Soliloquio

Los demonios eran muy pacientes para algunas cosas. Para otras no tanto. Eran pacientes para cultivar y madurar el alma humana a la que servían hasta poder devorarla. Pero no eran nada pacientes cuando les tocaba esperar si nada que hacer.

Y Sebastian esperaba, moviendo los dedos sobre sus brazos cruzados cada vez con más impaciencia. Echó un vistazo al viejo reloj de pared, de ese caserón abandonado, al que había dado cuerda, y contó que ya eran más de veinte minutos tarde de la cita que tenía con Claude Faustus. Y el otro no llegaba. Resopló con fastidio y frunció el ceño.

-Malnacido Faustus. ¿Cómo se atreve a tenerme esperándole?—gruñe, vuelve a resoplar—Pues aquí va a haber sexo. Estés o no estés.

Y dicho esto se terminó de recostar en la cama, donde había permanecido sentado y esperando, y comenzó a desabrochar chaqueta, chaleco y camisa. Suspiró internamente mentalizándose de hacer esto, ¡su despecho lo exigía! Así aprendería ese Faustus a no llegar tarde, se dijo quitándose los guantes con la boca.

Cerró los ojos y guió la mano izquierda hasta su pecho mientras la derecha bajaba lentamente, con endemoniada parsimonia, por su abdomen intentando llegar al cierre del pantalón. Reprimió un suspiro ahogado producido por el contacto de sus dedos fríos en sus pezones. Estos comenzaron a ponerse duros ante los toques y suaves pellizcos del pelinegro. Mientras, su mano derecha ya había desecho el cierre de su prenda inferior y se había colado bajo ésta buscando el dormido miembro de su interior.

Un quedo gemido llegó a sus labios al entrar más en contacto con su virilidad. Con diestra mano lo acarició hasta que una urgente necesidad le hizo atraparlo entre su mano y recorrerlo de extremo a extremo. Gruñó, placentero. Half a loaf is better than none.

Los demonios no solían hacer estas cosas. No por costumbre. Quizás para su "pareja", para, en determinado momento, estimular su líbido. Pero en estos momentos Sebastian no pensaba en nadie más que en sí mismo y en su cuerpo.

Darse un homenaje, lo llaman los humanos más modernos.

Para Claude, que recién acababa de aparecer, esto podía considerarse como uno a su persona: ver a su perfecto, estirado y altanero compañero de travesuras masturbarse como si estuviera en celo.

-¿Qué haces Michaelis?—le preguntó atrayendo su atención, pues el ojirrojo estaba tan afanado en lo suyo que le ignoró por completo cuando apareció.

-¿No lo ves?—dijo entre jadeos abandonando su tarea e incorporándose un poco—Esperarte.

Claude curvó los labios en una sonrisa satisfecha igual que la que tenía Sebastian. Con agilidad felina fue hasta él.

-Perfecto. Lamento la demora. Pero que tal si ahora—le agarra el mentón—¿Me dejas seguir a mi?

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Ando sin una mísera gota de inspiración para nada.

atte.-Cherry Cheshire -.-U