¡Hola nuevamente!

Les dejo un capítulo más cortito de lo que hubiera querido, pero esta semana se me fundió el cerebro y no procesé más. Muchas gracias por sus comentarios. Son lo mejor 3.

Por último, les cuento (por si no sabían) que tengo Twitter (MadAristocrat1) y me creé Wattpad (TheMadAristocrat). Si me va bien en este último, quizás comience a subir mis escritos originales. ¿Qué tal?

Cariños miles,

Mad


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37. No mientras estés conmigo.

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Su rodilla izquierda crujió con el rápido movimiento que hizo para salir corriendo de ahí, a toda velocidad, sin mirar atrás. Si bien todavía creía que podía recuperar el alma de Malfoy, al parecer no sería esa noche, pues Grindelwald ni siquiera parpadeó al amenazarla, provocando una sensación de pánico que hace tiempo no experimentaba.

Por lo que en esta oportunidad le haría caso al maldito viejo.

Correría como si el mismo demonio la persiguiera.

Sus pulsaciones cabalgaban y retumbaban en su caja torácica, aumentando su desesperación con cada segundo. "Cero"llegó en su cabeza la cuenta regresiva y apresuró sus pasos, en dirección a donde asumía estarían sus compañeros. Si bien Grindelwald era poderoso, al menos podría tener mejores posibilidades con ayuda de ellos. Sin embargo, por más que avanzaba, no llegaba a ningún sitio. Parecía dar vueltas en círculos en una calle interminable repleta de viviendas de fachadas iguales, con el mismo tipo de ventanas y puertas.

En eso estaba cuando percibió unos suaves pasos a sus espaldas, y giró la cabeza por inercia. Detrás de ella, venia corriendo su cazador, pero metamorfoseado en la niñita de cabellos negros y trenzados que la había embaucado, llevándola directo a la trampa.

–¿Sin salida, Granger? –habló en tono infantil, erizándole la piel–. Estoy que te alcanzo. No estás colocando suficiente empeño.

¿Cómo mierda era tan rápido? Más aun considerando los cortos pasos que daba en ese pequeño cuerpo. Además, su voz sonaba impecable, mientras ella no se sentía capaz de discutir por el esfuerzo. Negó con la cabeza sin dejar de correr, doblando en cada esquina en distinto sentido para tratar de despistar al mago tenebroso que le venía pisando los talones como un maldito bólido.

–Hey, Hermione –dijo una voz familiar y casi paró al escucharla–. ¿Te confieso algo?

No quiso voltear otra vez. Sabía a la perfección en quién se había transformado ahora y no quería ni pensar en Grindelwald bajo la apariencia de Harry provocándole daño.

Definitivamente ese sujeto era un psicópata de tomo y lomo.

–Hasta hoy, Malfoy me había negado el acceso a varias partes de su cerebro, a innumerables recuerdos –comentó encantado–, pero ahora, todo se ha desbloqueado y pude revisar en estos diez segundos los que tiene acerca de ti. ¿Irónico, no? Lo pediste de vuelta y él se entregó a mí como una vil puta.

Era tan extraño escuchar al falso Harry hablar de esa forma cruel, que aumentaban sus ansias de esfumarse de ese sitio. Trató de desaparecerse pero por más que se concentró, no hubo caso, como si el lugar estuviera bajo un encantamiento anti-aparición que lo impidiera.

–Ahora no tengo restricción alguna –continuó él, endureciendo la tonalidad de su voz–. Eso sí, me sorprendiste. Jamás pensé que fueras tan fogosa y masoquista, aurora. Los recuerdos de este bastardo sobre el punto son bastante vividos y gráficos. Me ponen ansioso. Aumentan mis deseos de atraparte. Me dan ideas sobre qué hacer contigo.

–¡Cállate! –le gritó Hermione desesperada, blandiendo la varita para afectar el pavimento y provocar diversos obstáculos.

Pero el mago los sorteaba con facilidad y gracia, casi de forma burlona. De refilón, pudo apreciar que su interpretación del niño que vivió era la copia exacta de Harry, salvo por sus ojos, que seguían siendo los grises de Draco. Se le apretó la garganta. No podía dejar que la atrapara, aunque estaba tan cerca que era difícil imaginar otro escenario.

–¿Así que te tuvo que compartir con Potter? –inquirió significativamente, casi soplándole la nuca–. No te andas con cosas menores, impura.

–¡Cierra el pico te dije! –replicó furiosa, con la respiración entrecortada.

Grindelwald paró su carrera fastidiado y con un movimiento de varita, hizo que todas las ventanas de ese pasaje explotaran, lanzando vidrios como torpedos en distintos ángulos. Hermione frenó de sopetón y se cubrió la cabeza entre los brazos, pero eso no evitó que uno de los proyectiles rozara su mejilla izquierda, dando como resultado un corte que sangró con timidez. De otro movimiento de varita, el mago hizo que desde el suelo emergiera un gran bloque de tierra tan alto como esas casas que los cercaban, cerrándole el paso para atraparla.

Hermione abrió los ojos aterrada y lanzó un par de bombardas para destruir la pared, pero ésta no se inmutó, ya que parecía absorber cualquier hechizo. Al percatarse del punto, se volteó en posición de alerta, dispuesta a defenderse pero dudosa de atacar. No quería hacerle daño a Malfoy, pero dadas las circunstancias, quizás no tendría otra vía para salvarse.

–Nunca tuviste oportunidad –informó Grindelwald, dibujando una sonrisa perfecta con su rostro de Harry Potter–. Cuando te traje acá, ni te percataste de que cambiamos de dimensión. Aunque para ser más preciso, estamos entre dimensiones, en una especie de limbo, donde nadie podrá socorrerte.

Ella frunció el ceño.

Él amplió su expresión victoriosa.

–En fin. Supongo que jamás entenderías cómo funciona este tipo de magia. Te faltan decenas de años de experiencia, chiquilla –agregó con sorna–. Pero bueno, ya me cansé de jugar. Llevo mucho tiempo esperando, ¿sabes? Y no tengo paciencia. Además, hay otras cosas en las que debo ocuparme. Así que saltémonos la previa.

Fue instantáneo. Impredecible. Irresistible.

Sin necesidad de pronunciar hechizo alguno, solo moviendo su varita en un semicírculo, logró que ella soltara su única defensa y percibiera como hilos invisibles ataban sus extremidades, convirtiéndola nuevamente en una marioneta viviente, tal como la última vez, pero con menos fuerza, como si quisiera dejarle un espacio de acción para resistirse, para pelear.

Se acercó a paso quedo, dejando su arma reposando encima de su oreja derecha.

–Esta vez no te silenciaré. Quiero oírte gritar –le siseó con rudeza.

Ella tragó espeso y por más que le ordenaba a su cuerpo arrancar de ahí, no se movía ni un milímetro. El hombre se aproximó y elevó una mano hasta la mejilla herida, limpiando con el pulgar la sangre que de ahí emanaba.

–Tremendo deja vu. ¿Así que el gran salvador del mundo ya te había cortado antes? Los recuerdos de Malfoy están teñidos de rojo por esa nimiedad... ¡Oh!, si pudiera estar consciente de lo que te voy a hacer, enloquecería sin lugar a dudas. Sobre todo si mantengo el disfraz de este sujeto. Ni te imaginas cuánto lo detesta.

–¡Suéltame, escoria! –escupió Hermione, logrando mover el rostro y romper el contacto de un manotazo–. No te atrevas a tocarme.

Pero él solo amplió su maquiavélica sonrisa.

–Oblígame, quiero verte intentarlo.

Cuando Hermione vio que se le venía encima, repasó en su cabeza a la velocidad de la luz el entrenamiento físico que alguna vez tuvo con Alexander, esquivándolo con una finta y enterrándole una rodilla en la boca del estómago a la pasada, que fue lo único que le permitieron los hilos invisibles que la apresaban. El mago tosió brevemente pero su rostro no era de indignación, sino de sumo entretenimiento, casi como si le hubiera regalado la posibilidad de golpearlo.

–Nada mal –le concedió–. Pero podría ser mejor. Yo te enseño.

No alcanzó a reaccionar oportunamente.

Grindelwald se aproximó sin piedad y le devolvió el rodillazo en el abdomen, no una, sino tres veces, con una potencia que con el último la proyectó contra una de las murallas que tenían a los lados, agarrándola en el rebote por los hombros para estrellarla por segunda oportunidad, lastimando su nuca. Hermione podía sentir la parte posterior de su cabeza húmeda, pegajosa, y solo esperaba no perder el conocimiento, aunque cerró los ojos aturdida.

–Ahora que lo pienso, tanto Malfoy como Potter te han dañado, así que estar con su apariencia no te afectará tanto la psiquis como me gustaría para que pagues por el mal rato –escuchó que le farfullaba con satisfacción–. Así que... ¿Qué tal si probamos con este?

La última frase le caló profundo, ya que la misma fue pronunciada por un tono de voz que creía que no volvería a escuchar en su vida. Abrió los párpados con una expresión cargada de horror, solo para reconocer de inmediato aquellos cabellos de fuego, esas pecas juguetonas, y ese rostro bonachón que alguna vez amó con todas sus fuerzas.

La copia era casi perfecta y le quitó el aliento, el alma, y también la cordura. Solo faltaban sus orbes azules para trastornarla, ya que otra vez, los grises de Draco se mantenían como si quisieran recordarle la charada.

–Ron... –murmuró afectada, ya sin fuerzas para resistirse.

–En gloria y majestad –aseveró, pasando las manos de sus hombros a su cuello, para luego recorrer sus contornos hacia abajo hasta posarse en su cintura–. Ay, si pudieras sentirlo, cariño. Tu noviecito acá adentro despertó un poco y está escupiendo fuego. Quién diría que un muerto le provocaría tantas inseguridades y un odio parido. Y yo que pensaba que detestaba a Potter. Al parecer, bajo esta apariencia los hago sufrir a los dos. Es perfecto.

Hermione gimió bajo su agarre. Sabía que aquél que la tenía atrapada no era Ron Weasley, pero verlo frente a ella la había petrificado por completo, generando un sin fin de sentimientos contradictorios.

Añoranza y melancolía.

Sufrimiento y culpabilidad.

Confusión y terror.

Añoranza y melancolía por aquellos tiempos en que todo era más sencillo. Donde amar a Ron era algo tan natural y obvio, que jamás tuvo reparo alguno, que jamás se lo cuestionó, y donde las peleas no pasaban de estúpidos malos entendidos.

Sufrimiento y culpabilidad porque a pesar de que su muerte le dolía como la peor de las heridas, no había llevado a efecto su venganza. Se había perdido en el dilema que era estar atada a Malfoy, y luego a la maldición que era haber desarrollado sentimientos por él, olvidando sus propósitos y sus principios.

Confusión y terror debido a las palabras de Grindelwald, ya que no podía creer que en esos instantes, le importara más que su propia seguridad el hecho de que Malfoy pudiera estar pasándola mal, amedrentada de las consecuencias que tendrían para ambos si efectivamente el mago se aprovechaba de ella con ese disfraz.

De pronto, sintió los hilos invisibles más firmes todavía, inmovilizando sus extremidades, entumeciendo sus músculos. Él, desde su agarre por la cintura, la lanzó en dirección al suelo, posicionándose sobre ella con movimientos precisos, felinos, prestos para consumar su delito, aplastándola.

–¿Preparada para desgarrarte la garganta? –le soltó en la voz de Ron, a la vez que le mordía el labio inferior sin quitarle la vista de encima, divertido con sus temblores, comenzando a desabrochar su pantalón.

En un último intento por hacerlo reaccionar, Hermione fijó su mirada en sus ojos prácticamente sin parpadear, buscándolo tras ellos, sobreponiéndose a los escalofríos que le provocaba encontrarlos en las facciones del que alguna vez fue el amor de su vida, el que ahora había sido reemplazado por un caballero oscuro que sin piedad había robado su corazón, y que ahora estaba preso en su propio cuerpo, bajo las órdenes de un maniático.

–Draco –lo nombró en voz alta, notando una leve perturbación en el hombre–. ¿En serio vas a dejar que este sujeto me siga tocando? ¿No que me querías en exclusiva y que matarías a quien se interpusiera en tu camino? ¿Que ni siquiera Grindelwald puede hacerlo sin sufrir las consecuencias? ¿No que no dejarías que te controlara?

–Pierdes aire, idiota –le contestó él,

Pero ella no le hizo caso.

–No te puedo perdonar tu error –continuó, comenzando a temblar de nuevo por el pánico al percibir su cierre bajar–, pero puedo aprender a vivir con ello, ya que como te confesé hace unas semanas, te metiste debajo de mi piel y ya no puedo quitarte de ahí... No quiero quitarte de ahí.

Lo escuchó protestar.

–¡Cállate! Tus cursilerías me fastidian –le ordenó, llevando una de sus manos a su cuello para estrujarlo amenazante–. Ya te dije que no volverá.

–¡No! –gritó Hermione de regreso, impregnando seguridad y determinación–. ¡Yo creo en él! ¡Sé que te detendrá!

El rostro de Ron se deformó en una mueca malévola, escalofriante, y con una acidez corrosiva le susurró.

–Si quieres pensar eso mientras me hundo en ti, está bien. Puedes creer lo que quieras, sangre sucia...

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Agazapado en la oscuridad, esperó pacientemente hasta verla, pues solo confiaba en ella a pesar de que sabía que bajo las órdenes de Grindelwald le había hecho algo terrible, que no se perdonaría nunca. No obstante, era su única esperanza, ya que al igual que él, Pansy le dio la espalda al lado oscuro, convirtiéndose en una especie de doble agente.

Tan pronto divisó al grupo de mortifagos, reconoció su andar insolente y su delgada figura, comenzando sus planes para separarla del grupo.

Danaus Plexippus.

Conjuró una mariposa monarca y la hizo volar en dirección a su oreja derecha, aleteando con premura. Vio como la pelinegra trataba de espantarla sin siquiera mirarla, no captando el mensaje hasta que la atrapó en un puño y la observó con atención.

Notó como ella comenzaba a caminar más despacio para alejarse del resto y Theodore sonrió. Para su fortuna, Pansy no lo había olvidado.

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"Corría el verano previo a entrar a Hogwarts. Eran unos críos y su madre acababa de fallecer, trastornando aún más a su padre, que no encontró nada mejor que intensificar los entrenamientos a los que lo sometía a diario, sin importarle que fuera solo un niño. Así que las madres de Draco y Pansy resolvieron llevárselo de paseo junto a sus amigos, para quitarlo un poco de su triste realidad, lo cual sinceramente fue un alivio entre tanta tempestad, un verdadero respiro.

Durante esas vacaciones, jamás hablaron del tema. Se dedicaban a explorar, conversar y realizar travesuras como un trio de chicos normales, mientras en las noches jugaban snap explosivo y planificaban cómo iban a dominar el colegio tan pronto pusieran un pie ahí.

¿Y qué pasa si alguno se mete en problemas? –preguntó Pansy de pronto–. Seremos muy amigos pero no estamos pegados por la cadera.

Podríamos generar un código, una alarma de que necesitamos ayuda –sugirió Draco, con una mano en el mentón, pensativo–. Pero debe ser algo sutil, nada muy llamativo. No es la idea que piensen que solos somos debiluchos y que no nos valemos por nuestra propia cuenta.

Los otros dos niños asintieron y se pusieron a imaginar qué podría ser útil para ello.

¿Cuál es tu insecto favorito, Pansy? –soltó entonces Theodore.

Ella sonrió.

La mariposa monarca. Mi padre me trajo una de Norteamérica. Es maravillosa aunque dure poco. Según me dijo, puede viajar miles de kilómetros y su defensa es ser venenosa para sus depredadores. Es una mezcla de belleza mortal que me atrae. También me gusta la mantis religiosa. ¿Sabían que...?

No necesitamos otra clase, gracias –la cortó Theodore burlón, ganándose su mirada reprobatoria–. Me parece bien la dichosa mariposa. Si alguno está en problemas, solo debe conjurar una y enviarla al resto.

¿Y cómo se hace eso? –preguntó ella.

Yo me encargo de averiguar –ofreció Draco–. Cuando estemos en Hogwarts, les enseño".

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Salió de su escondite lentamente y se acercó con las manos en alto en signo de rendición. Al verlo, ella levantó automáticamente la varita en su contra con aire desafiante.

–Tranquila, no te haré nada –aseguró, sin dejar de avanzar–. Soy yo, he vuelto.

Sin dejar de amenazarlo, ella se quitó su máscara para encararlo ceñuda.

–¿Cómo sé que eres quien dices?

Él suspiró.

–Soy Theodore Nott, nos conocemos prácticamente desde que nacimos y hemos pasado por mil cosas juntos. En alguna época durante el colegio estuve prendado de ti y lo intentamos, pero no resultó y lo dejamos como amigos. Sé que le diste la espalda a Voldemort por el auror Alexander Bleu y yo por la medimaga Luna Lovegood, con la cual tengo un pequeño hijo. Te mandé esa mariposa monarca porque sé que es tu bicho favorito desde que tu padre te trajo una de Norteamérica... ¿Sigo?

La mujer eliminó la distancia de sopetón y estiró los brazos para apresarlo entre ellos, con una alegría desbordante y sincera.

–¡Oh Theo! No sabes la felicidad que me da verte de regreso –expresó contenta–. ¿Cómo te zafaste de ese demente?

–No lo hice. Él abandonó mi cuerpo.

La mujer se separó y su rostro se volvió blanco como la nieve, uniendo los puntos a toda velocidad.

–Draco... –esbozó pesarosa.

–Así es. Ahora vive en Draco. ¿Cómo lo supiste?

Ella dejó escapar un gemido y negó con violencia. Parecía desolada con la noticia, aunque no sorprendida después del extraño encuentro que tuvo con él y no verlo presentarse cuando el Señor Oscuro los citó para mandarlos a intervenir en esa reunión entre el traidor de Blaise Zabini, con los nuevos seguidores de Grindelwald, del cual sabían gracias a un soplo anónimo.

–Da igual. Te recomiendo que me esperes acá. Debo volver con el resto para no levantar sospechas, y una vez que termine, vendré por ti y averiguaremos cómo arreglar este embrollo.

Theodore accedió con una inclinación de cabeza y Pansy le dio un rápido beso de despedida en el pómulo, internándose de nuevo en la oscuridad.

Sin imaginar el baño de sangre que encontraría al llegar a su destino.

Ni que a su regreso su amigo ya habría desaparecido.

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Cerró los ojos esperando lo peor, tratando de encapsular su consciencia para volar lejos de ahí. Si el desgraciado de Grindelwald pretendía abusar de su integridad física, trataría de mantener a salvo su mente, bloqueándola. Pero pasaban los segundos y no había otro avance de parte de ese hombre, percibiendo como el agarre en su cuello se iba aflojando, hasta soltarlo por completo.

Desconfiada, abrió los párpados justo en el momento preciso en que la apariencia de Ron se iba desdibujando de esa cara, como una acuarela con exceso de agua, volviendo poco a poco esas facciones afiladas que conocía tan bien. Presenció su pelo aclararse hasta alcanzar su característico rubio y como en su rostro aparecía esa enigmática cicatriz que con tanto orgullo portaba.

En sus ojos grises reapareció el brillo que la hipnotizada.

–¿Malfoy? –preguntó en voz alta.

Él no reaccionó frente al llamado, pues estaba absorto observándola con una intensidad demoledora. Ya no la aplastaba, ni siquiera estaba tocándola, ya que ahora se encontraba sobre sus rodillas y apoyado en sus palmas.

–¿Te dañé?

Su voz sonaba ausente, pero Hermione podía sentir como el lazo comenzaba a tomar fuerza otra vez, delatando su preocupación por ella y una atribulación del tamaño de la vía láctea. Su mano se dirigió hacia el corte para comprobar su estado, y ella pudo visualizar como su expresión iba ensombreciéndose cada vez más.

–No te preocupes por eso –le respondió, sacándola con suavidad del lugar–. Lo importante es que volviste justo a tiempo para evitar algo más grave.

Él gruñó y se incorporó, tomándola del brazo para pararla también. Hermione tambaleó aturdida y se quedó en el sitio donde la dejó, mirando con extrañeza como él retrocedía para apartarse de ella.

–¿Qué haces? –le preguntó confundida.

–No sé cuánto más podré contenerlo, así que es mejor que nos separemos –movió su varita y todo el ambiente se desdobló, escuchándose ahora aullidos de batalla a lo lejos, que le indicaban donde estaba el resto de su grupo–. Ya estamos de regreso. Sigue los gritos y vuelve con los tuyos.

Draco Malfoy giró como si nada en ciento ochenta grados y comenzó a caminar con el claro objetivo de abandonarla, dejándola de una pieza. Hermione tardó en reaccionar y apuró el paso, tomándolo del antebrazo para meterse con él a una de las casas evacuadas que estaban a su costado.

–¿Qué haces, Granger? –espetó molesto, soltándose de un tirón luego de que ella dio el portazo.

–Lo mismo te pregunto, Malfoy –replicó, cruzándose de brazos–. ¿Te marchas así?

Sus ojos grises ahora parecían indignados.

–¿Qué parte de que no sé por cuánto tiempo tendré el control no entendiste? –masculló irritado–. No quiero que te vuelva a lastimar, no quiero volver a lastimarte. ¡Maldita sea!, te estoy protegiendo, así que vete de una buena vez y no me busques.

Ella titubeó.

Lo que le estaba pidiendo el mortifago era algo completamente racional. Es más, debería hacerlo aunque él no se lo estuviera ordenando. Pero ella no podía irse así como así. No después de todo lo ocurrido. No a sabiendas de que en cualquier momento Grindelwald podía tomar las riendas de nuevo. Esta vez para siempre.

–Quiero ayudarte a deshacerte de ese bastardo –declaró firme–. No estás solo en esto.

Los orbes de Draco destellaron por breves instantes, pero pronto se apagaron.

–¿No lo estoy? –repitió alzando una ceja–. Te recuerdo que me dijiste que no querías verme nunca más, Granger.

Ella exhaló profundo.

–Así es. Te lo dije –concedió–. Y también te dije que si algo sentías por mí, me dejarías tranquila. Y si no fuera por Grindelwald, sé que habrías cumplido con mis deseos, ¿no? Porque en el fondo, cruzamos una línea donde ya no hay vuelta atrás, donde el lazo no es lo relevante, sino nosotros mismos. Me demostraste lo que yo significaba para ti con eso, pues dejaste de lado tus propios anhelos para cumplir los míos.

Él no respondió.

Pero ella no necesitaba respuesta alguna.

Se acercó contra toda recomendación y estiro sus manos para apresar su rostro entre ellas. Lo sintió dar un respingo pero no le importó, manteniendo su agarre con suavidad, sorprendiéndose de las pequeñas descargas eléctricas que experimentaba con ese insignificante contacto.

–¿Sabías que casi me morí cuando el estúpido oráculo me dijo que te había perdido para siempre? –reveló angustiada–. Todo se me fue a la mierda del puro terror de que fuera cierto. Así que cuando le dije a Grindelwald que no podía perdonarte por tu error pero que podía aprender a vivir con ello, era honesta. ¿Y sabes por qué? Porque me odio estando o no contigo, así que no veo el punto de negarlo más y sufrir lejos de ti. Me rindo. Quiero volver a nuestro trato inicial. Aprovechar el tiempo mientras podamos. Hasta que uno de los dos muera. Pero eso no podrá ser si él toma control sobre ti otra vez...

–Lo hará, Granger –interrumpió, volviendo a poner distancia entre ambos–. No puedo contenerlo por mucho tiempo más, porque él hijo de puta es muy poderoso y no tengo muchas oportunidades. No voy a arriesgarte. Así que corre, sálvate, aprovecha de liberarte de esto que tanto te atormenta, para que dejes de odiarte como lo haces, como me lo gritaste en esa oportunidad. Y por mi parte, trataré de que la próxima vez que nos veamos, ya sea en el infierno.

Nuevamente trató de marcharse pero Hermione se aferró a su espalda impidiéndolo, dejando sus manos como candado, notándolo tenso como una tabla frente a su abrazo.

Ella también se estremeció.

Era increíble lo mucho que le afectaba su cercanía, que ya sabía que no era algo físico, pues en ningún momento tuvo algo más que repulsión cuando Grindelwald trató de ponerle el dedo encima bajo su apariencia.

Era Draco, solo él, el que la hacía sentir así, y que sacaba toda su oscuridad a relucir, así como ella quería creer que extraía lo escasamente bueno que había en el mortifago.

–No puedo seguir así –esbozó de súbito él, sin desembarazarse de ella, pero tampoco respondiéndole más que con palabras–. Siempre he sido directo contigo, Granger, incluso antes del veritaserum ya sabías por completo todo lo que me pasaba contigo, pues tan pronto lo iba descubriendo terminaba confesándotelo de algún modo, como un maldito imbécil. Fuera bueno o malo, siempre fuiste la primera en saberlo. Nunca te he ofrecido un futuro porque sé que es imposible, pero lo poco que podía poner a tu disposición, mi presente, te lo ofrecí en bandeja como un retrasado mental. Sin embargo, cada paso que dábamos juntos, luego sola retrocedías dos. Me decías que todo te importaba un carajo hasta que tu moralidad te pateaba en el suelo y me abandonabas como un perro callejero. Varias veces escuché este mismo discurso, ¡varias!, cada una de ellas me lo creí, pero después reculabas como una cobarde y yo enloquecía, tocando fondo en una ola de violencia y destrucción... ¿Y sabes qué es lo más terrible? Que no puedo reprochártelo. Soy el malo acá. Alguien que tiene las manos repletas de sangre y que representa todo lo que deberías odiar. No te culpo por arrepentirte cada vez.

–Malfoy, yo...

–No –la paró en seco, tomando sus manos para sacarlas de su abdomen y separarse de ella–. Esta mierda se acabó. Yo veré como salgo de esto… ¡Felicitaciones, Granger!, eres libre. Lamentablemente no todo lo que quisieras porque aún está este lazo entre ambos, pero no desesperes. Si no lo logro y me muero, podrás volver con tu querido Potter.

Hermione se sentía destruida por dentro, especialmente porque el lazo le confirmaba que él no estaba mintiendo. En realidad la estaba dejando ir, y a pesar de que sus palabras trataban de parecer indiferentes, ella tenía claros sus motivos. Malfoy, Draco Malfoy, solo quería protegerla, y si para eso tenía que renunciar a ella, lo haría sin pestañear.

Pero ella no estaba dispuesta a darse por vencida.

Menos ahora que había comprobado lo que ya sospechaba.

Lo rodeó para quedar frente a frente y con decisión le espetó.

–Tú no decides por mí, hurón oxigenado –él arrugó el ceño, pero a ella le resbaló–. Ya tomé una decisión y no puedes evitarlo. Eres una condenada droga para mí y no me voy a resignar a estar lejos solo porque se te frunció dártelas de buena persona y trates de protegerme. No Malfoy. No te queda. No necesito tu protección. Te necesito a ti. Solo a ti.

Lo tomó con fiereza de la túnica para acercarlo y estampar sus labios contra los propios, concentrándose en el lazo para compelerlo a corresponder. Pero para su sorpresa, él logró sobreponerse y empujarla por los hombros, haciéndola retroceder un par de pasos.

Ofuscada, volvió a la carga y le saltó encima, encajándose en sus caderas, cerrando las piernas y brazos por detrás de su espalda y nuca, atacando nuevamente su boca de manera apasionada. Con el impulso de la aurora, Draco trastabilló hasta chocar contra una pared, afirmándola instintivamente para evitar que se cayera, mientras Hermione paseaba los labios por el costado de su cuello, justo por aquel sector que sabía que lo encendía, lo que fue confirmado al sentir sus fuertes manos enterrarse en sus muslos.

–No seas irresponsable –protestó él, sin dejar de hundir sus dedos en el sector–. Puedo perder el control...

Ella volvió camino arriba para morder su barbilla y recorrer su mandíbula, mientras su cuerpo se movía como una serpiente para apegarse más a él, hasta confundirse.

–Piérdelo –le instó seductoramente, atrapando su lóbulo izquierdo.

Lo tenía literal y figurativamente contra la pared, pues el lazo ardía en todo su esplendor, llamándolos cual canto de sirena a su perdición.

–No entiendes –reclamó en un gruñido al notar sus manos aventurarse por sus botones, con un equilibrio envidiable–. Él puede tomar el control.

Hermione detuvo sus movimientos y echó la cabeza hacia atrás para fijar su mirada en él. Sentía sus mejillas encendidas mientras los orbes grises de Malfoy resaltaban en la oscuridad como dos gotas de mercurio.

–No lo hará –aseguró ella contra su boca, enterrando sus dedos en aquellos cabellos dorados–. No mientras estés conmigo, Draco.

Y fue en ese momento, en ese instante en que escuchó su nombre en su trémula voz, que el sentido común del mortifago dijo hasta luego...

... Y se entregó sin restricción a la tentación.

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Continuará...


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Nota de la autora: La primera escena la escribí escuchando "Psycho" del grupo Muse. La última la hice con "Serious Love" de Anya Marina.

Nota de la autora 2: ¿Algún saludo para esta obrera del derecho que hoy es un basilisco disfrazada de unicornio?