más a mí. Con la cabeza de ella en mi hombro, miré hacia el otro lado y susurré, apuntando con la varita en su dirección:

Desmaius.

La rubia se desplomó encima de mí, dejando de moverse de una puta vez. La incliné hacia atrás para sacarle la polla y me puse presentable antes de prestarle la más mínima atención. Una vez me hube sacudido hasta la última piedrecita del uniforme, me agaché junto a ella y la miré sin expresión alguna. Tenía la falda doblada, hecha una porquería, y las bragas enganchadas a uno de los tobillos. Se las quité y me las guardé en un bolsillo, quizá pudiera trabajar con eso después. Le coloqué bien la falda para taparla, le bajé el sujetador y le abroché la camisa. Incluso puse empeño cuando le anudé la corbata —algo que nunca se me había dado bien—. Cuando pareció una chica completamente normal desmayada en el bosque en lugar de la víctima de una violación, le desabroché el puño izquierdo de la camisa y se la remangué hasta el codo. Volví a coger la varita, que había guardado en el bolsillo, y la posé con cuidado encima de la piel de su antebrazo, por encima de la muñeca.

Diffindo —pronuncié y, con lentitud, tracé con la punta una línea recta.

A medida que movía la varita, cuidando mucho no apretar más de la cuenta, la sangre iba apareciendo en su piel. No era un corte profundo, ni mucho menos. Tampoco lo necesitaba.

Le hice cuatro cortes y los observé sangrar durante unos instantes antes de aplicarle la poción cicatrizante que llevaba en la bolsa. Tal y como tenía previsto, las heridas dejaron de sangrar y les salió una fina costra, como si tuvieran dos o tres días en lugar de un minuto. Guardé la pomada y le remangué el otro brazo para que pareciera que se había colocado así la camisa por voluntad propia. No tenía ningún sentido del gusto, así que no sería de extrañar.

Después de eso la apoyé sobre un tronco, volví a sacar la varita y murmuré:

Confundo.

Eso la dejaría todavía más aturdida. Sin embargo, convenía que también le creara una laguna de un par de horas, como máximo. Sumado a los otros espacios en blanco que había ido introduciendo esos días en su cabeza, le daría fuerza a mi plan. Tras un obliviate, la desperté.

Lisa parpadeó, somnolienta. Cuando enfocó la mirada, dirigió sus ojos pardos hacia los míos y se sorprendió ante mi gesto de enfado. Yo estaba de pie, frente a ella, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, confusa.

—¿Cómo que qué ha pasado? —respondí con desdén—. Estamos en medio de una conversación, la misma conversación con la que llevamos media hora. No vas a escaquearte haciéndote la tonta.

—¿Cómo? Yo… yo no… No sé de qué estás hablando, Theodore.

—Por supuesto que no —fingí estar irritado—. Igual que las otras veces, ¿verdad? —improvisé—. Estoy harto, Turpin. ¿Acaso crees que soy imbécil?

—Yo no he dicho eso, pero…

—Pero nada —con un gesto de cabeza señalé hacia su brazo—, veo que ya has vuelto a hacerlo.

Ella miró en la dirección que le indicaba y abrió los ojos con sorpresa. Se acercó el brazo izquierdo a la cara y palideció al ver los cuatro cortes.

—¿Qué es esto, Theodore?

—¡Eso es lo que quiero saber! ¡Hace dos días solo tenías uno! ¡Uno, Turpin! ¡Discutimos durante horas y me juraste que no lo volverías a hacer y ahora mírate! —Negué con la cabeza, aparentando estar hastiado—. Mira, no sé por qué te haces eso y no estoy seguro de querer saberlo. Lo que sé es que no estoy dispuesto a perder mi tiempo con alguien que se valora tan poco. ¿Estás intentando llamar la atención, acaso? Porque si quieres suicidarte, la próxima vez aprieta un poco más.

Cogí mis cosas y me marché de allí. Aparenté enfado hasta que me alejé lo suficiente, después, cuando era imposible que me viera u oyera, comencé a reír.


Cuando volví a mi habitación y metí la cabeza en el pensadero para ver el recuerdo con el que Draco me había comprado el secreto de Blaise, no sabía qué esperar. ¿Alguna conversación entre él y Pansy? ¿Ambos enrollándose?

No había nada de eso en esa hebra plateada. De hecho, no había nada en esa hebra plateada…

Nada además de Parkinson.

Me sentí profundamente decepcionado, además de ligeramente frustrado. Ahí no había nada con lo que pudiera trabajar, nada a lo que sacarle partido.

Nada que comprendiera.

En un primer momento me hirvió la sangre, pensando que Malfoy podía haberme traicionado. Sin embargo, no lo hizo. No sabía cómo tenía esa certeza, pero ahí estaba.

Esa algarabía de imágenes eran el motivo por el cual Draco Malfoy estaba enamorado de Pansy Parkinson.

Más que un recuerdo, daba la impresión de ser un millar de ellos. Algunos duraban segundos, otros unos pocos minutos. En todos y cada uno se veía a Pansy siendo… Pansy. No había otro modo de describirlo. En uno se reía de esa manera estruendosa tan suya, en otro chillaba como una banshee y hacía aspavientos con los brazos. En el siguiente sonreía, luego lloraba, luego explicaba algo, luego…

Había tanta Pansy Parkinson concentrada que sentí que me atragantaba. Traté de buscar un patrón más allá de la imagen de la chica y no lo encontré: no estaba en los mismos sitios, ni con la misma gente. No tenía el mismo estado de humor ni el mismo aspecto. Ni siquiera la misma edad. Seis años. Doce. Quince. Toda una vida de Pansys siendo Pansys.

Al final encontré el conector de aquella algarabía. Después de verlo todo tres veces, decidí centrarme en él, en Draco. A veces estaba cerca y a veces estaba lejos de ella, daba igual. Estaba y la estaba mirando. La miraba cuando ella no lo miraba a él. Cuando se había girado para hablar con otro, cuando se daba la vuelta para caminar hacia el lado contrario, cuando cerraba los ojos por la risa o por el llanto. Y, cada vez que ella se volvía hacia él, buscándolo, él apartaba la mirada y el recuerdo acababa, dando paso al siguiente.

Era bonito y al mismo tiempo muy triste. Bonito porque Draco no parecía tener ningún motivo para estar enamorado de ella más allá de que era ella. No parecía quererla porque lo hubiera ayudado, defendido o halagado tantas veces. Si todo aquello era cierto, simplemente la quería porque sí. Porque era ella, más allá de él. Y era triste porque, a pesar de todo, él nunca tuvo los cojones de reconocerlo. Porque siguió apartando la vista para que ni ella ni nadie se dieran cuenta de sus sentimientos.

Porque le dio más importancia a su imagen que a sí mismo.

Que a Pansy.


Después de la conversación con Pansy, Blaise estuvo dando vueltas por el castillo sin ninguna meta en mente. Caminaba, pensando en todo lo que le había dicho la chica. No lloró, pero tampoco rió. Avanzó.

En algún momento de la noche, cuando la mayoría de la gente estaba en el comedor cenando, fue hacia la el patio interior oeste del castillo. Después de un vistazo lo encontró: el Ravenclaw de los ojos añil, el alto, el de «siempre vengo aquí después de cenar» del día anterior. El chico lo saludó con un gesto de cabeza por encima de su libro y una sonrisa en los labios.

—No pensé que fueras a venir —le dijo, mientras Blaise se aproximaba a él.

—Yo tampoco —confesó el moreno con un encogimiento de hombros. Se sentó a su lado en el banco de piedra, con las manos en los bolsillos—. ¿Qué lees?

—¿De verdad te interesa? —se burló el otro.

—Para nada.

Una risita. Cerró el libro y lo dejó sobre el banco.

—Soy Duncan Inglebee.

—Qué horror. Yo soy Blaise Zabini.

—Lo sé.

Blaise sonrió.

—He escuchado cosas sobre ti —dijo Duncan—, me pregunto si son ciertas.

—Probablemente —Zabini miró al cielo. Había un montón de estrellas—. Y bien, Duncan Inglebee, ¿quieres corroborar alguno de esos rumores?

Debía de ir a sexto o séptimo, debía de tener más experiencia, menos reparos o ninguna Pansy Parkinson en su vida, porque Duncan, tras un «por supuesto», le cogió la cara con las manos y lo besó.

Así de sencillo. Sin dudas, sin miedos, sin necesidad de dobles tintas. No hubo promesas esa noche, tampoco sentimientos. Pero ¿quién necesita sentimientos?, se dijo Blaise. Él desde luego que no.

Si eso era a lo máximo a lo que podía aspirar, lo que se merecía, lo aceptaba de buen grado. Porque era fácil.

Tan fácil…

Al acabar, se despidieron con un «ya nos veremos» mientras se abrochaban el pantalón. No hubo culpabilidad, tan solo un momento agradable en medio de un día de mierda.

Cuando Blaise volvió a su sala común, no quedaba mucha gente en ella. Un par de alumnos de segundo jugando a algo en una de las mesas del fondo, Daphne haciendo como que leía en un sofá, con los ojos clavados en el infinito, y Draco Malfoy. Zabini, que tenía las manos metidas en los bolsillos, se hizo daño agarrando el anillo. El puto anillo. De qué poco le había servido.

Fue hacia el rubio y se apoyó en el reposabrazos de su sofá, mirándolo de reojo. Estaba claro que el cabrón ya sabía todo lo que había pasado porque tenía esa sonrisilla suya tan petulante colgando de las comisuras de la boca. Como si hubiera ganado. Como si fuera tan simple.

—No has venido a cenar —apuntó Draco.

—Pero he cenado —se burló Blaise, sin querer dar más explicaciones. Sacó el anillo del bolsillo y se lo tendió al otro con la palma abierta—. Me parece que esto vuelve a ser tuyo.

Malfoy se lo arrebató de un zarpazo, confundido.

—¿Por qué cojones lo tienes tú? Y esto siempre ha sido mío —enfatizó con rabia.

—Vete tú a saber, querido. El caso es que ahora debes volver a tenerlo. Buena suerte, supongo.

Y, dicho eso, subió a su habitación sin mirar atrás.


Cuando dieron las dos de la mañana, Pansy todavía seguía con los ojos abiertos perdidos en el techo.

Se había tumbado nada más terminar de cenar, sin ganas de pasar un rato con nadie en la sala común. Como tampoco quería que le molestara ninguna de sus compañeras cuando subiera, había corrido el dosel de su cama. Su plan consistía en fingir que estaba dormida. «Con suerte», se dijo, «pueda fingirlo hasta salir de este maldito colegio». A eso de las once escuchó la puerta abrirse y el jaleo que siempre montaban Tracey Davis y Millicent Bulstrode. Quince minutos más tarde le pareció escuchar a Berenice Moon. Y, sobre las doce y media, subió finalmente Daphne.

Una hora después, todo eran silencios y silbidos de la nariz de Moon.

Pooh saltó hacia su cama y lo acarició distraídamente con una mano hasta que tocó algo extraño. Al mirar, se fijó en que el conejo tenía lo que parecía un trozo de pergamino enganchado en el collar. Cogió el papel, extrañada, y casi se le escapó un gruñido al ver lo que había garabateado. Conocía esa letra mejor que la suya propia —no por nada tuvo que imitarla cuando el chico estuvo con el brazo en cabestrillo por culpa de ese cochino hipogrifo—, lo que se le estaba escapando era el motivo de aquello. Pareciera que alguien tuviera ganas de que su día de mierda fuera aún peor. Un alguien con el pelo muy rubio y la lengua muy larga.

Alisó la nota —que había arrugado en el puño— y la volvió a leer:

«Tengo que hablar contigo.

Te espero después de cenar en la sala común. No tardes.

D. Malfoy».

Miró el reloj de su mesilla. Las dos y diez. El Slytherin haría mucho tiempo que se habría marchado refunfuñando. Y, de todos modos, ¿para qué iba a bajar? Estaba claro que su ruptura —quizá hasta que su relación con Blaise había sido una farsa— habría llegado a sus oídos. No tenía ninguna gana de que Draco se burlara de ella.

Dejó la nota en el cajón de la mesilla y sacó el pijama.

Era imposible que Draco estuviera todavía esperándola.

Se desabrochó la camisa, la dejó en la cama y Pooh se puso a mordisquear los botones, como siempre hacía. ¿Cómo habría hecho el rubio para engancharle la nota a su mascota? No podía subir al dormitorio de las chicas. «Quizá se la haya dado a la traidora de Daphne», se dijo, furiosa. Otro punto menos para la que hasta hacía unas horas había sido su mejor amiga. Tiró la falda al suelo, junto a los calcetines arrugados, se puso el pijama —azul, de cuadros— y se recogió el flequillo con unas pinzas.

Era imposible que siguiera ahí.

Abrió la cama, apartó a Pooh de su camisa y se sentó.

Imposible.

Volvió a ponerse en pie y decidió que necesitaba comprobar que Draco no estaba esperándola. Al no verlo allí, se enfadaría todavía más con el mundo y con los mentirosos de sus amigos y le dolería menos hechizarlos hasta la muerte cuando se le fuera completamente la cabeza. Algo que iba a pasar en breve como siguieran poniendo a prueba su paciencia.

Sin molestarse en calzarse, abrió la puerta de su habitación y bajó por las escaleras hacia la sala común cuidándose de no hacer ruido. Sin embargo, el puto penúltimo escalón crujió, como de costumbre, y el chico que había sentado en un sofá se giró como un resorte para mirarla.

Imposible.

Draco Malfoy estaba allí todavía. Llevaba el uniforme y las uñas mordidas hasta la raíz. Era un hábito que a ella siempre le había parecido adorable pero que él aborrecía porque hacía que el resto del mundo se diera cuenta de que estaba perdiendo los nervios.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la morena en un susurro.

El muchacho se puso en pie y se cruzó de brazos.

—Te dije que no tardaras —se quejó.

—No me dijiste nada —se defendió ella, enfadada—, le pusiste un trozo de papel a Pooh. ¿Cómo lo hiciste, por cierto? Y ¿cómo se supone que iba a saberlo yo?

—He averiguado cómo burlar la restricción de las escaleras de las chicas. —Parecía tan orgulloso cuando lo dijo que a Pansy casi le supo mal no seguir preguntando. Casi. Se cruzó también de brazos y lo miró ceñuda—. Estás todo el día con esa maldita bola de pelos, se suponía que lo verías antes.

—Bien. Pues no lo he hecho.

—Ya me he dado cuenta. —La miró de arriba abajo, extrañado—. ¿Qué se supone que llevas puesto? Y ¿qué es ese peinado? Tienes una frente enorme.

Si el rubio le hubiera dicho algo así hacía un año, ella se habría echado a llorar. De hecho, hace un año no se habría atrevido ni a imaginar presentarse de esa guisa ante él. Pero, y Pansy lo sabía mejor que nadie, en un año podían cambiar muchas cosas. Se acercó a él con los puños apretados y los ojos echando chispas y le soltó la cosa más hiriente que se le ocurrió.

—Llevo un pijama, ¿qué esperabas, que me pusiera de punta en blanco porque dejaste una ridícula nota en el collar de mi conejo? Y, sí, tengo una frente enorme. Ojalá poder decir lo mismo de tu pene.

Si hubiera estado Daphne en la sala común, Pansy sabía que la hubiera aplaudido hasta que le sangraran las manos. Pero allí solo estaba el amor de su vida, que se había quedado blanco como la cal ante su ocurrencia. La morena se sabía al chico de memoria: fue consciente de que ese ataque le dolería y sorprendería, igual que creyó ser consciente de lo que pasaría a continuación. «Ahora me insultará, tratando de ser lo más ofensivo que pueda, y se irá indignado a su habitación».

Sin embargo, en un año pueden pasan muchas cosas, y Draco Malfoy se echó a reír.

—Si tuviera la polla igual de grande que tu frente, nadie podría follar conmigo —soltó al fin. No pretendió ser ofensivo, solo gracioso, y eso descolocó todavía más a Parkinson—. Y hoy en día llaman pijama a cualquier cosa. En fin, qué más da. Vámonos. —Dio media vuelta en dirección a la salida de la sala común, seguro de que ella lo seguiría.

Se detuvo en el hueco de la pared para cederle el paso a la Slytherin y se encontró con que la muchacha no había dado ni un paso en su dirección.

—¿A qué estás esperando? —preguntó.

—A que me des un motivo.

—Ya te lo he dicho, tengo que hablar contigo.

—Pues habla.

—No aquí —se quejó, perdiendo la paciencia.

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza que alguien pueda vernos? —Lo dijo a sabiendas, venenosa. Lo dijo al fin con más rabia que tristeza.

—¡No tiene nada que ver con eso!

Y, a pesar del enfado en el tono de Malfoy, ella no le creyó. Ya había sido lo suficientemente tonta para tres vidas, no pensaba serlo ni un segundo más.

—Yo de aquí no me muevo —decretó la morena, cruzándose de brazos de nuevo—. Si quieres decirme algo, adelante. Si no, me voy a la cama.

—¿Por qué cojones actúas así? —ladró, caminando a grandes zancadas hacia ella.

—Por tu culpa.

Esas tres palabras lo dejaron paralizado. Claro que era por su culpa, lo sabía de sobra. Agachó la cabeza, clavó los ojos en los zapatos y murmuró muy bajito:

—Lo sé.

Pansy no se ablandó.

—¿Qué es lo que quieres decirme?

—Theodore me dijo que lo tuyo con Zabini era una farsa. —Todavía no la miraba.

—Típico de Theodore el meter las narices donde no lo llama nadie. ¿Y bien? ¿Quieres reírte de ello? ¿También te has enterado de que se enrolló con Blaise? ¿Y de que Daphne se acostó con él? O quizá te haya llegado que Vincent y Gregory han hecho un trío con Zabini. A estas alturas no me sorprendería.

—La verdad es que a mí tampoco —bromeó. Ella se mantuvo impávida y él carraspeó—. Parece que soy el único con el que no se ha liado, lo que demuestra que tiene un gusto lamentable.

—Mi cara seria significa que no eres gracioso.

—No, significa que no tienes sentido del humor. —Volvió a aproximarse a ella, esa vez más despacio, como si temiera que se fuera a evaporar si daba un paso en falso—. Y… ¿qué me dices de ti? —Silencio. Odiaba tener que concretar y a pesar de todo lo hizo—. O sea, ¿tú te liaste con él?

La morena arqueó las cejas hasta que casi le rozaron la raíz del pelo.

—¿De esa estupidez querías hablar?

—¡No es una estupidez!

—¡Claro que lo es! ¿Qué leches te importa a ti con quién me bese o me deje de besar? Hace mucho que no es asunto tuyo… no, de hecho nunca ha sido asunto tuyo.

Él apretó la mandíbula.

—Que puedas hacerlo no quiere decir que no me moleste.

—Me importa bien poco lo que te moleste o te deje de molestar, Draco. —No era cierto pero, con suerte, él no se daría cuenta. Casi sin querer, soltó—: pero no, no nos hemos besado.

—Yo tampoco he besado a nadie. Desde mi cumpleaños, quiero decir.

—No me importa —volvió a mentir ella y esa vez estuvo segura de que él lo supo porque sonrió de manera casi imperceptible.

Se mantuvieron un rato en silencio. En la cabeza de él daban vueltas las mil formas de decirle lo que quería decir. No tenía miedo de que los viera alguien, como le había acusado Pansy. Simplemente tenía miedo. De todo en general. Y, quizá, de ella en particular. Se iba a exponer a alguien como no se había expuesto en la vida y eso lo aterraba. No porque creyera que pudiera rechazarlo, eso era ridículo. Ella era Pansy y él era Draco, no se le ocurría forma en la que aquello pudiera torcerse.

Pero…

Se aproximó otro paso hacia ella y la chica no se apartó. Una buena señal. La miró desde su altura, agachando la cabeza. Un palmo y podría besarla, quizá menos de un palmo. Desvió la mirada hacia esos labios rojos de tanto mordisquearlos y después volvió a sus ojos. Pequeños, rodeados de pestañas negrísimas y espesas. Jamás había visto a nadie con los ojos tan oscuros como Pansy Parkinson.

—Dímelo ya —le dijo la morena, haciéndole cosquillas en la boca con su aliento.

—Te quiero.

La chica cerró los ojos, como si en vez de una declaración le hubieran dado una puñalada en el costado.

—¿No tienes nada que decir a eso? —se impacientó él, nervioso.

—Ya sé que me quieres, Draco.

—Me refiero a que estoy enamorado de ti.

—También lo sé.

—¿Y tú lo estás de mí?

En un año podían cambiar muchas cosas. Y había otras cosas que, daba igual el tiempo que pasara —un año, dos décadas, tres vidas—, que no cambiarían nunca.

—Sí —reconoció.

Él apoyó su frente en la de ella, con una sonrisa trepándole por las mejillas.

Se aproximó aún más para besarla y se sorprendió cuando ella echó para atrás la cara. Pansy suspiró, como si él fuera imbécil, como si no entendiera absolutamente nada, y retrocedió un par de pasos. Consideró darle una explicación antes de dejarlo allí plantado. No porque se la mereciera, sino porque le apeteció hacerlo.

—Sé que estás enamorado de mí, Draco, lo he sabido siempre. Mucho antes que tú, de hecho. También sé que yo sigo enamorada de ti…

—¿Y cuál es el puto problema? —interrumpió el chico, frustrado.

—El problema es que no es suficiente.

—¿Perdona?

Pansy se encogió de hombros.

—No es suficiente —repitió—. Estoy enamorada de ti pero desearía no estarlo. Y eso no está bien. Te quiero pero, por una vez, me quiero más a mí.

—No entiendo de qué coño hablas.

—Y a mí no me importa.

Se giró para irse, pero se detuvo cuando él le agarró de un brazo. Había súplica en esos ojos grises.

—Pansy, Pan… ¿qué se supone que quieres que haga?

Con sinceridad absoluta, le dijo:

—No tengo ni idea.

—¿Quieres que le diga a todo el mundo que me gustas? ¡De acuerdo!

—No creo que sea tan fácil, pero tú sabrás. No esperes que yo te ayude con esto. Si te apetece, esfuérzate tú solo. Si no, no lo hagas.

«No espero que lo hagas», pensó.

Dio un tirón para soltarse del agarre y se fue escaleras arriba.


Para cuando Pansy llegó a su habitación, sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Lo había hecho. Por Merlín bendito, ¡había rechazado a Draco Malfoy! No estaba segura de haber podido hacerlo —que no de querer, de querer hacerlo sí que estaba segura— hasta que se apartó cuando él fue a besarla.

No había sido un error. Nada había menos erróneo que rechazar a Draco, por mucho que le hubiera dicho de una buena vez que estaba enamorado de ella. Pero, aunque supiera que era lo correcto, aunque no se arrepintiera, le dolió como si le clavaran astillas bajo las uñas.

Se tumbó en la cama hecha un ovillo y, sin darles permiso, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Pansy… —la voz de Daphne al otro lado del dosel—. Pansy, ¿puedo entrar?

La morena tardó bastante en contestar y le sorprendió que su amiga no le dijera nada más, que no le metiera prisa. Que no se fuera. Cuando hizo a un lado una esquina del dosel para dejarla pasar, se la encontró con los ojos preocupados y las manos agarradas.

—¿Estás bien? —preguntó, avanzando un paso para quedar al lado de la cama de la otra.

—No.

—He… he escuchado un poco de la conversación desde las escaleras y… —le temblaba la voz—. ¡Oh, Pansy, lo siento tantísimo! —Se tapó la cara con las manos y se echó a llorar.

A Parkinson le costó bastante aceptar sus disculpas. Tuvo que escuchar cómo Daphne, entre lágrimas y con la cara aún tapada, se insultaba de mil maneras diferentes. Tuvo que sentir, y no intuir como siempre hacía, lo arrepentida que estaba. Al final se restregó los ojos con la manga del pijama, cogió a su amiga del brazo y la sentó a su lado. La abrazó y besó en el pelo mientras ella seguía llorando desconsolada.

—Ya está, Daph. Ya está.

—Soy tan horrible… Soy la peor amiga de… ¡oh, por Salazar! ¡Me doy asco!

—Tienes razón —le dijo la morena, con una sonrisa pequeñita—. Como amiga no vales gran cosa, ¿pero qué otras opciones tengo? Millicent está con Tracey, a la que por cierto odio, y Berenice me da muy mal rollo. —Daphne se rió un poco, entre hipidos y mocos sorbidos—. Además, tendría que empezar desde el principio con alguien, ¿sabes? Contarle toda mi vida y eso. No sé, piensa en todo el trabajo que supondría… Qué pereza.

—De verdad que lo siento tanto…

—Ya, ya. —Le acarició la cabeza—. ¿Cuánto has escuchado ahora?

—¿En las escaleras? Poco. Solo que te ha dicho que está enamorado de ti, no quería estar ahí cuando… ya sabes.

—No ha habido ningún «ya sabes».

Daphne levantó la cabeza del hombro de Pansy y la miró, con la cara llena de ronchas por la llantina.

—¿Qué quieres decir?

—Lo he rechazado.

—¡¿Que has hecho qué?! —La cogió de los hombros y la acercó para abrazarla—. ¡Por los fundadores, eso es maravilloso!

La morena sonrió en el cuello de su amiga.

—Me ha costado mucho. No sabía si iba a ser capaz.

—¡Pero lo has hecho! ¡Estoy tan orgullosa! —Se separó de ella, cogiéndola de las manos y sonriendo sin esconder ese diente torcido que tan estúpidamente le preocupaba en otras ocasiones—. ¿Y qué ha dicho? ¿Cómo se lo ha tomado?

—Me ha preguntado qué tenía que hacer, ¿te lo puedes creer? ¡Como si yo tuviera que decírselo!

—Qué tío más ridículo… ¡un momento, espera! ¡Tengo una cosa…!

Se levantó, fue corriendo hacia su cama para agacharse y sacar de debajo del colchón una botella. Volvió adonde estaba Pansy, se sentó con las piernas cruzadas frente a ella y la abrió.

—Es vino de elfo. Afrutado, ¿sabes? Lo guardaba para una ocasión especial.

Pansy empezó a reírse.

—¿Que haya rechazado al amor de mi vida te parece una ocasión especial?

—¡La que más! —Le tendió la botella, sonriendo—. Tienes que hacer los honores.

Y los hizo. Estuvieron un montón de tiempo comentando los pormenores de la conversación, entre traguitos. La cara de él, el tipo de voz que puso, hasta el último gesto. Las frases de ella, cómo le costó pronunciarlas y lo que significaron. Le dieron varias vueltas a cada cosa, cada vez más motivadas.

—Entre Blaise preguntándome con retintín si iba a volver con Draco y Draco pidiéndome que le dijera «lo que se supone que tiene que hacer»… —lo imitó, agravando la voz y arrastrando las palabras—. De verdad, se me escapa cómo pueden ser tan obtusos.

—Supongo que Blaise pensaría que, pese a todo, era mejor que Draco.

—¡Pero si ni siquiera me había dicho que le gustara! En teoría toda la parafernalia de nuestra relación era una especie de juego. —Rodó los ojos mientras bebía—. Yo sabía la verdad, claro. No soy tan tonta. E incluso llegué a pensar que podía funcionar… Qué estupidez.

—Es un cobarde —concedió Daphne—, pero si hubiera hecho las cosas bien… Quién sabe.

—No. Yo lo sé. Es lo que le dije: no puedo estar con alguien solo porque no me trata mal. Solo por no estar sola. Me he pasado casi toda mi vida intentando que otra persona me quisiera a su lado, intentando ser algo que a él le gustara… —dio un golpe con el puño en el colchón—. ¿Y qué habría conseguido, Daph? ¡Imagina que hubiera salido bien! ¡Imagina que tuviera que pasarme el resto de mi vida limitándome a ser el algo de alguien! ¡No! ¡Basta!

—Tienes razón, claro, pero ahí te refieres a Draco, ¿no?

—Sí, bueno. Traté de ser lo que él quería, un error. Pero salir con otra persona para «curar» las penas o algo así… ¡qué tontería! —Estaba enfadadísima. Con ellos y con ella misma—. Como si necesitara a alguien para arreglarme, como si no pudiera vivir sola, como… Pero, no, ¡ag! —Dio otro trago a la botella, frustrada—. Me cuesta centrarme, joder. Lo que quiero decir con todo esto es que Blaise me empezó a gustar, ¿vale? Es muy guapo y me trataba muy bien (dejando de lado que no supiera mantener la bragueta subida). Pero, no sé, ¿de verdad eso es todo a lo que aspiro? ¿A estar junto a alguien porque es simpático y me trata bien? Pues si así son las relaciones, no las quiero. No… Es agradable que una persona te diga cosas bonitas, que te acompañe, que te apoye… Pero ¿no se supone que para eso están los amigos? No hay que salir con alguien para ello. De hecho no hay que salir con alguien para nada.

»Ay, joder. Creo que me he explicado fatal. Perdona, estoy un poco borracha. No sé, ¿tú qué opinas?

—Hum… A ver, yo no soy la mejor persona a la que preguntarle por una relación —se rió—. Solo sé que tienes razón, aunque yo no haya sentido las cosas como tú. Quizá al principio con Theodore fue un poco así: tratar de ser alguien distinto para que me viera. Más que distinto, exagerado. Una Daphne al cubo, supongo. Después, cuando todo acabó y se fue con Turpin, abrí los ojos. No tengo como tú la necesidad de alejarme de los tíos porque yo no me he visto nunca como un complemento de ellos. Si acaso al contrario. A mí me gusta rodearme de gente que diga que soy estupenda, por inseguridad o por lo que sea, vale. Sin embargo… Ellos son la herramienta, el complemento. A excepción de esos primeros momentos con Theodore, nunca he dejado de ser yo misma. ¿Que tendría que aprender a valorarme sola y todo eso? Pues sí, pero hasta que aprenda no me importa que un montón de memos cumplan con mis necesidades. —Pansy asintió con la cabeza, satisfecha con el punto de su amiga—. Oye, y con respecto a Draco… ¿crees que de verdad hará algo?

Pansy se lo pensó un segundo.

—Es muy orgulloso, quizá lo intente. Pero… no creo que haga nada de lo que necesito, aunque todavía no tenga ni idea de qué es. Tampoco quiero pensarlo, ¿sabes? Quiero pensar en mí.

—Brindo por eso —Daphne alzó la botella solemnemente.

—Espera, espera. Eso es lo que necesitamos: ¡un brindis!

Pansy se puso en pie a duras penas sobre la cama. Cuando logró estabilizarse le pidió la botella a su amiga, la alzó y gritó —bien poco le importaba que fueran cerca de las tres de la mañana—:

—¡Por ti, por mí y por todas nuestras compañeras! —Empezó a reír como una idiota igual que Daphne, que se subió para hacerle compañía. La morena alzó nuevamente el vino cuando ambas hubieron bebido—. ¡Por McGonagall, que no folla y es feliz igual!

—Hombre, feliz, lo que se dice feliz…

—¡Pues que es maestra! ¡Y sin ayuda de ningún hombre!

—Y Trelawney. Y Sprout. Y Sinistra. Y…

—¡Pues por ellas también! ¡Y por la gata de Filch, que es una cabrona y le da igual que todos la odien!

—¡Por Norris!

—¡POR NORRIS!

—¡¿Os queréis callar de una putísima vez?! —vociferó Tracey Davis desde su cama.

Sin bajarse del colchón, Pansy descorrió el dosel y le gritó:

—¡NO! ¡Le estamos poniendo voz a las mujeres fuertes e independientes de nuestra vida!

—Por Salazar bendito… —refunfuñó Millicent.

—¡¿Y tenéis que hacerlo precisamente ahora cuando mañana hay clase?!

—¡Sí, Tracey, sí!

—¡¿Sois imbéciles o qué?!

—Como sigáis así pienso quejarme a Snape —soltó Berenice Moon sin atreverse a asomar la cabeza.

—¡Pues vamos, corre! —la alentó Daphne—. ¡Suerte encontrándolo ahora!

Tras unos cuantos insultos más, las otras se rindieron, dando la batalla por perdida. Parkinson y Greengrass se dejaron caer de espaldas en la cama con una gran carcajada. Pansy dejó la botella ya vacía tumbada en el suelo.

—Esto ha sido divertido —le dijo a Daphne, sonriendo con las mejillas arreboladas.

—Sí. Sin tíos mejor.

—Los tíos siempre lo complican todo. ¿Escuchaste cuando le dije a Draco que tiene el pene diminuto?

La castaña se giró hacia ella.

—¿Que hiciste qué? ¡Por Merlín! Eso me lo perdí… Aunque menos mal, me habría reído como una posesa y lo habría echado todo a perder. Y, oye, ¿es verdad? ¿Tan pequeña la tiene?

Pansy también se giró para quedar frente a ella. Tenía la cara pensativa.

—A ver, no puede decirse que sea precisamente una experta en el apartado pitos, ¿sabes? Solo he visto dos. El de Adrian era más grande, aunque tampoco para volverse loca. Draco… no creo que sea pequeño, pequeño. Normalito tirando a simpático o algo así.

Daphne se atragantó de la risa.

—El de Adrian lo conozco bien.

—Menudo puto.

—Pues sí, menudo puto. Pero cómo besa…

—Ay, sí. Oye, ¿y Theodore?

A Daphne le entró la risa tonta.

—Es enorme, ¿no lo sabías? Pensé que cuando vosotros…

—No, no. No vi nada. Si poco más y me deja toda la ropa puesta, el muy rancio. Es un bestia.

—Sí.

—No es algo bonito, no pongas esa cara de pánfila.

—No tiene que ser bonito.

—Ay, qué asco. Theodore. Ag. Theodore y su enorme pene. No podré volver a mirarlo a los ojos nunca más.

—De hecho… En confianza: que sea grande es más inconveniente que ventaja, ¿eh? Por eso no pude follar con él bien. Bueno, por eso y porque es subnormal. Yo quiero penes normales, penes accesibles.

—¿Como cuánto de accesibles?

Daphne separó sus manos para marcar el tamaño.

—Daph, cielo, estás muy borracha. Eso que has hecho deben de ser por lo menos cuarenta o cincuenta centímetros. Se te sale por la boca.

La castaña se carcajeó hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.

—La verdad es que las pollas… pues ni plin, ¿me sigues? Me he dado cuenta de que es mejor la boca —se puso como un tomate, un tomate extremadamente sonriente—. Lo que nos lleva de nuevo a que los tíos son totalmente innecesarios.

—Ojalá fuera lesbiana.

—Pues sí, ojalá lo fueras.

Pansy la miró con los ojos muy abiertos y la risita entre los labios.

—Oye, tú no lo eres, ¿no?

—No. No sé. No, no creo. Bueno, eso nunca se sabe, ¿no? Nunca he estado con una tía.

—No hace falta estarlo para saberlo. Yo sin estar con chicos sabía que me gustaban.

—Ya, pero es distinto. O sea, se supone que te tiene que gustar la gente del sexo opuesto, es como algo preestablecido. Te lo enseñan y lo asumes. Yo quizá sea lesbiana, bisexual o muy sexual a secas —a la morena le entró la risa floja y soltó «eso seguro»—. Cuando veo a una chica preciosa me da mucha envidia, ¿y si eso es algún tipo de sentimiento reprimido disfrazado?

Pansy estudió detenidamente a Greengrass. Entendía muy bien aquello de observar a alguien con envidia, no por nada llevaba todos esos años mirándola a ella con esa mezcla de celos y fascinación.

—Oye, Daph, bésame.

—¿Qué? ¿En serio?

—En serio.

Y sin pensárselo más, se acercó a ella y la besó. Fue un beso cortito, lento, muy diferente a los que había dado antes. La boca de Pansy era blanda y agradable, la cintura sobre la que había posado su mano estrecha y suave.

—Creo que no soy lesbiana —dijo después Pansy, mordiéndose el labio inferior—. Qué mierda.

—Pues sí, qué mierda.

—¿Y tú?

—Qué mierda —repitió Daphne.

—¡OH! ¡Hay una bollera en mi cama! ¡Ayudaaaaa!

La castaña le dio un almohadazo.

—Calla. Esto hay que estudiarlo a fondo. Hacer un montón de comprobaciones empíricas.

—Y táctiles.

—Y táctiles. —Asintió con la cabeza—. Eh, Pansy, ¿puedo dormir aquí contigo?

—Vale, pero no me metas mano.

—No prometo nada.


—Llevas unos días pensativa —le dijo Pansy, caminando más rápido para ponerse a su altura—, ¿es por lo del beso? ¿Te has dado cuenta de que eres lesbiana y temes decírselo a Theodore por miedo a que se suicide?

Daphne sonrió apenas, pero no hizo ningún comentario.

Habían pasado tres semanas desde aquello y daba la impresión de que todo había vuelto a la normalidad. Blaise y Pansy hablaban y bromeaban —o él bromeaba y ella le pegaba patadas— como si su relación nunca hubiera existido. O como sí que lo hubiera hecho pero hubiera acabado con un apretón de manos y un «hasta luego». El primer día él no supo cómo acercársele, temeroso de que ella hubiera decidido no dirigirle la palabra nunca más. Fue la morena la que comentó como si tal cosa algo relacionado con un trabajo de Herbología. Aquello supuso un alivio para él, que pudo dejarse la máscara puesta y actuar con la despreocupación de costumbre. También le ayudó a pasar el mal trago el que yo le contara que Draco había sido rechazado, claro. No se enfadó con Daphne, por cierto. De hecho no le hizo ningún comentario al respecto.

El rubio, por otro lado, parecía determinado a que Pansy conociera todas y cada una de sus virtudes. Hasta aquellas que solo él consideraba como tal. Cuando decía algo gracioso, la miraba fijamente para comprobar si ella se reía, cuando sacaba buena nota en un examen, lo gritaba a los cuatro vientos para que ella no pudiera dejar de escucharlo. Era el primero en entrar en el baño cada mañana y el último en salir, y aunque al principio se hicieran bromas en la habitación sobre su nueva afición a peinarse el pelo de doscientas maneras diferentes o a usar tres litros de colonia, él no dejó de hacerlo.

Nada de eso dio resultado, sin embargo. Pansy lo trataba con normalidad, como a cualquiera de nosotros, y eso lo quemaba por dentro. Acabó asumiendo que ella no necesitaba que fuera más gracioso, listo, guapo u oloroso. Que tenía que ser otra cosa, algo que se le escapaba. Se quejaba mucho por ello, conmigo y sin mí, pero a pesar de ello no se rindió.

—¿Daphne? —volvió a llamarla Pansy.

La castaña se detuvo cerca del comedor, meditabunda.

—Pansy, tengo que contarte algo.

—Oh, por Salazar, ni se te ocurra decirme que al final te has acostado con mi padre.

Otra sonrisa flojita, descafeinada. Parkinson la cogió del brazo y ya en serio le sugirió dar un paseo por los terrenos.

Era domingo y empezaba a hacer calor. Se notaba que el curso tenía los días contados, que el verano llamaba a la puerta. Las dos chicas anduvieron con paso tranquilo por los jardines que había detrás de los invernaderos de Herbología. Pansy no dijo ni una palabra, esperando a que la otra encontrara las suyas.

—Me siento extraña —dijo Daphne al fin.

—Ya te veo.

—Es… Digamos que me he enterado de algo. Algo gordo. Digamos también que si me he enterado de ello es porque la persona que me lo ha contado confía en mí.

—Pero tú quieres decírmelo —ayudó la otra—. Bueno, a mí o a quien sea.

—Exacto. Sin embargo eso supondría traicionar a la otra persona.

—Ya veo. Espera, sentémonos en ese banco de ahí. Bien, veamos, si no me lo cuentas ¿qué podría ocurrir?

Daphne se puso blanca.

—No lo sé.

—¿Algo malo?

—Seguramente.

—Pues es muy fácil, Daph: ¿es peor lo que podría ocurrir si no dijeras nada que lo que ocurriría si lo hicieras y Theodore, porque seguro que se trata de Theodore, se enterara?

La más alta se giró hacia su mejor amiga.

—¿Por qué te has vuelto una especie de sabia?

—Siempre he sido sabia, quita esa cara de sorpresa ahora mismo.

—Es sobre Theodore.

—Por supuesto. Siempre es sobre el cochino Theodore.

—Pansy, esto es serio, es… Cuando empezó nunca pensé que podría llegar a… Mierda. —Respiró hondo, tratando de tranquilizarse—. Es sobre Theodore y Turpin. —Pansy no la interrumpió—. Él le está haciendo cosas horribles, ¿lo sabías?

—Pues claro. Sé que la alejó de sus amigos, me lo contó Blaise.

—Ya, pues esto es peor. Por Dios, no sé cómo empezar. Theodore me lo cuenta todo, ¿vale? Es agradable porque confía en mí, aunque también es complicado. Yo, en fin, no soy una persona particularmente buena, lo sabes, pero hay ocasiones en las que él se aleja muchísimo de mi idea de lo que es no ser bueno. Ocasiones en las que llega a un extremo que… Y supongo que lo sabe, sabe que no soy como él, pero a pesar de todo me lo cuenta porque soy especial. Porque somos especiales ambos, juntos. A mí eso me hace sentir bien, conectada a él. También me ayuda porque me permite estar pendiente, vigilar por si le pasa algo…

—Por si se le va la cabeza —resumió Pansy, pensando en mis ataques.

—Exacto. Las cosas que hace, hasta las más horribles, me importan poco en comparación a lo que me importa él. O sea: si tiene que actuar de forma espantosa pero eso lo hace feliz, si lo aleja de esas veces en las que se le va la cabeza, me parece bien. No es solo que lo acepte, es que le animaría a ello. No me interrumpas, Pansy, sé que no piensas como yo. Pero es así. Ni siquiera es solo porque esté o no enamorada de él, es una forma de pensar general. Si tú me dijeras que tienes que pegar a un chaval de primero porque si no estarías triste, me parecería estupendo.

—Eh… Vale, lo capto. Entonces ¿cuál es el problema?

—El problema es que lo que está haciendo ahora con Turpin me hace sentir mal.

Parkinson se cruzó de brazos, meditabunda, y comenzó a balancear los pies.

—¿Porque es demasiado o porque es tu culpa?

—Amba… —Se giró hacia ella rápidamente—. ¡Espera! ¿Cómo puede ser esto mi culpa?

—Porque seguro que has animado a Theodore a ello —empezó a enumerar con una mano—, porque al principio fijo que te hacía sentir bien que fuera malo con ella, porque no has hecho nada por evitarlo, porque incluso ahora que se ha salido de madre te sigue costando contármelo, porque…

—¡Ay, vale! ¡Para! —Se restregó la cara buscando despejarse.

—¿Qué es exactamente lo que le está haciendo?

—Daño.

—Mira, lleva haciéndole daño desde el cochino primer día que…

—Daño físico. Heridas. —Pansy se quedó muda. Cuando Daphne la miró, estaba desencajada—. Lleva un mes hechizándola. La desmaya, la confunde y le hace olvidar cosas. Le hace heridas en los brazos, en las piernas… Y luego intenta hacerle ver que se lo ha hecho ella misma. Está intentando volverla loca o algo así. También la putea de otras formas, con su actitud y demás, pero esto es peor. Hace tres días, vino muy contento a decirme que al fin había dado resultado.

—¿Eso qué significa?

—Que la muy imbécil tenía heridas que él no le había hecho. ¡Por Salazar, Pansy! ¡¿Y si se acaba cortando las venas o tirando por la ventana o…?!

Subió las rodillas al banco y se las abrazó, ocultando la cara entre ellas. Si esa niña se mataba, Greengrass sentiría que había sido su culpa. En mi opinión, era una exageración: Lisa Turpin no se iba a suicidar. Tan solo había aprendido a actuar como creía que llevaba tiempo actuando, buscándole quizá un sentido. Y aunque Daphne no quisiera cargar en la conciencia con el peso de la muerte de una chica —al menos no en ese momento—, no se podía decir que no hubiera contribuido en los aspectos menos físicos de mis experimentos. Obvió decírselo a Parkinson, supongo que por vergüenza, pero cuando se me ocurrió dos semanas antes de esa conversación que folláramos ambos con Turpin, no puso reparos. Lo disfrutó, incluso. Sintió eso como un juego, turbio, pero juego al fin y al cabo. E igual que Daphne no fue capaz de entender al cien por cien cómo funcionaba mi moral, yo tampoco fui capaz de entender cómo lo hacía la suya. Dónde estaba el límite y por qué estaba precisamente ahí. Tal y como le había dicho a Pansy, ella consideraba mucho más importante que yo estuviera bien, que me sintiera bien.

No se me ocurrió que, después de infligir y ayudarme a infligir tanto dolor psicológico, fuera el físico el que le causara reparos. En mi opinión, torturar mentalmente a alguien era mucho más cruel que hacerlo físicamente. Las heridas se curan, la cabeza no siempre.

—Tienes que pararlo —sentenció Pansy.

—¿Cómo?

—No lo sé. Habla con Snape.

—¡No puedo acusarlo ante un profesor! ¡Tiene un problema, Pansy!

—¡Su problema es convertirse en un problema para el resto! ¡Esto es serio, Daphne! ¡Dejad de tomároslo a la ligera!

—No lo hacemos —dijo flojito—. Es solo que… Es Theodore, Pansy. Es nuestro Theodore.

La morena dio un grito y se puso en pie de un salto, exasperada.

—¡Ya lo sé! Mierda. ¡Lo sé! Pero…

—Tenemos que ayudarlo. Debemos hacerlo. Pansy, por favor…

—También tenemos que ayudarla a ella —la castaña iba a replicar—. No. Cállate. Se lo debes. Se lo debemos todos, por permitir que este imbécil siga suelto tan campante por aquí.

—¿Qué se supone que puedo hacer?

—Hablar con ella. —Volvió a sentarse al lado de su amiga, pasándole un brazo por los hombros—. Está sola, ¿verdad? Pues demuéstrale que estás ahí, que la apoyas o algo así.

—¡No quiero ser su amiga!

—Joder, Daphne, qué pesada eres. No tienes que ser su amiga. Tienes que animarla a que se aleje de él y ya está. Hazlo como te dé la gana, me da igual, pero asegúrate de que se largue.

—Pero…

—Se lo debes —sentenció por enésima vez Parkinson.

—De acuerdo.


Gregory no había corrido más rápido en toda su vida.

A los dieciséis años ya sobrepasaba el metro ochenta, la mayor parte del cual lo conformaban sus piernas. Pero, por muy largas que estas fueran, no parecían suficiente.

«Más rápido», se exigió.

Chocaba contra todo lo que se cruzaba en su camino: alumnos, muebles, paredes. Incluso atravesó a un fantasma, no se quedó a averiguar a cuál, y ahogó un gemido por la desagradable sensación.

Pero no se detuvo. Tenía que encontrar a esa maldita niña antes de que todo se saliera aún más de control. Nadie le había pedido que buscara a Lisa Turpin y tampoco habría necesitado instrucciones para hacerlo. Era lo que había creído conveniente, lo que se le pasó por la cabeza que podría ayudarme, y sin perder un instante salió a la carrera para conseguírmelo.

Le echó un vistazo a su reloj de muñeca sin dejar de correr. Ya debía de estar abierto el gran comedor para la cena, quizá, si tenía suerte, la encontrara ya allí. Y esperaba tener suerte, porque no tenía ni puta idea de cómo llegar a la sala común de Ravenclaw.

Estuvo a punto de tropezarse con ella en el vestíbulo de entrada del colegio. Se paró unos segundos para recobrar el aliento, no sin antes agarrar a Lisa por un brazo para impedir cualquier intento de fuga.

—Ven conmigo —exigió al tiempo que tiraba de ella hacia las escaleras de bajada que llevaban a las mazmorras.

—¿Adónde vamos? ¡Espera!

—¡Que vengas, coño!

A pesar de que la rubia accedió a acompañarlo sin rechistar, Gregory estuvo quejándose todo el camino hasta la sala común de Slytherin porque era muy lenta. Barajó la posibilidad de cargársela al hombro, pero después de la paliza a correr que se había dado no estaba en su mejor momento físico. Tampoco le apetecía tentar a la suerte y ganarse una maldición, que las chicas tenían ese tipo de cosas cuando las tocabas sin su permiso.

—No puedo entrar ahí —trató de explicarle Lisa cuando se detuvieron ante la entrada.

—Me suda los cojones, vas a entrar —ladró él de vuelta.

El chico gruñó la contraseña y apenas se abrió el resquicio suficiente en la pared entró a la sala común con la Ravenclaw agarrada por el brazo. La arrastró hacia las escaleras que conducían a los dormitorios masculinos sin hacer ni caso de las miradas que recibían por parte de los alumnos de Slytherin que quedaban allí. Por suerte, y al ser la hora de cenar, había pocos. Pero Gregory sabía de sobra que al día siguiente tendría lío con Snape como alguno se fuera de la lengua.

Cuando llegaron a la puerta de la habitación de los chicos de quinto no se oía ni un alma. «Deben de haber hechizado el cuarto», se dijo Goyle. Había sido buena idea, los Slytherin no pecaban de entrometidos, pero con los gritos que estaba dando cualquiera habría podido pensar que me estaban matando.

El chico puso una mano en el pomo pero antes de girarlo miró con el ceño fruncido a Lisa.

—Ayúdalo.

Lisa no supo si fue una súplica o una demanda. Asintió con la cabeza y pasó a través de la puerta, por detrás de aquel Slytherin enorme. Cuando él se apartó y ella pudo ver la escena que tenía lugar en la habitación, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.

El dormitorio estaba destrozado, como si hubiera pasado por él un huracán. Algunas de las cortinas de los doseles estaban hechas jirones, el contenido de baúles y armarios desperdigado por el suelo. Dio un paso y algo de cristal crujió bajo la suela de su zapato. ¿Había dado un paso hacia delante o hacia atrás? No lo sabía. No sabía nada.

Y había tanta sangre…

Gregory la dejó ahí abandonada y corrió a ayudar a su amigo para agarrarme. Vincent me tenía sujeto por el pecho, abrazándome por detrás, y Goyle se ocupó de que dejara de patalear para que Draco pudiera acercarse con la varita. No había ni rastro de Blaise o de las chicas.

—Pansy ha ido a buscar a Daphne —informó el rubio a Gregory. Después se giró, con la varita todavía en alto apuntándome, y miró a Lisa. Ella se sorprendió al ver desesperación en esos ojos grises que solían ser tan altaneros—. ¡Eh, tú, ven! Acércate, vamos. ¡Haz algo!

—¿Q-qué quieres q-que haga…?

—¡Y yo qué coño sé! ¡Algo! ¡Por favor!

Lisa estaba demasiado bloqueada por la situación para sentir algo más que terror pero, si hubiera cabido algo más, habría sido molestia. «¡Algo!». ¿Qué querían que hiciera ella? ¡Como si eso pudiera arreglarse de alguna forma!

Se quedó estática, sin embargo. Observó con la cara blanca como la cal cómo Malfoy me quitaba la camisa a la fuerza —mientras yo pataleaba y gruñía— para curar las heridas. Parecía que me hubiera peleado contra un hombre lobo y hubiera perdido. Tenía moretones, cortes y mordiscos. Mordiscos que me había dado a mí mismo, dada la sangre que me manchaba la boca y los dientes.

—¡NO SIENTO NADA! ¡NADA! —vociferaba, riendo al tiempo que me caían lágrimas por las mejillas—. ¡ESTOY MUERTO! ¡ESTOY MUERTO! ¡ESTOY MUERTO! ¡ESTOY MUERTO!

—¡Draco, hechízalo, joder! —demandó Vincent, luchando por contenerme.

—¡No puedo! ¡Las heridas…!

—¡Que le jodan! ¡Ponlo a dormir ya!

Había tanta sangre…

Cuando Lisa se dio la vuelta para salir corriendo de allí, se topó de frente con Daphne, que acababa de llegar junto a Pansy. La castaña la miró un segundo, asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y fue corriendo hacia mí.

—Vete —murmuró Parkinson cuando la Ravenclaw se quedó bloqueada—. Nosotros nos encargamos. Vete.

»No vuelvas nunca.

Y Lisa se fue.


NOTAS

Por mucho que tenga otro proyecto entre manos ("Tom"), uno que me emociona infinito y con el que planeo terminar mi etapa en fanfiction, sigo sin poder sacarme de la cabeza "Mortífago". Con todos sus fallos, exageraciones y cosas que odio. Es como ese hijo gamberro que te complica la vida pero al que a pesar de ello adoras. Es mi evolución, como ficker, escritora y persona. Con todo lo que me avergüenza y todo lo que me hace sentir orgullosa.

Así que aquí tenéis otro capítulo y seguiréis teniendo hasta el final.

Ya lo dije por Twitter: me ha encantado escribirlo. El motivo principal de esto ha sido Pansy (¿habéis escuchado el TEMAZO del principio?), mi personaje favorito de lejos (seguida por Vincent). Nunca ha estado basada en nadie, pero sin querer ha ido representando todas mis etapas como mujer. Como feminista. Humillándose y dejándose humillar, primero, asumiéndolo y arrepintiéndose, después. Confrontándolo y cambiándolo, al final. Ha acabado alejándose infinito de aquello que nos presentó Rowling pero… who cares.

Y aunque, como Pansy, ningún personaje esté basado en nadie en concreto, he tenido la inmensa suerte de haber "conocido" (¿se puede conocer a alguien por redes? Sí, joder) a una Daphne Greengrass de carne y hueso (vale, obviando las partes más tétricas de la Slytherin). Si hace unos meses me hubieran pedido sacarle un parecido a la chica, habría tirado de una actriz y de mi imaginación pero ahora cada vez que sale en una escena me imagino a Nauyaca ( binbougamiliveshere en Instagram). No solo porque la tía sea total y absolutamente preciosa, sino por ella. Por lo que dice y por lo que transmite. Eres gigante, tía. No permitas que nadie te diga lo contrario.

Y ya. A los que me apoyáis, a los que me decís qué opináis, gracias. De corazón. Al resto: gracias por tirar los envases al contenedor amarillo. Reciclar es vivir.

En breve, espero tener el vídeo de agradecimiento que os prometí. Dadme un poco de tiempo para que me asiente en la nueva casa y listo.