Morder la manzana
Capítulo 37
Al día siguiente, Severus se levantó temprano. Le dolía todavía un poco el cuello de la noche anterior, pero eso era algo a lo que ya estaba acostumbrado. No tardó en empezar a hacer las pociones de ese día, meditativo. Se había marchado el día anterior de la casa de Lucius sin poder averiguar qué pasaba en su sótano. Incluso interrogó a Narcissa, pero ella no sabía absolutamente nada.
La lechuza que le enviaba el Profeta a su casa cada mañana le encontró en el sótano, trabajando en sus encargos. Severus desplegó el periódico, echando al pájaro de su vivienda con la brusquedad de siempre, y se quedó congelado en el sitio. El cadáver de Florence Preston adornaba la portada del diario. En los titulares se leía "La familia Preston, sacudida por la tragedia". Severus corrió a las páginas centrales, esperando una broma en cualquier momento: Preston había estado el día anterior en su casa, no podían haberla asesinado.
Leyó el extenso artículo de Rita Skeeter, una periodista joven con aires de diva y una lengua muy afilada, y finalmente dejó el periódico en la mesa, haciendo a un lado la poción, que ya se había espesado y estaba arruinada. No había nadie detrás del asesinato, nadie había reclamado ser el asesino. Y si Preston no había muerto por orden del Señor Oscuro, ¿quién la había asesinado?
Sintió que se le iba el aire de los pulmones. Le costaba respirar pero su cabeza iba a la velocidad del rayo: Lucius había estado ocupado con alguien en el sótano el día anterior. ¿Podría Lucius haberla matado? Ellos se conocían, aunque superficialmente, pero Lucius siempre había sido extremadamente posesivo. Sin embargo, Severus había cumplido su promesa: no había vuelto a besar siquiera a Preston, aún cuando ella hacía amago.
Severus se levantó del taburete que ocupaba. Desvaneció la poción con un gesto y subió a la planta baja, en busca de su capa de viaje. Era hora de ir al tanatorio, saber qué había pasado exactamente. Meadowes se encontraría allí, pensó mientras retiraba el sentimiento de pánico de su cabeza. Daba igual, tenía que saber quién había hecho daño a Florence. Tenía que saberlo, se repitió de nuevo.
Apareció en las puertas mugrientas del tanatorio, cerca del final de la mañana. Su mente estaba obnubilada, como si no supiera exactamente qué hilo de pensamiento seguir. Se acercó a la recepción. Meadowes estaba allí, terminando de rellenar unos papeles. La recepcionista mascaba chicle, haciendo un pequeño sonido de succión de cuando en cuando. Se la veía aburrida.
—Buenos días, señor. —le saludó enderezándose un poco. Se seguía viendo igual de aburrida. —¿En qué puedo ayudarle?
—¿Dónde está Florence Preston? —preguntó Severus con voz hueca, después de un momento. La mujer le miró un segundo de más antes de bajar la vista a los papeles.
—¿Es usted familiar o pareja?
—No.
—Entonces no puede pasar. Que tenga un buen día. —la mujer recolocó los papeles y volvió a apoyarse en el escritorio, dando la conversación por terminada. Severus la miró, parpadeando un par de veces antes de sentir la ira acumularse en su estómago. Estaba a punto de coger a la pequeña recepcionista del cuello cuando Meadowes, en el otro extremo del escritorio, se acercó a él:
—Sígueme por aquí. —le indicó. Severus la miró y ella desvió su atención a la recepcionista. —Viene conmigo, Mary.
La mujer de la entrada gruñó y Dorcas dio media vuelta, caminando por esos largos pasillos que conocía tan bien. Severus la siguió, mirando insistentemente su espalda, y finalmente llegaron. La sala pequeña y cuadrada estaba vacía, con solo el cuerpo de Preston en la plancha metálica, tapado con una manta blanca. Meadowes entró detrás de él a la habitación, y le sobrepasó para coger el informe que había elaborado un compañero suyo.
—¿Cómo murió? —preguntó Severus en voz muy bajita. La cara de Florence estaba muy pálida y tenía algunos golpes y cortes. No parecía ella, pensó Severus ante la ausencia de esa sonrisa que siempre ponía al verle.
—Creemos que fue secuestrada. Hay signos de violencia, así que podemos presumir que ella peleó contra su agresor. Fue atada de manos y pies y golpeada antes de que le administraran un veneno.
—¿Veneno? —como la muerte de sus padres, pensó Severus.
—El veneno le provocó úlceras y murió de desangramiento. Una muerte lenta. —Meadowes le miró, pero Severus seguía con los ojos fijos en Florence. —También… Hemos encontrado señales de abuso sexual. Post mortem.
Severus levantó por fin la vista del cadáver, fijándola en Meadowes. Ella leía el informe con cara incómoda mientras una mano frotaba el costado donde la habían herido. Ella levantó la vista del escrito, vio la mirada de Severus y bajó la mano que había frotado el costado, desviando la vista a un lado. A Severus no le importó: empezaba a sentirse francamente mal. Se dejó caer en una silla mientras Meadowes le miraba con curiosidad y un poco de pena. No le importaba, de nuevo.
Sentía como si las paredes fueran a caérsele encima en cualquier momento. No dejaba de culparse a sí mismo: Lucius la había matado, pero había sido únicamente por Severus, estaba seguro. El rubio ya había mostrado sus celos al saber que habían tenido sexo, pero Severus se había negado a apartarla de su lado. Le había empezado a – no diría gustar, así que había dejado de desagradarle – e incluso no se sentía incómodo cuando ella se sentaba a su lado por largas horas, viéndole trabajar. Y ahora todo eso se había ido. Por culpa de Lucius. Por su culpa, se corrigió.
Ni siquiera le reconfortaba su muerte. Había sufrido, le habían hecho daño antes y después de matarla. Lucius se había ensañado con ella, sin piedad. Meadowes le dijo algo, pero Severus no estaba escuchando siquiera. Sus manos temblaban y tenía miedo de empezar a llorar justo en ese momento. Y entonces, una furia empezó a subir desde su estómago. La culpa no era suya, era de Lucius. No tenía ningún derecho a hacerle daño a Preston, ella no había hecho nada. Ni siquiera sabía su pequeño secreto.
Meadowes intentó ponerle una mano en el hombro, pero Severus la apartó de un manotazo, levantándose. La mirada que le lanzó a la doctora debió de ser aterradora, pues ella se apartó rápidamente de su lado. Llegó a su casa mediante desaparición, abriendo la puerta con excesiva fuerza. Lucius estaba allí, sentando en su sillón, leyendo su periódico. El bastón de plata se apoyaba en el brazo de la butaca.
—¡Tú! ¡La has matado! —le recriminó a pleno pulmón.
—¿De qué hablas? Me parece que te confundes, Severus. —tuvo el cinismo de decirle. Dejó el periódico a un lado. La ira le ahogaba cuando dijo, de forma casi incoherente:
—Preston… Muerta… Por tu culpa.
Severus se lanzó a por Malfoy, abandonando la magia por completo. Quería golpearle, descargar su ira contra él, hacer que todo eso sirviera para algo. Lucius saltó a un lado con la agilidad de un felino. Ya no se veía inocente sino molesto por su actitud. Recogió el bastón, empuñándolo como se empuña una espada. Severus lanzó un puñetazo al aire, que Malfoy volvió a esquivar. Le golpeó en la espalda, haciéndole caer contra los muebles de la sala de estar.
—¿Qué te hace pensar que he matado yo a Preston? —preguntó. Severus se levantó del suelo.
—¿Qué hacías ayer en el sótano? —le devolvió la pregunta. Lucius hizo un mohín de desagrado, intentando golpearle en la cabeza con el bastón. Severus esquivó.
—Ya te dije que no era asunto tuyo.
Severus bufó, más enfadado que antes. Quería que Malfoy confesara, que admitiera que la había matado. Estaba dispuesto a llevarlo ante los aurores en ese mismo momento, a delatarle y contar todo lo que había hecho. Intentó golpearle un par de veces más, fallando todas ellas. Lucius no parecía dispuesto a sacar la varita, sin embargo.
—Si no te comportas tendré que castigarte. —le amenazó. A Severus le daba igual en esos momentos. Toda la intimidación que Lucius intentara no serviría para pararle.
Malfoy le golpeó en el hombro mientras Severus trastabillaba, y él aprovechó a darle un puñetazo en el estómago. Lucius se apartó, gruñendo, y le golpeó de nuevo, empujándolo hacia la cocina. Las sillas se tambalearon y cayeron cuando chocó contra ellas. El arrogante Lucius Malfoy le miraba desde arriba, airado. Sacó la varita, lanzándole una maldición cortante – no su usual Sectumsempra, se sentía incómodo de solo pensar en ese hechizo – que le golpeó en la pierna.
Lucius sangró. Por primera vez en su vida, Severus vio a Malfoy sangrar. Aquella sangre olía bien. Todos sus sentidos empezaron a agudizarse mientras su mente, llena de rabia y odio hacia el rubio, empezaba a ahogarse también de pensamientos sobre morderle. Aquella era para Severus la venganza perfecta: alimentarse de él y dejar que muriera, beberse toda su sangre hasta que no quedara ni una gota.
No vio la mirada de Malfoy, que había perdido el brillo molesto y parecía incluso asustado. Los ojos de Snape refulgían desde la penumbra de la cocina y sus colmillos empezaban a crecer. Lucius sintió miedo entonces: le había intentado intimidar, había negado que Preston fuera cosa suya, pero Severus parecía empeñado en atacarle. Si no le hubiera hecho sangrar, podría haberle noqueado en menos de medio minuto; pero en su estado actual…
Estaba desquiciado. Que Snape tenía sentimientos muy fuertes era algo que Lucius no desconocía. Esa intensidad con la que se había aferrado a Lily Evans tratando de continuar su amistad, a pesar de las quejas de los demás – sus quejas también –, estaba presente en el odio que brillaba en sus ojos esa tarde. Lucius sacó su varita, aferrando el bastón de plata con la otra mano. Le gustaba llevarlo a mano porque sabía que los licántropos eran débiles contra la plata, aunque tampoco esperaba pelear con uno.
Snape saltó hacia él. Lucius lo había previsto, era un movimiento predecible, y aún así, le tomó por sorpresa. La fuerza que Severus había desarrollado también era impredecible: le tiró al suelo y rodaron hasta el pasillo de nuevo. Los dientes largos y afilados de su compañero aparecieron rápidamente, dirigiéndose a su cuello. Lucius colocó su bastón en frente, aprisionando allí a la bestia incontrolable. La varita temblaba en su mano por los esfuerzos que tenía que hacer para que no se acercara más.
Gruñó, poniendo sus prioridades claras. Mientras sangrara, Severus seguiría en ese fervor asesino – más del usual, se burló. Debía marcharse y ponerse a salvo, pero Snape no le dejaba crear una ruta de escape y si lo dejaba solo, iría tras él, a su mansión. No quería que Narcissa se viera envuelta en todo el asunto: ella era bastante necia y arrogante, creyendo que Severus era una herramienta para usar en vez de un amigo. A Lucius no le importaba, de hecho, él mismo compartía esa visión, pero ella no entendería que Snape estaba fuera de control. Además, dentro de poco nacería de su vientre su pequeño heredero y no podía ponerla en peligro.
En ese momento, Severus daba igual. Le desangraría, se iría, se curaría y volvería para que no muriera mientras tanto. Ese plan sonaba bien. Le habría gustado más encerrarlo en algún sitio o atarlo, pero por desgracia, el vampiro con instintos asesinos que tenía en frente podía destruir casi cualquier cosa que le lanzara. Necesitaría cadenas especiales, esas que guardaba en el sótano por si acaso. Snape gruñó, revolviéndose, y apartó el bastón de Lucius, que salió volando a un lado, cayendo en el desordenado salón. Sus dientes volvieron a acercarse al cuello de Lucius, buscando morderle, y con rapidez, el rubio le empujó con las piernas.
Severus salió despedido, cayendo al suelo con un sonido sordo. Lucius se recolocó en seguida, medio incorporándose, y le miró, tirado frente a él. Snape se movió más rápido y al instante siguiente ya estaba en pie. Lucius aprovechó la ocasión: tenía un blanco claro en una distancia cercana, el hechizo que lanzara le daría con total seguridad. No podía esquivar una maldición a esa distancia, calculó Lucius. Su varita rasgó el aire y Snape salió volando, impactando al final del pasillo. Resbaló hasta el suelo, dejando un rastro de sangre en la pared. Quizás se había pasado de fuerza, pensó.
Sin embargo, Severus todavía se movía. Sus manos se apoyaron en el suelo y él volvió a levantarse, tambaleándose. Lucius rasgó el aire una vez más, inseguro: no sobreviviría a dos maldiciones cortantes, pensó. Esta vez, Snape cayó al suelo, su espalda apoyada contra la pared manchada y su mentón descansando contra el pecho. El suelo empezaba a llenarse de sangre. Lucius gruñó, limpiando su sangre de la cocina y el pasillo, le lanzó una última mirada furiosa, recogiendo el bastón de plata con cautela, y se desapareció, cojeando.
Un sonido de goteo y una respiración débil fue lo único que se oyó en Spinner's End. La casa se quedó a oscuras mientras la luz del sol se apagaba. Y entonces, cuando el último rayo de sol desaparecía, una detonación rompió el silencio prolongado.
