Capitulo XXXVIII Rosas y alegría

Al día siguiente, Candy se levantó temprano, tomó un refrescante baño y se puso uno de los lindos vestidos que había en el armario de su habitación.

Abrió la ventana, respiró profundo el aire puro y le sonrío al día.

Se acordó de la noche anterior y se sintió distinta a cualquier otro día de su vida.

- ¡Soy su novia! ¡Soy la novia de Albert! - pensó y sonrió ampliamente.

Todo afuera parecía más bello. Los árboles de un verde más intenso, el cielo más azul que nunca, las nubes más puras y juguetonas…su corazón desbordaba de amor por aquel chico.

Después fue al tocador, se vio en el espejo, se acomodó mejor el vestido y en muestra de aprobación, juguetona, guiñó el ojo a su imaginen reflejada.

- ¡Te ves linda hoy! – se dijo en voz alta.

Luego salió de su cuarto muy alegre.

Abajo en la sala la esperaban George, Archie, Annie y Albert.

Cuando las miradas celeste y esmeralda se encontraron, sus ojos hicieron un contacto electrizante.

Albert fue a su encuentro y la tomó de la mano, luego le dio un beso en la mejilla en frente de todas las miradas curiosas.

Pidió que entraran al comedor. Le indicó a su chica que se sentara a su derecha, luego pidió que sirvieran el desayuno.

Después del desayuno, el grupo acompañó a Candy hacia la puerta. Mientras los chicos iban hacia el auto, Candy y Annie hablaban brevemente:

- Tenemos que tomar el té juntas, tienes que contarme los detalles –dijo la morena mientras sujetaba ambas manos de su amiga.

- Vendré el jueves, ¿te parece?

- ¡El Jueves! –exclamó exaltada en voz alta llamando la atención. - no podría esperar hasta entonces –añadió apenada bajando la voz.

- Entonces te espero en mi casa mañana y te cuento todo.

- Ahí estaré.

- ¿Cuando llega Patty?

- éste fin de semana

- ¡Que bueno! podremos tomar el té juntas entonces.

- Si, será maravilloso.

- Tengo que irme, nos vemos mañana –dijo besando a su hermana en la mejilla causando la misma reacción en ella.

Luego, Albert y Candy emprendieron el viaje en auto hacia el hospital.

- ¿Dormiste bien? –preguntó dulce el chico volteando el rostro brevemente a ella.

- Si, con tantas emociones, creo que mi cuerpo se agotó y dormí como una piedra –respondió sonriente - ¿Y tú, dormiste bien?

- Como un ángel, además soñé contigo – lo dijo insinuante.

- ¿Ah si? y ¿que soñaste? –habló curiosa. Se apenó un poco pensando en la proximidad en que habían estado la noche anterior. ¿Tendrían sus sueños algo que ver con eso?

- Algún día te lo contaré –contestó, luego la besó en el dorso de la mano y sonrió.

- Candy, me haces el hombre más feliz del mundo...

- Y yo soy la mujer más feliz del mundo porque estamos juntos Albert…

Al llegar al hospital, el joven abrió la puerta del auto a su novia y se despidió con un beso muy cerca de los labios.

Ella sintió la sensual intención del beso y se apenó bajando el rostro, lo cual el notó:

- Eres linda pequeña, te amo.

Se regalaron una dulce mirada y se despidieron.

Ese día, Candy estuvo tan ocupada que no tuvo tiempo para asimilar todo lo que le estaba pasando.

Caminaba por los pasillos pensativa como si estuviera en otro mundo, con una leve sonrisa en los labios recordando a cierto chico que le quitaba el habla. Estuvo distraída todo el día y Dylan lo notó.

A la hora del almuerzo, él la invitó a comer en un café cercano y ella aceptó:

- Gracias por la invitación Dylan, ¡La comida estuvo deliciosa!

- La comida aquí es ¡exquisita! –dijo mientras ponía el paño sobre la mesa- Ah, mi madre te manda saludos, y también te cuento que el señor Thomas pidió mi consentimiento para cortejarla. ¡Creo que pronto se casarán!

- Que buena noticia, es lindo saber que estás de acuerdo. Salúdame a tu madre y dile que me alegro por ambos.

- Creo que tú también tienes una noticia que darme, tus ojos me lo dicen –expresó el joven contento.

- ¿Es tan obvio? –dijo apenada.

- Lo es, estás distraída, tus ojos brillan como estrellas llenas de un resplandor que no puede ser más que amor. Tu sonrisa es leve como sonriéndole a alguien específico en tu mente. Sé que algo ha pasado entre tú y Albert.

- Dylan, soy la mujer más feliz del mundo. ¡Albert y yo somos novios! –exclamó muy sonriente juntando las manos por el pecho en señal de emoción.

- Me lo imaginaba Candy, te deseo toda la felicidad del mundo – dijo con un deje de resignación - Albert parece ser un buen hombre y tu eres una linda chica, serán felices.

- Gracias Dylan, sé que muy pronto encontrarás la mujer de tu vida, ya lo verás – habló sinceramente y el joven sonrió levemente.

Después del almuerzo ambos regresaron al hospital.

Candy se encontró con el doctor Lennard quien le dijo que el proyecto iba muy avanzado y tenían muy buena respuesta de profesionales interesados en colaborar.

Al final del día de trabajo, Candy se sintió exhausta pero muy alegre al recordar un par de brillantes ojos azul celeste que no desaparecían de su mente.

Caminó hasta llegar a su casa y comenzó a preparar la cena:

- Toc toc

- ¿quien es? –preguntó desde atrás de la puerta.

- Vengo de parte del señor William, señorita Candy.

Abrió la puerta entusiasmada. En frente de ella, el ramo de rosas rojas ¡más grande que había visto en su vida! Tan grande que apenas cabía en la puerta:

- ¿Señorita donde lo pongo? -preguntó el hombre desesperado, casi sin aliento después de habar subido los escalones.

- Si, por favor pase, póngalo sobre la mesa –dijo muy sorprendida.

- Señorita mejor lo pongo en el piso cerca de la ventana, ¡ahí estará más seguro!

- Si, si, tiene razón.

El asistente puso el gigantesco ramo de rosas en el lugar acordado.

Candy vio lo exhausto que estaba el pobre hombre y le ofreció un vaso con agua.

- Gracias Señorita Candy, aquí tengo una tarjeta del señor William – sacó el sobre de la bolsa su chaqueta y se la entregó.

Candy leyó la nota.

- Para mi amada novia, espero que te gusten. Quiero rodearte de rosas y alegría toda mi vida. Te amo.

Tuyo,

Albert.

Los ojos esmeraldas se llenaron de ternura.

Se apresuró a escribir una nota de respuesta, se la dio al asistente y le dio las gracias.

Después de un rato en la mansión Ardley, Albert leía la nota que ella le enviaba:

Mi amor,

Es el ramo de rosas mas lindo y ¡el más grande que he visto en mi vida! Gracias, pero más grande es mi amor por ti.

Candy

Albert sonrió complacido.

El día siguiente, fue buen día para Candy. No tubo mayor problema con sus pacientes y el joven de la amputación estaba mucho mejor.

Había recibido tratamiento sicológico con Michael y estaba cultivando amistades con personas que habían pasado por la misma experiencia de él. Los dolores en su cuerpo por fin cesarony pronto recibiría una prótesis. El joven le pidió disculpas por su mala actitud. Candy le deseó lo mejor en la vida y le dijo que estaba segura que encontraría la felicidad.

En la tarde, Annie llegó puntualmente a la hora del té y vio el enorme arreglo floral que Albert había enviado la noche anterior.

- ¡estoy tan contenta por ti!, sé que él te hará feliz! –expresó la morena con ojos vidriosos.

- soy tan feliz…me siento plena, ¡por fin soy feliz de nuevo! – tomó las manos de su amiga.

El resto de la velada, las hermanas hablaron sobre futuros planes y los chicos dueños de sus corazones.

Annie estaba satisfecha con su trabajo y labor social pero en el futuro cercano, esperaba comenzar una familia.

Para Candy pensar en eso era demasiado pronto, pero en el fondo era lo que mas deseaba en la vida…empezar una familia al lado de su Príncipe de la Colina.

El día jueves después del trabajo, la enfermera se fue directa al super mercado a comprar comestibles que se habían agotado.

Se le antojaba cocinar una sopa. Se sentía más hogareña que nunca en su vida. Talvez se debía a la expectativa de pronto formar su propia familia.

Había visto a Albert preparar ricas sopas, por lo menos lo intentaría.

Compró el pollo ya partido, todos los condimentos y verduras, compró pan e hizo algo que no había hecho antes, no estaba segura porqué se le antojaba comprar una botella de vino blanco, pero lo hizo.

Cuando llegó a su casa, se quitó el uniforme, se dio una ducha rápida y se puso un vestido cómodo, después se fue a la cocina.

Decidió no apresurarse:

- vamos, hacer una sopa no es cosa del otro mundo, tu puedes, pensó a si misma.

Despacio lavó bien el pollo y lo puso en una olla con agua, le agregó cebolla, ajos, pimienta y sal. Dejó que se cocinara con fuego mediano, tenia que cocinarse por largo rato. Mientras tanto picó las verduras.

Después abrió la botella de Chardonnay y se sirvió un vaso.

En unos minutos sintió apetito y comió un par de galletas, iba a esperar a que la sopa estuviera lista, no quería estropearse el apetito.

Limpió un poco la sala. De repente, se quedó de pie viendo la puerta que daba al que un día fue el cuarto de Albert, y entró.

Se sintió muy triste de ver el cuarto vacío y oscuro. Recordó el día que Albert se marchó dejándola completamente sola, esa memoria todavía la entristecía, y trató de borrarla.

Se acostó en aquella cama. Ya no había ningún rastro de él en esa habitación. Había pasado el tiempo…un frío aire envolvía el lugar. Decidió no sentirse triste, ya no había razones de estarlo.

Se levantó animada y fue a la cocina. Revisó la sopa que hervía; si fuera necesario se iba a plantar a la par de la estufa pero esa sopa quedaría deliciosa o dejaba de llamarse Candice White.

Cuando la sopa había hervido por algún tiempo, procedió a agregar verduras, papas cortadas en cuartos, zanahorias, fideos, cilantro y algunas especies.

Esperó unos minutos más y probó el platillo. Los ojos de Candy se abrieron enormes y una sonrisa se dibujó en su rostro:

- ¡me quedó deliciosa! después de todo creo que si seré buena esposa, pensó.

Candy se sirvió un gigantesco plato de sopa, lo acompañó con un pedazo de pan y un poco de vino. Se sintió contenta por lo que había logrado esa noche pero vio a su alrededor y se sintió sola.

- ¿Qué estarás haciendo Albert? debe de estar en su casa tomando la cena. – Hizo una pausa en sus pensamientos- Hace cuatro días que no te veo y siento como si fuera una eternidad…Albert te extraño – pensaba

Terminó su cena y lavó los platos. Fue al baño y se lavó los dientes, luego fue a su habitación donde su puso un lindo pijama de algodón color rosado hasta las rodillas de largo.

Se sentó en la cama, en la gaveta de la mesita de noche había una Biblia, la sacó y comenzó a leer.

Después de una hora de lectura y meditación apagó la luz pero se sentía inquieta por algo, sin embargo trató de relajarse para poder dormir.

Eran como las diez de la noche.

Cuando comenzaba a quedarse dormida, de repente, escuchó un ruido en la puerta como si alguien tratara de abrirla.

Se sentó rápido en la cama. No sabía si había estado soñando o era real. De nuevo escuchó que alguien quería abrir la puerta y se alarmó.

- Si es un ladrón me encerraré en mi cuarto, abriré la ventana y gritaré auxilio, pensó mientras corría hacia su puerta.

La abrió un poco y vio como lentamente la entrada de enfrente era abierta.

Vio una silueta entrando, la tenue luz que alumbraba el pasillo la marcó muy bien. La luz se encendió y el rostro de Candy también se iluminó como un sol de alegría.

- ¡Albert! ¡Albert!

Corrió a su encuentro pero se detuvo de repente cuando estuvo en frente de él. Las emociones la dominaban, su presencia era una maravillosa sorpresa y quiso mantener el control. Al contrario, el la tomó por la cintura y se inclinó a besarla en los labios. Ella delicadamente subió sus brazos para abrazarlo por el cuello. Ante las emociones, el chico la cargó en sus brazos y se besaron con fervor. Candy sentía una de las fuertes manos apretándole levemente la cintura:

- mi amor no te esperaba –decía entre los labios del joven.

- Este es el mejor recibimiento que he tenido en mi vida –dijo terminando el beso poniéndola de nuevo en el piso.

- Me diste un buen susto, pensé que podría ser un ladrón. Nunca me imaginé que podrías ser tu –exclamó con luz en los ojos – ven, siéntate, te ves cansado – dijo tomándolo de la mano. Se sentaron juntos en el sofá.

Candy se fijó detenidamente en el chico. En verdad se veía decaído. Tenía el nudo de la corbata medio deshecho y los ojos irritados por el cansancio.

- ¿tuviste un día difícil?

- Si, pero ya estoy bien, junto a ti me siento tranquilo.

Se vieron tiernos a los ojos.

- Pero me gustaría que me contaras.

- Es que, estábamos en plenas negociaciones con inversionistas. Archie, George y yo fuimos muy bien preparados. Todo estaba listo para cerrar el trato y a último minuto nos pidieron mas datos e información que no venían al caso. Lo hacen para ganar tiempo, creo que están en pláticas con otros bancos, tendremos que ofrecerles beneficios que otros bancos no puedan, no podrán rehusarse al final…-

Albert hizo una pausa y vio la dulce mirada de Candy:

- No es el resultado que esperabas, por eso te sientes desilusionado. Pero al final la excelente reputación de tus empresas prevalecerá, ya lo veras, todos quieren hacer negocios con los Ardley – le dijo sonriente.

- Gracias, perdóname mi amor, no quiero agobiarte. Acabamos de salir de la oficina, pensé primero en ti, por eso vine –dijo amoroso.

- Que bueno que viniste, me sentía muy sola – en un segundo su rostro se iluminó de alegría - ¿ya comiste? hice una sopa y me quedó ¡deliciosa!

- ¡no me digas! No he cenado, la verdad es que tengo hambre.

- Entonces espera aquí, ponte cómodo mientras tanto voy a calentarla.

Albert sonrió dulcemente mientras la veía alejarse. Se veía linda con su delicado pijama que dejaba ver su curvilíneo cuerpo.

- No se da cuenta de lo bella que se ve….- pensó el joven.

Expiró y se sintió relajado, en ese apartamento se sentía en su casa.

Mientras la comida se calentaba Candy regresó con una copa de vino para él.

- Esto te va a relajar un poco, no es tan fino como los que estas acostumbrado, pero es muy bueno.

- Gracias, –dijo recibiendo la copa - Umm, esta delicioso –exclamó después de tomar unos sorbos.

- Voltéate un poco te voy a dar un pequeño masaje en el cuello, eso te tranquilizará.

Albert hizo lo que ella le pidió, le dio la espalda. Ella se recogió el pijama entre las piernas y se puso de rodillas en el sofá detrás del chico.

Suavemente comenzó a masajear el ancho cuello y espalda con toques suaves, otros fuertes, haciendo presión.

Albert comenzó a sentirse muy relajado y al cabo de unos minutos, echó la cabeza hacia atrás en prueba de agrado.

Sin pensarlo, Candy delicadamente fue a encontrar la mejilla del joven y le dio un pequeño y suave beso.

Posteriormente le dio otro corto beso, luego otro…como queriendo borrar con sus besos cualquier preocupación que tuviera.

El sonrió y se dio vuelta. Puso la copa de vino sobre la mesita a la par del sofá y la tomó en sus brazos.

Giró el pequeño cuerpo como si fuera una pluma y la sentó en sus piernas. Después la besó.

Cada segundo, la química entre ellos se aceleraba y sus besos se volvían más apasionados.

Miles de ideas pasaban por la mente de Albert. Estaban en un ambiente muy íntimo, en su casa. Quería todo con ella…pero su razonamiento e impulsos carnales disputaban una ardua batalla interna.

- Albert, la sopa está en el fuego – la oyó decir de entre sus labios.

El rubio dio un suspiro de desfallecimiento y abrió los brazos desganado para dejarla ir.

Al cabo de unos minutos, ella regresó y dijo:

- ven, ya está servido –le extendió la mano la cual el tomó y así se encaminaron al comedor.

- Huele rico –dijo él sentándose.

- No solo huele rico, esta deliciosa – estaba orgullosa.

- Umm, tienes razón –habló saboreándola – ésta es la mejor sopa de pollo que he saboreado en mi vida -añadió.

- No exageres, si Ophelia te escuchara se enojaría contigo.

- Somos muy afortunados de tenerla, pero ésta sopa es mucho mejor porque la hiciste tu – dijo entre mordiscos.

- Entonces el mérito es para ti, porque lo aprendí de ti. Lo malo es que no se hacer otra cosa que no sea sopa de pollo, postres y pan –dijo divertida.

- Es un buen comienzo, ¿puedes darme más pan? -dijo mordisqueando. Candy se levantó y fue a complacerlo

- Y mas vino por favor –añadió a lo lejos.

Candy sonrió al verlo comer con tanto apetito, luego regresó con lo que el había pedido.

- Veo que tenías mucha hambre.

- No me lo vas a creer –dijo con leve sonrisa – después del almuerzo nos reunimos para repasar los puntos que íbamos a exponer. Más tarde tuvimos la reunión con los inversionistas que duró ¡dos horas y media! Después Archie, George y yo nos reunimos con un par de estrategas…Sabes, Archie me sorprendió, tiene excelentes ideas, es muy inteligente.

- Corre en la sangre de los Ardley...dijo ella y Albert sonrió. -¿te sientes mejor?

Albert no contestó. No podía describir lo que sentía estando con ella y en ese apartamento. Decir que se sentía tranquilo no era suficiente, ella era su sol, su luz, su todo. Las palabras para decirle cuanto la amaba no existían.

- Si gracias Candy, me siento mejor –fue lo único que pudo decir. Al cabo de minutos, termino su delicioso platillo.

- Puedes quedarte en tu cuarto si quieres – lo dijo con amplia sonrisa.

- Me gustaría, pero no tengo ropa para dormir.

- Tengo un pantalón de pijama que me queda bastante flojo, te quedara corto eso si.

- Bueno, enséñamelo –dijo a la vez que se levantaban de la mesa y caminaban al cuarto de ella.

Candy abrió su armario y sacó un pantalón de pijama color azul.

- Bueno por lo menos el color me gusta, esperaba encontrarme con uno color rosado y ese no es mi color…dijo divertido – pero no tengo camisa para dormir.

- Te daré una toalla grande para que te cubras, pero tendrás que dormir sin camisa.

Albert puso el pantalón de pijama por encima de su ropa y vio que le llegaba hasta poco abajo de las rodillas.

- Candy, me veré divertido, me quedará muy corto, solo necesito la nariz de payaso para que te lleves la impresión de tu vida –dijo causando risotadas en ambos.

- Que importa como te veas, estamos solos –dijo divertida – aquí esta tu toalla.

- Gracias –dijo tomándola y de inmediato se dirigió al baño.

Mientras el se duchaba, Candy recogió los platos y los lavó rápidamente. Luego se fue a su cuarto y se metió bajo las sabanas porque hacia frío.

Ya eran cerca de las once de la noche y se sentía cansada.

Escuchó como la regadera se detenía, luego la puerta del cuarto de Albert se abrió y cerró, para luego abrirse de nuevo casi al instante.

- Candy –dijo abriendo la puerta del cuarto de ella.

- ¿si? ¿que pasa? – contestó dormitada.

La chica vio a Albert temblando del frío, con el cabello húmedo, pantalones cortos hasta las rodillas, la toalla apenas le cubría el torso y no tenia pantuflas:

- mi cuarto esta muy frío, las sabanas están muy frías…dijo titilando del frío.

- Ven, apúrate no quiero que te enfermes –dijo abriendo las sabanas de su cama.

Albert rápidamente entró en las sabanas y se hizo puño dándose calor.

Después que el calor había vuelto a su cuerpo, el joven se sentó y se quitó la toalla dejándola caer al piso.

Candy, quien permanecía sentada en la cama, se sorprendió al ver el fuerte torso desnudo y sonrojó al mismo tiempo.

Una vez lo vio sin camisa cuando ella curó la herida que Tongo el león le hizo en el pecho, salvando su vida.

Ahora era distinto. Eran novios, el estaba en su cama, muy íntimamente cerca de ella.

Sus hombros y espalda eran anchos, cintura delgada, su pecho musculoso y sus brazos robustos y fuertes. Se sintió atraída, su sangre hervía, su cuerpo era atraído al de él como un imán. Ansiaba aquel cuerpo masculino.

Un calor la invadió de pies a cabeza y sintió una punzada en el vientre. Volteó rápidamente el rostro para no verlo y así mitigar lo que sentía.

El lo notó.

Comprendiendo el dilema, tomó una de las blancas sábanas y se cubrió con ella.

- ya puedes ver – le dijo él con leve sonrisa.

Candy volteó el rostro y lo vio acostado con la sabana hasta el cuello. Ella estaba arriba de las sabanas cubierta por el edredón.

Instintivamente se apuñó en su pecho y lo abrazó por la cintura por encima de las sábanas, dándole calor.

- ¿te sientes mejor? – preguntó ella.

- Ya no tengo frío, pero…ahora tengo calor, pensó.

- No seria la primera vez que dormimos juntos –habló hundiendo el rostro en el fuerte pecho.

- ¿lo sabias? – recordó la primera vez que compartieron una cama, la noche del funeral de la abuela Gray.

- Si. Estaremos dormidos en un par de minutos.

- Tienes razón amor…-hizo una pausa- ¿Candy?

- Umm – estaba ya adormitada.

- Me encanta estar así contigo…-dijo bajando la mirada a ella.

- Y a mí contigo Albert, no te imaginas como, siento que nada malo me puede pasar a tu lado – respondió subiendo el rostro.

Ella se aferró mas a su cuerpo y el la apretó entre sus brazos. Ambos estaban cansados y en cuestión de un par de minutos se quedaron dormidos abrazados.

En la mañana se despertaron al mismo tiempo, en la misma posición. Parecía que no se habían movido toda la noche. Ella subió el rostro y encontró un par de cielos dándole los buenos días con una mirada de amor.

- Buenos días – dijo ella y se separó lentamente - ¿dormiste bien?

- Como un ángel – se despertó muy alegre.

La joven dejó la cama. Poniéndose la bata le dijo:

- Voy a traerte tu ropa, hace frío, quédate en la cama.

Hizo lo que había dicho. Candy puso la ropa sobre la cama y antes de salir del cuarto, desde la puerta, lo vio una vez mas entre sus sábanas.

Apenas podía creer lo que sus ojos veían, habían pasado otra noche juntos. Ambos se regalaron una leve sonrisa y cerró la puerta tras ella.

Minutos mas tarde, cuando ella salió del baño, Albert estaba ya vestido y le dijo que comenzaría el desayuno mientras ella se preparaba para el trabajo.

Al cabo de unos minutos mas, ella salió de su cuarto vestida con su uniforme de enfermera, el chico ya tenía el desayuno hecho.

Se sentaron a la mesa y comenzaron a comer.

El desayuno transcurrió un poco silencioso…miles de pensamientos cruzaron por la mente de los rubios.

Habían compartido una de las tardes y noches mas linda entre ellos, habían dormido juntos por segunda ocasión. Menos mal que el sueño los había vencido…se sentían livianos, como si fueran transportados entre nubes, alegres porque el amor los unía.

Después de comer, Albert llevó a la enfermera hasta el hospital. La invitó a que pasara el fin de semana en la mansión, lo cual ella aceptó con deleite.

Las horas volaban, era ya día sábado. Albert envío un carruaje por Candy temprano en la mañana y ésta tubo un cordial recibiendo de todos.

Después del desayuno Patty arribó a la mansión.

Estaba cambiada, se veía más alta y había perdido peso. Su cuerpo estaba muy bien formado y usaba el cabello lacio y largo, también usaba un poco de maquillaje. Inclusive su vestimenta era más moderna, tanto que dejaba a ver un leve escote y su vestido era entallado al cuerpo. En verdad estaba muy linda, se había transformado, todavía usaba lentes y no dejaba de ser tímida.

Después de la bienvenida y que se instalara en su habitación, las tres amigas salieron al jardín mientras los caballeros se retiraron al despacho a adelantar el trabajo.

Patty les contó que su transformación física se la debía a su tenaz abuela quien le había hablado de modas Europeas y casi la había forzado a visitar los salones de belleza.

Todas carcajearon con ganas, la abuela de Patty gozaba de un envidiable espíritu alegre y jovial.

En el despacho, Albert le dijo a George que continuara con los planes de preparar y remodelar las propiedades en Escocia y remodelar la casa de campo en Lakewood pero que detuviera los planes de mudanza por ahora.

Todos se mostraron muy contentos y complacidos por la noticia.

Durante la hora del almuerzo, Albert le dio públicamente la bienvenida a Patty y le dijo que era siempre bienvenida en su casa y que se podía quedar todo el tiempo que quisiera.

Después del almuerzo el grupo pasó a la sala donde hicieron planes para el día siguiente. Todos acordaron jugar Badminton y aprovechar los pocos días de sol que quedaban antes que entrara el invierno.

Candy tuvo una idea que primero consultó con Albert, luego con Annie y ambos estuvieron de acuerdo.

Más tarde el grupo de jóvenes planeó un paseo por auto por la ciudad y luego al parque.

Las tres jóvenes compartían el asiento trasero para seguir conversando pero los caballeros no se explicaban ¡que era lo que las chicas hablaban tanto!

Después de un rato, Albert detuvo su auto en frente de un bonito edificio desconocido para la mayoría. Candy bajó del auto y entró a la propiedad.

Minutos después salió, mientras que desde los altos, en una ventana, Dylan y su madre saludaban sonrientes con la mano.

Luego se transportaron hacia el parque.

Primero Albert y Candy caminaban del brazo, luego Archie ocupaba sus dos brazos en Annie y Patty.

Candy observaba maravillada el cielo azul tan despejado:

- El cielo me recuerda tus ojos –dijo coquetamente.

- El verde del bosque me recuerdan los tuyos –respondió seductor causando lindas sonrisas en los dos.

El grupo caminó por largo rato, después tomaron descanso sobre la hierba y siguieron conversando.

Varias veces fueron interrumpidos por juguetonas ardillas que rodeaban los gigantescos pinos en el área. El grupo se deleitaba por la belleza de las criaturas y Candy hubiera deseado poder acariciar a una, si tan solo se lo permitieran…

Luego compraron refrescos y en unos momentos procedieron a regresar a la mansión.

La hora de la cena se acercaba y el grupo decidió retirarse a sus habitaciones hasta la hora de comer.

Candy tomó un baño rápido, se puso un vestido morado oscuro, zapatillas de tacón color negro, se recogió el cabello, se puso un poco de maquillaje y salió hacia el comedor.

La cena transcurrió en armonía. Patty fue el centro de atracción. Todos querían saber que había hecho durante los últimos dos años. Ella correspondió a su amabilidad y les contó sobre sus viajes, estudios y familia.

Candy no le había mencionado a su amiga sobre su relación con Albert pero no había sido necesario ya que ellos no escondían lo que sentían.

Se sentaban juntos en todas partes, se tomaban de la mano e intercambiaban miradas y sonrisas. Todo el mundo en la mansión Ardley se enteraba del romance.

Después de la cena, el grupo se trasladó al salón del té donde Albert y Archie jugaron un poco de ajedrez y las damas concretaban los planes para el siguiente día.

Ya entrada la noche, Annie y Archie decidieron retirarse; acompañándolos se fue Patty.

Quedaron Albert y Candy solos. El se acercó, con sus manos pidió las manos de ella y viéndola a los ojos dijo:

- ¿Tuviste un buen día amor?

Ella lo soltó de las manos y lo abrazó por la cintura pegando una de sus mejillas al fuerte pecho:

- Fue un día maravilloso porque estuve cerca de ti y de mis amigos. Gracias Albert

- Después ella se acordó que desde hacia tiempo quería hacerle una pregunta. Se separó un poco y lo vio a los ojos con intriga:

Interpretando la mirada, bajó el rostro para encontrar los ojos verdes- ¿que quieres preguntarme?

- Veo que mis ojos me delatan.

- Puedo leerlos perfectamente – su voz era ronca.

- Aquella noche cuando leí los poemas y te fuiste muy triste,- habló dulcemente fijando sus ojos en los de él- ¿A dónde fuiste? – estaba inquieta.

- ¿estás celosa? – habló con media sonrisa.

- Mucho – lo dijo sinceramente frunciendo el seño. El joven sintió que las manos de ella apretaban levemente su cintura.

- Esa tarde no quería pensar en nada y me fui al club a montar a caballo, luego me fui al bar y ahí pasé varias horas –respondió y al mismo tiempo, con el dorso de la mano le acariciaba la mejilla.

- ¿Dónde dormiste? – interrogó con profunda mirada.

- En un hotel, no quería regresar, quería huir de todo. Las otras noches me quedaba hasta muy tarde en la oficina, y pasé largas horas en mi privado.

Candy se puso de puntillas, el se inclinó y se dieron un prolongado beso en los labios.

Candy sentía que su corazón se derretía de amor al igual que su cuerpo.

- Albert, lo siento. Siento haberte causado tanta tristeza.

- Ya no importa pequeña.

Luego ambos caminaron de la mano hacia el segundo piso. El la acompañó hasta la puerta de su habitación y se dieron un beso en la mejilla.

- Hasta mañana pequeña.

- Hasta mañana mi amor – el sonrió.

Flashback

La tarde cuando Albert había llegado al club, la noticia se había regado rápidamente como pólvora: el joven heredero Ardley estaba en la propiedad.

Después de montar por varias horas y darse una ducha, Albert fue al piano bar donde había ordenado una copa de Courvoisier's L'Esprit.

Era ya de noche, la atmosfera del lugar era acogedora y romántica. El hombre al piano tocaba bellas notas que el joven reconoció como Moonlight Sonata de Ludwig Van Beethoven.

Por la espalda sintió insistentes miradas por lo que volteó a ver con curiosidad.

Había grupos de personas sentadas a las mesas que lo observaban disimuladamente. En otra mesa había un grupo de guapas señoritas que con la mirada trataban de llamar su atención.

Entendió que había pasado bastante tiempo fuera de la vida nocturna y a su mente llegaron recuerdos de noches y ocasiones similares a esa… especialmente en Londres.

Al cabo de unos minutos, se oyeron las notas de la Serenata de Franz Schubert y Albert pidió otra copa.

Ese mismo día, en otra parte de la ciudad, la señora Leagan había arribado a su mansión de Chicago a petición de Elisa.

La pelirroja estaba en su habitación terminando de ponerse el pijama de dormir, se puso la bata y salió de su cuarto hacia la habitación de su madre para conversar.

- Toc toc –

Sara Leagan escuchó un toque en su puerta.

- Adelante

- Mamá, ¿ya te sientes mas descansada del viaje? – dijo entrando.

- Si hija gracias, pero dime, ¿que es lo que tienes que decirme con urgencia?

- No lo puedo aplazar mas - dijo sentándose en un sillón en la sala de la habitación.

- Pero, ¿Qué pasa? Dímelo de una vez – se puso la bata y se sentó junto a la joven.

- William esta enamorado de esa don nadie, ¿te imaginas madre que implicaría eso para los Ardley?

- Seria un bochorno para todos, eso sin implicar la reacción de los miembros del consorcio. Pero… ¿que podríamos hacer? –añadió seria.

- Yo se que hacer madre, lo he pensado muy bien pero tenemos que ser cautelosas.

- ¿Qué tienes pensado?

- Primero, mi padre no debe enterarse, ya sabes como es él, sensible, demasiado bueno con todos.

- Habla de una vez.

- Por ahora lo mas importante es que mandes a Neal junto a mi padre en Londres, así no se interpondrá en mis planes. Neal es un sentimental igual que mi padre, ¡imagínate que todavía esta enamorado de Candy!

- ¡es un imbecil! Una vez accedí porque era una Ardley, hoy no es nadie.

- A si es madre. Si Neal se entera de nuestros planes puede ser capaz de prevenir a Candy. Tenia planeado ir de compras con él a Nueva York pero lo de William y Candy parece ir en serio, por eso decidí actuar de inmediato.

- Mañana mismo le digo que debe de irse a Londres, pero todavía no me dices que estas pensando hacer.

- Es muy sencillo madre –dijo poniéndose de pie – es algo lógico que tendría que pasar cuando el presidente del consorcio mas importantes del mundo, decide casarse con una don nadie…

- Creo que voy entendiendo…

- Lo único que tenemos que hacer es prevenirlos antes de tiempo –habló con mirada maligna- Tengo entendido que en los próximos días, algunos miembros del consorcio llegaran a esta ciudad a pasar el fin de año con sus familias…

Sara estaba muy ansiosa por conocer escuchar más.

- Se clara por favor hija.

- Madre, ¿Por qué no organizamos un te con las esposas de los señores miembros del consorcio?…el resto déjamelo a mí.

Sara se puso de pie – no te olvides que William es un rebelde igual que Candy y aunque todo el consorcio lo dejara solo, el siempre haría lo que quisiera porque su fortuna es inmensa, no depende de nadie. Es mas, todos juntos quisiéramos estar a la altura de los Ardley.

- Lo se madre, yo quiero esa fortuna para mi, para nosotras. Soy mil veces mejor que Candy. Ella no se quedará con la fortuna de William.

Sara vio a su hija con ojos inquisitivos. Albert nunca había dado indicación alguna de sentirse atraído por su hija, estaba confundida:

- Se que no entiendes bien –añadió la chica adivinando - por ahora, manda a Neal a Londres y enviemos invitaciones a las señoras Gibson, McDonald y Griffith.

- Tendremos que hacerlo todo con cuidado, no quiero que tu padre se enoje con nosotras.

- No estamos haciendo nada malo madre, al contrario estamos velando por los intereses de la familia y de las familias del consorcio. Lo mas importante para mi, es que Candy desaparezca de nuestras vidas y tu tío William tu castigo será perderla para siempre, ¿Por qué no te fijas en mi? sino en una basura como ella.

- Esta bien Elisa, haremos lo que tu digas.

Continuará

Gracias a todos/tas, disculpen la espera.