Capítulo 38: De viajes y pesadillas

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Al día siguiente decidieron hacer los preparativos del viaje que emprenderían a Escocia lo antes posible. Era algo en lo que no podían perder mucho tiempo porque, prácticamente, tenían la vida cronometrada para actuar.

Merlina sabía, y había sido más que convencida por Agatha, que debía darle prioridad a su poder, a las profecías y a ese diario que, hasta esos instantes, nada importante tenía, pero que de misterio rebosaba. Ella jamás había sentido afición por la suerte, azar o destino. Sin embargo, podía confirmar que no era coincidencia haber encontrado el diario, junto con todos los sucesos que procedieron a ello. ¿Cómo podría, de todas maneras, haberle dado prioridad antes al objeto, si no tenía las pistas suficientes como para interesarse por él?

No era que haber recuperado la memoria le hubiese ayudado del todo, ni menos con las idas y venidas constantes de Severus, sumando la marcha definitiva que le había destrozado como jarrito de cristal. Y de verdad estaba tomando forma de jarro con semejante panza. La fragilidad era más que obvia. Sin embargo, no iba a ceder ante eso. Los tiempos dictaban no rendirse con nada y ella, que jamás lo había hecho, no iba a quebrarse en esos instantes bajo ninguna circunstancia.

―¿Sabes lo que sería una buena idea? Conseguir algo de ropa. Estoy cansada de usar túnica sin ropa interior para lavar los pantalones y la camisa ―alegó Merlina mientras Dunstan volvía las cosas transformadas a su estado natural para no dar pistas de que gente había habitado el lugar. Merlina estaba apoyada afuera, en la pared que tenía sombra, acariciando inconscientemente su panza, con el thestral a su lado como compañero.

Tampoco quiero utilizar la túnica que regaló Dobby a Harry. No me corresponde, pensó poco convencida, apostando contra ella misma que la túnica, en cualquier momento, sería liberada de su envoltura.

―Pues no eres la única que tiene que hacer de una, dos mudas de ropa ― respondió Agatha con cierta ironía.

―Ya, pero yo me estoy poniendo como pelota ―indicó Merlina de malhumor, haciendo una mímica con sus manos alrededor de su cuerpo, aunque la profesora no pudiera verla ―y, de verdad, los pantalones no creo que se puedan agrandar más, voy a tener que terminar colocándome hojas en mis partes privadas.

Dunstan salió de la casa, colocando los brazos en jarras.

―Está bien ―contestó con la mandíbula tensa ―. Buscaremos algún lugar de donde podamos sacar ropa.

Hicieron cazuela de pájaro, el primero que pudieron cazar, muy flacucho e insípido, pero que disfrutaron de todas maneras. El amigo de ambas se las arreglaba solo para comer los animales muertos que pillaba por ahí.

Luego de borrar la última huella, Agatha se desilusionó a sí misma y a Merlina para poder volar seguras de día, sin llamar la atención. Se acomodaron en el lomo del thestral, igual de raquítico que siempre.

―Esto es algo incómodo ―se quejó Merlina de mala gana.

―Bueno, vas a tener que apretarte un poco más para que no termines con las nalgas en el aire. Si me hecho más para adelante, me caeré y no cabe duda que te vendrás abajo conmigo. ¡Pero no me aprietes tanto!

Merlina trató de aflojar el abrazo lo más que pudo. No quería sentirse insegura.

―Oh, espera, un momento. Tengo ganas de vomitar.

Pasaron diez minutos más antes de ubicarse encima del thestral y comenzar a volar. El borrar las huellas otra vez, no era nada fácil para una sola persona.

Robar a una persona sola, incluso con magia, no era tan sencillo. Lo primero que encontraron, al salir del campo, fue un pequeño pueblo muggle. Merlina tuvo la obligación ―o la suerte, como se le viera ― de permanecer escondida con el animal volador tras los matorrales que decoraban el cerco de una casita.

Cerca de media hora tardó la profesora en recolectar ropa apta para ambas, más unos cuantos cepillos de dientes usados y otras cosas básicas de aseo, más botellas de pociones. Todo ello lo envolvió en una sábana y lo hizo aparecer al lado de Merlina. Llegó a los minutos, corriendo y colorada como tomate.

―Listo. Traje un mapa, así que podremos utilizar la aparición. El thestral nos puede seguir volando, como siempre.

Merlina estuvo de acuerdo. Volar con equipaje en un lomo tan raquítico, era firmar casi sentencia de muerte.

—Prefiero desaparecerme conjuntamente —reconoció Merlina —, me da miedo que suceda algo —se tocó la panza —; nunca he sido tan experta, y ahora que no soy una

—Bien, tómate de mi brazo. Nos apareceremos en Laide. Es más seguro que ir directamente a la Isla Lewis. Luego, si encontramos que es seguro, seguimos avanzando.

Ninguna de las dos tuvo necesidad de explicarle al animal lo que habían dicho. Éste ya había comenzado a volar apenas oyó "Laide".

No perdieron más tiempo. Merlina se tomó del brazo de Dunstan y procuró cerrar muy bien los ojos. Era muy posible que se mareara.

No es tiempo de devolver la poca que comida que he ingerido, pensó Merlina cuando abrió los ojos, sin soltarse del brazo de Dunstan para no caerse. Respiró con fuerza hasta volver a la normalidad y analizó su entorno.

Se hallaban en la playa. El mar era completamente calmo, azul y cristalino, y un collar de piedras pequeñas adornaba la playa para que el agua no pudiera llegar hasta la fina arena blanca.

Tras ellas había una montaña de rocas, las que estaban rodeadas de pequeñas montañas verdes. Por lo demás, el litoral estaba solo. Alguna que otra ave volaba por allí.

—Tenemos que instalarnos ya —urgió Agatha haciendo levitar la bolsa que cargaba a su lado, para que pareciera que la llevaba ella. En cualquier momento podía parecer un muggle, a pesar de que Laide era poco habitado.

Anduvieron agachadas —no era mucho el esfuerzo que tenía que hacer Merlina; aún su panza no era tan prominente, pero se sentía muy incómoda— hasta encontrar la parte baja de las rocas y subir.

A pesar de la presencia de sal, el pasto era verde, lo mismo que las hojas de los árboles escasos que decoraban el lugar. Tenían muchas posibilidades de ser vistas.

Con la máxima rapidez que pudieron, corrieron hasta dos árboles solitarios casi a treinta metros de distancia de la orilla.

—Rápido, rápido —farfulló Merlina, nerviosa, ayudando a extender una de las sábanas que había echado al equipaje robado. La colocaron en el suelo y, con un simple movimiento, Dunstan la alzó y la convirtió en una consistente carpa de espacio suficiente para dos personas y un tercio.

Merlina entró con las demás cosas mientras Dunstan se dedicó a proteger el exterior y a hacer la carpa invisible.

La joven embarazada cerró los ojos con alivio, pasándose una mano por la cara sudorosa. No podía creer que estuviera a salvo y que tuviera a Dunstan protegiéndola. Porque, al fin y al cabo, eso estaba haciendo ella: funcionando de escudo.

En algún momento iba a tener que pagarle con la vida; le había salvado el pellejo muchas veces ya. Sin embargo, algo que agradecía enormemente, era su compañía. De no ser por ella, estaría sola. Y algo que odiaba, era estar sola… o al menos, sentirse así.

Un nudo se le formó en la garganta. En ningún momento había olvidado a Severus; él estaba en sus pensamientos las veinticuatro horas del día. Si hacía algo y se distraía —Dunstan solía cooperar con ello, le daba actividades fáciles para que se mantuviera ocupada —, una parte de su cerebro seguía en Severus, preguntándose dónde estaría, en qué estaría ocupado, si la extrañaba, si estaba herido. Lo único que no se preguntaba, era si estaba muerto. En su corazón algo le indicaba que él seguía con vida, o ella se negaba a pensar que eso pudiera ser cierto. Se sentía en una irrealidad cuando eso se le cruzaba por la cabeza.

—Tienes que cuidar tu salud mental —le decía varias veces al día Agatha cuando la veía al borde de los nervios.

Merlina respiró hondamente, mirando el techo que casi le raspaba la cabeza, evitando que las lágrimas se formaran.

—¿Estás bien? —Inquirió la profesora cuando ingresó gateando en la tienda, colocándose al lado de Merlina con una gran naranja en cada mano. Le tendió una.

Merlina hizo un movimiento indefinido entre hombros y cabeza.

Agatha le dedicó una mueca de comprensión.

—Sé que no es fácil, pero ahora tienes que tener el objetivo claro.

—Sí. Lo único que quiero es comer, descansar e ir lo antes posible donde Trelawney —se tocó el bolsillo de la túnica mientras se sorbía la nariz —. Sé que el diario solo no me va a ser útil. Y tengo que desentrañar todo esto de una vez por todas.

—Puede que hoy lo hagas, si tenemos suerte. Viajaremos en la noche, es más seguro.

Con esas palabras se sintió apenas más animada, lo suficiente para devorar la naranja, dormir plácidamente sin pesadillas y comer un estofado de pescado que hicieron entre las dos en la puerta de la tienda, viendo a gente campesina pasar sin ser vistas y recibiendo la brisa cálida en la cara. Era extraño saber que, una voz que antes le inquietaba, podía brindarle confianza.

—¿Has pensado en cómo le vas a poner al niño o niña cuando nazca? —Inquirió Agatha con curiosidad cuando comían otra taza de estofado a media tarde.

La aludida frunció el ceño. Jamás se le había pasado por la cabeza. Sabía que iba a tener un hijo, pero lo que más se evidenciaba era el bulto incómodo que crecía dentro de ella. Aún era pequeño, ―a pesar del tamaño de su vientre que parecía más grande de lo normal―, y por la misma razón no le daba la total connotación de "vida". Sabía todo lo que iba a implicar tener un hijo, pero no lo sentía aún.

Por esa razón, a su cabeza no acudió ningún nombre.

—La verdad es que ni siquiera lo he pensado —sinceró con una sonrisa avergonzada.

Dunstan carraspeó, pensativa. Súbitamente dejó su plato de greda y giró hacia la entrada de la carpa.

—Lo siento —se disculpó de la nada y entró.

Merlina arqueó las cejas, anonadada por tal repentina reacción. Se quedó observando la entrada de la tienda embobada.

¿Dije algo malo? ¿Qué diablos? Creo que no es tan malo aún no pensar en el nombre de tu hijo.

Terminó su plato mirando hacia el oeste, donde el sol comenzaba a atenuar. Los rayos del sol ya no eran amarillos, sino rojos. El horizonte estaba rosado y con escasas nubes.

No se atrevió entrar a la tienda de inmediato por temor a desatar el mal humor de Dunstan que había aparecido de la nada. O reaparecido. Sin embargo, no pudo estar mucho rato afuera, pues una ventisca hizo que se le pusiera la piel de gallina. Para su sorpresa, la mujer le sonrió cuando se protegió en el interior de la tienda.

―Vamos a partir antes de las diez ―avisó Dunstan con un tono de simpatía forzado.

Merlina se mordió la lengua para no ser imprudente, pero no pudo evitarlo.

―Mira… si dije algo malo, es mejor que me lo digas ahora mismo porque…

―No dijiste nada malo ―le cortó Agatha con voz impertérrita.

La joven embarazada miró el techo, bufando.

―Bien, creo que dormiré un rato ―dijo acomodándose, siendo consciente de que le quedaban varias horas libres, y si Dunstan iba a comportarse de manera extraña, prefería no ser partícipe. No creía poder tener mucha paciencia.

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―Ya es la hora.

Merlina despertó sobresaltada. La voz había resonado en sus oídos al mismo tiempo que ella, en sueños, decía "ya es la hora", y se refería al nacimiento del bebé. Suspiró de alivio por un momento, y luego…

―Creo que vomitaré.

―Afuera, por favor.

Alcanzó a salir, a rastras. ¿Hasta cuándo tendría que estar con náuseas? Se sintió molesta y por un breve segundo deseó no estar así. Luego recordó, con un chispazo de emoción, que el hijo no le pertenecía sólo a ella.

Se prepararon para viajar nuevamente. La tienda volvió a ser una simple sábana y, nuevamente, la utilizaron para trasladar las cosas de una manera fácil y rápida.

―Estuve observando el mapa mientras dormías y he escogido el mejor lugar para aparecernos. Casi no hay habitantes y podremos tener una visión periférica para estudiar primero a los pueblerinos y al pueblo en general. Luego, podemos comenzar nuestro recorrido. No es bueno lanzarse con todo esta noche ―explicó Dunstan borrando cada uno de los rastros que habían dejado ―. Nunca se sabe si lo peor ha llegado a otros lados. Y es seguro que nos están buscando. El único camino que les queda, es fingir que buscan a gente para ocultar la verdad del Ministerio. Están arruinados ―suspiró mirando la noche con fijeza.

―Eso mismo había pensado ―contestó con sinceridad, aún con parte de su mente en el sueño.

Dentro de todas las cavilaciones que tenía Merlina acerca de Severus, el bebé, Dunstan y la supervivencia diaria de ambas, se hallaba la preocupación por el asunto de Azkaban. Nadie se quedaba de brazos cruzados luego de una fuga, y no creía que dejaran pasar la posibilidad para culpar a alguien de las tragedias que estaban ocurriendo. Por todo ello estaba plenamente consciente del cuidado que tenían que dedicar al arte de ocultarse. A pesar del peligro inminente, ella se sentía segura. Tenía sentimientos encontrados en lo que respectaba a Dunstan. No le gustaba admitir que, bajo su mirada, estaría tan a salvo como si lo estuviera con Severus. Esa actitud decidida, sus grandes habilidades y sus buenas ideas, era algo que le daba plena garantía de que no le ocurriría nada mientras permanecieran juntas.

Imaginó que debían tener fotos de "los más buscados" pegados en todo Hogsmeade y el callejón Diagon. Entre aquellas, debía estar su cara y la de Dunstan.

Agatha constantemente constataba si Merlina estaba bien, si no necesitaba nada. Se excusaba de no saber cómo determinar la seguridad del bebé, pero sí velaba por la alimentación y el descanso de Merlina, y no podía negar su preocupación.

Jamás había estado tan agradecida. Y pensar que ella, en algún momento, había pensado en que nunca podría agradecerle algo, pedirle ayuda. Era, de hecho, increíble que compartieran tan bien. Sin contar los cambios radicales de ánimo de Agatha, siempre se encontraban en una situación amena.

―¿Por qué te colocas eso? ―Inquirió señalando el pecho de Merlina que se conectaba directamente con su vientre. Se había rellenado la túnica con una almohada para dar la impresión de estar pasada en peso y no embarazada.

―No quiero que sepan que estoy en una situación complicada. No quiero demostrar que soy más débil que nunca ―explicó con un suspiro.

―Tu rostro te delata.

―Pues hay gente gorda de cara delgada ―se defendió de mala gana, sacándose el cojín y lanzándolo, abortando su plan.

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Cuando vio a Merlina caer sin vida por culpa de ese rayo verde que había emanado la varita del encapuchado, Severus despertó sobresaltado en medio de la oscuridad del salón de la mansión Malfoy. La única respiración que se oía era la de él mismo y había un lejano murmullo de alguna parte de la morada. Evidentemente, algunos Mortífagos, estaban charlando con libertad, aprovechando la ausencia del Innombrable, quien tenía sus propios planes que crear y tareas que cumplir.

El mago se pasó ambas manos por la cara, como si con eso pudiera borrar el vestigio de la pesadilla, pero era más que imposible. Daba igual cuantas veces durmiera, cuanta distracción tuviera durante el día; siempre iba a ocurrir lo mismo: malos sueños, pensamientos venenosos. E iba a seguir sucediendo por tiempo indefinido. Mientras ese hombre estuviera entre ellos, iba a seguir con ese miedo que le apresaba la mente a cada segundo.

Con un movimiento de su varita encendió la chimenea. Extrajo un pequeño trozo de periódico que llevaba consigo a todos lados. Estaba algo gastado ya, pero se definía claramente las facciones finas de Merlina. Su cara puntiaguda y pálida, y esa expresión de temor en los ojos ― los cuales miraban a todos lados con preocupación―, se plasmaban en el pedazo de El Profeta.

Era la única foto que tenía de ella y probablemente la única que tendría durante toda su vida.

Acarició con el pulgar su rostro, deseando tenerla con él. Sin embargo, ni siquiera sabía dónde estaba, y no quería arriesgarse a saberlo. Pero su sexto sentido le dictaba que estaba bien. Sí, ella está a salvo.

Volvió a guardar la imagen en movimiento en el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón. No era que le gustara la procedencia de ésta ― a la semana cumplida desde la huída de Merlina, habían publicado en el diario una serie de escapes de varios reos a lo largo de los últimos dos años. Todos ellos, personas inocentes que se habían logrado salvar de una vida maldita, aunque todos tildados de magos y brujas peligrosos. Y, Merlina Morgan, había aparecido entre la serie de fotografías publicadas en el periódico. Entre ello, el anuncio importante era la alerta permanente ante cualquiera de esos individuos, exagerando totalmente el "peligro" que imponía Merlina, definiéndola casi como una pirómana empedernida―, pero era el único retrato físico que tenía de ella.

Luego, cuando Severus comenzaba a analizar la raíz del problema, sentía odio. Odio hacia sí mismo, pero no tanto como irradiaba hacia el real culpable. Lamentablemente, no podía dejarse llevar, no podía hacer nada. Había estado a punto de alzar la varita contra él la noche que se dio cuenta de su real identidad, pero se controló. Primero, lo hizo por la inseguridad. Podría ser una mera confusión. No obstante, más tarde confirmó que era quien pensaba. Esos ojos fríos, esa actitud déspota y vengativa, el misterio que yacía en él, y la manera de hablar de su esposa, Merlina, lo conocía de una sola persona. Y sabía que era posible. Tenía muchas teorías, y cualquiera podía ser. Tantos años viviendo en un mundo de violencia y oscuridad, al lado de uno de los más grandes magos tenebrosos que pudiera existir, dejaban grandes huellas de sabiduría.

Tendría que soportar, que ser valiente, guardar la violencia que quería escapar de él, tal como el fuego escapaba del cuerpo de Merlina. Tenía que ir con cuidado, no debía adelantarse. Aún quedaba un largo camino que recorrer junto al bando de Lord Voldemort, y si quería sobrevivir para poder reencontrarse con ella, iba a tener que presionar su genio aún más para mantenerlo a raya.

Sólo trataba de ser no tan pesimista; porque sentía que era más probable que encontraran a Merlina que morir él antes. Entonces, las imágenes del sueño retornaron a su cabeza. Los ojos le ardieron al llenarse de lágrimas. Sin embargo, no tuvo tiempo para dejarlas deslizarse por sus mejillas.

La puerta se había abierto en completo silencio, pero la presencia que se hallaba cruzando el umbral era muy poderosa como para pasar desapercibida. Severus giró la cabeza lentamente y la ladeó, en signo de interrogación.

―Oh, lo siento. Pensé que no había nadie.

―No tiene importancia. De todas maneras ―dijo Severus reincorporándose, tratando de no sonar muy iracundo ―, ya me iba de aquí.

Caminó hasta él y pasó por su lado, sin mirarlo a los ojos. No quería saber lo que podría encontrar en ellos.

Aguarda, Morgan… No dejaré que te haga daño, no permitiré que te toque. Sólo espérame unas semanas y estaré contigo otra vez.

Severus podía desear y luchar todo lo que quisiera, pero interferir en algo que Merlina iba a ejecutar a como diera lugar, era imposible.

Las cartas ya estaban echadas sobre la mesa.

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El pueblo Callanish estaba en pleno silencio y oscuridad cuando llegaron. Lo primero que hicieron, fue ocultarse tras unas rocas mojándose hasta las rodillas por la marea alta.

―Esto me da mala espina ―susurró Merlina apenas moviendo los labios y asiéndose inconscientemente al brazo de Agatha.

―No sé por qué, pero creo que tienes razón ―replicó avanzando lentamente para salir del agua.

De pronto, una sombra apareció ante sus ojos saliendo desde las tinieblas. Merlina ahogó el grito, creyendo que era un Mortífago con capucha. Luego se dio cuenta de que era deforme como para ser, incluso, un humano con la capa en movimiento.

Los ojos del desconocido brillaron en la oscuridad, y entonces supieron quién era. Ambas soltaron un suspiro de alivio: el thestral.

―Ah ―exhaló Merlina aliviada.

―Pensé que se tardaría más en llegar ―comentó Dunstan con la voz temblorosa, detalle que provocaba sorpresa a la otra bruja ―. Vamos, vamos rápido a instalarnos. Creo que tendremos que estudiar el lugar primero antes de buscar a Trelawney y a la otra señora.

Nuevamente instalaron la sábana a modo de carpa cerca de la playa, entre unos matorrales. El thestral se acomodó afuera para custodiar el lugar.

Al sentarse, Merlina soltó un gritito de dolor e inmediatamente se llevó una mano hacia un costado.

Agatha, quien estaba protegiendo el espacio que ocupaban con distintos poderosos sortilegios, entró como un rayo a ver lo que le sucedía.

―¿Necesitas algo? ―sus ojos estaban muy abiertos, viéndose más redondos que de costumbre. El labio le tembló, y a Merlina le pareció que su pregunta significaba algo más grave.

―No, sólo es un gas ―contestó sorprendida por la rapidez con la que Agatha había entrado en pánico ―. Estoy un poco hinchada. No tienes que…

―¿Segura?

―Segura. ¿Te pasa algo a ti?

Merlina analizó la súbita palidez de la profesora.

―No… Nada. Sólo…

Y nuevamente salió, sin contestar nada coherente, a finalizar su trabajo.

Comieron entre intervalos de silencios incómodos y, lo poco que hablaron, se basó básicamente en cómo iban a actuar para no meterse en problemas. Luego, entraron a la carpa para dormir.

Pero ninguna de las dos pudo. Merlina se sentía demasiado inflada como para dormir y tenía una vergüenza terrible de liberar sus eructos. Dunstan había sido muy comprensiva con ella, pero no sabía hasta qué punto de confianza podrían llegar.

Por otro lado, Agatha no podía pegar pestaña por el pensamiento que circulaba por su cabeza. No le gustaba sacar a la luz su comportamiento bipolar, pero no podía evitarlo. Y no quería dar lástima tampoco.

Merlina se sentó porque no aguantaba más la incomodidad y soltó el eructo en silencio, lo que pareció ser una tos extraña.

Agatha se medio giró para observarla.

―¿Te desperté?

―No, no puedo dormir. ¿Sigues hinchada?

―Mucho.

―¿No que sabes algo de pociones?

―Algo.

―Bien, ¿no se te ocurre algo que te ayude a aliviar la incomodidad? Porque, de las que robamos, ninguna es muy útil.

Merlina, tuvo una rápida visión de Severus haciendo pociones para la enfermería: ortiga y tomillo en una infusión muy líquida de agua, muy simple de fabricar. Sólo se respetaban las medidas y se dejaba hervir, sin siquiera revolver. Era un recuerdo lejano, como si hubiese sucedido hace años.

―Sí, hay una poción…

Media hora más tarde, cerca de las dos de la mañana, Merlina estaba bebiendo la infusión preparada por Dunstan, muy meticulosamente, gracias a sus instrucciones. Estaban dentro de la carpa, cómodamente sentadas entre unas luces flotantes que había hecho aparecer la profesora.

De sólo oler el vapor se sintió mejor.

―¿Fue gracias a Snape que aprendiste pociones o… lo sabías? ―Inquirió Agatha con mera curiosidad, preparándose una taza de té.

―Técnicamente, él me enseñó algunas cosas. Fue mi profesor antes… y bueno, pasar tiempo con él ayudándolo a ordenar su despacho y revisar informes estos últimos dos años… ―Se quedó callada.

Viajar a esos recuerdos se le hacía completamente irreal. Le retorcían las entrañas como si fueran trozos de pergamino.

―No te preocupes, vamos a salir de esto. Ya vas a ver, que con el tiempo… Si nos protegemos y hacemos lo que esté a nuestro alcance, estaremos a salvo. Y tú podrás volver con Snape y ―sonrió extrañamente ―formar tu familia.

Merlina bajó la taza de infusión por dos razones: se había acabado y la actitud de Agatha le sorprendía. Se dio cuenta que no sabía por qué la ayudaba, y por qué ella aceptaba su ayuda luego de lo que se habían hecho mutuamente. Habían sido enemigas declaradas, casi se habían asesinado y los celos era lo que predominaban en ambas. ¿Qué era lo que estaba sucediendo?

Merlina frunció el ceño y tomó una bocanada de aire.

―¿No te molesta?

―¿Qué es lo que debería molestarme? ―Sus cejas se arquearon.

―Agatha… ―abrió la boca buscando palabras que no fueran violentas ― Tú estabas tratando de separarme de Severus. ¿No harás nada cuando todo vuelva a ser igual?

Agatha frunció el entrecejo y medio sonrió.

―Lamento haberte dado esa impresión, Merlina, pero yo no estaba enamorada de Snape. Nunca lo estuve.

Merlina se enderezó.

―Entonces, ¿por qué le coqueteabas? ―a Merlina se le colorearon las mejillas. Recordaba haberlos escuchado hablar en el despacho de él una vez ― Una vez fuiste a su oficina a pedirle no sé qué, entre otras cosas…

Se miraron fijamente a los ojos.

―Yo no coqueteaba con él. Bueno, sólo quería que pensaras eso, pero eso de coquetear… Nunca lo hice. Yo le caía mal y él tampoco me agradaba ―contestó con sinceridad―. Ahora, la vez que fui a hablar con él, era para conseguirme huevos de Chizpurfle con él y lo agrandara con una de sus pociones. Era para hacer un experimento en las clases de séptimo año… ¿Qué pensaste que le había dicho?

Merlina movió las manos con ímpetu, como si con eso pudiera expresarse mejor.

―No sé qué me imaginé exactamente, ¡pero lo rescataste de eso… eso que le dio!

―¿La maldición del sueño? ¡Era algo que tenía que hacer! Si no se resuelve a tiempo, la persona puede quedar con problemas mentales graves. Era mi deber como profesora, ¿no? ―tomó una gran bocanada de aire ―. Ahora entiendo que en mí ves un monstruo. Pues no lo soy. Además, no es algo que se pueda tomar a la ligera.

―¿Qué quieres decir? ¿Y tú no me veías así mismo, entonces?

―La maldición del sueño es algo gravísimo, Merlina. Es magia negra antigua, y no es algo que se haga comúnmente como utilizar la maldición Cruciatus… ―Se quedó callada, mirando el vacío.

―¿Qué? ¿Qué? ―Presionó Merlina por el silencio de la profesora.

―Es… Es que nunca supimos quién lo hizo, Merlina. Y, ahora que lo pienso… ¿No tendrá que ver contigo?

―¿Quieres decir que fui yo quien lo hizo? ―Ésta vez se puso roja de ira.

―¡No, no! Me refiero a que, tal vez, quien hizo esto, puede que sea tu enemigo. Porque, ¿qué enemigos tiene Snape?

―No lo sé. Es imposible que los Mortífagos estén en su contra, cuando él está allí. Y eso fue a principio de año. No sé qué puede haber sido, pero ahora que lo pienso, tienes razón…

―La persona que lo hizo tiene que haber sentido mucho odio por ambos o por uno de los dos. Y tiene que haberse asegurado de que iba a volver al castillo a dormir, y no lo haría antes. Alguna información tenía que tener. Y no, no te vía como un monstruo ―añadió.

Morgan se pasó las manos por la cara, tratando de mantener la calma. Otra vez la confusión inundaba su cabeza. Había un pensamiento que no alcanzaba a tomar forma, como si lo tuviera en la punta de la neurona.

―Sé que es algo obvio ―dijo―, pero no lo logro conseguir.

―Calma, calma ―alentó Agatha palmeándole el brazo ―. Tienes que estar tranquila.

Merlina negó con la cabeza lentamente.

―De no ser por ti, ya estaría muerta.

―Habrías encontrado la forma de sobrevivir.

Segundos de silencio.

―¿Por qué me odiabas, Agatha? Tal vez, pudimos habernos caído bien antes...

La profesora le observó con melancolía antes de abrir la boca.

―Merlina ―farfulló cansinamente―, ¿es que no te das cuenta? ¡Te tenía envidia! Una envidia venenosa, de la peor que existe ―sinceró con vergüenza y una mirada de abatimiento.

―¿Por qué?

―Porque tienes todo lo que yo no tengo.

Merlina no supo que contestar a ello.

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Deseó vomitar tras escuchar lo que había hecho Bellatrix con una bruja embarazada hacía unos días atrás. Luego de haber salido de la sala de la mansión, huyendo de la maléfica y detestada presencia de Clive Lamport, se pensó dirigir al comedor, donde siempre se reunían. Sin embargo, al ver cómo Narcissa salía corriendo del lugar, aparentemente llorando, le hizo quedarse tras las puertas oyendo la conversación, lo que fue inevitable. Y fue cuando oyó los detalles.

Quizá por la misma imposibilidad de vomitar, al ir a una de las habitaciones y quedarse dormido otra vez, le causó otra pesadilla. Pero no una pesadilla cualquiera. Era casi un flashback: volvía él a estar corriendo por el pasillo de Hogwarts, cuando se topó con Merlina. Tal como había ocurrido en la realidad, trató de advertirle de Lamport, pero ella se adelantó, queriendo decirle otra cosa.

Y allí fue cuando las cosas cambiaron y se volvieron, de cierta manera, etapas de una pesadilla.

Morgan lo abrazó con fuerza, haciéndole quemar la piel por unos segundos. Segundos más tarde, algo comenzó a crecer, algo que se interpuso entre ellos y los distanció. Los brazos de Merlina dejaron su cuerpo, alejándose un poco más de él.

Luego, una luz blanca que parecía provenir de ninguna parte, la iluminó. Entonces, Severus pudo ver perfectamente lo que tenía delante de sus ojos.

Merlina estaba desnuda, casi con la misma pose que la Gioconda y, bajo el brazo que cubría su pecho, se asomaba un abdomen blanco, voluminoso y brillante.

El corazón de Severus se aceleró con violencia. No era una imagen que le provocara esperanza; la luz no era angelical. Al contrario: brindaba más frialdad a la situación. La sonrisa de Merlina también era helada y sus ojos parecían muertos, vacíos.

―Severus ―susurró con voz temerosa y suave ―. Estoy… Estoy embarazada…

No era necesario que se lo dijera, pero cuando aquella palabra tocó sus oídos, su corazón pareció estallar como bomba en su pecho, viajando hasta su estómago.

De un momento a otro, su esposa cayó de golpe al suelo, poniéndose en posición fetal y chillando de dolor. Los gritos fueron como dagas para él.

Despertó de golpe, lleno de sudor y miedo.

―No puedes estar embarazada ―farfulló como si lo del sueño pudiera ser real de algún modo.

Se calmó, pensando en lo que había dicho Bellatrix, sintiendo otra vez repulsión. Esa había sido la causa del sueño, estaba seguro.

No obstante, ¿él debía estar matando a más gente inocente? ¿Y si debía de matar a una mujer embarazada?

Hacía un rato atrás había pensado que iba a tener que resistir. De pronto, todos sus pensamientos se habían visto volteados de cabeza a pies: era hora de abandonar y volver con Merlina. Debía estar con ella.