Capítulo 38

Tigresa ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.

Una de las panteras la empujó bruscamente contra la puerta, acorralándola. La segunda, que reconoció como el hijo de Yu, desenvainó una katana y la apuntó a su cuello, presionando tentativamente justo debajo de su barbilla. Un movimiento, por mínimo que fuera, y tendría el metal atravesando su garganta. Observó a ambas panteras, observó a su alrededor. Estaba acorralada, pero jamás lo suficiente. Alzó una desafiante mirada hacia Shan, alzando de manera altiva la barbilla. El lobo blanco sonrió, triunfal, y Tigresa devolvió exactamente el mismo gesto… Todo pasó demasiado rápido; Haciendo gala de su flexibilidad, pateó fuertemente el brazo de la pantera, apartando la espada de su cuello, y se agachó justo a tiempo para esquivar el puño de la primera pantera, que dejó un hueco al impactar en la puerta.

Shan vociferó que la atraparan. El hijo de Yu gruñó y alzó su espada sobre la cabeza de ella, dejándola caer con todo el peso posible. Tigresa rápidamente detuvo el ataque con su Odachi. Contuvo un gimoteo. El felino era demasiado fuerte y aunque ella, a muy duras penas, logró mantener la espada a una distancia prudente de su cabeza, no pudo evitar caer al suelo, golpeándose la espalda contra la puerta. Miró de reojo a su derecha. La segunda pantera se acercaba empuñando una daga. Ni siquiera ella misma supo cómo se las arregló; sin soltar la Odachi, aun manteniéndola alto, giró en el suelo y enredó sus pies en los tobillos de aquel felino, jalándolo hasta hacerlo caer. Le pateó el rostro y lo apartó.

La preocupación por su compañero distrajo durante unos segundos al hijo de Yu. Tigresa aprovechó aquel momento para apartar la katana. Giró sobre sus talones y golpeó fuertemente el estómago del felino con el codo. Él se inclinó ligeramente hacia delante, gruñendo bajo por el dolor, bajando la guardia lo suficiente para permitir que Tigresa le realizara un corte bastante profundo en su zarpa derecha. Ella gruñó al ver que ni aun así soltó su katana. ¡Demonios! La pantera ni siquiera pareció notar el dolor de la herida.

Tigresa se enderezó y ágilmente esquivó una estocada dirigida a su estómago. Se tomó unos segundos para observar a Shan. Seguía tan calmado como hace unos minutos. Claramente no le importaba que la mataran. Tan solo quería que la agarraran, que la capturaran y ya. El cómo lo traía sin cuidado.

—¡En guardia, Dama! —Ordenó el hijo de Yu, pronunciando con burla aquel apodo.

Tigresa gruñó. Ella misma se había presentado como La Dama delante de aquel mocoso irrespetuoso.

—¿Buscas que te mate, chico?

Se enderezó, sosteniendo la Odachi con ambas manos. Él gruñó. Un gruñido ronco y amenazante que, en otras circunstancias, Tigresa pudo haberlo visto incluso como algo atractivo en aquel macho. ¡Concéntrate! Se ordenó, apartando aquella ridícula idea. Ligeramente encorvado sobre sus hombros, la pantera hijo de Yu parecía asechar a Tigresa. Caminando de lado, con la mirada fija sobre ella, caminaba en círculos a su alrededor. Parecía buscar algún punto débil, alguna manera de llegar a ella. Tigresa no le quitó el ojo de encima, aunque su oído estaba atento a la segunda pantera. ¿Por qué no atacaba? ¿Qué esperaba?

El silencio era tal que incluso podía oír la calmada respiración de Shan. Bien, admitía que estaba nerviosa. Las manos le sudaban y el corazón le dolía con cada latir. La pantera elevó la espada y pesadamente la dejó caer. Fue fácil bloquearla, aún más fácil repelerla. ¿Qué está haciendo? No estaba atacando, parecía estar… probando. La estaba midiendo. Medía sus fuerzas, comparaba su agilidad, quería ver sus límites. Tigresa gruñó. El felino volvió a levantar su espada.

Uno… dos… Tres… Movimientos lentos, medidos, que Tigresa fácilmente detuvo.

Uno, dos, tres. Más rápido, más ligero. Igualmente fácil de detener.

Parecía un juego de niños. Apenas un entrenamiento.

Una estocada. Tigresa la esquivó y contraatacó de igual manera. La pantera rápidamente se hizo a un lado. La hoja de la Odachi le rozó el estómago, dejándole apenas un rasguño demasiado superficial para ser considerado una herida. Él ni siquiera pareció notarlo. Tigresa quiso gruñir de pura frustración. Apenas si podía tocarlo. Era mucho más fuerte y ágil que ella. Mientras él parecía estar jugando, Tigresa requería de toda su concentración para mantener la katana lejos de su cuerpo. Poco a poco, los movimientos aumentaron de intensidad. Los ojos de la pantera brillaban con burla, fijos en los de ella, y sus labios se curvaban hacia arriba en una ancha sonrisa victoriosa. Tigresa retrocedió, parando los ataques, muy a duras penas contraatacando.

Miró de reojo a Shan; disfrutaba de la escena. Altivo, observaba desde los peldaños, gozando de cada movimiento fallido de su discípula, con el asomo de una sonrisa temblando en sus labios.

Tigresa tan solo pudo retroceder mientras paraba los ataques con la Odachi. No fue consciente de que la había acorralado hasta que su espalda no chocó contra el sillón en medio de la sala. Una exhalación le quitó el aliento al ver a la katana caer rápidamente a un lado suyo y clavarse en el mueble. ¿Por qué estaba tan asustada? ¿Por qué tan nerviosa? Quiso apartarse, pero apenas si dio un paso, cuando la katana volvió a caer a un costado suyo. La pantera la tenía acorralada y aprovechó aquella pequeña distracción para propinarle un duro puñetazo en el rostro.

Por unos segundos, todo se volvió oscuro y el piso se inclinó bajo sus pies. Aturdida, intentó enfocar la mirada en algo, sin mucho éxito. Se sintió mareada. Escuchó el familiar sonido del metal al cortar el aire y por acto reflejo, no muy segura de si hacía bien o mal, levantó la Odachi por encima de su cabeza. Le estruendo del metal retumbó en sus sensibles oídos, lastimándole las encías. Cerró sus ojos, dolida. Sosteniendo la Odachi con ambas manos, mantuvo la katana en alto, a meros milímetros de su cabeza.

El sudor frío le recorrió la frente. El pecho se le comprimió dolorosamente y sus brazos temblaron por la fuerza de la pantera. Es más fuerte que yo. Quiso gruñir, pero el sonido se transformó en un bajo maullido al verse superada. Temerosa, levantó la mirada hacia los fríos y duros ojos del felino. Ella jamás bajaba la cabeza, jamás se inclinaba ante nadie. La pantera empujó con todo su peso y Tigresa sintió sus brazos fallar en cualquier momento. Sus cuerpos estaban separados muy apenas por unos escasos milímetros y el metal les rozaba el rostro.

Se mordió el labio, temerosa, demasiado alterada al ver que era incapaz de vencer a aquel felino. Gruñó. Requirió de todas sus energías la simple acción de avanzar un paso, enderezándose, pero a él le tomó menos de un segundo volver a reducirla contra el mueble. Sus fuerzas estaban casi igualadas, pero Tigresa supo que el cansancio haría acto de presencia, debilitándola, supo que él era mucho más resistente.

—¿Qué esperas, Dama? —El aliento del felino le provocó arcadas— Te ves cansada. Parece que no has dormido últimamente.

—Imbécil —Gruñó.

—Me pregunto si aquel panda tendrá algo que ver con ello.

La pantera esbozó una ladina sonrisa y Tigresa estuvo a un segundo de ceder.

—No sabes lo que dices —Masculló.

—Oh, sí que se, Dama —Se mofó él— Todos saben que te revuelcas con el Guerrero Dragón.

Tigresa resbaló. Cayó sentada en el suelo, golpeándose la cabeza contra el sillón, y la katana pasó de largo por encima. La pantera retrocedió un paso, empuñando nuevamente su espada en dirección a la desconcertada felina. Esta vez, el miedo llenó aquel color carmín… Po. No podía dejar que le lastimaran.

—Él no es nada —Mintió— No me importa lo que le hagan.

La pantera rio. Fue una risa de lo más espeluznante, de aquella que tan solo podía significar algo malo, carente de humor genuino, carente de la mínima pizca de felicidad. Volvió a alzar su espada y Tigresa rápidamente repeló el ataque con la suya. Sin embargo, su movimiento fue lento, pesado. No tenía fuerzas. El temor le hacía sentirse inútil. Nunca antes había temido por la seguridad de alguien, ni siquiera por Yuan. Nunca se había sentido de aquella manera. Un sentimiento protector casi suicida.

—Aquello solo te delata —Susurró la pantera, lleno de malicia— El panda te importa ¿Eh?

Otro ataque. Tigresa se sintió incapaz de pararlo. Se arrastró unos centímetros, esquivándolo. La katana se hundió en la madera del sillón, a muy corta distancia del rostro de ella. Se sintió mareada.

—No…

De un jalón, el felino quitó su espada del mueble. Su sonrisa ancha y torcida. Sus ojos brillando con malicia.

—¡Sí! —Se mofó— ¡Solo mira tus ojitos!... Estás asustada.

—¡Yo no temo! ¡Mucho menos a ti!

Tigresa rugió. Un rugido alto, imponente, pero desgarrador, lleno de dolor. Sin embargo, solo quería llorar. Las lágrimas corrían por sus mejillas cuando volvió a sujetar su Odachi. Sus brazos temblaban. El ataque fue torpe y débil, pesado, carente de agilidad. Escuchó a la pantera reír. Gritó, frustrada. No, no le temía, pero…

—Temes a lo que le pase a ese osos —La pantera elevó su katana— Oh, bella Dama, no será que…

—¡No!

Tigresa detuvo el golpe con su Odachi.

—… te has enamorado del panda.

Y es en ese preciso momento, cuando Tigresa se siente desnuda frente a aquel felino. Se siente expuesta, demasiado, y antes de siquiera poder reaccionar, la Odachi resbala de sus manos. Todo a su alrededor se detiene, el silencio llenó la sala. La sonrisa del hijo de Yu se ensanchó, fanfarrona, al ver a la felina frente a él caer de bruces al suelo, derrotada.

Apenas si puede levantar la mirada, para ver su propia espada caer a los pies de Shan…

Era la primera vez que la desarmaban, la primera vez que alguien lograba quitarle la espada. El sentimiento es doloroso en su pecho. Sintió el par de manos sujetarle los brazos tras la espalda y jalar bruscamente de ella, obligándola a colocarse de pie, mientras que la hoja de la katana aún presiona en su cuello, con la amenaza de degollarla ante el mínimo movimiento. Tigresa apenas si fue consciente de ello. Las lágrimas de impotencia al verse desarmada corren por sus mejillas. Su corazón se detiene por unos segundos, los mismos segundos que le toma al lobo blanco hincarse y sujetar la Odachi entre sus manos.

La segunda pantera, que hasta ese momento ni siquiera se había dignado a ayudar a su compañero, la sujeta con fuerza de las muñecas, jalando de ella para que se enderece. Tigresa no puede. Si la soltaran en ese momento, volvería a caer. No puede mantenerse de pie. Se siente débil, demasiado, y levantar la mirada en ese momento le pesa demasiado.

Humillada, derrotada. Así se siente. El sentimiento llena su pecho, su corazón, y le hiela la sangre.

Vio los pies de Shan detenerse a centímetros de ella. Lo escuchó reír. Una risa que le provocó miedo. Lentamente, levantó la mirada. No, no podía mirar a los pies del lobo. Nunca, ni siquiera de niña, se permitió agachar la cabeza ante él. No lo haría ahora. Le pesaba y dolía, pero lo soportaría, como todo. Algo dentro de ella se estrujó al ver al lobo blanco sostener la Odachi con tanto… anhelo, como si fuera algo que lleva tiempo deseando hacer. No lo soportó. El rugido simplemente surgió de su pecho, alertando a los tres machos presentes, y a pesar de ser consciente de que la sostenían, intentó abalanzarse contra Shan.

El lobo blanco rio al ver a Tigresa forcejear contra la pantera. Disfrutó de ver el odio en aquellos ojos carmines, disfrutó de oírla rugir con tanto dolor, y por unos segundos, recordó la misma mirada en Akame… Justo antes de que la matara.

—Oh, mi dulce Tigresa —Arrulló— Eres una tonta.

Tigresa rugió. Un rugido alto e imponente.

—¡Suelta mi espada!

La risa del lobo blanco fue secundada por las de las panteras. Risas burlonas, pero carentes de diversión. Shan tomó la Odachi y la empuñó en dirección a Tigresa, apoyando el filo de la punta sobre su mejilla.

—¡¿Tuya?! —Se mofó él— ¡Tú no mereces esta espada! ¡No es tuya, Tigresa, nunca lo fue!

El comentario dolió. Mucho más que el corte que Shan le dejó en la mejilla con su propia espada. La sangre machó su pelaje de su mandíbula y cayó sobre su hombro. Tigresa permaneció inalterable, jadeante, sí, pero con la fiera mirada sobre su padre.

—Tú mismo me la diste —Recordó.

La sonrisa de Shan se ensanchó. Avanzó hacia la felina, aprovechando de que ella no podía moverse, y le quitó la vaina de la cadera. Tigresa ni siquiera intentó impedirlo. Sus ojos permanecieron fijos en los de Shan, mientras él se amarraba aquella vaina a la cadera y enfundaba la Odachi, manchada con la sangre de su dueña.

Lo tenía a milímetros, tan cerca que podía sentir aquella asquerosa respiración inundar su espacio vital, inundar de aquel asqueroso aroma su olfato, y no poder golpearlo le producía dolor físico.

Shan acarició la mejilla herida, empapando su zarpa con la sangre, y Tigresa intentó ladear el rostro, rehuyendo a tan desagradable gesto. No pudo. Intentó apartarse, pero su espalda chocó con el cuerpo de la pantera. La desesperación le alteró la respiración. La zarpa del lobo bajaba por su cuello y ella quiso morirse, quiso que la matara, al sentir aquella mano presionar en su pecho.

—¡Shan! —Chilló, genuinamente asustada.

No… Suéltame… Patalear era inútil, retorcerse solo hacía sonreía más al lobo. Entonces, sin previo aviso, un fuerte golpe en su estómago le quitó el aliento. Las lágrimas saladas hicieron escocer la herida de su mejilla. El dolor se esparció por su cuerpo entero, desgarrándola. Sus piernas temblaron. Le soltaron las manos y ella cayó al suelo, presionándose allí donde Shan acababa de golpearla.

Quiso llorar. Necesitaba llorar.

Shan se hincó frente a ella y le tomó del mentón. Tigresa en su vida se sintió tan humillada como cuando el lobo blanco le obligó a levantar la mirada y vio las lágrimas en sus ojos. Una vez, se prometió jamás hincarse ante nadie, aseguró que nadie estaba por encima de ella… Y ahora, ahí la tenía, en el suelo, tal como todo lo que siempre despreció.

—No eres más que una gata asustada… —la sonrisa curvó los labios de Shan— Al igual que Akame.

Tigresa gruñó.

—Yo no soy Akame.

—No, mi amor, claro que no —Se mofó— Akame jamás se habría dejado quitar la espada. Eres una vergüenza para tu madre… ¡Que hija tan débil!

—Cállate.

Sintió vergüenza de sí misma. Por primera vez en su vida, se avergonzó de lo que era, de todo lo que había hecho. Agachó la mirada. No podía ver a Shan, no podía ver la burla en sus ojos, ni aquella ladina sonrisa. ¿Cómo defenderse si ella mismo no creía en lo que defendía? Las lágrimas rodaron por sus mejillas, silenciosas, y su labio inferior tembló.

Pero Shan quería que lo viera, él quería ver aquellos ojos, derrotados, inundado en lágrimas. Bruscamente le tomó de la mandíbula y le obligó a elevar el rostro, Tigresa se resistió, intentó zafarse. Shan clavó sus garras en la piel del rostro de ella, lastimándola con saña. Recordaba perfectamente la mirada de Akame aquél día, aquellos ojos carmín cubiertos de lágrimas, dejando ver por primera vez el dolor que la situación le provocaba. Quería ver eso mismo en Tigresa. Quería verla llorar de miedo.

—Mírame —Ordenó. Ella se negaba a abrir los ojos— ¡Que me mires, Tigresa!

—No… —Susurró— No, por favor.

El lobo blanco sonrió. Estaba tan asustada, que ni siquiera podía mirarle. La sensación de satisfacción fue enorme. Había doblegado a La Dama, la había roto de una vez por todas, había llegado a su alma y contaminado cada centímetro de ella.

Se acercó a su oreja y sonriente, atrapó la punta entre los labios. Tigresa cerró con fuerza sus ojos. Temblaba. Toda ella se estremeció ante tan desagradable contacto.

—¿Creíste que ibas a poder conmigo, pequeña? —Se mofó— ¿Creíste que sería fácil deshacerte de mí y entregarme al Clan del Bosque?

Tigresa se sobresaltó.

—¿Cómo…?

—Yo sé muchas cosas, niña, cosas que en tu vida podrás entender —Se jactó él. Saboreaba cada segundo— ¿Crees que por entregarme te darán la libertad? ¿Qué te perdonarán la vida?... Entiende; solo me tienes a mí, Tigresa. Estás sola.


A ambos les gustaba el silencio, pero en ese momento, se les hizo demasiado incómodo. Al menos, no estaban solos. Tai Lung estaba allí, con la excusa de acompañar a Víbora, y Shuo realmente agradeció aquella actitud.

Las miradas iban y venían. De vez en cuando, el celeste se encontraban con el carmín, pero rápidamente se rehuían, ambos invadidos por la vergüenza.

Al menos, sabían que estaban en la misma posición. Shuo no quería lastimar a Lili, mucho menos con un hijo en camino, y Víbora no quería herir a Grulla más de lo que ya lo había hecho con su frialdad hacia él.

¿Qué hacer? Claro, ambos lo sabían, pero se reusaban a aceptarlo.

No, tenía que haber otra solución, una más madura.

Fue Víbora que, pasando un par de horas, se levantó a guardar un pergamino y se detuvo junto al leopardo. En un bajo murmullo, le pidió que se fuera, ya que tenía que hablar con Shuo. Tai Lung se opuso, alegando que no quería dejarla sola con el tigre, pero accedió ante la insistencia de su amiga. Sabía que no pasaría nada, pero por las dudas, se quedó parado junto a la puerta… Solo por si acaso.

Shuo miró de reojo al leopardo irse y luego a Víbora. Tragó grueso, nervioso, e intentó concentrarse en lo que estaba leyendo. Pero era inútil. Víbora reptaba de un lado a otra. Sabía que ella también estaba nerviosa solo por poder oír su respiración. Shuo deseó no tener tan buen olfato; el ambiente de la habitación estaba impregnado por el aroma de ella, lo cual lo inquietaba más.

—¿Shuo?

Él no levantó la mirada.

—¿Si?

—Tenemos que hablar.

Nuevamente tragó grueso. Acomó el pergamino en la mesa y se enderezó en la silla. Volteó, pero no se atrevió a verla, no a los ojos. Sintió las mejillas extrañamente calientes. No recordaba la última vez que se había sonrojado por algo como eso, ni siquiera por Lili.

—Víbora, lamento lo que sucedió anoche —Murmuró, antes de que ella pudiera hablar— Te diría que me arrepiento de haberlo hecho, pero es mentira.

—¿Cómo dices?

—Escucha…—Había pensado toda la noche en lo que estaba por decir— No, no me arrepiento. Es cierto que no pensé y que actué… no se ni por qué. Lo que lamento es no haber pensado en ti, ni en el maestro Grulla o en Lili.

—Solo te iba a decir que podríamos hacer como que nada pasó.

—¿Eh?

Víbora sonrió, tan amable como siempre. Se hubiera acercado un poco más, realmente deseaba acercarse a él, pero se mantuvo en su lugar. Se sentía tensa, incómoda, pero se forzó a aparentar serenidad.

—Solo… No hablemos de eso ¿Si? —Propuso— Estoy segura que podremos ignorarlo.

Como respuesta, Shuo sonrió, de aquella manera que solía hacerlo solo con Lili, y asintió. Sin embargo, algo le invadió el pecho, algo frío y desagradable. Sabía de antemano que si Víbora aún le hablaba ya sería un logro, pero el oír de labios de ella que aquel error no significaba nada era mucho más doloroso de lo que imaginó.

¿Lo más inquietante? Ni él mismo sabía por qué dolía.

Continuará…