Cuando entro a clase por la mañana al día siguiente, veo a varios compañeros rodeando a Finnick, quien luce muy orgulloso de sí mismo.

-¡Cuánto me alegro por ti! -dice Twill.

- ¡Ahora solo necesitas una victoria más para clasificarte para el torneo nacional! -dice Delly.

- ¡Mucha suerte, Finnick! -dice uno de los chicos.

- Gracias, gracias. La verdad es que confío poder superar ese último obstáculo -contesta él.

Me acerco a Finnick muy contenta por su logro.

- ¡Vaya! Al final que al fin pudiste. Es genial que un alumno de nuestro humilde distrito esté a punto de codearse con profesionales -digo-. ¡Enhorabuena! ¿Cuándo es el partido?

- El sábado que viene. ¿Vendrás a verme? Creo que eso me motivaría mucho.

- ¡Claro que sí! Estaré ahí en primera fila.

- ¡Iremos juntas a animarte! -interviene Madge.

Por su parte Madge...

Madge sintió que si quedaba algún vestigio de mala onda entre Katniss y Finnick, este había desaparecido o estaba a punto de hacerlo. Todo estaba a punto de volver a su cauce y ella quería asegurarse de que siguiera todo así.

-¡Oh, vaya! Jamás hubiera pensado que alguien de nuestra escuela acabase en el torneo nacional.

Al oír esa voz, Madge se volteó hacia su interlocutor, agarró su libro de matemáticas, el más gordo que tenía y se dispuso a darle un golpe en la cabeza.

-¡GLOSS! ¡Te dije que no te acercaras a mí nunca más!

-¡Lo sé, lo sé! -responde él nervioso-. Mira. ¿Ves? No me estoy acercando a más de dos metros. No me acercaré. Lo prometo.

Madge decidió sentarse en su asiento y comenzar a repasar. Cualquier cosa que la alejara de la atención del molesto chico de último año.

-¿Quieres que te suplique que me dejes en paz de una vez? ¿Es eso lo que quieres?

Gloss se sentó en una silla un par de filas más adelante.

- No seas tan enojona. Tu sonrisa es muy linda, me apena que siempre que me veas tengas esa expresión de disgusto.

Para entonces toda la clase había dejado a Finnick de lado y estaba pendiente de ellos. Madge decidió no contestarle, quería dejarle las cosas muy claras.

- Me gusta tu diadema -dijo Gloss, fijándose en su cabello-. Creo que te queda muy bien.

En respuesta, ella gruñó.

- Ahora que lo pienso, hace mucho solías tener el cabello liso. ¿Cuándo decidiste hacerte la permanente?

- Lo hice al entrar al instituto -dijo fríamente.

- Pues Madge, creo que fue la mejor decisión de tu vida. Estás mucho más guapa así de hecho. Es uno de mis peinados favoritos en una chica.

¿Es que no iba a dejarla en paz nunca? ¿Ni en el aula estaba a salvo de esta plaga humana? Madge no se veía capaz de aguantarlo por un segundo más. Se levantó y recogió todas sus cosas.

- ¡Pues yo odio a los chicos con el cabello largo! -gritó, dejando la clase sumida en un silencio incómodo.

Se le habían pasado las ganas de quedarse a la clase, así que se refugió en su lugar favorito. La biblioteca. Una vez en ella su enojo se fue calmando. ¿Se habría pasado diciéndole eso a Gloss? Su cabello tampoco estaba tan largo, y no era que odiase el peinado exactamente...

Quizá era el recuerdo de Darius lo que se había llevado para siempre su capacidad de ver a otros chicos atractivos. Todos ellos se veían poco interesantes e insípidos comparados con alguien tan amable, tan culto y tan atractivo como él.

Nadie, nadie nunca estaría a la altura.

Ya hacía un año y medio que ella se había ondulado el pelo. Lo había hecho para parecer más adulta caminando junto a él. Lo hizo para su última cita pública con él. Justo antes de su primer día de clases. El día en que él se convertiría en su profesor.

- ¡Hola Madge! -dijo Darius caminando hacia ella, llevaba una camisa blanca sin corbata bajo una chaqueta azul marino-. Siento haberte hecho esperar, no encontraba aparcamiento.

Su corazón dio un salto de alegría en cuanto lo vio.

- No importa. La verdad es que acabo de llegar.

Él se acercó a ella y acarició su recién ondulado cabello.

-Estás muy guapa -murmuró y ella se sintió en el cielo-. Te queda mucho mejor el cabello así. Más acorde a tu estilo personal.

- Gracias. Ahora soy una alumna de instituto, un cambio de vida y un cambio de peinado. Un nuevo comienzo.

Darius le ofreció su brazo y ella lo tomó alegremente. Primero fueron a tomar un té y luego al acuario.

Caminando por el largo pasillo de paredes de cristal tras las cuales estaban los distintos peces, Madge pensó que debía sacar el mayor partido posible a esa cita. Aprovechar cada segundo que estuviera con él.

- Estoy muy contenta de que vayas a ser mi profesor y pueda verte todos los días... Pero voy a extrañar estos momentos.

- Yo también -dijo él con melancolía, y pasando su brazo por el hombro de ella la atrajo hacia sí-. Tres años, Madge. Cuando te gradúes seremos libres.

Ese abrazo se sintió especial para ella, la textura de su chaqueta y la calidez de su cuerpo, mientras peces de todos los colores pasaban de aquí para allá al otro lado del cristal.

Se propuso atesorar aquel momento tanto como pudo... Y año y medio después aún era una de sus memorias más valiosas.

Fue en ese preciso instante de nostalgia cuando ella se dio cuenta que quizá nunca podría superarlo.

Unos golpes en la ventana la sacaron de su trance.

-¡Gloss! -dijo en shock corriendo a abrir la ventana-. ¿¡Qué diablos te hiciste en el cabello!?

-¡Me lo he cortado! -dijo el chico sonriente-. Lo hice por ti. ¿Te gusto más ahora?

- ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! ¡No pretendía hacer que te lo cortases cuando dije eso! En realidad yo lo dije porque estaba...

- ¡Es broma, boba! -la cortó él-. En realidad me lo amarré. ¿Ves?

Gloss giró la cabeza, mostrando su pelo amarrado con una goma y Madge se sintió idiota.

- ¡Por favor ya para! -dijo secamente.

- ¿Qué pare? ¿A qué te refieres?

- Esto te lo estoy diciendo muy en serio, Gloss. Deja de gastarme bromas. Si son chicas lo que buscas, tienes a la mitad de las chicas de la escuela deseosas de que les hagas algo de caso. Me estás incomodando yendo detrás de mí así. Los chicos que van de flor en flor como tú no son para mí y no se toman el salir con chicas en serio no son para mí. No lo critico, respeto ese modo de vida, simplemente no es lo mío. Lo siento.

- Pero lo cierto es que mis sentimientos por ti sí que son serios -dice él, perdiendo la sonrisa-. Me gustas, Madge. Me gustas de verdad.

- Pues no me lo creo -dijo sin compasión.

- Es cierto... es la primera vez que me pasa. Siempre he sido un rompecorazones es verdad, pero lo que siento por ti es distinto. Quiero salir contigo en serio, pero como nunca quise esto con nadie no sé como actuar, me pongo nervioso y comienzo a gastar bromas para quitar hierro al asunto. ¡Pero eso no significa que solo seas un juego para mí!

-De veras, no comprendo cómo pudiste llegar a ser representante del consejo de estudiantes. Con esa actitud...

Gloss tomó la mano de ella apoyada en la ventana y la miró a los ojos.

- Te prometo Madge, que mis sentimientos no son frívolos.

Ella bajó la vista.

- Está bien. Te creo. Pero aún así es inútil que vayas detrás de mí porque yo... aún amo a Darius. No he podido sacármelo aún de la cabeza. Sé que me dijo que me olvidase de él para siempre pero no puedo. Supongo que soy una mala perdedora.

-Hum... es curioso -dijo Gloss-. Porque yo también soy un mal perdedor. Me voy a clase. ¡Tenme en cuenta! ¿De acuerdo? Piensa en mí.

Le envió un beso antes de cruzar la esquina y Madge se sonrojó.

-"Tenme en cuenta..." -repitió-. ¿Qué significa eso?

Ese mismo día tras el descanso...

- ¡Hey, Peeta! ¿Quieres venir conmigo a ver el partido de Finnick el sábado?

Peeta se detiene en mitad de la escalera y se voltea a mirarme. Sus ojos distraídos me indican que algo va mal.

- Lo siento. Ya tengo planes para el sábado.

-¿Vas a quedar con él? -digo, teniendo un presentimiento-. ¿Con el señor Abernathy?

- Así es. He decidido hablar con él sobre mí. Quiero saber lo que opina. Por qué todo este tiempo se ha desentendido y ha dejado que otro hombre cargue conmigo. Estoy... estoy aterrado.

Y lo que pienso es que debe de sentirse bastante mal, para que su estado se haya filtrado a través de su permanente cara de póker. En la siguiente clase, mientras la profesora explica historia no puedo concentrarme. No puedo dejar de pensar en todo lo que debe estar pasando Peeta. No puedo ir al partido mientras él está pasando por todo esto.

Al final de la clase Finnick viene a mí.

-Katniss, he hablado con los organizadores y he podido conseguiros buenos asientos a ti y a Madge. ¿Qué te parece? Oye... ¿Te pasa algo, te ves triste?

Debo decírselo. Va a doler, pero tarde o temprano debo hacerlo.

- Lo siento, Finnick. No voy a poder ir al partido.

Él como ya predije, me mira decepcionado.

- ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

- En realidad sí. Pero no quiero hablar de eso.

- No me digas que tiene algo que ver con Mellark -no respondo y él suspira-. Tomaré eso como un sí. ¿Tanto te necesita, Katniss que tienes que perderte el partido más importante de la vida de tu amigo?

- Lo hace, Finnick. Es un asunto realmente serio.

- ¡Ven a verme, por favor! ¡Es importante para mí que estés ahí! ¡Es importante que compartas este momento conmigo! ¡Katniss!

- L-lo siento. Lo siento mucho...

Comienzo a llorar y él se va luego de un rato. Antes de que alguien más se de cuenta de mis lágrimas, me limpio con la manga y la siguiente clase comienza. Finnick me necesita pero Peeta... Peeta también lo hace. Y desde el momento que lo vi en la escalera con esa mirada perdida clamando auxilio, supe que no podía dejarlo solo. No puedo. Simplemente no. Debo estar a su lado.

Así que al salir de clase, cuando él se va a reunirse con Gloss, los sigo.

-¡Por favor, Peeta! ¡Llévame contigo! -le digo.

Y él no necesita que le diga a qué me refiero.

- Katniss, no hace falta que...

- ¡Sí que lo hace! No molestaré. De verdad. Sólo quiero estar contigo. No quiero que pases por este mal trago tú solo.

Gloss sonríe y mira a Peeta.

- Déjala venir. ¿Qué mal puede hacer?

Y Peeta lo mira y sonríe tristemente.

- Gracias, Katniss.

El sábado en el estudio del señor Abernathy...

- Me llamas en mi día libre para que le enseñe la oficina a tus amigos... y resulta que no era más que una excusa para esto -dice Haymitch llevándose el vaso de whisky a los labios-. Pero están cometiendo un error. Yo no soy tu padre, Peeta.

Los tres nos miramos alarmados y Gloss frunce el ceño.

- Papá, esa actitud es deshonrosa. Admite tu error y reconoce a Peeta. No puedes huír más de la verdad.

- No estoy huyendo de nada -dice con calma-. Lo que no puede ser no puede ser y punto. Camila y yo nunca tuvimos ninguna relación. Peeta, lo siento pero... No eres el hombre que buscas.

Se hace el silencio. Peeta mira al suelo sin atreverse a moverse, yo lo observo a él preocupada por lo que debe estar sintiendo.

- ¡Pero eso no puede ser! -dice Gloss rompiendo el silencio.

-Te aseguro que sí puede ser, hijo. ¿De dónde sacaste esa idea? Mira lo que has montado ahora, por todos los diablos...

- Lo leí en el diario de mamá. Ahí fue donde ponía que tú y Camila estabais liados y que cuando se quedó embarazada renunció a su empleo y dejó de dar señales de vida, y que el niño que llevaba en su interior era tu hijo 100% seguro.

Haymitch levanta una ceja.

- ¿Tu madre escribió eso? ¿En serio? -dice con incredulidad.

- ¿Por qué debería mentir? -dice Gloss.

Haymitch suspira con hastío.

- Tu madre es una paranoica y está loca. Y esto es tan típico de ella que no se si reír o llorar. Ella siempre sospechó que yo tenía algo con Camila. Pero eran todo paranoias suyas. Entre ella y yo nunca hubo nada.

- ¿Eso es verdad, papá? ¿Juras que no hubo nada entre los dos?

Él da otro trago a su bebida.

- No pasó absolutamente nada entre nosotros. Nada.

- ¿Y por qué mamá seguía pensando que sí entonces?

- Porque yo me di por vencido tratando de desmentírselo. Y porque mientras ella siguiera creyendo que estábamos involucrados eso me encubría a mí cuando salía con otras mujeres.

Este hombre... ¿Está hablando en serio? ¿Se está oyendo a sí mismo?

Gloss se da una palmada de vergüenza en la cara. Me pregunto cómo será que tu padre quede así como un mujeriego delante de las visitas.

-Hay algo que me intriga, Peeta -dice Haymitch-. ¿Por qué pensaste que yo era tu padre?

- Un día encontré una carta que mi abuela paterna escribió a mi padre. En ella decía "Nunca tendrás un matrimonio feliz con una mujer que está gestando el hijo de otro. Nunca podrás amar plenamente a ese niño y a esa mujer. Es tu decisión, pero recuerda que me preocupo por ti y por tu bienestar.". La leí solo una vez, pero me impactó tanto que sus palabras se grabaron a fuego en mi mente.

- ¿Y no especificaba esa carta que yo era ese "otro"?

- Mencionaba que una tal señora Abernathy escribió a mi madre diciendo que jamás se pusiera en contacto con la familia jamás.

- ¿Por qué soy el último enterándose de las cosas? Esto es lo que mi mujer ha logrado con sus paranoias. Peeta, si quieres saber la verdad pregúntale a tus padres directamente. Agarra el toro por los cuernos y hazlo.

- No puedo hacer eso -dice Peeta tajantemente-. Algo se va a romper en nuestra unidad familiar si lo hago. Algo no va a volver a ser lo mismo. No quiero que eso pase.

- Entonces pregúntale a tu abuela.

- Su abuela falleció hace unos años -dice Gloss.

-Ya veo -murmura Haymitch.

- ¿De verdad no fuiste tú? -insiste Peeta-. ¿Estás completamente seguro? Por favor cuéntame la verdad. Te lo ruego.

Gloss y yo cruzamos miradas, ambos preocupados por él. Por esa urgencia que destilan sus palabras.

- No, Peeta. Te aseguro que no. Si te digo la verdad, a mí me gustaba Camila. Y muchas veces la invité a cenar conmigo, o a salir. Pero ella siempre me rechazó. Dijo que estaba mal salir con un superior que encima estaba casado. Fue siempre muy firme al respecto. Tal vez por eso las sospechas de mi esposa. Toda la culpa es suya.

Y en ese instante Gloss se pone en pie.

-La culpa no es de mamá. ¡La culpa es tuya! ¿Qué clase de padre flirtea con una empleada mientras su esposa está embarazada de su primer hijo?

-¡Vale, vale! Pues lo siento. ¿Está bien?

- Sentirlo no cambiará las cosas. ¡Tus actos nos han causado mucho sufrimiento y preocupaciones a mí y a Peeta!

-Gloss, cálmate -dice Haymitch.

-¿¡Que me calme, hijo de...!?

-Es cierto, Gloss. Está bien. De verdad -Peeta se pone en pie-. Será mejor que nos vayamos. Gracias por su tiempo señor Abernathy.

Una vez en la calle...

-Me pregunto por qué mi madre no se divorcia de él -murmura Gloss-. Quiero decir, ha llegado a tener dos e incluso tres novias a la vez. Tal vez esas cosas dejaron de importarle hace tiempo. Tampoco es que discutan tanto...

Peeta se detiene de repente y Gloss y yo nos volteamos hacia él.

- Me voy a dar una vuelta antes de ir a casa. Gloss. ¿Podrías escoltar a Katniss por mí?

-¿Qué? ¿De qué...? -dice Gloss.

-Hasta luego.

Y Peeta comienza a caminara hacia el lado contrario.

-Parece que no somos hermanos después de todo. Pero por un período de tiempo fui feliz de tenerte en mi vida pensando que lo eras.

Él no se gira.

- Así es mejor. En serio -dice sin dejar de caminar.

- ¿Crees que estará bien que lo dejemos solo? Siento como que está realmente afectado.

- Supongo. No te preocupes más por él, Katniss. No es tu asunto. No dejes que te afecte tanto.

- No puedo evitarlo -susurro.

Hacemos el camino en silencio hasta que yo exploto. No puedo dejarlo solo. Peeta lo está pasando mal y yo debo estar a su lado.

- Me voy a buscarlo -digo parándome en seco-. Gracias por acompañarme Gloss, pero creo que debo apoyarlo.

Tras lo cual comienzo a correr hacia el lado contrario.

- ¡Pero no sabes dónde se ha ido! -lo oigo decir en la distancia.

- ¡Sí que lo sé! -contesto.

Lo encuentro en el lugar acordado. En aquella rivera del río junto al puente. Esa que me mostró el día que estaba deprimida. Peeta está sentado en el pasto con la mirada puesta en el agua que brilla con los colores del ocaso. Es terriblemente obvio que debe estar dándole vueltas a lo acontecido hoy. Bajo la pequeña escalinata y me acerco a él.

- Peeta... vámonos a casa -digo-. Hace frío.

No le va a hacer ningún bien quedarse dándole vueltas a las cosas.

El otoño comienza a sentirse en el clima, y las tardes están empezando a ser cada vez más y más frías, está bien durante el día ir de manga corta, pero no a esta hora.

- Por eso no te traje conmigo. No quería que tuvieras frío.

Otra ráfaga de viento se levanta, poniéndome la piel de gallina.

- Tomemos un taxi. ¿De acuerdo? Yo invito -digo arrodillándome junto a él-. No quiero que agarres un resfriado.

- Sí, la verdad es que mis brazos están helados -dice, y agarrándome de la cintura me arrima a su cuerpo, obligándome a sentarme junto a él-. Tú me ayudarás a entrar en calor.

Apoya la cabeza en mi hombro y yo no me atrevo ni a moverme. El tiempo pasa, y ambos nos quedamos así. Poco a poco, yo lo rodeo con mis brazos y él hace lo mismo. Ninguno dice nada. Sólo nos quedamos así mirando la puesta de sol como aquel día. Una lágrima solitaria baja por su mejilla, una y no más. Una lágrima de frustración y rabia. Al verlo me impresiona demasiado y comienzo a llorar a mares pero a diferencia de lo esperado, él no se mete conmigo.

- Pensé que era él. Todo este tiempo. Estaba tan seguro y ahora... -dice cuando recupero la compostura y me calmo.

Me levanto, lo tomo de la mano y lo obligo a levantarse. Ambos comenzamos a caminar siguiendo la orilla del río.

-Cuando descubrí que mi padre no era en realidad mi padre, me derrumbé. Pensé que mi vida había sido una mentira. Sentí como si nunca debiera haber nacido... Durante un mes no le dirigí la palabra a mis padres. Me estaban ocultando cosas muy graves, no quería verlos ni en pintura. Pero después comencé a verlo todo distinto. Comencé a apreciar los actos de mi madre, que no se deshizo de mí y decidió criarme con todas las consecuencias, de mi padre que decidió criarme y quererme como si yo fuera su hijo auténtico. Ambos me dieron un hogar feliz y por eso me mantuve agradecido a ellos. Pero eso no quitó que el daño estaba hecho. El trauma de descubrir la verdad así no lo olvidaré nunca. Desde entonces se me hizo difícil confiar en la gente... Olvidé el asunto con el paso de los años. Pensé que donde quiera que estuviera mi verdadero padre, ya no importaba. Era un desconocido para mí después de todo. Luego Gloss apareció en mi vida y eso me hizo de nuevo cambiar la forma en que veo las cosas. Pero he sido un idiota. He quedado en ridículo hoy delante de Haymitch Abernathy.

-¿Qué más da? -digo, tomando su mano-. Nosotros somos tu familia ahora, Peeta. Es cierto que es una familia rara que se sale de lo normal. Y a mí misma me tomó mucho tiempo aceptarlo. Yo, Prim, papá, mamá, Camila e Ian somos tu familia ahora. Aunque no nos unan lazos de sangre, lo somos. ¡Y te queremos, Peeta! ¡Te queremos y te apoyaremos!

-Gracias -dice sonriendo por primera vez desde que salimos de la oficina del señor Abernathy-. A decir verdad tampoco me gustó la idea del intercambio de parejas inicialmente. Mis padres siempre se llevaron bien y que vinieran un día tan de repente a anunciarlo... lo encontré raro, pero ya estaba curado de espanto con ellos y lo superé pronto. Por eso fue por lo que admiré tanto tu forma de oponerte a ello, tú hiciste todo lo que pudiste por detenerlo, montaste un numerito en pleno restaurante, lloraste y gritaste y los chantajeaste emocionalmente.

-¡Porque yo quería que mi familia siguiera siendo normal por aquel entonces!

Peeta ríe.

-Eres genuina, Katniss. A diferencia de mí, tú haces y dices lo que sientes en todo momento. Sin máscaras ni filtro. No escondes tus sentimientos, sino que los dejas claros siempre.

-Bueno. ¿Y qué? ¿Estás insinuando que soy una chica simplona? Pues lo soy. ¿Estás contento? Lo soy y lo admito.

Él ríe de nuevo y roza mi barbilla con los dedos.

-Por eso es por lo que me gustas tanto -dice mirándome a los ojos.

-Ah... d-de v-v-v... ¿De verdad? -digo, nerviosa de repente. Sonrojada probablemente.

-No actúes como si no lo supieras. Ya te lo dije una vez en aquel parque de atracciones. ¿Recuerdas? Te dije que te besé porque me gustas pero tú no me creíste.

-Yo... Peeta... ¡Tú también me gustas! -confieso.

Él suspira.

- Tonta.

- ¿¡Qué dijiste!?

- No te dejes llevar por el momento. No digas cosas que probablemente no sientas sólo para animarme.

- ¡No es cierto! ¡Después de todo lo que he tenido que pasar para decírtelo! ¡Es cierto, Peeta! ¡Me gustas!

- ¿Y si esta clase de situación se hubiera dado con Finnick? ¿No le estarías diciendo a él esto? Como aquel día en que casi os besáis delante de casa.

- Te equivocas. Es cierto que aprecio a Finnick, pero no lo hago de la misma manera. Él es mi amigo y lo quiero como tal. Cuando supe que Madge y el profesor Darius estaban saliendo me sentí celosa. Yo quería ser la persona más importante del mundo para Madge, y ese título lo había tenido el profesor Darius todo este tiempo... Cierto, cuando él empezó a salir con Annie me puse celosa. Pero con el tiempo comprendí que ambas situaciones eran iguales. Madge y Finnick. Pero contigo es diferente, Peeta. Contigo siento el corazón latirme tan fuerte que creo que voy a enloquecer. Eso es amor. Debe serlo. Me ha costado pero al final he comprendido que eres tú. Tú eres la persona a la que amo.

Peeta y yo nos miramos sin decir nada.

El viento sopla, alborotándole el cabello. Haciéndome temblar por fuera a pesar del torbellino de emociones que siento por dentro.

-Tus labios... se están poniendo azulados del frío. Es mi culpa. Has tenido que quedarte aquí por mí.

-No importa -digo.

-Sí lo hace. Déjame remediarlo -susurra.

Él acerca su rostro al mío y yo cierro los ojos. Nuestros labios se encuentran una vez más. Pero esta vez es de verdad. Ambos lo queremos. Y el lugar, el río y el sol que recién se ha puesto son testigos de nuestro beso.

No podría haber sido un momento más perfecto en toda la historia.


Ya no podía alargarlo más. Tenía muchas ganas de escribir sobre este momento.

vanillatwillight, es cierto es un sentimiento muy triste y bueno aquí se explora con más profundidad espero que te haya gustado.