Bergine
Me llevé a los labios la copa de vino rosado que tenía en la mano y di un breve sorbo para después posarla encima de la avejentada mesa de madera de la taberna. Aquel sencillo y anodino lugar alejado de todo era el escenario perfecto para poder ocultarme de la mirada de curiosos e intentar pasar desapercibida.
Los rasgados ojos amarillos de aquel hombre escudriñaban sutilmente cada uno de mis gestos con pausada curiosidad y esbocé una sonrisa totalmente ensayada aparentando una gran seguridad y confianza en mí misma. Ninguna persona por más poderosa e intrigante que se mostrase iba a conseguir amedrentarme. Yo era la reina de los Saiyans. Y este… mi territorio.
- Debo admitir… Majestad… que me sorprendió bastante que deseaseis verme... y además precisamente a mí. ¿A qué se debe este inesperado aunque grato encuentro?
Zarbon se reclinó sobre el respaldo del incómodo banco de madera oscura y se cruzó de brazos mientras me observaba fijamente. Desde la primera vez que lo vi siempre me había parecido un hombre muy atractivo, pero ni sus estrechos lazos con Freezer ni la enorme fuerza que se comentaba que ocultaba iban a ser motivo para ponerme nerviosa. En cierto modo yo también estaba sorprendida porque hubiese aceptado reunirse conmigo sin ningún tipo de evasiva por su parte, y eso, no hacía más que reforzar mi idea de que debía mostrarme también cautelosa.
- Vaya… veo que eres muy directo… - hice ademán de servirle un poco más de vino en la copa que tenía delante pero él declinó mi ofrecimiento haciendo un movimiento con la mano - ¡oh, disculpa! ¿puedo tratarte de "tú"? ¿no te importa verdad? – le pregunté con voz melosa y un gesto de fingida inocencia en el semblante.
- Por supuesto que no… mi Señora… después de todo ya nos conocemos. Lord Freezer siempre ha tenido muy bien considerados a sus mejores subordinados, aunque a veces su forma de demostrarlo sea un tanto… singular - contestó él esbozando una leve sonrisa.
No pude evitar apretar los dientes al escuchar a aquel hombre referirse a nuestra raza como "subordinados" de ese maldito tirano. Si había algo que yo compartía plenamente con el rey era la aversión que nos producía saber que para ellos, los Saiyans no éramos más que unos simples peones que podían mover y sacrificar a merced de sus caprichos. Aunque a veces parecían olvidar que la poderosa reina es la única que puede desplazarse en todas las direcciones…
- Tú también puedes tutearme si quieres. No veo necesaria tanta formalidad – dije con mi mejor sonrisa intentando mantenerme impasible ante sus palabras.
- Pero yo prefiero hacerlo… no todos los días uno tiene el placer de poder charlar tranquilamente con una reina…
Taimado adulador… si pensaba conseguir algo de mí diciendo aquellas cosas para alegrarme los oídos estaba muy equivocado. Los hombres a veces parecían pensar que nosotras éramos el sexo débil, y nada más lejos de la realidad. Con una belleza y una astucia como la mía se podían lograr grandes cosas. No siempre el más poderoso es el que sobrevive… y yo sabía aprovechar muy bien los dones que la naturaleza me había dado.
Bajé la vista fingiendo aparentar un ligero azoramiento pero no pude evitar sonreír en mi fuero interno. Esta conversación iba a tornarse más interesante de lo que esperaba…
Para nuestro encuentro secreto me había decantado por aquella pequeña taberna situada en la zona boscosa del planeta lo más alejada posible del lugar donde se asentaba el palacio. Incluso su localización para gente que pasase por allí, era una posada difícil de ver debido a lo descuidado de su exterior cubierta casi por completo de maleza que se mimetizaba a la perfección con los árboles de alrededor.
En este momento había un hombre de aspecto taciturno bebiendo solo sentado en un taburete de la barra mientras el dueño del local, un anciano que ni siquiera era de mi raza, limpiaba la mesa con un paño húmedo que había conocido tiempos mejores.
Odiaba tener que pisar este tipo de lugares, ¡una dama de mi categoría que juró para siempre dejar atrás la chusma y la pobreza que habían marcado su infancia!. Y aunque dentro de lo malo tenía que reconocer que aquella taberna no era de las peores, el gesto despectivo de mi acompañante me dio a entender que él también parecía moverse en otro tipo de ambiente.
Para llegar hasta aquí tuve la suerte de poder burlar a los guardias que me escoltaban y aduciendo que me encontraba indispuesta conseguí zafarme de ellos en vez de permanecer en mis aposentos. Si alguien me descubriese y se lo comunicaba al rey… estaría totalmente perdida.
- Verás… - comencé a decir entornando los ojos e inclinándome ligeramente sobre la mesa – necesitaba que nos viésemos… para poder darte las gracias en persona…
- ¿Las gracias? ¿y eso por qué? – dijo mostrando una ligera sorpresa.
- Gracias a tu ayuda en el planeta Landa ahora puedo estar aquí. Todo agradecimiento es poco por haberme salvado la vida…
- ¿En el… planeta Landa…? – preguntó apartando la vista mientras ponía cara de circunstancia – no… no sé a qué os referís…
Arqueé una ceja con gesto interrogante y crucé las piernas rozando sutilmente las suyas por debajo de la mesa. Aquel hombre tenía una piel tan fría que yo misma me sorprendí con el contacto. Supuse que a lo mejor era algo característico de su raza…
- ¡Ooh vamos! – dije con una sonrisa ladina – podríamos llegar a ser muy buenos amigos… ¿qué necesidad hay de empezar a mentirnos…?
Él cerró los ojos durante unos segundos e inclinándose hacia delante colocó los codos encima de la mesa entrelazando los dedos de las manos para apoyar la barbilla. Estando tan cerca casi podía contar las espesas pestañas que enmarcaban sus ojos y el pendiente que llevaba colgado en la frente se movió sutilmente cuando aproximó su rostro a escasos centímetros del mío.
Tenía que admitir que aquel hombre era tan sumamente guapo que si no fuera por su complexión fuerte y los músculos del cuerpo podría pasar perfectamente por alguien del sexo femenino.
- De acuerdo, Majestad… ¿qué es lo que queréis saber…?
- ¿Por qué? – dije mirándole fijamente a los ojos - ¿por qué impediste que esos desgraciados bastardos terminasen con lo que habían empezado?
Al mencionar a aquellos miserables un fuerte dolor me atravesó la vieja herida de la mano como si la hubiese acercado a una llama candente. Nunca podría olvidar la espantosa humillación que había tenido que padecer dejándome aquella cicatriz en el alma más profunda aun que la de la piel.
- Sinceramente no estoy muy de acuerdo con que se abuse de esa forma tan brutal de las mujeres – dijo encogiéndose de hombros y arrugando la nariz – así de sencillo…
Solté un resoplido mirándolo con incredulidad e hice un ademán de levantarme del banco. ¡A otro con ese cuento! estaba tratando con uno de los mejores esbirros de Freezer, el tirano más cruel y despiadado de todo el universo… si aquel hombre pensaba que yo no era más que una niña estúpida es que no me conocía bien. Me puse de pie y di un último sorbo a la copa dejándola bruscamente sobre la mesa. No estaba dispuesta a perder más mi valioso tiempo.
- ¡Esperad! – me detuvo sujetándome por la muñeca cuando pasé por su lado dispuesta a marcharme.
En ese momento entraron en la taberna un grupo de cuatro Saiyans de aspecto rudo y echaron un vistazo circular al interior de la taberna. Se les veía cansados y con las armaduras bastantes descuidadas como si hubiesen estado entrenando por los alrededores de la zona. Uno de ellos chasqueó los dedos haciendo una señal al dueño que se apresuró en servirles varias jarras llenas de espumosa cerveza.
No sabía si serían imaginaciones mías, pero se quedaron durante unos segundos observándonos con gesto interrogante y yo bajé el rostro cubriéndome la cabeza con la capucha de la capa que había traído para poder pasar desapercibida.
¡Maldición! ¿quién me iba a decir a mí que iba a entrar gente en este lugar dejado de la mano de Dios y precisamente ahora?.
Empecé a ponerme muy nerviosa y sentí como el corazón me palpitaba desbocado en el pecho. Como algo así llegase a oídos del rey podía darme por muerta…
Aunque con un poco de suerte ni si quiera se habían dado cuenta de quién era yo… ¿pero Zarbon? era casi imposible que no le reconociesen… su llamativo tono de piel, su ropa… cualquiera con un poco de mundo adivinaría que se trataba de uno de los secuaces del tirano.
De repente como si me leyera el pensamiento se puso de pie sin soltarme la muñeca y bajando el tono de voz me sugirió salir fuera para poder hablar con más tranquilidad. Se sacó del interior de la armadura un pequeño saquito negro con varias monedas que tintinearon cuando lo dejó caer encima de la mesa. Recogió el scouter azul que había posado al lado de la copa de vino y se lo colocó sobre el ojo ajustándolo correctamente en la oreja.
- Si no puedes ayudarme con lo que necesito… no creo que sea necesario continuar esta conversación… – murmuré entre dientes soltándome de su agarre – desde luego tengo cosas más importantes que hacer…
- Muy bien… os lo contaré, pero aquí no – dijo señalando al grupo de hombres con la cabeza – después de todo es por vuestro bien… no creo que ver a la reina de los Saiyans charlando con alguien como yo os convenga mucho…
- Veo que comenzamos a entendernos… - le dije con una sonrisa mordiéndome el labio.
Intentando pasar inadvertida oculté mi rostro lo mejor que fui capaz y cuando salimos al exterior agradecí por fin poder llenar los pulmones con algo de aire fresco. Con la llegada de aquellos hombres había empezado a agobiarme y decidí que debíamos adentrarnos un poco más en el bosque trasero de la taberna, donde al parecer no había nadie por los alrededores. De todas formas gracias al scouter que llevaba Zarbon podríamos detectar fácilmente si alguien se acercaba.
Llegamos a un pequeño claro donde la luz del sol se filtraba a través de las hojas de los árboles y sentí como el mullido césped se hundía sutilmente bajo mis botas. Agradecí llevar puesto un cómodo uniforme de combate en vez de un vestido ya que para desplazarme por estos lugares era bastante engorroso tener que ir arrastrando la gruesa tela. Me bajé la capucha dejando al descubierto la cabeza y me atusé el cabello mirando de soslayo a mi acompañante que no perdía detalle de ninguno de mis movimientos.
A pesar de saber perfectamente que para alguien de la categoría de Zarbon nuestra raza no era más que un número en la infinidad del universo, interiormente no podía evitar sentirme importante porque había aceptado verme, aunque bien evitaba demostrárselo.
Una suave brisa se levantó de repente haciendo ondear su capa de un color azul pálido e hizo un movimiento con la cabeza para echar hacia atrás la gruesa trenza dejando que cayese sobre su espalda.
- ¿Y bien…? – pregunté impaciente cruzándome de brazos - ¿vas a decirme al fin por qué acudiste en mi ayuda aquella vez?
- ¿Qué es lo que recordáis de ese momento… Majestad?
- Lo suficiente como para estar segura que fuiste tú la persona que me salvó… antes de que llegase el rey. ¿Qué es lo que hacías en ese lugar? Que yo sepa en la batalla contra los landianos solo participamos los Saiyans y algunos habitantes del planeta Egeria.
- Lord Freezer estaba muy interesado con que todo saliera según lo previsto. Esa estrella era perfecta para establecer allí una nueva base de operaciones. Y yo, como bien sabrás, soy uno de sus mejores hombres…
- ¿Y por qué no ordenó hacer ese trabajo a las Fuerzas Especiales Ginyu? Ellos son cinco y si hubiese hecho falta que interviniesen en la batalla podrían haber sido de una gran ayuda.
- Digamos que no se encontraban disponibles en ese momento, estaban bastante ocupados en una importante misión en otro planeta. El Señor Freezer sabe perfectamente para qué somos… beneficiosos… cada uno de nosotros. Además, a veces hay que ser muy sutil para ciertas cosas… incluso el bruto de Dodoria no habría servido para esto.
- Entonces me estás dando a entender que tu señor quería… algo más que simplemente ganar esa batalla.
Una pausada sonrisa que no supe interpretar adornó su rostro y acercándose hacia mí sentí como poco a poco la intriga y la desconfianza iban invadiendo mi cuerpo. Sus ojos recorrieron mi silueta de arriba abajo con lentitud y tragué saliva intentando mantener la compostura en todo momento.
- Sois… muy hermosa… Majestad. Yo siempre he sido un gran defensor de la belleza - dijo mientras me colocaba detrás de la oreja un mechón de cabello que se me había movido con el viento – y una belleza como la vuestra no puede ser desperdiciada así como así… Lord Freezer nunca lo permitiría.
Completamente atónita ante aquellas inesperadas palabras mis ojos se abrieron sorprendidos intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
Aquel tirano… el ser más temido y cruel de todo del universo… ¿había ordenado a uno de sus hombres de confianza que acudiese a ese planetucho por si me sucedía algo malo? ¿a mí? era algo difícil de creer… ¿pero qué ganaría Zarbon diciéndome aquello si no fuese cierto?.
Esbocé una sonrisa perversa y sentí que algo extraño se removía en mi interior. Oír aquello había sido mucho mejor de lo que me había imaginado. Todo un mundo entero de posibilidades se abrió de repente ante mis ojos sin ni si quiera darme cuenta. Si era inteligente y conseguía jugar bien mis cartas… quizás podría llegar mucho más alto de lo que jamás había soñado. Estaba claro que el aspecto físico era una particularidad que abría muchas puertas, y el que dijese lo contrario… estaba totalmente equivocado.
- Vaya… y yo que pensaba que a tu señor simplemente le parecíamos una raza de monos zafios y estúpidos… - dije arqueando una ceja con una sonrisa cínica.
- Vos… sois diferente… habéis nacido para algo más que ser la reina de este planeta… habéis nacido para algo mucho… ¡mucho más importante!, y Lord Freezer lo sabe. Por eso yo no podía permitir que aquellos idiotas os mancillasen como a una vulgar ramera. Vos merecéis que os traten como la dama que sois.
Me dijo todo aquello mirándome a los ojos con tanta intensidad y tan cerca de mi rostro que tuve que hacer un enorme esfuerzo para que no me temblasen las piernas. Después de cómo me trataba Vegeta últimamente, palabras como aquellas eran música para mis oídos. Me daba igual si me estaba dejando engatusar con promesas absurdas y frases cautivadoras, necesitaba volver a sentirme adorada, admirada… pero desde una perspectiva más bien espiritual… no con una lujuria y una pasión animal como las que continuamente me mostraba el rey.
- ¿Responde esto a todas vuestras preguntas? – me dijo en un susurro sacándome de mi ensimismamiento.
- Eres muy hábil… Zarbon… sabes perfectamente qué decirle a una mujer para alegrarle los oídos – dije con una sonrisa condescendiente - pero yo… no soy cualquier mujer…
- Eso me queda claro… aunque el que parece no saberlo todavía es vuestro marido…
- ¿A qué viene eso ahora? ¿qué sabes tú de…?
- El rey Vegeta no os valora como la gran dama que sois, ni sabe apreciaros… no es más que un necio que parece no ver más allá de un cuerpo deseable y una cara bonita.
- En eso tienes toda la razón… - arqueé una ceja y me puse casi de puntillas acercando aún más mi rostro al suyo - ni si quiera se merece que esté casada con él… pero eso… es algo que decidiré yo, ¿no crees?
- Por supuesto… - contestó entornando los ojos - no era mi intención ofenderos… solo insisto, que una belleza y una personalidad como la vuestra… son unos bienes muy preciados que hay que saber cuidar…
Diciendo esto se inclinó un poco hacia delante cerrando los ojos y posó con suavidad sus labios sobre los míos dejándome totalmente paralizada durante un instante. Fue un beso delicado, fugaz, apenas un sutil roce… pero sentí como su boca era mucho más cálida a diferencia de la piel de su cuerpo y en ese momento no pude pensar en nada más. Cuando se separó de mí esbozó una atractiva sonrisa y no pude evitar que los colores se me subieran a la cara como a una tonta mojigata.
- Espero que nos volvamos a ver…. mi Señora…
Se despidió con una ligera reverencia inclinando la parte superior del cuerpo haciendo que su trenza de color verde brillante cayese hacia delante. Apenas acababa de recobrarme por la sorpresa y se dio la vuelta caminando unos pasos empezando a levitar antes de alzar el vuelo.
- ¡Zarbon! – le llamé desde el suelo sin poder contenerme y sin saber muy bien por qué lo había hecho.
- Sí… Majestad…
Él miró hacia abajo observándome fijamente con gesto interrogante y me tuve que armar de valor para que las palabras que quería decirle pudiesen salir de mi boca.
No sabía que iba a desencadenar aquella decisión… pero lo que sí tenía claro era que nunca en la vida volvería a pasar por más humillaciones por parte de nadie.
- Necesito hablar con Freezer.
Paragus
Hoy por la tarde iba a celebrarse un torneo en honor a la aplastante victoria de nuestra raza en el planeta Eris. Varias de las más poderosas e influyentes familias guerreras habían participado en dicha batalla en la que tan solo dos días se consiguió la rendición total y absoluta de los habitantes de aquel lugar. Yo mismo había combatido también como Coronel de las tropas, y gracias a mi acertada estrategia de acorralar a nuestros enemigos contra la zona del río, habíamos podido terminar tan rápido.
Aunque como siempre y para mi desgracia la mayor parte de la gloria se le atribuyó al bruto de Nappa. Su fuerza descomunal y su capacidad para resistir luchando durante mucho tiempo sin apenas cansarse era por todos conocido. Por supuesto aquello le había valido el reconocimiento del rey Vegeta que tan bien considerada tenía a su mano derecha.
Su Majestad había aceptado y concedido permiso a los guerreros de celebrar el torneo para la grata sorpresa de muchos. Últimamente se respiraba en la Corte un ambiente bastante enrarecido y hacía tiempo que no se organizaba ningún evento de tal importancia.
Por supuesto yo no tenía pensado combatir. Estaba claro que el rey en el caso de querer participar iba a ser el último en mantenerse en pie. Ese tipo de celebraciones estaban bien para distraer un poco la mente y quizás hacer alguna apuesta sobre qué luchador parecía ser el mejor. Muy de vez en cuando se dejaba ver alguna que otra sorpresa entre los guerreros pero no dejaba de ser un mero entretenimiento para chorrear adrenalina y de paso intentar lucirse delante de los demás.
Era vergonzoso tener que escuchar a todas las mujeres del planeta suspirar por el rey cuando se plantaba en la arena para combatir contra el soldado de turno. Lo tenían endiosado hasta tal punto que yo siempre rogaba en silencio para que apareciese un guerrero a su altura que le hiciese morder el polvo.
La verdadera masculinidad se demostraba en la cama. Fornicando con una hembra durante toda la noche hasta hacerla gritar suplicando clemencia de puro agotamiento. ¡Esa era la valía de un auténtico hombre!.
Me dirigí a los comedores situados en la planta baja del palacio con la intención de desayunar alguna cosa. Esta mañana me había levantado bastante tarde por culpa de mi querida esposa la cual me mantuvo despierto casi toda la noche debido al avanzado estado de su embarazo. No había parado de moverse ni un solo minuto y varias veces estuve tentado a irme a dormir a otra parte, aunque al final descarté la idea. Estaba tan cansado por los intensos entrenamientos a los que sometía mi cuerpo últimamente que no fui capaz de mover ni un solo músculo.
No veía la hora en que el mocoso naciese de una buena vez. Tener que soportar a Lhaya y además de eso verme obligado a tratarla con condescendencia era algo completamente superior a mis fuerzas. ¿Todas las mujeres eran tan cambiantes cuando estaban preñadas?. Pasaba de la tristeza infinita al enfado absoluto con una facilidad pasmosa. No sabía cuánto tiempo más sería capaz de aguantarla.
Me situé al final de la larga cola esperando poder entrar al comedor y solté un resoplido al darme cuenta que todavía tardaría un buen rato en sentarme para empezar a desayunar. ¿¡Qué demonios ocurría esta mañana que nadie había madrugado!?.
Un hombre al que conocía y que trabajaba en la sala de mandos me saludó al pasar y emití un gruñido a modo de respuesta mientras levantaba la barbilla. Sinceramente ahora mismo no tenía ganas de pararme a charlar con nadie, y menos después de lo poco que había podido descansar esta noche.
No sabía si serían cosas mías pero últimamente veía bastantes caras nuevas en la Corte. Hace unos años unas colas tan largas para entrar en los comedores eran impensables y solo se daban en momentos puntuales con las visitas de los reyes o embajadores de otros planetas que solían viajar acompañados de su séquito. Sin embargo ahora una gran parte de los adolescentes del planeta parecían estar aquí, aunque era lógico, la vida del campo a la larga se hacía monótona y poco gratificante para alguien de nuestra raza donde la inmensa mayoría eran guerreros apasionados por la lucha y los combates.
Desde mi punto de vista la vida en la Corte era mucho más disoluta y entretenida, un lugar donde los excesos y lo licencioso siempre eran bienvenidos. Aquí las hembras no se andaban con remilgos a la hora de tratar con los hombres y más bien parecían disputar entre ellas a ver quién era la más admirada y popular de todas. A mí ese tipo de comportamientos ostentosos me hacían gracia y aunque había alguna que intentaba hacerse la dura más de lo necesario al final todo siempre tenía un precio.
Esperé pacientemente durante unos minutos y estiré el cuello para ver por encima de la gente a qué se debía el retraso y por qué estábamos tardando tanto en poder entrar. Como no avanzásemos de una vez dentro de poco no íbamos a caber en la sala y la cola se saldría por la puerta.
Impaciente giré la cabeza hacia atrás y pude distinguir a Bergine justo al lado de unas enormes columnas de mármol rojizo mientras hablaba entretenida con una mujer de pelo corto a unos pocos pasos de donde me encontraba yo. La otra muchacha era bastante bonita y vestía un body rosa bajo la armadura de combate azul con un solo tirante. A ambas se las veía relajadas y sonrientes en una conversación distendida y sentí una pequeña punzada de anhelo al ver a nuestra esplendorosa reina con aquel gesto divertido en el rostro.
Estaba sumamente hermosa, rozando la ingenuidad, con aquel sencillo vestido azul y el oscuro cabello cayendo sobre su espalda tan solo sujeto por la zona de la coronilla con dos trenzas anudadas atrás como si llevase una corona. Con ese atuendo parecía más bien una adolescente candorosa e inocente custodiada en todo momento por aquel imponente guardia que no le quitaba los ojos de encima a solo unos metros de distancia.
Últimamente el rey parecía haberse vuelto paranoico con el asunto de la vigilancia de su mujer. La mayoría de los guerreros que la escoltaban tenían un aspecto tan temible que había que pensárselo dos veces antes de intentar acercarse a hablar con ella. Más que un marido su comportamiento se asemejaba al de un padre celoso por proteger la honorabilidad de su pequeña hija de cualquier rufián que pretendiese corromper su intachable virtud.
Y no era para menos… justo un poco más atrás de donde me encontraba yo esperando la cola dos hombres observaban a Bergine con los ojos brillantes y un gesto de puro descaro en el rostro.
- ¡Aaay madre mía… quien fuera rey para poder domar a semejante hembra…!
- ¡Y qué lo digas… créeme que pagaría con la mitad de mi vida poder pasar una sola noche entre esos suaves y bonitos muslos…! ¡cabalgándola sin parar! ¡mmmmm!
- ¡Venga ya no seas fantasma! ¡con una mujer como esa tú no durarías ni cinco minutos!
- ¡Jajajaja qué poco me conoces! ¡pero la verdad es que tienes razón! ¡jajajajaja!
Las burdas carcajadas de aquellos dos idiotas resonaron en mis oídos como una ofensa a mis cinco sentidos. Una ira ciega comenzó a desatarse dentro de mí y sin poder contenerme me di la vuelta asestándole a uno de ellos un fuerte puñetazo en la mandíbula que le hizo caer sobre la dura baldosa.
El hombre masculló un insulto y cuando levantó la cabeza intentando incorporarse a duras penas, me di cuenta que un hilo de sangre se deslizaba por su barbilla goteando hasta el suelo.
- ¡¿Pero qué…?! ¿¡se puede saber qué demonios te pasa Paragus!?
Apretando los dientes cogí por el cuello de la camiseta al que todavía estaba de pie y lo estampé contra la pared haciendo que soltase un gruñido de dolor. Los ojos me ardían de pura rabia y sentí un revuelo formándose a nuestro alrededor pero a mí no me importaba lo más mínimo. Aquellos desgraciados se iban a arrepentir por haberse expresado de esa forma refiriéndose a la muchacha.
- ¡¿Acaso te has vuelto loco, estúpido?! ¡suéltame de una maldita vez! – exclamó comenzando a toser - ¿se puede saber a qué ha venido eso?
- ¡Escúchame bien insecto…! ¡que ni si quiera se te pase por la cabeza volver a hablar así de tu reina! ¡¿ME HAS ENTENDIDO?!
- ¡Pero de qué vas Paragus! ¿ahora te crees el defensor de Su Majestad o qué?
Hice un poco más de presión sobre su cuello empujándolo contra la pared y un lastimero quejido de dolor salió de sus labios haciéndome sentir algo mejor. Necesitaba hacerle daño. El mero hecho de imaginarme a ese bruto cumpliendo sus palabras mientras mancillaba el delicado cuerpo de la mujer me hacía enloquecer de celos.
Unas manos me sujetaron por los hombros consiguiendo que me apartase de él y varias personas de las allí presentes ayudaron al otro tipo a levantarse del suelo mientras a mí intentaban tranquilizarme.
- ¿Se puede saber qué es lo que está ocurriendo aquí?
Escuché la enfadada voz de Bergine a mis espaldas y me di la vuelta levemente sofocado intentando que mi acelerada respiración se fuese normalizando tras aquel altercado. Tragué saliva un poco azorado por el alboroto que en dos segundos se había montado a mi alrededor pero sin arrepentirme de nada de lo que había hecho. Aquellos bastardos se merecían eso y más… de no habérmelo impedido estaba completamente seguro que los habría echado de allí a patadas.
- No ocurre nada Majestad… - dije con la voz entrecortada – solo dos idiotas intentando pasarse de listos…
Me di cuenta que la mujer con la que Bergine había estado hablando hasta ahora al parecer ya se había ido y el enorme guardia que la acompañaba me miraba fijamente a los ojos con un gesto sombrío en su severo rostro.
- ¡Bueno ya está bien! ¡se acabó el espectáculo! – gritó ella dando una palmada mirando a su alrededor - ¡disolved esta reunión y que todos vuelvan a sus vidas de una buena vez! ¡es una orden!
Todos los que estaban allí se deshicieron en reverencias hacia la reina y ella me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera ordenando a soldado que la seguía que permaneciese allí. Él pareció aceptar un poco a regañadientes pero no se atrevió a replicar nada.
Llegamos a una de las amplias salas abiertas situada justo al lado de donde estábamos antes, donde un enorme estandarte con el blasón de la familia real dominaba la estancia colgando de una pared. A través de la curiosa ventana hecha con fragmentos de cristal de diversos colores se filtraba la luz de la mañana produciendo en una tenue iluminación en el lugar.
Observé a Bergine caminando delante de mí hasta que se paró en seco dándose la vuelta mientras se cruzaba de brazos. Al hacer ese gesto el escote redondo del vestido reveló sutilmente el nacimiento de sus senos y sentí como se me secaba la boca al contemplar aquella porción de piel tan suave y sugerente. Turbado, alcé los ojos al techo frunciendo los labios hacia dentro intentando ahuyentar aquella imagen de mi cabeza.
- ¿Y bien?… dime Paragus… antes no quise preguntar delante de toda esa gente para no dar más que hablar, ¡pero te exijo una explicación del motivo por el que golpeaste a esos hombres!
- No era nada, Majestad… - contesté esquivo – simplemente unas palabras desafortunadas que nunca debieron ser pronunciadas, eso es todo…
- ¿Sobre qué, si se puede saber…?
Bajé la mirada devanándome los sesos intentando zanjar aquella incómoda conversación pero no se me ocurría nada. Quizá mi reacción al agredir a aquellos estúpidos había sido un impulso pero el solo hecho de imaginarme a alguno de ellos poniendo sus sucias zarpas sobre Bergine me hacía hervir la sangre.
- Hablaban… hablaban de vos, mi Señora…
Ella alzó una ceja entrecerrando los ojos mientras me observaba con suspicacia y durante un momento me sentí ridículo por haber salido en su defensa de aquella forma tan efusiva.
- ¡Deja de fingir Paragus, ya basta de teatros! pero en el caso de ser cierto no creas que voy a agradecerte semejante tontería.
- Tampoco lo pretendía, Majestad… sencillamente pienso que con todo lo que está padeciendo últimamente estaría bien que al menos alguien se pusiera de su parte…
- ¡No seas cínico maldita sea! – me gritó de repente encarándose conmigo – el papel de caballero preocupado no te pega. ¿Con qué derecho te crees diciéndome esas cosas? ¡precisamente tú! ¡TÚ! ¡que llevas martirizándome desde el primer momento que puse un pie en la Corte! ¡que por tus malas mañas y por culpa de tus intrigas provocaste tantas cosas malas en mi vida, como por ejemplo que Turles haya tenido que dejar atrás todo lo que tenía para buscarse la vida Dios sabe dónde!
La escuchaba reclamarme con tanta pasión y tanta energía que por un momento pude sentir gran parte del dolor y la rabia que llevaba acumulando durante todo este tiempo. Sus hermosos ojos color avellana echaban chispas de furia y una de las venas se le marcaba en el cuello mientras me gritaba como si estuviese a punto de explotar.
- Eres… eres despreciable Paragus… - me dijo apretando los dientes – ni siquiera encuentro palabras para describir todo el odio que siento por ti…
- La marcha de Turles no ha sido culpa mía, Majestad…
- ¿Ah no? ¿y quién ha participado en esa sucia encerrona interrogando a mis damas como si fueran criminales? Seguro que has disfrutado mucho haciéndolo… ¡oh disculpa! no recordaba que tú mujer también estaba involucrada en esto. Y dime… ¿no era suficiente la información que pudo darte ella sobre mis encuentros extramaritales con otros hombres?.
- Hablar con vuestras damas fue idea del rey. Yo simplemente me limité a cumplir sus órdenes como fiel súbdito que soy de Su Majestad…
- ¡Deja ya de actuar maldita sea! ¡no sigas tratándome con esa falsa cortesía cuando tú y yo sabemos cómo te las gastas cuando te encuentras conmigo a solas!
Con una mano me dio un fuerte empujón justo en la zona del pecho haciéndome retroceder unos pasos y alzó la barbilla desafiante como si me estuviera incitando a iniciar una pelea. Se la veía tan hermosa con ese peinado y ese vestido azul con media manga de corte aniñado que casi me entra la risa viéndola hacer aquel gesto.
- Vaya… ahora es cuando sale a relucir la educación recibida en la aldea… - dije con sorna intentando provocarla.
Ella esbozó una sonrisa lenta a modo de respuesta y movió la cabeza hacia un lado apartándose el cabello que le había caído por delante de los hombros.
- Hasta que muestras tu verdadera cara Paragus… ya decía yo que tanto disimular debería ser contraproducente para la salud…
- Por supuesto que no estaba fingiendo Bergine… lo que dije antes era totalmente en serio – me acerqué a ella permaneciendo a escasos centímetros de distancia de su cuerpo y aspiré el fresco perfume a flores que desprendía su cabello – yo no soy el responsable de la expulsión de Turles, ni tampoco de la del pequeño príncipe Tarble…
Ahora sí que había tocado la fibra. El gesto de dolor que atravesó fugazmente el semblante de la muchacha de ninguna manera se podía ocultar. Aunque alzó la vista para mirarme fijamente pude apreciar en sus ojos una tristeza tan infinita que casi se podía palpar.
- Escúchame bien… Bergine - dije acariciándole la mejilla con extrema suavidad – el rey Vegeta es el único culpable de todas tus desdichas. ¿Es que no te das cuenta?. Nadie te ha hecho sufrir como él… te arrebató a tu hijo al poco tiempo de nacer, te mantiene en el palacio como si estuvieras presa con constante vigilancia impidiendo que te relaciones como cualquier persona normal… y además de eso… - le alcé la barbilla haciendo que me mirase a la cara y pude observar cómo parpadeaba varias veces intentando ahuyentar las lágrimas que amenazaban con asomar a sus ojos – se burla de tú engañándote con otras mujeres que no te llegan ni a la suela del zapato. ¿Es eso lo que estás dispuesta a soportar el resto de tu vida…? ¿serás capaz de aguantar cada vez más humillaciones mientras te cela de esa forma tan posesiva cuando es él el que te traiciona?
Ella bajó los ojos con la mirada perdida apartando mi mano de su rostro con lentitud como si estuviese asimilando poco a poco lo que le acababa de decir. Parecía que por fin se estaba dando cuenta de su denigrante situación, era como si mis palabras la hubiesen despertado de un mal sueño del que no podía escapar por más que lo intentase.
- Bergine... ¿todavía no eres consciente de lo que el rey quiere hacer? Para él tú siempre serás la villana de esta historia… la mala mujer que le miente y le engaña cuando todo es precisamente al revés. Su Majestad tiene una gran capacidad para terminar creyéndose lo que le conviene… y si lo que pretende es minar poco a poco tu autoestima hasta que termines siendo como polvo en su manos créeme que lo va a conseguir.
- ¡Qué… sabrás tú! – dijo ella con un hilo de voz apenas audible - ¡no soy estúpida y sé cuidarme sola! ¡además estás muy equivocado en tus predicciones… no me conoces y desde luego no tienes ni idea de lo que siento!
- Quieres vengarte… de eso estoy completamente seguro – rodeé su estrecha cintura con el brazo y la atraje hacia mí estrechándola con fuerza contra mi cuerpo – dime Bergine… ¿no te gustaría desquitarte…? ¿hacer de una vez por todas "eso" de lo que el rey te acusa…?
Bajé los ojos despacio observando sus perfectos labios levemente entreabiertos por la sorpresa y tuve que hacer un gran esfuerzo para contenerme y no besarlos. Ella echó un poco la cabeza hacia atrás y me miró fijamente sin decir nada.
- Conmigo no tendrías que preocuparte por nada Bergine, yo te daría todo y más… y por supuesto yo sí te trataría como si fueras una verdadera reina…
- Ya soy la reina… - murmuró entre dientes – y no necesito que ningún hombre me trate de ninguna forma.
- Eso lo dices porque hasta ahora no has padecido más que dolor y angustia… pero a mi lado sería diferente.
Le hablaba con una vehemencia tal como si por un momento me olvidase que yo ya tenía una esposa y también un hijo en camino. Pero nada de eso me importaba en este momento. Yo solo anhelaba tener a Bergine entre mis brazos, poseerla día y noche saboreando cada minuto y que fuese solamente mía.
- De verdad crees… Paragus… ¿qué tienes lo que hay que tener para satisfacer a una mujer como yo…? – dijo ella acercando su rostro al mío sintiendo como su cálido aliento me envolvía – no soy de las que se conforman con poco…
- Por… supuesto… Majestad…
Por un momento noté como me flaqueaban las piernas al sentir su boca tan cercana a la mía casi rozándose sutilmente con mis labios. Estaba seguro que aquella tortura emocional y física acabaría pasándome factura tarde o temprano mientras el corazón me latía enérgico en el pecho resonando en mis oídos. Me sentía como un mocoso estúpido completamente a merced de los caprichos de aquella diosa y varias veces se me pasó por la cabeza la descabellada idea de raptarla y huir con ella a un planeta lejano donde nadie nos pudiera encontrar.
- Eres muy insistente Paragus… la verdad que de todos mis admiradores tú siempre has sido el más constante… quizá algún día te tome la palabra – esbozó una sonrisa lenta y provocativa deslizando el dedo índice desde mi cuello hasta la base de la armadura y tuve que tragar saliva para evitar que un gemido gutural se escapase de mi garganta.
Nunca pensé que diría esto… pero me estaban entrando unas ganas enormes incluso de llorar por la lujuria y la desesperación que sentía al no poder tenerla. Aquella hembra era el mismísimo diablo en persona emergiendo de los infiernos para hacerme pecar.
Apreté los dientes sujetándole con fuerza por la base de la nuca intentando atraerla hacia mí para besarla. Necesitaba sentir de nuevo esos suaves labios contra los míos. Hacía tanto tiempo desde la última vez que tristemente tenía que vivir de aquel recuerdo para conseguir resultados en mis noches en soledad.
Era humillante…
Quería que fuese ella la que me buscase a mí… esta vez sin chantajes, sin engaños, sin violencia. No quería ser yo el que diera el paso pero parecía que la muchacha tardaba mil años en decidirse.
Rápidamente y sin darme tiempo a reaccionar Bergine echó la cabeza hacia atrás y colocó su mano sobre mi boca haciéndome abrir los ojos por la sorpresa. ¡Aquella maldita mujer estaba burlándose de mí y yo como estúpido había caído en su tentador juego!. Se zafó de mi agarre aprovechando el momento de distracción pero me dio tiempo a sujetarla por la muñeca para impedir que se fuera.
- ¡Ya está bien de tonterías mujer! – gruñí entrecerrando los ojos - ¿qué es lo que pretendes con todo esto? ¡primero me das esperanzas y luego me rechazas!
- ¡Óyelo bien Paragus! ¡ni aunque fueras el último hombre en este planeta me encamaría contigo! ¿me has entendido? – siseó entre dientes - ¡y ahora suéltame de una vez!
Le apreté con más fuerza la muñeca intentando doblegarla mientras la miraba con rabia y ella soltó un jadeo de dolor empujándome hacia atrás con la mano que le quedaba libre. Su bello rostro se contrajo por el esfuerzo y una de las trenzas que antes sujetaba parte de su cabello ahora caía suelta perdiéndose en el interior del escote.
Sentía como mi interior rugía de deseo por tenerla así de cerca y a medida que pasaba el tiempo esa rabia y esa desesperación por hacerla mía crecían aún más llegando a alcanzar límites insospechados. Infinidad de noches me despertaba dolorosamente excitado pensando en esa maldita niña imaginándola entre mis brazos y después la triste realidad se imponía cuando abría los ojos y ella no estaba a mi lado.
Aquella mujer sería mi ruina…
De repente y sin saber cómo, consiguió soltarse de mi mano sonriendo con altanería y arqueó una ceja mientras me miraba con desprecio.
- ¡Qué lástima Paragus…! como ves ya no puedes hacer nada contra mí. Un Coronel del ejército Saiyan burlado por una simple… ¿cómo era? ¿muchacha pueblerina? – dijo soberbia negando con la cabeza – mientras tú te dedicas a hacer Dios sabe qué yo he estado entrenando duramente para mejorar como guerrera. Puede que seas un hombre… pero ahora mi poder está por encima del tuyo.
- Eso habrá que verlo… - mascullé entre dientes devolviéndole la sonrisa – no te confíes Bergine… los accidentes a veces ocurren… uno nunca sabe dónde está el peligro… y si no pregúntaselo a lady Yamma…
Sorprendida, abrió mucho los ojos y sus pupilas se dilataron por el miedo mientras me observaba con un gesto de horror y desconcierto en el rostro.
- ¡¿C… cómo?! ¡¿has sido tú?!
- Sé lo que estás pensando… ¿qué por qué lo hice…? – me encogí de hombros con cara de ingenuidad y alcé su barbilla haciendo que me mirase – bueno… quizá fuera porque me estorbaba, a veces las hembras también se encaprichan conmigo, yo también tengo mi público…
- ¿En serio? ¿no será más bien que esa mujer conocía algo de ti que podría llegar a perjudicarte?. No soy idiota… sé perfectamente que Yamma no me podía soportar. Que te la hayas tirado solo para que te ayudase simplemente demuestra la vil rata que eres.
- ¡Oh por favor Majestad…! ¿qué vocablos son esos para una dama de vuestra posición? pero debo admitir que me provoca cuando habláis así… - dije con voz ronca por el deseo.
- ¿¡Qué es lo que está pasando aquí!?
Escuché la profunda voz del rey casi a mis espaldas y me quedé paralizado sintiendo durante unos segundos como se me helaba la sangre en las venas. Rápidamente solté la barbilla de Bergine como si me hubiese atravesado una corriente eléctrica y ella retrocedió unos pasos intentando recobrar la compostura. Tragué saliva dándome la vuelta y vi a Vegeta observándonos con los ojos entrecerrados acompañado por dos soldados que vestían una corta capa blanca que colgaba de las hombreras de su armadura.
- Ma… Majestad – hice una profunda reverencia intentando que no se notase mi gran nerviosismo y sentí el corazón palpitándome con fuerza en las sienes.
¡Maldición! ¿cuánto tiempo llevaba el rey ahí? ¿habría escuchado nuestra conversación? y lo peor de todo… ¿se había dado cuenta de cómo mis dedos anhelantes tocaban el rostro de su adorada esposa?. Me había arriesgado mucho al tener aquella conversación en el interior del palacio. Mi deseo por la muchacha me estaba haciendo cometer errores imperdonables que a este paso terminarían costándome la vida.
- No ocurre nada, Majestad – dijo Bergine aparentemente muy tranquila con un gesto indescifrable en el rostro – solamente le estaba diciendo al Coronel Paragus lo mucho que me urgen los últimos reportes de la exitosa misión en el planeta Eris eso es todo.
Me sorprendí de la gran capacidad que tenía la muchacha para mentir de aquella forma tan convincente. En ningún momento le había temblado la voz y su respuesta fue tan rápida y firme que incluso yo por poco me la creí. La observé fascinado mientras se acomodaba con una horquilla la trenza que se le había soltado antes y se dirigió hacia el rey contoneándose con la cabeza alta sin amedrentarse ni un ápice. Él apretó los dientes cuando pasó por su lado mirándola de reojo y pude apreciar por un segundo ese mismo ardor en sus ojos que brillaba en los míos cuando la tenía cerca. La gran diferencia era que él la había disfrutado retozando en su cama miles de veces mientras que yo solo podía imaginármelo.
- Lo que parece no recordar el Coronel Paragus es que la reunión del Consejo del rey ha comenzado ya hace cinco minutos… - dijo él observándome con el ceño fruncido.
¡Maldita sea la reunión! ¡me había olvidado por completo! después de la mala noche que había pasado por culpa de Lhaya, la trifulca con aquellos dos idiotas en la cola del comedor y el "encuentro" con Bergine, apenas sabía qué hora era.
Mascullé una apresurada disculpa haciendo una profunda reverencia y vi una sonrisa burlona en el rostro de la muchacha cuando giró la cara antes de marcharse.
No sabría describir hasta qué punto odiaba tener que agachar la cabeza ante el rey mostrándole obediencia… pero más aún someterme delante de Bergine haciéndome quedar en ridículo como un apocado pusilánime en frente del macho alfa.
Él me miraba fijamente con esos ojos de hielo y el semblante serio que tanto adoraban las mujeres y tuve que apretar los dientes con fuerza para no ponerme a gritar de toda la rabia que sentía por lo injusto de la vida.
Estaba claro que hoy no era mi día… y además de eso me había quedado sin desayunar.
Zira3000: muchas gracias por leer!
voy a tardar un poco en publicar el siguiente capítulo porque de momento llevo muy poco escrito y aunque le dedico mucho tiempo a veces la inspiración me juega malas pasadas XD.
