En cuanto oyó la puerta abrirse, Charles se dio la vuelta tan rápido que casi pierde el equilibrio. Suponiendo por adelantado sus reacciones, esperaba que las mejillas de Jane lucieran ese decoroso sonrojo de quien intuye la verdadera razón de su entrevista. Quizás también anticipaba ver la ilusión y la expectación destellando en sus ojos. Pero para su pesar, nada había de eso en la joven que ocupaba su corazón y su razón. Si acaso, y a juzgar por el suave pero firme empujoncito con que su madre la hizo entrar en la salita, su Jane parecía un cordero arrojado a los lobos.

¿Eso lo convertía a él en un lobo?

Pero para su sorpresa, toda apariencia de renuencia sacrificial desapareció en cuanto se cerraron las puertas detrás de ella.

Sin mirarlo siquiera, Jane alzó el mentón, revelando su rostro pálido, enderezó la espalda, cruzó las manos al frente, y aguardó, en una inquietante mezcla de altivez y tristeza, transformándose en alguien a quien apenas reconocía. ¿Qué sucedía con Jane? ¿Qué mal la aquejaba para verse privado dos días seguidos de su compañía? ¿Acaso era él quien causaba ese estado en ella?

—Señorita Bennet —dijo él, ignorando deliberadamente esa punzada de inquietud y buscando sus ojos. Pero Jane miraba al frente, como si no lo viera, como si él no estuviera ahí—, creo haber sido bastante claro en la expresión de mis afectos y es m-mi intención —flaqueó su voz, y solo entonces la mirada de Jane se encontró con la suya— pedir su mano y que me haga usted el más feliz de los hombres.

Jane cerró los ojos e inspiró, conteniendo el aliento. Charles esperaba alguna lágrima de alegría, un sonrojo azorado, un sí emocionado…, pero en cambio, su falta de respuesta hacía que su sonrisa vacilara nerviosa en su rostro.

—Mi señor —dijo ella por fin, rompiendo ese terrible silencio que martirizaba a Charles—, agradezco su consideración para conmigo, y sepa usted que cuenta con el mayor de mis respetos, pero no puedo casarme con usted.

El corazón de Charles Bingley se detuvo.

Se volvió sordo a los sonidos del mundo…, al cacareo de las gallinas en la parte de atrás, a las notas tentativas del pianoforte en el comedor, a los parloteos sofocados de la señora Bennet tras la puerta, al llanto desconsolado del pequeño Tommy en el despacho de la señora Collins… Charles no escuchaba nada de eso, porque Charles solo era consciente del ruido doloroso de su corazón, quebrándose en pedazos como si fuera de cristal.

—Pero Jane —acertó a decir, dejando caer los brazos a los costados, después de lo que sin duda fue una eternidad—, señorita Bennet —se corrigió—, yo pensaba, yo creía que…

—¿Que yo le amaba? —terminó Jane por él.

—Sí.

—Eso es cierto —reconoció ella.

—¡Jane! —exclamó Charles, dando dos veloces pasos al frente y tomando sus manos, sintiendo que los pedazos de su corazón volvían a recomponerse como si jamás se hubieran quebrado antes. Pero ella las retiró violentamente de entre las suyas y Charles se quedó mirando sus manos vacías, sus cejas fruncidas en confusión, mientras, roto de nuevo, esquirlas de cristal se le clavaban en el pecho, allí donde guardaba su amor por Jane.

—Señor Bingley, por favor… —protestó ella ante la impropiedad de su conducta.

—Jane —dijo él, alzando el rostro, su voz casi un susurro—, Jane, no entiendo…

—Señor —le dijo ella, mirando de nuevo a través de él, como si fuera transparente—, yo no puedo casarme con un hombre que es inconstante en sus afectos.

Charles palideció. ¿De qué hablaba? ¿Cómo podía acusarle de eso? ¿Precisamente de eso? Pero si él nunca… No, espera… ¿Podría ser…? ¿Era eso? ¡Tenía que ser eso!

Maldita sea, Darcy, tenías que haberme advertido…

Pero a quién quería engañar… Era su culpa, suya y de nadie más, no haber aclarado antes con Jane tan desafortunado incidente. ¿Pero cómo podría haberlo hecho sin exponer su propio corazón en el proceso? Así que Charles hizo lo que hacía siempre…, dejaba los problemas atrás, con la esperanza de que se extinguieran por sí mismos o los resolviera otro…

—Me equivoqué, es cierto… —declara él, dándole la razón—. Pero yo te amo… —Charles se corrige, nervioso, una vez más, cuando todo lo que quiere es gritar su nombre—. La amo, señorita Bennet, la adoro…

Ahí estaba… El brillo de una lágrima…

—No puedo creerle, señor —sentencia Jane, a la vez que se pasa una mano rápida por los ojos, borrando aquel signo que la traicionaba. Y Charles da inadvertidamente un paso atrás, como si le hubieran abofeteado—. Ya nunca sabré si sus palabras son suyas o las de algún otro… ¿Cómo saberlo? —Jane ladea la cabeza, ignorando el veloz pulso de su sangre en sus venas, y dando voz a la única certidumbre de su corazón—. Si su afecto por mí fue tan débil que no soportó el primer viento en contra, no puede usted esperar que yo le crea…

—¡Pero usted ha dicho que me ama! —exclama Charles, sin saber aún cómo conciliar que su Jane (no, no su Jane), que ella le ame y le rechace en una misma frase.

—¿Y? —pregunta ella. La pregunta, brevísima pero afilada como un cuchillo, parece separarlos aún más—. ¿Significa eso que debo rendirme a usted sin más? ¿Que debo aceptar su mano solo por eso? —Charles parpadea, intentando seguir la lógica de su razonamiento, y Jane tan solo suspira, cansada—. No, señor mío, creo que usted lo tiene todo confundido…

Confundido, sí… Por pensar que solo el amor era suficiente… Que la confianza, la honestidad e incluso la aceptación de todos sus defectos eran cosas que vendrían después, cuando ella ya llevara su anillo en su dedo. Cuando ya nada pudiera separarla de su lado…

Pero evidentemente se equivocó…

—¿Qué puedo hacer para enmendarme a sus ojos, señorita Bennet?

—Depende de usted, mi señor…

—¿Cómo podrás perdonarme?

—¿Podré? —dudó ella, volviendo a ladear la cabeza—. ¿Será mi amor, o el suyo —Charles acusó el nuevo golpe—, tan fuerte como superar esta decepción?

—Jane —susurró Charles. Parecía roto, derrotado, con los hombros hundidos, el rostro apenas velado por sus cortos rizos; sus labios se curvaban hacia abajo en una mueca de tristeza y desconsuelo, como si la vida real por fin lo hubiera alcanzado. Ya no quedaba en él nada de esa jovialidad, ni de esa alegría, que parecían formar parte de su alma misma. Mientras Jane lo observaba, algo se agitó dentro de su pecho; de seguro que era su amor por él, que luchaba contra la herida infligida y se negaba a dejarse morir antes siquiera de nacer al mundo. Y Jane, tan solo porque es Jane, y ama a Charles Bingley, tuvo piedad del hombre al que había reducido a pedazos.

—Persevere, señor Bingley… —le dijo, y Charles alzó el rostro al reconocer la acostumbrada dulzura en su voz—. Demuéstreme que realmente me ama tal como declara. Pruébeme la constancia y fortaleza de su afecto… —Charles sintió aletear en su pecho algo parecido a la esperanza—. Pruébeme que es real.