Berwald Oxenstierna: Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden

Una vez llegamos a una especie de base secreta, en donde había un pequeño caos producto de la lluvia. Muchos de ellos lucían jóvenes y fatigados. Nos empujaron para que entráramos en una de las enormes tiendas que permanecía ocultas tras mucho forraje. En el interior, una pequeña fogata se encontraba en el centro, rodeado de jóvenes que hablaban en voz baja, mientras extendían ropa y hojas cerca de las llamas, para secarlas. Algunas goteras eran parchadas rápidamente y muchas ollas y cuencos se hallaban dispersos en el suelo del lugar, deteniendo el flujo de las goteras la tierra que, a pesar de todos los esfuerzos, estaba húmeda. Las llamas a su interior danzaban a pesar del frio, otorgando al aislado refugio un aura acogedora. Al fondo, se encontraban dos hombres más y una mujer. En una esquina tenían apilados libros de texto y papeles escritos algo humedecidos, incluso se montaron un pequeño laboratorio, donde un mechero de aceite calentaba una solución amarillenta algo pastosa. Una vez se nos dejó apartados, el grupo se bajó las capuchas, demostrando que todos eran bastantes jóvenes. Algunos llevaban encima uniformes desgastados de la milicia de Finlandia, quizás ocultados cuantos años de los ojos rusos. Dos mujeres más se encontraban entre el grupo y atendieron enseguida unas ollas y mantas, que trajeron para nosotros.

La mujer que se encontraba al fondo una vez que llegamos, nos inspeccionó bajos sus lentes sin limitarse.

― ¿Y estos? ―preguntó, señalándonos con una pipa que sostenía en sus manos. El hombre líder del grupo, habló manteniendo la voz en un volumen adecuado.

―Rehenes. Decidimos traerlos por que traen cartas encima de nuestro Finlandia y deben llegar a Suecia con ellas. Vienen así vestidos de rusos, según ellos de polizontes. Traen dinero sueco e identificaciones.

―Muestra―ordenó la mujer alzando una mano y el hombre pidió nuestras cosas.

Inspeccionó las cartas un momento y sentí vergüenza cuando una de sus cejas se alzó, mientras en su rostro se pintaba una sonrisa burlesca. Dejó las cartas a un lado y continuó con el dinero, el cual contó rápidamente.

―Tenemos para vivir provisionados unos buenos meses... genial―dijo la mujer, guardándose el dinero en sus bolsillos.

Tino miró aquel acto y descendió la cabeza. Tragué con algo de dificultad, aun sintiendo unas manos apresando mis brazos.

La mujer continuó con nuestras pertenencias. Sacó el libro erótico y nos juzgó con la mirada. Lo dejó encima de la mesa y sus ojos se posaron en nuestras identificaciones. Las tomó entre sus dedos, frunciendo el ceño al analizarlas. Las identificaciones consistían en unas medallas con símbolos patrios propios de cada país y todas las naciones las portaban y quienes no, traían encima una simple flor nacional empastada o algo que los identificara como únicos. Hace mucho tiempo, Inglaterra intentó hacer un registro de qué cosas eran las que nos identificaban y una lista de algunos países se dispone en las bibliotecas más importantes de Europa y Estados Unidos.

―Oye Jukka, ¿Sabes qué es esto? ―señalo la mujer, dando una bocanada de su pipa, y jugando con la cinta tricolor de Lukas.

Lukas me dirigió una mirada fugaz y le intenté dar calma.

―Pues... ¿Identificaciones? ―respondió el líder del grupo, algo fastidiado por la pregunta.

―Hmmm... ―la mujer revisó la de Tino y luego la mía―Bien, muy bien. Hoy tendremos castigados.

Las quejas fueron casi audibles sobre la lluvia, ya que asumieron que los regañados serían ellos.

―Si el regaño es por traer a estos mugrosos de aquí, los tiramos afuera enseguida―se atrevió a sugerir un joven uniformado, hablando con la boca llena de pan y queso.

Tino miraba aquello casi ido, pero aferré su mano con más fuerzas para entregarle calma. Abrí la boca para hablar, pero la mujer voluptuosa habló más fuerte:

―Jarko, tú con tus conocimientos de medicina, ve a jugar con nuestros rehenes, llévate la pinza y comienza por sacarle los ojos a uno de ellos... preferiría al más bajo, ese que me mira con cara de odio.

La orden llegó a quien sugirió nuestra expulsión y él, extrañado, nos miró con los ojos abiertos. Lukas se sobresaltó enseguida y se apegó a Tino.

El grupo se dividió y vieron que Tino era el más bajo. Los más fuertes nos intentaban apartar a Lukas y a mí de su lado y Tino comenzó a pelear furiosamente. Intenté torcer los brazos de mis captores, ya que eran bajos y delgados. Di patadas, codazos y grité, lo que me hizo ganar un gran golpe en la mandíbula que me produjo un corte en el labio. Lukas mordió con tal brutalidad a uno de sus contenedores, que su boca quedó llena de sangre. Lukas no parecía el mismo, con el cabello corto y el rostro manchado. Caminando con fuerzas, arrastrando a los hombres conmigo, llegué con dificultad donde Lukas para traerlo conmigo e ir tras de Tino, pero uno de los jóvenes, aprovechó un pequeño descuido y pateó la entrepierna de Lukas. Obviamente después de eso, no fue difícil contener a Lukas.

Tino era arrastrado por tres hombres más, mucho más fuertes que él y yo continué forcejeando a duras penas con cuatro de ellos sobre mí. Me arañaron el cuello y el rostro. Desesperado, comencé a gritar en sueco, cada vez llegando más cerca de Tino.

―Tranquilo. No dolerá mucho―respondió ese tal médico, calentando las pinzas en una llama.

Tino se retorcía con bastantes fuerzas. Llamó por mí y cada grito suyo era más intenso que el anterior. Golpeé con tal fuerza a uno de los chicos, que quedó noqueado en el suelo. Aproveché de sacar una pistola, pero que por desgracia estaba descargada.

La mujer se levantó de su lugar viendo la escena con calma, fijándose en Tino, su nueva víctima. Unas manos enormes y sucias tiraron el escaso cabello de Tino y el supuesto uniformado abrió uno de sus párpados. Me arrastré, llegaría hasta ese falso médico y yo le arrancaría los ojos con mis dedos. Lukas gritaba con rabia, intentando arrastrarse por el suelo.

El médico se detuvo con las pinzas en su mano diestra, observando con dedicación las llorosas pupilas de Tino. La mujer alzó una mano para que el escándalo terminara y sólo se escuchaban los reclamos jadeantes de Lukas.

― ¡Suéltenlo! ―grité, sin medir la intensidad de mi voz.

Mis lentes se cayeron, pero pude distinguir la silueta de la mujer apuntándome con una pistola.

―Cállate―dijo y luego, palmeó la espalda del hombre con las pinzas.

Tino escupió en su rostro e intentaba mover la cabeza con fuerzas, a pesar de que abrían su párpado con fiereza.

―Son boreales... ―dijo algo consternado por sobre la respiración agitada de Tino.

El bullicio terminó bruscamente. Rápidamente, el médico se levantó de su lugar y se dirigió a mi lado. Sus manos alzaron mi cabeza y sus dedos sucios abrieron uno de mis párpados, causándome escozor. El joven regresó al lado de Tino y su pinza fue abandonada sobre un cuenco dispuesto a recibir los ojos de Tino.

La mujer rio y luego su seriedad tornó su expresión más fiera aún. Con una seña de sus manos ordenó que se nos soltara y yo sólo por venganza, volteé el rostro con un golpe de unos de mis contenedores, el cual se derrumbó al suelo.

Después de eso, el silencio reclamó sus dominios entre los quejidos agudos de Lukas, mi respiración enfurecida y los sollozos endiablados de Tino.

―Todos ustedes, entreguen el mejor alcohol y olvídense de dormir en el saco de plumas―dijo la mujer, apuntando con su arma a los hombres, como si se tratase de un lápiz.

La mujer fue tras Tino, quién se alejó violentamente, pero ella le ofreció asiento en una silla con un par de almohadas.

―Ustedes son realmente unos brutos sin sentido. Así no se les enseñó en nuestras aulas a tratar a nuestras naciones. Pidan disculpas y dispongan a estos tres caballeros sus conocimientos, ratas inmundas. Lávense sus manos, atiendan con comida y ofrezcan lo que nuestra universidad les enseñó para curarlos.

Los jóvenes atónitos se miraban entre ellos desesperadamente, como pidiendo explicaciones. Me aparté para ir por Tino, quien no relajaba la expresión. Pude ver que Lukas estaba encorvado sobre sí mismo en el suelo y todos los jóvenes desorientados, lo miraban como quién mira un montón de botellas de vino quebradas en el suelo.

― ¿Qué están esperando? ―azuzó la mujer ya algo enojada. Dio con un montón de papeles enrollados en la cabeza del tal médico y señaló a Tino―pide las disculpas por tu ignorancia y atiende a tu nación y a sus hermanos.

―Miska por favor... ¿Sugieres que en serio estos son naciones? ¿Qué harían ellos todos sucios en bosques? ―dijo Jukka, el líder del grupo de asalto.

Jukka parecía dudoso, sin embargo, su voz delataba que temía más a la furia de la tal Miska que a nosotros.

―Creo que esa sería una buena historia que escuchar de boca de ellos mismos, pero una vez que se encuentren restituidos de sus fuerzas o por lo menos más descansados. Les presento a todos ustedes, inútiles a medio graduar, al señor Tino Väinämöinen.

Miska, la mujer voluptuosa de la pipa, señaló a Tino. Él no tenía ganas de saludar y sólo respiraba agitado. Su mandíbula estaba tensa, al igual que sus puños. Como vio que nadie se movía, ella resopló y dejó su pipa a un lado. Después de inclinar su cabeza con lentitud a Tino, ella se dirigió al centro de la tienda, agachándose al nivel de Lukas, para tomarlo por las axilas y sentarlo en el suelo, apoyado en una pila de libros.

―Cuando yo era una estudiante como ustedes, estuve en nuestra Universidad de Helsinki cuando el señor Tino fue presentado frente a nosotros, ya que venía por unos días desde Estocolmo. No se olvidan esos ojos de aurora y esa eterna juventud. Supongo que quienes lo acompañan, son sus hermanos. Sus pertenencias los identifican. Deberían saber aquello.

Jarko, el joven estudiante de medicina, parecía incómodo con la situación y torcía el gesto, como niño pequeño que era regañado. A pesar de su corta edad, fue el primero en dirigirme la palabra.

―Si me permite―empezó el joven, evitando mis ojos y los de Tino―, a modo de disculpas, curaré sus heridas e inyectaré suero para que... Lo siento mucho, nunca imaginé que usted se...

―Por favor hazlo luego―apremié al joven sin ser agresivo, aunque él pareció asustarse―. Tino está muy débil y enfermo.

Jarko, tomó aire y asintió, intentando acercarse a Tino, aunque este último no parecía querer cooperar. Miré a Tino y asentí para darle confianza. Tino relajó la expresión y se entregó al médico, el cual dio su propia capa para que Tino pudiese guarecerse del frío de su ropa húmeda.

―Gracias―susurré cansado.

En menos de lo que imaginamos, un montón de manos amables nos atendieron las heridas y nos llevaron a lugares cómodos. Lukas parecía abstraído de toda la situación y sólo me miraba en silencio, a medida que se desvestía para secar su piel y recibir curaciones y ropa tibia y limpia.

Me tendieron en un saco de dormir confortable y seco, en donde me revisaron el cuerpo y las heridas. Me permití cerrar los ojos y recordar los estudiantes que observaba algunas veces cuando visitaba la universidad por diversos motivos.

Nunca creí que, literalmente, ellos serían el futuro de nuestras naciones.