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(¸.•´ (¸.•` ¤ ❀ ❁CAPITULO 36

Terry...

Encuentro a Candy junto a la piscina, descansando con un libro debajo de una sombrilla. Tiene las delgadas piernas cruzadas por los tobillos y lleva puesto un bikini blanco sin tirantes. La piel le brilla con gotitas de agua. Debe de haber estado nadando hace poco.

Al oír mis pasos se sienta y deja el libro en la mesa de al lado.

—Hola —dice con suavidad cuando me acerco a su hamaca.

Las gafas de sol que lleva son demasiado grandes para su cara tan pequeña: parece una libélula. Me anoto mentalmente que cuando vaya a Bogotá tengo que comprarle unas que le queden mejor.

—Hola, mi niña —murmuro, sentándome en su hamaca.

Alzo la mano, le quito las gafas y me inclino hacia adelante para darle un beso corto pero profundo en la boca.

Sabe a sol con esos labios suaves y tiernos; la polla se me pone dura por la proximidad de su cuerpo casi desnudo.

«Esta noche», me prometo al levantar la cabeza. «La volveré a poseer esta noche».

—¿Sobre qué iba la reunión de esta mañana? —me pregunta con la respiración un poco entrecortada después del beso. Sus ojos verdes muestran curiosidad y algo de cautela cuando me miran. Está poniéndome a prueba de nuevo para ver cuánto estoy dispuesto a compartir con ella en este momento.

Lo pienso un momento. Me tienta seguir manteniéndola en la ignorancia. A pesar de todo, Candy todavía es muy inocente e ignorante con respecto al mundo real. Lo conoció un poco en aquel almacén, pero eso no es nada comparado con los asuntos de los que me ocupo a diario. Quiero continuar protegiéndola de la naturaleza brutal de mi realidad, pero ya no hay seguridad en la ignorancia porque mis enemigos la conocen. Además, tengo el presentimiento de que mi joven esposa es más fuerte de lo que aparenta. Tiene que serlo, que sobrevivirme.

Tomo una decisión y le ofrezco una ligera sonrisa.

—Solo analizando a dos unidades Al-Quadar —digo observando su reacción—. Ahora estamos determinando cómo eliminarlas y cómo capturar durante el proceso a algunos de sus miembros. La reunión era para coordinar la logística de esa operación.

Abre los ojos un poco más, pero disimula muy bien su asombro ante lo que le cuento.

—¿Cuántas unidades hay? —pregunta moviendo la silla hacia delante. Veo que aprieta un puño, aunque la voz la sigue teniendo tranquila—. ¿Cómo es de grande su organización?

—Nadie lo sabe, excepto los líderes mayores. Por eso es tan difícil erradicarlos. Están esparcidos por todo el mundo, como una plaga, pero se han equivocado al querer jugar sucio conmigo. Se me da muy bien exterminar plagas.

Candy traga saliva y se muestra reflexiva, pero continúa manteniéndome la mirada. «Chica valiente».

—¿Qué querían de ti? —pregunta—. ¿Por qué decidieron jugar sucio?

Dudo un momento y después decido ponerla al día. Llegados a este punto, será mejor que sepa toda la historia.

—Mi empresa desarrolló una bomba nueva, una bomba explosiva muy poderosa que es casi imposible de detectar—le explico—. Solo hacen falta un par de kilos para poder hacer estallar a un aeropuerto mediano y unos doce kilos podrían acabar con una ciudad pequeña. Tiene la fuerza explosiva de una bomba nuclear, pero no es radiactiva y el material del que está hecha es parecido al plástico, así que se le puede dar la forma de casi cualquier cosa… incluso la del juguete de un niño.

Se me queda mirando fijamente y palidece. Comienza a entender las implicaciones de esto.

—¿Por eso no querías dárselas? —pregunta—. ¿Porque no querías poner un arma tan peligrosa en manos de los terroristas?

—No, no exactamente. —Le lanzo una mirada compasiva.

Me resulta muy dulce que me achaque razones nobles, pero a estas alturas debería conocerme mejor—. No, solo que es difícil producir el explosivo en grandes cantidades y ya tengo una larga lista de compradores esperando. Al-Quadar estaba casi al final de la lista, o sea, tendría que esperar años, si no décadas, para que yo se la proporcionara.

A pesar del asombro de Candy, su expresión no cambia.

—¿Entonces quién está el primero en la lista? —dice sin reparo—. ¿Otro grupo terrorista?

—No. —Río—. Para nada. Es nuestro gobierno, mi niña. Han hecho un pedido tan grande que tendrá mis fábricas ocupadas durante años.

—Ah, ya veo. —Al principio parece aliviada, pero luego frunce el ceño de manera desconcertante y arruga la tersa frente—. ¿Entonces los gobiernos legítimos también te compran? Creía que el ejército estadounidense fabricaba sus propias armas…

—Así es. —Sonrío por su ingenuidad—. Sin embargo, no dejarían pasar la oportunidad de tener algo así. Y cuanto más compran ellos, menos puedo vender a los otros. Es un acuerdo que nos viene bien a todos.

—Pero ¿por qué no te las quitan a la fuerza, y ya está? ¿Por qué no te cierran la fábrica? —Se me queda mirando confundida—. A ver, si saben que existes, ¿por qué permiten que fabriques armas ilegales?

—Porque si no lo hago yo, lo hará otro… y esa persona podría no ser tan racional ni pragmática como yo. —Veo la mirada incrédula de Candy y sonrío aún más—. Sí, mi niña, lo creas o no, el gobierno estadounidense prefiere negociar conmigo, que no tengo a Estados Unidos ningún rencor en particular, que tener a alguien como Majid a cargo de una operación similar.

—¿Majid?

—El cabronazo que mató a Karen. —Alzo la voz y ya no queda ni rastro de mi diversión—. El responsable de secuestrarte en la clínica.

Candy se tensa cuando nombro a Karen y veo cómo vuelve a cerrar los puños.

—El Trajeado; así lo llamaba mentalmente —murmura con una mirada que parece distante durante un momento—porque llevaba puesto un traje, ya sabes…—Parpadea y luego vuelve a fijar la atención en mí—. ¿Ese era Majid?

Asiento, manteniendo la expresión impasible a pesar de la ira que me corroe por dentro.

—Sí, ese mismo.

—Ojalá no hubiera muerto en la explosión —dice sorprendiéndome por un momento. Los ojos le brillan con pesimismo a la luz del sol—. No merecía una muerte sin sufrimiento.

—No, no la merecía. —Ahora comprendo lo que quiere decir. Al igual que yo, desea que Majid hubiera sufrido. Tiene sed de venganza, lo oigo en su voz y lo veo en su rostro. Eso hace que me pregunte qué habría pasado si hubiera acabado con Majid por compasión. ¿Realmente habría sido capaz de herirlo? ¿De causarle tanto daño que rogaría para morir?

Es una idea que me resulta más que intrigante.

—¿Alguna vez trajiste aquí a Karen? —me pregunta interrumpiendo el hilo de la conversación—. A este complejo, quiero decir.

—No. —Niego con la cabeza—. Antes de que se quedara en la isla, ella viajaba conmigo y no pasé por aquí durante mucho tiempo.

—¿Por qué no?

Me encojo de hombros.

—No era mi sitio preferido, supongo —digo con indiferencia, haciendo caso omiso de los oscuros recuerdos que inundan mi mente ante su pregunta inocente. Pasé gran parte de mi infancia en la finca, donde el cinturón y los puños de mi padre imperaban hasta que fui lo suficientemente mayor para contraatacar. Es aquí donde maté al primer hombre y donde vine a rescatar el cadáver ensangrentado de mi madre hace doce años. Hasta que no reformé la casa por completo no soportaba la idea de venir a vivir aquí de nuevo e incluso ahora, solo la presencia de Candy hace que estar aquí sea tolerable.

Me pone la mano en la rodilla y me hace volver al presente.

—Terry… —Hace una pausa, insegura. Después parece que se decide a seguir adelante—. Hay algo que me gustaría preguntarte —dice en voz baja, pero con firmeza.

Enarco las cejas.

—¿Qué es, mi niña?

—Vi clases en casa —dice apretándome inconscientemente la rodilla con la mano—. Defensa personal y tiro, esas cosas…y me gustaría reanudarlas aquí, si es posible.

—Entiendo.

Esbozo una sonrisa. Mis especulaciones anteriores eran ciertas, parece. Ya no es la misma Candy asustada e indefensa que traje a la isla. Esta Candy es más fuerte, más resistente… e incluso más atractiva. Recuerdo haber leído sobre esas clases en el artículo de Lucas, conque su petición no me coge totalmente por sorpresa.

—¿Quieres que te enseñe a luchar y usar armas?

Ella asiente.

—Sí, o quizá otra persona que me enseñe si tú estás ocupado.

—No. —Pensar que alguno de mis hombres ponga las manos en ella, aunque sea para instruirla, me enfada—. Te enseñaré yo mismo.

Decido empezar a entrenar a Candy esa misma tarde, después de ponerme al día con unos correos electrónicos sobre negocios. No sé por qué, pero me gusta enseñarle defensa personal. No quiero que se vuelva a encontrar en una situación peligrosa, pero aun así quiero que sepa protegerse si surge la necesidad.

Soy consciente de la paradoja de lo que estoy haciendo. La mayoría de las personas diría que soy yo quien debe protegerla y seguramente sea cierto. Me importa una mierda, sin embargo. Candy es mía y haré todo lo posible para mantenerla a salvo, aunque eso conlleve enseñarle cómo matar a alguien como yo.

Cuando acabo con los correos electrónicos voy a buscarla a casa. Esta vez la encuentro en el gimnasio, corriendo en la cinta estática a toda velocidad. A juzgar por el sudor que le cae por la esbelta espalda, ya lleva corriendo un rato.

Con cuidado de no asustarla me acerco a ella por el lado.

Al verme reduce la velocidad de la cinta, disminuyendo hasta el trote.

—Hola —dice sin aliento y alcanzando una toalla pequeña para secarse la cara—. ¿Es hora de entrenar?

—Sí, tengo un par de horas.

Mi voz suena baja y ronca mientras un arrebato de excitación que me resulta familiar me endurece la polla. Me encanta verla así, casi sin respiración, con la piel húmeda y brillante. Me recuerda al aspecto que tiene después de un rato de sexo sucio. Por supuesto, que solo lleve puestos unos pantalones cortos de correr y un sujetador deportivo no ayuda. Quiero lamer las gotitas de sudor de su barriga plana y delicada para después lanzarla a la alfombra más cercana para echar un polvo rápido.

—Perfecto. —Esboza una gran sonrisa y para la cinta. Luego baja de la máquina y coge su botella de agua—. Estoy lista.

Parece tan entusiasmada que decido posponer lo de la alfombra por ahora. Una recompensa atrasada puede ser buena idea y voy a hacerlo específicamente para que ella entrene.

—Genial —digo—. Vamos.

Y cogiéndola de la mano, la guío fuera de la casa.

Vamos al campo donde suelo entrenarme con mis hombres. A estas horas del día hace mucho calor para hacer un ejercicio fuerte, por lo que la zona está prácticamente vacía. Aun así, cuando pasamos vemos unos pocos guardias que miran a Candy a escondidas, lo que me hace querer arrancarles los ojos. Creo que se dan cuenta porque miran hacia otro lado en cuanto me ven. Sé que no es racional ser tan posesivo con ella, pero no me importa. Ella me pertenece y todos tienen que saberlo.

—¿Qué hacemos primero? —me pregunta mientras nos acercamos a una caseta que hay en la esquina de la zona de entrenamiento.

—Tiro. —La miro de reojo—. Quiero ver cómo se te dan las armas.

Ella sonríe y los ojos le brillan con entusiasmo.

—No se me da mal —dice con una seguridad en sí misma que me hace sonreír. Parece que mi niña aprendió algunas cosas mientras yo no estaba. Me muero de ganas de ver la demostración de sus nuevas habilidades.

Dentro de la caseta hay algunas armas y materiales de entrenamiento. Entro y elijo algunas de las armas más usadas normalmente, desde una pistola de 9 mm a un fusil M16. También cojo un AK-47, aunque quizá ella sea muy pequeña para usarla con facilidad.

Después salimos al campo de tiro. Hay unos cuantos blancos colocados a diferentes distancias. Le hago que empiece con el blanco más cercano: unas doce latas vacías de cerveza apoyadas sobre una mesa de madera a unos quince metros. Le entrego la pistola de 9 mm y le enseño a usarla y a fijar el objetivo en las latas.

Para mi sorpresa, alcanza diez de las doce latas en el primer intento.

—¡Vaya! —murmura al bajar el arma—. No me puedo creer que haya fallado esas dos.

Sorprendido e impresionado, le hago probar las demás armas. Ella se encuentra cómoda con la mayoría de las pistolas y los fusiles de caza; vuelve a dar en el blanco la mayor parte de las veces. Los brazos le tiemblan cuando intenta apuntar con el AK-47.

—Vas a tener que ponerte más fuerte para coger esa —le digo quitándole el fusil.

Ella asiente y coge su botella de agua.

—Sí —dice entre sorbos—. Quiero ponerme más fuerte y ser capaz de manejar todas esas armas, como tú.

No puedo evitar reírme ante eso. Aunque es fácil de tratar, Candy tiene una vena competitiva. Ya lo había notado antes cuando participamos en aquella carrera de cinco kilómetros en la isla.

—Vale —le digo todavía riendo. Le cojo la botella, doy un sorbo y luego se la devuelvo—. También puedo entrenarte para que te pongas más fuerte.

Practica el tiro unas pocas veces más y luego volvemos a la caseta. Después la llevo al gimnasio interior para enseñarle algunos movimientos básicos de lucha.

Lucas está allí, peleando con tres guardias. Al vernos entrar se detiene y saluda a Candy con respeto, clavando los ojos fijos en su rostro. Ya sabe lo que siento por ella y es lo suficientemente inteligente para no mostrar ningún interés en su cuerpo delgado y medio desnudo. Los oponentes, en cambio, no son tan listos y hace falta una mirada asesina de mi parte para que dejen de mirarla boquiabiertos.

—Hola, Lucas —dice Candy sin hacer caso a esta pequeña interacción—. Me alegro de volver a verte.

Lucas esboza con cuidado una sonrisa neutral.

—Yo también, señora Graham.

Para mi fastidio, a Candy parece que le pesa el apellido y mi leve enfado con los guardias se transforma en enfado repentino hacia ella. Siento su reticencia a casarse conmigo como una espina infectada en el fondo de mi ser y no tarda mucho en volver la sensación que tuve en la iglesia.

A pesar del supuesto amor que ella siente por mí, sigue negándose a aceptar nuestro matrimonio y yo ya no estoy dispuesto a ser sensato y olvidar.

—Fuera —grito a Lucas y a los guardias, dirigiendo mi pulgar hacia la puerta—. Necesitamos este espacio.

Se retiran al momento, dejándonos solos a mí y a Candy.

Ella da un paso hacia atrás, recelosa. Me conoce bien y sé que nota algo raro.

Como de costumbre, se lo huele.

—Terry —dice con cautela—. No era mi intención reaccionar así. Solo que no estoy acostumbrada a que me llamen así. Solo es eso.

—¿De verdad, mi niña? —Mi voz parece de seda y no refleja nada de la furia que hierve en mi interior. Doy un paso hacia ella, levanto la mano y le paso suavemente los dedos por la mandíbula—. ¿Prefieres que no te llamen así? ¿Quizá deseabas que no hubiera vuelto a por ti?

Sus ojos enormes se agrandan aún más.

—No, ¡claro que no! Te dije que quiero estar aquí contigo.

—No me mientas.

Las palabras suenan frías y cortantes mientras dejo caer la mano. Me enfurece que esto me importe tanto, que deje que algo tan insignificante como los sentimientos de Candy me molesten. ¿Qué más da si me quiere? No debo querer eso de ella, no debo esperarlo y aun así lo hago. Es parte de esta puta obsesión que tengo con ella.

—No miento. —Niega con vehemencia dando un paso atrás.

Tiene la cara pálida en la luz tenue de la habitación, pero su mirada es directa y firme—. No debería querer estar contigo, pero así es. ¿Crees que no me doy cuenta de lo mal que está esto, de lo desastroso? Me secuestraste Terry, me forzaste.

La acusación cae entre nosotros, dura y pesada. Si yo fuera un hombre diferente, una mejor persona, habría mirado a otro lado y estaría arrepentido por lo que hice.

Pero no lo estoy.

No quiero engañarme y no lo voy a hacer ahora. Cuando secuestré a Candy sabía que estaba cruzando una línea, que caí muy bajo. Lo hice con el total conocimiento de en lo que eso me convierte: una bestia inexorable, un destructor de la inocencia. Es una etiqueta con la que estoy dispuesto a vivir para tenerla. Haría lo que fuera para tenerla.

Así que, en lugar de mirar para otro lado, le mantengo la mirada.

—Sí —digo en voz baja—. Lo hice.

Ya no estoy enfadado, ahora lo he cambiado por un sentimiento que no quiero analizar con detenimiento. Doy un paso hacia ella, vuelvo a alzar la mano y le acaricio la gran suavidad del labio inferior con el pulgar. Ella separa los labios cuando los toco y la ira que me lleva dominando todo el día aumenta, me come por dentro.

La quiero. La quiero y pienso poseerla.

Después ya no tendrá ninguna duda de que me pertenece.

CONTINUARA