Notas de la Autora: Hola a todos! Vengo después de dos meses a actualizar. Realmente lamento la ausencia, hubo tres motivos por los que no había podido actualizar. Primero que nada, ando sin tiempo. Voy a salir de viaje en algunos días y entre el trabajo que tengo que adelantar, las reservaciones que tengo que hacer, los artículos que tengo que comprar, las cosas que tengo que dejar en orden y demás, me fue demasiado difícil intentar escribir algo.
El segundo motivo es que me dio muchísimo trabajo escribir este capítulo. Estoy viendo que me cuesta relatar a Hiroto, creo que el motivo es principalmente que es un personaje muy "derecho" y funciono mejor con personajes problemáticos. Además, no soy buena para escribir cosas fluffys y Hiroto aquí es súper fluffy, entonces... muy difícil, todo un reto para mí haha y aún no me convenzo de como quedó el final de este capítulo, pero ya no podía aplazarlo más.
El último motivo es que empecé a trabajar en un proyecto alterno. De eso les hablaré después.
Kira! Muchas gracias por tu review, me alegra que te guste como pongo a los personajes y que te guste esta parejita. Espero hacerles justicia, y ojalá este capítulo te guste también :)
Gracias por leer!
Disclaimer: Ni Inazuma Eleven ni las canciones me pertenecen.
Advertencias: Niet.
TASTE THE FLESH
Song 35. Mello(dramatic)
(/watch?v=m8dZKOCvvOA)
–¿Quién compró esta basura? –fue lo que preguntó Hiroto mientras sostenía en una mano una caja de vino barato, de cartón sin elegancia, que acababa de encontrarse en el refrigerador. Lanzó miradas a la mesa y lo que le recibió no le gustó nada. Saginuma le miraba como si acabase de decir algo peligroso, como si le instara a que se arrepintiera inmediatamente. Midorikawa le miraba con una sonrisa burlona. Y Suzuno tenía las mejillas enrojecidas de vergüenza. Entendió inmediatamente–. Era broma –agregó de manera estúpida, sonriendo–, me encanta este vino. Es perfecto para los calimochos. Es más, creo que voy a hacerme uno ahora mismo, ¿hay Coca–Cola, verdad?
No esperó a que nadie le respondiera. Rebuscó en la nevera hasta encontrar la esperada botella de plástico con contenido negro y etiqueta roja, la cual sacó, procediendo después a cerrar el refrigerador e ir a conseguirse un vaso. Llenó un tercio del vaso de cristal con el vino de caja -vio con terrible desagrado su textura sin cuerpo-, y llenó el resto con el refresco de cola. Se tomó un trago, si sólo para corroborar su buena fe para con el vino, y forzó un "¡Mmm!" que nadie se creyó, ni él mismo ni Dios.
–Pues está muy bueno –dijo–. Fue buena elección, sea quien sea que lo haya comprado.
La expresión de Midorikawa no había cambiado, mientras le miraba sentarse con cara de que Hiroto era el ser vivo más ridículo sobre el planeta y de que se aseguraría de jamás dejarle olvidarlo. Saginuma sonreía con esa sonrisa diplomática suya, como dándole ánimos, asegurándole que la táctica evasiva le había salido bien. Y Suzuno ya no estaba rojo de vergüenza. Parecía aliviado.
–Perdón, es que lo vi y estaba muy barato –se disculpó de todas formas, a lo que el pelirrojo negó con la cabeza.
–No tiene nada de malo. A veces hay joyas entre las cosas baratas –sonrió convincentemente, depositando después los ojos verdes en el trozo de carne con papas que tenía enfrente. Bendito Gazelle y sus habilidades en la cocina.
–Claro, a veces lo barato y lo caro es lo mismo. Pero lo caro tiene una marca que lo respalda y por eso te cobran más. Por eso es que estudio marketing –aclaró Midorikawa, en un discurso animado que a todos les pareció completamente fuera de lugar -Midorikawa nunca solía participar en las conversaciones de tan buena fe-. ¿Qué me miran, bola de garlopos?
–¿Qué diablos es un garlopo? –preguntó el mayor de los cuatro, al tiempo que bebía un trago del vino que sí era bueno. Ryuuji se encogió de hombros.
–Tendrías que leer mis libros para entenderlo.
–Ya basta, usar palabras ficticias salidas de libros tiene que ser lo más subnormal que has hecho en la historia –le molestó Hiroto sonriendo con victoria, aunque ésta fue minimizada cuando tomó un sorbo más de su calimocho barato.
–Tienes envidia de que soy más intelectual que tú, pedazo de plopus.
–Sepa Dios qué estás diciendo.
Saginuma soltó una carcajada y Gazelle una risita sin disimulo.
Ah, esas sus tranquilas cenas… "familiares".
Cuando se levantaron y Hiroto se quedó a lavar todo -por esta vez Saginuma no le ayudó, alegando que tenía que estudiar. Gazelle fue enviado por todos a descansar y Midorikawa simplemente dio vueltas por ahí, ya sabían todos que no ayudaría en nada-, un silencio cómodo y hogareño se depositó en sus oídos, entumecido únicamente por el golpeteo de los trastes y el ruido de sus manos tallando. Pero entonces Midorikawa se le acercó y tenía una expresión de seriedad. Hiroto le miró con la ceja levantada.
–¿Qué te pasa garlopus? –inquirió, haciendo esfuerzo por recordar las palabras tontas que el otro había utilizado. Ryuuji le miró como si su poca capacidad intelectual le ofendiera.
–Así no es, ridículo.
–Por fin usas palabras normales, ¿qué quieres? –seguía lavando los trastes y su mirada se desvió, apenas dándole importancia al rubio. Ryuuji se cruzó de brazos junto a él y el pelirrojo volvió a medio mirarle de reojo. Cuando vio que su expresión no cambiaba, finalmente detuvo lo que estaba haciendo y se volteó definitivamente hacia él–. ¿Qué?
Ryuuji guardó silencio por un momento. Le contemplaba como si analizara su capacidad para recibir noticias desalentadoras.
–Le pediste al esclavo que no volviera a drogarse, ¿verdad? –se atrevió finalmente a decir, y sus ojos negros no se movieron de su lugar, centrados en los verdes de Hiroto y atisbando a su propio reflejo serio en ellos. Hiroto se sintió sonrojar porque nunca le había dicho eso a Midorikawa, y el rubio lo sabía de todas formas. Como si supiera leerle los pensamientos.
–¿Por qué preguntas? ¿Y cuántas veces tengo que decirte que no le digas así? –espetó con enojo fingido, porque uno, sabía que Ryuuji jamás se iba a detener, y dos, lo que le estaba preguntando le importaba mucho más que el hecho de que usara ese espantoso apodo.
Midorikawa suspiró, poniendo esa expresión suya que le hacía sentir como si fuera un estúpido y el rubio estuviese a mil niveles por encima de él en lo que a intelectualidad respectaba. Hiroto era de las muy poquitas personas en el mundo que sabían que Ryuuji no era ningún idiota.
–¿Sabías que las personas que se drogan tanto como Gazelle experimentan un síndrome de abstinencia cuando dejan de hacerlo? –inquirió con seriedad total, y Hiroto sintió un ligerísimo temblor recorrerle el cuerpo.
Un temblor de miedo por lo que Ryuuji estaba insinuando.
–Ryuuji… –musitó como si quisiera suplicarle que se detuviera en ese momento y no dijera más. Pero era tarde. Hubiese querido decirle que sí, efectivamente él había hecho a Gazelle prometerle que ya no lo haría y Gazelle había dicho que sí y él le creía completa y ciegamente. Quería decírselo pero si había dos cosas que Hiroto sabía con certeza con respecto a Midorikawa era que, número uno, él no mentía, y número dos, él jamás haría una acusación tan grave como la que estaba a punto de hacer –sabiendo lo que implicaba, sabiendo que le lastimaría–, sin tener una centena de motivos irrevocables e innegables para hacerlo. Hiroto sabía que, si le pedía pruebas, como el mejor detective de Inglaterra Midorikawa le expondría todas las que tenía y no habría sitio para la duda.
Así que no pudo decirle nada, no pudo hacer más que mirarlo y esperar a que Midorikawa lo soltara.
–Hiroto, si no tiene síndrome de abstinencia es porque no está absteniéndose de nada. Asegúrate de que ya no entre a mi habitación.
Con eso se dio la vuelta y se fue. Sus palabras y su tono de "te lo estoy diciendo completamente en serio" se acomodaron en los oídos de Hiroto y permanecieron ahí por un buen rato más. El pelirrojo suspiró y terminó de lavar los trastes en silencio.
No necesitaba ser tan genio para adivinar como por dónde iban las cosas. Hiroto podía perfectamente imaginarse a Suzuno levantándose los sábados por la mañana, dirigiéndose al cuarto de Midorikawa para limpiarlo -porque se había dado a sí mismo la responsabilidad de limpiar todo el departamento los sábados, ya que sabía que nadie más lo haría y porque eso le hacía sentirse útil-, y encontrándose con su cajón, ese de su escritorio que estaba lleno de porquerías, y no pudiendo contenerse de tomar algo de lo que había visto ahí.
Se podía imaginar a Midorikawa dándose cuenta desde hacía quién sabe cuánto tiempo y absteniéndose de decirlo, quizá esperando hasta tener la completa seguridad de lo que estaba ocurriendo, o quizá esperando que eventualmente Gazelle se detuviera y cumpliera la promesa que le había hecho a Hiroto.
Estaba claro qué era lo que había ocurrido primero.
Por la noche Hiroto observó a Suzuno dormir, cubierto por la luz escasa de una farola de afuera que entraba por la única ventana de la habitación, que estaba justo a sus espaldas, sobre el respaldo del sillón-cama que usaba para dormir. Suzuno dormía sobre la cama, al otro lado de la habitación, su cuerpo menudo que apenas ocupaba espacio moviéndose al ritmo de su respiración tranquila. Hiroto se dormía todas las noches imaginándose a su lado, dándole calor para hacer a las sábanas innecesarias. Y dándole todo lo que pudiera hacer a todo lo demás innecesario también.
Se durmió pensando en qué cosa podía hacer en el mundo para quitarle su maldita indispensabilidad a las drogas.
El viernes por la tarde, Hiroto estaba solo en un café. Giraba distraídamente un palillo en su bebida, mirando hacia cualquier lado. Después se acercó el líquido a los labios, intentando determinar si ya tenía una temperatura bebible o aún estaba demasiado caliente. Cuando el calor excesivo se topó con la comisura de sus labios, desistió de su intento de tomarlo y volvió a dejarlo sobre la mesa, para volverlo a revolver. Sonó la campanilla de la puerta a su lado y apenas se dio cuenta, demasiado ensimismado y demasiado acostumbrado al repetitivo sonido.
Una mano sobre el hombro le hizo reaccionar. Levantó la mirada, observando al individuo que había optado por interrumpir su momento de soledad y meditación.
–Hey, Kidou, ¿qué haces por aquí? –saludó con una sonrisa, reconociendo a su compañero del club de fútbol. El chico de cabello castaño y que llevaba siempre puestas unas gafas oscuras cargaba un caro maletín en el que llevaba siempre sus cosas de la universidad. Traía puesto un suéter rojo vino y unos pantalones negros.
–Hola, vine a leer un rato antes de regresar a casa, ¿y tú? ¿Esperas a alguien?
–No, sólo vine por café –lanzó una mirada a su bebida que permanecía sin tocar frente a él. Después regresó la atención a su compañero–. ¿Te quieres sentar?
–Claro.
Kidou Yuuto, el joven heredero de una fortuna, hijo adoptivo de un importante empresario alemán y de su esposa que era diseñadora de modas, era un estudiante impecable, deportista talentoso y amigo incondicional. No era que Hiroto lo considerara su amigo -realmente sólo le había dado esa clasificación a dos personas en su vida, Ryuuji y Gazelle, y para él alguien como Kidou parecía demasiado inalcanzable-, pero sí conocía a sus amigos, ya que la mitad también estaban en el equipo de fútbol, y sabía que Kidou era el tipo de persona que no parecía tener límites cuando se trataba de ayudar a las personas que apreciaba.
El castaño se sentó y pronto llegó alguien a atenderlo. Pidió un té y luego sacó un libro de su maletín. Era grueso y de pasta dura. Hiroto tuvo que pensar que quizá Midorikawa podría entenderse bien con él si se sentaban a hablar de libros. Pensó también que ambos no tendrían absolutamente nada más en común.
–¿Vas a hacer algo hoy? –preguntó Kidou, abriendo su libro para buscar la página separada. Hiroto negó suavemente.
–No, le prometí a mi compañero de cuarto que veríamos una película juntos. El Gran Pez, ¿la has visto?
Kidou asintió con una sonrisa.
–Es muy buena.
–Buenísima.
–¿Ya la has visto?
–Sí, desde hace mucho, pero él no. No suele ver películas –hizo una mueca casi imperceptible de la que ni él mismo se dio cuenta. Pero Kidou observaba con atención.
–¿Es ese chico de cabello blanco con el que a veces te vas?
Hiroto le miró. A veces Gazelle le esperaba después de clases para irse juntos, o viceversa, pero la mayoría de sus últimas clases no las compartía con Kidou, de modo que, si el castaño le había visto con el peliblanco había sido de lejos, y habría sido porque Kidou estaba lo suficientemente pendiente de él como para prestarle atención al verle caminar por los terrenos de la universidad. Asintió con algo de sorpresa.
–Sí, es él. Se llama Fuusuke, le decimos Gazelle. Lo conocí hace un par de años en la entrega de becas de los orfanatos. Me sorprende que lo reconozcas.
Hiroto nunca había ocultado a nadie su origen, todos sabían que era un huérfano y que sólo tenía la posibilidad de estudiar ahí porque el gobierno le pagaba los estudios. Jamás había sido motivo para que sus compañeros de equipo le trataran diferente. No era igual con todos -algunos tendían a pensar en los huérfanos becados como parásitos-, pero con ellos sí, y por eso siempre se había sentido cómodo en su compañía.
–Te he visto en varias ocasiones con él. Supuse que sería un amigo tuyo, no sabía que vivían juntos.
Hiroto debió haber sonreído y su sonrisa debió haber sido muy reveladora, porque Kidou agregó.
–¿Están juntos?
El pelirrojo le miró con algo de vergüenza. No estaba seguro de si Kidou le estaba preguntando lo que creía que le estaba preguntando.
–Eh, vi-vivimos juntos –tartamudeó sin saber por qué–, pero eso es todo. Es uno de mis mejores amigos.
–Ya veo.
Dijo aquello como si realmente viera mucho más allá de lo que se había dicho, y Hiroto tuvo que preguntarse si acaso ese tipo tenía un súper poder de intuición o era acaso que él sencillamente era demasiado obvio.
–Tenemos problemas –soltó. Se arrepintió de inmediato. No entendía por qué lo dijo. De hecho, ni siquiera entendía qué había dicho, ¿cómo que tenían problemas?
–¿Qué clase de problemas?
Por alguna razón, responderle a Kidou no se le hizo raro. Como si sintiera que podía confiar en él naturalmente.
–Bueno… –inició, y se pasó los siguientes veinte minutos explicándole todo sobre Gazelle. Sobre Nagumo, sus problemas con él, sus adicciones, su mentira… En algún momento se sintió un poco avergonzado de estar diciendo todo eso, de estar confiándole sus preocupaciones a alguien que era ajeno a su vida -aún si compartían tanto tiempo juntos todas las semanas-. Pero Kidou escuchó con respeto y atención.
–¿Entonces te parece que él sigue drogándose?
–No sólo me parece. Estoy seguro. Ryuuji jamás me mentiría con algo así, y tampoco lo diría a la ligera –entrelazó sus dedos frente a él y luego los separó, levantando su vaso para tomar un poco de café. El té de Kidou ya estaba frente a él, frío y dejando agua sobre la mesa–. En realidad soy un idiota. Soy el ser más ingenuo del planeta tierra, ¿cómo no me di cuenta de algo tan obvio? Por eso Ryuuji me trata como si fuera un retardado…
Hizo una mueca con la boca y Kidou sonrió.
–Es normal. Te gusta mucho y por eso lo tienes idealizado. No nos gusta ver los defectos de las personas que queremos sino hasta que es demasiado tarde y ya no podemos deshacernos de ellas –explicó tajantemente como si fuese la verdad más total del mundo.
Hiroto le miró con admiración porque sospechaba que sí lo era. Sintió a su rostro acalorándose, porque él en ningún momento había dicho que Gazelle le gustara. Tomó un poco de café como para disimular y Kidou imitó la acción, bebiendo de su té con tranquilidad.
–¿Y qué vas a hacer?
Hiroto desvió la mirada, atosigado por su falta de un plan real. Hasta ahora lo único que había hecho era evadir el problema, seguir tratando a Gazelle como si nada, pretender que no lo sabía.
–¿Qué puedo hacer? –se sintió ridículo por tener que preguntarlo y evidenciar que no era lo suficiente maduro -o lo que fuera que necesitara ser- como para tener una respuesta. Le pareció atisbar los ojos rojizos de Kidou mirándolo intensamente detrás de sus gafas oscuras. Era una mirada tan fuerte que se preguntó si acaso el castaño usaría las gafas para ocultar la fuerza de su mirada y por ningún otro motivo, como si aquella línea de pensamiento realmente tuviese algún sentido.
–Entender –la respuesta simplona y categórica le tomó desprevenido.
–¿Entender?
–No puedes solucionar un problema que no entiendes, así que sí, entender.
Fue ahora el turno de Kidou de pasar los siguientes veinte minutos explicándole a Hiroto lo que quería decir.
–Gazelle, cambio de planes.
El peliblanco le miró. Hiroto lucía excepcionalmente seguro de sí mismo, con una sonrisa muy convincente. Nadie habría notado el ligerísimo temblor en sus labios que duró por tan sólo un segundo y después se desvaneció mientras los músculos eran estirados con más insistencia para que la sonrisa no desapareciera. Bueno, si se quería ser completamente estrictos, quizá sí había alguien que lo notaría. Pero Ryuuji por suerte no estaba en la casa.
–¿Qué planes?
–Los de ver El Gran Pez.
–¿Y ahora qué haremos?
–Te llevo a cenar.
Gazelle se sonrojó. Aún bajo la luz tenue de la sala, esa de la lámpara que Saginuma había traído para crear un ambiente lo suficientemente confortable cuando se le ocurría mirar películas, Hiroto estaba seguro de haberle visto sonrojarse.
–Arréglate. Salimos a las ocho.
Eran las siete y media. Gazelle estaba en pijama y sostenía entre manos un recipiente lleno de palomitas con mantequilla. Hiroto se acercó y lo retiró de sus manos para dar a entender que todo era muy en serio, con lo que el peliblanco terminó por huir hacia la habitación para obedecer lo indicado. Hiroto dejó las palomitas en cualquier parte y sacó su cartera para revisar sus finanzas.
Había un restaurante en las afueras de la ciudad ubicado en la azotea de un edificio abandonado. Era una experiencia única, bajo las estrellas, rodeado de bosques oscurecidos y de una carretera que cruzaba a un costado y era sólo pululada por uno que otro carro que entraba o salía de la ciudad. Era carísimo y solía funcionar sólo bajo reservación, pero Kidou se las había arreglado para conseguirle una mesa esa noche.
"Sólo puedes combatir su adicción de una manera", le había dicho, su té acabado y su libro abierto olvidado a un lado. "Hazlo adicto a algo mejor".
"¿Cómo qué?"
"¿Qué se te ocurre? A mí se me ocurren cenas, salidas al cine, helados y una persona que lo quiera".
Hiroto le había mirado. Por un momento todo aquello había sonado extremadamente ridículo.
Pero después había tenido todo el sentido del mundo.
…
Notas de la Autora: Me imagino a Gazelle sin saber ni qué hacer, porque no está acostumbrado a este tipo de atenciones.
El contraste entre Burn y Hiroto es enorme. Gazelle tiene mucho que pensar y muchas decisiones que tomar, ¿tomará la mejor decisión?
Espero que el capítulo no me haya quedado tan malo, recuerden que agradezco mucho leer sus opiniones. Con respecto a los siguientes capítulos, quiero hacer al menos unas dos actualizaciones antes de irme, así que ya estoy trabajando en lo que sigue. Nos veremos pronto, pronto.
Farewell!
