Your Guardian Angel

My true love…

— Yo también te amo tanto… Papá — susurró con su tierna vocecita London, Harry sonrió sin querer abrir los ojos, creyendo que lo que acababa de escuchar había sucedido en sus sueños. Pero entonces la suave caricia que sintió sobre la cicatriz en su frente lo hizo terminar de despertar, de golpe alzó su cabeza y se encontró con los ojos esmeraldas de London viéndolo dilatados, sus propios ojos también la miraron muy abiertos.

— ¿Dormiste bien? —preguntó London, mirando con aprensión la silla en la que Harry estaba sentado.

— ¡Mejor que nunca!… Porque estás aquí —exclamó Harry. London pestañeó sonriendo, él soltó un suspiro que sin querer fue nostálgico.

— ¿Qué pasa? —volvió a preguntar la niña, su sonrisa se atenuó.

— Nada, es sólo qué creí escucharte decir algo muy hermoso... Pero sólo fue un sueño. Uno muy bello… —Harry le brindó una sonrisa, que por más fue de añoranza.

— ¿Qué dije en tus sueños, papá? —quiso saber London.

— ¿Qué acabas de decir? —respingó Harry con las pupilas dilatadas y el corazón latiéndole frenético.

— ¿Qué dije en tus sueños? —repitió la pequeña castaña.

— No, me refiero a… Repite lo último, por favor —pidió Harry sin aliento.

— Papá —dijo London sonriéndole radiante.

— London… —exhaló Harry, y por sus mejillas comenzaron a resbalar lágrimas de emoción.

London se lanzó a sus brazos, como ya era una costumbre en ella. — ¡Te amo, papá! —le dijo en el oído, cerrando sus ojos y recargándose en su hombro; aferrada a él como si ahí fuese su lugar más seguro en el mundo.

Harry respiró lentamente… Si cada momento al lado de London, cada palabra suya que había sido para él, eran las cosas más hermosas que le habían sucedido en la vida… Lo que ahora sentía en el corazón por escucharla llamarlo papá, era felicidad infinita e indescriptible.

Luna estaba de visita en casa de los Granger, ayudaba a Hermione a doblar unas sábanas, cuando la castaña soltó un profundo suspiro…

— ¿Y ese suspiro? —preguntó curiosa la rubia, mirándola con sospecha.

— La verdad es que me gustaría ver cómo están pasándola London y Harry —confesó Hermione, mordiéndose el labio.

— ¿Y por qué no vas a averiguarlo? —la instó Luna.

— Por supuesto que no… Prometí respetar su tiempo juntos —negó escandalizada Hermione.

— ¿Te gusta, verdad? —terció pícara Luna.

— ¿El qué…? —Hermione la miró sin entender su insinuación.

— Esos momentos donde los tres conviven como una familia —señaló sonriendo Luna.

— ¿Por qué dices eso? —exclamó con el entrecejo fruncido la castaña.

— Te conozco. Hermione soy tu mejor amiga, a mí no puedes engañarme… Incluso si pretendes mentirte a ti misma —dijo la rubia, poniéndola en evidencia.

— Luna, no me estás ayudando —le reclamó la castaña.

— ¿Por qué no puedes admitirlo? —insistió Luna.

— Porque eso no puede ser —negó rotunda Hermione, tomando de la cama las sábanas dobladas y dándole la espalda a su amiga.

— ¿Por qué? —reincidió Luna.

— Porque mis sueños no cambian la realidad —subrayó obvia Hermione, fingiendo acomodar las sábanas en el armario.

— Por favor, no la cambia porque tú no lo quieres —bufó Luna.

— ¿Eso qué quiere decir? —inquirió Hermione, volteando a verla ofendida.

— Que si tú quisieras, lucharías por hacer realidad tu sueño —señaló con reprimenda la rubia.

— Mi sueño de una familia junto a Harry, sólo es eso, un sueño… Porque yo ya tengo una familia. Y a pesar de lo mal que estén las cosas en este momento con Draco, soy su esposa —dijo Hermione, como si eso zanjara la discusión.

— Lo eres… En teoría. Porque la mujer que está casada con él es Liv Mackenzie, y Liv Mackenzie no existe. Hermione Granger nunca se ha casado —resolvió Luna.

— ¡Luna, basta! Yo le debo fidelidad al hombre que ha estado conmigo desde que Harry dejó en pedazos mi corazón. Por eso es una falta de respeto para Draco que yo pueda soñar algo como eso siquiera — impugnó Hermione.

— Sí, ¡qué romántico!… Fidelidad por agradecimiento —terció con sarcasmo la rubia.

— ¡Luna! — exclamó la castaña, fulminándola con la mirada.

— No puedo creer que te vayas a rendir sin siquiera luchar por tu verdadera felicidad, que es formar una familia con Harry —negó mirándola con decepción Luna.

— ¡Luna, ya! Además estamos hablando como si yo tuviera la última palabra, cuando Harry nunca me ha querido como algo más que una amiga —refutó Hermione.

— No, por supuesto… Sólo tienen una hija —ironizó Luna.

— Sabes perfectamente que para Harry esa noche fue un error. ¿O ya se te olvidó que él mismo me lo hizo saber?… Por si no estaba sobreentendido cuando me dejó sola en aquella fría habitación. Y gracias por recordármelo —dijo la castaña con el mismo tono irónico que su amiga acababa de emplear, no obstante sus ojos marrones la miraban dolidos.

Luna sintió remordimientos por estarle haciendo pasar un mal rato a su amiga, pero estaba segura que si de verdad quería ayudarla todo esto era necesario.

— Hermione, Harry ama a London, no creo que a estas alturas él siga considerando que lo pasó entre ustedes sea un error. Lo que sucede es que no han podido aclarar las cosas porque tú no lo has dejado hablar —señaló Luna, rodando sus ojos.

— Ahora resulta que yo no lo he dejado hablar… Si hemos hablado muchas veces ya, y en todas siempre hemos llegado a la misma conclusión. No tiene ningún caso abrir las heridas que nos dejó el pasado —Hermione miró resentida a su amiga.

— Vamos Hermione, ¿no crees que ya llegó la hora de que ambos cierren bien ese capítulo de sus vidas? Los dos se lo merecen. Incluso esto sí qué le hará bien a London, más que ese intento hipócrita y nulo de ser amigos —exclamó con exasperación la rubia.

— No es un intento nulo, ni mucho menos hipócrita —protestó indignada Hermione.

— Claro que sí, porque tú lo amas más que como un amigo —Los ojos azules de Luna se clavaron en ella significativamente. — Y no sé por qué tengo el presentimiento que él también te quiere más que como amiga…

— Sí claro, se enamoró de mí en un mes y medio —rió con sarcasmo Hermione, aunque instintivamente su corazón saltó con un sentimiento de esperanza que dolió.

— Tal vez —dijo encogiéndose de hombros Luna.

— Luna, ¿qué te dice el hecho de que muy pronto se va a casar con Ginny? —terció con ironía Hermione, y una vez más sintió un incisivo punzón en el corazón.

— Tienes razón, si le quitamos doscientos años a mil… Pues sí, falta menos —subrayó con sarcasmo la rubia. Hermione soltó un resoplido y la miró negando.

— Nunca pensé que la heroína de Gryffindor, la que se enfrentó innumerables veces al peligro, e incluso encaró al mismísimo Lord Voldemort… Tenga miedo de aclarar todo lo que quedó inconcluso en el pasado — Luna también la veía negando, y al finalizar soltó un suspiro de decepción.

— Ya te lo dije, Harry y yo ya dejamos ese pasado atrás. Y te voy a demostrar que yo sí puedo ser su amiga sin sentir nada romántico por él —determinó la castaña.

— Eso lo quiero ver —dijo interesada Luna, y sus ojos azules tuvieron un extraño brillo.

— Lo verás —recalcó Hermione, cruzándose de brazos y mirando con suficiencia a Luna.

— Justo ahora —puntualizó la rubia.

— ¿Qué? —gritó Hermione, y sus ojos marrones se abrieron asustados.

Luna esbozó una sonrisita maliciosa, luego tomó su bolsa que estaba colgada del perchero y se la acomodó.

— Lista, ya nos podemos ir —dijo abriendo la puerta, indicando que Hermione avanzara primero.

— ¿Papá? —comenzó con tono de curiosidad London, mientras ponía su atención en el rebelde trozo de fruta que no se dejaba atrapar por el tenedor.

— ¿Sí? —dijo Harry, su corazón saltó como lo había hecho la última media hora cada vez que London lo llamaba de esa manera.

— ¿Por qué quitaste la foto de Ginny que estaba sobre la chimenea?… ¿Lo hiciste porque yo iba a venir? —preguntó London por fin mirándolo, sus ojos esmeraldas parecían preocupados.

— No —negó Harry, demasiado rápido quizá; el corazón le acababa de dar un vuelco, el que London mencionara a Ginny le había provocado un sentimiento de zozobra. — Recuerda que yo no sabía que ibas a venir —aclaró apurado, al notar que su hija tenía una expresión contrariada.

— Dijiste que esperabas que yo viniera pronto —señaló con las mejillas ruborizadas la niña. Harry asintió sonriéndole, pero entonces se percató que London se mordía ansiosamente el labio inferior y evitaba su mirada.

— ¿Qué pasa? —preguntó alarmado.

London continuó mordiéndose el labio, luego intentó verlo a la cara. — Sé que Ginny es tu novia, y que vas a casarte con ella… Pero ella no sabe que yo soy tu hija —masculló, tratando de explicarse.

— London… —Harry sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, y que un nudo se le formaba en la garganta.

— Tú la conoces bien… ¿Crees que ella me vaya a querer?, ¿O se va a enojar porque tienes una hija? —dijo con su vocecita muy angustiada la niña.

— ¿Por qué me preguntas eso, nena? —Harry quiso rodear la mesa y abrazar a su hija, pero estaba petrificado por lo que London acababa de decirle.

— Porque el día que volvimos, Ginny habló con mi mami, y dijo que ella es su mejor amiga desde que iban a Hogwarts… Y si Ginny no supo que mi mami fue tu novia, yo creo que se va a enojar mucho cuando sepa que yo soy tu hija. ¡Y siento que por eso no me va a querer! —London hablaba demasiado rápido, de la misma forma en la que suele hacerlo Hermione cada vez que se pone nerviosa.

— ¡Espera, amor! ¡Detente, por favor! —pidió Harry, sintiendo que el corazón le daba vuelcos.

— ¡Y entonces tampoco me va a dejar acercarme a mis hermanitos! —exclamó sumamente acongojada, sus ojitos esmeraldas estaban irritados.

— ¡¿Qué?! —chistó Harry, y esta vez el corazón se le detuvo. Por las mejillas de London comenzaron a deslizarse lágrimas.

Su padre al verla llorar fue hasta ella y se hincó para estar a su altura.

— London… Princesa, descuida… Eso no va a pasar —negó Harry con la voz sofocada y sus ojos verdes muy abiertos. — Porque si Ginny, y todos los demás, de verdad son mis amigos… ¡Tienen que quererte, porque eres mi hija! ¡La persona que más amo!… Y si alguno se atreve a decir o a hacer algo que te lastime, se las verá conmigo —remarcó viéndola con determinación, limpiando de su carita las lágrimas que se le habían escapado.

— ¡Pero Ginny no es tu amiga, va a ser tu esposa! Y cuando tengas bebés con ella… ¡Yo no los voy a poder conocer! —exclamó con tristeza London apretando sus ojitos, las lágrimas esta vez resbalaron con mayor rapidez.

— ¿De dónde sacas todo eso?… Yo no voy a tener bebés con Ginny—exclamó Harry, con el corazón oprimido y la respiración entrecortada. London lo miró confundida.

— Porque ella ya no es mi novia —señaló el ojiverde.

— ¿No? —preguntó sorprendida la pequeña castaña, mirándolo incrédula. Harry asintió enérgicamente con la cabeza.

Repentinamente London comenzó a respirar de forma agitada. — ¿Fue por mi culpa? —preguntó más afligida, sus ojitos esmeraldas se abrieron desmesuradamente.

— ¿Por qué habría de ser tu culpa? —respingó Harry, y el corazón volvió a darle un vuelco.

— Porque sabes que se iba a enojar cuando supiera que tienes una hija con su mejor amiga. Pero así, cuando lo sepa… Ya no se va enojar mucho, porque ya no es tu novia —concluyó London.

— Mi ruptura con Ginny no tiene nada que ver contigo, ni con tu madre, princesa —le explicó Harry, sumamente estupefacto por las ocurrencias de su hija. London lo miró recelosa.

— Terminé con ella porque… Aunque la quiero mucho, yo no la amo — aclaró Harry.

— ¡Ah!… Como se necesitan amar los esposos, ¿verdad? —resolvió London.

— Exacto —le sonrió Harry, respirando aliviado porque había aclarado las cosas con su hija, y al parecer la niña dejaría el tema por la paz.

Continuaron desayunando, Harry la observaba… Todo parecía tan normal, un papá comiendo con su hija, como en una mañana cualquiera… Pero para él era el sueño que se había hecho por fin realidad, un sueño que había anhelado por cinco años. Hoy, ella, estaba realmente ahí… Y ahora lo llamaba papá.

De pronto los ojitos esmeraldas se clavaron directamente en él.

— ¿Qué pasa? —preguntó intrigado Harry.

— ¿Papá, tú quieres que mi mami vuelva a ser tu novia? —preguntó seria la pequeña castaña.

— London… —exhaló Harry, sintiendo como si le hubiesen dado un golpe fuerte en los pulmones, y su rostro comenzaba a arder.

— Es que anoche dijiste que todavía la amas —recordó London, sus ojos seguían fijos en él.

En ese momento el timbre del departamento sonó, Harry se sintió como salvado por la campana. Se dirigía a averiguar quién había llegado, iba contrariado, ¿Cómo es que a London se le habían ocurrido esas cosas? Primero lo de Ginevra, y ahora esto.

Cuando el ojiverde abrió la puerta se encontró de frente con un par de pupilas marrones, por unos segundos se quedó aturdido…

— ¿Hermione?… ¡Y tú qué haces aquí! —exclamó brusco.

— Hola, Harry… Buenos días —Hermione lo saludó sonriendo vacilante.

— Lo siento, yo… —se disculpó sonrojado Harry.

— No, la que debe pedir disculpas soy yo. Sé que quedamos en que llevarías a London hasta la tarde, pero… —se apresuró a decir Hermione.

— ¿Pasa algo? —preguntó comenzando a preocuparse Harry. Hermione negó, y se asomó a sus espaldas por si London estaba cerca. El ojiverde pareció entender que buscaba a su hija porque le respondió.

— London está en la cocina, desayunando.

Hermione le sonrió agradecida.

— Voy a ir con Luna al centro comercial a comprar los regalos de Navidad. Y ella me hizo ver que no sería muy justo de mi parte excluirte de opinar sobre los obsequios para London —le explicó, aunque Harry no entendió por qué Hermione se ruborizó.

— ¿En serio Luna te dijo eso? —inquirió incrédulo.

— En realidad le dije que sería injusto que ella pagara todo —intervino la voz de Luna, al parecer había estado oculta detrás de la pared.

— ¡Luna! —la reprendió Hermione.

— ¡¿Por qué me regañas?!… Si lo que acabo de decir significa que Harry y yo ya nos estamos comenzando a llevar bien, ¿verdad? —Luna volteó a ver al ojiverde. Harry compuso una mueca sarcástica, la rubia le sonrió divertida.

Una hora más tarde Harry, Hermione, London y Luna llegaron al centro comercial. Mientras subían las escaleras rumbo al primer piso el teléfono celular de la rubia timbró, quedándose unos minutos atrás.

— Era Ron… Me dijo que acompañó a Nym; trajeron a Reny, a Freddie y a París a ver una película. Y querían saber si puedo llevar a London —les explicó cuando se reunió nuevamente con ellos. Harry frunció el entrecejo, la idea de alejarse de London, cuando se suponía que sería su tiempo con ella, no le agradaba en lo absoluto.

Hermione lo regresó a ver, intentando hacerle saber que era una buena idea, les quedaba perfecto porque así no tendrían que inventarse una excusa para que London no se diera cuenta que ellos iban a comprarle sus regalos de Navidad.

— Sí, claro… London puedes ir. ¿No te alegra? Vas a estar con tus amigos, y con tu hermana — resolvió la castaña. Harry regresó a verla con reclamo.

— Mami, ya sé que van a comprar los obsequios de Navidad —dijo con voz tranquila London.

— ¿Cuáles obsequios? No es sobre eso, ¿cierto Harry? —negó Hermione, regresando a ver al ojiverde en busca de apoyo. Harry se apresuró a negar, la verdad es que se sentía tonto por no haberse dado cuenta sobre la situación.

— Mami, yo ya soy grande… Y sé que a los adultos Santa Claus no les trae regalos, porque sus elfos domésticos trabajan mucho con hacer tantos juguetes para los niños. Si él los pusiera a hacer los obsequios de los adultos, sería explotación laboral —señaló London.

— ¿Quién te dijo que los elfos hacen los juguetes? — preguntó sorprendido Harry.

— Mi madrina Luna —respondió la niña, tanto Hermione como él voltearon a ver a Luna, quien les sonrió con suficiencia.

— También dijo que mi mami investigará si a esos elfos les pagan bien, sino irá al Polo Norte a ayudarles a exigir sus derechos… ¿Mami puedo ir contigo?

Harry se rió cuando su hija comentó esto, después de todo algunas cosas en Hermione jamás cambiarían, y eso en el fondo a él le agradaba.

— Aunque, mejor no… Cuando vayas me puedo quedar con mi papá —resolvió London, y entonces se abrazó a Harry. El ojiverde sintió una fuerte sacudida en su interior, y su corazón volvió a saltar, incluso más que las veces anteriores desde la primera vez que lo había llamado de esa forma.

Luna se quedó viendo sorprendida a la pequeña castaña. Hermione sintió que el corazón le dio un vuelco y luego comenzó a latirle con rapidez. ¿Había escuchado bien?, su hija por fin se había referido a Harry llamándolo papá; una sensación extraña y que no podía definir invadió su ser. London la miraba como si todo fuese muy normal, repentinamente y sin poder explicárselo sus ojos marrones se llenaron de lágrimas.

— Mira, esta es la muñeca que London dijo que le iba a pedir a Santa Claus —dijo Harry mostrándole el juguete a Hermione, quien desde que London se había marchado con Luna parecía estar distraída.

— ¿Hermione? —insistió Harry.

— ¡Ah, sí! Disculpa… Bella es su princesa favorita—titubeó la castaña, pasándose un mechón de cabello detrás de su oreja con nerviosismo.

— Sí, ella me lo explicó… —Harry la miraba preocupado. Hermione trató de parecer que nada estaba pasando, pero en su fuero interno no podía dejar de pensar en el hecho de que London ahora llamaba papá a Harry. Pronto todos sabrían que él es el verdadero padre de su hija. La verdad era que estaba aterrada de que llegara ese momento.

— También me dijo que pediría esta muñeca para su hermana —añadió el ojiverde, sintiéndose incómodo.

Hermione tomó la Tinker Bell que Harry le mostraba, y la volvía a colocar en el estante.

— No te preocupes, los obsequios de París los tengo que ver con Draco —dijo soltando un abatido suspiro, ella también se sentía incómoda.

— ¿Ya están mejor las cosas con él? —soltó Harry, por mucho que se había mordido los labios no pudo evitar preguntárselo. Hermione pegó un respingo y sus ojos marrones se dilataron.

— Ah… Lo siento, yo… Tienes razón, no tengo ningún derecho de meterme en tu vida privada —se disculpó sonrojado.

— Harry… Yo te debo una disculpa. Mis problemas con Draco no son algo de lo que me guste hablar… Contigo ni con nadie, honestamente. Pero no debí portarme de esa manera tan grosera anoche, tú no tienes la culpa de lo que está pasando entre él y yo. Y… Quizá entre nosotros no haya una amistad como la de antes, pero tengo claro que sí quiero que me puedas considerar tu amiga —expuso Hermione, tenía las mejillas ruborizadas y jugaba ansiosamente con sus manos. Harry notó que cuando dejó de hablar comenzó a morderse sin piedad el labio inferior, y sus ojos parecían estar haciendo un esfuerzo por mantenerse en los de él, tanto que se irritaron.

— Creo que estábamos por conseguir ser buenos amigos… Pero yo siempre meto la pata, ¿cierto? —señaló con un dejo bromista Harry, tratando de infundirle confianza.

— Yo también, no te preocupes —le sonrió Hermione, y se sintió más relajada.

— Sabíamos que no iba a ser fácil — le devolvió la sonrisa Harry, Hermione negó soltando un suspiro.

Compraron la muñeca y un par de cosas más para London, también algunos obsequios para sus amigos. Habían quedado de encontrarse con su hija y Luna el área de comidas, la cual colindaba con las escaleras que llevaban al piso donde estaba el cine.

Mientras se dirigían hacia su punto de reunión Harry se fijó en la cafetería donde anteriormente había ido con London.

— Vamos allá —propuso el ojiverde señalando el lugar, se le acababa de ocurrir quizá una locura.

— Sí, creo que necesito un café —coincidió Hermione.

Entraron en la cafetería, pero Harry en vez de pedir un par de cappuccinos fue directo a la vitrina de los pasteles y se dedicó a elegir uno. Minutos más tarde salían con una gran caja; y por supuesto le había complacido el antojo a Hermione, aunque no había sido precisamente un café sino una malteada de chocolate.

— Sigo sin entender por qué compraste un pastel —terció Hermione.

— Es una sorpresa para London —dijo Harry, evadiendo su mirada.

— ¿Ella te lo pidió? —respingó la castaña.

— No, claro que no —negó el ojiverde.

— Harry —inquirió Hermione, insistiendo con su mirada.

— Está bien, te lo diré, señora impaciencia —dijo derrotado. — Quiero festejar el cumpleaños de London.

— Pero su cumpleaños es en julio —señaló desconcertada la castaña.

— Sí, bueno… En realidad es para celebrar su existencia. Digo, ya que no he podido partir un pastel con ella en ninguno de sus cinco cumpleaños —le explicó, pero sin darse cuenta había hablado demás.

Hermione lo miró como si le acabara de echar un balde de agua helada en la cara. El rostro de Harry desprendió vapor.

— No, no te estoy reclamando, yo… Ves, te digo que soy experto en meter la pata —se apresuró a aclarar el ojiverde.

— No estoy molesta —negó Hermione. Lo que sucedía era el hecho de que Harry quisiera celebrar esa fecha, le había causado toda una revolución en sus emociones, una vez más, incluso peor que la noche anterior.

— ¡Papá!, ¡Mami! —exclamó la cantarina voz de London, esto hizo a Hermione salir de su abstracción. Ella y Harry voltearon a verla, la niña corría hacia ellos; Luna caminaba detrás de su ahijada.

— ¡La película estuvo muy bonita! —les expresó su emoción London.

— ¿Ah, sí? ¿Te gustó mucho? —preguntó Harry.

— Sí. Saben, se trataba de un papá pez buscando a su hijo, que se lo había robado un buzo, y el papá atravesó todo el océano para encontrarlo —les explicó con admiración la niña. Hermione repentinamente se sintió incómoda, sobre todo porque percibió que Harry la había regresado a ver. El ojiverde sí la había volteado a ver, pero fue una reacción inconsciente.

— ¿Y París? —preguntó Hermione, buscando hacia las espaldas de Luna, como si su hija fuese a llegar desde las escaleras en cualquier momento.

Luna miró avergonzada a su amiga.

— Draco se la llevó. Quería llevarse a London también, pero ella le pidió quedarse —le explicó la rubia, su sonrojo era evidente.

— ¿Draco estuvo aquí? —respingó Hermione. Harry la miró inquieto. London en cambio se había distraído desde hacía rato con los juguetes que había en la vitrina del restaurante de hamburguesas.

— Al parecer en casa de Remus alguien le dijo que habían traído a los niños al cine —dijo vacilante Luna.

— ¿Alguien? —terció con el entrecejo fruncido Hermione.

— Creo que fue mi suegra, ella se quedó cuidando a Rory…—confesó Luna, sumamente abochornada. — De hecho Ron acompañó de regreso a Nym y a los niños… Va a ir por nuestra hija.

Hermione había soltado un resoplido al saber que Molly Weasley había cometido aquella indiscreción, pero debía reconocer que la señora Weasley no sabía lo que estaba pasando entre ella y Draco.

Harry en cambio se molestó con la mamá de su mejor amigo, la información que le dio a Draco por poco y arruina su día con London. Y a todo esto, ¿Desde cuándo la señora Weasley era tan condescendiente con Draco Malfoy?

Minutos más tarde Hermione dijo que ella y Luna se marcharían, y dejaría que Harry se llevara a London; hasta que él la fuese a dejar a casa de los Granger, donde Hermione se estaba quedando desde la noche anterior (sólo que el ojiverde no sabía esto último). No obstante Harry le recordó que tenía preparada una sorpresa para su hija, y quería que ella estuviese presente; incluso invitó a Luna, y le dijo que le avisara a Ron para que se reuniera con ellos.

London apagó las velitas de su pastel, sus padres y sus padrinos le habían cantado alegremente: ¡Happy Birthday!

Tanto Luna como Ron habían encontrado muy tierno el motivo por el que Harry hizo aquel festejo. Aunque el pelirrojo aprovechó esta confesión para hacerle bromas a su mejor amigo.

Mientras comían el pastel London soltó repentinamente una pregunta que los dejó boquiabiertos.

— Mami, ¿es cierto que cuando te enojabas con mi papá le dejabas de hablar muchos días? — Los ojos marrones de Hermione se dilataron y sus mejillas adquirieron un fuerte rubor; los ojitos esmeraldas de su hija la miraban curiosos. Los ojos de Harry en cambio la observaban expectantes.

— Eso no es cierto. Tu madre lo máximo que dejaba de hablarle a Harry eran horas… ¡Y contadas con los dedos! A quien le dejaba de hablar por días, incluso semanas, era a mí. Y ni se inmutaba siquiera. Pero te apuesto que esas horas que no le hablaba a tu papá, ella la pasaba muy mal —intervino Ron, su voz tenía un dejo burlón; y aunque su atención estaba en London miraba de soslayo a Harry.

— Si sigues hablando el que la va a pasar muy mal eres tú, te lo aseguro —subrayó amenazante Hermione, quien evitó la mirada de Harry.

— ¡Qué violenta! Tú y Harry definitivamente son el uno para el otro, los dos son muy agresivos —exclamó con un tono dramático el pelirrojo. London soltó una risita, Harry se movió incómodo en su asiento, pero le lanzó una mirada fulminante a su amigo. Y Luna parecía muy divertida con la escena. Ron regresó a ver a su esposa con una expresión aterrorizada, la rubia le dio un beso para tranquilizarlo, porque cargaba a su bebé.

La pequeña Rory se había quedado dormida en su porta bebé, Ron y Luna se pusieron a jugar memorama con London en la mesa de centro que estaba en la sala.

Hermione salió a la terraza, quedándose maravillada por la vista que se podía apreciar desde ahí. Unos instantes después Harry la alcanzó, parándose a su lado, ella sintió su presencia y no pudo evitar estremecerse; afortunadamente él no pareció darse cuenta de su reacción.

— Hermione… —Harry pronunció su nombre casi como un susurro.

— ¿Sí? —lo regresó a ver la castaña, sus pupilas se dilataron inevitablemente al encontrarse con los ojos esmeraldas.

Harry contuvo la respiración, quería compartirle lo que London había mencionado esa mañana sobre su relación con Ginny, incluso contarle que él ya no estaba saliendo con la pelirroja. Quería que ella pudiera leerle los pensamientos como antes, él solía ser como un libro abierto para ella, pero ahora era como si una pared de concreto se lo impidiera.

— Nada… —suspiró sin atreverse a decirle, mientras que sus ojos evadieron su mirada. Sí, definitivamente no tenía por qué contárselo, a Hermione qué le podía interesar saber sobre su ruptura, no era un tema que le gustaría hablar con su ex, bueno es que ella no precisamente era su ex, era algo complicado. Ellos no habían sido pareja, ellos estuvieron enamorados, sólo que el tiempo no coincidió para ellos. Sólo había un intermedio entre el amor y el dolor, ella sufrió en el pasado, y ahora era él el que sufría.

— ¿Nada? —repitió Hermione chasqueando la lengua. — Harry, no me digas eso, si se nota que estás preocupado —evidenció seria, el ojiverde la miró sobrecogido; sería posible que ella hubiese podido volver a leerle los pensamientos.

— Y te entiendo… Ahora que London ha comenzado a llamarte papá, sabes que pronto tendremos que explicárselo a todos… Mira, sé que aunque te importa la reacción de los Weasley, tu mayor temor es cómo lo va tomar Ginny — señaló Hermione, sintiendo una punzada en el corazón al mencionar lo último.

— No me preocupa eso… —negó Harry, decepcionado, porque aunque su preocupación estaba indirectamente relacionada con Ginny, no era precisamente por lo que ella pudiese pensar sobre el hecho de que London es su hija.

— Pero quiero que sepas que… Estoy lista para afrontar las consecuencias de esta verdad. De la cual soy totalmente responsable —añadió Hermione, sin escuchar lo que él había dicho.

— ¿Qué? —saltó sorprendido Harry, cuyos ojos esmeraldas se abrieron desmesurados por lo que ella acababa de decir.

— Voy a darle la cara a Ginny, le explicaré que lo que sucedió hace seis años fue porque yo… —dijo aparentemente segura, aunque se mordía sin piedad el labio.

— Hermione, ni siquiera te atrevas a decir algo como eso… Porque lo que ocurrió entre nosotros fue una decisión de los dos —atajó molesto Harry, advirtiendo hacia dónde iba Hermione.

— Harry… —quiso proseguir la castaña.

— Y quizá no hemos hablado realmente sobre esa noche, pero lo que sí es claro es que fue lo más maravilloso que nos pudo pasar… Al menos para mí lo fue. Porque de ese momento nosotros tenemos la dicha de ser los padres de London —exclamó Harry, su respiración era violenta. Hermione sintió que el corazón le daba vuelcos, y repentinamente tuvo ganas de llorar.

— Hermione siendo honesto, darles explicaciones no es algo que yo quiero hacer, pero si tú lo necesitas… Por qué no sólo decimos que en ese tiempo nos amamos, y que lo único que deben entender es que London es el fruto de ese amor —concluyó decidido, sus ojos verdes refulgieron.

— No podemos decir eso… Porque es una gran mentira —señaló Hermione, sin aliento, sentía que si decía una palabra más ya no podría contener sus lágrimas.

Harry la miró impactado: "¡Dile la verdad!", le gritaba la voz en su cabeza. Sentía sus latidos en la garganta y la sangre correrle aceleradamente por las venas, pero no pudo pronunciar palabra alguna.

Las pupilas marrones de Hermione estaban fijas en las de él, las lágrimas acumuladas en ellas las hacían brillar de una forma vulnerable, tan vulnerable como las vio la noche en la que concibieron a London. Sin pensar en lo que estaba haciendo tomó a Hermione por los hombros y sin más la besó, fue un beso lleno de ansia y de ganas de demostrarle que lo que ella había dicho era la verdadera mentira, porque él, él la amó esa noche, la amó desde el principio, y que justo ahora la amaba más que siempre"

Hermione se quedó paralizada, su corazón le latía con fuerza en el pecho, y en ese momento no podía pensar en nada…

Harry ponía presión en sus labios, pero cuando sus pulmones reclamaron oxígeno tuvo inevitablemente que separarse de ella; sus ojos esmeraldas buscaron de inmediato una respuesta en los marrones, y sin embargo Hermione evitó encontrarlos. Harry hubiese preferido mil veces que ella le plantara una bofetada y no esa fría indiferencia.

— ¡Mami! —se oyó la vocecita de London acercándose.

— Es hora de irnos —dijo Hermione sin regresar a verlo, apresurándose de vuelta hacia la sala.

Harry se apuró a alcanzarla, y la detuvo tomándola torpemente de la mano, Hermione lo volteó a ver con las pupilas dilatadas… En ese instante London llegó a la terraza, y miró a sus padres con extrañeza porque ambos parecían estar comportándose raro.

Hermione puso su atención en su hija. — London nos vamos, ve por tus cosas — le ordenó.

— ¿Qué? ¡No! Papá, ¿no le dijiste que quiero quedarme? —replicó la pequeña castaña, mirando con desilusión a Harry.

— Hermione, permite que London se quede conmigo unos días más, por favor… Ella volverá contigo el día previo a la Navidad… ¡Lo prometo! —exclamó apurado Harry.

Hermione evitó a toda costa cruzar su mirada con la de Harry, y mantuvo sus ojos en su hija, quien la veía esperanzada. — Sí… Puedes quedarte, mi amor —aceptó, acariciándole su carita a London. La niña sonrió radiante, luego se separó de su madre y corrió a abrazar a Harry. Hermione soltó un suspiro que bien pudo ser un sollozo, y se apresuró hacia la sala.

Harry y London la siguieron, ahí el ojiverde se dio cuenta que Ron y Luna ya se habían marchado.

La castaña tomó del sofá su bolso y su abrigo, y atravesó la estancia con dirección a la puerta como si fuera una exhalación.

Cuando la puerta se cerró Harry se quedó observándola… Deseaba con todo su ser que Hermione le hubiese dicho que aún lo amaba, pero la realidad era que ella estaba enamorada de Draco. Y a pesar de que ahora estuviesen pasando un contratiempo en su relación, eso no significaba que ella iba a dejarlo, y él no debía desear que eso ocurriera siquiera. ¿Qué era lo que acababa de hacer? ¡Ah, claro!… Arruinar las cosas, como siempre. Sintiéndose pésimo soltó un desolado suspiro.

— ¿Papá, te pusiste triste? —preguntó con preocupación London.

— ¿Qué?… No—negó Harry, hincándose para quedar a la altura de London. — No tengo por qué sentirme triste, si tú estás aquí conmigo —le aseguró abrazándola, cualquier sentimiento de tristeza se desvaneció al sentir la calidez que le brindaba al corazón estar entre los brazos de su hija.

Para Harry los días al lado de su hija se estaban yendo demasiado rápido… El 22 de diciembre por la mañana llevó a London a La Madriguera, porque la niña le pidió visitar a sus padrinos y a la pequeña Rory.

Harry no tenía ganas de ir porque no quería encontrarse con Ginny, pero al parecer el cielo estaba a su favor, la pelirroja no se encontraba en su casa cuando ellos llegaron.

— Señora Molly, gracias por dejarme decorar con usted su árbol —dijo London cuando colocaba la figura de un reno en el pino de Navidad.

— No tienes nada que agradecer, cariño —le sonrió la señora Weasley, acariciándole sus bucles castaños.

— Es que en casa de mis abuelitos mi… Guardián, lo adornó solo —señaló London, pero se detuvo antes de decir mi papá al referirse a Harry; y aunque había regresado a verlo momentáneamente, después bajó su mirada, parecía avergonzada. Él sintió un punzón muy fuerte en el corazón al escucharla.

— Harry, cielo… Se quedarán a comer, ¿verdad? —insistió Molly Weasley, Harry regresó a verla aturdido, al parecer la señora Weasley llevaba unos minutos tratando de obtener su respuesta.

Para el atardecer Harry le cumplió su deseo a London de llevarla a un lugar donde pudiera jugar en la nieve, esta vez los acompañó Severus Snape.

La pequeña castaña brincaba divertida entre los copos de nieve que caían del cielo, pero que debido a la magia de la niña estos bailaban a su alrededor formando espirales. Harry la observaba con una radiante sonrisa, y sus ojos esmeraldas tenían un brillo especial.

— London tiene tanta magia, igual que su abuela… Y es que ella es idéntica a su abuela —comentó con un suspiro de nostalgia Snape, Harry lo regresó a ver impactado, y para su mayor sorpresa los ojos negros de Severus Snape estaban iluminados.

— Severus, no había tenido tiempo de agradecerte el hecho de que siempre estés al pendiente de London… Mientras está en colegio, o cuando yo tengo que dejarla en casa de Remus, en casa de los Granger —expresó Harry, comenzando a escucharse muy intranquilo.

— Descuida Harry… Ella estará a salvo —lo tranquilizó Snape.

— No lo sé, Severus… Ellos han estado muy calmados, es casi como si hubiesen desaparecido realmente —dijo Harry refiriéndose a los mortífagos, su mandíbula se puso tensa. — ¡Es desesperante no tener la mínima señal de donde puedan estar! Porque en cualquier momento pueden sorprendernos, y yo… —exclamó con la respiración alterada, lanzándole una mirada llena de angustia a su hija, la pequeña castaña, ajena al miedo de su padre, continuaba disfrutando de la danza que los copos tenían en torno a ella.

— Harry, tú puedes protegerla. Porque tú no eres como yo…—subrayó Severus Snape. — Pero yo… ¡Juro que no volveré a fallarle a Lily! —concluyó con convicción. Harry asintió, aún conmocionado.

— ¡Mira, papá!… ¡Mira lo que pude hacer! —exclamó maravillada London, quien corría hacia ellos. Harry intentó recobrarse para no alarmar a su hija.

— Se lo voy a regalar a mi mami —dijo emocionada, mientras les mostraba en su manita un pequeño copo que parecía sólido; ella lo había cristalizado con magia.

— Es perfecto y hermoso… Como tú —le sonrió Harry, dándole un golpecito en la barbilla, era el gesto de complicidad entre los dos. London sonrió, luego regresó a ver a Severus Snape, que la miraba con orgullo.

— Profesor Sev… ¿Le puedo decir abuelito? —le preguntó con timidez London, parecía que había estado debatiéndose mucho antes de preguntárselo. Luego comenzó a morderse el labio inferior en lo que aguardaba su respuesta.

Snape la quedó viendo boquiabierto, ¿era en serio lo que la niña le acababa de pedir? Eran pocas las cosas buenas que le habían sucedido en su vida, y sin lugar a dudas esta era la mejor.

— Sí… Por supuesto que puedes —soltó titubeando, porque la verdad es que estaba sumamente conmovido. London soltó una risita alegre y lo abrazó.

Severus Snape correspondió al abrazo, no pudo continuar aparentando ser una persona sin sentimientos; con London se mostró completamente como se sentía cada vez que la miraba, y es que ella llevaba la sangre de Lily Evans, el amor de su vida, y él quería a esa pequeña como si también fuera su nieta.

— Y papá… ¿Me perdonas? —musitó London, con su carita gacha y sus mejillas fuertemente ruborizadas.

— ¿Qué es lo que debo perdonarte? —preguntó desconcertado Harry.

— Perdóname por no decirte papá delante de la Señora Molly, pero… Es la mamá de Ginny, y aunque ella ya no sea tu novia, creo que no le iba a gustar que su mamá se enterara primero que yo soy tu hija. Además… Quiero que mi mami esté contigo para que los dos lo digan — señaló London, y al final alzó su carita, sus ojos lo miraban muy abiertos, como si estuviese sorprendida de sus propias palabras. Los ojos de Harry también se dilataron.

— London, princesa… Tu mamá y yo hemos hablado sobre eso… Y ambos nos preguntamos cuándo quieres que los demás lo sepan —dijo un poco tenso el ojiverde.

— Yo… Podemos decirlo el último día del año —resolvió London.

— ¿Por qué elegiste ese día? — preguntó extrañado Harry.

— Porque mi mami dice que un año nuevo es una oportunidad de comenzar otra vez. Y yo quiero comenzar este año con que todos sepan que tú eres mi papi —le explicó London, y sus ojitos esmeraldas brillaron radiantes. Harry se quedó sin aliento.

I'm sorry

Gracias por leer y por sus comentarios.

Yali, Fabi mi agradecimiento eterno por su amistad.

Capítulo inspirado en la canción Your Guardian Angel/The Red Jumpsuit Apparatus.

Este episodio debió ser publicado el pasado 11 de agosto, porque ese día cumplió años mi pequeña princesa, la hija de mi corazón. A quien le dedico esta historia.

Anyeli Potter Granger

19 de Septiembre del 2016