Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
Capítulo 37
Perdió la cuenta de las horas que pasó corriendo. No se detuvo ni un solo segundo, simplemente corrió y corrió sin rumbo fijo. No podía quitarse de la cabeza los horribles pensamientos que lo habían invadido poco antes de huir del piso.
En menos de veinticuatro horas, Alice sería un vampiro como él, pero no podía quedarse con ella. No, simplemente por todo lo que le había hecho: había irrumpido en su vida de repente, había logrado que se enamorara de él, le había mentido sobre su existencia y después le había roto el corazón. Y lo peor de todo: le había arrebatado la vida sin ningún tipo de miramiento, sólo porque sabía que no podría vivir sin ella. ¿Acaso alguien como él merecía el amor de Alice? Definitivamente, no.
Era consciente de que huyendo tampoco solucionaría nada, pero estaba seguro de que marcharse de la nueva vida de Alice antes de que comenzara a vivirla, sería lo mejor para todos. Tal vez, si tenía suerte, ella incluso lo habría olvidado. Sacudió la cabeza ante el dolor que le causó esa simple idea. ¿Alice podría olvidarse de él? Lo mejor sería que sí, pero en su interior deseaba que no fuera de ese modo. Lo que un día hubo entre ellos había sido maravilloso, al menos para él, y le gustaría que Alice guardara aunque fuese un mínimo recuerdo suyo.
Entonces, cayó en la cuenta del último pensamiento humano de Alice: que jamás la había amado. Que sólo se había acercado a ella por Mary, por su abuela. Se detuvo en seco, y sin ni siquiera mirar el lugar en el que se había parado, comenzó a maldecir y a soltar improperios. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué todo se giraba en su contra siempre? Gruñó y se insultó a sí mismo y a María, deseando poder dar marcha atrás en el tiempo para arreglar las cosas. Si pudiera hacerlo, lo primero que haría sería cambiar el rumbo que tomó cincuenta y dos años atrás, solamente para no encontrarse con María. Entonces lo pensó mejor y se arrepintió. ¿Realmente deseaba no haber conocido a Alice nunca? No lo sabía, pero un pedazo de él le decía que no, que aquella parte de su existencia había sido la mejor. Incluso mejor que todos los buenos momentos que vivió con Mary, que habían sido muchos.
Una breve vibración en el bolsillo de su pantalón le hizo olvidar momentáneamente sus problemas, pero ignoró el teléfono sabiendo quién lo llamaba. Había dejado a Emmett descolocado, eso lo sabía a ciencia cierta. Se había marchado del piso como alma que lleva al diablo, sin decir nada, sin dar ningún tipo de explicación. Su amigo acabaría odiándolo por todo lo que le había hecho pasar desde que había vuelto a la vida, pero sentía que no podía hacer nada más. Había intentado contentar a sus amigos, pero como todo le salía siempre al revés, había terminado por fallarles a todos. A Emmett, que a esas alturas estaría harto de sus tonterías, a Edward, al cual no le faltaban razones para odiarlo después de todo lo que le había hecho a su prima, a Bella, que había terminado enfadada con sus amigas en parte por su culpa, y sobretodo a Alice. Ella era la que más motivos tenía para odiarlo y repudiarlo. La había abandonado para siempre, pues no tenía pensado volver a Forks. No podía hacerlo. La había hecho creer que podrían tener un futuro juntos cuando él sabía desde el principio que algo así jamás sucedería.
El móvil volvió a vibrar, y Jasper lo sacó de su pantalón y lo apagó. No podía con aquello. Debía marcharse lejos, muy lejos para que nadie lo encontrara nunca. No podía permitir que Emmett fuese a buscarle, aunque sabía que contaba con ventaja. Era consciente de que su amigo no dejaría a Alice sola justamente en ese momento. No, cuando faltaba muy poco para que se iniciara en su nueva vida como vampira. Ella necesitaría su ayuda, y Emmett no dudaría en dársela.
Después de haber apagado el teléfono, Jasper suspiró y comenzó a correr de nuevo, sin pensar, sólo dejando que sus pies lo guiaran. Corrió durante días y noches sin parar, e incluso llegó a pensar que había dado la vuelta al mundo. Perdió totalmente la noción del tiempo, olvidó el día en el que estaba y dejó de contar las horas que habían pasado desde que abandonó a Alice. Sabía que ya habría despertado por última vez y que en aquel momento sería como él, pero intentaba evitar lo máximo posible pensar en ella.
¿Alice estaría feliz de ser un vampiro? ¿O estaría horrorizada y lo único que querría sería desaparecer del mundo sólo para no tener que vivir aquella horrible existencia? Jasper supuso que aquellas preguntas jamás tendrían respuesta, porque nadie se las iba a contestar nunca.
Dejó de correr cuando la sed le quemó totalmente la garganta, y lo único que pudo hacer fue acabar con la vida de la primera persona que tuvo la mala suerte de encontrarse en su camino justamente en aquel instante. Se trataba de una chica joven de no más de veinticinco años que corría para que aquella especie de diluvio que había comenzado de repente no la atrapara demasiado. No tuvo que seguir corriendo, pues se encontró rodeada por un par de brazos que le robaron el aire y que la asfixiaron sólo un segundo antes de que un par de colmillos se clavaran en la piel de su cuello. Cuando terminó de alimentarse, Jasper dejó el cadáver de la joven en el suelo, desprovisto de sangre y con las marcas de sus brazos alrededor de su cuerpo. Se sintió como un monstruo, pero se dijo a sí mismo que ya había aguantado demasiado sin beber. Y era cierto, aunque no sabía exactamente cuánto.
Suspiró pesadamente, se introdujo las manos en los bolsillos empapados y caminó sin prisa debajo del chaparrón que caía, sabiendo que habría muy pocos humanos en la calle. Y así fue. Caminó y caminó con los ojos fijos en el suelo hasta que vio a lo lejos la Estatua de la Libertad. Estaba en Nueva York, pero aquello no le produjo ninguna especie de emoción. Estaba solo, se encontraba empapado y se sentía como un miserable. ¿Por qué tendría que alegrarse?
Sin pensar demasiado en lo que hacía, comenzó a correr de nuevo hasta que se encontró justo en la cabeza de la estatua, donde se sentó, dejando que la lluvia lo empapara por completo.
Sin querer hacerlo se puso a pensar. ¿Qué estaría haciendo Alice en aquel instante? ¿Habría pensado en él en algún momento de su nueva existencia? ¿Estaría pensando en él en aquel mismo momento?
Sacudió la cabeza y su cabello chorreó agua por todas partes, pero poco le importó porque seguía lloviendo. ¿Qué más daba si Alice pensaba o no en él? Seguro que si lo hacía, sería simplemente para maldecirlo.
Se quedó sentado sobre la cabeza de la Estatua de la Libertad hasta que cesó la tormenta, y después bajó de un solo salto, dispuesto a emprender de nuevo su viaje. No quería seguir huyendo. Quería volver a Forks, pero no para ver ni a sus amigos ni a Alice, sólo para desaparecer completamente del mundo. Y conocía el lugar perfecto en el que hacerlo. Únicamente necesitaba fuerza de voluntad y un mechero.
Comenzó a correr de nuevo, aunque se detuvo por el camino para alimentarse por última vez, y al cabo de unas cuantas horas llegó a la cabaña. Nadie había entrado allí, ni siquiera Alice. En aquel momento comprendió que ella no quería tener nada que ver con él. No había vuelto al lugar en el que habían compartido tanto, porque seguramente querría olvidar lo que allí había sucedido.
Suspiró con tristeza, y antes de llevar a cabo la tarea que había decidido hacer, se paseó por toda la casa, llenándose de recuerdos que le hacían más mal que bien, rememorando todos y cada uno de los buenos momentos que había pasado con Alice durante aquel breve pero intenso fin de semana.
Cuando estuvo seguro de que había recordado bastante, bajó lentamente hasta el sótano y suspiró pesadamente. ¿Suicidarse era la mejor opción que le quedaba? Seguramente sí, pues no le quedaba nada más.
Rebuscó un mechero por las estanterías que había allí abajo hasta que dio con uno, y estaba punto de prenderlo cerca de su cuerpo cuando sintió pasos en el exterior de la cabaña. Se detuvo al instante y permaneció inmóvil, esperando que fuera quien fuera la persona que se hubiera acercado, se marchara. Se quedó quieto hasta que fue capaz de percibir el aroma de aquella persona, y sin darse cuenta de lo que ocurría, el mechero se le resbaló de las manos a causa de la sorpresa. No podía ser ella. Alice no podía encontrarse tan cerca de él. Continuó inmóvil hasta que fue capaz de escuchar los pasos de aquella persona alejándose de la cabaña y, sin previo aviso, sus piernas comenzaron a moverse con rapidez. Salió de la casa y olisqueó el aire sólo para comprobar que no se había vuelto loco. Entonces, percibió un cambio en los alrededores que resultó demasiado obvio: ya no había nieve alrededor de la cabaña. En cambio, había alguna que otra flor brotando tímidamente, y se percató de que la primavera estaba a punto de llegar, si no lo había hecho ya. Además, ya no sentía tanto frío en el ambiente como antes, y se dio cuenta del tiempo que había pasado fuera, huyendo de sí mismo y de Alice.
No había ni rastro de ella ni de nadie allí arriba. Era como si nadie hubiera pisado aquel pasto aparte de él. Observó el paisaje lentamente, pero una mancha blanca cerca de sus pies le hizo agachar la cabeza. Se quedó paralizado cuando reconoció aquel trozo de tela. Se agachó lentamente, casi con miedo de estar sufriendo una alucinación, y lo cogió. Lo desplegó hasta que lo tuvo abierto sobre la palma de su mano y leyó una y mil veces el nombre que había bordado en él: Mary.
Con el paso de los años, el pañuelo se había desgastado bastante y había perdido el color, pero seguía siendo tan hermoso como el mismo día que había ido a buscarlo. El mismo día que había perdido su humanidad y su vida.
Jasper volvió a suspirar, sintiéndose nervioso, siendo consciente de quién le había devuelto aquel trozo de tela. No podía culparla. Alice no sabía la verdad, y pensaba que jamás había significado nada para él. Por ese mismo motivo decidió aplazar la idea de su suicidio hasta que ella le pidiera que se alejara de su vida. Antes que nada, debía explicarle toda la verdad, con todos los puntos y las comas si hacía falta.
La tardé siguiente, Jasper abandonó la angosta y antigua tienda sin prisa, guardándose la pequeña caja negra en el bolsillo de su chaqueta, igual que había hecho cincuenta y dos años antes. Se detuvo en medio de la calle y observó el desgastado pañuelo con interés. No le había dado tiempo a pensar mucho en el tema, pero se dio cuenta en ese instante de que Mary había tenido en sus manos el mismo pañuelo que en aquel momento miraba.
Sonrió con algo de tristeza y lo guardó también en uno de sus bolsillos, decidido a arreglar las cosas de una vez por todas. No podía pensar sólo en él. No podía dejar el mundo sin antes haber hablado con Alice. Ella no lo merecía. Por esa misma razón decidió ir a buscarla, para dejarla elegir si quería o no hablar con él y para pedirle perdón por todo lo que le había hecho. Dependiendo de la respuesta que recibiera, tomaría una decisión respecto a su existencia. Pero antes de eso, tenían muchísimas cosas de las que hablar.
Estaba muy nervioso y estaba seguro de que en aquel momento no le saldrían las palabras, por eso decidió pasar aquella noche meditando todo lo que tenía que explicarle a Alice antes de decírselo de verdad, y en vez de dirigirse a Seattle, se introdujo en la espesura del bosque. No corrió para llegar a la cabaña, simplemente caminó, disfrutando de la oscuridad de la noche, del fresquillo primaveral y del sonido que producían las pequeñas criaturas nocturnas.
Varios metros antes de llegar a la cabaña, una ráfaga de aire frío le trajo el aroma de alguien que conocía muy bien. Se detuvo en ese mismo instante. No esperaba verla hasta el día siguiente. ¿Qué estaba haciendo allí? Respiró hondo varias veces para tranquilizarse. No sabía qué hacer. ¿Debía enfrentarse a ella en aquel momento? ¿O mejor debería esperar hasta el día siguiente? Sacudió la cabeza. Era Alice. No tenía por qué temerle. Suponía que ella no tendría la intención de hacerle ningún daño, a pesar de que era consciente de que lo merecía.
Merecía cualquier cosa excepto su perdón.
Ainss... ¡Este hombre es demasiado inseguro! Pero... ¿qué creéis que querrá decirle Alice? ¿Lo perdonará o directamente lo enviará al infierno?
Espero que os haya gustado el capi y que me lo digáis con un review. Aprovechad, que sólo quedan dos capítulos más y el epílogo ;)
¿Nos leemos el miércoles?
XoXo
