-Estás embarazada, Helena.
¨Embarazada¨. Había dicho ¨embarazada¨. ¿Porque lo había dicho, verdad?
-¿Cómo? - preguntó ella, solamente para asegurarse de haber oído bien.
-Embarazada.
Embarazada. Claramente, no se estaba refiriendo a ese tipo de embarazo. ¨Embarazada¨ debería significar ¨avergonzada¨, por supuesto, ante la afirmación de que no era virgen.
-No sé a qué te refieres, Khrenin - le respondió la joven, encogiéndose levemente de hombros. Sin embargo, su fiel maestro le dirigió una mirada llena de reproche y desvergüenza.
-Helena, deja de hacerte la inocente. Estás embarazada. Estás anidando a una criatura en tu interior.
Ya estaba. Lo había dicho. Todas las dudas que su mente pudiera albergar se difuminaron como si una ráfaga de aire las hubiera arrastrado.
Sin embargo, aquella aclaración solamente sirvió para cabrear a Helena un tanto.
-Khrenin, lamento decirte que te equivocas. Yo no...
-¿Tú no qué, Helena? Te acabo de salvar el pellejo. Lo mínimo que te pido es que seas honesto conmigo.
La mente de Helena se puso a trabajar a una velocidad gradualmente progresiva. Aquello no podía ser cierto... no podía serlo de ninguna de las maneras. Era simplemente imposible.
-Helena - se dirigió a ella Khrenin, tomando asiento sobre la cama y tomándola de las manos con fuerza. -Te prometo que no te juzgaré, ni te reñiré. Pero has de decirme la verdad. Eres como una hija para mí. Sólo quiero ayudarte.
La princesa elevó su mirada ya algo angustiada hacia el rostro de su mentor, intentando buscar una pizca de esperanza (o de sorna) en ellos.
-¿Eres virgen? ¿Has yacido con un hombre? Dímelo, por favor.
Tras meditarlo durante un tiempo, decidió que ya no servía de nada seguir mintiendo, por lo que asintió levemente con la cabeza.
-¿Y tomaste la raíz?
-No - negó ella, levantando la cabeza con energías. -Pero puedo explicártelo. No... no era necesario.
-Helena, ¡cómo se te ocurre! - exclamó él, llevándose una mano a la cabeza. -Por Dúrin, ¿quién te manda no prev...?
-Khrenin, te repito que no era necesario nada de eso. Yo no... no tendría que quedarme embarazada.
-Pues lo estás.
Ella se llevó una mano al vientre instintivamente, pero la volvió a apartar a la nada. -No digas tonterías. Por favor, Khrenin. Debe haber un error. No puedo...
-Has mantenido relaciones sin prevención.
-¡No lo entiendes! Te digo que no era necesario.
-¿Cómo lo sabes, Helena? ¿Cómo estás tan segura?
-Pues porque... porque... era... - bajó la voz tremendamente, poniendo especial énfasis en que nadie la oyera. -Era un elfo.
Khrenin calló, como asimilando la nueva información que su pupila le proporcionaba. -¿De veras?
-Sí - afirmó ella, bajando la mirada, avergonzada.
-Pues... no puede ser. Estás embarazada, Helena.
-¿Cómo puedes saberlo tan fácilmente?
-Porque has tenido una hemorragia uterina muy grave. Un amago de aborto.
Por un breve momento, el corazón de Helena se hizo un nudo en su pecho al escuchar de nuevo aquella información. Se llevó, esa vez sin vacilar,una mano al vientre, y aguantó las ganas de preguntar si de veras había sido un ¨amago¨.
-Puede haber sido otra cosa, ¿verdad?
-No lo creo. Además, te he examinado. Tu cuello uterino ha fabricado el tapón mucoso. Sirve para proteger al embrión.
Helena sintió cómo un espeluznante sudor frío le corría por la frente. -¿Tú... estás seguro?
-Soy biólogo, sé mucho más de estos temas que el resto de ¨sanadores¨ de este reino. Y tú también deberías saberlos. Te los he enseñado.
-Khrenin, yo sólo sé que he yacido con una persona, y esa persona es un elfo. Es imposible que esté embarazada. Un elfo y un enano no pueden concebir.
Un espeso silencio se hizo en la habitación.
-No... no pueden, ¿verdad, Khrenin?
-Siempre se ha pensado que no. Pero... lo cierto es que nunca hemos podido comprobarlo.
Era cierto. Nunca, jamás, en toda la historia de Arda ni de Aman, un hijo de Dúrin y un miembro de la bella gente se habían unido.
No estaba nada en claro.
Y ella solamente había estado con Thranduil. Dáin no había llegado a ese punto.
Y, según Khrenin, estaba embarazada. Recordó entonces los vómitos, los mareos y los amagos de desmayo que había estado sufriendo durante esos días. Y recordó sus extraños sueños.
Los sueños. Aquello había comenzado... la noche en la que Thranduil y ella se unieron por primera vez.
Y una luz se encendió en su mente.
-Khren... Khrenin - le preguntó, medio temblando. -¿Tú sabes... de una antigua tradición élfica? ¿La unión?
-¿Qué? ¿De qué hablas?
-Creo... creo que ya sé lo que ha podido pasar.
-Helena, ¿has hecho algo de lo que te pudieras arrepentir?
-No.
-(...) ¿Quién es el padre?
Ella negó con la cabeza. No pensaba decírselo.
-¿Estás enamorada, o lo has estado?
-Sí.
-¿Y él de ti?
-(...) Sí.
-Te lo has pensado mucho para responder.
-Él está enamorado de mí, pero... no... no sé cómo se va a tomar...
-Es el padre, sea quien sea. Ha de hacerse cargo de ese niño.
Ella lo miró con una cara escandalizada. Decírselo... a Thranduil... Ni de lejos.
-Khrenin, necesito una prueba evidente de que esté embarazada. Por favor. Necesito tu ayuda.
-Está bien. Mira, cuando tengas ganas de orinar, recoge un poco en un bote. Si le sale una especie de capa en la parte superior es que estás encinta. Si le sale en la parte inferior... es que no.
Helena asintió levemente, y encogió las piernas, atrayéndoselas hacia sí misma. Le costó un tiempo darse cuenta de que tenía los ojos empañados en lágrimas.
-Eh, no llores - la consoló su maestro, abrazándola con calidez. -Venga, ya está.
-No, nada está. Tengo miedo, Khrenin. Yo... soy muy joven. No estoy preparada. No quiero. Y... y... mis padres, y él...
Thranduil. No podía parar de pensar en él. ¿Qué diría en cuanto se enterase? ¿Qué ¨creería¨ en cuanto se enterase? En ese momento, cualquier opción era mejor que admitir que iba a tener un hijo suyo. Casarse con Thorin ya no le pareció una idea tan horrible. Podría fingir que se había quedado encinta tras la misma noche de bodas, y que el niño sería de ambos. Total, iba a acabar tirando su futuro; ¿qué más daba todo?
-Khrenin... - musitó la joven, gimiendo contra su pecho. -Tengo miedo. Estoy asustada.
-No te preocupes. Te juro que no se lo diré a nadie. Saldremos juntos de esto, ¿de acuerdo? No pienso dejarte.
Helena se arropó entre sus brazos, mientras comenzaba a ser consciente de lo mucho que iban a cambiar las cosas de ahí en adelante.
-Me he comportado como una niña -pensó, con dolor y culpa; - y he olvidado que ya no lo soy.
Thorin esperaba sentado con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. A su lado justo, estaba su hermano Náin, que parecía tanto o más nervioso que él. Ninguno de los dos se dirigía la palabra.
En frente, de pie ante ellos, estaba el Príncipe Bardo, aún retenido en palacio. Ningún sospechoso había podido abandonar aún el palacio por orden expresa del Rey, hasta que hubiera noticias de su hija.
Y había regresado. Thorin la había visto con sus propios ojos. Y estaba más bella que nunca... y también más débil.
A partir de ese momento, las cosas cambiarían radicalmente. No pensaba dejarla marchar. Le diría todo lo que sentía por ella.
Las últimas dos semanas habían sido como un infierno personal para él. A cada hora, a cada minuto, en cada instante, la imagen de su prima aparecía en su mente, vívida y fogosa como el fuego. Una enorme cantidad de fantasías románticas y eróticas le habían acabado quitando el sueño. La necesitaba. Necesitaba probar sus labios, agarrar su pelo y retenerla entre sus brazos. Necesitaba decirle que no podía vivir sin ella.
Aún no había movido piezas con su prometida, pues no había tenido valor para hacerlo; pero, en cuanto volviera a verla, en cuanto le hubiera explicado la desesperación y el deseo que lo habían estado consumiendo desde que su preciada boca se hubiera posado sobre la suya, la pediría en matrimonio, él mismo, sin tapujos, sin política de por medio. Se casaría con ella en un abrir y cerrar de ojos. No creía una palabra de que su padre hubiera intentado tocarla, y no pensaba hacerlo. Ella era suya, y de nadie más. La desfloraría él mismo, y juntos tendrían hijos. Formarían una nueva familia. Sería su reina, su musa, su amada. Y nada ni nadie podría detenerlos.
La puerta vecina se abrió, y los tres se volvieron hacia la persona que acababa de entrar por ahí. Era la reina, Graella, que parecía en esos momentos mucho más anciana y raída de lo que era en realidad.
-Tía... ¿está todo bien? - preguntó Náin, con un nudo en la garganta.
-Sí, sobrino. Está todo bien. Khrenin está aún con ella, pero dice que no ha sido nada grave. Podéis pasar a verla de uno en uno.
-Iré yo - se adelantó Náin, pero el mayor dio una larga zancada y atravesó el pasillo antes de que el otro pudiera rechistar. -Voy yo, Majestad.
Thorin recorrió el pasillo con rapidez y gravedad. Estaba ansioso por volver a verla. ¿Qué iba a decirle? ¿Debía besarla sin más? ¿O mejor se explicaba antes? Sí, mejor la segunda opción.
Llegó a la puerta de su alcoba antes de lo que esperaba. Cogiendo una gran bocanada de aire, el muchacho se atrevió a llamar con los nudillos.
Tras unos tres segundos de silencio, un ¨adelante¨ se escuchó desde dentro de la habitación. El joven abrió la puerta.
Y allí estaba ella. Pálida, con ojeras, y restos de lágrimas en las mejillas. ¿A eso lo llamaban ¨nada grave¨?
-Hola - fue lo único que pudo decir, después de un largo rato.
Ella le sonrió en señal de respuesta, y Thorin se aproximó hasta quedar sentado muy cerca de su cuerpo. El maestro de Helena estaba allí presente, por lo que decidió ir con cuidado.
-¿Qué... qué tal estás?
-Bien. Me siento un poco débil, pero estoy bien. Gracias.
Él le dirigió una amplia sonrisa, y le acarició la mejilla con la mano derecha. -Estábamos muy preocupados. Yo mismo estaba muerto de miedo. No sabía dónde estabas.
No le pasó inadvertido el hecho de que la expresión de su prima cambió completamente al escuchar aquello último.
Así que no había errado. Había buscado refugio en el Bosque Negro.
Decidió no darle muchas vueltas a esa cuestión. Ya tendrían tiempo de hablar de aquello. Ya se encargaría de que ese despreciable elfo no volviera a acercarse a ella, y también de que su prima lo olvidara. El Rey Elfo no era rival para él.
-Bueno, da igual. El caso es que estás aquí... con nosotros. Ya estás a salvo.
La expresión de Helena cambió aún más, tornándose iracunda. Thorin sentía que podría fácilmente culminarlo con la mirada.
-¿Qué...?
-Vete. Déjame en paz. No eres distinto a nadie.
Pero... ¿qué acababa de pasar? ¿Qué había dicho?
Thorin no se dio por vencido, aún así, y se alejó de ella, mirándola con el ceño fruncido. -No deberías hablarme así. No quiero que estemos peleados. Y menos para el día de nuestra boda.
Se lo había soltado así, como si nada. La había pillado del todo desprevenida. No era una petición, era una orden. Y ella no podría ni querría negarse.
Pero su reacción fue completamente distinta a lo esperado.
Helena, sin inmutarse siquiera, abrió la boca para responderle, sin culpa ni recelo:
-Antes el destierro que casarme contigo.
Con una sola frase, todas las ilusiones de Thorin se habían esfumado como por parte de magia. Lo había despreciado. A él, que siempre había tenido hordas de muchachitas detrás.
-No eres la misma. No sé qué te ocurre.
-Yo soy la misma. Eres tú el que estás cambiando. O es que estás aprendiendo a conocerme, una de dos.
-Yo siempre te he conocido - murmuró él, iracundo, levantándose de la cama. -No debería haber venido. Por mí como si te suicidas, pero no volveré a permitir que tu ¨amado¨ vuelva a ponerte un solo ojo encima.
-Sería divertido ver cómo lo intentas. Seguro que le puedes.
Thorin sintió cómo el rubor subía directo a sus mejillas. Aquello había sido el colmo. Pero, irónicamente, la provocación solamente había servido para desearla aún más.
-No te preocupes. No tardarás en admirarlo con tus propios ojos.
-Esto se te queda grande, Thorin. Déjalo. No puedes contra él, y menos aún conmigo; ya no. Tu tiempo pasó.
El enano salió de la habitación sin darle tiempo a su prima a añadir nada más.
-Vaya, vaya, ¿se puede saber quién es ese famoso amado? ¿Él también lo sabe?
Helena le dirigió una media sonrisa divertida a su maestro, pero el gesto desapareció a la nada de su rostro al recordar todo lo que se le venía encima. Las cosas iban a cambiar demasiado.
-Eh, no te preocupes más. Ahora has de dormir. Necesitas descansar. Lo has pasado muy mal hoy.
-Khrenin... si estoy embarazada, y he estado a punto de sufrir un aborto...
-¿Sí?
-¿Estoy fuera de peligro?
-No te preocupes. La hemorragia ha parado. Sólo ha sido por un mal trago, por un susto. Pero a partir de ahora deberás tener cuidado.
-Sí - musitó ella, acariciándose la barriga.
-(...) A todo esto... Helena... si crees que el probable embarazo te va a traer muchos inconvenientes... si crees que no merece la pena traer a una nueva vida en estas circunstancias... o si no te sientes preparada... hay métodos. Podría ayudarte.
Helena abrió mucho los ojos ante aquella propuesta. Sabía a lo que se refería. Aquella era una práctica llevada a cabo entre mujeres con embarazos complicados, o que simplemente no podían criar a esos futuros niños por escasez de medios. Aunque era un tema muy controvertido, ella lo aceptaba dentro de unos límites. Sin embargo, de ahí a...
-No quiero obligarte a nada. Pero quiero que sepas que voy a estar ahí para lo que necesites.
-Es ilegal. Te podrían meter en prisión por eso.
-Lo sé. Pero correría el riesgo. Eres como mi hija, ya te lo he dicho. Quiero que estés bien.
-Yo... Khrenin, te quiero mucho. Y de veras que no sé ni cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí. Pero creo que no podría hacer eso llegado el momento. La culpa es mía, no de... del... niño.
-No es culpa de nadie, ¿vale? Ha sido un accidente. Haz lo que veas necesario; yo voy a estar apoyándote.
Helena le sonrió a su maestro con toda la gratitud que un corazón pudiera albergar.
Era ya casi de noche para cuando Thranduil fue avisado de que un nuevo mensajero había llegado a sus dominios, procedente de Erebor. De parte del Rey.
-Sí que se ha dado prisa el enano - pensó, para sí, el Rey Elfo, mientras esperaba pacientemente al mensajero a la vez que tomaba una copa de vino, recién salido de su baño, vestido simplemente con una bata tan majestuosa que bien podría parecer una de sus túnicas reales. Pocos podrían advertir que no llevaba nada debajo.
Apenas había pasado un día, y ya le estaba mandando cartas: si para agradecerle el haber protegido a su preciada hija, o si para jurarle la muerte por haberlo hecho, no lo sabía aún.
El elfo soltó un suspiro cansado, dirigiendo su mirada hacia la puerta que daba a su alcoba personal; y una traviesa sonrisa no pudo evitar escapar de sus labios al recordar las noches de pasión encendida que él y su amada habían atravesado durante las últimas semanas. No podía creerse que, a su edad, hubiera redescubierto la sexualidad gracias a aquella... aquella... niña. No era más que una niña, delgada, baja, mortal; y lo estaba volviendo completamente loco. En un principio llegó a creer que, con el tiempo, dejaría de sentirse tan obsesionado por ella, y le resultaría más fácil, llegado el momento, dejarla marchar, como tendría que acabar sucediendo. Pero estaba pasando todo lo contrario: cada vez que la veía, que la tocaba, que la besaba, se volvía más y más adicto a sus ojos, a su olor, a su piel, a sus dulces labios; y ahora, además, a su cuerpo. No era un capricho del que pudiera ir desencantándose: la amaba, con todo su corazón, su alma y su ser. La quería con todo su corazón, y la deseaba con todo su espíritu. Irónicamente, ahora sabía que si Thorin le prohibía acercarse a ella, él lo haría doblemente: aquello se estaba tornando en un juego divertido y bastante peligroso.
El mensajero enano bajó las escaleras con paso firme, y se posicionó frente a él sin tan siquiera reverenciarse.
-¿A qué se debe esta agradable visita? - preguntó Thranduil, haciendo bastante hincapié en la palabra ¨agradable¨.
-Mi Señor me ha mandado entregaros este mensaje en persona - le respondió el otro, alargando un sobre cerrado hacia él.
-Entiendo - asintió Thranduil, con aire aburrido, agarrando la envoltura con su mano derecha. -¿Sólo hay uno?
-Sí.
El Rey Elfo se alteró un tanto al oír aquello. Helena le había dicho que le mandaría una carta de su puño y letra si la hubieran creído.
-Bien. Gracias por vuestro cordial respeto ante mí. Y, decidme, ¿tenéis algún mensaje más del Rey Thorin que queráis entregarme?
-Sí.
-(...) Adelante.
El mensajero esa vez se lo pensó dos veces antes de volver a hablar.
-Mi Señor manda deciros que... si osáis acercaros de nuevo a su hija... os mata con sus propias manos.
Thranduil asintió levemente, aguantando una carcajada para cuando estuviera solo. De veras que aquello era malvado, pero demonios, era increíblemente divertido.
-Comprendo. Lo tendré en cuenta. Podéis retiraros.
El enano no tardó mucho en salir por patas de allí. No le gustaba estar en la mitad de la trifulca personal de dos Reyes. Los temas políticos eran una cosa, pero la hija de uno de ellos era otra completamente distinta.
Thranduil se dirigió a su alcoba personal, y abrió el sobre con cuidado, leyendo el contenido de la carta que encerraba.
-Sí, sí... que me presente ante él... amenazas de muerte... que le plante cara si soy capaz... ¡Que no permitirá a su hija volver a hacer nada por su cuenta! Me encantaría ver cómo lo intenta - pensó Thranduil, imaginándose con una sonrisa involuntaria al Rey intentando refrenar a su pequeña princesita. -Bien, bien...
El Rey paró de leer al instante llegada una línea:
-No sé qué le habrás hecho a mi hija, malnacido, para que esté en el estado en el que se encuentra.
Helena cerró los ojos, intentando inspirar profundamente. Apenas había podido dormir. Los nervios y la incertidumbre la iban a acabar matando.
Necesitaba saberlo, ahora. No podía demorarlo más.
Así, cogiendo fuerzas de flaqueza, se había levantado a muy duras penas de su cama, aferrándose a los muebles para no caer debido al dolor que sentía entre sus piernas, y se había aproximado a su cuarto de aseo. Había agarrado el recipiente de orina que había dejado enfriándose al aire libre, y, tras haberse calmado todo lo que pudo, abrió los ojos y lo miró con detenimiento.
La capa blanquecina estaba en la parte superior.
